꧁ Capítulo 3 ꧂

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Shan Ming terminó rápidamente de preparar la pata de lobo. Al voltear, vio al niño sosteniendo las ramas con ambas manos y volteando la carne sobre el fuego. Las llamas iluminaban su rostro infantil, donde los rastros de lágrimas eran claramente visibles.

Cuando terminó, Shan Ming se recostó contra un árbol cercano para descansar. Se quitó la sucia chaqueta de camuflaje y comenzó a desenrollar meticulosamente el vendaje de su brazo para cambiarlo.

Los medicamentos de emergencia para heridas que llevaba consigo eran escasos, y solo quedaba medio rollo de vendaje, además de que estaba húmedo. Las condiciones eran tan pésimas que lo que originalmente era un corte superficial ahora empeoraba. Shan Ming frunció el ceño al ver la herida supurante, pero no había nada que pudiera hacer.

Hizo un tratamiento simple aplicando medicina y luego envolviendo la herida con vendas limpias. Debía irse de allí lo antes posible; sabía que, en este estado, su brazo no aguantaría más de unos días.

Tras terminar de vendar, alzó la vista y vio al niño de pie, con los labios apretados, cubierto de una capa de sudor por el calor. Su ropa, hecha jirones, ondeaba sobre su cuerpo, y Shan Ming tuvo la sensación de que esos harapos destrozados terminarían volando hacia el fuego.

Al poco tiempo, el aroma de la carne comenzó a esparcirse. Shan Ming tragó saliva clavando los ojos en la carne. Un rato después, el niño se dio la vuelta, levantó la rama y caminó hacia él, luego le puso la carne frente a los ojos: “¿Ya se puede comer?”.

Shan Ming la tomó, la examinó y sin importarle que quemara, le dio un mordisco. Por comer tan rápido, se ampolló la boca, pero le daba igual. Estaba demasiado hambriento, tanto que apenas podía mantenerse en pie.

Shen Changze miró fijamente con sus ojos negros y brillantes cómo Shan Ming devoraba aquel gran trozo de carne en unos pocos bocados mientras la saliva se acumulaba en su propia boca.

Shan Ming engulló la carne en dos o tres bocados, luego alzó la vista hacia el niño, le devolvió la rama y dijo: ―Sigue asando.

El niño tomó la rama, regresó en silencio frente al fuego, ensartó más trozos de carne y, esforzándose por levantar la pesada rama, deseaba con urgencia que la carne se cocinara rápido.

Tras repetirse esto varias veces, Shan Ming finalmente tragó varios grandes trozos de carne insípida. Aunque no sabía bien, resolvió su problema más urgente. Solo después de que Shan Ming se hubiera saciado, Shen Changze se apartó a un lado, desgarrando la carne de lobo y metiéndosela a la boca, con una expresión de evidente desgana.

Shan Ming lo miró con extrañeza. En teoría, alguien que ha pasado hambre durante tanto tiempo no debería ser exigente con la comida, así que preguntó: ―¿Sabe mal?

El niño tragó con dificultad un pequeño trozo de carne y asintió.

Shan Ming resopló: ―¿En un lugar como este todavía eres exigente con la comida?

El niño guardó silencio por un momento, luego dijo: ―Hay un tipo de insecto, es dulce, sabe mejor que esto.

Shan Ming se quedó atónito: ―¿Comes insectos?

Los ojos del niño se enrojecieron de nuevo: ―Tenía mucha hambre.

Shan Ming realmente pensó que la suerte de este chico desafiaba al cielo, en un bosque diabólico como este, atreverse a agarrar cualquier insecto y comérselo sin haber muerto envenenado era simplemente un milagro.

