Nadie se atrevió a objetar que Chu Yan matara a un prisionero enemigo. Al contrario, al ser el Omega que acompañaba al Primer Ministro, su habilidad sorprendió a más de un oficial Alfa.
Incluso los hermanos Yasen y Yami, en sus ojos turbios, dejaron entrever un destello de asombro.
Sin duda, era alguien en quien confiaba el Primer Ministro Biling. Valiente, decidido, no inferior a ningún Alfa.
Joshua no le preguntó nada a Chu Yan. Sabía que, si había algo que quisiera contarle, lo haría por sí mismo. No era necesario preocuparse por gusto.
Los dos hermanos enemigos llevaban grilletes en manos y pies. De hecho, previamente habían sido sedados, así que sus cuerpos estaban débiles e inertes.
El sedante era una pesadilla para cualquier prisionero: iba debilitando sus fuerzas poco a poco. Al principio solo los dejaba sin energía, pero con el tiempo paralizaba por completo todo el cuerpo.
—Díganme el objetivo de la Alianza, su próximo plan. Cuéntenme todo lo que sepan —dijo Joshua con una mirada firme, sin dar espacio para excusas o evasivas.
Los dos hombres apretaron los dientes. Finalmente, el hermano menor pareció reunir fuerzas para pronunciar con dificultad una frase:
—El objetivo, por supuesto, es matarte. Lo demás… nosotros, simples soldados, ¿cómo podríamos saberlo?
Sus dientes blancos contrastaban fuertemente con su rostro sucio y cubierto de polvo.
Joshua no era de los que perdía el tiempo con palabras inútiles. En eso se parecía a Chu Yan: ambos tenían un carácter decisivo y tajante.
Un oficial le trajo una silla a Joshua. Él se sentó y jaló a Chu Yan para sentarlo sobre su regazo.
Chu Yan se apoyó contra su pecho, con la mirada firme clavada en los prisioneros.
—Si hablan ahora, se ahorrarán el sufrimiento. Pero si no, tenemos muchas herramientas en la pared. ¿Qué tal si las probamos una por una? —dijo Joshua con tranquilidad, jugueteando con la mano de Chu Yan con aire despreocupado.
Los hermanos no reaccionaron a sus palabras. Seguían manteniéndose firmes.
Joshua levantó el rostro de Chu Yan con una mano, obligándolo a mirarlo a los ojos, y le mordisqueó suavemente los labios.
—Mi Chu Yan, elige tú una herramienta para divertirnos con ellos.
Chu Yan arqueó una ceja con elegancia, se lamió los labios, y luego giró la cabeza, escaneando con la mirada los instrumentos de tortura.
En la distancia, a los oficiales les resbaló el sudor frío por la frente.
Chu Yan extendió el dedo y señaló uno.
—Esa —dijo con firmeza.
—Muy bien —Joshua levantó la barbilla e hizo una seña al oficial en la distancia.
El instrumento que había elegido Chu Yan era una losa de piedra de unos dos metros de largo por uno de ancho, sobre la cual se había vertido un líquido de origen desconocido. Los oficiales llevaron a Yami hasta esa losa, y sus pupilas se contrajeron bruscamente de terror.
—Cariño, el que elegiste es bastante sangriento. Puedes darte la vuelta si no quieres mirar —susurró Joshua en su oído, apoyando su cabeza sobre el hombro de Chu Yan. Sonrió satisfecho al ver cómo se sonrojaban ligeramente las orejas de este.
Chu Yan se sintió terriblemente incómodo por el roce de Joshua. Se removió un poco y dijo:
—No soy delicado.
No era la primera vez que decía esas palabras. Puede que realmente no fuera frágil, pero para Joshua, su Chu Yan siempre sería alguien a quien debía cuidar, mimar y proteger.
—No te muevas —Joshua sujetó con fuerza el cuerpo inquieto de Chu Yan.
Al sentir el cambio en la parte baja del cuerpo de Joshua, Chu Yan lo miró con incredulidad y le dijo:
—¿No puede ser… que ya estás en celo por esto?
Joshua le dio una palmada en la cabeza, molesto por su sorpresa excesiva.
—Mira con atención.
Cada una de las frases entre Chu Yan y Joshua llegó nítida a los oídos de los oficiales cercanos. Fingiendo no haber escuchado nada, desviaron la mirada con incomodidad hacia los hermanos Yami, a quienes miraban con dureza.
El ser humano siempre guarda cierto temor hacia lo desconocido. Yami no sabía qué clase de tortura le esperaba. Lo peor era que todo se había decidido por una simple frase del amante de Joshua. Lleno de rabia e impotencia, Yami sentía que su dignidad como Alfa había sido completamente pisoteada.