「 Capítulo 4 」

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Xie Yilu regresó a casa desde el ministerio. Su cena consistió en un plato de brotes de bambú secos y otro de tofu. Datian lo atendió mientras se lavaba las manos, preguntándole incesantemente por la situación fuera de la ciudad. El respondió agotado, con un par de frases evasivas y entró cabizbajo en el estudio. Sobre la mesa descansaba un fajo de cartas cuidadosamente dobladas que había olvidado llevarse por la mañana. Al verlas, sintió una calidez en el pecho. Tras observar el color del cielo, guardó las cartas contra su pecho y se preparó para ir al Templo Lingfu.

Apenas abrió la puerta, un llanto llegó desde fuera de la ventana. Venía de lejos, quizás a una o dos calles de distancia. Era una mujer con una voz desgarradora. Suspiró y se dispuso a salir, pero antes de dar un paso, alguien más empezó a llorar en la calle de enfrente. Parecía una competencia de lamentos. El llanto pronto se convirtió en un clamor general, entrelazándose continuamente sin detenerse.

No hacía falta adivinar, era por aquellos árboles. Xie Yilu retrocedió desanimado a su habitación. Las cartas en su pecho se volvieron pesadas, las sacó y al abrir apenas una esquina, vio su propia caligrafía, pequeña y cuidadosamente trazada: «…¿No sé si complacerá tu gusto? Cuando llegue el día de Guyu en el tercer mes, el jardín entero florecerá, su apariencia será espléndida, su aroma fragante…»

De pronto, arrugó el papel con fuerza, hizo una bola y lo arrojó al brasero. Mientras alguien perdía toda su fortuna familiar, él se entregaba a las delicadezas del estudio. Pero ¿en dónde podría desahogar la amargura que se desbordaba de su pecho? Tomó una hoja de papel al azar, empuñó el pincel grande, lo empapó en tinta espesa y trazó de un tirón seis palabras: Eres mi sal y mi ciruela.

La sal es salada, la ciruela ácida; sin lo ácido y lo salado, la boca carece de sabor. Al igual que esa carta donde cada día vertía sus sentimientos, aquello era el único sabor que Xie Yilu encontraba en sus días en Nanjing. Sin esperar a que la tinta secase, dobló el papel descuidadamente, lo apretó en su mano y salió. Datian estaba en el patio recogiendo cestos, y al verlo se apresuró a ponerse de pie.1

—Abre la puerta —dijo Xie Yilu, ajustándose la malla del cabello.

Datian soltó el cesto, corrió para adelantársele y quitar el pasador. Al abrirse la puerta, apareció un hombre con un gorro oficial de gasa negra, tenía la mano levantada, a punto de tocar. Xie Yilu lo reconoció, era el Siwu2 del ministerio: —¿Sucede algo?

El Siwu hizo una reverencia: —El Director Ye3
solicita la presencia de su señoría de inmediato.

Era un asunto oficial. Xie Yilu se dio la vuelta sin necesidad de órdenes, y Datian ya salía corriendo de la casa con su sombrero oficial entre los brazos. Xie Yilu lo tomó, se lo puso y preguntó mientras caminaba: —¿Quiénes están?

—El Ministro, el Viceministro Liu, el Director Ye y por supuesto, su Señoría.

Todos eran personajes de alto rango, y también eran figuras que no habían asistido a los banquetes de Zheng Xian. Xie Yilu detuvo sus pasos un momento: —¿De qué se trata?

El Siwu soltó una risita: —Este humilde servidor no tiene forma de saberlo.

Xie Yilu también sonrió, este tipo definitivamente lo sabía: —¿De dónde es usted, Siwu?

—Este humilde servidor es de Qian’an.

—Qian’an. —Xie Yilu pensó un momento—. ¿Son usted y el señor Ye del mismo pueblo?

El joven Siwu puso una expresión de misterio: —No me atrevería a relacionarme con él —dijo, pero tras un rato, no pudo contenerse y susurró—: Mi familia vive justo frente a la familia Ye, solo nos separa una calle.

