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Carlos sintió que todas las palabras que podría haber dicho fueron bloqueadas por Aldo en ese instante.
¿Qué otra cosa podía hacer?
“Entonces lárgate a tu propio ataúd.” , ¿Acaso eso sonaba humano?
“Acepto el soborno de tu propiedad inmobiliaria y me entrego a ti.”… ¿Qué clase de situación era esa? ¿Acaso algo se le había descompuesto en la cabeza?
Al ver que no hablaba, Aldo esperó en silencio. Dos señores de aspecto apuesto y porte extraordinario, de pie y rígidos junto a una obra de construcción mirándose a los ojos fijamente; la escena rápidamente atrajo la cruel atención de los obreros aburridos.
Aldo, observando sus expresiones, notó que Carlos tenía cara de conflicto, pero no había explotado de ira; de inmediato, su estado de ánimo se iluminó. Sabía que acorralar a Carlos con esas palabras en las antiguas ruinas de la Mansión Flaret era realmente desvergonzado, pero estaba ansioso por avanzar. Casi no podía esperar para dar el siguiente paso, así que lo tanteó con impaciencia.
Al ver la reacción de Carlos, supo que su prueba había sido acertada.
A un tipo con tan mal carácter como este siempre le gustaba tener la iniciativa; que otros lo presionaran bien podría hacer que estallara allí mismo. Pero no lo hizo, ¿verdad? Era una buena señal.
Durante tres meses, incluso las gotas de agua que caen pueden hacer un pequeño hoyo en una piedra.
La mano de Aldo se deslizó lentamente hacia abajo por el brazo de Carlos, hasta que agarró sus dedos. Su cálida palma sostuvo los dedos del otro, que siempre parecían un poco fríos, y con suma devoción dejó un suave beso en ellos. Luego, con los ojos y las cejas ligeramente bajos, mostró una expresión lastimera y triste.
—Sé que debería esperar con paciencia, que no debería presionarte, pero…
El resto de sus palabras se perdieron en un suspiro, y el corazón de Carlos se encogió ligeramente, quedándose suspendido en el aire. Aldo bajó la cabeza, mostrando el hermoso contorno de sus ojos; sus labios eran finos como una línea, los músculos de sus mejillas estaban tensos y los bordes de sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, como un prisionero esperando escuchar la sentencia de su destino. Una postura vulnerable, pero no suplicante.
Carlos, casi de forma instintiva, cuando Aldo bajó la mano, lo tomó de vuelta. Sus yemas rozaron el fino sudor en la palma del otro, y de repente se sintió lleno de una agridulce confusión.
¿Cómo llegamos a este punto? Pensó.
Al cerrar los ojos, era como si los dos todavía fueran aquellos niños despreocupados en el Templo, corriendo, jugando y haciendo travesuras. Se peleaban por pequeñeces y luego, inexplicablemente, hacían las paces. Competían en los exámenes, competían en las misiones; parecía que superar al otro una sola vez era la cosa más digna de celebración en el mundo. Pero de repente, pasaron mil años y se separaron en dos lugares distintos. Cuando volvieron a pararse en esta tierra familiar, descubrieron que todo lo demás había desaparecido, y que en todo el mundo solo quedaba la otra persona, la única que aún conocía su verdadero yo, aquel que se había perdido en la historia. Pero él era tan familiar y, a la vez, tan extraño.
Aldo no desaprovechó ese instante. Abrazó a Carlos de golpe, entrelazó sus dedos con los de él, y dejó caer los brazos a los lados. Cerró los ojos, exhaló suavemente y, con mucho autocontrol, hizo una breve evaluación interna de su éxito monumental: Leo, bien hecho.
Sin embargo, sus manos escaparon al control de su cerebro; el abrazo, que en un principio era suave y cauteloso, finalmente perdió su contención y se hizo cada vez más apretado. Conllevaba un miedo indescriptible que él mismo reprimía y se negaba a admitir, mezclado con alivio, una alegría y tristeza abrumadoras… y una terrible posesividad.
Carlos sintió que un hueso de su cuerpo crujía bajo la presión, y sus dedos fueron apretados por Aldo hasta casi deformarse. Incluso tuvo la extraña ilusión de que él, siendo un inútil… en realidad, parecía ser bastante valioso.
La respiración que rozaba su cuello era larga y temblorosa, como la de un niño que despierta bruscamente de una pesadilla que ha durado años. Sus nervios estaban tensos como una cuerda estirada al máximo; con el menor toque, se rompería de inmediato.
