XXXIV. ESTE NIVEL DE SERIEDAD LO INTRIGABA MUCHO

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EL AMBIENTE FESTIVO DEL Año Nuevo[1] en el mercado era incluso más intenso que en el pueblo, todo estaba decorado de rojo brillante.

Aunque le parecía aburrido acompañar a sus abuelos al mercado, después de recorrerlo con Sun Wenqu —no, después de recorrer la sección de tazones, platos y tarros con Sun Wenqu—, Fang Chi descubrió lo que era el verdadero aburrimiento. Juzgó mal a sus abuelos, ellos eran más divertidos.

Sun Wenqu, en realidad, ni siquiera recorrió el mercado. Apenas llegaron a la zona donde vendían tarros, se quedó parado frente a los puestos sin moverse. Después de un rato, como le molestaba el pie, se sentó en un carro de verduras aparcado a un lado de la calle.

Así pasó casi una hora.

Ni qué decir de Fang Chi, incluso Chico, que estaba a sus pies, comenzó a quejarse y gruñir en señal de protesta.

—Voy a comprar algo para beber —le dijo Fang Chi a Sun Wenqu—. Estaré por aquí cerca.

—Mmm —asintió Sun Wenqu—. Tráeme un chocolate caliente.

—¿Estás soñando? —Fang Chi agitó una mano frente a sus ojos—. Esto es un pueblo pequeño; si encuentras un vaso de leche de soya caliente, ya puedes decir que estamos al día con las tendencias.

—Leche de soja caliente entonces. —Sun Wenqu le dio una mirada—. O leche caliente. Y si hay jianbing guozi[2], mejor aún…

Fang Chi lo ignoró y se alejó con Chico.

El mercado estaba lleno de puestos de comida de todo tipo, especialmente en estas fechas previas al Año Nuevo. De niño, este lugar le parecía el paraíso, y hasta el día de hoy, a veces todavía lo soñaba.

Pero en cuanto a la comida… él podía comerla, pero sentía que el estado de higiene de estos alimentos podría causarle problemas estomacales a alguien como Sun Wenqu.

Entró a una panadería y compró un cartón de leche y una botella de agua, además de unos panes recién horneados. Le dio dos a Chico y otros dos a Sun Wenqu.

—Nada mal el pan de tu pueblo —comentó Sun Wenqu, alternando bocados de pan y sorbos de leche—. Me gusta este tipo, sin relleno.

—Lo compré al azar. Es el más barato, cuatro por un yuan cincuenta —dijo Fang Chi con toda honestidad.

—¿Y los otros dos? —Sun Wenqu lo miró.

—Chico se los comió. —Fang Chi señaló al lado, donde el perro aún movía la cola, esperando más.

—¿Ni siquiera me llega a la altura del muslo y come lo mismo que yo? —Sun Wenqu chasqueó la lengua.

—Porque te ha esperado con mucha paciencia —dijo Fang Chi, echando un vistazo a las pilas de tazones y tarros a su alrededor—. Quiero preguntarte… ¿Cuánto tiempo más vas a seguir mirando estas cosas?

—Ya casi termino. —Sun Wenqu se lamió los dedos—. ¿Tienes servilleta?

—No. —Fang Chi lo miró—. Yo suelo limpiarme en el pantalón…

Antes de que terminara de hablar, Sun Wenqu ya había extendido la mano y frotado sus dedos en su pantalón.

—Cuando miras todo esto, ¿no sientes nada? —preguntó.

—… Nada en particular. —Fang Chi miró hacia abajo y se palmeó el pantalón—. De niño, en casa usábamos esos tazones de barro, pero luego los cambiamos por unos mejores.

—No me refiero a los objetos individuales en sí —dijo Sun Wenqu—, sino de todos juntos, como un conjunto. ¿no te inspira nada?

—Hay muchos —respondió Fang Chi—. ¿En cuánto tiempo podrán vender todo esto?

—Vamos. —Sun Wenqu se puso de pie—. Vamos a buscar a tus abuelos.

—¿Estás preguntando si me provoca alguna emoción? —Fang Chi lo siguió.

—Mmm —respondió Sun Wenqu con calma—. Creciste con ellos, de niño comías y bebías de estos tazones, te sentabas junto a los tarros esperando que tu abuela te diera un poco de encurtidos.