La razón por la que Shan Ming había pasado tanta hambre estos tres días era precisamente porque, en la zona pantanosa, rara vez aparecían mamíferos. La mayoría eran insectos y criaturas voladoras; o no se atrevía a comerlos o eran difíciles de atrapar. Incluso evitaba tocar las plantas siempre que podía, así que, tras tres días, su estómago estaba completamente vacío. A los trece años, durante una guerra de guerrillas en África, la vez que más duró fueron seis días sobreviviendo solo con hierbas silvestres. Pero en aquel entonces no tenía que pasar veinticuatro horas al día sin atreverse a dormir, ni caminar durante más de diez horas diarias por pantanos, con los nervios tensos y en estado de máxima alerta.

Porque en aquel tiempo, tenía compañeros de batalla.

En su situación de estar completamente solo, su consumo de energía física ya había alcanzado su límite. Pensándolo bien, tal vez encontrarse con este niño era algo bueno; al menos, al decirle algunas palabras, podría mantenerse despierto un poco más, sin llegar a caer inconsciente.

Lástima que un niño de cinco años no fuera un compañero de batalla calificado ni confiable. Hasta llegar a lo que consideraba una zona segura, no podía cerrar los ojos.

Después de llenar el estómago, Shan Ming sintió aún más sueño. El agotamiento acumulado durante días brotaba constantemente de cada parte dolorida de su cuerpo. Realmente deseaba dejarse caer al suelo y dormir profundamente de una vez.

Se pellizcó el muslo para forzar su mente a mantenerse despierta. Después de comer, debía continuar su camino lo antes posible; no podía permitirse más retrasos. Pero cuando abrió los ojos, vio que el niño ya se había desplomado en el suelo, dormido. Esto llenó a Shan Ming de envidia; a veces, no saber nada también era una especie de bendición.

Shan Ming recogió su mochila, el rifle y el puñal, asegurándose de que todo estuviera en orden, luego se acercó a Shen Changze y le dio una patada.

El niño se despertó de golpe, aturdido, y rápidamente se levantó del suelo.

Shan Ming dijo: ―Vamos―.  Aunque el niño era una pequeña carga, había decidido llevarlo consigo. Mientras pudiera ayudarlo a mantenerse despierto, valía la pena.

El niño frunció su lindo rostro: ―No puedo caminar más, descansemos un poco más.

Shan Ming, con el rostro frío, dijo: ―Sígueme o no, como quieras―. Después de decir esto, apagó la fogata pisoteándola y siguió adelante.

Shen Changze sollozó un par de veces, recogió sus provisiones y lo siguió paso a paso.

El niño temblaba asustado por los sonidos de aves y bestias en el bosque, y el silencio entre él y Shan Ming lo hacía sentirse aún más aislado. No pudo evitar hablarle, así que preguntó en voz baja detrás de él: ―Tío, ¿cómo te llamas?

Shan Ming le dijo su nombre sin pensarlo mucho.

―¿Cuántos años tienes?

Shan Ming pensó con esfuerzo: ―Diecisiete, dieciocho, o diecinueve… probablemente dieciocho.

―¿Por qué no sabes cuántos años tienes?

―¿Para qué necesito saberlo? No sirve de nada.

El niño lo pensó un momento y dijo: ―Así puedes celebrar tu cumpleaños.

Shan Ming no se molestó en responder. Con un niño, realmente no había mucho de qué hablar. Lástima que no hubiera otra opción de compañía en ese lugar.

―Tío, ¿vamos a morir?

Shan Ming respondió: ―No sé tú, pero yo definitivamente no.

El niño dijo con voz entrecortada: ―No quiero morir. Mamá y papá vendrán a rescatarme

Shan Ming, carente de la inteligencia emocional para mentiras piadosas, fue directo: ―Olvídalo, no te encontrarán.

―¡No es cierto! Son muy poderosos, ¡seguro que me encontrarán!

De pronto, Shan Ming recordó que este niño había caído aquí en un avión privado. Su familia debía tener influencias. Si no fuera por la situación actual, le habría gustado buscar los restos del avión. Si el niño realmente tenía un estatus importante, no sería extraño que sus padres llegaran hasta aquí. Pero el niño no podía quedarse esperando; de lo contrario, incluso si alguien viniera a buscarlo, solo encontrarían huesos blanqueados.

