De camino a la comisaría en el coche, Bryce, con las mejillas sonrojadas, no paró de parlotear. La mayoría eran tonterías sin importancia. Cosas como qué comida estaba rica, qué lugar era bonito, historias relacionadas con sus propios intereses y gustos. Mientras Bryce, sentado en el asiento del copiloto, no dejaba de hablar, Caden, medio dormido, se había recostado en el asiento trasero. Por eso, no tuvo tiempo de fijarse en la expresión de Júpiter.
Caden abrió los ojos al llegar a la comisaría y se encontró con la mirada de Júpiter, que lo observaba fijamente a través del espejo retrovisor. Caden, desconcertado, se quedó callado. Júpiter suspiró largamente, se bajó del coche y se fue. Con un portazo seco, Caden se quedó solo en el vehículo. Como nunca antes lo había dejado tirado así, Caden miró atónito a Júpiter, que se alejaba caminando.
—¿Qué pasa?
¿Estaría molesto porque no había frenado a Bryce? ¿O estaría estresado? Fuera lo que fuese, Caden intentó no preocuparse demasiado. Por ahora, había cosas más importantes que Júpiter. Caden levantó la vista hacia la comisaría con apuro. Era un edificio demasiado familiar.
El problema era que habían ido a parar precisamente a la comisaría donde Caden había trabajado. Desde que dijeron que lo enviarían a la policía estatal, ya presentía algo malo, y para colmo, el detective encargado era una cara conocida.
—… Valentin.
Al llamarlo con voz tensa, él asintió levemente. Podía imaginarse, sin mirar, a Bryce detrás de él, con los ojos brillantes preguntando qué pasaba. Caden suspiró hondo, sintiendo como si masticara hiel, y se frotó la cara con las manos. Su corazón estaba agitado.
—¿Tú eres el encargado de este caso?
—Siempre he sido el encargado, desde el principio.
Valentin tenía una expresión más calmada de lo que esperaba. Tras observar a Caden un momento, desvió la mirada hacia Júpiter. Al ver a Júpiter pegado a Bryce, sus ojos se entrecerraron lentamente.
—Veo que todavía andan juntos.
—Te dije que era mi guía asignado.
Respondió con fingida indiferencia, pero no podía evitar sentirse incómodo. Encontrarse en el trabajo con un viejo amigo que se había ido diciendo que estaba decepcionado después de una pelea. Y más incómodo aún después de unos días, con la cabeza más fría. Si no hubiera habido gente alrededor, quizá habría fingido no verlo y se habría ido.
Pero aquello era una comisaría, había mucha gente mirando, y Caden era un adulto. Júpiter, no sabía qué pensaba, pero siguió el ejemplo de Caden y se comportó con seriedad, y Valentin, como adulto con vida social, preparó en silencio los documentos que debía mostrarles.
—No hay muchas pruebas. Para empezar, lo atraparon in fraganti, así que el delito estaba claro y solo nos limitamos a conseguir las imágenes de las CCTV y la forma en que consiguió las armas.
—¿El móvil?
—… Se determinó que fueron problemas económicos, nada fuera de lo común. La motivación para llevarlo a cabo la obtuvieron los usuarios de un mismo sitio web, incitándole en broma.
Caden no había visto nunca esos documentos. No era para menos, ya que desde que supo lo de Anna, lo apartaron para que no interviniera en el caso, y a los pocos días lo pusieron directamente de excedencia. Mientras Caden observaba en silencio la foto policial del culpable, Júpiter preguntó:
—¿Sabían entonces que todas las víctimas eran guías?
—No, no lo sabíamos.
Valentin respondió con calma. Caden apretó la mandíbula con fuerza, con cuidado. Sentía que la sangre le hervía. ¿Cómo es que no lo sabían? Las pruebas estaban ahí, claras y evidentes. Quería gritar, pero la poca razón que le quedaba le hizo callar. En lugar de eso, Caden clavó la mirada en los documentos del caso.
Al pasar unas cuantas hojas de los archivos, aparecieron las fotos de las víctimas. Entre las imágenes ensangrentadas, ampliadas, estaba también la foto de Anna. Caden, sin fuerzas para mirarla directamente, desvió la vista. Sentía el pecho oprimido.
—¿Me está diciendo que no sabían que había una conexión entre las víctimas?
Preguntó Júpiter, frunciendo el ceño. Valentin observó fijamente a Caden, cuya respiración se había agitado, y luego volvió la mirada hacia Júpiter.
—Como ya he dicho, no lo sabíamos. En aquel momento, en la comisaría solo había dos detectives esper, aparte de Caden. Una estaba de baja por maternidad y el otro, de viaje de trabajo.
—¿No consultaron los registros de guías?
—… Dos de las víctimas trabajaban en empleos que no requerían sus habilidades. Naturalmente, se las consideró no superdotadas, así que no se nos ocurrió contactar con el Centro para confirmar si eran guías. También pensamos que no era un caso tan complicado.
Valentin calló un momento y luego habló, como si escupiera algo atascado en la garganta.
—Fue mi error.
Era un comentario que podría haber ido seguido de consuelo, pero Júpiter no dijo nada y Bryce solo miraba con cautela. Caden, como era de esperar, sintió que el pecho le hervía y, sin mediar palabra, lo miró en silencio y luego volvió la cabeza.
—… Eso no es lo importante, sigamos.
Eso fue lo mejor que Caden pudo decir. Júpiter alargó la mano y hojeó los documentos que Caden había cubierto. Mientras revisaba el archivo lentamente, al ver la foto de Anna, apretó los labios con fuerza un instante, pero no mostró más reacción.
Bryce, en cambio, hizo una mueca de disgusto al ver las fotos de los cadáveres. Era una reacción de asco, pero al menos tuvo la cortesía de no verbalizar sus impresiones.
Caden, con el ceño fruncido y el corazón agitado, se frotó la cara con las manos.
—¿En qué podemos ayudar nosotros?
Lo que debía hacer Bryce, siendo un esper psíquico, estaba claro. Si había un sospechoso, su labor era leer su psicología o averiguar sus pensamientos. Pero lo que debían hacer Caden y Júpiter era ambiguo. Caden era de tipo físico y, además, dado que existía el riesgo de descontrol y necesitaba estar con Júpiter, se podía decir que no iba a desempeñar un papel activo como esper.
Valentin pareció dudar un momento y luego suspiró.
—Caden.
La voz que lo llamó con familiaridad era la de su compañero de tantos años. Sin darse cuenta, Caden sintió que la tensión abandonaba sus hombros. Valentin lo miró con ojos cansados, alargó la mano y le tocó suavemente el brazo.
—Todavía no estoy seguro de que debas participar en este caso.
—… Estoy bien.
—El problema es que no lo pareces en absoluto.