—Si lo pones así, entonces lo entiendo —dijo Fang Chi—. Si vamos a comparar, prefiero los tazones y platos bonitos que compramos después, pero estas cosas me recuerdan a mi infancia, a cómo era todo antes. Es un poco… ¿cómo decirlo?

—Nostálgico. —Sun Wenqu se volteó y le sonrió.

—… Sí, es nostálgico. —Fang Chi asintió—. ¿Todo este rato estuviste mirando estás cosas solo por eso?

—No por la nostalgia en sí. Quería entender cómo se siente la nostalgia —dijo Sun Wenqu, dándole una palmada en el hombro.

La verdad, Fang Chi no entendió del todo lo que quería decir, pero tampoco tenía intención darle más vueltas.

Los dos lugares favoritos de sus abuelos cuando venían al mercado eran la sección de carnes y la de herramientas.

Primero fueron a la sección de carnes, pero no vieron ni al abuelo ni a la abuela. Fang Chi estaba a punto de dar otra vuelta cuando Sun Wenqu, que caminaba a su lado, le arrebató repentinamente la correa de Chico y se la llevó sin decir nada.

Fang Chi, desconcertado, se apresuró a seguirlo y lo escuchó murmurar:

—¡Ay, qué miedo! Van a sacrificar una oveja ahí atrás. Mejor nos vamos antes de que Chico se asuste y salga corriendo hacia las montañas…

A Fang Chi le dieron ganas de reír, pero también sintió el impulso de acercarse y acariciar la cabeza de Sun Wenqu.

Mientras caminaban por la sección de herramientas, Fang Chi vio una fila de puestos vendiendo decoraciones de Año Nuevo y recortes de papel para ventanas. De pronto, recordó los pareados pegados en la entrada del patio.

—Oye, ¿tú escribiste los pareados? —le preguntó a Sun Wenqu.

—¿Mmm? Ah, sí —respondió él—. Escribí muchos.

—¿Muchos? —Fang Chi se sorprendió—. ¿No solo los de la entrada?

—Sí, esos son los de tu casa. —Sun Wenqu se rio al recordarlo—. Pero también escribí para otras casas del pueblo. Deben ser unas diez en total.

—¿En serio…? —Fang Chi estaba asombrado—. ¿Todos fueron a pedirte que los escribieras?

—Tu abuelo no paraba de presumir, diciendo: ¡Este año nuestros pareados del Festival de la Primavera son una edición personalizada! ¡Únicos en su clase! ¡Escritos por un maestro calígrafo que además toca el erhu! —Sun Wenqu se reía mientras lo contaba—. Y claro, después de eso vino un montón de gente. Ah, por cierto, el anciano Jiang, el archienemigo de tu abuelo, también apareció.

—¿En serio? ¿De verdad fue? —Fang Chi se interesó al instante—. ¿Peleó con mi abuelo? ¡Te digo que cuando esos dos pelean es lo más gracioso del mundo! No puedes intervenir ni separarlos; tienen su propio ritmo. Pueden durar peleando hasta una hora sin hacerse daño, pero si alguien se mete, se rompe el hechizo y terminan heridos de verdad.

Sun Wenqu se rio mucho al escuchar eso.

—No pelearon. Fueron bastante amistosos. Pero tu abuelo le cobró diez yuanes. A los demás se los escribí gratis.

—Ay, ese viejo. —Fang Chi chasqueó la lengua.

—Me dio el dinero —dijo Sun Wenqu—. En un rato te invito a algo mejor que panes de un yuan cincuenta por cuatro. ¿Qué tal pescado a la parrilla?

—Pescado a la parrilla, ¿eh? —se rio Fang Chi—. ¿De repente estamos dejando atrás la comida tu-tu-turca y esos siomai en canastas para comer pescado a la parrilla? Y no cualquier pescado, sino el de nuestro pueblo. ¿Sabes? Solo te dan medio pesca…

—Ahora mismo estoy en modo «vagabundo» —lo interrumpió Sun Wenqu—. ¿Podrías tener un poco de consideración?

—Tú… ¿pero por qué? —Fang Chi todavía no lograba entender qué lo había llevado a actuar de tal manera—. ¿Por qué estás vagando así?

