XXXII. ERES BASTANTE INTERESANTE

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

—¿QUIERES UNO? —preguntó Sun Wenqu, acariciando al gato con una mano y tirando de su ropa con la otra—. Si te gusta, dile a tu tío Liang que te compre un conjunto. Este me lo compró él.

—¿Hay de conej…? —murmuró Fang Chi todavía medio dormido, pero de repente despertó del todo y abrió los ojos de golpe—. ¿Cómo entraste?

—No cerraste la puerta. —Sun Wenqu retrocedió un par de pasos y se apoyó en el escritorio—. Iba a tocar, pero tu abuela me dijo que entrara directo, así que entré. Si no te gusta, reclámale a ella.

—Yo… —Fang Chi suspiró resignado, se frotó los ojos y se sentó—. Espérame abajo un momento, iré enseguida.

Sun Wenqu sonrió y, cargando a Sir Amarillo como si fuera un portador de jaulas de pájaros, se dirigió hacia la puerta. Después de dos pasos, se detuvo y señaló el hombro de Fang Chi.

—¿Cómo te lastimaste detrás del hombro?

—¿Eh? —Fang Chi se tocó el hombro y se sorprendió de que Sun Wenqu lo hubiera notado—. Me caí. También tengo una cortada detrás de la cabeza… No se lo digas a mis abuelos, que mi abuela es capaz de llorar tres días seguidos.

—No les diré. —Sun Wenqu se rio—. Baja rápido.

Después de que Sun Wenqu se fue, Fang Chi se quedó sentado en la cama, aturdido, por un par de minutos antes de reaccionar por completo.

Se vistió y bajó las escaleras. Vio a Sun Wenqu trotando en círculos por el patio con Chico.

El gusto de Ma Liang era un poco cuestionable. Sin embargo, por alguna razón, a pesar de llevar  ese conjunto deportivo de dibujos animados gigantes, Sun Wenqu no se veía mal. Al contrario, como nunca antes lo había visto tan animado y enérgico, resultaba hasta agradable a la vista.

Fang Chi preparó un poco de agua caliente y se agachó junto al lavamanos del patio para cepillarse los dientes.

Sun Wenqu seguía trotando con Chico, pero cada vez que pasaba detrás de Fang Chi, se acercaba de repente, rozándole. Chico, sin espacio para correr, usaba su espalda como trampolín y saltaba sobre él debido a la inercia.

Después de que Chico saltara tres veces, Fang Chi se volteó hacia ellos.

—¡Te juro que les doy una paliza!

—Ay, no digas eso —dijo Sun Wenqu, riendo—. Chico es muy inteligente. Salgo a correr con ella todos los días y ya sabe adelantarse para mostrarme el camino.

—Obvio. —Fang Chi escupió la espuma en su boca—. Es un perro de caza, mi abuelo la entrenó.

Cuando terminó de lavarse, Fang Chi salió con Sun Wenqu del patio.

Si iban a correr, la mejor ruta estaba detrás del pueblo. Sin necesidad de entrar a la montaña, podían seguir el río por un sendero pavimentado que llegaba hasta la aldea vecina.

—¿Dónde sueles correr? —preguntó Fang Chi.

—Primero sigo el río —respondió Sun Wenqu—. Luego, en el desvío más adelante, entro a la montaña, doy media vuelta y salgo.

—Oh. —Fang Chi pensó un momento—. Entonces no corres ni diez minutos al día, ¿verdad?

—Qué manera de decirlo. —Sun Wenqu se rio, divertido.

—Desde el desvío hasta salir de la montaña hay menos de un kilómetro —suspiró Fang Chi—. ¿De verdad vale la pena correr esa distancia?

—Entonces guíame tú —propuso Sun Wenqu—. Siempre corro así porque no quiero alejarme demasiado y perderme en la montaña.

—Yo te llevo —dijo Fang Chi—. Tendremos buen paisaje, aire fresco y una mejor ruta.

—Hecho. —Sun Wenqu sacó algo de su ropa y lo levantó en el aire—. ¡Vuela, Sir Amarillo!

Cuando Fang Chi vio que lo que tenía en la mano era el gato, casi tropieza.

—¿Estás loco? ¿Cómo llevas un gato a correr? ¡Él no es Chico!