Xie Yilu con mucha cortesía extendió la mano para invitarlo a pasar al frente y él mismo retrocedió medio paso. El Siwu, con el rostro iluminado por las sonrisas, aceptó el gesto con timidez. Entre cortesías, no tardaron en llegar al Ministerio de Guerra. Xie Yilu pensó que tendría que esperar en su propia oficina, pero para su sorpresa, el Siwu lo condujo hasta la puerta del Ministro, le dijo que tuviera “paciencia” un momento y entró a anunciar su llegada.

La puerta se cerró y volvió a abrirse. El Director Ye salió subiéndose las mangas, clavó una mirada afilada en Xie Yilu y le preguntó: —¿Sabes del asunto de la tala de árboles de la Oficina de Manufactura de Tejidos?

Xie Yilu inclinó la cabeza: —Lo sé.

El Director Ye dio un paso hacia él: —Si te diera cinco mil hombres y te encargara reprimir los disturbios, ¿te atreverías?

Xie Yilu levantó la cabeza de golpe, mirando a su superior con incredulidad. Las puntas de los dedos del Director Ye asomaron por la manga de su túnica y señalaron levemente en dirección a la casa de Xie Yilu: —Los llantos que resuenan por toda la ciudad ¿No los has oído? 

Xie Yilu no respondió. El Dugong de la Oficina de Manufactura de Tejidos de Nanjing era un pez gordo entre los grandes eunucos, poseía edictos imperiales y sellos oficiales. Esto era un asunto de jugarse el cuello. —¿Cuándo actuarán?

—Al amanecer, en cuanto empiecen a talar.

—No hay tiempo para organizar un despliegue.

—Las tropas ya han sido seleccionadas y están listas, justo fuera de la Puerta Shence.

Xie Yilu no pudo evitar sentir un escalofrío. Sabía por qué lo habían buscado a él: porque era un recién llegado, porque había sido marginado por los eunucos y porque estaba ansioso por consolidar su posición.

—¡Director!—. Desde lejos, un guardia se acercaba a paso veloz con una tarjeta de visita en la mano. El Director Ye se mostró claramente molesto por la interrupción, frunció los labios, pero al tomar la tarjeta y verla, su expresión cambió al instante.

Xie Yilu no le prestó atención. Solo sabía que, respondiera o no a la visita, no saldría de allí esa noche.

El Director Ye caminó de un lado a otro en su sitio, y tras varias vueltas regresó apresuradamente a la habitación. Debieron de haber consultado entre varios, porque después de un buen rato, salió una orden: —¡Déjenlo pasar!

El guardia fue a buscar al visitante, mientras Xie Yilu se quedaba allí con cierta incomodidad. En un abrir y cerrar de ojos, la persona llegó: era un joven eunuco, alto y sin escolta, que a la distancia parecía un árbol de jade. Vestía una túnica azul esmeralda de medio cuello, un tieli interior color blanco luna y botas negras con cordones planos. A primera vista pasaba desapercibido, pero Xie Yilu notó al instante que llevaba un pequeño abanico que costaba cincuenta taels de plata.

El Siwu salió a recibirlo y Xie Yilu escuchó con sorpresa que se dirigía a él como “Señor Mei”. Al cruzarse, el hombre de apellido Mei lo miró con cierta amabilidad, pero se percibía claramente que en esos ojos no había el más mínimo lugar para un pequeño oficial de sexto rango como él.

El Siwu lo acompañó directamente hasta dentro, pero él mismo se quedó fuera, de pie junto a Xie Yilu. Era evidente que estaba allí para vigilarlo. Xie Yilu lo comprendió: —¿Quién ha venido?

Era evidente que el Siwu no quería hablar de más, pero como se habían llevado bien mientras conversaban por el camino, tampoco pudo evadir por completo la pregunta: —De todos modos, lo conocerás tarde o temprano—bajó la voz—. Es el mayordomo principal de Liao Jixiang, de la Oficina de Manufactura de Tejidos, Mei Acha.

—¿Mei… Acha?—. Qué nombre tan extraño.

—Algunos dicen que es de la etnia Miao, otros que es Yi. Sus orígenes no están claros.