—No hay ningún porqué. —Sun Wenqu se estiró con desgana—. Así soy yo. Hago lo que quiero. Hoy quise venir, así que vine. Mañana, si quiero irme, me voy.

—Tú… —Fang Chi abrió la boca y luego no supo qué decir, así que se quedó callado.

Tenía la sensación de que Sun Wenqu no quería hablar mucho del tema. Alguien como él, de repente sin hogar, alquilando una habitación en la casa de una pareja de ancianos en el campo que apenas conocía, probablemente tenía alguna razón que no podía contar, a menos que fuera por no haber conseguido sus medicamentos.

Los abuelos estaban paseando por la sección de herramientas, ya cargados con varias cosas. Fang Chi se acercó, las tomó y, al sopesarlas en la mano, frunció el ceño.

—¿Otra vez compraron tanto? ¿Cuándo van a terminar de comer todo esto?

—Si hay, hay que comprar —dijo la abuela—. No es que tú tengas que cocinar, ¿por qué te preocupas?

—Pero tengo que ayudar a cargarlo. —Fang Chi sonrió—. ¿Qué está mirando mi abuelo?

—¡Quién sabe! Lleva media hora ahí, qué fastidio. —La abuela no estaba nada contenta.

El pasatiempo del abuelo era coleccionar herramientas de todo tipo, y mientras más raras, mejor. Despreciaba las herramientas comunes como llaves inglesas y destornilladores, por lo que cada vez que venía al mercado se podía pasar horas dando vueltas.

Sin embargo, esta vez no tuvo mucha suerte y no encontró nada que le gustara.

Quien sí compró algo fue Sun Wenqu: una funda de cuero para machetes de leñador y una cantimplora artesanal de piel.

—¿Por qué compraste eso? —preguntó Fang Chi sin poder evitarlo, cuando ya estaban en el camión del señor Zhang de regreso a casa. Esas cosas no eran adornos ni artesanías, sino herramientas de uso diario para la gente del campo. Tanto el diseño como la fabricación eran toscos y rústicos.

—No lo sé. —Sun Wenqu miró los objetos en sus manos—. Me parecieron interesantes.

—No está mal tener una bolsa para machetes cuando estás en modo vagabundo —dijo Fang Chi—. Solo asegúrate de que no vean que está vacía.

Sun Wenqu sonrió, sin decir nada.

La funda de machetes vacía no se quedó así por mucho tiempo. Apenas llegaron a casa, el abuelo sacó un machete nuevo y se lo dio a Sun Wenqu.

—Este es un buen machete, mucho mejor que los que venden en el mercado. Hasta puede cortar huesos de un solo golpe.

—Gracias, abuelo. —Sun Wenqu tomó el machete y lo metió en la funda—. Encaja perfectamente.

—¿De verdad le estás dando eso? —Fang Chi se preocupó un poco. Alguien como Sun Wenqu, quien siempre estaba apoyándose en cualquier cosa y lugar, le daba la sensación de que tarde o temprano terminaría lastimándose a sí mismo con ese machete.

—¿Quieres uno? Tengo otro —dijo el abuelo.

—No, gracias. —Fang Chi negó con la cabeza. Estas cosas que él había visto desde pequeño probablemente solo le parecían interesantes a Sun Wenqu.

Sun Wenqu volvió a su rutina: subió a su habitación y no salió más.

Mientras tanto, Fang Chi charlaba con sus padres en la sala. Era una conversación bastante unilateral: ellos preguntaban y él respondía. Lo que le preguntaban tampoco era nada especial. ¿Cómo iba en el estudio? ¿Cómo estaban las cosas en la escuela? ¿Cómo era su día a día?

—Todo bien. —Fang Chi respondió de manera uniforme a todo.

De hecho, aunque sus padres no pensaban como la abuela, que decía que ir a la universidad era una pérdida de tiempo, tampoco esperaban demasiado de él. Mientras viviera tranquilo, sano y sin problemas, era suficiente para ellos.

Ni siquiera dijeron nada cuando Fang Chi se fue a pasear por el mercado en lugar de quedarse a estudiar o leer.

Al mediodía, su madre hizo fideos con salsa de soya fermentada. La abuela sirvió un plato para Sun Wenqu y lo llamó desde abajo:

—¡Shuiquuu! 

