No disponible.
Editado
Cuando Yu Xiaowen terminó de ducharse, la ropa todavía no se había secado del todo. Pero no era quisquilloso: le dio pereza esperar y se la puso húmeda sin más. Salió del baño con una toalla apoyada sobre la cabeza.
Vio a Lu Kongyun exactamente igual que antes de que él se duchara: sentado al borde de la cama, con la taza de té que Yu Xiaowen le había preparado entre las manos, mirando hacia abajo.
Mientras se secaba el pelo, Yu Xiaowen dijo, medio en broma:
—¿Eh? ¿No te has movido en todo este rato? ¿No se te cansa el cuello?
Lu Kongyun dejó entonces la taza sobre la mesa y giró la cabeza para mirarlo.
—Ven aquí.
Yu Xiaowen se acercó y se sentó a su lado, sobre la colcha.
—Vale. Ya estoy aquí —dijo, sonriendo, con la toalla aún colgándole de la cabeza.
La mirada de Lu Kongyun estaba algo perdida. Lo observó y, lentamente, desplazó los ojos hasta la toalla blanca sobre su cabeza, como si hubiera caído en algún recuerdo.
—Esto es un sueño, ¿verdad? —dijo Lu Kongyun.
—¿Hm? —Yu Xiaowen parpadeó y respondió con un tono ligeramente malicioso—. Sí, es un sueño.
Lu Kongyun lo miró un rato más.
—Otra vez estoy soñando.
¿Otra vez?
—Sí —respondió Yu Xiaowen en voz baja, siguiéndole el juego—. Los dos estamos soñando. ¿Qué te gustaría hacer?
Lu Kongyun pareció pensarlo en serio durante unos segundos. Luego levantó lentamente el brazo y apoyó la mano sobre la toalla, frotando con cuidado, como si le estuviera secando el pelo.
—…
La presión suave y el contacto en la cabeza hicieron que a Yu Xiaowen se le llenaran los ojos de un escozor inesperado. Encogió el cuello y le sujetó la mano.
—N-no hace falta… Tú… ¿no tenías algo que decirme?
Lu Kongyun se detuvo un instante. Bajó un poco la mirada y se encontró con la suya, inexplicablemente ausente.
—Vas a hablar de lo de mi hermano gemelo, ¿no? —dijo Yu Xiaowen, agitando la mano delante de sus ojos—. Entonces… señor Lu, ¿usted y mi hermano se conocen mucho?
Lu Kongyun alzó apenas los párpados, como si despertara de pronto.
—¿Y tú qué crees? ¿Qué relación piensas que tenemos?
De manera extraña, como si hubiera perdido de repente la noción de la distancia personal, se acercó aún más. Yu Xiaowen, por reflejo, levantó la mano y se tocó la nuca vacía. El gesto se congeló un instante; enseguida fingió rascarse y bajó la mano con rapidez.
Lu Kongyun observó todo el movimiento. Yu Xiaowen se recompuso al instante y adoptó un tono despreocupado:
—He oído decir al señor Dai que es policía. Yo creo que, al fin y al cabo, usted tiene un estatus tan alto, y mi hermano no es más que un agente normal… Así que entre ustedes, supongo que… eh… será solo una relación de trabajo, ¿no?
—Una relación de trabajo —repitió Lu Kongyun.
Lu Kongyun repitió esas palabras y dejó escapar una leve risa nasal.
Pasó un buen rato antes de que alzara la mano. Por el rabillo del ojo, Yu Xiaowen vio cómo los dedos del otro se curvaban y atrapaban el borde de su cuello de la camisa; con dos dedos, despacio, fue retirando las gotas de agua que habían quedado en el pliegue del tejido.
Al mismo tiempo, dijo:
—Sí. Supongo que puede decirse así. Él me ordena lo que sea… y yo lo hago.
Yu Xiaowen se quedó en silencio.
La sensación fue como si alguien le hubiera deslizado un puñado de pelos de perro por dentro del cuello. Desde la nuca hasta la espalda baja, un cosquilleo punzante le recorrió todo el cuerpo.
—¿Quieres saber qué cosas me ordena? —preguntó Lu Kongyun.
—¿Él… él le da órdenes a usted? —Yu Xiaowen ya no sabía qué decir. ¡La retribución kármica había llegado!—. No… no tengo muchas ganas de saberlo. Al fin y al cabo, no tiene nada que ver conmigo.
Un momento después, se enderezó y lo miró de frente.
—Aunque no sé qué es exactamente lo que quiere decirme, quiero dejar algo claro primero: no necesito ayuda. Señor Lu, hoy será mejor que descanse pronto. Yo también me voy. —Yu Xiaowen se levantó.
—¿Ir adónde? —preguntó Lu Kongyun.
—A mi camarote, claro. A dormir.
El otro entrecerró los ojos. Y, de repente, Yu Xiaowen fue levantado en el aire y arrojado sobre la cama.
—¡Ah!
Inmediatamente, otro peso cayó sobre él. Una nariz se apoyó en su nuca suave y sensible, aspirando con fuerza.
Como una marea súbita, la sensación le inundó el cuerpo. Yu Xiaowen arqueó la espalda y ahogó el grito en la garganta.
¿¡Cómo!? ¿¡Así, de repente!?
La voz del otro, grave y ronca, sonó junto a su oído:
—Yu Xiaowen.
¡¡¡…!!!
Ese nombre, que no había escuchado en casi dos años, golpeó de lleno sus nervios. El vello de todo su cuerpo se le erizó al instante.