—¿Y dejarlo solo en casa? Qué aburrido. —Sun Wenqu lo acomodó en la capucha de su sudadera—. Se sentiría solo.

Viendo a Sir Amarillo acurrucado en la capucha con la cabeza asomada y una expresión tranquila, Fang Chi ya no supo qué decir y solo suspiró.

Chico corría alegremente al frente. Al llegar al desvío donde Sun Wenqu solía girar, se detuvo y se giró para mirarlos.

Fang Chi escuchaba la respiración de Sun Wenqu. Por lo general, puedes saber si alguien está en forma para correr después de unos cientos de metros. La respiración de Sun Wenqu se mantenía bastante estable, así que no debería haber problemas.

Bueno, después de todo, era alguien que pasaba mucho tiempo —mirando caballeros en cueros— en el gimnasio.

—¡Sigue adelante! —Fang Chi le hizo un gesto con la mano a Chico.

Chico se dio la vuelta de inmediato y salió corriendo.

—¿A dónde lleva este camino? —preguntó Sun Wenqu.

—A otro pueblo —respondió Fang Chi—. Desde ahí también se puede entrar a la montaña.

—Bien.  —Sun Wenqu corrió unos pasos más y luego comentó—: Hoy no trajiste los audífonos. Pensé que los tenías fusionados al cuello.

—No quería que te aburrieras si querías charlar en el camino. —Fang Chi sonrió—. Además, si te caes, no quiero no poder escucharte.

—Tranquilo, traje esto. —Sun Wenqu sacó un silbato de su bolsillo y lo hizo sonar.

—Tienes buena capacidad pulmonar hoy —comentó Fang Chi.

Sun Wenqu se rio.

—Todavía no te he preguntado, ¿a quién le preguntaste por mí?

—Solo le pedí el número de Ma Liang a Luo Peng —dijo Fang Chi—. Él es miembro de nuestro club, así que pude conseguir su número de teléfono. ¿A quién más podría haberle preguntado?

—Pensé que habías ido con Li Bowen. —Sun Wenqu, sin dejar de correr, extendió la mano hacia atrás para acariciar a Sir Amarillo.

—Ni de broma. —Fang Chi lo miró de reojo—. Yo en tu lugar, ya le habría dado una paliza hace tiempo.

Sun Wenqu no dijo nada, pero de repente soltó una carcajada, una de esas genuinas. Agitó un brazo y aceleró el paso.

Fang Chi lo vio reír así y tardó un par de segundos en reaccionar antes de salir tras él.

—¡Un momento! ¿Lo golpeaste?

—No, ¿cómo crees? —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Soy una persona muy civilizada…

—Pues no se nota —replicó Fang Chi sin dudar—. Viéndote así, seguro que sí lo hiciste, ¿no?

Sun Wenqu guardó silencio y siguió corriendo.

—Se lo tenía bien merecido —dijo Fang Chi.

—Jovencito, ¿por qué eres tan impulsivo? —Sun Wenqu le dio una palmada en el hombro—. No vale la pena golpear a alguien por algo así.

—Algunos lo merecen. —Fang Chi nunca tuvo una buena impresión de Li Bowen. Se fiaba de su instinto con la gente, y desde antes de que intentara tenderle una trampa a Sun Wenqu, ya le parecía que tenía una sonrisa falsa.

—Por ejemplo, ¿yo? —Sun Wenqu se señaló a sí mismo de repente—. Ay, mi pobre ojo morado…

«Si no hubieras mencionado eso, estaría bien», pensó Fang Chi, quien de inmediato recordó la escena de ese día y su rostro ardió en llamas. Por suerte, era temprano y el viento helado del norte soplaba con fuerza.

—Tú pides a gritos que te golpeen —dijo con voz hosca.

—Tú saltas por todo —se burló Sun Wenqu—. Oh, no, mejor dicho… tienes miedo hasta de tu propia sombra.

Fang Chi lo miró de reojo y sintió que ya no tenía energía para discutir con él, así que volvió a forzar el tema anterior:

—Entonces, ¿qué tuvo que hacer alguien como él para que lo golpearas? No pareces tan paciente como para contenerte.

—Por supuesto que esperé a que se acumulara la barra de furia. Viejos rencores y nuevas ofensas, todo junto. —Sun Wenqu sonrió.

