Lluvia, lluvia, vete 02
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“Lluvia, lluvia, vete 02”
En cuanto Albariño entró en la sala de conferencias del Departamento de Policía de Westland, se topó de frente con la siguiente escena:
—¡Absurdo! —exclamó Olga Morozé con voz aguda—. Me parece que aquí no me necesitan para nada. Me voy a casa.
Hardy dijo, al borde del colapso:
—Por el amor de Dios, Olga…
—En este caso, ni Dios puede ayudarte —sentenció Olga con furia. Con un gesto frenético, se echó hacia atrás el cabello negro que le caía sobre la frente y señaló con el dedo a la otra persona en la habitación: un hombre alto, de piel bronceada y saludable. —Y obviamente este hombre, el gran Lavazza McCard, es el único capaz de ayudar…
—Te he dicho muchas veces que no mezcles tus emociones personales con el trabajo, Morozé —interrumpió el hombre llamado Lavazza McCard, frunciendo el ceño con el tono de un profesor hablándole a un alumno de primaria que no ha hecho los deberes—. En el fondo sabes que no es sensato desquitar tu ira conmigo.
—¿Ah, sí? ¡¿Y qué se supone que sé yo?! —Olga chasqueó la lengua con amargura; Albariño nunca la había escuchado hablar en ese tono—. Lo que sé es que me obligaste a dejar mi puesto en la BAU…
—¡Cielos, tú fuiste quien renunció, Morozé! —McCard alzó la voz de repente, agitando una mano con impaciencia; era evidente que habían discutido el tema muchas veces.
—¡Ajá! ¿Acaso creías que después de que soltaras aquel discurso ante ese grupo de viejos bastardos de arriba, me renovarían el contrato? Me parece que los demás van a empezar a sospechar que soborné al médico durante las pruebas psicológicas de ingreso —replicó Olga, con los ojos brillando de rabia—. Y todo por ese libro que, al final, ni siquiera llegó a publicarse: El caso George Robb: Asesinato sin motivo.
—La razón por la que no se permitió su publicación fue porque podría haber causado daños a las familias de las víctimas…
—¡Entonces deberías habérmelo dicho cuando te enseñé el primer borrador, maldita sea! ¡Y no presentarte en la puerta de mi casa el día antes de mandarlo a imprenta!
—¡¿Cómo iba a saber que escribirías esa parte?! —La máscara de seriedad imperturbable de McCard pareció romperse finalmente—. ¡Ese último capítulo! No es algo que la gente normal deba leer…
—¡No estaba en ninguno de los acuerdos de confidencialidad que firmé! ¿Crees que escribí esa parte por puro morbo? —Olga lo fulminó con una mirada cargada de furia, como si estuviera a punto de volcar la mesa de reuniones de Hardy sobre su cabeza—. Escribí ese libro para los cadetes de Quantico y para los estudiantes de psicología criminal; como bien sabes, él es un ejemplo excepcional. ¿O es que te preocupa que, si se publica, queden expuestos tus…?
McCard respondió con frialdad: —George Robb es el asesino.
—Sé que él es el asesino. —Olga lo miró con fijeza sombría, y su voz se distorsionó en un siseo que escapó entre sus dientes—. Pero estoy convencida de que el último caso fue obra de un imitador… y se suponía que no debíamos atraparlo.
Se hizo un silencio incómodo entre los dos. Albariño intentó en vano romper la tensión eligiendo ese momento inoportuno para carraspear un par de veces.
Las tres personas en la sala lo miraron al unísono.
—Eh, ¿pueden hacer como si no estuviera? —preguntó Albariño con voz débil, levantando una mano.
—Pasa de una vez. —Hardy soltó un profundo suspiro y le hizo un gesto con la mano—. Al, este es el Agente Especial de la Unidad de Análisis de Conducta, Lavazza McCard; Agente McCard, este es el Jefe de Medicina Forense de la oficina de Westland, el doctor Albariño Bacchus.
