5. Isla Este I

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Vol 2

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[CAM1]

[¿Funcionó? A simple vista no se nota… Pero parece que sí].

El hombre que había estado prácticamente restregándose contra la cámara se alejó. La misma composición que antes. Sentado exactamente en la misma silla no era otro que Udis.

Hacia él, Ail preguntó con una voz mezclada con un tono mecánico:

[¿Quién es usted?]

[…¿Realmente tengo que filmar esto?]

[Es una orden del Dueño de la Isla].

Udis suspiró y respondió:

[Udis. He abandonado mi apellido. Soy el juguete del Dueño de la Isla y el Rey en su tablero de juego].

[¿Qué opina del Dueño de la Isla?]

[Herodes es simplemente Herodes].

[¿Qué hará si gana el juego?]

Udis, sentado a mi lado, explicó: —Las condiciones son que, si ese tipo de negro o yo ganamos el juego, lo obtendremos todo en la isla. Nos convertiremos en los nuevos dueños de la isla. Por eso Ail hace esas preguntas.

—¿Y qué pasa si pierden?

Él, riendo perezosamente, evitó responder. En la pantalla, el mismo hombre respondía a la pregunta de Ail.

[Qué sé yo. En realidad no hay nada que quiera hacer. Ah, pero sí me da curiosidad saber qué cara tendrá ese tipo de negro].

Me identifiqué un poco con esa respuesta.

Por supuesto, no tengo intención de intentar quitársela yo mismo. ¿Acaso no recuerdan por qué murieron Ícaro o Sémele, la princesa de Tebas?

A lo que no se debe tocar, ni siquiera hay que acercarse. La ambición desmedida que excede los límites propios siempre atrae la desgracia.

Es más, el objeto en cuestión ahora no es un anhelado cuerpo celeste o un gran amor, sino una grotesca y siniestra máscara de la peste.

«Acercarme, ¿para qué?»

Si pudiera, me mantendría alejado de ello el resto de mi vida.

[¿Tiene usted algunas últimas palabras para el Dueño de la Isla?]

Udis, que había estado respondiendo con prontitud todo el tiempo, guardó silencio por primera vez. Tras unos diez segundos de reflexión silenciosa, respondió con un dejo de frialdad.

[No precisamente].

No pude soportarlo más y pregunté: —¿Por qué demonios me enseñas esto?

El origen del video era uno de los discos duros externos apilados en el estante. Una vez más, la base circular que había desaparecido en el suelo se tragó el dispositivo y expulsó el video.

—¿Pensé que le sería útil a mi nueva pareja?

¿Pero qué dice este maldito tipo?

—Mira con atención. A partir de aquí, a ti también te interesará.

Clavé la mirada en su mandíbula, tan definida que parecía esculpida con cincel y alma. Si le diera un buen golpe justo ahí, creo que no tendría más deseos en la vida.

   

[CAM2]

[…]

El hombre que llevaba una máscara de médico de la peste estaba sentado en una silla. Tenía la espalda encorvada hacia delante y las puntas de sus dos manos, enfundadas en guantes negros, apuntaban hacia abajo mientras se juntaban con naturalidad.

Su figura parecía la de un monstruo gigante a punto de cazar.

La IA, que no conocía el miedo ni lo grotesco, hizo la misma pregunta.

[¿Quién es usted?]

[El fiel más cercano a Dios].

El Rey Negro respondió de inmediato. No hubo vacilación en su respuesta. La siguiente pregunta fue igual.

[¿Qué opinas del dueño de la isla?]

[Es mi único Dios].

Se me puso la piel de gallina. Los lentes de la máscara especialmente fabricada brillaban con la luz de forma cruda, como los ojos de un cuervo.

[¿Qué hará si gana el juego?]

Por primera vez, las respuestas que fluían con soltura se detuvieron. El Rey Negro guardó silencio durante un largo rato.

La tenue relajación que lo envolvía se evaporó. Su enorme y sólido cuerpo se tensó y su torso se estremeció ligeramente. Aunque apenas se veía nada debido a la máscara, estaba seguro. Ahora mismo, él estaba sonriendo.

[Mi Dios ha descendido al tablero por el juego. Su halo se ha roto y su toga se ha rasgado. Sus blancos pies han pisado el barro. Yo… limpiaré la inmundicia adherida a esos pies con mi ropa].

¡¿Ese tipo está completamente loco?!

La máscara de médico de la peste, envuelta en una sensación de opresión, miró fijamente a la cámara.

[Eso es todo lo que deseo].

