「 Capítulo 7 」

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A la noche siguiente, Xie Yilu recibió la respuesta. Era un texto con una pequeña escritura regular de significado críptico, dividido en tres columnas. La primera decía “Shelizi1, Puente Baling2, la segunda decía “Perder la cita3, y la tercera decía “Desvanecerse la flor del peral, caer el viento del ciruelo“.4

Frunció el ceño y caviló durante un buen rato, pero al final no logró descifrarlo. Al amanecer, cuando se dirigía al yamen, guardó la carta entre sus ropas. Tras el pase de lista matutino, fue a la habitación de Qu Feng, donde se quedó dando vueltas con timidez.

Qu Feng estaba ocupado con la revisión del personal de principios de año. Alzó la vista para mirarlo un par de veces, pero él permanecía en silencio. Harto de que lo interrumpiera, Qu Feng despachó al escriba que estaba copiando documentos y con el rostro serio, le preguntó: —¿Qué pasa?

Xie Yilu lucía algo avergonzado. Fue hasta la puerta y aseguró el cerrojo una y otra vez, luego sacó lentamente el papel de entre sus ropas: —Tengo algo… que necesito que me ayudes a descifrar.

—¿Qué co…— Qu Feng parecía un poco serio al principio, pero al acercarse y echar un vistazo, soltó un “¡puff!”. Temiendo que lo escucharan afuera, Xie Yilu se apresuró a agarrarlo para taparle la boca, pero Qu Feng, con tacto, se la tapó él mismo, alzando su dedo meñique adornado con un anillo de jade blanco: —¿No dijiste que no tenías amante?

—¡No… no es un amante!— se apresuró a corregir Xie Yilu, —¡Es solo, solo un amigo literario!

—¿Amigo literario?— Qu Feng se acercó más, y ese intenso aroma a benjuí lo envolvió de nuevo. —En este tipo de asuntos, ¿acaso crees que puedes…— Le dio unas suaves palmaditas en el pecho, —¿engañarme?

Xie Yilu, desesperado, dijo la verdad: —¡Ni siquiera sé si es hombre o mujer!

—Mañana lo sabrás —dijo Qu Feng, mirándolo significativamente y lanzando una mirada ambigua hacia la carta. —Esto es una cita.

Las mejillas de Xie Yilu enrojecieron, sintiendo una tímida emoción: —¿De verdad?— Se acercó aún más, luciendo muy ansioso. —¿Qué dice?

Qu Feng, sonriendo, observó su expresión ingenua y señaló la palabra “Shelizi”: —Esto es diez, tomando el homófono de “she”—. Movió el dedo hacia atrás, hasta “Puente Baling” (Bàlíngqiáo). Xie Yilu, siguiendo su método, adivinó: —¿Es… ocho?5

—Correcto, dieciocho —dijo Qu Feng. —El día dieciocho, o sea, mañana.

La mano con la que Xie Yilu sostenía la carta se humedeció por el sudor: —Entonces… ¿qué pasa con “Perder la cita”? ¿Qué significa aquí el “cinco”?6

—Esta columna indica la hora del día: Zi, Chou, Yin, Mao y la quinta es la hora Chen— continuó leyendo Qu Feng. —“Desvanecerse la flor del peral7 significa “pequeño”, “caer el viento del ciruelo8 significa “viejo”. Pequeño, viejo…— reflexionó un momento. —Manantial del pequeño anciano,9 a tres li y medio al sur de la colina Liumanpo, en el oeste de la ciudad.

Una sonrisa floreció en el rostro de Xie Yilu, de esas especialmente radiantes. Al verla, Qu Feng no quiso que fuera: —Esto… es un lenguaje cifrado que suelen usar las prostitutas.

El rostro de Xie Yilu se tensó visiblemente y forzó una leve curva en la comisura de sus labios: —Quién tiene tiempo libre para intercambiar cartas conmigo, supongo que tampoco debe de tener una vida muy satisfactoria.

—Con una caligrafía tan hermosa —dijo Qu Feng con sinceridad, —no puede tratarse de una chica cualquiera.

Al salir del yamen, Xie Yilu se dirigió a casa, pero por el camino desvió sus pasos hacia el Templo de Confucio. En los puestos callejeros ya vendían cometas, y frente a él, el río Qinhuai se iluminaba con una profusión de velas rojas y faroles, y el sonido de los instrumentos de cuerda y viento, mezclado con las risas y juegos de hombres y mujeres, no cesaba en ningún momento. Xie Yilu permaneció de pie en esta orilla; cuanto más bullicio había en el río, más soledad sentía. Solo, pateando piedrecitas, caminó a lo largo de la orilla del rio en busca de un lugar más tranquilo.