—¿Entonces sí le pegaste?

—Tu tío Liang-zi partió una botella de cerveza con la mano, dos de hecho. —Sun Wenqu gesticulaba mientras corría—. La paliza fue épica, con un ritmo impresionante: ¡crack, crack, bang!

Fang Chi lo miró por un largo rato, incapaz de discernir entre los desvaríos parte verdad, parte mentira, parte locura de Sun Wenqu, así que solo pudo decir:

—Te estás llenando con aire, ten cuidado o te va a doler el estómago luego.

Sin darle oportunidad de responder, aceleró el paso y se adelantó.

Sun Wenqu no intentó alcanzarlo. Se mantuvo corriendo a su ritmo, sin apurarse ni rezagarse. Fang Chi notó que corría de manera muy estable y que seguramente podía aguantar bastante tiempo corriendo.

El paisaje en esa ruta era hermoso. Como estaban en planes de desarrollar turismo, habían arreglado bien los caminos del pueblo. A unos diez metros, corría el río… Claro, que en esa época del año, lo único que hacía el río era lanzar bofetadas de aire helado en la cara.

Fang Chi llevaba un gorro de esquí, pero ahora le daba algo de envidia el gorrito de lana de Sun Wenqu. Parecía mucho más cálido.

Chico corría al frente, pero de repente ladró un par de veces y salió disparada hacia la orilla del río.

Había un perro ahí. Fang Chi lo reconoció enseguida: un mestizo de pelaje moteado, pequeño. Pertenecía al pueblo de enfrente, pero solía venir a jugar con Chico. Eran amigos.

El perro no tenía nombre, así que el abuelo simplemente lo llamaba «Florecilla».

Fang Chi se detuvo y se volvió para preguntar:

—¿Quieres tomar un descanso?

—¿Estás cansado? —Sun Wenqu también se detuvo. Parecía estar en buen estado, sin respirar con dificultad.

—Chico quiere charlar un rato con su amigo. —Fang Chi sonrió, sintiendo que quizá había subestimado la resistencia de Sun Wenqu—. ¿Esperamos un momento?

—Está bien. —Sun Wenqu sacó al gato de su capucha y lo puso en el suelo—. Sir Amarillo también debería estirar las patas.

Ni bien terminó de hablar y tan pronto lo soltó, Sir Amarillo saltó y se trepó por los pantalones de Sun Wenqu, haciendo su camino de regreso a su hombro.

—Qué princesita. —Fang Chi chasqueó la lengua—. Ya no puede ni tocar el suelo.

—Claro —dijo Sun Wenqu—. No como Chico, grande y ruda tal cual perro callejero, y eso que nunca ha pasado penurias.

Fang Chi se echó a reír, observando a Chico y Florecilla olfateándose y empujándose mutuamente mientras corrían junto al río.

Sun Wenqu estaba a su lado, de pie en silencio. Ninguno de los dos dijo nada más.

El viento había disminuido un poco, pero el sol seguía sin salir y la temperatura todavía era baja. Después de un par de minutos, Fang Chi comenzó a preocuparse.

—Tu ropa no protege del viento, ¿verdad?

—Hmm, el viento se cuela. Me estoy congelando. —Sun Wenqu frunció el ceño, se frotó los brazos y lo miró—. ¿Qué tal si…?

Fang Chi se quedó en blanco un momento, hasta que sus miradas se encontraron, solo entonces pareció reaccionar.

—Oh.

Comenzó a desabrocharse la chaqueta, listo para quitársela.

—¡Oye, era broma! No te apresures. —Sun Wenqu se rio y, sin más, comenzó a correr rápidamente hacia adelante, mientras agitaba la mano hacia Chico—. ¡Vamos, Chiquita ruda!

Chico ladró un par de veces, se despidió de Florecilla y luego salió corriendo por el camino.

Fang Chi se quedó allí, atónito durante unos momentos, antes de apretar los dientes y correr tras él. Sentía como si su corazón estuviera en la palma de la mano de Sun Wenqu, quien lo volteaba una y otra vez, leyéndolo desde todos los ángulos.

Siguió corriendo detrás de Sun Wenqu, su mirada oscilaba entre él y el paisaje. En realidad, no quería mirar, pero todo a su alrededor le resultaba familiar, y solo Sun Wenqu era lo novedoso; lo único que parecía interesante.