Ahora, la única esperanza de sobrevivir era salir de allí.

Los dos, uno grande y otro pequeño, caminaron así durante más de cuatro horas mientras el cielo se oscurecía gradualmente.

Shan Ming confirmó que habían salido del maldito pantano. Los insectos mortales eran muchos menos aquí, y por fin pudo relajar un poco su vigilancia. Planeaba dormir un rato después de encender una fogata; simplemente ya no podía más. 

Shan Ming eligió el lugar con mejor defensiva; apoyado contra una roca gigante, con un terreno abierto frente a él donde cualquier amenaza mortal no tendría dónde esconderse. Luego ordenó a Shen Changze juntar leña seca, amontonarla en el suelo y encender una fogata.

El bosque se volvió gélido de noche, con temperaturas alrededor de 4-5°C. La ropa de Shan Ming simplemente no podía resistir el frío. Los dos días anteriores los había soportado a pura fuerza, pero hoy, con el fuego, se sentía mucho mejor.

Sin embargo, los harapos de Shen Changze lo hacían estar casi desnudo. Al ver al niño tiritando aún junto al fuego, Shan Ming volvió a preguntarse cómo había logrado sobrevivir hasta ahora.

Se sentó apoyado contra la roca y le entregó su reloj: ―Escucha bien, voy a dormir un rato. Despiértame en una hora.

El niño tomó el reloj y lo miró con expresión insegura.

―Durante esta hora, debes vigilar los alrededores con los ojos bien abiertos. Si pasa algo, despiértame de inmediato. No puedes dormirte. Si te atreves a dormirte, te arrojaré al fuego.

El niño se estremeció, lo miró con temor y asintió rápidamente.

Shan Ming lo enfatizó nuevamente: ―Una hora ―dicho esto, cerró los ojos.

Apenas había cerrado los ojos cuando de repente sintió movimiento a su lado. Abrió los ojos de golpe y lanzó la daga que sostenía en un arco en el aire.

―¡Ah!― El niño gritó al ver el filo del cuchillo frente a su cuello.

Shan Ming lo miró con furia: ―¿Hijo de puta, buscas la muerte?

El niño sollozó: ―Tío, tengo mucho frío.

Shan Ming cerró los ojos de nuevo: ―Si tienes frío, salta al fuego. Aléjate de mí. No te acerques cuando duermo―. Años de vida sangrienta lo habían entrenado para mantener extrema vigilancia incluso dormido. Acercarse mientras dormía era una amenaza.

El niño mordió sus labios y gateó hacia él usando manos y rodillas.

Shan Ming abrió los ojos nuevamente, mirándolo con frialdad.

El niño encontró su mirada y aunque temblaba de miedo, siguió arrastrándose poco a poco sobre él, susurrando: ―Tío, tengo mucho frío. ¿Tú no tienes frío?― Mientras hablaba, comenzó a acurrucarse tentativamente en su pecho.

Shan Ming también sentía frío; incluso cerca del fuego, sus extremidades estaban heladas. Pero él podía aguantarlo.

Pero obviamente, este niño no podía.

Agarró a Shen Changze por el cuello de la ropa y lo tiró a un lado: ―¿Buscas la muerte?

El niño miró al insensible Shan Ming, sintiéndose agraviado y asustado, y no pudo contener los sollozos: ―¡Tengo frío, tengo frío! Wuwuwu mamá, tengo mucho frío…

Días caminando solo en la humedad, el frío y oscuridad, alimentándose de insectos, bebiendo agua sucia mezclada con lodo. Por más que llorara y gritara, no podía escapar de esta pesadilla. Finalmente encontró a otro humano, pero era tan feroz y aterrador que ni siquiera quería abrazarlo. La mente del niño estaba al borde del colapso.