Aunque era solo un video, me sentí completamente abrumado. Sentía que ese hombre podría rasgar la pantalla en cualquier momento, salir y romperme el cuello. Gemí en voz baja. Ahora entendía porqué hablaban de él como un religioso. El matiz de su locura era diferente, pero ese tipo tampoco estaba en sus cabales.

Decía que eso era todo lo que deseaba, pero la obsesión y el anhelo que emanaban sutilmente de él no eran normales.

Udis soltó una risita.

—Es un completo loco, ¿no?

Sinceramente, estaba de acuerdo.

[¿Tiene algo que decirle por última vez al Dueño de la Isla?]

El de la máscara de médico de la peste se levantó ligeramente. Él miró fijamente al vacío, ligeramente apartado de la pantalla. Solo con su gesto se notaba que estaba extasiado.

[Seguiré su rastro y llegaré a usted].

Click.

El video terminó. Me presioné con fuerza las sienes, que latían con dolor.

A mi lado, Udis, como un loro, me explicaba el contenido del subjuego. Capturar la bandera al mejor de cinco. Se gana utilizando las propias fichas para arrebatar la bandera y llevarla al escondite. La bandera debe ser movida personalmente por el Rey, y los androides no pueden atacar ni retener al Rey rival. El combate directo entre reyes sí está permitido.

…¿Lanzar la mano rota de un androide cuenta como algo permitido? Supongo que sí. Al fin y al cabo, una mano desprendida no es más que chatarra.

Mi cerebro, al borde del colapso, no dejaba de divagar. Necesitaba concentrarme de forma artificial. Me bebí de un trago el café que le habían servido a Udis.

—Oh.

Ningún “oh” ni qué cuartos.

Odio la cafeína. Como soy sensible, con solo unos sorbos ya no duermo en toda la noche. Aun así, no podía dejar de beber.

Glug, glug.

Entre risitas, Udis seguía soltando información sin cesar.

—Si están parcialmente dañados, se lo dices a Ail y vuelven reparados en una semana, pero si la cabeza o el núcleo se destruyen, se desechan. Empezamos con treinta y dos cada uno, pero fueron disminuyendo a medida que avanzaba el juego. A mí me quedan dieciséis caballos, y los alfiles… probablemente unas veinte fichas en total.

—¿Por qué esa diferencia?

—Porque yo he ganado más.

Dijo que iba 3 victorias y 1 derrota. Como es al mejor de cinco, a simple vista parecía que Udis llevaba ventaja. Pero…

«¿No estará al borde del fracaso…?»

—¿Qué van a hacer con las dos victorias restantes?

A simple vista, las estrategias de ambos eran completamente opuestas. Probablemente, el Rey Negro cedería una victoria más para preservar sus piezas lo máximo posible, y luego, en la última partida, impediría que el rival ganara a toda costa, buscando una racha de victorias en la fase final.

Udis, simplemente… seguiría intentando ganar, como hasta ahora.

«¿O acaso tendrá algún movimiento oculto?»

Para empezar, la estrategia en sí no encajaba con él. Si fuera un plan más meticuloso y detallado que el del Rey Negro, podría entenderlo, pero una forma de actuar tan miope, que parece no ver más allá de sus narices, no es propia de él.

Si yo lo sabía, no podía ser que Udis lo ignorara, pero aun así, preocupado, se lo pregunté, y su expresión se iluminó.

—¿Te preocupas por mí?

—…

Tiene razón, pero me da una pereza horrible responderle. Pensándolo bien, ¿por qué demonios me preocupo por este tipo?

«Dicen que el rencor también es un sentimiento. ¿Es que acaso le he cogido cariño en este tiempo?»

Si lo pienso, no es algo tan extraño.

«Es normal sentirse más cercano a alguien con quien has hablado, te has acostado y hasta has recibido algún soborno, que a un fanático religioso desconocido con una máscara grotesca».

Aunque el video había terminado, ni siquiera podía levantarme; al contrario, él se pegaba aún más a mi cuerpo, y no pude evitar soltar un quejido.

—¿No tienes nada más que decir?

Ya que hablamos de alfiles, aunque no sé mucho de ajedrez, al menos sé qué piezas se usan, él continuó explicando:

—Los “Peones” son los Comunes recién llegados. La Reina es el Dueño de la isla. Porque es el verdadero soberano del tablero.

—Un momento. ¿Dices que nosotros somos los peones?

