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El vehículo todoterreno condujo más de siete horas y finalmente regresaron a la base temporal del grupo mercenario en Myanmar.
El niño durmió medio día en brazos de Shan Ming. Cuando se despertó, aburrido, se apoyó en la ventanilla del coche para mirar afuera. A lo largo del camino todo eran paisajes naturales monótonos y además parecían destartalados. No eran bonitos.
Finalmente, el vehículo giró y se adentró en un valle. Tras atravesar un tramo de camino de montaña estrecho y escabroso, la vista se abrió de repente y apareció una extensión amplia de terreno llano. Por todas partes había erguidas, dispersas sin orden, muchas tiendas de campaña militares.
Aunque temporal toda la base estaba planificada de manera organizada. El empleador de esta vez era bastante rico y les había proporcionado buenas armas en cantidad. Desde que el grupo mercenario acampó aquí comían bien, bebían bien y estaban muy cómodos.
En la entrada de la base había guardias. Aunque veían que quien conducía era un compañero conocido aún no bajaban la guardia. Revisaron todo el vehículo y solo entonces los dejaron entrar.
Kesiqi condujo el vehículo directamente hasta el espacio central despejado rodeado de tiendas. Un hombre negro que llevaba una botella de licor se puso teatralmente delante del coche. Kesiqi bajó la ventanilla y rió a carcajadas: —Dino, mira cómo te aplasto hasta convertirte en salsa de chocolate—. Dicho esto, condujo directamente y se lanzó hacía él.
Dino también soltó una carcajada. No se apartó ni esquivó. Movió la parte inferior de su cuerpo haciendo un gesto obsceno y le mostró el dedo medio.
La parte delantera del vehículo dio un giro brusco junto a Dino y se detuvo.
Peier frunció el ceño y dijo: —Shan está herido. No sean tan brutos.
Kesiqi rió y dijo: —Yo lo veo perfectamente bien. Ese niño ha estado tumbado encima de él tanto tiempo y no lo he oído decir que estuviera cansando.
Shan Ming se rió mientras lo regañaba: —¿Cuánto pesa él, si acaso algunos kilos? Vera, esa zorra, se te echa encima toda una noche y tampoco te he oído decir que estés cansado.
Qiao Bo se rió a carcajadas. Dio una palmada en el hombro de Shan Ming y dijo: —Baja del auto, rápido, el Jefe te extraña muchísimo.
Shan Ming bajó del vehículo cojeando. Shen Changze observó a la gente de todo tipo de razas se acercaban rodeándolos poco a poco. No se veía ni un solo asiático. Esas personas eran todas altas y fornidas de espaldas anchas y fuertes. El niño tenía mucho miedo y solo quería seguir muy de cerca al lado de Shan Ming.
Al ver que Shan Ming bajaba del auto, él también quiso bajar de inmediato. Pero el Hummer era demasiado alto para él, incluso subir le había costado mucho. En su apuro momentáneo olvidó que sus piernas eran cortas. Tropezó de golpe frente a la puerta del coche y entonces todo su cuerpo estuvo a punto de rodar fuera del vehículo.
Gritó: —¡Tío!
Shan Ming se volvió rápidamente. Extendió la mano, lo agarró y lo levantó por la cintura. Shan Ming solo sintió un dolor ardiente en el brazo. Sabía que la herida se había abierto.
Peier saltó a su lado: —Shan…
Shan Ming arrojó al niño al suelo: —Lo sé cariño. Vuelve a vendarme.
—Shan—. Una voz grave sonó en el círculo exterior de la multitud. Esa voz dejaba entrever cierta estabilidad y elegancia, completamente fuera de lugar frente a la imagen de soldados rudos de la gente que lo rodeaba.
Al oír esta voz la multitud, la multitud se separó automáticamente dejando un pasillo para el dueño de esa voz.
Un hombre blanco de cabello rubio y ojos azules se acercó sin prisa, pero sin pausa. Parecía tener unos veinte años. Llevaba un jersey de cachemira color crema y unos pantalones de vestir informales gris acero. Era alto y apuesto, de modales refinados y desprendía un aura de elegancia por todo su cuerpo. Parecía estar asistiendo a una reunión de estrellas de Hollywood y no mezclándose entre un montón de vulgares exiliados internacionales.
Shan Ming alzó la vista: —Jefe.
Era el jefe del grupo mercenario “Halcón Peregrino”, Aier Morray.
Al se acercó a su lado le dio unas palmaditas suaves en el brazo y suspiró: —Que hayas vuelto con vida es lo importante—. Con estas palabras su mirada se posó sobre Shen Changze que tiraba con fuerza del pantalón de Shan Ming.
Aier frunció ligeramente el ceño: —Qiao Bo me llamó por el camino. ¿Este es el niño que trajiste?
Shan Ming asintió: —Sí. No hay manera de quitármelo de encima. Mira —dicho esto fingió sacudir la pierna. El niño inmediatamente la abrazó con fuerza y miró a Aier con recelo.
Aier se encogió de hombros: —No somos una organización benéfica. ¿Qué piensas hacer con él?
Shan Ming estaba a punto de abrir la boca.