Xie Yilu recordó algo: —¿Cómo es que la Oficina de Manufactura de Tejidos…?

—Sí, tiene muchos eunucos extranjeros.

Estaban el eunuco Gaoli Zhang Cai de antes, el eunuco annamita Ruan Dian, y ahora este eunuco del suroeste, Mei Acha, además de ese gigante llamado Yishiha, cuyo nombre parecía de origen jurchen:4 —¿Liao Jixiang tampoco es han?

—No, él sí lo es —afirmó con rotundidad el Siwu—. Antes de venir a Nanjing estuvo diez años en Gansu, como el Dugong de armamento en el paso de Jiayu. ¿No te has fijado en que todos los pequeños eunucos a su cargo llevan sables?

Xie Yilu soltó una risita burlona: —¿Qué batallas pueden librar los eunuco? Solo sirven para tiranizar en tiempos de paz y desertar en tiempos de guerra.

—Gansu es un lugar inhóspito —dijo el Siwu frotándose las manos inconscientemente—. En invierno cae una nieve espesa como plumas de ganso, que puede congelarte manos y pies; y si los tártaros asaltan la ciudad a medianoche, ya seas un persona o una oveja, ¡te abrirán el vientre de un tajo!

Justo cuando el relato estaba en su punto más animado, la puerta del ministro se abrió. El Director Ye escoltó a Mei Acha hacia la salida. Ambos tenían un semblante extraño, especialmente el Director Ye, que mostraba la incomodidad de quien quiere hablar, pero no se atreve.

Mei Acha ni siquiera se despidió, juntó las manos en un saludo, dio media vuelta y se marchó por donde había venido. Fue el Director Ye quien, clavando la mirada en su espalda, gritó con brusquedad: —¡Que el señor Mei tenga un buen viaje!

Xie Yilu estaba estupefacto. Llamar “señor” a un eunuco ya era salirse de las normas, y más aún hacerlo con tanta deferencia. El Director Y giró la cabeza pensativo y al ver a Xie Yilu, dijo secamente: —Puedes retirarte.

Xie Yilu abrió los ojos como platos: —¿Señor?

—Vete —dijo el Director Ye agitando la mano, impaciente—. Las tropas de la Puerta Shence se retiran ahora mismo.

La terquedad de Xie Yilu afloró de inmediato: —¿Por qué?

El directo Y esbozó una sonrisa burlona, arqueando la comisura de sus labios y haciendo que su bigote se agitara: —¿Acaso también tengo que darte explicaciones?

Xie Yilu, con frialdad, también sonrió: —¡Ese eunuco ha venido con una lista de obsequios!

El Director Ye se enfureció, sacudió sus mangas con fuerza y se alejó a zancadas.

En efecto, Mei Acha llevaba escondida en el pecho una lista de regalos, pero no era para el Ministerio de Guerra. Al salir de la calle de los Seis Ministerios, espoleó su caballo por la Puerta Hongwu y se dirigió directamente a la residencia oficial de Zheng Xian en el callejón Taiping. El guardia, al verlo, ni siquiera se molestó en preguntar, lo saludo respetuosamente como un «Señor Mei» y lo invitó a pasar con diligencia.

El pequeño salón de té de Zheng Xian era famoso en los círculos oficiales de Nanjing: biombos de vidrios esmaltados, montañas de ágata, alfombras tejidas por los Hui5 y una pareja de loros rojos de Siam6 cuyas cadenas eran de oro puro. Mei Acha se sentó justo debajo de esos loros y sorbio su té con parsimonia. Esperó cerca de una hora hasta que Zheng Xian apareció, con el pelo suelto y vistiendo solo ropa interior.

—A estas horas de la noche —refunfuño Zheng Xian con mal humor, dejándose caer con descaro junto a Mei Acha y apoyando un pie descalzo en el borde de la silla—. ¿Qué pasa, Séptimo Hermano?

Mei Acha le lanzó una mirada de reojo y dejó el té: —Siéntate bien.

Zheng Xian no obedeció de inmediato y pasó sus manos blancas como la nieve por su largo cabello: —Si tienes algo que decir, dilo rápido— pero lentamente bajó el pie de la silla—. Date prisa, que voy a dormir.

