꧁ Capítulo 5 ꧂

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Shan Ming atendió un poco las heridas en su cuerpo y comenzó a preparar sus cosas con la intención de abandonar este lugar lo antes posible.

Aunque el dolor y el agotamiento de su cuerpo ya habían alcanzado el límite de lo que una persona normal podía soportar, tampoco podía relajarse en este momento. Shan Ming sabía que su situación se volvía cada vez menos optimista. Si aún no conseguía medicamentos y tratamiento, moriría aquí.

Aunque había sufrido heridas inesperadas, el descubrimiento del río era una gran ganancia. Mientras siguiera el curso del río hacia abajo sin desviarse sin duda llegaría a un lugar habitado. Si tenía suficiente suerte, podría salvar su brazo.

Soportando el dolor, ordenó un poco la mochila y luego la arrojó frente a Shen Changze: —De ahora en adelante, llévala en la espalda.

Esa mochila no era muy pesada, contenía munición y las medicinas más básicas para las heridas, pero para un niño de cinco años era una carga considerable. Sin embargo, el niño no se quejó ni hizo berrinches, la levantó y se la puso en la espalda.

Shan Ming recogió un palo grueso y largo para usarlo de bastón, y comenzó a caminar cojeando río abajo, siguiendo el curso del agua.

El niño pequeño caminaba a su lado y dijo en voz baja: —Tío, gracias.

Shan Ming no le hizo caso. Ahora sentía que hasta hablar era un desperdicio de energía.

—Si llegamos a ver a mi papá, él sin duda te lo agradecerá mucho. Mi papá es muy poderoso—. Después de decirlo, el niño le lanzó una mirada furtiva. Al ver que Shan Ming no reaccionaba, se sintió muy decepcionado.

Permaneció en silencio un buen rato, luego murmuró en voz baja: —Tío, ¿me llevarás a casa?

Shan Ming finalmente habló: —No.

El rostro del niño se ensombreció: —¿Por qué no? Tío, llévame a casa. Mi papá te dará muchísimo dinero, llévame a casa.

Shan Ming dijo: —Cuando lleguemos a un lugar con gente, te las arreglarás tú solo. A partir de ahora, deja de hablarme.

Shen Changze abrió la boca, pero al final se tragó las palabras que ya tenía en la boca.

Como Shan Ming tenía el pie herido, su velocidad al caminar no podía compararse con la de antes. Necesitaba avanzar y hacer pausas. Al cabo de un día, apenas habían recorrido poco más de diez kilómetros. Pero por suerte, el camino no tuvo riesgos. Shan Ming podía notar claramente que la densidad del bosque a su alrededor disminuía, y los animales que aparecían también eran cada vez menos. Esto indicaba que iban por el camino correcto, que se dirigían hacia donde se concentraba la presencia humana.

Por la noche, como de costumbre, encendieron un fuego para descansar. Shan Ming sentía que los alrededores eran mucho más seguros, pero aún así no se atrevía a bajar la guardia. Planeó turnarse con Shen Changze para hacer guardia durante la noche.

Agarrando su reloj el niño se trepó activamente sobre él y lo miró con cautela, como si temiera que lo rechazara.

Shan Ming lo miró de reojo, luego cerró los ojos: —Despiértame en una hora.

Más tranquilo el niño se acurrucó en su pecho, buscando un lugar que le diera calor: —No me quedaré dormido. 

Una hora después, Shan Ming fue despertado puntualmente. Luego él hizo guardia tres horas, dejando que Shen Changze durmiera. Así se turnaron para descansar y pasaron la noche.

Al atardecer del segundo día, después de cruzar una cima montañosa, finalmente vieron una aldea.

El niño gritó emocionado varias veces, y su pequeño cuerpo agobiado por el equipaje, dio un salto muy alto.

Shan Ming exhaló un largo suspiro.

Aceleraron el paso bajando la montaña, y al pie de la misma se encontraron con un lugareño que estaba cortando leña con su hijo.

Ese hombre de mediana edad, primero se asustó al verlos, y luego intentó acercarse.

Shan Ming, con una extrema cautela, metió la mano en su cintura y palpó su pistola.

El hombre se acercó y farfulló un montón de palabras en birmano, que ellos no entendían. Finalmente, el hombre se impacientó, le dijo algo a su propio hijo, el niño giró la cabeza y salió corriendo hacia la aldea. Entonces el hombre se dio la vuelta y se agachó, queriendo decir que cargaría a Shan Ming.

Shan Ming lo miró con frialdad y apoyándose en el bastón, siguió caminando hacia adelante.

Al ver que Shan Ming no le hacía caso, el hombre tomó del brazo al pequeño Shen Changze y le hizo un gesto para que se subiera a su espalda.

El niño, mirando su rostro oscuro y delgado, se asustó y se encogió hacia Shan Ming.

