Deseo de caza. Cap. 42. Código Morse.

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Capítulo 42: Código Morse

Al ver lo absorto que estaba, Qin Huaisheng guardó silencio un rato. Antes de marcharse, lo invitó:

—Mañana hay una reunión de sincronización del caso en la brigada. Si tiene tiempo, puede venir a escucharla con nosotros.

Song Mingqi echó un vistazo a su horario de clases y aceptó.

Tras cerrar la puerta, volvió a sacar el informe enviado por el laboratorio estadounidense de pruebas de ADN.

Si antes había esperado con tanta ansiedad los resultados, ahora su ánimo era de una calma absoluta. Porque el desenlace era perfectamente previsible: sabía muy bien que el cabello encontrado en aquel peine no pertenecería a la víctima del caso del edificio de familiares de la mina, sino que debía de ser de Zhou Yuan.

Así que, al rasgar el sobre y encontrarse con un resultado negativo, Song Mingqi no se sorprendió en lo más mínimo.

Aunque seguía teniendo presente el caso 210 de Zhou Ling y Zhou Yuan, los sucesos del edificio de familiares de la mina y del jardín de infancia afiliado habían entrado ya en una fase de análisis intensa y acelerada.

Al día siguiente, Song Mingqi asistió a la reunión de la brigada de investigación criminal en calidad de asesor. No esperaba, sin embargo, que la escala del encuentro fuera tan grande: además de los agentes, acudieron expertos de varias universidades y psicólogos especializados de la policía. Tras el segundo asesinato, la gravedad del caso había llevado a reforzar notablemente los recursos.

Nada más terminar la reunión, se pasó sin demora a la inspección del lugar de los hechos. El jardín de infancia afiliado a Chengguang no estaba demasiado lejos del Instituto de Investigación Minera; varias entidades públicas de la zona enviaban allí a sus hijos. Tras lo ocurrido, el centro anunció la suspensión temporal de las clases. Muchos trabajadores no tuvieron más remedio que llevar a sus hijos al trabajo; el ambiente era de inquietud generalizada y el impacto, enorme.

Song Mingqi recorrió el lugar con cubrecalzado, tomando notas y observando con atención. El nuevo caso, efectivamente, aportaba algunos datos adicionales. Ajustó ligeramente a la baja la estimación de la estatura del sospechoso, aunque el perfil general se mantenía: disfunción sexual, individuo con alta movilidad social, profundo conocimiento del entorno, fuerte conciencia de contravigilancia y antecedentes penales.

A unos trescientos metros del baño se detuvo. Se agachó y señaló una marca reciente de arrastre en el barro.

—¿Esto es…?

Qin Huaisheng se acercó también y se puso en cuclillas.

—Al fin y al cabo, es un jardín de infancia. Los niños tropiezan mucho: algunos se arrastran, otros se caen al caminar. Hay bastantes huellas de este tipo y, por ahora, es difícil asegurarlo.

Song Mingqi ladeó la cabeza y observó un momento.

—Cuando un adulto se cae, suele haber una intención clara de apoyarse para protegerse. Se generan puntos de apoyo más definidos. Podríamos intentar distinguirlas a partir de eso.

Al cabo de un rato volvió a preguntar:

—¿De dónde salió la tiza? ¿Estaba en el bolso de la víctima?

Qin Huaisheng negó con la cabeza y señaló hacia la distancia.

—Probablemente la recogió de por allí. Enfrente están los tablones y murales del colegio.

Por fin, Song Mingqi encontró aquello que llevaba tiempo inquietándolo. En el primer caso había considerado que el uso de las acuarelas podía haber sido un gesto impulsivo, fruto de lo que el asesino encontró en el lugar. Pero en el segundo, el hecho de que el agresor asumiera el riesgo de ser captado por las cámaras para buscar expresamente un trozo de tiza y pintar los labios de la víctima indicaba que no se trataba de algo casual.

Era un acto deliberado, una forma clara de expresión: una firma criminal típica.

Para el asesino tenía un significado extremadamente importante, y muy probablemente constituía la clave para resolver el caso.