Tú también lo sabes. Que no estás bien. ¿Verdad? La voz que preguntaba con calma parecía conocer su psicología mejor que él mismo. La suave advertencia de su compañero, que lo conocía mejor que él mismo, hizo tambalear su corazón. Un pensamiento débil brotó de repente. Era cierto. Caden no estaba bien. Quizá era demasiado pronto para participar en este caso…
Pero si no era ahora, ¿cuándo lo sería? Caden apartó la mano de Valentin, que le sugería que se retirara. En el momento en que su mano fue rechazada, la expresión de Valentin se endureció ligeramente, pero a Caden no le importó.
—Ya basta. Yo me las arreglaré.
—Caden.
—Si pasa algo, también está este chico.
Cuando Caden señaló a Júpiter, este, que había permanecido en silencio, esbozó una amplia sonrisa. Era una sonrisa algo traviesa.
—Creía que se había olvidado de mí.
—Cómo voy a olvidarme de un tipo tan llamativo como tú.
Caden respondió refunfuñando y tomó el archivo de manos de Júpiter. Concentrándose y repasando los datos de nuevo, ciertamente, quizá porque era un caso sencillo, no había nada que destacara especialmente. Lo más extraño del caso era solo la naturaleza de las víctimas, y eso se había descubierto después de un año.
Había pasado demasiado tiempo. Era imposible que quedaran pruebas en la escena del crimen. Había que conformarse con poder obtener declaraciones de las personas cercanas a las víctimas y al agresor.
—¿Los testigos?
—Ya los hemos citado. Algunos ya han llegado.
Valentin señaló la sala de declaraciones. Justo en ese momento, un testigo que acababa de declarar estaba saliendo. El siguiente declarante, que estaba sentado esperando, se levantó y entró en la sala. Solo los testigos en espera eran más de cinco.
—No son muchos.
—¿Eso te parece poco?
Bryce miró a Caden con expresión de incredulidad. Caden asintió vagamente. Con cuatro víctimas, ¿cómo iba a haber solo cinco o seis testigos? Había muchas personas a las que citar: padres, hermanos, amigos, compañeros de trabajo de las víctimas. El problema era a quién elegir.
—Como ha pasado mucho tiempo, solo hemos citado a quienes probablemente aún lo recuerdan. Parejas, personas cercanas como familiares. Tú también eres testigo, Caden.
—Ah.
Caden no añadió nada más y calló. Solo Bryce, que no entendía cómo iban las cosas, abrió los ojos de par en par.
—¿Por qué testigo? ¿Acaso el culpable es…?
—Shh.
Júpiter intentó taparle la boca apresuradamente, pero Bryce, impertérrito, miró los documentos y exclamó.
—¡Dios mío! ¿Es esta persona? Anna Wolf, o sea… ¿Era tu hermana?
—Era mi esposa.
Caden respondió mientras acariciaba el anillo de bodas que aún llevaba en la mano izquierda. Bryce, que iba a decir algo más, calló. Menos mal que tenía la cabeza suficiente para mantener la cortesía. Si hubiera seguido dando la lata, quizá le habría pegado un sopapo. Como hizo con Júpiter.
Sintió la mirada de Valentin. Era una mirada fría, más que de preocupación, como si observara su estado. Caden relajó la mandíbula que había apretado con fuerza y negó con la cabeza fingiendo que no pasaba nada.
—Anna no solía hacer cosas que granjearan enemistades. Trabajaba con normalidad, no se dejó influir por ideas extrañas. Solo era…
Era solo una desgracia común que le había ocurrido a una persona común. Así lo creía, y por eso sufría más. Aunque era algo que le podía pasar a cualquiera, no entendía por qué esa tragedia había tenido que caer sobre Anna, y eso le dolía.
—… Solo era normal.
Era una persona normal y adorable. No era alguien que debiera verse envuelta en teorías conspirativas o crímenes dirigidos contra guías. Claro que no hay nadie en el mundo que merezca verse envuelto en un crimen, pero Anna, desde luego, no.
En la balanza inclinada de Caden, Anna siempre había estado en el platillo pesado, pero ¿no significaba eso que alguien, sin pedir permiso a nadie, la había empujado fuera de la balanza?
Eso no estaba bien. Caden no era alguien que pudiera soportar una pérdida no consensuada.
Una mano le tocó suavemente la espalda. Ondas guía suaves y tenues penetraron en él. Una felicidad fresca que desplazaba la oscuridad densa y pesada para ocupar su lugar le resultaba extraña. Sin mirar atrás, estaba claro quién le estaba dando la guía, y Caden, sin rechazarla, soportó esa incómoda felicidad.
Valentin, que los observaba en silencio, les tendió tres tarjetas de identificación. Eran tarjetas para personal colaborador, sin nombre impreso, diferentes de la que Caden solía usar.
—En el depósito de pruebas debe quedar evidencia física. Id a buscarla. Podéis volver a solicitar análisis si queréis.
—… Después de un año, ¿quedará algo que analizar?
—Mejor que no hacerlo, al menos.
Cierto. Ahora era el momento de rastrear aunque fuera pajas. Cuando Caden se disponía a moverse con Júpiter y Bryce, Valentin los detuvo un momento.
—Usted… Bueno, el señor Miller, venga conmigo.
—¿Yo?
—Sí. Necesito que me ayude a verificar a los testigos.
Bryce se fue arrastrando los pies, con cara de pocos amigos. Parecía que quería ir con Júpiter, pues miró atrás varias veces, pero Júpiter solo estaba jugueteando con su propia tarjeta de identificación. Finalmente, Bryce desapareció con Valentin, desprendiendo un claro desagrado. Para empezar, él no había querido meterse en este asunto, así que debía de odiarlo bastante.
Pero a Caden no le importaba. Caden, en silencio, arrastró a Júpiter hacia el depósito de pruebas. El encargado del depósito le preguntó si se había reincorporado, reconociéndolo, pero Caden solo farfulló un sonido ambiguo que podría ser una respuesta o no.
—Qué popular es.
Mientras Caden revolvía en las estanterías, Júpiter, apoyado a su lado, soltó el comentario como al descuido.
—Parece que todos le aprecian.
—Son colegas, eso es todo. Aprecio, dice.
—¿No hay nadie con quien se lleve mal?
—Aunque los haya, uno finge no darse por enterado.
Así era la vida social. Aunque alguien te caiga mal y te moleste, cuando lo tienes delante, tienes que saludarle con una sonrisa de todas formas. Caden respondió someramente mientras revisaba las estanterías. Entre tantas cajas, no sabía cuál era la correspondiente a la evidencia del caso. ¿Cuál era el número del caso? Lo había visto en los documentos que había hojeado antes. Le daba pereza volver a buscarlos, y mientras fruncía el ceño con apuro, Júpiter golpeteó el suelo con la punta del pie. El pequeño y lento sonido repetitivo le molestaba, y cuando Caden apartó la vista de la estantería, Júpiter alargó la mano y le agarró suavemente la muñeca. Fue un toque suave, pero la mano que sujetaba su muñeca tenía una fuerza difícil de rechazar.