—En las reglas del ajedrez, existe una regla que dice que el peón que llega hasta el final del campo contrario puede convertirse en Reina. Bueno, en realidad puede convertirse en cualquier pieza que desee… pero todos suelen cambiarla por la pieza más poderosa.

¿Será porque ya me he sorprendido hasta decir basta?

Pero ahora, más que tener escalofríos, lo que me vino a la mente fueron improperios. O sea, ¿me han arrastrado aquí sin más, por la única razón de que mi complexión y mi aura se parecen a las del Dueño de la isla, y ahora estoy sufriendo todo tipo de calamidades e insultos?

—¿Puedo insultar?

—¿A mí? ¿O al Dueño de la Isla?

—A todo, simplemente. A esta maldita isla, a estos perros en celo que tienen mierda en la cabeza, y hasta al Dueño de la Isla que ha reunido a esos perros.

Udis se rio, como si le pareciera divertido.

—Si ya lo has hecho, ¿para qué preguntas? Además, parece que yo he quedado exento de ese grupo. Eso me conmueve un poco.

Dicen que hasta un dictador es insultado a sus espaldas, pero ¿cómo se le insulta en su cara? Y menos al máximo responsable en la ausencia del Dueño de la Isla… «Seguro que está leyendo hasta este pensamiento, aunque no sé cómo lo hace. Maldito sea». Y como si mi suposición fuera correcta, la sonrisa de Udis se intensificó.

«Seguro que tiene un pacto con el diablo o algo así».

Resoplé largamente y respiré hondo. En las dos horas escasas que llevaba aquí con Udis, había obtenido mucha más información que en todo el tiempo que había pasado correteando por la isla recopilando datos.

No podía dejar escapar esta oportunidad por culpa de la ira.

—…Entonces, ¿qué pasa con la “Torre”?

La torre. Una pieza valorada por encima del caballo y el alfil, pero por debajo de la reina. Como el peón y la reina también tenían su significado, suponía que la torre también tendría algo, pero Udis, que hasta ahora había respondido bien, esquivó la pregunta.

—¿Quién sabe?

¿Está de broma?

—Dímelo ahora mismo.

—Si lo supieras todo, perdería la gracia, ¿no crees?

Con esa sonrisita, no parecía tener intención de responder. Cuando lo fulminé con la mirada, cambió de tema por completo.

—Supongo que ya lo habrás imaginado, pero ya que estamos así, quiero hacerte una propuesta.

—No quiero.

—¿Esa es tu respuesta sin siquiera escuchar la propuesta?

—¿Acaso no la escuché hace un momento? ¿Quién demonios es el colaborador aquí?

—Tú.

Si alguien te habla, escucha, maldita joya preciosa.

—Te lo repito: no. …¿Por qué demonios yo? Parece que hay muchos que vendrían encantados con el simple hecho de que movieras un dedo.

—Tienes que ser tú.

Udis habló con el rostro inexpresivo. Era un semblante al que parecían haberle aplicado cal, sin mostrar emoción alguna, pero en él se podía leer la seriedad o incluso la desesperación. Dejando de lado lo serio, ¿desesperación? Era una palabra que no le pegaba ni con pegamento. Dirigiéndose a mí, que no había logrado controlar mi expresión, volvió a hablar:

—Tienes que ser tú, si no, no sirve.

Un silencio se extendió. Podía oír los latidos de mi corazón acelerado. Incapaz de decir nada, como un idiota, solo tragué saliva una y otra vez.

—Jaja.

Udis se rio.

A partir de ese momento, volvió a la normalidad como un muñeco de nieve que se derrite. En sus marcados hoyuelos junto a la comisura de los labios se asomaba un aire juguetón.

—Pensé que para ganar el juego necesitábamos un elemento irregular, como por ejemplo, lo inesperado de que alguien escale desnudo la pared exterior del quinto piso.

—…

—No hace falta que sepas nada. Está bien que no sepas. Solo quédate a mi lado en el momento que yo quiera. Es lo único que te pido.

—¿De verdad con eso basta?

Udis soltó una risita y separó la espalda del sofá.

Su cuerpo, que estaba medio derrumbado, se enderezó y luego se inclinó hacia adelante con un ligero tambaleo. La atmósfera somnolienta desapareció por completo, y una extraña agudeza brotó de sus hombros y sus ojos.

Ante el repentino cambio, me estremecí e instintivamente bajé la cabeza. Mis ojos se encontraron con su alargada sombra negra. Era como una bestia gigante agazapada a punto de cazar.

—Las invitaciones que reciben los Comunes que han entrado esta vez probablemente estén relacionadas con el juego principal.