—Mucho gusto —dijo McCard con el rostro gélido. Se estrecharon la mano y Albariño sintió que la mano del otro era dura y estaba cubierta de callos ásperos. Evidentemente, este Agente Especial, además de sentarse en una oficina a trazar perfiles de asesinos en serie, probablemente dedicaba mucho tiempo a su entrenamiento físico.
Sus manos se separaron al instante.
—He oído hablar mucho de usted —mintió Albariño sin una pizca de sinceridad. Solo había visto a McCard de lejos en una conferencia del FBI anteriormente; si Hardy no lo hubiera presentado, Albariño no habría tenido idea de quién era.
—Yo también conozco tu nombre —respondió McCard pensativo—. Tú eres ese forense que salió en las noticias hace poco… el que no mató a su exnovia, ¿verdad?
—Mis habilidades van mucho más allá de “no matar a mi exnovia”, Agente McCard —respondió Albariño con alegría, lanzándole un guiño frívolo.
—El Agente McCard ha sido asignado para asistir en la investigación del caso de “Johnny el Cazador” —dijo Hardy con voz monótona, esforzándose claramente por mantener la conversación bajo control—. Mi sospecha de ayer no era errónea, Al: el forense encontró marcas de ligaduras por cautiverio prolongado y signos de agresión sexual en la víctima. Ahora sospechamos seriamente que el asesino es “Johnny el Cazador”.
Así que la situación era evidente: el caso de Johnny el Cazador era un asesinato en serie interestatal y, según las normativas, ahora pasaba a manos de agentes federales, aunque por supuesto colaborarían con la policía local. Y resultaba que, entre los enviados por el FBI, había alguien a quien Olga detestaba profundamente.
—Por cierto, tengo curiosidad —le dijo McCard a Albariño—. Según tengo entendido, no ha pasado mucho tiempo desde tu propio caso. ¿No deberías estar de vacaciones en este momento? ¿Por qué estás…?
—El director de medicina forense se puso en contacto conmigo y me preguntó si quería unirme al caso. A veces participo en la inspección de la escena en casos de asesinatos en serie, y parece que el director consideró que yo era la opción más adecuada para este —respondió Albariño con una sonrisa—. Así que le contesté: “Sí, acepto; siempre me han interesado mucho los asesinos en serie”.
McCard guardó silencio un momento y luego preguntó: —¿Te refieres a las inspecciones de escena del “Jardinero Dominical” y del “Pianista de Westland”?
Albariño asintió y, como esperaba, vio que el otro fruncía ligeramente el ceño.
—Permítanme traducirles —intervino Olga con mordacidad—. Los casos del Jardinero y del Pianista no cruzaron las fronteras estatales, así que el FBI no pudo intervenir sin una solicitud de ayuda del WLPD. Nuestro querido Agente McCard debe estar quejándose amargamente por eso en su interior; no ve la hora de jugar al mensajero de la justicia y capturar a esos asesinos.
—Morozé —advirtió McCard—. Es un hecho que tú, como consultora del WLPD, todavía no los has atrapado.
Olga lo miró fijamente y respondió con sencillez:
—Te aseguro que sabré quiénes son antes que tú.
—Bueno, basta ya —interrumpió Hardy, que se veía tan impotente como un profesor tratando de llevar a un grupo de primaria por un museo—Agente McCard, venga conmigo; le mostraré algunos datos a usted y a su equipo. Al —Le lanzó una mirada afilada a Albariño—: Ayúdame con esto.
No especificó qué era “esto”, pero se llevó a McCard a toda prisa. Albariño escuchó cómo sus pasos se desvanecían por el pasillo antes de preguntar:
—¿Quién es George Robb?
—Exactamente lo que has oído: un asesino en serie sin motivo —respondió Olga de mal humor.
—Olga… —Suspiró Albariño profundamente.