A ambas orillas del río, las familias encendían fogones para cocinar y de vez en cuando, algunas ancianas salían a golpear la ropa para lavarla. El aroma del aceite y la sal, el olor a leña y humo de cocina, y las voces intermitentes pero fuertes de los niños, todo ello le provocaba una melancólica añoranza por su hogar. La segunda casa desde el este del Callejón Mofang, su esposa, el viejo árbol de acacia que solía trepar de niño, todo estaba allí. Y sin embargo, al día siguiente, él iría a encontrarse con una prostituta en Nanjing, a mil li de distancia de su hogar.

Mientras caminaba sin rumbo fijo, una persona de gran estatura venía desde el frente. Al fijar bien la vista, se detuvo de inmediato: vestía una túnica yesa de color jade con ribetes decorativos y portaba un sable al cinto. Era Yishiha.

Yishiha era hombre de Ruan Dian. Xie Yilu dio un paso atrás, incluso pensó en huir. “No salgas de casa en estos dos días”, eso había dicho Qu Feng. ¿Acaso se refería a este preciso momento y a este mismo lugar?

Xie Yilu sabía que no tenía posibilidades de ganar, pero aún así adoptó una postura de combate; estaba dispuesto a intentarlo. Sin embargo, Yishiha lo rozó al pasar y siguió hacia adelante. Al cruzarse, Xie Yilu escuchó con claridad lo que dijo: —¡Regresa a casa, de inmediato!

¿Regresar a casa? Xie Yilu se dio la vuelta bruscamente: —¿Por qué tú…?

Yishiha ni siquiera se detuvo: —Por la tela de falda que arrancaste aquel día para vendarle la cabeza a A-Cai.

Apenas había terminado de hablar, cuando una persona salió corriendo del callejón, de manera tan abrupta y escalofriante, que tanto Yishiha como Xie Yilu se sobresaltaron. Sin darles tiempo a reaccionar, esa persona cruzó corriendo el camino de piedra y con un “¡plop!”, se lanzó al río.

Era una mujer completamente desnuda, con el cabello suelto y desordenado. No era una asesina enviada por Ruan Dian, sino una joven de alguna familia que había sido engañada y desflorada. Este tipo de cosas sucedían con demasiada frecuencia a orillas del río Qinhuai.

En un abrir y cerrar de ojos, Yishiha ya se había lanzado al agua. El río fluía furiosamente hacia el este, era justo la época de las pequeñas crecidas de primavera. La chica forcejeaba desesperadamente, como si le fuera la vida en ello, arrastrándolo hacia el fondo con ella.

Xie Yilu se desesperaba inútilmente desde la orilla, mientras que en el río, Yishiha le gritaba: —¡Te dije que te fueras, ¿acaso estás sordo?!

Xie Yilu dio un pisotón al suelo con frustración, corrió a lo largo de las casas de los civiles y encontró una larga escalera de bambú junto a la pared de un pequeño edificio de tres pisos. La cargó de regreso, la agarró con ambas manos y la arrojó al agua. La mujer parecía querer morir, aferrándose y forcejeando con desesperación. Yishiha solo pudo remar hacia este lado con una mano. Al acercarse, primero la subió a la escalera y luego la empujó hacia la orilla mientras él nadaba.

Xie Yilu arrastró a la mujer hasta la orilla, quedando su cuerpo y cara completamente empapados por las salpicaduras. Justo cuando iba a ayudar a salir a Yishiha, dos jóvenes con la cabeza envuelta en turbantes aparecieron detrás de él. Miraron a la mujer, luego miraron a Xie Yilu, y desenvainaron unos machetes que llevaban en la cintura.

Eran los matones del burdel. Xie Yilu retrocedió con torpeza, hasta que llegó al borde del agua y no tuvo más hacia dónde retroceder. De repente, se escuchó un fuerte chapuzón detrás de él. Al ver a Yishiha emergiendo del río, aquellos dos sujetos dieron media vuelta y huyeron corriendo.

La mujer lloraba encogida en el suelo. Xie Yilu no se atrevía a tocarla y Yishiha parecía completamente indiferente ante su dolor, se aflojó los hombros y comenzó a quitarse la ropa. Xie Yilu lo observaba atónito, viendo cómo dejaba al descubierto su torso robusto y cubierto de todo tipo de cicatrices. En un par de movimientos, escurrió su yesa y se la colocó sobre los hombros a la mujer.