—¡Sí, ya vooy! —respondió Sun Wenqu desde arriba antes de bajar corriendo.

Fang Chi había pensado en llevarle la comida arriba, no porque quisiera atenderlo con esmero, sino porque no dejaba de tener curiosidad por ver qué estaba haciendo en su habitación.

Si se trataba de hacer cerámica, aparte de esos GUAPÍSIMO y MONO, no había visto que hiciera nada más. Pero si no estaba haciendo cerámica, ¿por qué se la pasaba todo el día escondido en su nido de gatos?

Sun Wenqu tomó su tazón de fideos y se dispuso a subir. Fang Chi también agarró el suyo y lo siguió un par de pasos antes de detenerse.

—¿Vienes a charlar un rato? —Sun Wenqu se giró y lo miró.

—Uh… —Fang Chi vaciló un momento, pero terminó subiendo con él.

Ya en la habitación, Sun Wenqu se sentó en el borde de la cama y removió los fideos con los palillos.

—¿Tu habilidad para cocinar fideos la heredaste de tu mamá? Huelen muy bien.

—El secreto está en la salsa de soya de mi abuelo. —Fang Chi echó un vistazo a la habitación y se sentó en una silla.

—¿Te criaste con tus abuelos? —preguntó Sun Wenqu antes de llevarse un bocado a la boca.

—Mmm, algo así. No me fui a la ciudad del condado hasta la secundaria. —Fang Chi notó un gran cuaderno de bocetos sobre la mesa. Estaba lleno de dibujos a lápiz de tarros y jarrones. Desde su asiento no podía distinguirlos bien, pero tampoco quería acercarse a mirar—. Mis padres viven ahí.

—¿Tus padres tienen un negocio allá? —preguntó Sun Wenqu de nuevo.

—Una tienda de maquinaria agrícola —respondió Fang Chi—. Oye, ¿estás investigando mis antecedentes familiares o qué?

—Solo estoy matando el tiempo, viendo si respondías. —Sun Wenqu se rio—. Antes no solías hablar mucho. No quisiste decirme nada sobre tu club de escalada.

—Incluso si no te dijera, le preguntarías a mis abuelos. —Fang Chi chasqueó la lengua—. Tal vez ya lo hiciste.

—No pregunté nada. —Sun Wenqu sonrió con satisfacción—. Fue tu abuelo quien me contó por su cuenta. Hasta me dijo que, de niño, una vez fuiste a nadar al río, perdiste los pantalones y volviste corriendo desnudo.

Fang Chi levantó la cabeza de golpe, casi escupiendo los fideos que tenía en la boca.

—¡Ese viejo habló demás! —protestó con la boca llena.

—Si quiere hablar, que hable. —Sun Wenqu comía los fideos con calma—. Normalmente en casa solo están ellos dos. Ahora que hay alguien más, como es algo nuevo, es lógico que quieran charlar.

Fang Chi no respondió, bajó la cabeza y comió unos bocados más. Las palabras de Sun Wenqu hicieron que le doliera un poco el corazón. Su padre, su tío y tía ya no vivían en el pueblo, así que los dos ancianos estaban solos en casa la mayor parte del tiempo…

Tal vez por eso fue tan fácil para Sun Wenqu alquilar una habitación; sus abuelos parecían haberlo acogido con bastante entusiasmo.

Cuando terminó de comer, Fang Chi se llevó los platos a lavar. Sun Wenqu no puso objeciones y, tras entregarle el suyo, se sentó en la mesa y tomó su cuaderno de bocetos.

¿Estaba diseñando algo?

Fang Chi se quedó en la puerta, observando su espalda.

¿También se necesitaban planos para hacer cerámica?

Cierto. Antes, cuando la abuela todavía tenía buena vista, también dibujaba bocetos antes de hacer cualquier cosa.

¿Pero por qué de repente este tipo vino al campo a dibujar?

Mientras lo pensaba, Sun Wenqu se giró de repente y lo miró sin decir nada, con solo una sonrisa en los labios.

—Este… bueno… —Fang Chi se sintió incómodo al instante y se rascó la cabeza—. ¿Todavía te muerden las ratas?

—De momento no —respondió Sun Wenqu.