Aquella apariencia suya, entre lánguida y despreocupada, como si estuviera a punto de enfadarse, pero sin llegar a hacerlo, era su característica más distintiva, pero Mei Acha parecía ya estar acostumbrado. Extendió la mano y le rozó suavemente la barbilla, donde había una marca de dientes fresca, recién hecha, aún húmeda: —Aunque volvieras, tampoco podrías dormir, ¿verdad?

Zheng Xian arqueó levemente las cejas y sonrió como una flor de jazmín: —Séptimo Hermano, ¿esto te parece divertido…?

—Préstame algunos hombres —dijo Mei Acha de repente.

Zheng Xian se quedó atónito. Se enderezó y mientras se alisaba el cabello, dijo lentamente: —Si es para ti, te prestaré los que quieras—. De pronto, soltó un par de risitas burlonas—, pero si es para otro…

Mei Acha sabía a quién se refería. Sacó de entre sus ropas la lista de regalos que había preparado, la puso sobre la mesa y la empujó hacia él. Zheng Xian ni siquiera la miró: —¿Para qué quiere él a mis hombres?

—Teme que la gente común se amotine —dijo Mei Acha frotándose las sienes con cansancio—. Hay demasiadas familias en la ciudad que tienen perales.

Zheng Xian se regodeó: —¡Se lo merece!—. Tomó la taza de té de Mei Acha y, sin beber, empezó a darle vueltas en la mano—. ¿Y para qué quiere talar los árboles?

Mei Acha guardó silencio. Zheng Xian esperó un momento; con sus dedos largos dio un leve toque en la taza de té y con un gesto travieso, se untó en los labios el té que el otro había bebido: —Si no quieres decirlo, olvídalo.

Iba a levantarse, pero Mei Acha lo detuvo: —Es porque viene Qi Wan.7

Zheng Xian se acercó de inmediato, como una muchacha chismosa: —¿Ese viejo viene… a recoger tributos para el Emperador?

Mei Acha asintió. Zheng Xian lo comprendió al instante y desvió la mirada: —Entonces dile a Liao Jixiang que vaya a pedir soldados prestados al Ministerio de Guerra, ¿para qué vienes a mí?

—Ya fui —suspiró Mei Acha—. El Ministerio de Guerra ya lo sabe, pero no se niegan a dar la cara.

—Vaya —se burló Zheng Xian visiblemente enfadado—. Siempre llenándose la boca con el bienestar del mundo y el pueblo, pero cuando de verdad se les necesita, ¡se esconden como ratas!

Mei Acha dijo con voz grave: —No quieren verse relacionados con eunucos —y, con tono arrastrado, murmuró una vez más—: Noveno…

—Basta, Séptimo Hermano —lo interrumpió Zheng Xian—. Pase lo que pase, tú siempre serás mi séptimo hermano, pero Liao Jixiang… —sacudió su manga con brusquedad; su gesto de determinación tenía un matiz de fría belleza—. Cuando él estaba en la cima, yo no me aproveché de su luz. Si ahora su barco se hunde… —Zheng Xian sonrió—, ten por seguro que le daré una patada.

Mei Acha le sujetó la muñeca con firmeza: —Todos venimos del palacio, ¿por qué haces esto?

—No es que yo quiera llevarme mal con él —tras una pausa, Zheng Xian añadió—: es él quien me menosprecia.

Mei Acha iba a replicar, pero una vieja sirvienta llegó corriendo apresuradamente desde detrás, se acercó al oído de Zheng Xian y le susurró unas palabras. Zheng Xian aprovechó para apartar la mano de Mei Acha: —No hablemos más, la que está en la habitación me espera con impaciencia.

Mei Acha relajó el cuerpo, echó la espalda hacia atrás y se recostó apenas en el respaldo de la silla, alzando una ceja: —Me estás evitando.

Zheng Xian sonrió con despreocupación: —Hoy estoy de buen humor, así que usé un poco de droga… —se inclinó hacia él y le guiñó un ojo con picardía—. A estas horas, a esa mujer ya debe estar haciéndole efecto.