La mirada de Carlos, por encima del hombro de Aldo, se posó en la desolada obra de construcción. Algunos obreros que antes los señalaban con el dedo, al cruzarse con su mirada, mostraron sonrisas amistosas y le levantaron el pulgar desde lejos.
¿Qué significa eso? ¿Que lo hice bien?
Sonrió con amargura y pensó: Yo soy el que… el que siempre arruinará las cosas.
Finalmente, Carlos levantó lentamente la otra mano y la colocó suavemente en la espalda de Aldo, dándole palmaditas lentas con un ritmo tranquilizador, como solía hacer su hermano mayor Chuck cuando él mismo se despertaba asustado por una pesadilla en su infancia.
—Me estás dejando sin aire. —Murmuró Carlos suavemente, pero no forcejeó.
En ese momento, la “cajita” de Aldo, que despertaba tanta envidia y odio en Carlos, sonó. Aldo la ignoró por completo, hasta que Carlos logró meter una mano por el espacio entre los dos, sacó el teléfono del bolsillo del abrigo de Aldo y aprovechó para retroceder un paso, escapando así de la aterradora postura de siameses.
La expresión de Aldo se ensombreció bastante. Su mirada lúgubre se detuvo en el nombre “Megert” que parpadeaba en la pantalla; con las manos un poco temblorosas, logró desbloquearlo al segundo intento y preguntó con voz ronca y muy poco amigable:
—¿Qué pasa?
Louis hizo una pausa; como si hubiera sentido el aura asesina a través de la línea telefónica, preparó sus palabras y dijo con cautela:
—[Hay dos cosas que creo que debería saber lo antes posible. Hace cinco minutos, Gal envió un mensaje diciendo que han acorralado a ese Demonio de las Sombras. Según dicen, parece que está siendo atraído por alguna fuerza desconocida y se dirige hacia el pueblo de Xiangmang, en el estado de Miley.]
—¿Me llamas solo por un Demonio de las Sombras al que le falta medio cuerno? —preguntó Aldo con frialdad.
—[No.] —dijo Louis rápidamente—. [Nuestro equipo de expertos descubrió hace un tiempo que la caja de cristal emite una especie de radiación, como una señal. La decodificamos y descubrimos que es muy similar a cierto mineral que se extrae en el pueblo de Xiangmang.]
—¿Mmm? —Aldo se sorprendió.
—[En el pueblo de Xiangmang se extrae una esmeralda llamada ‘Pluma Esmeralda’. Se dice que se llama así porque los cristales naturales de Pluma Esmeralda tienen fallas internas que se forman de forma natural y, a la luz, parecen plumas. Son muy raras y caras, pero hasta ahora no se ha oído que tengan otro uso más allá de la decoración y el coleccionismo] —luego preguntó Louis—. [¿Qué opina usted?]
—Pluma Esmeralda, conozco esa gema. —Aldo hizo una pausa y giró la cabeza para mirar a Carlos—. En nuestra época tenía otro nombre: ‘Alas de la Muerte’, porque su lugar de origen era donde los dioses tenían prohibido el paso…
—Alagutu —continuó Carlos su frase—, la Montaña de la Sombra Absoluta. Esto se va a poner interesante.
Aldo frunció el ceño, le dio unas breves instrucciones a Louis y colgó el teléfono. Sabía que su cita probablemente se arruinaría; por lo visto, necesitaban regresar al Templo de inmediato. Era como en los viejos tiempos, cuando el ambiente era perfecto, y siempre eran interrumpidos por algún tipo que llegaba corriendo y gritando, para que luego cada uno tomara su misión y se fuera por su lado.
—Creo que debería jubilarme. —dijo Aldo. Luego, con cuidado, ladeó la cabeza y miró a Carlos, que parecía preocupado, y preguntó en voz baja—: ¿Puedo tomarte de la mano?
Carlos no lo escuchó.
—¿Carl?
—¿Mmm? —Carlos salió de repente de su profundo ensimismamiento y se quedó aturdido.
Aldo, sin pedir permiso, le tomó la mano. La mirada de Carlos se detuvo allí un momento; luego, tras sopesarlo un instante, dijo con tono grave:
—En realidad, no tienes que sentirte culpable conmigo. Incluso si lo hubiera, ya has hecho suficiente…
Aldo apretó la mano y detuvo sus pasos:
—¿Qué quieres decir?