—Estás muerto… —murmuró Lu Kongyun.
Yu Xiaowen se revolvió enseguida hacia un lado.
—¡Señor Lu! ¡Se equivoca de persona! ¡Yo, yo soy Hao Dali! ¡El guardia de seguridad!
El otro se lanzó sobre él, lo atrapó y lo arrastró de vuelta; luego se montó encima y volvió a inmovilizarlo.
—Voy a… matarte.
—¡Despierte! ¡Esto no es un sueño! —Yu Xiaowen se apoyó contra su cuerpo y empezó a hablar a toda velocidad, intentando hacerlo entrar en razón—. ¡Las deudas tienen dueño, yo solo soy el gemelo de ese tipo! ¡Yo… mnh…!
—¿Quién eres? —preguntó el otro—. ¿Eh? Dime, ¿quién eres?
Parecía no escuchar ninguna explicación. Su tono era estable, incluso suave, pero el cuerpo con el que lo oprimía se volvía cada vez más implacable, amasándolo como si fuera una masa. Dolía; y, en medio del dolor, había algo más, algo peligroso. Tan peligroso que Yu Xiaowen, avergonzado, reaccionó, dejando escapar un gemido bajo.
Sin darse cuenta, acabó consintiendo aquella borrachera convertida en venganza onírica contra un estafador imaginario. Aunque se sentía descarado, con las orejas ardiendo, se frotó en silencio contra las sábanas bajo el peso del otro.
Durante un instante, sólo se escuchó la respiración entrecortada de ambos.
Cuando Yu Xiaowen apretó los dedos con fuerza y, con la mirada perdida, se quedó observando el halo de luz de la lámpara de la mesilla, a punto de no aguantar más, oyó cómo el otro tragaba saliva con dificultad. De pronto, Lu Kongyun se giró hacia un lado, cubriéndose la boca con ambas manos, y cerró los ojos con fuerza.
Yu Xiaowen, todavía insatisfecho, se movió un par de veces más y lo miró.
—…
—Yu Xiaowen. No vas a ninguna parte. Espera a que se me pase la borrachera —dijo Lu Kongyun con una voz que contenía las náuseas, soltando una risa fría—. Estás muerto.
Este borracho… daba un poco de miedo de verdad.
Yu Xiaowen ajustó la pulsera y volvió a reprimir aquella sensación. Miró los párpados enrojecidos que temblaban frente a él y se acercó un poco más.
—¿Tan grave es? ¿Hizo Yu Xiaowen algo tan, tan malo?
Lu Kongyun abrió los ojos y lo clavó con una mirada roja.
—Lo que hiciste lo sabes tú mismo. Querías que no pudiera vivir en paz.
—… ¿Tan grave? —Yu Xiaowen se atragantó un poco y volvió a tocarle la punta de la nariz—. Yu Xiaowen sí que fue un bastardo, un gran mentiroso. Pero seguro que deseaba que vivieras muy bien, que tuvieras una vida larga.
—…
Lu Kongyun guardó silencio un rato.
—¿Te fue bien? —Le preguntó con voz baja.
Bastaron esas palabras para que, de pronto, el ánimo de Yu Xiaowen se viera sacudido; el corazón le tembló y los recuerdos que había evitado a propósito brotaron sin control desde el fondo de su pecho.
Se giró de inmediato, dándole la espalda a Lu Kongyun.
Controló el temblor de sus hombros.
—Te fue bien. Engordaste un poco. Tienes buen color —dijo Lu Kongyun, respondiéndose a sí mismo con frialdad.
Extendió la muñeca, con las dos pulseras, y le rodeó el mentón con los dedos.
—Espera. Cuando se me pase la borrachera te pondré en tu sitio como es debido, para que no lo olvides en toda tu vida.
—¿El doctor Lu también sabe “poner en su sitio” a la gente? —dijo Yu Xiaowen.
Los dedos se le apretaron un poco más, deslizándose por su frágil garganta, y en su oído, Lu Kongyun articuló con voz baja cada palabra:
—Solo sé hacerlo contigo.
—… Un honor.
Yu Xiaowen se secó la cara, se volvió hacia él, le bajó la mano y le cubrió con la manta. Intentó bajar de la cama, no lo consiguió y, al final, se tumbó sin más.
Quedaron frente a frente.
—Entonces, antes de que se te pase la borrachera… ¿Puedes no odiar a Yu Xiaowen? —preguntó.
—…
Estaban muy cerca. Lu Kongyun lo miraba a los ojos, con las comisuras tensas hacia abajo y el ceño fruncido.
Bajo la misma manta, acostados juntos.
Yu Xiaowen no solo podía ver de cerca cada mínimo gesto; incluso podía, sin disimulo, trazar el contorno del otro con la yema de los dedos: desde las mejillas, pasando por el puente recto de la nariz, hasta los labios suaves y llenos. Aun con aquella expresión de rencor profundo, Lu Kongyun parecía haber perdido la capacidad de resistirse, lento, inmóvil.
… Vivo. Cálido. Real.
Su primer amor. El amante de sus sueños.
Los dedos de Yu Xiaowen recorrieron las cejas espesas y definidas del otro y luego se apoyaron para alisar el entrecejo fruncido.
—No te fuerces. Si quieres odiarlo, ódialo.
Lu Kongyun le agarró los dedos con fuerza; dolía. Yu Xiaowen no pudo soltarse.
Lu Kongyun cerró los ojos lentamente.