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Lu Kongyun le explicó por encima a Dai Lanshan su hipótesis sobre la “conexión sensorial” entre gemelos.
Dai Lanshan lo escuchó pensando que antes había oído que el segundo joven maestro Lu era un Alfa que ni siquiera necesitaba llevar pulsera inhibidora, y había creído que era una rareza dentro de la familia Lu. Ahora veía que no era que no hubiera llegado el momento: era que aún no había terminado de volverse loco. Cuando tocaba, se ponía una pulsera… y dos además.
—¿En qué estás pensando exactamente? —preguntó—. ¿Cuando la ciencia no te funciona, empiezas a tirar de superstición?
—Si prestas atención de manera constante a un asunto, los detalles de la información relacionada se van acumulando en tu cerebro de una forma que apenas percibes. Y llega un día en que, con un mecanismo parecido a la intuición, guían tu comportamiento para aumentar la probabilidad de alcanzar un objetivo. Atribuirlo sin más a la superstición y decir que “la fe mueve montañas” va en contra del espíritu científico —respondió Lu Kongyun.
—Ajá, o sea… que como estabas empeñado en encontrar al gemelo de un viejo conocido, la fe te iluminó, tu intuición científica te guió y así encontraste a Hao Dali —dijo Dai Lanshan, intentando mantener una expresión seria, aunque las aletas de la nariz se le hinchaban de lo mucho que se estaba conteniendo.
Lu Kongyun le lanzó una mirada, sin prestar la menor atención a su tono ni a su gesto.
En los datos a los que Lu Kongyun había estado prestando atención últimamente, los relacionados con el país M y el océano ocupaban la mayor parte. Antes, cuando fue a Jiangcheng a buscar pistas, un taoísta que pasaba por allí le dijo una frase suelta: «Te conviene el sur».
En ese momento, él pensó en la búsqueda de personas. Así que cuando Dai Lanshan comentó que iba a venir a una subasta en Hong Kong, en el país C, para comprar un rosario de cuentas de jade, pensó que Hong Kong estaba al sur de Jiangcheng… y vino.
El rosario le evocó la religión y las palabras de aquel taoísta; la subasta le daba la oportunidad de embarcarse en ese crucero del país M que navegaba en alta mar. Así que, casi por reflejo, pujò por el rosario… y fue entonces cuando, en el barco, se encontró con el gemelo de Yu Xiaowen.
Que la atención sostenida vaya hilando conexiones entre las cosas, ¿no es también una forma de intuición? Una obsesión que se equivoca muchas veces, que atraviesa incontables esfuerzos inútiles y que al final obtiene una respuesta… ¿Cómo no va a ser ciencia?
Lu Kongyun echó un vistazo a los documentos sobre corrientes oceánicas que había sobre la mesa. Tras pensarlo un momento, decidió que de momento no los necesitaba; los guardó en el compartimento lateral de la maleta.
—Piénsalo —volvió a advertir Dai Lanshan—. Que unos gemelos separados durante tantos años se parezcan tanto suena demasiado a historia inventada. Con la tecnología actual, hacerse una cara parecida es facilísimo. Quién sabe si ese tipo no averiguó algo y vino directamente a por ti. Ten en cuenta quién eres, ve con cuidado.
Los papeles en manos de Lu Kongyun crujieron levemente.
Entonces se volvió hacia Dai Lanshan.
—Los Alfa son como perros, y yo soy un perro entre perros. No me equivoco al reconocer a alguien. A la persona que busco, no puedo confundirla.
Dai Lanshan se rascó la nuca.
—Oye… ¿no acabas de decir que al principio casi te equivocas?
—Cada persona, por su entorno de vida y su constitución innata, desarrolla un tono al hablar, unos gestos, un olor propios. Por muy parecidos que sean dos individuos, siempre habrá diferencias; y cuanto más minúsculas son esas diferencias, más difícil es que coincidan. Pero estos dos hermanos crecieron en entornos completamente distintos y, aun así, los detalles de su expresión y su forma de hablar son idénticos. Precisamente por eso, al principio casi los confundí. Y eso es lo que demuestra que, sin duda, son gemelos monocigóticos separados por la distancia, con un grado de entrelazamiento cuántico extraordinariamente fuerte.
Dai Lanshan miró el rostro absolutamente serio de Lu Kongyun, con expresión de académico entregado.
—…
—No será que me miras por encima del hombro porque no entiendo ni una palabra de lo que dices, ¿no?
Lu Kongyun guardó silencio un instante.
—No. Simplemente no es tu campo. Si te interesa, puedes buscarlo por tu cuenta. Existen artículos académicos reales al respecto.