Una voz extraña se interpuso entre ellos.
—Oh, Dios mío—. Un hombre blanco flaco se abrió paso entre la multitud y se acercó. Su rostro estaba pálido como un fantasma. Sus ojos mostraban una lujuria anormal. Sus pupilas estaban fijas en Shen Changze como si al siguiente segundo le fuera a caer la baba. Gritando de asombro se dirigió hacia Shen Changze: —¿Cómo puede haber un angelito aquí? Pobre pequeña belleza, tan delgada…
El niño asustado se encogió directamente detrás de Shan Ming. Sus grandes ojos negros y brillantes estaban llenos de terror.
En los ojos de Shan Ming brotó al instante una intención asesina. Arrojó el bastón, y de un tirón sacó la pistola de la cintura de Qiao Bo. Cuando la mano repugnante como rama seca de ese hombre estaba a punto de tocar a Shen Changze su pistola ya estaba apuntando con firmeza contra la parte inferior de ese hombre.
El cuerpo de ese hombre se paralizó al instante. Abrió mucho los ojos y miró a Shan Ming.
Shan Ming tenía una expresión feroz mientras lo miraba con crueldad.
—Shan ¿qué significa esto?
Shan Ming dijo con una voz gélida que todos pudieron oír: —Jim a partir de ahora este niño es mío. Si te atreves a tocarlo siquiera una sola vez, aunque sea un cabello que se le caiga, te cortaré la polla y te la haré comértela.
Jim cambió de expresión, sus ojos se llenaron de malicia. Dio un paso atrás y sonriendo ferozmente dijo: —¿Tuyo? ¿Desde cuándo empezó a gustarte esto también? ¿No eras tú quien me consideraba repugnante?
Shan Ming escupió al suelo: —Puaj. Sigo pensando que eres asqueroso. Él es mi hijo.
—¿Hijo? Jajajajaja ¿hijo?— Jim se sostenía la barriga riendo a carcajadas: —Perro amarillo hipócrita. Simplemente te me adelantaste.
Shan Ming rió fríamente: —Si quieres quitármelo ahora aún no es tarde. ¿Quieres batirte en duelo conmigo?— Le devolvió el arma a Qiao Bo mostrando una feroz intención asesina: —Tú elige el método.
A su alrededor nadie hablaba. El aire estaba tan frío que parecía haberse congelado.
La carne del rostro de Jim pareció distorsionarse por la ira. Lanzó una mirada furiosa a Shan Ming dio media vuelta y se fue.
Que entre los miembros no se permitieran luchas internas era una regla inquebrantable del grupo mercenario. Pero si dos personas se odiaban hasta un punto irresoluble podían batirse en duelo ante el testimonio de todos los miembros, hasta que una de las partes muriera.
Sin mencionar a Jim, dentro del grupo mercenario no había ni una sola persona que se atreviera a aceptar un combate individual contra Shan Ming. Este joven y apuesto muchacho oriental poseía una capacidad de matar otorgada por el diablo.
Aier con una expresión de quien disfruta un buen espectáculo bromeó: —Shan si hay un duelo, sin duda, apostaré por tí.
Shan Ming observó la espalda de Jim parecida a la de un perro callejero y mostró una sonrisa sedienta de sangre: —Ganarás seguro.
Aier cruzó los brazos y alzó una ceja: —Entonces… ¿es tu hijo?
Shan Ming no pudo ocultar el desprecio al mirar al niño que temblaba de miedo de pies a cabeza: —Aunque comparado conmigo en aquel entonces es mucho más inútil… pues supongo que sí.
Aier agitó la mano y dijo a los miembros que los rodeaban viendo el espectáculo: —Ustedes, vayan a hacer lo que tengan que hacer.
Cuando todos ya se habían ido Aier negó con la cabeza: —Esto es diferente a cuando padre te adoptó. No te recomiendo hacerlo.
Shan Ming dio una palmada en el hombro de Aier: —Jefe, hermano. Ya he decidido mantenerlo. Padre logró criarnos con éxito. Creo que yo también puedo criar a un niño, parece bastante divertido. Esto será la buena tradición de nuestro grupo mercenario para tener sucesores.
Los hermosos ojos de un azul profundo de Aier miraban fijamente a Shan Ming como si pudieran ver a través de su corazón: —Aunque siempre dices que vivimos el hoy, que no tenemos mañana, aún así deseas que cuando mueras quede algo en este mundo ¿verdad? Justo como cuando padre murió, pero nos dejó a nosotros.
Shan Ming sonrió y negó con la cabeza. Dio unas palmaditas en el hombro de Aier: —Al no he pensado tanto. Simplemente creo que será divertido. Tranquilo no dejaré que nos estorbe. Si se convierte en una carga para todo el grupo mercenario yo mismo acabaré con él.
Aier suspiró suavemente y esbozó una sonrisa elegante: —Mi caprichoso hermanito…
Peier llevó a Shan Ming a la tienda individual preparada para él y con movimientos ágiles le trató la herida abierta.
Después de que Peier se fuera de la tienda solo quedaron Shan Ming y Shen Changze, uno grande y otro pequeño mirándose sin hacer nada.
