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No habían pasado ni cinco días desde la trágica muerte de la familia que vendía paraguas, cuando el misterioso caso volvió a ocurrir en el lado oeste de la ciudad. En ambos incidentes, los cadáveres presentaban un estado espantoso y el interior de las habitaciones estaba impregnado con el humo de la madera de agar.
Lo más inquietante era que, esta vez también, el asesinato ocurrió bajo las narices de Liao Xuan y Fu Yan, justo después de que pasara la sombra cian.
Los vientos del terror volvieron a soplar en la ciudad de Jinyou; todos estaban presas del pánico, inquietos y llenos de sospechas.
El magistrado se puso bastante ansioso y le preguntó al monje su opinión en varias ocasiones, pero este no pronunció ni una sola palabra.
Ese día, el monje se encontraba en la habitación meditando con los ojos cerrados. Fu Yan acababa de regresar; sus ropas aún conservaban el frío del exterior y sus manos parecían estar manchadas de suciedad. Levantó la vista de manera casual para mirar al monje y luego tomó una vasija con agua para lavarse. De principio a fin, el monje no abrió los ojos para mirarlo.
Aunque los dos compartían la misma habitación, el monje apenas hablaba, lo que a fin de cuentas resultaba bastante aburrido para Fu Yan. Se sentó en una silla de madera en el salón y levantó la barbilla con pereza, observando al monje desde la distancia.
Aquel monje poseía una apariencia excepcional y un porte especialmente refinado, con un hueso de la ceja elegante y definido. Si estuviera dispuesto a dejarse crecer el cabello y volver a la vida secular, sin duda sería un deleite para los ojos. Al pensar en esto, Fu Yan esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo.
Bueno, no era como si nunca hubiera visto a un monje regresar a la vida secular.
Justo en ese momento, la expresión del monje cambió de repente. Frunció el ceño con fuerza, sus globos oculares se movían agitados bajo los párpados y sus manos se volvieron rígidas.
Evidentemente, Fu Yan se dio cuenta, pero no sabía qué estaba pasando. Todo en la habitación seguía igual que siempre, y hablando de demonios, él era el único presente; la única explicación era que el estado mental del monje estuviese sufriendo un problema.
Como era de esperar, antes de que se consumiera media varita de incienso, el monje abrió los ojos abruptamente. Mostraba la mirada furiosa de un Vajra1, y el reflejo de un loto del dharma2 apareció inesperadamente en sus pupilas. Fu Yan se quedó mirando sin entender, y notó que el monje observaba la silla vacía a su lado. Era como si alguien estuviera sentado allí, que de pronto pareciera haberse levantado y caminara en su dirección. La mirada del monje siguió ese movimiento en todo momento, hasta que finalmente se posó con lentitud sobre Fu Yan.
Un escalofrío recorrió la espalda del demonio, pensando que en ese instante alguien estaba parado detrás de él, pero al girar la cabeza, no vio a nadie.
La mirada del monje osciló entre ambos espacios. Su rostro mostraba una profunda duda, como si hubiera descubierto algo; de pronto, sus pupilas se contrajeron y, bajo el torrente de sangre que se agitó en su interior, terminó escupiendo un pequeño bocado de sangre.
Fu Yan no pudo evitar ponerse de pie, pero temiendo que, si se acercaba ahora, el monje pudiera herirlo por accidente debido a una desviación de qi repentina, no tuvo más remedio que quedarse clavado en su sitio, dejando que las dudas se multiplicaran en su mente.
Aunque el monje estaba a un solo paso de convertirse en Buda, en esta vida, a fin de cuentas, no era más que un monje terrenal. ¿Acaso durante los más de cien años que había pasado buscando al monje sin éxito, ocurrió algún otro imprevisto?
Cuando el loto del dharma en las pupilas del monje se desvaneció gradualmente, sus cejas se relajaron un poco y la ira desapareció, Fu Yan no pudo contenerse y preguntó:
—¿Qué pasó?
Liao Xuan lo miró; su mirada pareció detenerse por un segundo y luego le restó importancia con gran ligereza:
—No es nada, es un demonio interno… Ha estado ahí por muchos años.
—¿Un demonio interno? —Fu Yan frunció el ceño con fuerza y continuó indagando—. ¿Qué apariencia tiene?
—Tiene la forma de una mujer.
Liao Xuan volvió a cerrar los ojos, pero la imagen que acababa de ver se repitió en su mente, siendo casi imposible de disipar.
Aquel demonio interno que lo había atormentado durante tantos años, y del cual desconocía su origen, poseía un aspecto hechicero y seductor.
Le gustaba llevar una falda de gasa ligera de color rojo plateado que la cubría a medias, y prefería aparecer cuando él estaba meditando. Hace un momento, ella había caminado hasta pararse detrás de Fu Yan; con una actitud lánguida y encantadora, le había sonreído con dulzura.
En el instante en que Liao Xuan levantó la vista, descubrió con asombro que el lunar rojo en el extremo de la ceja de aquella mujer era exactamente igual al que Fu Yan tenía en su propia ceja.
En medio de su conmoción, recordó vagamente la advertencia que el patriarca Shengyan le había hecho en sus primeros años:
Tu apego es la raíz del sufrimiento.