Quizás por resentimiento o por no aceptar su destino, la mujer le agarró el brazo y lo mordió con ferocidad. Lo mordió con tanta fuerza que hasta Xie Yilu sintió dolió de solo verlo, pero Yishiha no tuvo piedad y le dio una fuerte bofetada.

La mujer cayó al suelo tras el golpe y tardó un buen rato en levantar la cabeza. Su largo cabello le cubría el rostro, impidiendo verlo con claridad. Yishiha no dijo ni una palabra. Sin inmutarse ante su pecho agitado ni a su suave cuerpo y simplemente le dijo a Xie Yilu: —Lárgate de una vez.

Xie Yilu debía irse. Dio media vuelta y corrió por el camino de regreso. Más adelante estaba el Templo de Confucio, con una multitud que fluía sin cesar.

Apenas había salido del campo de visión de Yishiha cuando, desde atrás, unos pasos ligeros comenzaron a seguirlo. Xie Yilu entró en pánico y en su nerviosismo, tomó el camino equivocado. Cuanto más caminaba, más solitario se volvía el lugar, y en poco tiempo, se adentró en un callejón sin salida.

No tuvo más remedio que darse la vuelta para enfrentarlo, se quitó el sombrero oficial y de puntillas, lo colgó en la punta de una rama.

El cielo apenas comenzaba a oscurecer y las sombras de la maleza del tejado se proyectaban difusamente sobre su cabeza, susurrando. De entre las siniestras sombras de los árboles emergió una figura. Era un hombre de baja estatura con un largo sable en la espalda. Era A-Liu.

Por un instante, Xie Yilu sintió alivio, alivio de que su oponente fuera solo un niño. Pero cuando A-Liu giró el torso y desenvainó el sable de su espalda con destreza, cuando la luz de la luna iluminó el filo de la hoja reflejándose en el fondo de sus gélidos ojos, Xie Yilu se dio cuenta de que aquella no era la mirada de un niño. En su interior había una oscuridad abismal, salpicada de incontables gotas de sangre, era un paisaje infernal.

Efectivamente, sin darle tiempo de prepararse, el largo sable ya se abalanzaba sobre su cabeza. El pecho, las piernas, los bordes de las mejillas, todo quedó abierto de par en par. No alcanzaba a sentir dolor, solo un ardor punzante. La sangre brotaba de aquellas horribles heridas, empapando su túnica oficial y goteando hasta sus pies. Al resbalar torpemente, cayó al suelo.

Ante sus ojos había una luna llena inmensa y el rostro de A-Liu acercándose. Llegados a ese punto, Xie Yilu, paradójicamente, dejó de tener miedo. Viéndolo así, A-Liu era muy hermoso, con ojos redondos y velludos que le recordaban a los de un pequeño animal, un gatito quizás.

A-Liu se agachó, flexionó el codo y apuntando a su rostro, le propinó dos golpes contundentes. De inmediato, la sangre comenzó a fluir hacia el interior de su nariz. Xie Yilu tosió con un sollozo ahogado, mientras A-Liu le tocaba y retorcía las mejillas de un lado a otro, como si lo estuviera examinando con detenimiento.

—Dame… dame…— Al abrir la boca, la espuma sangrienta brotó hacia afuera. A Xie Yilu le pareció extraño, había perdido tanta sangre, pero apenas sentía dolor. —¡Dame un… final rápido!

A-Liu apoyó entonces el sable, presionando el fino filo contra la base de su garganta. Sujetó la barbilla de Xie Yilu y la levantó de un tirón, deslizando su cuello suavemente contra el filo de la hoja. Luego, envainó el arma, se puso de pie y se alejó.

Xie Yilu sintió que la sangre se filtraba lentamente desde su garganta, pero no con la violencia ni la cantidad que él imaginaba. ¿Era esto la muerte? Parpadeó, y justo cuando estaba a punto de cerrar los ojos, A-Liu regresó. Llevaba en la mano un gran gato atigrado. Xie Yilu pensó con asombro que se parecían mucho, justo antes de que la sangre hirviente del felino le cayera de golpe sobre la cabeza y el rostro.

Fue solo en ese momento que Xie Yilu sintió que algo andaba mal. Miró con dificultad a A-Liu, viendo cómo le derramaba la sangre del gato por todo su cuerpo y luego, con un movimiento de la mano, arrojó al gato muerto sobre el tejado.

—Tú…— Extendió la mano, intentando aferrarse a algo, —esto es…

A-Liu se acercó a grandes zancadas, pasó por encima de su rostro y con ambas manos, agarró la tela a la altura de sus hombros para arrastrarlo hacia el camino principal. Debido a la pérdida de sangre, Xie Yilu estaba algo aturdido: —Tú también… cough, cough, ¿es por Zhang Cai?— temblaba, a punto de desmayarse en cualquier momento, —Si me salvas, ¿cómo vas a explicarlo al volver…?