—Creía que despreciaba a todo el mundo.
—¿Qué?
—Entonces es que solo me desprecia a mí.
No pudo evitar volverse ante esas palabras murmuradas con calma. Caden se quedó sin habla por un momento, mirando atónito a Júpiter. ¿Qué historia era esa? ¿Estaba sincerándose, o era una protesta para llamar su atención? Probablemente era lo segundo, pero la expresión de Júpiter era extrañamente melancólica y no podía adivinar sus intenciones.
El ruido del aire acondicionado resonaba lentamente en el depósito de pruebas. El suave rumor ahogaba el sonido de la respiración. Caden comprobó si a través de la mano que lo sujetaba fluían ondas guía, pero no era así. O sea, Júpiter solo le había cogido la mano. Para decirle que estaba dolido. Era una forma de comunicación que no tendría nada de extraño en una relación guía-esper, pero como Júpiter nunca había hecho algo así, le resultaba extraño.
—Tú…
No sabía qué decir. ¿Qué se suponía que debía hacer con un chico que le agarraba la mano con una expresión de perro abandonado? Caden no tenía especial talento para consolar a los demás, y Júpiter no parecía estar tan triste como para que él tuviera que consolarlo. No, parecía una emoción completamente diferente a la tristeza.
Caden miró a Júpiter atónito y, con dificultad, sacó una de las muchas palabras que se le habían quedado atascadas en la garganta.
—… ¿Quieres que te haga caso?
—Sí.
La respuesta, dada como si fuera lo más natural del mundo, también lo dejó sin palabras. Caden se quedó mudo un momento, mirando fijamente el hermoso rostro de Júpiter. La tenue iluminación y las altas estanterías proyectaban sombras que dibujaban marcados relieves sobre su recta nariz. Fuera como se mirase, era un rostro hermoso, como esculpido por los dioses. Con esa belleza, podría ganarse el favor de cualquiera con facilidad. Y sin embargo.
—¿A mí?
—¿Quién más hay aquí, si no?
—¿Por qué?
¿Dónde estaba aquella vez que soltaba la impertinente frase de que era divertido estar juntos? No, pensándolo bien, aquella frase tampoco era impertinente, parecía que era un sentimiento sincero de Júpiter. Caden lo había malinterpretado. Mirando esa cara tan guapa, se preguntaba por qué había pensado que era un impertinente y por qué lo había rechazado con tanta irritación. Claro que le caía mal, sí, le caía mal. Intentó forzar la guía, soltó bromas de perros y por eso le pegó un sopapo.
En cambio, Júpiter, quizá porque no le gustó que le preguntara el motivo, frunció el ceño.
—¿Por qué? Porque sí.
—¿Porque sí?
—Sí.
Porque sí. La repitió con firmeza. Una voz convencida, que ni siquiera consideraba la posibilidad de réplica. Mientras Caden fruncía el ceño con apuro, los dedos de Júpiter se movieron sigilosamente para enlazarse con los suyos. Ondas guía, tan tenues y suaves que casi pasaban desapercibidas, se difundieron sutilmente. Caden se dio cuenta un instante después de que sus propias ondas se estaban aquietando, y miró a Júpiter con extrañeza.
—Tú, ¿por qué…?
—Que es porque sí.
Un suave suspiro. El ruido del ventilador cubriendo la respiración. En la habitación fría, dos hombres de pie entre las estrechas estanterías. Silencio apacible y tenue rumor. Rostros tan cerca que casi podían sentir el aliento del otro.
En el momento en que pensó que la distancia era excesiva, algo suave tocó sus labios.
La distancia era tan corta que su vista se nubló. Pero las doradas pestañas de Júpiter se veían con claridad. La mano de Júpiter, que se había deslizado entre sus dedos, entrelazó los suyos y lo empujó suavemente contra la estantería. Las ondas guía que le transmitía a través de las manos se intensificaron, como si quisiera impedir que ofreciera resistencia. La punta de la lengua que rozaba sus labios le causaba un hormigueo como si recibiera una descarga eléctrica.
—Tú…
En el momento en que intentó pronunciar una palabra de rechazo, su lengua se deslizó dentro de su boca entreabierta. Junto con un aliento cálido, unas densas ondas guía inundaron su boca por completo. Unos labios dulces y una nítida sensación de felicidad se mezclaban, derritiendo su mente. Caden, olvidando incluso que la estantería metálica le presionaba la espalda, enredó su lengua sin querer y dejó escapar un leve gemido. No sé si era porque ya se habían besado unas cuantas veces y se había acostumbrado, la sensación de rechazo era menor.
Esto es solo guía, intentó pensar, pero le preocupaban las palabras que había dicho antes, sobre querer que le hicieran caso o que solo lo despreciaba a él. Empezaba a pensar en este contacto de otra manera. La idea de que quizá le tenía un afecto personal, o de que quizá esta relación guía-esper fuera un caso más que se convirtiera en algo amoroso, humedecía los bordes de su corazón. Quizá Júpiter le tenía cariño. Quizá quería ser su pareja.
Pero quizá, cada vez que pensaba que podía apoyarse en Júpiter y entregarle su corazón, el rostro de Anna se le aparecía. El rostro sonriente de alguien que ya no estaba en este mundo nublaba su vista.
—… Basta.
—Basta.
Aprovechando el momento en que los labios se separaron, Caden jadeó y susurró. Júpiter, que parecía dispuesto a no escuchar y seguir insistiendo, se detuvo en seco. Caden siempre había creído que Júpiter era del tipo que impone su voluntad sin importar la opinión del otro, pero él se quedó quieto, observando lentamente la expresión de Caden. Al ver sus propios labios húmedos y brillantes de saliva reflejados en la mirada de Júpiter, las mejillas de Caden se sonrojaron.
—Esto es el trabajo.
—Es el trabajo de otros.
—¡También era mi trabajo, ¿sabes?!
—Ah, ¿sí?
Era curioso que, a pesar de que el aire cargado de tensión no se hubiera disipado por completo, pudiera brotar una reprimenda en tono de broma. Mientras Caden recuperaba el aliento y fruncía el ceño, Júpiter suspiró una vez y soltó sus manos entrelazadas. La felicidad y la sensación de estabilidad se desvanecieron como agua absorbida por la arena, y Caden, lamentándolo, solo pudo parpadear. Entonces, Júpiter le dio un suave beso en la mejilla.
—¿Lo echa de menos?
—… Vámonos a trabajar ya.
No pudo decir que no. Júpiter, quizá sabiéndolo, entrecerró los ojos y sonrió. Caden ignoró su sonrisa y se escabulló entre Júpiter y la estantería. Le pareció que la temperatura de la habitación había subido y, sin motivo, agitó la mano en el aire para dispersar el calor, pero no sirvió de mucho.
—¿Es esta?