Normalmente, cuando Sun Wenqu salía de casa, vestía ropa cómoda y caminaba relajado, lo que hacía que cualquiera pensara que si hubiese una silla cerca, se sentaría en cualquier momento. En casa, usaba pijama y se acurrucaba en el sofá como si fuera parte del mueble.

Verlo hoy, mucho más activo, vestido con ropa deportiva y corriendo con energía, hacía que Fang Chi no pudiera evitar mirarlo más de lo necesario. Era asombroso. Resultó que las piernas de esta persona podían moverse y además eran bastante largas.

Pensando en eso… Fang Chi miró sus propias piernas.

Sun Wenqu siguió el camino, giró en la esquina del pueblo y tomó el camino hacia la montaña.

—¿Es por aquí? —gritó Sun Wenqu mirando hacia atrás.

—¡Sí! —respondió Fang Chi, dando unos pasos más rápidos—. Ve despacio, ya no es camino pavimentado.

—Lo sé, corro por aquí todos los días.

—Pero nunca has corrido por esta zona —insistió Fang Chi— Mira por dónde pisas.

—¿No todos los caminos en la montaña son iguales? —respondió Sun Wenqu sin prestarle mucha atención—. ¿Qué tan diferente podría ser?

—Pues ve y busca un sitio para caerte de nuevo, ya verás si es igual —replicó Fang Chi.

—Oye. —Sun Wenqu lo miró de reojo—. ¿Por qué no vas y le pides a tu tío Liang-zi que te tome como discípulo?

—Suena bien —asintió Fang Chi.

Sun Wenqu se rio y Fang Chi, al verlo, se rio junto a él.

—¿Acaso crees que tú no eres igual de mordaz?

—Un poquito, supongo que es genético… —Sun Wenqu chasqueó la lengua.

—¡Ay! —exclamó Fang Chi, adelantándose—. ¡Hoy no hay manera de hablar contigo!

La montaña ya no era tan verde como la última vez que la recorrieron. Las hojas de los árboles ya habían caído dejando un paisaje gris con pequeños montículos de nieve dispersos.

Se sentía un poco desolado.

Sin saber por qué, Fang Chi empezó a pensar en estas cosas. Antes de conocer a Sun Wenqu, ver la montaña en invierno no le provocaba ningún pensamiento en particular. Ahora, no podía evitar preguntarse cómo se sentiría Sun Wenqu paseando solo por la montaña con Chico.

¿Qué pensaría al ver este paisaje?

¿Por qué había venido aquí en primer lugar?

Fang Chi miró hacia atrás, buscando a Sun Wenqu.

Sun Wenqu venía corriendo mientras jugaba con Chico. El camino no estaba muy nivelado y había algunas piedras incrustadas en la tierra.

Fang Chi frunció el ceño.

—No juegues mientras corres, ten cuidado de no ca…

Antes de que pudiera terminar la frase, vio a Sun Wenqu pisar una piedra que sobresalía.

La distancia entre ambos era de varios metros. Fang Chi se dio la vuelta y corrió hacia él en cuanto vio que pisaba la piedra, pero aun así solo pudo presenciar toda la escena sin poder hacer nada: el pie de Sun Wenqu resbaló de lado, el tobillo se dobló de golpe.

Con el peso de su cuerpo cargado sobre ese pie y en plena carrera, soltó un gruñido de dolor.

—¡Mierda!

Cuando Fang Chi llegó a su lado, solo alcanzó a sujetarlo para que no cayera al suelo. Sun Wenqu chocó contra él y, en el impacto, Sir Amarillo salió disparado de su capucha. Con gran agilidad, el gato extendió las patas y, como un murciélago en pleno vuelo, se aferró a la espalda de Sun Wenqu.

—¡Te dije que miraras el camino! ¡Que fueras más despacio! —rugió Fang Chi—. ¿Cuántos años se supone que tienes? ¡Hasta un gato es más cuidadoso que tú!

—Casi treinta… —respondió Sun Wenqu con esfuerzo, frunciendo el ceño.

—… ¡Siéntate! —Fang Chi lo sostuvo y lo ayudó a bajar hasta el suelo.

Apenas Sun Wenqu se sentó, Sir Amarillo saltó de su espalda y corrió hacia los matorrales secos.