—Está bien. Fue un caso que llevó la BAU hace tiempo, y fue entonces cuando nosotros dos tuvimos algunas… diferencias. No es que no estuviéramos de acuerdo con el perfil; el perfil era correcto, es solo que… —Olga sacudió la cabeza, cortando la frase—. Pasaron cosas, Al, recuerdos desagradables del trabajo.
—¿Renunciaste por eso? —preguntó Albariño.
—No del todo. También fue porque él no estaba de acuerdo con mi forma de manejar las cosas, y tuvimos esa disputa sobre la publicación del libro. —Olga se encogió de hombros—El nivel profesional de McCard es impecable, pero es verdad que no nos soportamos.
—Se ve realmente entusiasta, ¿lo dice en serio? ¿De verdad quiere atrapar al Pianista de Westland y al jardinero dominical? —preguntó Albariño Bacchus pensativo.
—Quiere atrapar a todos los asesinos del mundo, de eso no hay duda. Supongo que, si le dijeras que alguien va a delinquir en el futuro, estaría dispuesto incluso a arrestar a esa persona por un crimen que aún no ha cometido; protege a quienes considera “gente buena” de la misma forma que un pastor protege a sus corderos o una madre cisne a sus crías. —Olga Morozé bufó—Y mi sospecha es que su resentimiento hacia mí proviene principalmente de pensar que estoy a punto de abandonar su bando de “gente buena”. Pero escúchame, Albariño.
Albariño emitió un leve sonido de asentimiento con la garganta mientras la observaba.
—Ya lo verás: el exceso de justicia es tan peligroso como el exceso de maldad —sentenció Olga en tono de advertencia.
—Qué pensamiento tan profundo —respondió Albariño lentamente, con la voz todavía teñida de un deje de burla.
Olga sacudió la cabeza, claramente indispuesta a seguir con ese tema, y lo zanjó diciendo: —No tiene sentido seguir hablando de eso. ¿Podrías enseñarme el informe de la autopsia? Lo has traído, ¿verdad?
—Lo traje. —Albariño terminó por dedicarle una sonrisa resignada y le entregó la carpeta de manila que llevaba en la mano.
La ira de Olga pareció aplacarse un poco; tomó la carpeta, se sentó en el asiento más cercano y comenzó a hojear el informe.
La autopsia de esta víctima no la había realizado Albariño, ya que en ese momento todavía pensaban que se trataba de un homicidio común y él estaba en casa disfrutando de sus vacaciones pagadas, viendo repeticiones de documentales de la “Semana del Tiburón”, preparando la cena para él y Herstal, entre otras cosas.
Albariño no había visto el informe hasta esa mañana, cuando el director de medicina forense lo llamó a la oficina, pero ya lo había revisado en el camino hacia la comisaría y ahora lo tenía todo claro en su mente.
—Es muy similar a los casos ocurridos anteriormente en otros estados —dijo Albariño, señalando con el dedo algunas imágenes del informe que mostraban primeros planos de las lesiones en las muñecas y tobillos del fallecido—. Johnny el Cazador mantiene cautivas a sus víctimas tras secuestrarlas. Todas han estado atadas de pies y manos durante mucho tiempo; a juzgar por el grado de las lesiones, es posible que las cuerdas nunca fueran aflojadas.
—Si la víctima estuvo atada de espaldas todo el tiempo, es natural que fuera incapaz de arañar al agresor durante el asalto sexual —comentó Olga.
—Exacto. El CSI tampoco pudo extraer material de debajo de las uñas del difunto que sirviera para las pruebas —señaló Albariño—. Además, aunque hay rastros evidentes de agresión sexual, no hemos encontrado semen.