—Ninguno de los dos puede volver a esos tiempos —dijo Carlos con calma—. No tienes por qué intentar recrear cómo era todo entonces… Aunque hayan pasado mil años, tú deberías tener tu propia vida. En realidad, no hay necesidad de que te esfuerces tanto solo porque yo también estoy aquí…
—¿Crees que simplemente me siento culpable y que uso esto para compensarte? —dijo Aldo.
Carlos se volvió de lado. En sus ojos, profundos como estanques, se reflejaba con calma el rostro algo retorcido de Aldo.
Aldo estaba a punto de volverse loco de la rabia, pero soltó una carcajada repentina. Levantó la voz de golpe y su garganta lastimada volvió a quebrarse:
—¿Crees que todo lo que dije fue pura basura? ¿Crees que solo te estoy usando para compensar a un… niño con deficiencia mental y falta de amor que ha vagado durante años? ¿Crees…?
—En ese entonces —lo interrumpió Carlos en voz baja—, ¿acaso no estuviste conmigo solo porque te cansaste de mis molestias? ¿No pensaste que solo era un capricho pasajero y me aceptaste a medias, esperando a que se me pasara la novedad y me largara de tu vista?
La respiración de Aldo se cortó.
Sintió como si alguien le hubiera clavado un arma afilada en la parte más vulnerable y letal de su pecho… porque Carlos no se equivocaba. Tal vez el amor realmente es mágico y grandioso; puede hacer que alguien tan descuidado como Carlos se vuelva sensible, y que muchos años después, en una calle concurrida, dé en el clavo sin piedad alguna.
Los ojos de Carlos se oscurecieron y soltó suavemente su mano de la de Aldo.
—Era joven en ese entonces, no sabía nada y causé muchos problemas, lo siento.
Pero Aldo volvió a agarrarlo con fuerza inmediatamente después.
—Era joven en ese entonces… —Usó exactamente la misma frase que Carlos. Luego se detuvo, levantó la cabeza bruscamente, miró a los ojos de Carlos y dijo con ferocidad—: Realmente deberías sentirlo. ¿Por qué, cuando yo era tan joven y aún no sabía nada, me impusiste tus sentimientos, para luego hacérmelos perder tan fácilmente justo cuando apenas comenzaba a darme cuenta de ellos?
—La noche que te fuiste del Templo, no dormí en toda la noche. Grabé tu nombre en la puerta con mis uñas y mi propia sangre. Reuní todo el valor de mi vida y, en el último momento, finalmente quise salir a buscarte a ti y al maestro Mocarlos. Pero él envió a alguien a noquearme y me enseñó la lección más inolvidable de mi vida: ¡hay oportunidades que son fugaces, y si se van, se van! ¡Un cobarde está condenado a ser un pobre infeliz toda su vida, porque duda una y otra vez hasta para saber qué pie mover primero!
—Basta… —Dijo Carlos en voz baja.
—¡Cállate! ¡Aún no he terminado! —Gruñó Aldo—. ¿Crees que Carlos Flaret murió en el verano de sus dieciséis años? ¿Y qué hay de mí? Desde entonces, todos los días al dormir soñaba contigo, y cada noche al despertar me convencía de que solo era una ilusión, que tenía otras formas. Que mientras fuera lo suficientemente fuerte, algún día podría recuperarte. Pero diez años después, cuando realmente fui lo suficientemente fuerte, regresaste, pero no por mí, y tú incluso… ¡Tú incluso desapareciste de nuevo frente a mis ojos!
—Suficiente —Carlos lo agarró repentinamente, haciendo que Aldo se tambaleara, lo tomó de los hombros y dejó unos besos suaves en las comisuras de sus labios—, suficiente, no digas más.
—¡Fuiste tú quien cortó mi vida en dos! ¿Y ahora dudas de que todo lo que hago es solo para consolarte y compensarte? —Aldo soltó una risa fría, levantó una mano, agarró a Carlos por el cuello y dijo con tono sombrío—: Ojalá te murieras.
—Lo siento. —Carlos no lo esquivó, solo dijo en voz baja.
La expresión de Aldo cambió varias veces. Se mantuvo en un silencio reprimido durante cinco largos minutos. Finalmente, se suavizó, soltó lentamente el cuello de Carlos, donde había dejado una marca roja, y dijo en un susurro con cierto tono de agravio:
—Llámame Leo.
Sin borrachera, sin presión, sin cálculos elaborados; solo quería que… volvieras a usar ese tono íntimo para pronunciar mi nombre, para hacerme saber que no he sido olvidado, ni abandonado. Y qué sigues aquí.
Carlos suspiró y lo abrazó por la cintura.
—Leo —dijo—, lo siento mucho.