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La lluvia torrencial comenzó a caer después de la medianoche y no mostraba señales de cesar al amanecer. Al principio, todos dormían en las tiendas, pero luego tuvieron que refugiarse todos dentro de los vehículos. Ese frío húmedo los incomodaba por completo.
Al amanecer, comieron algo apresuradamente y se pusieron en marcha.
Myanmar era un país con recursos limitados. En toda la nación apenas se contaban con los dedos las carreteras asfaltadas. En las zonas despobladas casi nunca había caminos pavimentados con cemento, y con solo llover el estado de las vías se volvía extremadamente precario. Los caminos se hacían cada vez más embarrados y difíciles de transitar. Afortunadamente, los vehículos tenían suspensión alta y potencia suficiente, de lo contrario, muchos tramos fangosos serían simplemente intransitables y en ocasiones la gente debía bajarse de coche a empujar.
Cuando finalmente llegaron a los alrededores de la zona boscosa, ya iban con siete horas de retraso respecto a lo previsto, y era medianoche. Entrar al bosque en ese momento era extremadamente peligroso. Aier ordenó a todos formar un círculo con los vehículos, estacionándolos con las cabinas alternadas con la mitad orientada hacia adentro y la otra mitad hacia afuera. Cuatro personas harían guardia simultáneamente, rotando cada dos horas. Esa noche comerían y descansarían dentro de los coches.
Después de cenar, Aier fue al vehículo de Shan Ming, usó un dispositivo electrónico para cargar el mapa de la zona boscosa y junto con Shan Ming, analizó la ruta del día siguiente. Tras discutirlo, ambos coincidieron en que no podrían avanzar al día siguiente, ahora era imposible que los vehículos entraran al bosque. Si optaban por ir a pie, consumirían demasiada energía. Decidieron esperar un día más a ver si el clima mejoraba.
Finalmente, Aier miró a Shan Ming con una expresión seria, en sus ojos se percibía un rastro de preocupación: —Shan, tengo un muy mal presentimiento.
Shan Ming observaba la lluvia torrencial fuera del coche y respondió: —Si nos atacan con este clima y sin conocer bien el terreno ni el entorno, será un desastre.
—No es solo eso. Tengo cierta preocupación por esta misión en general.
Shan Ming asintió: —Yo también siento que algo no cuadra. ¿No te parece raro que lo que estoy transportando esta vez…?
—Es muy poco, ¿verdad?
La mirada de Shan Ming se oscureció: —Exacto. Cien kilogramos es muy poco. El precio acordado ni siquiera es suficiente para cubrir nuestra comisión.
—Cuando negocié con el empleador, también le pregunté sobre esto. Me dijo que es la primera vez que trabaja con ese grupo de mexicanos y que ellos no confían en él. Esta transacción solo servirá para evaluar la calidad de la mercancía y probar su honestidad. Su objetivo principal en este viaje no es ganar dinero, sino asegurar a este cliente.
Shan Ming dijo: —¿Y si su verdadero objetivo no fuera la mercancía, sino que espera que eliminemos a sus rivales?
Aier negó con la cabeza: —Probablemente no. El enemigo no saldrá con todas sus fuerzas. Incluso si alguien nos ataca, serán solo gente contratada por ellos. Para ser honesto, aunque me ofreciera más dinero del que pueda imaginar, no aceptaría si me pidiera aniquilar al campamento enemigo. No estamos familiarizados con esta zona, y yo no hago tratos sin certezas. De no ser porque esta vez ofreció un precio realmente tentador, mi plan original era irme directamente.
Shan Ming reflexionó en silencio: —¿Y si… nos está usando como cebo?
En los ojos de Aier brilló una sombra cruel. Sonrió con frialdad: —Esa posibilidad también la he considerado. Cien kilogramos de mercancía, más nuestra escolta, son sin duda un cebo llamativo. Ya estoy preparado para ese escenario. Si llega a ocurrir, simplemente daremos media vuelta y le exigiremos el doble de nuestra comisión.
Shan Ming se rio diciendo: —Realmente eres un avaro. Por dinero, estás dispuesto a correr cualquier riesgo.
Aier le revolvió el cabello: —¿Acaso no es esto a lo que nos dedicamos? Además, si yo no gano dinero, ¿cómo voy a mantenerlos a todos ustedes?
Shan Ming apartó la cabeza: —Aier, ya no soy un niño.
Aier se burló: — Hace unos pocos años ya me decías esto, pero ahora que lo dices suena un poco más convincente, porque ya tienes un hijo—. Aier echó una mirada a Shen Changze, que estaba acurrucado en el asiento, durmiendo profundamente.
Shan Ming siguió su mirada y no pudo evitar sonreír: —Aier, es muy inteligente. En el futuro se convertirá en un buen elemento de nuestro grupo mercenario.
Aier frunció los labios: —¿Dentro de diez años? Ni siquiera sabemos si viviremos hasta entonces.
Shan Ming se estiró perezosamente: —A quién le importa cuánto viviremos. Lo único que importa es vivir bien el hoy.
Aier rio suavemente: —Entonces volveré a mi coche.
—Mm, yo también voy a dormir.
Aier señaló su mejilla y sonrió con ternura: —Dale un beso de buenas noches a tu hermano mayor.
Shan Ming le dio una palmada seca en la espalda: —Deja de joder.
Después de que Aier bajó del vehículo, Shan Ming rodeó a Peier y se sentó en el asiento trasero. Se recostó en el asiento, cerró los ojos e intentó dormir, pero el aire a su alrededor estaba húmedo y frío, extremadamente incómodo. Aguantó un rato, pero como realmente no lograba conciliar el sueño, extendió el cuerpo por encima del respaldo hacia el asiento delantero y pinchó con el dedo la carita suave y regordeta del niño.