—¿Usó preservativo? ¿Por su capacidad de contrainteligencia? —aventuró Olga, para luego negar con la cabeza—. No, el uso de preservativo podría reducir la sensación de intimidad que el asesino busca en la agresión. También podría tratarse de eyaculación retrógrada o… aneyaculación, tal vez. En realidad, muchos agresores sexuales de este tipo sufren disfunciones sexuales, algo que supera lo que solemos imaginar.
En ese momento, Albariño recordó de nuevo la conjetura de Tommy sobre que “el Pianista de Westland sufre de disfunción eréctil” y sintió que le daban ganas de reír.
—Las víctimas anteriores solían ser asesinadas tras desaparecer aproximadamente un mes, pero veo que estas no han llegado a estar excesivamente delgadas —continuó Olga, pasando a la siguiente página—. ¿El asesino las alimentaba?
—Parece ser que sí. Según el grado de digestión de los alimentos en el estómago de esta víctima, fue asesinado unas tres horas después de su última comida —explicó Albariño—. ¿Adivinas qué tipo de comida encontramos?
Olga lo miró, parpadeó y sonrió.
—¿Buena comida? —preguntó ella.
—Sí, encontramos carne, como un filete de ternera, y lo que sin duda eran restos de algún postre. Para la víctima de un asesino en serie, este menú es ciertamente bastante decente —dijo Albariño. El informe incluía fotos del quimo; era increíble cómo los forenses lograban cribar los restos de comida entre todo ese contenido gástrico—. Pero, ¿cómo lo has adivinado?
Olga lo miró y, de nuevo, apareció en su rostro esa expresión de quien observa a un depredador en su jaula. Dijo lentamente:
—Porque ese asesino los ama… ama a cada una de las personas que secuestra.
—Un punto de vista interesante —asintió Albariño Bacchus, animándola—. Antes de que Bart y los demás regresen, cuéntame tu perfil.
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Herstal frunció el ceño ligeramente cuando el sistema de alerta electrónica de su coche empezó a informar de una caída en la presión de los neumáticos.
No eran ni las nueve de la mañana. Herstal se dirigía a la casa de un cliente que vivía al noroeste de la ciudad de Westland —un caballero que había hecho una fortuna mediante métodos bastante cuestionables y que vivía en una finca de varias hectáreas— para discutir los detalles de su testamento; el acaudalado anciano tenía tres hijos y una hija, por lo que el asunto sucesorio requería una prudencia extrema.
Habían quedado en verse a las nueve y media y, si todo hubiera ido según lo previsto, Herstal habría llegado a tiempo sin problemas. Sin embargo, no tuvo más remedio que detenerse en el arcén de emergencia y bajar del vehículo para comprobar qué ocurría: descubrió que los dos neumáticos del lado derecho se estaban desinflando gradualmente. A decenas de metros de distancia, algo brillaba sobre el asfalto bajo la luz del sol; sin duda, aquello era lo que había pinchado sus ruedas.
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—Las víctimas secuestradas por el asesino cumplen con el mismo estándar: rubios, altos y apuestos. Ir tras personas así es una compensación de algún tipo de deseo —dijo Olga Morozé lentamente—. Algunos cometen crímenes siguiendo un mismo patrón para dar rienda suelta a su ira, como Bob Landon, pero ese no es el caso de Johnny el Cazador.
—Dices que él los ama —le recordó Albariño.
—Sí —Olga esbozó una extraña sonrisa—. Creo que está eligiendo “amantes” para sí mismo.
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La situación no pintaba bien. Para haber pinchado los neumáticos antipinchazos de un Rolls-Royce, lo que fuera que había en la carretera debía ser extremadamente sólido y duro; y precisamente porque esta serie de vehículos viene equipada con ese tipo de neumáticos, el coche ni siquiera contaba con una rueda de repuesto.
Aunque técnicamente no habría problema en conducir el coche así hasta su destino —los neumáticos con anillos de fijación de diseño especial están pensados para evitar la deformación en la medida de lo posible—, la sola idea de conducir un coche con dos ruedas pinchadas para ver a un cliente, y luego todo el camino de vuelta a Westland, le causaba a Herstal una punzada de irritación.
