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A la mañana siguiente, todos los miembros del grupo comenzaron a empacar sus pertenencias, solo Shan Ming no tuvo que mover un dedo. Le dejó todas las tareas menores a Shen Changze y se dedicó tranquilamente a desarmar y armar sus armas.
Qiao Bo no pudo evitar decir con envidia: —No solo recogiste un hijo, sino también un pequeño sirviente.
Shan Ming alzó la barbilla con orgullo.
El niño, escuchando a un lado, frunció los labios con resentimiento y sin que nadie lo notara, exprimió dentro de uno de los zapatos de Shan Ming la mermelada de fresa que había guardado en el bolsillo durante el desayuno.
Después de guardar todas las armas pesadas, Shan Ming sacó varios gruesos libros de inglés y los lanzó frente al niño: —En los próximos días estaremos viajando sin parar. No habrá tiempo para entrenarte, así que memorizarás palabras. Quinientas al día, con una tasa de error que no supere el 5%.
El niño levantó los libros y le lanzó una mirada indiferente.
Shan Ming le revolvió el cabello suave y dijo: —Ey, cada vez tienes más temperamento. ¿Ya no quieres comer?
El niño apartó su mano de un manotazo, y con su carita seria dijo: —Completaré la tarea. No tienes razón para castigarme.
Shan Ming reveló una sonrisa maliciosa: —Entonces reza para que yo sea razonable.
El niño apretó los labios. Tras pasar este tiempo juntos, ya comprendía bien los cambios de humor impredecibles de Shan Ming. En su corazón, ya se había preparado para quedarse sin comida.
Shan Ming aseguró firmemente la barra portaequipajes y luego se sentó en el vehículo. El niño también saltó ágilmente al interior del coche.
Su Hummer militar personalizado no tenía estribos. Hace dos meses, la distancia de más de cuarenta centímetros entre el suelo y el piso del vehículo era demasiado alta para un niño que apenas superaba el metro de estatura, entonces necesitaba usar manos y pies para trepar. Ahora, en cambio, podía saltar adentro sosteniéndose del asiento con una mano mientras sujetaba los libros con la otra.
Durante estos más de dos meses de entrenamiento doloroso, tal vez el cambio físico no era lo más notable, para el niño la transformación más evidente era que había aceptado la realidad. Ya no suplicaba con ingenuidad a Shan Ming que lo llevara de regreso a casa, tampoco intentaba conmover a nadie con lágrimas, y mucho menos lloriqueaba o rogaba cuando por no completar sus tareas se moría de hambre. Sabía perfectamente que todas esas cosas eran completamente inútiles.
Su padre adoptivo era un demonio de sangre fría, sin una pizca de compasión en el corazón. Este hombre actuaba únicamente según sus caprichos; si hoy le daba pan, mañana quizá lo mataría. Él sabía que debía esforzarse por sobrevivir y crecer lo más rápido posible, si quería tener alguna oportunidad de escapar de sus garras demoníacas y regresar junto a sus padres.
Una vez que se vio obligado a aceptar psicológicamente su situación, se resignó a su destino. Solo podía apretar los dientes y aceptar todo lo que Shan Ming le imponía. Al mismo tiempo, su actitud rebelde hacia Shan Ming se volvía cada vez más intensa.
Shan Ming siempre le repetía que solo los fuertes merecían elegir, y que los débiles merecían ser dominados. El niño pensaba en su corazón a menudo si algún día lograba derrotar a Shan Ming, ¿podría él, a su vez, dominarlo? ¿Podría negarle comida, obligarlo a realizar infinidad de entrenamientos y hacerle lavar sus zapatos sucios y sus calcetines apestosos? Imaginar cómo intimidaría a Shan Ming del mismo modo en que este lo intimidaba se convirtió en su segundo gran pilar emocional, además de regresar a casa.
En esta ocasión, su grupo mercenario contaba con casi treinta hombres. Tras restar a los tres caídos en la misión anterior, los restantes ocuparon exactamente ocho vehículos. En el coche de Shan Ming, además de Shen Changze, también viajaban Qiao Bo, Dino y Peier.
Mientras Qiao Bo conducía, los demás sin nada mejor que hacer, supervisaban el estudio del niño.
Su convoy de vehículos todoterreno era demasiado llamativo, pues no transitaban por rutas normales, sino que escogían deliberadamente caminos apartados, recónditos y despoblados. A veces solo podían avanzar por senderos de tierra llenos de baches y hoyos, extremadamente sacudidos. Tras un día entero de viaje, los huesos de todos los pasajeros parecían a punto de desencajarse.
