Capítulo 64: Viejos Tiempos en una Nueva Era

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Carlos se despertó al amanecer, cubierto por una fina capa de sudor. Sintió como si hubiera tenido un sueño agotador, pero al girar la cabeza, vio a Aldo. Cuando dormía era tan tranquilo y bien portado que no se parecía en nada a cuando estaba despierto. No hacía ningún movimiento inapropiado, e incluso después de toda una noche, ni siquiera las mantas estaban desordenadas; parecía mantener la misma postura con la que se había acostado.

Carlos se sentó sigilosamente, se quedó aturdido abrazando las mantas por un momento, y volvió a mirar a Aldo. Notó que tenía un corte en la comisura de la boca y un moretón en la barbilla que parecía haber empeorado. Se quedó perplejo por un buen rato y finalmente suspiró. Extendió un dedo con cuidado y acarició suavemente el moretón que él mismo le había hecho, pensando que la noche anterior realmente no estaba pensando con claridad; se había alterado y golpeado demasiado fuerte.

No quería despertar a Aldo y planeaba pasar por encima de él para ir a lavarse la cara, pero apenas se movió, una mano le agarró la muñeca.

Los dedos de Aldo ejercieron de repente una fuerza aterradora, apretando con fuerza la muñeca de Carlos antes de que pudiera retirarla. Luego, abrió los ojos a medias y le tomó un momento darse cuenta de la situación. Lo soltó y dijo en voz baja: 

—Lo siento.

Carlos le echó una mirada, rebuscó en la mesita de noche, encontró un tubo de ungüento en un rincón y se lo arrojó.

Aldo lo atrapó, bajó la mirada y esbozó una sonrisa un tanto retorcida: 

—¿Podemos hablar tranquilamente ahora? 

Carlos descorrió las cortinas, se apoyó junto a la ventana con los brazos cruzados, asintió.

—Habla.

—Hoy tienes que volver al Templo conmigo. —Aldo observó su expresión y eligió cuidadosamente el tema, saltándose directamente la parte desagradable de la noche anterior. Cuando Carlos tocó suavemente la comisura de su boca, él se despertó y comprendió de inmediato que el otro había flaqueado. Aldo sabía que debía aprovechar esa oportunidad.

Solo necesitaba una pequeña rendija, una mínima oportunidad, y tenía la confianza de poder devorar poco a poco lo que deseaba.

Carlos se quedó perplejo, como si no esperara que de repente sacara ese tema. Le tomó un buen rato preguntar con algo de confusión.

—¿Mmm? 

—Necesito que me ayudes a revisar la caja que trajimos de donde Kevin Watson. Además, el señor Good y yo hemos discutido que todos los cazadores del Templo, cuando no tengan misiones, deberán volver para recibir un entrenamiento especial. Y obviamente, él espera que tú seas uno de los instructores.

—¿Qué? —Carlos frunció el ceño—. ¿Te refieres a los cazadores que ya han superado el período de prácticas y obtenido su licencia? Si un cazador ya había obtenido su licencia, significaba que a partir de ese momento podía valerse por sí mismo y asumir la responsabilidad de su propia vida y la de los demás. En todos los años de existencia del Templo, nunca se había dado el caso de que verdaderos cazadores tuvieran que volver a la “escuela” para ser reentrenados. 

La fresca brisa de la mañana rozó su espalda y Carlos se sobresaltó al instante.

—¿Acaso hay algún problema con la Barrera?

Aldo no lo negó. Simplemente se aplicó un poco de ungüento en el moretón de la comisura de la boca con suavidad y dijo sin prisas: 

—Desde el día de su creación, cualquier cosa pasará por un proceso de auge y declive; todo es posible. Originalmente pensé que, aunque los cazarrecompensas del mundo civil hubieran desaparecido, al menos quedaba el Templo como última línea de defensa. Pero los Caballeros del Templo de hoy en día parecen un grupo de niños que no saben lo que es el peligro. A decir verdad, también espero que la próxima vez que me toque cerrar los ojos, puedan permitirme descansar en paz por un poco más de tiempo. 

La expresión “descansar en paz”, evidentemente, logró conmover a Carlos.

Aldo sonrió. 

—No es nada; los vivos no quieren morir, y a los “muertos” tampoco les agrada tener que volver a la vida de repente. Al principio vivía en un ataúd en el palacio subterráneo, revisando día y noche la Barrera que daba alarmas. Pero el tiempo libre no era tan fácil de pasar, porque siempre pensaba que, después de tantos cambios en el mundo, esta vez de verdad no había ninguna esperanza de volver a verte. Pensando así, sentía que estar vivo era una tortura peor que la muerte. 

Carlos guardó silencio por mucho tiempo antes de preguntar: 

—Entonces tú… entonces, ¿por qué…?