Recordando el número del caso, Júpiter encontró rápidamente la caja con las pruebas. Mientras que en otros casos las cajas estaban llenas o incluso había dos o tres con el mismo número, la que Júpiter encontró era de la mitad de tamaño que las demás. Y ni siquiera estaba llena. A lo sumo, contenía dos pistolas, un teléfono móvil y una memoria USB con las imágenes de las CCTV.
—Para atracar un banco, solo usó dos pistolas.
—Impresionante.
Ya fuera por su audacia o por su confianza en sí mismo. Para atracar un banco, lo normal era planear algo a gran escala o, al menos, formar un equipo de varias personas, así que el hecho de que irrumpiera solo ya era extraño. Caden examinó las pistolas automáticas dentro de las bolsas de plástico. Los cargadores estaban casi vacíos. Quedaban tres balas sin usar en la recámara.
Eso significaba que lo detuvieron sin haber gastado todas las balas. Si hubiera querido resistirse hasta el final, no deberían quedar balas, pero o se rindió a mitad de camino o…
¿Sería una suposición descabellada pensar que dejó de resistirse porque había logrado su objetivo? Si desde el principio el objetivo de Gordon Walker era matar selectivamente a guías.
—Caden.
Júpiter, que estaba examinando el teléfono, le hizo una leve seña. Era un teléfono normal, de unos años de antigüedad. La pantalla estaba rota, pero afortunadamente aún se veía.
—No tiene tarjeta SD.
—¿Ninguna?
—Sí. Y el teléfono está restablecido de fábrica.
Aunque lo de que estuviera restablecido podría deberse a que el culpable quiso eliminar pruebas, si no tenía tarjeta SD, normalmente habrían registrado en busca de ella. Podrían haber rebuscado en la papelera o algo así…
Por si acaso podían recuperar el historial, se dirigieron al departamento de investigación científica y, efectivamente, allí había otra cara conocida.
—Ah, Caden. Oí que habías venido.
Joy, titubeante, lo saludó con timidez. Caden asintió con incomodidad. Joy pareció no saber qué hacer por un momento, pero luego optó por ignorar la sutil atmósfera que flotaba entre ellos y centrarse en el trabajo. Fue una elección bienvenida para Caden, que tampoco soportaba esa incomodidad que picaba.
—¿Eso es una prueba?
—Ah, ¿se puede recuperar esto? Mensajes, llamadas, lo que sea.
—Si se pudo hacer, ya lo habrían hecho todo hace un año.
Como había pasado tanto tiempo, Joy tampoco parecía estar muy seguro. Cuando Júpiter le tendió la bolsa de plástico, Joy se puso unos guantes de látex, sacó el teléfono y lo examinó por todos lados. Tras tocar algunas cosas y manipularlo un rato, ladeó la cabeza.
—Qué raro.
—¿Qué?
Joy les mostró la pantalla del teléfono a Caden y Júpiter. Caden no entendía nada de los archivos, pero al menos pudo ver que la pantalla estaba vacía, salvo por unos pocos archivos.
—¿Qué es esto?
—Normalmente, aunque la gente restablezca el teléfono, no sabe que los datos de copia de seguridad siguen existiendo. Así que si tocas ahí, puedes recuperarlos, pero aquí no hay nada.
Caden frunció el ceño.
—… ¿Gordon sabía mucho de dispositivos electrónicos?
—¿Alguien que trabajaba en una agencia de publicidad? Quién sabe, pero es más probable que no.
Era posible que Gordon hubiera borrado también los datos de copia de seguridad, pero Joy parecía tener otra idea.
—Parece un teléfono nuevo. No hay registro de llamadas, ni de mensajes. Es como si ni siquiera se hubiera activado.
Eso sí que era extraño. ¿Para qué iba a llevar un teléfono no activado, que no sirve para nada? Es como llevar un pedazo de chatarra. Mientras Caden y Júpiter intercambiaban miradas de desconcierto, Joy estaba desconcertado por otra razón.
—… Algo así debería haber quedado grabado en mi memoria. ¿Por qué no llegó a mí?
—¿Tú trabajabas solo entonces?
—Trabajaba con Gemma, pero el registro de aquella época…
Joy rebuscó en los cajones, pero el registro de hace un año no era fácil de encontrar. Era normal. Después de escribir, compartir y reportar cada día, lo habitual era desecharlos. Aunque los guardaran aparte, no solían conservarlos más de tres meses.
Tras rascarse la cabeza un momento, desconcertado, Joy encendió el teléfono.
—Un momento. Lo apunto todo en el calendario.
—Ya está, da igual. Supongo que lo haría Gemma.
¿No venía a decir que no salía nada? Caden se hundió al pensar que habían perdido el tiempo, pero Joy no se rindió. Durante unos minutos, repitió búsquedas de palabras clave en el calendario e incluso retrocedió manualmente las fechas para revisar los tres meses posteriores al incidente. El calendario que Caden vio por encima estaba tan abarrotado que ni se distinguía el color de fondo original.
—No hay ningún registro de que existiera esta prueba.
Finalmente, Joy dio su conclusión, pero solo aumentó la confusión. Entonces, ¿de dónde había salido esta prueba que estaban viendo ahora?
—… ¿No hay ningún registro de que se añadiera después?
—Eso… No lo sé. Un momento.
Tras volver a rebuscar en el calendario, Joy suspiró.
—Al menos en mis registros no aparece. Creo que tendríamos que preguntarle a Valentin.
Caden puso una expresión de disgusto. Joy puso los ojos en blanco y, rápidamente, guardó el teléfono en la bolsa de plástico mientras soltaba cualquier cosa.
—Eh, luego, ¿por qué no vamos a tomar una copa o algo? O lo que sea… ¿Una comida, eh? ¿Todavía te gusta la comida mexicana, no?
Qué esfuerzo tan conmovedor. Estaba claro que Joy también sabía del conflicto entre Caden y Valentin. Y su esfuerzo por fingir que no se daba por enterado era muy, pero que muy evidente.
Caden pensó en dejar pasar el tema, dado lo loable del esfuerzo de Joy, pero decidió que era mejor zanjarlo y abrió la boca.
—Joy.
—Yo, o sea, lo de México… ¿Eh?
—No estoy enfadado contigo. Fui yo el que se equivocó.
Los ojos de Joy se abrieron como platos y luego encogió los hombros lentamente. Mientras Joy, apenado, ponía los ojos en blanco, Caden también sintió un cosquilleo recorriéndole la espalda y continuó.
—Perdona por haber estado tan susceptible aquel día.
—… Eh… No, yo también, yo…
—Lo de la pelea con ese tipo, Valentin, no tiene nada que ver contigo, así que no te preocupes.
Cuando Caden añadió esto rechinando los dientes, la boca de Joy se abrió atónita. Sintiendo que había metido la pata, Caden calló. Un silencio incómodo flotó por un momento.
—… ¿Se pelearon?
Creía que era obvio, pero parece que no lo sabía. Mierda.