—…¿Crees que eso es una pista sobre el Dueño de la Isla?

Él asintió con plena convicción. Me mordí el labio. En cuanto lo oí, lo supe. Que sus palabras eran ciertas. Al pensar en las dos enigmáticas frases, me convencí aún más.

[Eres azul].

[Nacemos dos veces].

Si asumimos que el ‘tú’ de las tarjetas se refiere al Dueño de la Isla, todas las conjeturas hasta ahora encajan de manera más plausible.

Si es de la familia Winchester, sin duda es de la sangre azul de Koranest. Y lo de nacer dos veces… puede interpretarse como su nacimiento real y el lavado de identidad como un Común.

Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en las palmas, haciéndolas sangrar. Mi cuerpo temblaba de rabia.

Durante todo el sufrimiento en la isla, me consolaba el dolor punzante en el estómago preguntándome: ¿por qué una invitación?, ¿qué significará esto?, ¿para qué será este acertijo? Si acierto la respuesta, ¿obtendré algo a mi favor? ¿Podré pedir un deseo como extensión de todo esto? Y resulta que esas esperanzas que albergaba eran, en realidad, pistas pensadas exhaustivamente para otro.

—No hagas eso.

Me estremecí ante el tacto que cubría el dorso de mi mano. Udis, con toda naturalidad, tomó mi mano y fue estirando mis dedos uno a uno. Chasqueó la lengua como si lo lamentara y luego acarició con cuidado mis heridas. Es increíble.

—Después de destrozarme el culo de esa manera, ¿ahora te preocupan estas insignificantes heridas?

—Yo no las hice, ¿no?

—…Ja.

¡Paf!

Le golpeé la mano con brusquedad. Seguro que no tiene ni idea de cuánto estoy aguantando ahora mismo. Cada vez me cuesta más reprimir las emociones que hierven desde mis entrañas.

Udis, que me observaba en silencio, de repente se arrodilló frente a mí.

—¡¿Ehh?!

Y sin más, se metió mi miembro en la boca.

Ñam—.

No entiendo qué contexto tiene esto. Mi pene, que apenas estaba ligeramente húmedo por el sudor y no tenía rastro de líquido, se empapó en un instante.

—¿Qu-qué estás haciendo…? ¡Ugh!

Udis, con cierta prisa, humedeció y chupó mi miembro, lo frotó con la lengua y, acto seguido, abrió la garganta y lo tragó con destreza. La punta fue succionada hacia un espacio firme y cálido.

Mis ojos y mi boca se abrieron de par en par, y mi cintura se arqueó. Sus elegantes dedos se clavaron en mis muslos, que se habían tensado.

—¡Ahh!

Dolió como la mierda. Pero después del dolor, una sensación de opresión agradable me invadió. Mis ojos, que temblaban de placer, se distorsionaron por la confusión.

¿Qué es esto? Esto no debería pasar. Si se siente bien… si se siente bien, ¿no está mal? ¿No debería desgarrarse? Ah, cierto. Me sometieron a una modificación corporal. …Pero aun así, ¿no está mal que se sienta bien? Que no se desgarre y que se sienta bien son cosas distintas…

—Ahhh.

Derramé mi semen en lo más profundo de su garganta. Udis, después de tragárselo todo, lamió con la lengua desde el pilar hasta la punta, limpiándolo por completo, y solo entonces aceptó el pañuelo que le tendió el Caballero para limpiarse la boca.

—No sé qué sentido tiene todo esto.

Mientras yacía despatarrado en el sofá viendo aquella escena, él sonrió con los ojos entrecerrados. Ya lo había pensado antes, pero ahora lo confirmaba una vez más: él sabe perfectamente lo guapo que es y actúa en consecuencia.

—¿Te has calmado un poco?

—…Ahora mismo…

¿Que para que me calmara, me has hecho un deepthroat de repente?

No pude preguntarlo así, porque la intención de Udis había funcionado hasta cierto punto. Me había calmado, se me había ido la fuerza y también la tensión. Con una sensación de agotamiento, todo en el mundo me parecía insignificante.

—Ojalá me convirtiera en un slime así.

Udis se rio, sacudiendo los hombros.

—Vaya, eso sí que no puede ser. Claro que tú, aunque fueras un slime, seguirías siendo igual de adorable y excitante, pero a mí me gustan los pectorales firmes y tersos…

Y su mano comenzó a apretar con fuerza mi pecho.

—Y unos abdominales bien marcados.