El hombre, sin alternativa se limitó a guiarlos desde delante.

Cuando estaban a punto de llegar a la entrada de la aldea, un grupo de personas vino corriendo hacia ellos. Al frente iba un hombre blanco alto y robusto.

—¡Shan!— Desde muy lejos le hacía señas con la mano a Shan Ming.

Al verlos, Shan Ming dejó de caminar. Tiró el bastón y se sentó en el suelo.

El hombre blanco corrió hasta su lado y riendo a carcajadas, le dio una palmada en el hombro: —Por fin te encontramos. ¿Cómo terminaste en este estado tan deplorable?

Shan Ming le lanzó una mirada fulminante: —Deja de decir tonterías. ¿Hay un médico decente aquí, o volveremos a la base de inmediato?

—Estas heridas tuyas es mejor tratarlas cuanto antes—. Detrás de él, dos aldeanos trajeron una camilla. Él señaló la camilla y dijo con una risa burlona: —¿Necesitas que te cargue, belleza?

Shan Ming se subió solo a la camilla: —Qiao Bo, necesito hablar con el Jefe.

—No te apresures… —La mirada de Qiao Bo se posó sobre Shen Changze: —¡Eh! ¿Cómo es que hay un niño aquí? ¿Lo diste a luz?

—Tonterías, lo encontré.

El niño los miraba a los dos sin comprender. Hablaban en un idioma que él no entendía. Tiró de la manga de Shan Ming: —Tío…

Qiao Bo se agachó. Su físico robusto como un oso envolvió por completo al niño en su sombra. Se esforzó por esbozar una sonrisa amable y con un chino gravemente distorsionado, dijo: —Holi, hola.

El niño, asustado por la cicatriz en su rostro y su enorme tamaño, temblaba de pies a cabeza. De un salto se abalanzó sobre Shan Ming, con las lágrimas brillándole en los ojos: —Tío, ¿quién es él? ¿Es tu amigo?

Shan Ming lo empujó para apartarlo de encima: —Lárgate.

Inmediatamente después, el niño fue levantado por Qiao Bo como si fuera un pollito. Los aldeanos también se levantaron con él y cargando a Shan Ming, se dirigieron hacia la aldea.

El niño, aterrorizado, gritó descontroladamente: —¡Tío! ¡Tío! ¿A dónde vas! ¡Tío!

Qiao Bo le mostró una hilera de dientes de un blanco inquietante.

El jefe envió a varias personas, en las aldeas cercanas y las montañas a buscarte. Todos pensamos que no morirías, pero, como se esperaba, yo fui el primero en encontrarte, ¿sabes por qué?— Qiao Bo cortó un gran trozo de manzana, y la metió en su boca, —Porque soy un apreciador natural, tengo un radar para encontrar bellezas.

Shan Ming acababa de cambiarse el vendaje y, como estaba demasiado cansado y sin ganas de bromear con él, no le hizo caso.

—Pero, ¿cómo es que tu cara está así de hinchada? Si Peier la ve, seguro se pondrá triste. Que te desfigures no importa, pero si haces que mi diosa Peier se ponga triste, definitivamente no te perdonaré.

Shan Ming lo insultó: —¿Puedes cerrar la puta boca? Quiero dormir un rato.

Qiao Bo cortó otro trozo de manzana. Justo cuando iba a llevárselo a la boca, de repente vio a Shen Changze acurrucado frente a la cama de Shan Ming. Entonces acercó el cuchillo con la manzana ensartada hasta él: —Niño, ¿quieres manzana?

El niño no entendía lo que decía, pero aquella manzana le parecía muy atractiva. Miró a Qiao Bo con vacilación y al final, reuniendo valor, tomó la manzana de la punta del cuchillo y se la metió en la boca.

Qiao Bo con mucho interés le dijo a Shan Ming: —Shan, ¿cómo es que lo encontraste? ¿Cómo pudiste encontrar a un niño en ese lugar maldito?

Shan Ming lo miró fijamente con ferocidad: —Quiero dormir. ¿Puedes largarte?

Qiao Bo frunció los labios: —Está bien, iré a contactar al Jefe para que envíe a alguien a recogernos—. Se puso de pie y sonriendo le tendió la mano al niño: —Niño, ¿quieres venir a jugar conmigo?

El niño asustado se trepó de un salto a la cama y se acurrucó junto a Shan Ming.

Qiao Bo salió desanimado.

Después de que Qiao Bo saliera, Shan Ming extendió la mano y empujó a Shen Changze al suelo: —Sal tú también.

El niño dijo en voz baja: —¿Puedo quedarme aquí? No hablaré.

Shan Ming estaba realmente demasiado cansado, no tenía ganas de discutir con él. Cerró los ojos y se sumió en un sueño profundo.

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