Caden suspiró y se frotó la frente. Le empezaba a doler la cabeza. ¿Qué demonios andaba haciendo Valentin a sus espaldas para…? Bueno, no haber contado que se pelearon quizá fue lo correcto, pero, extrañamente, le hervía la sangre. Si cuatro son amigos y dos se pelean, ¿no deberían avisar a los otros dos?
—No… Eh, un poco.
—¿Pasó algo?
—No, tranquilo.
Vio a Júpiter esperando en silencio, golpeteando suavemente la mesa con los dedos. Caden recogió la bolsa de plástico. Al notar que intentaba terminar la conversación apresuradamente, Joy lo agarró del brazo.
—Oye, ¿vosotros estáis bien?
¿Y esa frase parecía sacada de una conversación de novios con crisis? El destinatario no estaba claro. ¿Se refería a Caden y Valentin, o a Caden y Júpiter? Por el tema que estaban tratando, probablemente era lo primero. Decir que sí estaba bien, con lo torcido que tenía el ánimo, o que no, no quería preocuparlo. Mientras Caden se quedaba sin palabras, Júpiter intervino, arrebatándole suavemente la bolsa de plástico de las manos.
—Claro que sí, está bien, ¿verdad?
Caden se preguntó por qué se metía en la conversación, pero sintió más alivio que otra cosa. Esperando que Júpiter, que conocía la situación, arreglara las cosas adecuadamente, lo miró. Júpiter, con una sonrisa muy bonita, ladeó la cabeza. En el momento en que vio esa sonrisa, un escalofrío de mal agüero recorrió la espalda de Caden.
Intentó taparle la boca, pero Júpiter fue más rápido.
—Bueno, aunque me tuvo celos, eso sí.
—… ¿Qué estás diciendo?
—Caden también tiene mucha culpa, ¿verdad?
—¡Que qué estás diciendo!
¿Qué coño estaba diciendo este tío? Mientras Caden se quedaba atónito por la traición y el impacto, como si le hubieran golpeado con un mazo en la nuca, Joy parpadeó y soltó su brazo. Joy también tenía una expresión atónita, pero en ella se vislumbraba un extraño destello de comprensión.
—Ya veo…
—¿Qué coño es “ya veo”? ¡Joy Barnes!
—Yo… Dios mío, ¿a quién animo? Ánimo, Caden.
Pero qué demonios se creen estos tipos. Caden sintió que iba a estallar si oía una palabra más. Notando cómo se le tensaba la nuca, emitió un extraño gemido. Justo cuando Júpiter, sonriendo, iba a añadir algo más, la puerta de cristal se abrió de golpe y Bryce entró como un vendaval.
—¡Yo le odio!
Estaba claro a quién se refería. Cada vez era más misterioso qué demonios andaba haciendo Valentin.
Solo Joy, que no conocía la situación, miraba desconcertado a Bryce, que había entrado como un tifón. Bryce, sin importarle, se acercó y abrazó con fuerza la cintura de Júpiter.
—Guíame, Júpiter. ¿Eh? Es que lo he pasado muy mal.
Bryce, quejándose y estirándose como queso derretido, hizo reír a Júpiter. Él dio unas palmaditas en la mano que rodeaba su cintura, le agarró la muñeca e infundió ondas guía; los ojos de Bryce se nublaron ligeramente. Una alegría extática afloró en sus mejillas con tenues pecas.
Así que así es como me veo a los ojos de los demás. Caden miró a Bryce con desagrado. Imaginar que él también ponía una expresión similar cuando recibía la guía de Júpiter le revolvió el estómago. Así que ponía esa cara de tonto, ¿eh?
Joy, apenas ocultando su expresión de disgusto tras una fachada de cortesía, no pudo contenerse y le susurró a Caden:
—¿Esos dos se drogan o qué?
—… No puedo negarlo.
Estaba claro que la guía de Júpiter era como una droga. Que no fuera adictiva era lo de menos, ¿dónde iban a encontrar los esper una felicidad y un placer tan extáticos y perfectos como esos?
A pesar de saber que solo estaba dando guía, Caden se rio con Joy mientras soltaban bromas sobre si estaban presenciando un trapicheo y que deberían arrestarlos. Cuando la guía terminó, Bryce, con expresión de decepción, se aferró a Júpiter y luego lanzó una mirada de reojo a Caden, que se reía.
—Pensaba que eran cercanos, pero mira, cada cual con sus iguales, tanto ese tipo como este son igual de raros.
—No debería decir eso, Bryce.
—¡Júpiter!
Júpiter, que lo calmaba con un tono dulce como si consolara a un niño, parecía una persona completamente diferente de la que Caden había conocido hasta entonces. ¿No era más joven e intransigente? Sospechando que tuviera alguna segunda intención, Caden lo miraba con desconfianza mientras Júpiter acariciaba íntimamente la mejilla de Bryce.
—¿Qué pasó para que estés así?
¿Por qué le vendría ahora a la mente aquello de que no iba a la escuela y solo daba guía? Ante el contacto natural y afectuoso, Bryce hizo un puchero y se aferró a él como mimando. Quien no conociera la situación, pensaría que eran amigos íntimos de años o una pareja. Caden, sintiendo otra vez ese malestar en el estómago, frunció el ceño. Esta vez no sabía por qué se sentía incómodo. No era como si tuviera derechos sobre Júpiter, ¿acaso no podía llevarse bien con otros?
Mientras Caden sufría con sus propios pensamientos, Bryce y Júpiter estaban en su propio mundo, ajenos a todo. Bryce, colgado descaradamente de Júpiter, señaló a Caden con el dedo.
—Oye, que me ha preguntado qué soy yo de ese tipo. Es para no creérselo.
—¿De Caden?
—Sí. Cuando le dije que no éramos nada, ahora me pregunta qué soy yo de ti.
Caden, con una extraña sensación de déjà vu, frunció el ceño. Recordó a Valentin presentándose en su casa y preguntándole qué era de Júpiter. …No será que tiene celos, ¿verdad? Valentin y él habían sido compañeros desde su primer destino en comisaría. Aunque después de lo de hace un año no hubieran actuado juntos ni contactado. Aun así, entre Caden y Valentin existía un vínculo tan fuerte que las palabras no podían expresarlo. La razón por la que Caden se sintió tan impactado por el interrogatorio de Valentin fue porque sintió que destruía la relación que habían construido hasta entonces.
Bryce dijo alegremente:
—Entonces le dije que tú serías mi guía.
—Pero yo soy el guía de Caden.
Al rebatirle Júpiter suavemente, los labios de Bryce se hincharon en un gesto de descontento. Caden, por el contrario, sintió un alivio como si le hubieran vertido agua tibia en el pecho y, desconcertado, frunció el ceño. …Después de todo, Júpiter dijo que estaría a su lado. Así que también era correcto que le explicara la situación a Bryce.
“Jamás te dejaré”.
