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“Hace tanto que te conozco en el sendero de los sueños, ¿acaso algún día llegaremos a encontrarnos en el polvo rojo del mundo mortal?” Xie Yilu hizo esta pregunta, escrita en papel suxin1, con un pincel de Huzhou2 y una pequeña barra de tinta Wocan3, pero durante tres días enteros no recibió respuesta. Aquella persona era como el último destello de luz estelar en la cima de la montaña del este: un parpadeó repentino que luego desapareció.
¿Qué clase de persona sería?, no pudo evitar preguntarse Xie Yilu. ¿Un erudito? ¿Un comerciante confuciano? ¿O… quizás un oficial, igual que él? En su corazón sentía una curiosidad indescriptible, tan emocionante como cuando, recién casado, uno intenta adivinar el rostro de la novia bajo el velo rojo. Pero si ese fuera el caso, ¿por qué esa persona se negaba a encontrarse con él?
¿Podría ser…? Xie Yilu enrojeció de repente. ¿Qué ” él” era una mujer? ¿Una dama de noble linaje, una bella doncella? Sintió un poco de miedo, miedo a que fuera una señorita aún no casada, miedo a cargar con la culpa de un romance ilícito. Pero al observar la caligrafía, no parecía ser así, ¿cómo podría una dama de tocador tener una caligrafía tan vigorosa y robusta como el acero y el hierro? No será que “ella”… ¿es una prostituta?
Xie Yilu se llenó de pánico de repente. Aparte de los compromisos sociales, en privado nunca trataba con prostitutas. Se consideraba a sí mismo absolutamente recto y honorable, ¿cómo iba a “mojarse los zapatos“4 en un asunto tan escabroso como el de una “confidente femenina”? Al mencionar a las prostitutas, recordó el Mercado de las Perlas al norte del Puente Qiandao, recordó aquel palanquín femenino que se mecía tembloroso, recordó a Ruan Dian. Así era, los eunucos eran clientes habituales de las prostitutas; ninguna prostituta era inocente.
Xie Yilu se pellizcó con fuerza a sí mismo. ¿Cómo había podido comparar a esa persona con un eunuco? Eso era realmente un gran insulto hacia ella, como si a un cuenco de agua cristalina se le hubieran añadido unas gotas de tinta fétida, ensuciándola.
—¡Chunchu… Chunchu! —lo llamó Qu Feng a su lado. Xie Yilu se despertó de golpe de sus absurdas especulaciones. La varilla de incienso que sostenía en la mano estaba a punto de consumirse hasta la base. La arrojó de un manotazo y sacudió sus mangas.
Ambos estaban de pie al borde del camino que subía al Templo Zhebo. El sendero estaba abarrotado de peregrinos que venían a rendir culto a Buda. Hoy era día quince,5 por lo que la afluencia de devotos era especialmente grande.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Qu Feng mirándolo con coquetería—. ¿Has llegado hace tan poco y ya tienes un amante?
Xie Yilu se sintió inexplicablemente culpable: —¿De qué estás hablando? —sacudió el dobladillo de su túnica oficial y se acercó a él—: Oye… ¿hay en Nanjing alguien que sea muy conocido por su caligrafía?
—Sí, Zha Yongtu del Ministerio de Ritos y Liang Ke de la Academia Youshan, ambos pueden considerarse manos maestras6 —Qu Feng señaló hacia la montaña, indicando que debían seguir caminando—. ¿Por qué preguntas esto de repente?
Xie Yilu lo siguió cuesta arriba: —Ah… solo quería preguntar.
—Cierto, se dice que hay uno más —Qu Feng abrió de un golpe su abanico plegable, con el aire de quien tiene algo extraordinario que contar—. Es… —Justo cuando iba a hablar, los peregrinos de adelante comenzaron a alborotarse de repente. Muchas personas bloqueaban el camino, agitando los puños y quejándose con indignación.
Se acercaron a ver y a medida que avanzaban, la multitud se hacía más densa. Al llegar a la pequeña puerta de la montaña, descubrieron que los monjes del templo habían bloqueado el camino. Desde el Salón del Gran Héroe7 hacia abajo, en un radio de quinientos pasos, no se permitía el paso a nadie. Debía de haber llegado algún personaje importante. Qu Feng y Xie Yilu cruzaron una mirada y con prudencia, comenzaron a andar cuesta abajo. Apenas habían dado dos pasos cuando, desde abajo, irrumpió un grupo de hombres. El que iba a la cabeza vestía una túnica feiyu y lucía un rostro frío y severo. Era Tu Yue.
Tu Yue no era un hombre común. Con solo echar un vistazo en aquel mar de gente, había divisado a Xie Yilu. Sin embargo, hizo como si no lo hubiera visto y ordenó a dos guardias que le abrieran paso, mientras él, con las cejas arqueadas, subía a paso lento y tranquilo.
El monje a cargo, al ver que se trataba de Jinyiwei, se acercó con gran reverencia e inclinó la cabeza para susurrarle una explicación, pero fue empujado a un lado por el guardia principal, quien lo reprendió con arrogancia: —¡El oficial de mil hombres Tu, de Jinyiwei, viene a entregar el dinero del incienso en nombre del comandante de la guarnición de Nanjing! ¡Abran paso!