En ese momento, otro ruido rompió el silencio de la carretera. Un Ford grisáceo que venía por el carril contrario levantó una polvareda al avanzar por el camino polvoriento y se detuvo lentamente junto a él. Del vehículo bajó un joven con chaqueta, de unos treinta y pocos años, con el cabello negro recogido en una coleta.
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—Aparte de la inmovilización necesaria, el asesino no infligió ningún daño adicional a las víctimas al principio del cautiverio. Las heridas de sujeción en las extremidades eran para evitar que escaparan, e incluso les proporcionaba comida bastante buena —dijo Olga Morozé, mientras sus dedos rozaban los primeros planos de las lesiones por atadura en el informe de la autopsia.
—Pero también abusó sexualmente de ellos.
—Sí, porque en su mente cree que los ama. Dado que la imagen de la víctima en su cerebro delirante se aproxima a la de un “amante”, naturalmente tiende a buscar una relación física íntima con ellos.
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El apuesto joven se llevó una mano a la frente para protegerse de la intensa luz del sol que caía sobre la carretera en ese momento y gritó:
—¡Señor! ¿Necesita ayuda?
Independientemente de si Herstal quería responder o no, el joven ya caminaba hacia él por iniciativa propia. A estas alturas, marcharse de repente parecería una falta de cortesía; Herstal observó la sonrisa en el rostro del desconocido —una sonrisa que, en algún punto indefinido, le recordaba a la de Albariño Bacchus, lo cual resultaba molesto— y respondió:
—No, no es necesario, gracias. Puedo conducir el coche hasta…
El hombre ya estaba a su lado. Fue en ese instante cuando ciertos detalles en él llamaron su atención.
Ese brillo en sus ojos negros. Su postura, la tensión en sus hombros. La curva de su sonrisa y esa pequeña mancha oscura en el puño de su manga.
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Albariño dijo.
—Pero, al final, todos terminaron siendo asesinados.
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Todo ocurrió en un suspiro.
Al segundo siguiente, el desconocido se lanzó sobre Herstal con la intención de agarrarlo por el cuello; la falta de oxígeno podría dejarlo inconsciente en cuestión de segundos. Herstal, que tenía los dedos apoyados en la puerta del coche, reaccionó con una fuerza súbita: cerró la puerta de un golpe justo cuando el hombre se abalanzaba, impactando de lleno contra él con un estruendo metálico.
El hombre retrocedió tambaleándose y, en ese mismo instante, Herstal lanzó una patada rápida hacia su tobillo, haciéndolo caer al suelo.
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Olga asintió: —Asesinados con saña. Mira las marcas de ensañamiento en las heridas de arma blanca del cuello. Durante un tiempo después de la muerte, el asesino continuó cortando el cuello de la víctima hasta el punto de casi decapitarla por completo, ¿verdad?
—… Ama a las víctimas que elige, pero en algún momento siente una rabia repentina hacia ellas y se ve obligado a matarlas —Albariño Bacchus fue hilando sus pensamientos lentamente—. ¿Por qué? ¿Se da cuenta finalmente de que la víctima elegida no es más que un sustituto de sus fantasías ilusorias?
El asfalto estaba rugoso y ardiente. Herstal se arrodilló sobre aquel hombre, apretándole la garganta con una mano mientras con la otra extraía una navaja de mariposa del bolsillo interior de su chaqueta. Aunque las armas sin guarda nunca habían sido sus preferidas; cuánta gente, al cometer un asesinato, termina apuñalando accidentalmente un hueso duro, provocando que la mano resbale hacia adelante y la hoja le rebane los dedos. Para los del CSI, una sola de esas gotas de sangre bastaría para lograr una condena; en este momento no tenía mucho margen de elección. Manteniendo la presión en la garganta del otro, desplegó la hoja con un hábil movimiento de muñeca y la dirigió directamente hacia el ojo de su oponente.