Recordó aquellas palabras de Júpiter aquella madrugada. La promesa de que pase lo que pase, no lo dejaría. El abrazo de Júpiter que no soltó a Caden mientras sollozaba entre lágrimas. El cálido afecto, los labios que rozaron sus mejillas húmedas. El cielo que comenzaba a clarear tenuemente y el paisaje de la calle teñido de azul.
Ese recuerdo en sí mismo era como una guía para Caden. Justo cuando sus hombros estaban a punto de relajarse, Bryce refunfuñó:
—Pero eso es temporal, ¿no?
El cuerpo de Caden se congeló. Esperando una negativa, miró a Júpiter por reflejo, pero él, con expresión de desconcierto, vigilaba su reacción y sus miradas se encontraron. En ese breve cruce de miradas, pudo darse cuenta. No era mentira. Realmente era temporal. Aquellas palabras de no dejarlo eran mentira.
Sin percatarse del silencio, Bryce siguió refunfuñando:
—Lo oí todo. ¿No dijiste que era solo hasta que Caden se estabilizara? ¿Por qué hablas como si fueras su guía personal? Al señor Valerux tampoco le hacía mucha gracia.
—… Bryce.
—Es cosa de unas semanas. Si va rápido, en unos días termina. Haz de guía para mí, ¿eh? ¿Sabes cuánto me gustas?
Bryce, aferrándose a él con quejidos ligeros, sonreía como si ni siquiera contemplara la posibilidad de un rechazo, o como alguien que no se rendiría aunque lo rechazaran. Caden los observó en silencio y luego desvió la mirada hacia Joy. Él estaba atento, esforzándose por entender la situación.
—Entonces esto ya está, ¿no?
—Eh… Sí.
Cuando Caden, con naturalidad, tomó el teléfono envuelto en la bolsa de plástico, Joy asintió con desgana. Ignorando la mirada angustiada de Júpiter, Caden dio una palmadita en el hombro a Joy y salió de la sala de análisis. Oyó detrás de él el escándalo de Júpiter intentando zafarse de los brazos de Bryce, pero no miró atrás.
Ni él mismo sabía qué emoción sentía. Era como si se hubiera ahogado en un torrente de sentimientos. Como mecanismo de defensa para no estallar en una desmedida sensación de traición y rabia, parecía haberse bloqueado las emociones por completo. Caden suspiró agitado y se dirigió hacia Valentin.
Después de todo, ahora lo primero era el trabajo. Ya se enfadaría o le pegaría una bofetada más tarde. No quería enzarzarse en un forcejeo con un crío en el trabajo. Había ido a trabajar, así que trabajaría; las cosas que debía hablar ya las hablaría en casa. Seguramente sería una conversación muy larga y no era propia del lugar de trabajo.
Pero Júpiter parecía tener otra opinión.
—¡Caden!
Júpiter, que había logrado zafarse de Bryce, lo siguió apresuradamente. Detrás de él, Bryce lo seguía obedientemente, y Joy asomó la cabeza para mirar. En cuanto salió, Caden, apretando los dientes, le susurró a Júpiter, que intentaba dar explicaciones o excusas.
—Cállate.
—Caden, escúcheme…
—No quiero provocar un incidente violento en mi trabajo, así que cuando te hablo bien, cállate, ¿vale?
Entonces Júpiter también pareció darse cuenta de que las múltiples miradas de sus colegas estaban puestas en ellos. Recibiendo las miradas de sus compañeros, entre interesadas y medio preocupadas, Caden dudó entre darle un puñetazo, dejando el caso de lado, y contenerse. Si lo hacía, dejando de lado que lo detendrían, seguro que se convertiría en el centro de los rumores. No quería ser el protagonista de una anécdota que se contaría una y otra vez en las cenas de empresa durante meses o años.
Valentin, que salía de la sala de interrogatorios, se detuvo al verlos. Mientras él observaba lentamente a su alrededor intentando entender la situación, Caden se acercó a él rápidamente y lo empujó de nuevo hacia la sala. Valentin, que se vio de repente metido de nuevo en la sala de interrogatorios con los documentos que estaba ordenando, parpadeó desconcertado, pero a Caden no le importó. Cerró la puerta a sus espaldas y suspiró largamente. Al otro lado de la puerta cerrada se sentía una tenue presencia.
Valentin, que había mantenido el equilibrio sin una sola queja mientras parpadeaba, le acercó una silla. Caden hizo un gesto de agradecimiento y se sentó. Solo al sentarse se dio cuenta de que estaba en la silla del interrogado, pero como no tenía nada que ver con la situación, lo pasó por alto.
—… ¿Qué pasa?— El ambiente estaba raro.
—Es largo de explicar…
Para empezar, tampoco quería hablar. Caden se revolvió el pelo, presagiando un dolor de cabeza, y al darse cuenta de que le había hablado a Valentin con familiaridad, lo miró con incomodidad. No podía evitarlo. ¿Acaso un colega con el que había trabajado más de diez años se iba a distanciar tan fácilmente por una pelea? Valentin, con una expresión similar, debía sentir algo parecido, y dejó los documentos sobre la mesa. Parecían ser las declaraciones de los testigos ya mecanografiadas.
Desde fuera, se sentía la presencia de Júpiter merodeando. Caden se levantó de un salto y cerró la puerta con llave. Al oír el —clic— del cerrojo, la presencia exterior cesó abruptamente. Esperó un momento, pero no oyó sonidos de que se marchara.
—¿Te peleaste?
Preguntó Valentin con desgana, y Caden, que estaba atento a la puerta, suspiró. Ojalá solo se hubieran peleado, sería más fácil. Saber que le había mentido y no poder ni siquiera enfadarse le revolvía el estómago. Caden volvió lentamente a su sitio y se dejó caer pesadamente.
Hubo un momento de silencio. Caden, jugueteando con la bolsa de plástico que contenía el teléfono, soltó de repente lo que pensaba.
—¿Los niños son así de fáciles?
No quería decirle esto a Valentin, pero estaba tan angustiado que no tenía a quién recurrir. Había pasado un año desaparecido, todas las comunicaciones se habían cortado y las relaciones se habían extinguido, así que no tenía a nadie con quien desahogarse.
—¿Cómo se puede mentir así? Yo…
Sabía lo hundido que estaba. Esas palabras no terminaban de salir de su boca. Si las decía, sería como admitir su propia miseria. Aunque no pudiera hacer nada al respecto, no quería mostrar su lado débil a Valentin.
Valentin, con expresión cautelosa, escuchó a Caden y luego respondió lentamente.
—Los niños son así.
—… ¿Tú crees?
—Nosotros también lo fuimos a esa edad. No sabemos valorar a las personas, somos impulsivos.
No sabía si eran palabras de consuelo o no. Caden esbozó una sonrisa amarga.
—Tú lo eras.
—Tú también.
—¿Cuándo nos conocimos? ¿A los veinticinco?
A diferencia de Caden, que se decantó por la policía justo después de graduarse, Valentin era de la academia militar. Una vez contó que quería ir a la marina, pero por circunstancias familiares cambió a la policía, aunque nunca llegó a explicar cuáles fueron esas circunstancias.