—¿Por qué até mi alma a los sellos de la Barrera? —Aldo sacudió la cabeza—. Alguna vez, por cosas etéreas y cuando era tan joven que mi cerebro aún no se había desarrollado del todo, decidí entregarlo todo al Templo. Pero… el Templo, a cambio, me quitó la oportunidad de estar contigo. Tal vez no debería decirlo, pero en realidad… yo también llegué a resentir este lugar. Justo como Evan.

—Pero no tenía sentido, el Templo era inocente, y lo que ya había pasado… era inevitable. —Cuando llegó a esta parte, se detuvo de repente y miró a los ojos de Carlos con una mirada tranquila; el comienzo de toda nueva etapa requiere un cuchillo afilado para arrancar la vieja cicatriz—. Yo soy ese tipo de persona, Carl, no soy como tú. Nací sin nada, y sin importar cuán alto trepe, nunca podré erradicar el complejo de inferioridad de mis huesos. Es como una sombra que me ha acompañado por años, aprisionándome constantemente, impidiéndome caminar bajo la luz del sol; ocultándoselo a los demás y también a mí mismo. Y anhelando histéricamente más de cada cosa que pudiera aferrar.

Carlos miró fijamente a Aldo. 

Recordaba que en el pasado, Aldo era alguien que odiaba profundamente que los demás se le acercaran; era tan orgulloso y tan sensible que ni siquiera permitía que se mencionara una sola palabra sobre su linaje, y mucho menos permitía preguntas, como un pequeño erizo sobreprotector. Pero ahora, estaba recostado en la cabecera de la cama en una postura relajada y casual, sosteniendo incluso un ridículo tubo de ungüento, arrugando la cara por el dolor de vez en cuando, mientras destapaba sus heridas más profundas con total ligereza.

—Tal vez no lo entiendas —dijo Aldo en un tono monótono—, pero yo nunca podré deshacerme de los obstáculos en mi camino con la misma facilidad que tú. Sí, somos personas completamente diferentes, pero… aun así, no pude evitar sentirme atraído por ti, amarte y añorarte desesperadamente. 

Continuó:

—Por eso me quedé, para terminar todo, incluso a costa de no encontrar la paz por toda la eternidad. Pero este es el lugar que alguna vez protegimos juntos, y eso me dio la ilusión… de que, después de todo, todavía había algún vínculo entre tú y yo. —De repente rio con alegría—. Pero mira, al final no fue una ilusión. Dios realmente te devolvió a mí.

—En realidad, lo entiendo. —Dijo Carlos en voz baja y repentina.

¿Por qué no lo iba a entender? Después de tantos años, él tampoco era aquel joven frívolo e ignorante del Templo. Para un chico al que se le había inculcado desde pequeño el lema de “es mejor morir que perder el honor”, en la noche que huyó del Templo apresuradamente, traicionó sus propias creencias, comenzando así una vida en la que perdió todo, sobreviviendo miserablemente. La castración mental siempre es mucho más dolorosa que la física.

Él entendía lo que era no tener nada y lo que significaba la más absoluta desesperanza.

Aldo confesó sin rodeos su resentimiento hacia el Templo; este lugar lo había formado, pero también lo había aprisionado, obligándolo a agotar sus fuerzas tanto en vida como después de la muerte, sin conocer nunca la libertad. Su sinceridad hizo que Carlos recordara involuntariamente sus propios dieciséis años, esa época que tanto se negaba a recordar.

Sí, más tarde crecieron, se volvieron menos estúpidos y comprendieron qué había pasado en realidad. Parora había sido poseído por Satanás desde la caja de huesos humanos, convirtiéndose en su marioneta. El demonio de la caja de huesos había sido cortado en varios pedazos y sellado por un Flaret… o por algún antepasado todopoderoso emparentado con la familia Flaret. Y el llamado “Talento de Luz”, en realidad, no era más que el resultado de un sacrificio transmitido a través del linaje. Eso era solo la venganza del demonio.

Además… a un joven de dieciséis años, ¿qué se le podía exigir? Ni siquiera podía ocultar bien ese pequeño toque de astucia innata… sobre todo a alguien como Aldo.

Carlos se repetía todo esto a sí mismo. Pero probablemente era precisamente por eso que, durante todo este tiempo, se había obstinado en no tener más relación con Aldo, sin querer siquiera mantener un vínculo básico de amistad. 

Aldo siempre le recordaba aquel afecto juvenil, que él creía intenso pero que en realidad era frágil e incómodo, trayendo consigo un pasado que él había enterrado profundamente y del cual no quería volver a hablar. Para Carlos, él era… como una pesadilla de la que no podía despertar.