El niño se encogió en un rincón, girando su cabecita para examinar toda la tienda. Parecía muy curioso.
Shan Ming golpeó la mesa: —Sírveme un vaso de agua.
El niño se movió lentamente hacia allí, le sirvió un vaso de agua y luego se lo entregó tímidamente.
La atmósfera tensa y hostil entre Shan Ming y aquel hombre flacucho momentos antes aún dejaba una sombra en el corazón del niño. Aunque no entendía lo que estaban diciendo, siempre sentía que tenía relación con él y además que era algo muy aterrador.
Shan Ming bebió el agua y le dijo bruscamente: —Ven aquí.
El niño se acercó arrastrando los pies. Alzó su carita y mirando a Shan Ming dijo en voz baja: —Tío ¿me llevarás a casa?
El rostro Shan Ming se enfrió: —Ya lo dije antes. No te llevaré a casa. Si tus padres estuvieran muertos entonces sí podría enviarte a encontrarte con ellos.
El niño entendió su sarcasmo y se encogió de hombros asustado.
Shan Ming le sujetó la barbilla. Fijó sus ojos en los suyos y dijo palabra por palabra: —De hoy en adelante da por hecho que tus padres están muertos. No volverás junto a ellos. A partir de ahora serás mi hijo.
El niño abrió mucho los ojos y miró a Shan Ming con incredulidad.
Después de decir estas palabras en el corazón de Shan Ming también surgió un sentimiento extraño. De repente le entró curiosidad. Sonrió con malicia: —Di papá. Déjame escucharlo.
Los labios del niño temblaban, la humedad se acumulaba lentamente en sus ojos. De repente apartó la mano de Shan Ming y gritó: —¡Yo tengo papá, tú no eres mi papá! ¡Quiero ir a casa, quiero a mamá!
Shan Ming lo abofeteó sin miramientos. El tierno rostro del niño se hinchó al instante.
La mirada de Shan Ming mostró ferocidad: —¿Ir a casa? Te di a elegir. Quedarte en esa aldea o venir conmigo. En ninguno de los caminos podías volver a casa. Porque eres demasiado débil, no tienes derecho a elegir. Si no quieres seguirme dilo sin rodeos. Te pegaré un tiro y podrás ir a casa.
El cuerpo del niño comenzó a temblar. Sus ojos estaban enrojecidos, su mirada llena de miedo y resentimiento.
Shan Ming rió fríamente: —Si quieres comer bien, vestir abrigado y no ser sodomizado por un pervertido entonces sígueme. Te enseñaré a cómo llenar el estómago y cómo aplastar el cráneo de quienes te amenacen.
El niño temblaba sin control. Las lágrimas le corrían lentamente por las mejillas.
Shan Ming al ver que la intimidación surtía efecto le pellizcó de nuevo la cara y mostró una sonrisa maliciosa: —Di papá.
El niño lo miraba con los ojos borrosos por las lágrimas sin querer abrir la boca
—¿Por qué lloras? Vamos dime papá. Seguirme es tu suerte. En el futuro tendrás montones y montones de dinero, podrás follarte a las chicas más hermosas del mundo, podrás despilfarrar miles en Montecarlo y también podrás retorcer el cuello de las personas que odies. Todo eso es mucho mejor que morir en esa selva virgen devorado por insectos hasta convertirte en lodo.
El niño mordía sus labios. La expresión en su rostro era de odio y miedo a la vez.
Shan Ming le dio unas palmaditas en la mejilla y dijo con tono amenazante: —Dilo. Si no te entrego a ese pervertido de antes. A esa bestia le cuelga una polla más gruesa que tu brazo y tiene cien maneras de torturar a un niño como tú. ¿Quieres probar?
El niño, aunque solo comprendía a medias, al pensar en la mirada con que aquel hombre blanco lo había mirado antes le daba realmente asco y miedo. Por más aterrador que fuera este hombre frente a él al menos hablaban el mismo idioma, al menos lo había salvado, al menos podía darle de comer. Al sopesar ambas opciones los labios del niño se movieron y finalmente de mala gana susurró: —Papá.
Shan Ming echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas: —Vale. Yo Shan Ming he conseguido un hijo sin pagar nada.
Las lágrimas del niño no paraban de caer.
Shan Ming no tenía compasión de sobra para gastar en él. Había pasado todo el día en el vehículo y estaba algo cansado. Se quitó la chaqueta, los zapatos y los calcetines y los arrojó a los pies de Shen Changze: —Lávame la ropa y los calcetines. Ah, sí y límpiame también estos zapatos. El agua y el cubo están afuera. Al salir los verás—. Shan Ming terminó de dar órdenes y se tumbó cómodamente en la cama: —Avísame cuando sea hora de cenar. Si no terminas el trabajo no comes.
El niño apretaba fuertemente el borde de su ropa. Su mirada llena de injusticia y furia estaba clavada en la nuca de Shan Ming como si quisiera taladrar dos agujeros allí. Así estuvo mirando mucho rato, y solo entonces aspirando por la nariz se levantó del suelo tomó en sus brazos la ropa sucia de Shan Ming y salió tambaleándose.