Sin embargo, Song Mingqi seguía sin tener una idea clara al respecto.

Desde lo ocurrido con Zhou Ling, parecía haber empezado a dudar con frecuencia de su propia intuición; otras veces, en cambio, se precipitaba demasiado. No estaba satisfecho con su estado actual. Si el profesor Xiong estuviera allí… siempre sabía ofrecer orientaciones precisas y valiosas.

Cuando terminó el trabajo con la policía, tomó una decisión impulsiva y decidió conducir hasta casa de su antiguo profesor para visitarlo.

Xiong Xi vivía en un complejo residencial para familiares al este de la Universidad de Guangnan. Aunque los edificios eran algo antiguos, el recinto separaba bien peatones y vehículos, era tranquilo y estaba bien ajardinado. Song Mingqi aparcó fuera, tomó una bolsa con leche y una cesta de fruta y pulsó el timbre.

Se oyó el sonido de conexión del portero con cámara, que se cortó enseguida. Quien abrió fue Yuan Guiyun.

—Ay, Xiao Song… —estaba cocinando; se limpió las manos en el delantal y lo hizo pasar—. ¿Cómo se te ocurre venir sin avisar? De haberlo sabido, habría preparado un par de platos más.

—Tía —respondió Song Mingqi con una sonrisa—. No hace falta que se moleste. Me acordé del profesor de repente y me acerqué.

Yuan Guiyun sonrió también; en las comisuras de los ojos se le marcaron varias arrugas.

—Con lo mayor que eres, y sigues viniendo como un crío.

—¿Usted y el profesor se encuentran bien de salud?

—Bien, bien. ¿Acaso no sigue dependiendo de mí? ¡Así que tengo que estar bien a la fuerza! —dijo mientras caminaban hacia el salón—. Tu profesor está en el balcón. Ve a charlar un rato con él; yo voy a lavar unas verduras.

Song Mingqi dejó las cosas.

—Entonces voy a saludar primero al profesor Xiong y luego vengo a ayudarla.

Yuan Guiyun le hizo un gesto con la mano y entró en la cocina.

Song Mingqi se dirigió al pequeño balcón. El piso, de apenas setenta metros cuadrados, estaba cuidado con esmero por Yuan Guiyun: no era lujoso, pero rebosaba luz y olía a limpieza. En el estudio, una estantería entera de libros especializados –la colección que Xiong Xi había reunido antes de enfermar–; los recortes que había hecho antaño estaban doblados con cuidado y guardados en cajas de cartón.

En su juventud, Xiong Xi había estado absorbido por el trabajo y apenas había atendido a su familia. La relación con su hijo había sido distante y tensa; el muchacho vivía en el extranjero y apenas regresaba. Así que él y Yuan Guiyun llevaban una vida tranquila, visitados sobre todo por antiguos alumnos.

Song Mingqi encontró enseguida a Xiong Xi en el pequeño balcón. Su cabello había encanecido aún más, pero su semblante parecía bueno. Tenía una manta ligera sobre las piernas y estaba sentado en un sillón de mimbre, con los ojos cerrados, tomando el sol. A su lado, sobre un taburete bajo, había una radio con antena extendida que transmitía las noticias con una dicción clara y firme.

Song Mingqi bajó la voz.

—Profesor Xiong.

Xiong Xi abrió los ojos lentamente. En cuanto lo reconoció, sus rasgos se animaron de inmediato; por desgracia, ya no obedecían del todo a su voluntad: el ojo torcido, la boca desviada. Aun así, Song Mingqi pudo ver con claridad lo contento que estaba.

Arrastró un pequeño taburete y se sentó a su lado. Las plantas frondosas del alféizar filtraban parte de la luz directa del sol, pero aun así el resplandor resultaba inevitablemente intenso.

—¿Te da el sol? ¿Quieres que corra un poco la cortina?

Xiong Xi emitió un par de sonidos guturales y luego agitó la mano con un movimiento mínimo.

En el patio exterior trepaba una parra; a través de la ventana flotaba el olor ácido de las uvas aún verdes. Song Mingqi se quedó un rato acompañándolo al sol, dudando, sin saber por dónde empezar.