El viento y la escarcha de la vida siempre causan un daño limitado a los que ya tienen las alas bien puestas. Solo las heridas recibidas en los tiempos de fragilidad son las que quedan cubiertas bajo la dura armadura. Aunque nadie pueda verlas, son pliegues que ni el tiempo puede alisar. Incluso si uno intenta olvidarlas o ya las ha olvidado con el paso de los años, se infiltrarán hasta la médula, esperando el momento adecuado para echar raíces y brotar, perforando los pulmones y la piel, haciendo crecer oscuras enredaderas. El miedo y el dolor pueden destruir los sentimientos más hermosos del mundo.

Él intentó perdonar, intentó fingir que nada había pasado, intentó ser un amante desinteresado… dispuesto a dar su vida sin reservas ni quejas, pero no pudo. Carlos Flaret, siempre fue… solo un hombre.

Aldo, sin saber cuándo, se había levantado y apoyado una mano en la pared junto a Carlos. Aunque tenía muchas ganas de extender ambos brazos y encerrarlo en su abrazo, Aldo sabía que no podía hacerlo. Eso haría que Carlos se sintiera acorralado, haciendo que su corazón, que por fin se había ablandado un poco, se endureciera de nuevo, y quién sabe qué palabras hirientes saldrían de su boca. Aunque estaban dentro de su límite de tolerancia… ese daño no debía subestimarse.

—Empecemos de nuevo. —dijo Aldo en voz baja, con un tono casi de súplica—. No te escondas más de mí, no me ignores a propósito, no seas tan reacio que ni siquiera me diriges la mirada… Te lo ruego.

Carlos se quedó en silencio.

—Te lo ruego.

—Yo… 

Cuando Carlos habló, Aldo hasta contuvo la respiración. Carlos desvió la mirada y giró la cabeza: 

—Lo pensaré. 

Luego, esquivó rápidamente a Aldo y se dirigió directamente al baño. Dándole la espalda, le dijo: 

—¿No dijiste que teníamos que ir al Templo? No pierdas el tiempo.

Aldo, apoyado de lado contra la pared, miró cómo la puerta del baño se cerraba frente a él. La expresión de súplica en su rostro se desvaneció, dando paso lentamente a una sonrisa. Mientras la sentencia de muerte se cambiará a una ejecución suspendida, él podría avanzar paso a paso para convertirla en una condena de prisión, reducir la pena, e incluso lograr la liberación final sin cargos. 

Un buen comienzo, se dijo Aldo a sí mismo. Recogió su abrigo del respaldo de la silla y regresó a su habitación para lavarse y arreglarse.

Gal, por el contrario, hizo un alboroto al ver a Carlos.

—A decir verdad, ¿fui yo a quien casi le arrancan medio cerebro, verdad Carl? ¿Por qué te quedaste dormido como la Bella Durmiente y no podías despertar? Casi pensé que tendría que buscar a alguien para que te despertara con un beso… ¿Qué te pasó en el cuello?

—Odio la ropa de cuello alto, me hace sentir como una gallina estrangulada. —A pesar de decir eso, Carlos, sintiéndose un poco culpable, se ajustó el cuello alto que se había puesto específicamente para ocultar cierta herida, y le dirigió una mirada molesta a Gal—. Además, Sr. Fuera de Combate, mientras tú estabas noqueado, yo fui a cazar monstruos al Valle de la Muerte, ¿de acuerdo? ¿Qué es esa porquería que tienes en la mano?

—Es un regalo de Lily y Mike para ti, vinieron a visitarte. —Gal le pasó un póster con una sonrisa un tanto maliciosa.

Carlos arqueó una ceja cada vez más arriba. Miró el póster por todos lados durante un buen rato, antes de preguntar con duda: 

—Este de aquí, con la barbilla de un metro de largo… ¿es una persona?

—Es el protagonista de la película de Disney ‘La Bella Durmiente’ —explicó Gal, deseoso de causar problemas—. Es el encargado de despertar con un beso a la princesa que ha dormido cien años… 

Aldo, que bajaba las escaleras en ese momento, preguntó casualmente: 

—¿Quién durmió cien años?

Gal se quedó sin palabras, dándose cuenta de que este “Bello Durmiente” real que había dormido mil años había recibido un disparo accidental. Luego notó el moretón en la comisura de la boca de Aldo, y su mirada se detuvo allí por un segundo. Aldo fingió con calma que el moretón no existía, sin la menor intención de explicarse. Afortunadamente, Gal no era Evan; tras un par de miradas, se dio cuenta de su indiscreción y desvió la mirada como si nada.

Carlos le estampó el estúpido póster en la cara a Gal, quejándose al pasar. 

—Un día, todos ustedes, grupo de bastardos ingratos, recibirán su merecido castigo.

Gal se rio a carcajadas siguiendo la corriente. Luego, al ver la espalda de Carlos salir, recogió rápidamente sus cosas para seguirlo, mientras pensaba con amargura: 

Estar en este estado ahora, ¿acaso no es ya mi merecido castigo?

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