—¡Sir Amarillo, quédate quieto! —rugió Fang Chi de nuevo.

La cola de Sir Amarillo se irguió de golpe. Se giró para mirarlo y se quedó inmóvil en el acto. Chico, a un lado, también gimoteó un par de veces y se echó en el suelo.

Sentado en el suelo, Sun Wenqu lo miraba con el ceño aún fruncido.

Cuando Fang Chi se giró y sus miradas se encontraron, se quedaron viendo fijamente un largo rato antes de que bajara la vista.

—¿Te duele? Déjame ver.

—No. —Sun Wenqu sonrió con una mueca—. En realidad sí, pero el susto que me metiste me hizo olvidarlo.

—Déjame… ver. —Fang Chi dudó un poco. Tal vez había sido un poco brusco, si incluso había asustado a Sir Amarillo hasta dejarlo paralizado.

—Mira, mira todo lo que quieras, no seas tímido. —Sun Wenqu estiró el pie hacia él.

Fang Chi lo miró de reojo. Con solo ver la expresión en el rostro de Sun Wenqu, quedaba claro que se había torcido el pie bastante fuerte, y aun así seguía hablando sin tomarse nada en serio.

—También es mi culpa, por traerte a correr por aquí —murmuró Fang Chi con el ceño fruncido mientras le subía la pernera del pantalón. No podía ver bien, así que intentó desatarle los cordones. Al notar el tipo de calzado, chasqueó la lengua—. ¿Por qué demonios llevas zapatillas de skate?

Sun Wenqu miró sus zapatos.

—¿Qué tienen de malo? Son geniales, ligeras, hay de muchos estilos y…

—Pero no sirven para correr —lo interrumpió Fang Chi—. No tienen nada  de agarre. Si no te partiste en dos es porque tuviste suerte.

—Estás actuando como una mamá gallina —se quejó Sun Wenqu.

—¿Qué mamá es tan guapa como yo? —Fang Chi frunció el ceño mientras le quitaba el zapato.

—La mía. —Sun Wenqu sonrió.

Fang Chi no le prestó atención. Al ver cómo el tobillo de Sun Wenqu comenzaba a hincharse tan rápido, sintió un escalofrío de preocupación.

—Necesitas hielo ahora, o se te va a hinchar como un pan.

—Hace tanto frío como un congelador, ¿cómo quieres enfriarlo más?

—Tú… —Fang Chi lo miró—. Espérame aquí.

—¿Por qué? —preguntó ​​Sun Wenqu de inmediato.

—Iré a la aldea de al lado a comprar una paleta helada. —Fang Chi se puso de pie—. Quédate aquí.

—No, espera. Solo ayúdame a regresar, o podrías cargarme… —sugirió Sun Wenqu.

—¿Será más rápido que en lo que voy y vuelvo? —Fang Chi se quitó la chaqueta y se la lanzó a Sun Wenqu antes de darse la vuelta y salir corriendo—. ¡Chico, vigílalo!

Chico, que estaba acostada en el suelo, ladró y se sentó.

Sun Wenqu observó la silueta de Fang Chi desaparecer entre la luz de la mañana. Se envolvió con la chaqueta y luego se giró hacia Sur Amarillo, que seguía inmóvil a un lado. Le maulló con suavidad.

El gato saltó de inmediato y se acurrucó en sus brazos.

—Chico —dijo Sun Wenqu mientras le acariciaba la cabeza—, ¿tu hermano siempre es así de intenso?

Chico ladeó la cabeza.

—¿Es así con todos? —Sun Wenqu le pellizcó las orejas.

Después de descansar un rato, el pie ya no le dolía tanto como antes, pero Sun Wenqu hizo una mueca y notó que la parte exterior de su tobillo estaba un poco hinchada.

En realidad, siempre corría con estos zapatos, pero hoy, por alguna razón, tuvo la mala suerte de torcerse el pie. Suspiró y giró la cabeza, encontrándose con la mirada de Chico. No tardó en lograr que el perro la desviara.

—¿Cuánto tardará en volver tu hermano? —Sun Wenqu sacó su teléfono y revisó la hora—. ¿Sí me llevará cargando luego?

Chico se giró dándole la espalda y volvió a sentarse, esta vez mirando en dirección al camino.