Después de graduarse de la academia militar y recibir seis meses de formación en la academia de policía, Valentin, con veinticinco años, se encontró con Caden, que, a pesar de tener la misma edad, ya tenía siete años de experiencia. En aquel entonces, Caden pensaba que Valentin era un soldado estúpido y cabeza dura, y Valentin pensaba que Caden era un policía incompetente que solo sabía apañárselas. Las primeras impresiones fueron pésimas, pero por suerte sus personalidades encajaban bastante bien.
—Entonces no pensaba que íbamos a durar tanto.
—¿Te quejas, imbécil?
Caden se reía mientras provocaba sin motivo. Y eso que los dos eran famosos en la comisaría por lo mucho que peleaban. Peleaban por diferencias de opinión, por no estar de acuerdo en los métodos de investigación, por pequeños hábitos, por personalidad, por todo. A diferencia de Caden, que, tras graduarse, solo con seis meses de formación se hizo policía y por tanto era más flexible y libre en sus criterios, Valentin, con las estrictas reglas de la academia militar grabadas a fuego en su cuerpo, no podía sino chocar con él.
Aun así, sabían que el otro no era mala persona, así que podían reconciliarse. Después de repetir pelea, reconciliación, pelea, reconciliación unas treinta veces, llegaron a conocerse mejor que a sí mismos. Incluso fue Valentin quien primero se dio cuenta de que Caden se había enamorado de Anna. Y eso que Caden, sin saber por qué le pasaba eso, estuvo a punto de caer mal a Anna, una abogada asesora externa, de tanto molestarla.
Caden tragó saliva y relajó la tensión de su cuerpo. La incomodidad con Valentin se sentía como algo muy lejano en el pasado, hasta el punto de que su presencia no le molestaba en absoluto. Más bien, lo que le incomodaba ahora era Júpiter, que merodeaba al otro lado de la puerta. Sombras no dejaban de moverse tras el cristal opaco.
—… No pensé que volverías a tener un guía.
Valentin, quizá sintiendo también la presencia de Júpiter, dijo señalando ligeramente con la barbilla hacia la puerta. Antes de que pudiera discernir la intención oculta tras esas palabras, Valentin añadió:
—Después de perder a Anna, pensé que al menos por un tiempo no te relacionarías con un guía.
—… Que un esper se relacione con un guía no es algo que se pueda elegir.
A menos que, como Caden, estuviera decidido a morir, todos los esper no tienen más remedio que recibir guía de un guía para vivir. Y también era cierto que Caden había vivido un tiempo sin ver a un guía. Como podía ser un tema extraño para los no superdotados, esta vez Caden intentó no reaccionar de forma tan punzante y mientras regulaba lentamente la respiración, Valentin frunció ligeramente el ceño.
—No me refiero a eso…
—¿Entonces a qué?
—… ¿Que si estáis saliendo?
Sí, sabía que esto iba a salir. Caden se presionó las sienes, donde empezaba a dolerle la cabeza. ¿Cómo explicaba esto ahora?
Que la relación guía-esper a menudo derivara en una relación amorosa se podía ver solo con el caso de Caden y Anna. Había muchas parejas a las que, si las ondas encajaban bien, no les importaban las demás condiciones. Caden también dependía hasta cierto punto de Júpiter, y no negaba que hubiera una parte emocional de apoyo. Al recordar la luz del alba de aquella noche, Caden intentó ignorar el calor que le subía a las orejas.
—No es ese tipo de relación.
La presencia que merodeaba al otro lado de la puerta se detuvo en seco. Ese tipo de relación. ¿Cómo se tomaría Júpiter esas palabras? Sentía un extraño nudo en el pecho. Su relación no estaba claramente definida. Bueno, para ser exactos, existía la relación clara y sólida de guía-esper, pero en el silencio que mediaba entre ambos, asomaba la cabeza un brote de sentimiento indefinido.
Caden podía intuir hacia dónde podía derivar esta relación y qué tipo de vínculo podrían llegar a tener. Podrían tener un romance más o menos formal y luego, quizá, romper. Cuando esta relación, cuyo final se veía venir, terminara, solo Caden se quedaría solo. Júpiter siempre tenía gente a su alrededor, así que el único que lo pasaría mal sería Caden. Caden no quería ir por el camino difícil a propósito.
Caden echó un vistazo a la puerta y luego terminó la frase.
—A mí me gustan las mayores.
Eso era una estupidez. Valentin frunció el ceño como si hubiera oído algo extraño.
—… ¿Anna no era más joven?
—Cállate.
Que te oye. Con un gesto, Valentin calló. Tras un breve silencio, la presencia que se había detenido fuera empezó a alejarse lentamente. Solo cuando se hubo alejado por completo, Caden suspiró lentamente. Valentin lo miró fijamente. Su expresión era extraña. Era una expresión compleja que infundía culpa, como si le preguntara si era justo herir así a alguien aunque no le gustara, y Caden hizo un esfuerzo por ignorar su mirada.
—Él tampoco siente nada romántico por mí.
Fue una frase que soltó como excusa, pero era cierta. ¿Por qué iba a sentir algo romántico por Caden un chiquillo como Júpiter? Además de haberle mentido, todo eso de que Valentin le tenía celos o lo que sea, eran claramente bromas para tomarle el pelo. Para empezar, con esa diferencia de edad, ¿cómo iba a mirarlo con esos ojos? Caden no tenía el aspecto que cautiva como Júpiter, ni su habilidad de guía que engancha como una droga. Vamos, que no había ninguna razón para que Júpiter se sintiera atraído por Caden.
Valentin, frunciendo el ceño, lo miró y luego suspiró. Aunque aún parecía albergar sentimientos complejos, ya no había en él ese aire de reproche de antes.
—Bueno, sí, supongo.
—…
Aunque lo había dicho él mismo, oírlo asentir de labios de otro le sentó extrañamente mal. Caden se rascó la cabeza con fuerza y luego sacó el teléfono, que era el motivo inicial. Al presionar el teléfono envuelto en la bolsa de plástico, la pantalla parpadeó. Caden deslizó la pantalla, que se iluminaba lentamente, hacia Valentin.
—¿Esto te suena?
Valentin, que observaba en silencio el teléfono con la pantalla de inicio, arqueó una ceja. Caden ya conocía esa reacción. Valentin tomó el teléfono lentamente, pulsó el botón de inicio sin sentido unas cuantas veces y lo dejó.
—No lo sé.
Esa es la reacción cuando miente. Siempre que Valentin mentía, arqueaba la ceja izquierda. Era una reacción tan evidente que a veces pensaba si no sería al revés, pero esta vez no parecía el caso. Mientras Caden lo miraba en silencio sin decir nada, Valentin golpeteó la mesa con la punta de los dedos, nervioso.
¿Se enfadaría? Dudó un momento, pero Caden pronto cambió de opinión.