En medio del pánico, el hombre interpuso una mano para cubrirse. La hoja de la navaja de mariposa se hundió profundamente en su palma; la sangre comenzó a chorrear por el canal de la hoja, goteando de forma caótica sobre el rostro del joven. Un gruñido de dolor escapó de su garganta mientras su otra mano tanteaba frenéticamente en algún lugar bajo su cuerpo.
El brazo del agresor estaba tenso, vibrando por el esfuerzo de frenar el avance del metal; clavar la daga directamente se volvió casi imposible. Herstal apretó aún más los dedos alrededor del cuello del hombre, pero en ese preciso instante, el otro dio un giro violento, usando el impulso para quitárselo de encima.
Al segundo siguiente, algo golpeó con fuerza el abdomen de Herstal. Al principio fue un espasmo, un dolor sordo similar al de un impacto contundente, y luego…
Era un táser. Eso fue lo último que pensó Herstal antes de que su visión se sumergiera en la oscuridad.
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—Tal vez sea así. Quizás descubra que su víctima no es a quien realmente ama, o que no es lo suficientemente perfecta, o tal vez pierda el interés en muy poco tiempo. O puede que sea por la lluvia; que la lluvia despierte en él algún recuerdo de ira del pasado y por eso los mate justo después de que escampe —dijo Olga Morozé pausadamente—. Sea como sea, al final, Johnny el Cazador siempre los mata… y elige a su próxima presa.
Notas del Autor:
Eyaculación retrógrada: Se refiere a cuando se alcanza el orgasmo y hay sensación de eyaculación durante el coito, pero el semen no sale por la uretra, sino que fluye hacia atrás, al interior de la vejiga. Después del acto, se pueden encontrar espermatozoides y fructosa en la orina.
Aneyaculación: Se refiere a la capacidad de tener una erección y realizar el coito con normalidad, pero sin poder eyacular el semen, o bien poder hacerlo en otras situaciones, pero no durante la penetración vaginal, lo que impide alcanzar el clímax y el placer sexual.
Los automóviles Rolls-Royce suelen utilizar neumáticos antipinchazos de alta resistencia y no incluyen rueda de repuesto para maximizar el espacio de almacenamiento. Sin embargo, el contenido relacionado en el texto se escribió siguiendo la configuración de los neumáticos antipinchazos RSC de BMW, debido a la falta de información detallada sobre los de Rolls-Royce.
En resumen, este tipo de neumático tiene paredes exteriores más gruesas que evitan que la rueda se colapse por completo al desinflarse; además, el diseño especial de la llanta reduce la deformación tras la pérdida de aire. Esta tecnología minimiza la posibilidad de un reventón a alta velocidad y garantiza que se pueda conducir una distancia considerable de forma segura.
Dado que es difícil detectar visualmente cuándo estos neumáticos pierden aire lentamente, el coche está equipado con un dispositivo de control de presión. Por eso, aunque el neumático de Herstal no reventó, la alarma le avisó en cuanto empezó a perder presión.
Por cierto: en realidad no habría tenido problemas si hubiera seguido conduciendo hasta su destino, ya que el neumático antipinchazos lo habría soportado. Pero, ¿qué persona normal no se detendría a mirar cuando el coche empieza a pitar con una alerta?
Esta es la navaja de mariposa: Hay que decir que este tipo de navaja sin guarda facilita que la mano resbale hacia la hoja si la punta choca contra un objeto duro; sin embargo, su estructura es claramente más sencilla que la de un puñal con funda independiente y es más fácil de abrir.
En teoría, si llevara una navaja automática de apertura frontal (OTF), también podría abrir la hoja con una sola mano, pero siempre cabría la posibilidad de que el resorte fallara, ¿no? (Aunque, estrictamente hablando, esa posibilidad es casi nula).