Sun Wenqu apoyó el pie en una piedra cercana y bajó la vista para mirar la hora en su teléfono.

Cuatro minutos después, la figura de Fang Chi apareció en el linde del bosque. Chico se levantó, moviendo la cola y ladrando, pero se mantuvo en su lugar, cumpliendo con su deber.

—Qué rápido —comentó Sun Wenqu, viendo cómo Fang Chi llegaba corriendo.

—No me fío de que te quedes quieto. —Fang Chi sostenía una paleta de hielo en la mano. Se agachó, le bajó el calcetín y colocó la paleta sobre su tobillo—. No es tan grave, por suerte.

—¿Y a dónde podría irme? —replicó Sun Wenqu.

—Contigo nunca se sabe… —Fang Chi le bajó un poco más el calcetín y miró el interior de su tobillo—. ¿Cuántos tatuajes tienes…?

—Un montón. —Sun Wenqu se palmeó la pierna—. Hasta tengo uno en la parte interna del muslo, ¿quieres ver?

Fang Chi no respondió y se concentró en ajustarle mejor el calcetín y la paleta helada.

—Creo que ya estoy mejor. —Sun Wenqu probó mover el pie—. Si descanso un poco más, tal vez pueda caminar.

—Descansa unos minutos y vemos. No debería haberte traído por aquí, es mi culpa. —Fang Chi frunció el ceño y se sentó frente a él. Luego miró a su alrededor y de repente preguntó con preocupación—: ¿Dónde está mi Sir Amarillo.

—Aquí. —Sun Wenqu señaló su vientre.

—¿Te lo comiste? —preguntó Fang Chi.

Sun Wenqu lo miró y comenzó a reír.

Fang Chi tardó un momento en entender, pero cuando lo hizo, también se rió con él. Quién sabría qué los había poseído, pero terminaron riéndose como dos idiotas.

—Ponte la chaqueta —dijo Sun Wenqu.

—No, quédatela. —Fang Chi negó con la cabeza—. No se siente mucho frío cuando corres, pero sí sentado aquí.

—¿No tienes frío? —Sun Wenqu le echó un vistazo. Bajo la chaqueta, solo llevaba ropa deportiva.

—No, no te compares conmigo —dijo Fang Chi—. No tienes cómo ganarme. Si estoy de buen humor, hasta me metería al río a nadar un rato.

Sun Wenqu sonrió sin decir nada.

—Oye —dijo Fang Chi, mirándolo—, ¿cómo… terminaste viniendo aquí?

—Solo quería un lugar tranquilo —dijo Sun Wenqu—. Y da la casualidad de que en tu casa se respira buen aire, hay poca gente y tengo conocidos.

—Oh. —Fang Chi encontró la explicación tan razonable que por un momento no supo cómo cuestionarla—. Esa cosa gigante que parece una caja fuerte en tu habitación, ¿para qué es?

—Es un horno. —Sun Wenqu tironeó de su calcetín—. Lo uso para quemar cerámica.

—Pensé que los hornos eran de ladrillo… Se ve muy moderno —dijo Fang Chi—. ¿Haces macetas todos los días? Si haces algunos lotes más, creo que mi abuela te sugeriría que las llevaras al pueblo a venderlas.

Sun Wenqu lo miró y sonrió.

Fang Chi se sintió un poco incómodo con su sonrisa y desvió la mirada.

—Fang Xiao-Chi —dijo Sun Wenqu, recargándose en el tronco de un árbol—, eres bastante interesante.

—Oh —soltó Fang Chi.

—¿No crees que yo también soy interesante? —agregó Sun Wenqu.

—Creo que estás algo chiflado. —Fang Chi lo miró de nuevo y, al ver que Sun Wenqu no decía nada, dudó un momento antes de asentir—. Mmm. Eres… bastante… interesante.

—Esto tiene que contar como un gran descubrimiento —dijo Sun Wenqu—. Yo juraba que no te caía bien.

—No me caes mal… —Fang Chi miró su pie y luego agarró la cola de Chico, tirando de ella—. Eres… una buena persona… No me caes mal, solo que estás medio loco.

—Me preocupa que no actuar como un loco te mate de un susto —dijo Sun Wenqu, mientras daba un leve golpecito con los dedos en la mano de Fang Chi, que sujetaba la cola de Chico.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x