—En el jardín de infancia afiliado a Chengguang ha ocurrido de nuevo un homicidio. Se ruega a cualquier persona con información que aporte pistas…

La voz neutra del locutor de la radio provocó de pronto una reacción intensa en Xiong Xi. Buscando a tientas sobre el muslo de Song Mingqi, encontró su mano y la aferró con torpeza, temblorosa, mientras emitía sonidos ahogados.

—Sí… precisamente por eso he venido a verle —dijo Song Mingqi, apretando con fuerza aquella mano arrugada que no dejaba de estremecerse, y sonriendo para tranquilizarlo—. Es culpa mía… nunca vengo, y cuando lo hago es solo para pedirle que me ayude a despejar mis problemas.

Xiong Xi se calmó y lo miró en silencio.

En realidad, Song Mingqi tenía demasiadas cosas que quería contarle. Quería hablarle del caso 210 que tanto le preocupaba, contarle que había conocido al hermano de Zhou Yuan, un joven que, tras un largo silencio, había dado un paso temerario y estaba planeando algo enorme; quería comentar los casos del edificio de familiares de la mina y del jardín de infancia de Chengguang, preguntarle por esas acuarelas que no lograba descifrar, saber en qué punto fallaba su perfilado.

También quería preguntarle si su empeño constante en vigilar a alguien como Zhou Ling –con la esperanza de anticiparse al crimen a partir de los indicios psicológicos– no era, en el fondo, una dirección equivocada.

Pero frente a Xiong Xi, de pronto, no pudo abrir la boca.

Wu Guan saldría de prisión el mes siguiente. No había forma de impedirlo. Y con el estado físico actual de su maestro, menos aún. ¿Para qué hacerlo preocuparse en vano?

Al final, Song Mingqi solo preguntó:

—Profesor… ¿Qué tipo de persona cree usted que pintaría un cadáver con azul y marrón? Más o menos la parte inferior del rostro: los labios y la barbilla.

Xiong Xi se quedó inmóvil, con la mirada perdida. Tras un largo rato, emitió dos sonidos apagados. Song Mingqi no logró entenderlo, así que le acercó el cuaderno y el bolígrafo que había al lado.

Los dedos de Xiong Xi ya no podían sujetar bien el bolígrafo. Con trazos torcidos, dejó en el papel dos líneas curvas, vagamente parecidas a unos labios. Song Mingqi las observó un momento y señaló una de ellas.

—¿Esto es…?

Xiong Xi, inquieto, volvió a agarrar el bolígrafo y trazó dos líneas verticales, como si quisiera escribir algo. Pero las letras requerían una precisión que ya no tenía. Cuanto más se esforzaba, más fuerza aplicaba, hasta que terminó perforando el papel por detrás.

Temiendo que se hiciera daño, Song Mingqi se apresuró a sujetarle el dorso de la mano para detenerlo.

—Está bien, está bien, profesor… ya lo entiendo. De verdad, lo he entendido.

Asintió varias veces y añadió, con cautela:

—Profesor… hay otra cosa…

Temiendo sonar demasiado sentimental, dudó un instante antes de formularlo.

—Hay alguien que ha sido muy bueno conmigo, pero quizá siente que no pertenecemos al mismo mundo. Últimamente me evita, no quiere verme; incluso se mudó y ya no contesta al teléfono. ¿Cómo puedo encontrarlo?

Xiong Xi lo miró durante largo rato antes de bajar la cabeza. Esta vez dibujó durante más tiempo, concentrado, intentando controlar el temblor de los dedos. Cuando el cuaderno volvió a manos de Song Mingqi, vio en la página un corazón irregular, torcido, pero todavía reconocible.

Al marcharse de casa de Xiong Xi, Song Mingqi se llevó consigo aquella hoja de papel.

No sabía si, en su estado actual, el profesor había comprendido realmente su pregunta. Tal vez aquella era la respuesta. Tal vez no era más que un conjunto de símbolos sin sentido.