En su mundo inocente, todos los adultos que había conocido lo querían, deseaban abrazarlo y jamás rechazaban sus peticiones. Pero la única persona que encontró en esta situación desesperada era tan cruel. No entendía por qué este hombre no lo quería. Tampoco le gustaba este hombre, incluso lo odiaba y temía profundamente. Pero en este vasto bosque, solo al lado de esta persona sentía un mínimo de seguridad.

El niño estaba demasiado angustiado, demasiado asustado, demasiado afligido, las lágrimas rompieron completamente el dique y rompió a llorar a gritos: ―¡Mamá… mamá… tengo mucho frío… Wuwuwuwuwu mamá…!

Shan Ming estaba exasperado por él; realmente deseaba taparle la boca con algo.

Nunca en su vida había tenido contacto con niños, ni experimentado lo que llaman infancia. No sabía que los niños eran seres tan difíciles de dominar; si le decías que no llorara, lloraba aún más, y lloraba por cualquier cosa. Ni golpeándolo aprendía.

Shan Ming rugió en voz baja: ―¿Quieres que te golpee?

El niño gritó llorando: ―¡Golpéame entonces, eres malo, tengo mucho frío wuwuwuwu…!

El niño lloraba de manera incoherente, lloraba con todo el cuerpo convulsionando, hasta que Shan Ming sintió que su cabeza estallaría.

Shan Ming pensó en abofetearlo, pero viendo la actitud del niño, supuso que cuanto más lo golpeara, más lloraría, y entonces no tendría paz en toda la noche.

Maldijo con irritación, agarró el brazo del niño y lo jaló sobre sí.

Cuando el peso del niño cayó sobre Shan Ming, no pudo describir lo que sentía. ¿Así se sentían los niños, siendo también humanos? Muy suaves, como si no tuvieran huesos, muy livianos, pero algo incómodos sobre el estómago.

Nunca había abrazado a un niño antes; la sensación le parecía extraña. Con una sola mano podía rodear todo su cuerpo. ¿Cómo podía ser un niño tan pequeño?

Cuando Shen Changze se acomodó sobre Shan Ming, su llanto cesó abruptamente. Levantó la cara, con los ojos llenos de lágrimas, y miró a Shan Ming.

Shan Ming, con el rostro frío, dijo: ―Si quieres calor, quédate quieto. Si vuelves a llorar…― movió la mano, hubo un destello metálico, y al instante un fino corte sangrante apareció en la pantorrilla del niño. ―Por cada lágrima que derrames, haré que derrames sangre.

La herida era superficial, apenas un rasguño, pero aún así dejó al niño tan asustado que no se movió en lo absoluto.

Shan Ming guardó el cuchillo, desabrochó su chaqueta y envolvió el pequeño cuerpo del niño dentro de su ropa. Pensó que también serviría para calentarse él mismo, al fin y al cabo, no pesaba mucho.

El niño se quedó completamente quieto sobre su vientre, y sus pequeñas manos rodearon la cintura de Shan Ming abrazándolo con fuerza.

Shan Ming murmuró: ―Repite lo que te dije hace un momento.

La cabecita suave del niño se apoyó contra su pecho, escuchando los latidos constantes de su corazón. Aunque el olor de este hombre no era agradable, al menos tenía el calor humano, lo que lo hacía sentirse seguro. Al oír la pregunta, respondió de inmediato: ―Despertarte en una hora.

―Si te duermes…

Shan Ming no quería poner su vida en manos de un niño de cinco años, pero estaba tan cansado que los párpados le pesaban. Si no dormía ahora, tendría que arrastrarse en el siguiente tramo del camino. Volvió a cerrar los ojos.

El cuerpo en sus brazos comenzó a calentarse, transmitiendo un agradable calor al vientre de Shan Ming, quien cayó en un sueño profundo.

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