A-Liu no le respondió. De hecho, esa noche no había dicho una sola palabra. Arrojó a Xie Yilu en medio del camino, recogió al azar un palo y comenzó a golpear las losas de piedra. El sonido era muy apagado. Xie Yilu, entre la confusión, entendió que intentaba hacer ruido para atraer a alguien… ¿No bastaba con dar un grito? Se rió de lo torpe que era el niño y justo cuando iba a gritarle, escuchó un estruendo. Una pila de leña de media altura de un piso fue derribada de una patada. Muy pronto, la gente común acudió corriendo, gritando y alumbrándose con linternas.

Xie Yilu estaba aturdido y desorientado. Innumerables rostros se movían ante sus ojos, hombres, mujeres, viejos y jóvenes, pero ninguno quería tocarlo, hasta que alguien dijo con voz temblorosa: —¡Es un oficial, si no lo salvamos, todos nosotros sufriremos las consecuencias!

Solo entonces alguien vino a levantarlo, probablemente usando una escalera de bambú, que se balanceaba crujiendo, lastimándole la espalda. Se dormía por completo y luego despertaba por el dolor, sin saber que era realidad y que un sueño. Escuchó el sonido sincronizado de pasos, vio armaduras uniformes y lanzas frías, mientras la gente común que lo cargaba murmuraba en voz baja: —¡Es el ejército de Zhejiang, ¿cómo ha entrado el ejército de Zhejiang en la ciudad!

Xie Yilu ladeó la cabeza para mirar. Era una larga fila de soldados, y al frente de la tropa caminaba un caballo negro, del cual colgaba por el arzón de la silla de montar la esquina de un yesa de un color azul esmeralda que él ya había visto antes.

Su brazo se resbaló de la escalera de bambú, frunció el ceño y movió los labios. Antes de perder el conocimiento por completo, su último pensamiento fue que mañana, a la hora Chen, en el Manantial del Pequeño Anciano, bajo la colina Liumanpo, ya no podría ir…

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Personajes

⭒ A-Liu ⭒

阿留 (Ā Liú)
阿 (Ā): Prefijo afectivo.
留 (Liú): Quedarse, retener, preservar.
Significado simbólico: “El que se queda” o “el preservado”. Sugiere lealtad, permanencia y la idea de retener algo precioso.

Notas del Traductor

  1.  舍利子 (Shèlìzǐ): Reliquias budistas (del sánscrito śarīra). En el contexto de acertijos o juegos de palabras, se usa aquí por su primer carácter 舍 (shě), que es homófono de 十 (shí, el número diez).
  2. 霸陵桥 (Bàlíngqiáo): El Puente Baling. Un puente histórico famoso en Chang’an (actual Xi’an), mencionado frecuentemente en la poesía clásica china como el lugar donde los amigos y amantes se despedían. Aquí, el primer carácter 霸 () se usa por su homofonía con 八 (, el número ocho). Junto con el “diez” anterior, forman el número 18 (dieciocho).
  3. 误佳期 (Wù jiāqī): “Perder o retrasar una cita hermosa/importante”. Una expresión clásica y poética.
  4. 消梨花、落梅风 (Xiāo líhuā, luò méi fēng): “Desvanecerse la flor del peral, caer el viento del ciruelo”. Es una imagen poética clásica que alude al paso del tiempo, específicamente al final de la primavera y el comienzo del verano, o a la melancolía de una cita que se avecina o se pierde.
  5. El mensaje encriptado se lee al tomar los primeros caracteres de estas oraciones, y cambiarlos por sus homófonos (que suenan igual pero se escriben diferente y tiene otros significados): Shèlìzǐ (舍)= Shí (十) y língqiáo (霸)= (八). Ahora uniendo estos dos caracteres seria: Shíbā (十八) que es dieciocho.
  6. Mismo juego de palabras con los homófonos de primer carácter: “Perder la cita” ( jiāqī – 误佳期) y “Cinco” (Wǔ五)
  7. Desvanecerse la flor del peral (xiāo líhuā – 消梨花) homófono “xiǎo – 小” que significa pequeño.
  8.  Caer el viento del ciruelo (luò méi fēng – 落梅风) homófono “lǎo” – 老 que significa viejo.
  9. Manantial del pequeño anciano: Xiǎolǎo Quán (aquí culmina las palabras encriptadas)
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