Por suerte, la brigada no dependía por completo del perfilado psicológico; los métodos tradicionales de investigación seguían avanzando de forma ordenada, sin cargarle demasiada presión. Aun así, el asesino que no lograban encontrar y Zhou Ling, desaparecido sin dejar rastro, agravaban cada vez más su insomnio.

Ahora, en momentos así, el modelo del espectrofotómetro había sustituido al viejo bolígrafo de muelle: presionar el interruptor siempre lograba calmarlo poco a poco.

La luz del laboratorio se encendía y se apagaba.
Se encendía y se apagaba.

En un abrir y cerrar de ojos, faltaban solo diecisiete días para que Wu Guan saliera de prisión.

Lo único digno de celebrarse era que, durante ese tiempo, el trabajo de Song Mingqi en la universidad había ido un poco mejor. El comité de ética académica finalmente reconoció los datos originales que él había presentado, demostrando su inocencia en el plano académico. Tras eso, el proceso de admisión de doctorados se puso en marcha y concluyó con una victoria clara para su parte.

La vida siguió como siempre. Solo que, como suele decirse, nuevos gobernantes traen nuevos favoritos. Aquel investigador repatriado del extranjero regresó al país rodeado de prestigio; a partir de los rumores que circulaban por el instituto, Song Mingqi fue entendiendo poco a poco sus conexiones: al parecer, era el discípulo predilecto del nuevo decano.

No llevaba mucho tiempo incorporado cuando ya se hizo cargo de la Asociación de Promoción Académica Juvenil del instituto. Esa noche organizó expresamente un pequeño salón en un bar lounge, invitando a varios investigadores jóvenes y prometedores a beber y charlar, compartiendo supuestamente los avances científicos más recientes.

Song Mingqi también estaba entre los invitados. Antes no había tenido trato con aquel alumno favorito del decano; solo tenía la impresión de que debía de ser un investigador con gran capacidad académica, de lo contrario no habría podido ocupar un puesto en UCLA antes de regresar al país. A causa de su insomnio, pensó que quizá salir, conversar un poco y beber algo podría ayudarle a dormir mejor esa noche.

Sin embargo, una vez allí, Song Mingqi se dio cuenta de que no debía haber venido. La reunión estaba saturada de autobombo y adulaciones mutuas; de los avances reales en investigación internacional que a él poco le interesaban, no oyó absolutamente nada.

Al poco rato ya estaba harto, pero en un salón tan pequeño, marcharse antes incluso de que el asiento se calentara resultaba de mala educación. Así que se refugió en un rincón y sacó el móvil para hojear la última portada de Nature Human Behaviour.

Esa calma tampoco duró mucho. Pronto, dos perneras de traje impecablemente planchadas se detuvieron frente a él. Song Mingqi alzó la vista y descubrió que se trataba precisamente del joven investigador recién llegado del extranjero, Chang Shurui.

—El profesor Song, ¿verdad? —Chang Shurui era alto y delgado; quién sabe por qué las hamburguesas de carne en el extranjero no lo habían engordado en absoluto. Sus pantalones parecían medio vacíos.

—Sí —respondió Song Mingqi con cortesía, sin levantarse ni hacerle espacio alguno. No tenía la menor intención de profundizar en la conversación.

Sin embargo, Chang Shurui, copa en mano, se sentó directamente pegado a su hombro, obligándolo a desplazarse hacia el reposabrazos.

—Acabo de regresar de Estados Unidos y, para ser sincero, aún no conozco bien el funcionamiento de la Asociación de Promoción Académica Juvenil. Pero como el decano me lo ha encargado, no puedo sino aceptarlo con gusto. Espero que, de ahora en adelante, el profesor Song participe más y nos ofrezca sugerencias.

Chang Shurui mostraba una sonrisa afectuosa claramente forzada.

—En ese caso, hablaré con franqueza —dijo Song Mingqi mirándolo—. Creo que sería mejor elegir un espacio más formal y debatir cuestiones académicas con verdadero valor.

El rostro de Chang Shurui se tensó un instante, pero enseguida recuperó la sonrisa.

—Tal vez he traído de vuelta algunas costumbres de UCLA, un poco de choque cultural. La próxima vez tendré en cuenta las opiniones de todos.