—¿Tú también me mientes?
En lugar de enfadarse directamente, Caden decidió apelar a su sentimiento de culpa. Sin decirlo, era como decirle que estaba decepcionado. Cuando las cejas de Caden se hundieron con desánimo, Valentin soltó un suspiro angustiado. Los dos detectives sentados frente a frente en la sala de interrogatorios escrutaron sus expresiones mutuas. En silencio, se produjo un rápido intercambio de miradas, sondearon las reacciones del otro mientras se leían el pensamiento.
—No actúes conmigo, Caden.
Valentin habló primero. Tenía la boca tensa, como si se sintiera insultado.
—Ya te lo dije, tu actuación es pésima.
—Por eso mismo, suéltalo de una vez.
—De verdad que no lo sé.
Sigue mintiendo. Caden frunció el ceño. ¿Qué razón podía tener para mentir? Y no sobre cualquier cosa, sino sobre una prueba del caso. Algo relacionado con el “trabajo” que Valentin tanto valoraba.
Además, era sobre Anna. Sobre la persona que mató a Anna. Anna era la esposa de Caden, pero también era amiga de Joy, de Luke y de Valentin. Aun así, Caden no entendía la actitud tan tibia de Valentin, y mucho menos que encima le estuviera mintiendo.
—Sabes que este caso es importante para mí.
Dejándose de fingimientos inútiles, Caden susurró con voz amenazante.
—Sabes que es importante para mi vida, y para Anna. ¿Por qué demonios lo ocultas?
—Yo…
—¡No entiendo por qué haces esto! ¿Acaso Anna no era importante para ti? ¡También eras su amigo!
—Pum—. Al golpear la mesa inconscientemente, los hombros de Valentin dieron un respingo. Caden miró su mano. La mesa metálica bajo su puño cerrado estaba abollada. Observando la clara marca de su mano, Caden apretó la mandíbula con amargura. No era su intención amenazar, pero al final había terminado haciéndolo.
Valentin habló lentamente, con una voz muy pausada.
—Caden.
Era casi una voz asustada. Como la de alguien que está desnudo frente a un tifón.
—Entiendo que te sientas culpable.
—…
—Pero esto no es algo importante en absoluto.
Primero le invadió la ira, y luego una profunda tristeza fluyó en su vacío pecho. Era como si oyera el sonido del enorme agujero en su alma ensanchándose poco a poco. Caden miró a Valentin con el rostro totalmente petrificado. Si Valentin hubiera sido descarado, podría haberlo odiado sin reservas. Pero él estaba ahí, esforzándose por no mostrar su miedo, observando el rostro de Caden. Como alguien que previene un descontrol. Como alguien que intenta no provocar la ira de un monstruo.
Al darse cuenta de que Valentin le temía, la ira perdió fuerza en un instante. Una vil superioridad y un horrible asco de sí mismo ocuparon su lugar. Caden miró a Valentin en silencio, luego tomó el teléfono. Al confirmar que la mirada de Valentin seguía el teléfono, Caden se convenció de que sabía su procedencia.
—Valentin. Si sigues así, no me quedará más remedio que informar a los superiores.
—…
—Has dicho que no es importante. No es cierto, esto es importante. No sabemos cuántos guías más podrían morir.
Valentin calló. Tenía la boca apretada con terquedad. Caden lo miró, sin obtener respuesta, y añadió:
—No sabía que eras de los que sopesan la gravedad de las cosas cuando hay vidas en juego.
No era solo la vida de Anna la que estaba en juego. Aunque Caden actuara movido por intereses y deseos personales, Valentin no debería hacerlo. Valentin seguía siendo policía, y si había alguien de los dos que no hubiera perdido la razón, ese tenía que ser Valentin. Normalmente, cuando Caden perdía la razón, ¿no era Valentin quien lo frenaba o lo sujetaba? Pero ahora sus papeles parecían invertidos.
Valentin miró a Caden sin decir nada. Caden intentó buscar en esa mirada algo de culpabilidad, o al menos una duda, pero fracasó. La firme mirada de Valentin lo observó y luego cayó lentamente al suelo.
—… No puedo decirlo.
—¿No quieres decirlo o no puedes?
Valentin apretó los labios con fuerza. Su expresión se torció con angustia. Cuando Caden esperó pacientemente, finalmente levantó la cabeza. Una convicción firme se aglutinaba en su expresión.
—Ese chico no tiene la culpa.
La explicación, que llegó tras un largo rato, comenzó defendiendo a otro.
Valentin también estaba a cargo de un programa de rehabilitación para jóvenes delincuentes locales. Entre los chicos de los que Valentin se ocupaba, había varios que habían delinquido varias veces o que habían probado las drogas. Valentin ayudaba a esos chicos a encauzar su vida, y al parecer Gordon Walker también había participado en el programa de Valentin.
—Participó hace 10 años. No sabía que Gordon acabaría así. Creía que había corregido por completo su tendencia violenta…
—¿Y por eso manipulaste las pruebas?
—No las manipulé. Solo… las añadí más tarde, eso es todo.
Al parecer, Gordon no entregó las pruebas a propósito, las escondió, y mucho después, cuando vino a visitar a Valentin a prisión, se las dio. Caden suspiró, presionándose las sienes donde le dolía la cabeza. Para empezar, una prueba contaminada de esa manera no tenía validez, y era más probable que hubiera sido manipulada a que no, así que no entendía por qué se había molestado en incluirla entre las pruebas.
—… ¿El teléfono ya estaba así cuando lo recibiste?
—Yo lo recibí y no lo toqué…
Estaba claro como el agua. Gordon Walker debió de cambiar el teléfono por uno nuevo antes de entregarlo, y deshacerse del antiguo, que contenía las pruebas. Valentin, sin saber nada, lo habría recibido pensando que era el chico al que había rehabilitado hacía 10 años, y lo habría aceptado inocentemente.
Valentin encendió el teléfono por fin. Sin ningún dato, sin una sola letra con significado, solo un teléfono vacío. Se mordió el labio, apurado. Caden esperó a que lo examinara lo suficiente, luego lo tomó y se levantó.
—No me quedará más remedio que informar a los superiores.
—… Entendido.
—¿Por qué lo hiciste, tratándose de alguien conocido?
En serio. Los años que Caden había vivido como policía no eran muchos más que los de Valentin. Y sin embargo, cometió ese error cegado por el afecto. ¿Acaso pensó que ese tipo de acciones serían toleradas?
Caden miró a Valentin con agitación y salió de la sala de interrogatorios. Justo antes de salir, los datos personales de Gordon Walker le vinieron a la mente. Huérfano, sin nadie que reclamara su cuerpo ni siquiera después de muerto. Sin amigos, sin familiares.
Solo Valentin habría sido su amigo y su familia. Entendía que no pudiera rechazar la petición de alguien a quien creía haber defraudado.
Pero eso es una cosa, y esto es otra.
No sentía lástima.