La otra mano, con un propósito muy claro, acarició mi vientre.

—Y esa cara que pones mirándome como si fuera un loco, esa es mi debilidad, Han Yoon-seo.

—…

—No es que sea una disculpa, pero te voy a contar un secreto.

Decidí ignorarlo por completo, apostando la poca dignidad que me quedaba en el fondo.

—Esto es algo que ni siquiera mi Dueño sabe.

Mejor vivir sin dignidad. En cuanto mis ojos brillaron, Udis, de manera inusual para él, se tomó su tiempo. Era evidente que estaba disfrutando de mi reacción. Cuando lo insté con el silencio, soltó una risita y, ladeando la cabeza, dirigió su mirada hacia mi costado. Su mano también se extendió hacia ese lugar.

¿Por qué ahí de repente?

—No sé la ubicación exacta, pero en algún lugar del cuerpo de Herodes hay una herida de bala.

La punta de sus dedos presionó exactamente sobre la cicatriz abultada. Caí en la cuenta como un rayo. «¿Está sospechando de mí? ¿De ser el Dueño de la Isla?»

—No es una certeza, digamos que estás entre los candidatos.

Me llevé la mano a la frente. Me volvía loco, estaba a punto de saltar.

—¡No lo soy! En serio, yo… Bah, de todas formas, no lo soy.

—Sí, sí. Al principio todos dicen eso.

Udis lo soltó como si fuera una broma. Algo dentro de mí se rompió.

—¡Antes de ser arrastrado a esta isla, yo era investigador! ¡Es imposible que yo sea el Dueño de la Isla!

Al final, lo solté. Nada más decirlo, lo lamenté y tragué saliva en vano. Mi garganta, pendiente de su reacción, se secó por la tensión.

Él no se inmutó ni siquiera ante mi declaración de haber sido investigador. Más bien, como incitándome a continuar, inclinó ligeramente la barbilla con expresión inexpresiva.

—En primer lugar, es imposible que alguien de la familia Winchester dejara una herida de bala como esa. Ya la habría borrado limpiamente, ya fuera con cirugía o algún tratamiento, hace tiempo.

—…No. Sigue ahí. Él no es de los que borran las marcas grabadas en su cuerpo.

Lo dijo con una fuerte convicción. Si el tipo con el que se ha acostado durante más de diez años, aunque no conozca su rostro, dice eso, ¿qué más podía añadir? Rápidamente cambié el rumbo.

—Ahora que lo dices, había muchos Comunes con heridas de bala. Solo con los que he visto, tres… no, cuatro. Si buscamos, puede que haya más. Ciertamente, la proporción es artificial. Ahora mismo, entre la gente con la que tengo trato cercano, hay uno.

Ese es Morphe.

Puede que él sienta una cercanía interior mayor que yo hacia él, pero en cualquier caso, como somos cercanos, no es mentira.

Lo sorprendente es la mentira verdadera que colé de pasada en medio. Justo la parte de la “proporción artificial”.

Las altas esferas de la ciudad no lo reconocen, pero el distrito de los dos dígitos no es muy diferente de una tierra sin ley. Hasta tal punto que la sede de investigación de allí es llamada el “lugar de exilio”.

Es el sitio al que van a parar los que, agarrando el hilo equivocado, han sido degradados una y otra vez. La mayoría renuncia a ser investigador antes de llegar a eso, pero, como no hay persona sin historia en este mundo, también existen, aunque sean pocos, los investigadores que eligen el exilio para seguir siéndolo.

En cualquier caso, si te han capturado en un distrito de más de dos dígitos, una o dos heridas de bala son más bien algo natural. ¿Acaso Morphe no es la prueba de ello ahora mismo?

«Pensé que con esta clase de mentiras las pillaría al instante como un fantasma, pero…»

Le eché un vistazo a Udis. Sus ojos se entrecerraron suavemente y el interior de esas joyas brilló con más intensidad. Al encontrarme con esa mirada, supe que había cometido un error.

Las ha… pillado…

—Parece que te has sentido cómodo conmigo. ¿Haces cosas bastante lindas, eh?

Sálvenme.

—No puedo evitarlo. Ahora mismo soy yo el que está en una posición necesitada. Pero no vuelvas a hacerlo.

—Sí.

—Pero no te molestes por eso.

—Sí… ¿qué? ¿Quién dice que estoy molesto?

Solo al ver su sonrisa burlona me di cuenta de que me estaba tomando el pelo. Ese mentón. Algún día le devolveré la jugada a ese mentón.