Song Mingqi asintió y no dijo nada más. Bajó de nuevo la cabeza para continuar leyendo la portada de la revista.

Chang Shurui lo observó durante un rato, sintiéndose incómodo pero sin ganas de marcharse tan fácilmente. Al cabo de un momento volvió a hablar:

—He oído que al anterior decano le gustaban mucho tus resultados. Yo también he leído algunos de tus artículos. El más reciente, sobre si la capacidad de adaptación a las normas de equidad es heredable y predecible, me pareció muy interesante. ¿Cuánto tiempo seguiste a los sujetos del experimento?

Song Mingqi no levantó la vista. Respondió con tono llano:

—Ocho años.

Chang Shurui se mostró ligeramente sorprendido. Era una cuestión muy avanzada, además de figurar entre los veinticinco problemas científicos más desafiantes señalados por Science. Song Mingqi había comenzado la investigación ya en la etapa de posgrado, y realmente había dedicado ocho años completos.

—Eso es mucho tiempo. Tienes mucha paciencia.

—Es lo básico —dijo Song Mingqi, pasando otra página—. Quienes hacemos investigación psicológica, si no hemos vivido varias vidas nosotros mismos, y aun así no somos lo bastante humildes como para observar las vidas ajenas, si no ampliamos el horizonte temporal para obtener datos fiables… ¿eso no es simplemente fraude académico?

Chang Shurui se quedó sin palabras. Observó la expresión de Song Mingqi: parecía limitarse a exponer un hecho, sin intención alguna de ser mordaz o sarcástico.

Vaya bicho raro, pensó.

—Tienes razón —dijo finalmente Chang Shurui, forzando una sonrisa rígida—. Pero he oído que el profesor Song también colabora con la policía, en investigación de psicología criminal.

Song Mingqi al fin levantó la vista y lo miró.

—La verdad es que no sé mucho sobre ese tipo de trabajo como consultor —continuó Chang Shurui—. ¿La remuneración es generosa?

Song Mingqi frunció el ceño.

—Unos pocos miles en honorarios, más o menos.

—Entonces no lo entiendo —dijo Chang Shurui—. Aunque no sea por dinero, al menos debería ser por prestigio. Ese tipo de trabajo no aporta gran cosa ni al desarrollo de la universidad ni a tu reconocimiento personal. Ahora todo el mundo habla de centrarse en la responsabilidad principal. Creo que el profesor Song debería plantearse qué es lo prioritario.

Esa no era una opinión aislada. Song Mingqi ya había oído comentarios similares de otros profesores del instituto, que no comprendían su colaboración con la policía. A veces incluso acudían a buscarlo en coche patrulla, causando revuelo y cierta alarma en el campus, lo que también despertaba quejas.

Pero el conocimiento no existe para ser monopolizado, sino para ponerse al servicio de más personas. Enseñar era así; asesorar, también.

Song Mingqi no entendía muy bien a qué quería llegar Chang Shurui.

—Para mí, ambas cosas son importantes —dijo al fin, levantándose con visible impaciencia mientras se ajustaba los gemelos—. Desde pequeño he tenido una idea clara: no pienso cederle el mundo a los criminales, ni la academia a los mediocres. Creo que, hasta ahora, lo estoy haciendo bastante bien.

Rodeó las piernas larguiruchas de Chang Shurui.

—Con permiso.

Ante la mirada atónita del otro, se sentó con aire despejado en la barra, donde por fin pudo beber tranquilamente a solas.

La barra estaba casi vacía. A su izquierda había dos personas conversando. Él se sentó dejando dos asientos de por medio. Tras un rato, vio que uno de ellos se levantaba con un sobre de papel kraft en la mano y se marchaba, quedando solo el otro bebiendo.

Un poco después, Song Mingqi notó que aquel hombre parecía mirarlo. Al devolverle la mirada, descubrió que en realidad estaba hablando por teléfono en su dirección. Tenía unos rasgos muy llamativos: ojos alargados como hojas de sauce, una pequeña peca en el lado derecho del puente de la nariz y una sonrisa permanente que transmitía cercanía. Alcanzó a oír vagamente que decía algo como «abogado Fang».