De entre todos los presentes solo Shen Changze estaba cómodo. Casi todo el día fue abrazado por Peier contra su pecho. El cuerpo blando de una mujer era el mejor cojín humano, y tanto Qiao Bo como Dino lo envidiaban profundamente.
Sin los cadáveres fríos y aterradores ni los conocimientos aburridos e incomprensibles, era la primera vez que el niño se acercaba tanto a Peier y aquello le parecía muy novedoso. Desde pequeño nunca había estado cerca de alguien con tanta feminidad. En su entorno, incluso la única sirvienta que tuvo era fuerte y robusta, y su madre era justo lo opuesto a una mujer seductora como Peier: siempre llevaba el pelo corto y aparentaba ser más bien masculina.
Pero, incluso si su mamá no se pareciera mucho a lo que uno imagina que es una madre, incluso si solo la viera unas pocas veces al año, él la extrañaba día y noche. A menudo soñaba a medianoche con aquella noche. De repente, muchos hombres vestidos con uniformes verdes irrumpieron en su casa, todos llevaban armas y escudos enormes. Su madre, con los ojos enrojecidos por las lágrimas, lo metió a la fuerza en un helicóptero y le dijo al tío piloto que se lo llevara lejos y que nunca regresara.
Realmente no entendía por qué, en tan solo unos meses, había pasado de ser un jovencito mimado hasta el cielo a caer entre este grupo de personas. Ni siquiera sabía a qué se dedicaban, solo sabía que muchos de ellos eran tan aterradores como Shan Ming.
Comparado con esos tipos rudos como Shan Ming, Peier era claramente mucho más amable a los ojos del niño.
Al armar las tiendas por la noche, el tímido y vacilante niño, le dijo a Peier que quería dormir con ella esa noche.
Peier se quedó atónita por un instante y luego se echó a reír directamente.
Shan Ming se molestó de inmediato, lo agarró del cuello de la camisa y lo levantó en el aire: —¡Todos los hombres aquí quieren dormir con Peier! ¿Y tú quién te crees que eres?— En realidad, a Shan Ming no le importaba con quién durmiera Peier, lo que le preocupaba era que sin este mocoso actuando como repelente natural, pasar la noche sería un verdadero suplicio.
Shan Ming dijo estas palabras en inglés, y todos estallaron en carcajadas. El rostro del niño se puso rojo de la vergüenza, miró furioso a Shan Ming y agitó sus pequeños puños mientras gritaba: —¡No quiero dormir contigo! ¡Roncas y cuando te das vuelta me aplastas!
Shan Ming sonrió mostrando una dentadura blanca y afilada: —¿Acaso tienes derecho a elegir? Tienes que dormir conmigo—. Dicho esto, levantó al niño y lo metió dentro de la tienda.
Como se trataba de un campamento provisional, muchas tiendas estaban abarrotadas con tres o cuatro hombres. Aparte de Peier, solo Shan Ming y Aier tenían carpas individuales. Aunque Shan Ming no ocupaba un cargo oficial en el grupo mercenario, su posición era extremadamente alta gracias a su fuerza en combate y a su relación fraternal con Aier.
El niño nunca había experimentado lo incómodo que era compartir una tienda diminuta con tres o cuatro hombres, así que no sabía cuán afortunado era al dormir con Shan Ming, aunque jamás lo había pensado así.
Shan Ming dormía muy mal. Roncaba por las noches y movía brazos y piernas sin control. Con frecuencia, el niño despertaba a medianoche sin poder respirar y siempre descubría que los brazos o las piernas de Shan Ming lo aplastaban. A veces lo empujaban hasta el borde mismo de la cama, e incluso lo pateaban fuera de ella en plena noche. Y si intentaba apartarlo un poco o resistirse, en la mayoría de los casos sería apuntado a la cabeza con un arma por un Shan Ming despertado de golpe.
Para el niño, poder dormir un sueño tranquilo y estable era pura cuestión de suerte. Afortunadamente, su cuerpo aún era pequeño y con un poco de espacio le bastaba para descansar. Pero ¿qué pasaría cuando creciera? No solo sintió preocupación.
Los dos días siguientes transcurrieron sin incidentes. Según el plan, al atardecer del tercer día entrarían en la zona boscosa. Para entonces, los caminos serían extremadamente difíciles y las condiciones climáticas no eran nada favorables. Solo al llegar decidirían si acamparían fuera del bosque o avanzarían directamente hacia el interior para pasar la noche allí.