Gimiendo, me froté la cara con ambas manos. En realidad, lo sé. Por mucho que lo diga así, no se lo va a creer.

—¿No crees que soy investigador y que, por lo tanto, no soy el Dueño de la Isla?

—No. Me lo creo del todo.

—…

—Que de verdad me lo creo, ¿vale? Dije que eras candidato. Además, de lo que no me fío no es de ti, sino de…

Inusualmente para él, alargó la frase. Tragué saliva. «No es de mí», ¿qué? ¿Qué es lo que no se cree, entonces?

Esperé casi absorto la siguiente palabra, pero Udis, de la manera más descarada que le había visto hasta ahora, cambió de tema.

—No te pido que colabores a cambio de nada. Si te unes a mí, cuando yo me convierta en el Dueño de la Isla, te liberaré de aquí.

—¡¡…!!

Las ganas de decirle que no cambiara de tema desaparecieron de golpe. Era la oferta que tanto había anhelado. Lo había pensado fugazmente alguna vez. Si él era la máxima autoridad, excluyendo al Dueño de la Isla, quizás podría sacarme de esta isla.

—La fecha límite del juego principal es a principios de agosto. Si cooperas durante los dos meses que quedan, podrás salir de la isla.

Daba por hecho que él se convertiría en Rey, como si no hubiera el más mínimo margen para la sorpresa. Esa confianza, casi rozando la arrogancia, era muy propia de él.

—Cuando yo sea Rey, te daré a elegir. Si quieres irte, te vas; si quieres quedarte, te quedas.

…¿Por qué exactamente “elegir”? ¿No bastaría con decir que me dejaría ir?

—Para entonces, puede que tu opinión haya cambiado.

Se dejó caer de nuevo en el asiento de al lado en el sofá, me cogió la mano y la puso sobre su pecho. Ese objeto que no parecía humano estaba firmemente erecto. Con una sonrisa, Udis, con mi mano aún encima, agitó ligeramente el bulto.

—Un pene como este no lo encontrarás en ningún lado. Después de probarlo unas cuantas veces, cualquier otro que te tragues te parecerá soso. Te lo aseguro.

Udis se inclinó hacia mí. El aroma de su colonia mezclado con su olor corporal me envolvió. Sus labios rozaron mi oreja.

—Así que dime que me elegirás a mí.

Era un susurro tan seductor como el de Judith tentando a Holofernes. Me quedé paralizado, sin poder tragar saliva. Lo máximo que pude hacer fue contener la cabeza, que parecía a punto de asentir hechizada.

«Estoy loco. Han Yoon-seo, al final has perdido la cabeza».

Apreté los dientes sin que se notara, y como eso no bastaba, contraje el estómago y conté hasta cinco. Solo entonces pude, por fin, abrir la boca.

—No creo que yo pueda ser de gran ayuda, la verdad.

—Viniendo de alguien que, en menos de un mes en la isla, ya andaba por los pasadizos secretos subterráneos, no resulta muy convincente. ¿Te preocupa el Rey Negro? Aunque no creo que pase, si te garantizo que, incluso si yo pierdo, no te ocurrirá nada malo, ¿aceptarías unirte a mí?

Como volví a quedarme en silencio durante un largo rato, Udis me abrazó y me encerró en su pecho. El corazón que sentía contra mi espalda latía un poco acelerado. ¿Qué significado tendría esto? Aunque pensaba que buscarle sentido era inútil, al final terminé prestando atención.

Bajo sus firmes pectorales, como si siguiera el ritmo de su corazón acelerado, mi respiración también se volvió poco a poco más agitada.

Muak.

Él, con seriedad, besó mi nuca y la chupó profundamente.

—Te trataré bien.

Mi límite llegó hasta ahí.

—Lo haré. Lo haré, así que deja ya…

El bulto que rozaba mi trasero se duplicó. …¿Por qué demonios? ¿Acaso porque he dicho que lo haré?

—Ya que hemos unido nuestras manos, hay algo que quiero pedirte ahora mismo.

¿Será cosa mía? Udis, que ya estaba un poco más relajado conmigo de lo habitual, parecía haber soltado otro de sus cerrojos. Me giró de repente y me sentó sobre él, luego tomó mis dos manos y las puso sobre su pecho. Con una sonrisa radiante, dijo:

—Prueba a apretarme el pecho con todas tus fuerzas.

—…

—¿No quieres? Entonces el trasero también vale.

—…

—…¿Los muslos?

—…La cooperación se cancela.

Suéltame. Pervertido.

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