Mei Acha no dijo nada más. Recuperó la lista de regalos, le dio una palmada en el hombro y se levantó: —Ve a divertirte.

Xie Yilu fue al Templo Lingfu desde el Ministerio de Guerra, guardó bien la carta dentro de la lámpara de piedra y miró a su alrededor, reacio a marcharse. No era más que un hueco en una piedra erosionada por el viento y la lluvia, y un completo desconocido al otro lado, pero se sentía como atrapado en una red, poseído por un demonio interno. Se quedó allí, hablando solo frente a la linterna de piedra hasta que el frío le caló en el cuerpo, y solo entonces regresó a casa con profundo pesar.

Apenas pisó la carretera principal con la linterna en la mano, oyó el repiqueteo de unos cascos a sus espaldas. Antes de que pudiera hacerse a un lado para mirar con detenimiento, un caballo a todo galope, veloz como un torbellino, ya estaba sobre él. Con un fugaz destello, pasó una mancha familiar de azul esmeralda.

¡Mei Acha! Xie Yilu estaba seguro de ello. Se dirigía hacia la Puerta Jubao. A estas horas, ¿qué hacía saliendo de la ciudad?

De repente, una ráfaga de viento barrió el suelo bajo sus pies, la llama de la vela se sacudió violentamente dentro de la linterna y Xie Yilu se apresuró a protegerla. Justo en ese momento, desde la ladera al norte de la ciudad llegó un estruendo de golpes secos y repetitivos: la Oficina de Manufacturas de Tejidos Imperiales había comenzado a talar los árboles.

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Personajes

⭒ Mei Acha ⭒

梅阿查 (Méi Āchā)
梅 (Méi): Ciruelo (flor de ciruelo, símbolo de resistencia, perseverancia en el invierno).
阿 (Ā): Prefijo afectivo, diminutivo.
查 (Chā): Investigar, examinar.
Significado simbólico: “Pequeño ciruelo investigador”. La flor de ciruelo florece en el frío invierno, simbolizando lealtad y resistencia ante la adversidad. “Chā” (investigar) refleja su papel como espía o protector leal, siempre vigilante. Su nombre sugiere devoción silenciosa y capacidad de sobrevivir en condiciones duras.

Notas del Traductor

  1. Eres la sal y la ciruela: 尔惟盐梅 es una cita clásica del Libro de los Documentos (Shàngshū), donde se compara a un ministro capaz y esencial con la sal y la ciruela, ingredientes necesarios para dar sabor a los alimentos (gobernar con equilibrio).
  2. Siwu: El cargo de Siwu era un puesto oficial en la antigua China. Durante la dinastía Ming, cada uno de los Seis Ministerios contaba con una Oficina de Siwu, a cargo de dos funcionarios, quienes ostentaban el noveno rango y se encargaban de impulsar, supervisar, retrasar, cancelar y gestionar los libros. En la dinastía Qing, este cargo se elevó al octavo rango.
  3. Director Ye: 郎中 (lángzhōng) era un título oficial de la dinastía Ming (generalmente rango 5), equivalente a director o jefe de división en un ministerio.
  4. 女真 = Jurchen (pueblo tungús del noreste de China, predecesores de los manchúes).
  5. 回回人 = término Ming para musulmanes/persas. Este grupo étnico se formó principalmente a través de la integración a largo plazo con los han, mongoles, uigures y otros grupos étnicos después de que grupos de Asia Central, persas y árabes que históricamente practicaban el Islam emigraran a China.
  6. 暹罗 = Es el antiguo nombre de Tailandia. Tiene una larga historia en la península de Indochina y no fue renombrada oficialmente como “Tailandia” hasta 1949. Hoy en día, el bullicioso distrito comercial del centro de Bangkok todavía se llama Plaza Siam
  7.  戚畹 (Qī Wǎn) se refiere a los parientes de las consortes imperiales o a la parentela imperial por matrimonio, , es decir, los parientes maternos de la madre o la esposa del emperador (incluidos los parientes imperiales, las familias de las emperatrices y concubinas, etc.).
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