Capitulo 23

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Capítulo 23

Chu Yan quería mucho a Joshua. Aunque nunca lo había dicho en voz alta, no quería que Joshua lo dejara de lado por otras obligaciones.

Chu Yan se inclinó y le dio una mordida en la espalda. A regañadientes, murmuró:
—Lo siento.

Joshua le dio unas palmadas suaves en la espalda y preguntó con tono preocupado:
—¿Te sigue doliendo?

Chu Yan no entendió a qué se refería y preguntó instintivamente:
—¿Qué cosa?

Joshua sonrió, echó un vistazo a su alrededor y notó que todos los presentes mantenían la cabeza baja, sin atreverse a interrumpir al Primer Ministro mientras coqueteaba.

—Luego hablamos —respondió Joshua rápidamente antes de marcharse a grandes pasos.

A ojos de todos, Joshua era una figura inalcanzable y arrogante. Jamás imaginarían que alguien así se rebajaría por otra persona. Incluso Phil, al ver a Joshua de esa forma, no sabía muy bien cómo sentirse. Tal vez, se alegraba por él.

Joshua se agachó para examinar las manos de Chu Yan. Fruncía el ceño con tanta fuerza que parecía que podría matar una mosca con solo mirarla.

Chu Yan tenía las palmas rojas e hinchadas por las quemaduras de los rayos infrarrojos. A él no le parecía grave, pero Joshua se enfureció al verlas. Solo pensar en el peligro que había corrido hacía que las venas de sus brazos sobresalieran de forma aterradora.

Tomando sus manos enrojecidas, Joshua las tocó con suavidad y levantó la vista para mirarlo.
—Estoy bien, no me duele —dijo Chu Yan con una leve sonrisa.

Joshua tomó un ungüento que estaba a un lado y empezó a aplicarlo con mucho cuidado. En realidad, Chu Yan no se atrevía a decirle que también tenía la espalda quemada. Viendo lo sombrío que estaba Joshua, si se enteraba de que también se había herido la espalda, seguramente se enfadaría mucho.

Phil, que estaba observando todo desde un costado, se sorprendía de lo sumiso que se mostraba Chu Yan con Joshua. Este Omega, tanto en fuerza física, inteligencia como en combate, era el mejor que había visto. De hecho, era la primera vez que un Omega lo había noqueado.

Después de aplicar el ungüento, Joshua volteó a Chu Yan, haciéndolo ponerse boca abajo en la cama. Chu Yan, al ver esto, se levantó rápidamente y se aferró al cuello de Joshua, besándole la cara apresuradamente.
—Estoy bien, no me duele, de verdad. No te enojes…

Joshua se quedó perplejo, luego desvió la mirada hacia Phil y le dijo:
—Phil, sal un momento. Si necesito algo, te llamaré.

Phil, viendo el ambiente, entendió perfectamente que ya no era apropiado quedarse. Tomó el botiquín y se retiró con discreción.

Chu Yan siempre decía que no le dolía, que no tenía miedo al dolor. Pero Joshua pensaba que no tenía por qué ser tan fuerte todo el tiempo. Sostuvo el rostro de Chu Yan entre sus manos. Estaba manchado, probablemente de cuando fue a la plaza al aire libre.

Lo miró directamente a los ojos y le dijo:
—No estoy enojado. Dime, ¿dónde más te duele?

Los labios de Chu Yan temblaron. En realidad, le dolía todo el cuerpo. La capa exterior de su piel estaba tan quemada por los rayos que parecía que se le había desprendido.

—Dímelo —repitió Joshua.

Chu Yan le metió la lengua en la boca, forzando la entrada y acariciando su lengua con destreza. Sorprendentemente, Joshua no respondió al beso. Solo lo miraba fijamente.

Chu Yan se sintió derrotado, lo soltó y, con la respiración agitada, confesó:
—La espalda… todo el cuerpo.

Joshua se enfureció al escucharlo. Sin importarle más, rasgó la ropa de Chu Yan. Su cuerpo herido quedó completamente expuesto.

La carne quemada, enrojecida, e incluso con algunas ampollas, lo dejaron sin aliento. Joshua podía imaginar el dolor que debía sentir. Que hubiera sufrido tanto y aún así pensara ocultárselo… Su rostro se volvió tan sombrío que parecía a punto de llover.

No dijo nada más. En silencio, comenzó a aplicar el ungüento en cada herida con sumo cuidado. Chu Yan lo observaba de reojo, apretando los labios sin atreverse a hablar.

Cuando terminó de aplicarle el medicamento por todo el cuerpo, Joshua fue al armario y sacó ropa suelta. Chu Yan se dejó vestir dócilmente, siguiéndole el ritmo.

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