—Oh. Entonces sigue con lo tuyo. —Fang Chi cerró la puerta y bajó con los platos a toda prisa.

El sol del mediodía estaba radiante y agradable. La abuela atrapó a Chico y la revisó en busca de pulgas en el patio, mientras Fang Chi se sentó en un banquito a su lado para disfrutar del sol.

No pasó mucho tiempo antes de que la calidez lo adormeciera.

Cuando su espalda empezó a sentirse demasiado caliente, se levantó y entró en la casa, luego subió las escaleras para tomar una siesta.

Al pasar por la habitación de Sun Wenqu, se detuvo un momento. La puerta, aunque tenía una nueva cerradura, seguía siendo vieja y las rendijas permitían ver un poco del interior si te acercabas lo suficiente…

Fang Chi soltó un pequeño chasquido con la lengua.

No iba a mirar.

Regresó a su habitación, pensando en dormir, pero al ver los libros amontonados en su escritorio, terminó sentándose a estudiar.

Mañana ya sería treinta. Luego vendrían los primeros días del Año Nuevo, y el pueblo, que ya estaba lleno de fuegos artificiales, solo se volvería más ruidoso. Entre visitas de parientes y vecinos, ponerse a repasar sería imposible.

Siendo él mismo el único miembro de su familia que realmente lo apoyaba, Fang Chi decidió estudiar un rato. Además, Sun Wenqu estaba justo al lado. Si encontraba algo que no entendiera, podía pedirle que se lo explicara.

Pero el examen simulado que le habían dado esta vez era muy complicado. Fang Chi no había resuelto muchos problemas antes de apoyar la cabeza sobre el escritorio, con el lápiz golpeando suavemente contra la punta de su nariz. Solo había una frase en su mente: «Demasiado difícil».

Y así, se quedó dormido.

Despertó de nuevo al oír unos golpecitos rítmicos en su ventana. Al levantar la cabeza, vio a Sun Wenqu parado en la terraza exterior, con Sir Amarillo en brazos.

—Eh… —Fang Chi se frotó los ojos con un poco de vergüenza. Se había preparado todo un gran despliegue para estudiar, y en menos de media hora ya estaba roncando.

—¿Dormiste bien? —Sun Wenqu entró en la habitación y dejó a Sir Amarillo sobre su cama.

Fang Chi miró el teléfono. Ya eran más de las tres de la tarde.

—Maldición, ¿dormí tanto? —murmuró, sorprendido.

—Es mi hora de descanso. —Sun Wenqu se dejó caer en la cama, extendiendo los brazos—. ¿Hay algo que no entiendas? ¿Quieres que te lo explique?

Sun Wenqu llevaba una camiseta de manga larga. Al levantar los brazos y dejarse caer sobre la cama, se le subió un poco y dejó al descubierto su cintura.

Fang Chi dejó vagar sus ojos un momento antes de apartar la mirada y agarrar su hoja de ejercicios.

—No entiendo ninguno de estos.

—Dame. —Sun Wenqu siguió acostado y alzó la mano para recibirla—. Deja que papi eche un vistazo.

Fang Chi le pasó la hoja. Sun Wenqu la miró un momento sin moverse, luego se giró para quedar boca abajo y, de paso, estiró la mano para atraer a Sir Amarillo, acariciándolo mientras seguía revisando.

—También te equivocaste en esta pregunta —dijo Sun Wenqu, haciendo un sonido de desaprobación.

—¿En serio? —Fang Chi se sorprendió. Los primeros problemas le habían parecido difíciles, pero creía haberlos resuelto bien.

—Déjame ver. En un rato te explico.

Fang Chi no dijo nada, solo se quedó quieto a un lado.

Sun Wenqu siempre usaba los pantalones del pijama a medio caer, como si subírselos un poco más fuera a matarlo de cansancio. Ahora mismo, tenía toda la parte baja de la espalda al descubierto.

El tatuaje también apareció por completo ante los ojos de Fang Chi.

Sun Wenqu tenía tres tatuajes: uno detrás de la oreja, otro en el interior del tobillo y el de la parte baja de la espalda… En cuanto al que supuestamente tenía en la base del muslo, Fang Chi no sabía si era real o no, pero, de cualquier manera, nunca había logrado ver ninguno con claridad.