—No me interesa saberlo —Dai Lanshan soltó una risa—. Pero no digas luego que no te advertí. Tras completar una misión, fingir la muerte o desaparecer para marcharse a otro país es algo muy común. En M hay muchos agentes así. Ese tal Hao Dali no es nada simple; su identidad es muy sospechosa. Puede que de verdad sea la persona que buscas, pero quizá no sea ningún “viejo conocido”, sino un estafador.
Tras decir eso, Dai Lanshan sintió de inmediato la gélida aura de ultratumba del coronel, aun llevando ya dos pulseras inhibidoras.
—¿Has pensado que estás manchando el nombre de un policía caído en acto de servicio? —dijo Lu Kongyun—. No hagas conjeturas sobre alguien a quien no conoces en absoluto.
Dai Lanshan agitó la mano.
—…En realidad, quién sea o deje de ser no me importa. Mientras tú estés contento, vale. Dame el rosario y ya está. ¿Qué necesitas que haga exactamente? ¿Llamarlo para concertar una cita? ¿Algo más?
—Además —continuó Lu Kongyun—, tú no te llevas bien con él, pero él sabe que tú y yo nos conocemos. Así que compórtate de manera cordial, reconcíliate, elimina sus recelos. Necesito que acepte hacerse una prueba de ADN conmigo y que luego regrese al país S para colaborar en algunos experimentos de respuesta sensorial en el laboratorio cuántico. Yo me ocuparé de él como de un hermano. Voy a ponerme en contacto cuanto antes con un centro para las pruebas de ADN.
—…¿Laboratorio cuántico? ¿Experimentos de respuesta sensorial?
Antes de marcharse, Lu Kongyun seguía intranquilo y volvió a advertirle con una paciencia poco habitual, como si hablara con un Alfa rabioso y peligroso:
—Dai Lanshan, esta es mi única oportunidad ahora mismo. Si tampoco funciona, de verdad no sé qué haré. Compórtate y no me lo arruines.
—Ajá, claro —respondió Dai Lanshan con una risa seca.
—Gracias.
Lu Kongyun cerró la puerta.
Aquel día había dicho más palabras que en los dos años anteriores juntos. Era evidente que estaba realmente excitado.
Dai Lanshan pensó que un médico enloquecido daba más miedo que un maldito charlatán.
Yu Xiaowen daba vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Si solo se tratara de Lu Kongyun, aún podría considerarse un reencuentro “ligero”. ¡Pero resulta que además conocía a Dai Lanshan, ese imbécil insoportable!
Dai Lanshan era de los que no sueltan presa. Desde que Ye Yisan regresó del país S, aparecía a menudo para acosar, investigar, meter las narices. La identidad de Ye Yisan no era nada simple; incluso lidiar con él resultaba complicado. Si Dai Lanshan conocía a Lu Kongyun y, además, su verdadera identidad quedaba al descubierto, entonces él mismo, Ye Yisan, e incluso el desdichado hermano mayor de la familia Dai acabarían implicados. Todos correrían peligro de muerte.
Y esos dos, precisamente, podían contarse entre las personas que le habían salvado la vida.
Cuanto más lo pensaba, más se le tensaban los nervios, como si una cuerda en su cabeza estuviera a punto de romperse. ¿Le habría preguntado Dai Lanshan a Lu Kongyun algo sobre él? ¿Habría descubierto ya algo? El sudor frío empezó a empaparlo.
—Hermano, ¿estás bien? —preguntó Daguang—. Da la impresión de que llevas horas dándote la vuelta como una tortita.
—…Estoy bien, es que no me acostumbro a la cama —respondió Yu Xiaowen—. ¡Duerme ya!
Forzó el cuerpo a quedarse quieto durante un rato.
Apenas había pasado un momento cuando Dai Lanshan tomó la iniciativa de buscarlo: utilizó el sistema de llamadas internas y marcó directamente a su habitación.
—[Hao Dali, ¿mañana tienes tiempo?]
Yu Xiaowen se puso en guardia al instante; el corazón le dio un vuelco.
—¿Para qué?
—[Lu Kongyun dice que quiere invitarte a comer] —la voz de Dai Lanshan destilaba una risa maliciosa en cada sílaba—. [Hay cosas de las que quiere hablar contigo. Yo iré de acompañante, para mostrar buena voluntad.]
—¿Ah…? —Tardó un buen rato en reaccionar; el cerebro le iba a toda velocidad, tratando de encajar la situación.
—[Dice, dice que]… —Dai Lanshan no pudo contenerse y estalló en carcajadas antes de continuar—. [Dice que eres el hermano gemelo de un viejo amigo suyo que murió.]
Yu Xiaowen se quedó en silencio completamente sorprendido.
—…¿¿¿Cómo???