Le pareció descortés estar escuchando, así que apartó la vista.

Con la idea de dormir bien, y sumado al ambiente insoportable, bebió copa tras copa sin moderación. Cuando se dio cuenta de que estaba demasiado borracho, el mareo ya lo dominaba. Corrió al baño a vomitar, pidió luego un vaso de agua con limón al barman, pero aun así no tardó en desplomarse, apoyando la cabeza sobre los brazos.

Poco después de la medianoche, un coche se detuvo frente al bar. El hombre que se sentaba a dos asientos de Song Mingqi parecía haber encontrado por fin a quien esperaba. Golpeó la barra con los dedos y llamó al barman para pagar.

El barman, sin embargo, se quedó mirando a Song Mingqi de arriba abajo durante un buen rato antes de acercarse.

—¿Qué le pasa? —preguntó el hombre, estirando el cuello.

—Este señor está muy borracho. No hay manera de despertarlo —respondió el barman, desconcertado—. Ha bebido bastante, pero no alcohol fuerte… Además, estamos a punto de cerrar y no sabemos qué hacer con él.

—¿Vino solo?

El barman sonrió con incomodidad.

—Venía con un grupo, pero parece que no encajaba mucho. Los demás se han ido marchando y nadie se dio cuenta de que él seguía aquí.

—Vaya, qué poco popular —rió el hombre, señalando el móvil de Song Mingqi—. Desbloquéenlo con su huella y busquen un contacto para que venga a recogerlo.

El barman dudó.

—Ahí está el problema… Su agenda está llena de puntos y rayas. No entendemos nada.

Interesante.

El hombre se acercó y echó un vistazo al móvil.

El navegador estaba repleto de páginas como Psychological Bulletin o Nature Communications, sitios académicos de altísimo nivel. En cuanto a la agenda y los nombres en WeChat…

El hombre observó un rato con expresión indescriptible y señaló un número.

—Llamen a este.

El barman se quedó mirando aquella sucesión indistinguible de puntos y líneas.

—¿Por qué a este? ¿Qué significan?

Antes de que pudiera responder, alguien gritó desde la entrada:

—¡Ren Yu!

El hombre cogió su abrigo de inmediato y sonrió al barman.

—Llame, ya verá—. Luego se apresuró hacia la puerta.

—¿Por qué has tardado tanto? —le preguntó el hombre que lo esperaba fuera, con un abrigo largo, hombros anchos y piernas rectas que atraían las miradas de todo el local. Sin embargo, solo tenía ojos para quien se acercaba, y abrió los brazos con naturalidad.

Ren Yu lo tomó del brazo, entusiasmado.

—¡Fang Yingli, acabo de encontrarme con un borracho súper interesante!

—¿Ah, sí? ¿En qué sentido?

—Usa código Morse para los nombres de su agenda. Ha dejado al barman completamente perdido, sin saber a quién llamar para que lo recoja —dijo Ren Yu, gesticulando con emoción—. Yo no soy así. Si me emborrachara, mis amigos jamás me dejarían tirado. El barman podría marcar cualquier número y esa persona vendría a buscarme, ¿no? Al fin y al cabo, tengo tan buena relación con todo el mundo.

Fang Yingli no supo en qué momento aquella historia se había convertido en una autoalabanza.

Entrecerró los ojos.

—Entonces, ¿quieres decir que, si te emborracharas, aceptarías irte a casa con cualquiera de tu agenda?

Ren Yu captó al instante el peligro en su tono y activó su instinto de supervivencia.

—¡Eh, espera, aún no he terminado! Además, el barman no se equivocaría nunca, porque a ti te tengo guardado como “marido”. Serías el primero al que llamaría, así que quien viniera a recogerme serías tú. No como este borracho tan abstracto… Mira cómo tiene guardado a su esposa.

Con el dedo, dibujó cinco rayas cortas en la palma de Fang Yingli.

– – – – –

—¿Eso es…? —Fang Yingli arqueó levemente una ceja—. ¿El número cero?

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