El niño despertó rápidamente. Con los ojos aún adormilados, miró a Shan Ming sobre su cabeza y con la voz llena de agravio, murmuró: —¿Qué pasa?
Shan Ming alargó los brazos y lo levantó.
El niño que dormía profundamente se resistió con desgana en ese momento, moviéndose un par de veces. Su voz tenía ese tono quejumbroso por falta de sueño: —¿Qué pasa?
—Acompáñame a dormir. La noche está fría como la mierda—. Dicho esto, lo levantó sin delicadeza del asiento delantero, lo llevó al trasero y lo metió dentro de su propio abrazo.
El cuerpecito del niño era pequeño. En realidad, podía dormir en cualquier sitio. Se acurrucó en el pecho de Shan Ming, encontró una postura cómoda y volvió a quedarse dormido.
Con algo cálido entre sus brazos, Shan Ming sintió que todo su cuerpo se relajaba. Se recostó en el asiento y también cayó en un sueño profundo.
Todos fueron despertados por el estruendo de un disparo. Shan Ming se levantó de un salto, golpeando su cabeza contra el techo del vehículo, el impacto lo dejó aturdido por unos segundos.
Dino gritó: —¡Nos están atacando!— Diciendo esto se agachó y pegó la cara a la ventana para observar los movimientos de afuera.
Shan Ming sacó su arma al instante. Limpió el vaho del cristal y vio que sus vigilantes disparaban hacia el bosque sin ningún tipo de orden, completamente en caos.
Shan Ming empujó al niño, abrió la puerta del coche y saltó fuera, gritando: —¡Dejen de disparar! ¡Tírense al suelo!
Los cuatro vigilantes se agacharon y avanzaron arrastrando los pies hasta ponerse bajo la protección de los vehículos. Aier saltó desde una puerta y gritó: —¡Shan, saca el lanzacohetes! ¡Disparar es inútil si ni siquiera ves al enemigo!
Shan Ming abrió el maletero, ensambló el M72 a toda velocidad, luego apoyó un pie en la puerta del coche, agarró la barra portaequipajes con una mano, dio un salto y trepó al techo del vehículo. Cargó el lanzacohetes en su hombro y con un estruendo seco, disparó. A poca distancia, el bosque estalló en una lluvia de chispas brillantes. Vieron claramente cómo varias figuras salían volando por los aires y tras el resplandor, sombras humanas se agitaban frenéticamente.
Tras disparar saltó inmediatamente del coche, de lo contrario, su silueta sería un blanco demasiado grande y en segundos sería acribillado hasta convertirse en un colador. Una vez abajo, arrojó el lanzacohetes a un lado, tomó su subfusil y gritó: —¡Aier, tú y tus hombres cuiden la mercancía! ¡Yo me llevaré a unos cuantos a entrar y mataré a estos imbéciles!
Aier ordenó al francotirador que se preparara para cubrir. El pequeño punto rojo del visor infrarrojo barría repetidamente el bosque oscuro, como los ojos de un demonio escudriñando a su presa. Probablemente, el enemigo no esperaba francotiradores en su flanco. El bosque se sumió de inmediato en un silencio tan profundo que se oía hasta el más leve crujido de las hojas.
Peier saltó a otro vehículo, sacó unas gafas de visión nocturna y las arrojó a los pies de Shan Ming. Shang Ming señaló con el dedo a cuatro hombres para que lo siguieran y les arrojó las gafas. Entre ellos también estaba Jim.
Jim no tenía ninguna ventaja en un combate cara a cara. Pero en condiciones de poca luz y entorno hostil, su complexión menuda y su velocidad excepcional le permitían deslizarse en la oscuridad y degollar al enemigo sin emitir el más mínimo sonido. Era el mejor asesino del grupo “Halcón Peregrino”. Por eso, aunque muchos despreciaban sus perversiones, aún lo mantenían en el equipo. Al fin y al cabo, un grupo mercenario no era una organización de justicia, ellos solo conservaban a quienes les resultaban útiles.
Los cinco hombres se colocaron las gafas de visión nocturna, se agacharon y aprovechando la oscuridad entraron sigilosamente en el bosque.
En combates a corta distancia, los subfusiles no eran de mucha utilidad. Shan Ming se colgó su amado MP5 a la espalda, empuñó una pistola con una mano y para prevenir emboscadas enemigas, sacó el cuchillo militar que llevaba dentro de la bota.
La afición de Shan Ming por los cuchillos militares era comparable a la afición de Qiao Bo por las mujeres. Aunque admiraba y coleccionaba todo tipo de cuchillos militares, su favorito, el que siempre manejaba con mayor destreza, seguía siendo este kukri nepalí.
Todo el cuchillo había sido sometido a un tratamiento de cementación, su hoja y empuñadura completamente negras desprendían una fuerte aura masculina. La curvatura de la hoja respondía perfectamente a los principios de la aerodinámica. Cuando Shan Ming la blandía, era como si moviera su segundo brazo. La afilada hoja cortaba el aire, pudiendo rebanar sin esfuerzo la columna cervical de un hombre adulto.
Shan Ming cerró el puño y extendió el brazo a la altura del hombro, indicándoles a los otros cuatro que avanzaran en formación de línea horizontal. Al recibir la orden, los cuatro se separaron hacia ambos lados y formaron una línea recta para avanzar.
Las dos figuras más alejadas de él pronto se volvieron borrosas. Shan Ming sujetó el cuchillo con agarre invertido y avanzó con extrema cautela dentro del bosque, mientras sus ojos afilados escudriñaban cada centímetro de terreno a su alcance visual.
Sabía que esas personas no estaban lejos, podía sentirlos.