—Ese tatuaje tuyo… —dijo Fang Chi, apoyando una rodilla en la cama y acercándose un poco—. ¿Qué es…? ¿Un cerdo?

—¿Qué le pasa a tus ojos? —Sun Wenqu chasqueó la lengua y, con una mano, tiró un poco del pantalón hacia abajo—. ¿Así son los cerdos en tu casa?

Fang Chi se inclinó para mirar más de cerca. Resultó que era un gato… de espaldas, rascándose con la pata trasera.

Solo al acercarse pudo notar lo detallado que era. Tenía un efecto tridimensional muy realista.

—¡Es un gato! Parece de verdad —comentó Fang Chi—. ¿Te gustan tanto los gatos?

—Sí. Me costó una fortuna. Es tridimensional, con relieve. —Sun Wenqu lo miró con una sonrisa—. Tiene un implante debajo.

—Jódete… —Fang Chi lo miró de nuevo. Se veía tan realista que, por un momento, empezó a dudar.

—Si no me crees, tócalo y compruébalo tú mismo —dijo Sun Wenqu.

Fang Chi nunca había visto un tatuaje tridimensional con un implante. La curiosidad le ganó y, sin pensarlo demasiado, alargó la mano y lo rozó suavemente con los dedos.

La piel de Sun Wenqu…

Era… muy suave.

En cuanto oyó la risa de Sun Wenqu, Fang Chi retiró la mano de golpe.

—¿En serio te creíste eso? —Sun Wenqu se rio a carcajadas, todavía boca abajo en la cama—. ¿De verdad tienes dieciocho años?

El tacto cálido y sedoso aún permanecía en la yema de los dedos; Fang Chi incluso podía recordar la temperatura al tocarlo. Al verlo reír así, se sintió muy molesto.

Sin siquiera pensarlo, le dio una palmada en la espalda baja.

—¿Y tú de verdad tienes treinta años?

—No, no los tengo. —Sun Wenqu se acomodó la ropa y se sentó—. ¿Quién dijo que tengo treinta? Aún no los cumplo.

—… Ni siquiera pareces tener trece, ¿sabes? —Fang Chi se lo quedó mirando un momento, luego se giró para volver a su escritorio.

Sun Wenqu bajó de la cama aun sonriendo, dejó la hoja de ejercicios sobre la mesa y se sentó a su lado.

—Está bien, primero hagamos estos ejercicios.

El escritorio de Fang Chi era pequeño, así que Sun Wenqu no podía tumbarse encima medio acostado para enseñarle como solía hacer antes. En su lugar, arrastró una silla y se sentó a su lado, apoyando el codo en la mesa y la barbilla en la mano.

—Las mismas reglas de siempre: yo explico, tú escuchas. Si no entiendes, me detienes. —Sun Wenqu tomó una hoja de papel y escribió la fecha en la esquina superior izquierda.

—¿Por qué escribes la fecha? —preguntó Fang Chi.

—Oh. —Sun Wenqu sonrió—. La costumbre.

Fang Chi no hizo más preguntas. Supuso que ese hábito venía de los bocetos que Sun Wenqu hacía todos los días. Para hacer cerámica, había que hacer dibujos, y cada día debía marcar la fecha correspondiente.

Ese nivel de seriedad lo intrigaba mucho.

Mirando a Sun Wenqu explicando los ejercicios, Fang Chi sintió de repente un fuerte impulso: quería ver cómo era Sun Wenqu cuando trabajaba en su cerámica con esa seriedad.


 

Notas:

[1] N. del T.: El año nuevo que mencionan es el año nuevo chino, aunque lo han estado llamando solo “año nuevo”. Este Año Nuevo Chino comienza el primer día del primer mes lunar y se celebra durante 15 días hasta el Festival de los Faroles, que es el decimoquinto día del primer mes lunar. También es conocido como la Fiesta de la Primavera, Festival de la Primavera, Año Nuevo Lunar o simplemente «Año Nuevo» en China. Además, también se le conoce como el Año Nuevo del calendario lunar o el Año Nuevo asiático, ya que también se celebra en otros países de Asia que siguen el calendario lunar.

[2]  Jianbing guozi (煎饼果子): Un tipo de crepa china rellena, muy popular en el norte de China como desayuno callejero.

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