El bullicioso sendero de la montaña enmudeció de golpe. En ese silencio, por fin se pudo escuchar el retumbar de los cánticos de sutras que provenían del Salón del Gran Héroe. Estaban celebrando una asamblea de Dharma del Nirvana: «El Buda le dijo a Ananda: “En tiempos pasados, en la ladera sur de la Montaña Nevada, moraba el Rey Pavo Real del Resplandor Dorado, quien cada mañana recitaba constantemente el Dharani de la Gran Madre Buda del Pavo Real Iluminado…“»8
Era el “Sutra del Pavo Real”. La gente común, movida por la devoción, guardó un solemne respeto, pero los hombres de Tu Yue no le dieron la más mínima importancia y siguieron golpeando repetidamente la superficie de piedra bajo sus pies con la punta de sus espadas: —¡Que se aparten, ¿acaso no oyen?!
El monje a cargo no se movió ni respondió. Tu Yue, impaciente por la espera, tomó el rosario de cuentas de madera nanmu que llevaba enrollado en la muñeca y sacudió el polvo de su falda mamian.9 Con desgana y completo desdén, preguntó: —¿Quién está ahí dentro?
El monje juntó las palmas de las manos: —El benefactor Liao, de la Oficina de Manufacturas de Tejidos Imperiales.
La mano de Tu Yue, que sacudía la túnica, se detuvo. Guardó silencio un momento y, con un tono informal, dijo: —Ambos ostentamos el rango oficial de cuarto rango superior. Si la Oficina de Manufacturas de Tejidos puede venir, ¿por qué el comandante de guarnición de Nanjing no puede? ¿Qué quiere decir el Templo Zhebo con esto?
Esto era una acusación intencionada. Xie Yilu no pudo evitar tragar saliva. Una confrontación abierta entre dos grandes eunucos del nivel de un comandante de guarnición y de la Oficina de Manufacturas de Tejidos era algo muy raro de ver, no solo en Nanjing, sino incluso en Beijing.
El monje no tuvo respuesta. Tu Yue estaba a punto de provocar un conflicto cuando una de las puertas del Salón del Gran Héroe se abrió. Dos personas salieron y cerraron la puerta tras de sí con un movimiento de la mano. A pesar de la distancia, Xie Yilu los reconoció al instante: de pie, uno a la izquierda y otro a la derecha, estaban A-Liu y Zhang Cai. Ambos vestían un yesa blanco, luciendo un buzi bordado con leones y loros, y llevaban colgadas de la cintura placas de marfil.
Zhang Cai dio un paso al frente y se ubicó en lo alto de la escalinata de piedra. La herida en su cabeza aún no sanaba; una rama de flor de haitang insertada en su sien ocultaba la cicatriz recién formada. —¿Quién está haciendo ruido? —preguntó en voz muy alta. Al mismo tiempo, con un movimiento ágil, levantó el dobladillo de su túnica yesa con el pie y lo recogió en el hueco de su brazo, adoptando una postura autoritaria.
Tu Yue estiró el cuello y ladeó la cabeza con arrogancia. Él y sus hombres eran tan llamativos que era imposible que Zhang Cai no los hubiera visto.
—¡¿Quién está haciendo ruido?! —repitió Zhang Cai, arrastrando las palabras.
Tu Yue, tomándolo por un niño, sonrió despreocupadamente. Zhang Cai bajó la mirada y lo fulminó con una expresión sombría. A-Liu puso los ojos en blanco y, sin más, se echó el sable a la espalda dispuesto a bajar, pero Zhang Cai le puso una mano en el pecho para detenerlo y de repente, le gritó a Tu Yue a todo pulmón: —¡Pegunté quién está haciendo ruido!
La mirada de Tu Yue se congeló y le devolvió la mirada con hostilidad: —¡El Jinyiwei, Tu Yue!
Zhang Cai sonrió como lo haría un niño de verdad: —Con que es el honorable señor Tu— hizo una reverencia casual. —Disculpe la ofensa.
Aprovechando estas palabras, Tu Yue intentó avanzar escaleras arriba, pero el monje a cargo lo interceptó nuevamente. La ira de Tu Yue estalló de golpe: —¡¿Qué diablos pretenden hacer en su Oficina de Manufacturas de Tejidos?!
Zhang Cai seguía sonriendo: —No es nada —dijo paseando deliberadamente por los escalones de piedra, —Nuestro Dugong está meditando en el salón, por favor, espere un momento, señor Tu.
—¡Absurdo!— Tu Yue agito la mano y sus hombres surgieron de inmediato desde atrás apresurándose hacia arriba, los monjes no pudieron detenerlos. De repente, se escuchó un estruendo desde el Salón de Manjusri y el Salón de Samantabhadra, a ambos lados del Salón del Gran Héroe, irrumpió una multitud de hombres armados con sables. Todos eran eunucos, todos vestían de blanco, y descendieron por los escalones de piedra como un torrente de agua, empujando hasta quedar frente a frente con los agentes de Jinyiwei.
¡Era el Ejército Puro de Liao Jixiang! Desde hace tiempo se rumoreaba que tenía un pequeño escuadrón de varias decenas de eunucos, traídos desde Gansu, que habían matado tártaros y visto sangre. Eran hombres que habían luchado por sus vidas y regresado de las puertas del Palacio de Yama.
Tu Yue y sus hombres se quedaron inmóviles, retrocediendo con cautela, e incluso con terror. De repente, se escuchó un “¡pum!” en el Salón del Gran Héroe, lo que asustó a la gente de abajo, que alzó la vista siguiendo el sonido. Resultó ser Ruan Dian, quien salió dando un portazo. Al ver aquel despliegue, soltó una risita: —Los grandes se han puesto en movimiento, así pensé que era algo serio— se rio con descaro, —¡Pero solo es el Comandante Tu!
Se agachó en el mismo sitio, balanceándose descaradamente en el escalón de piedra más alto: —Zhang Cai, el hombre solo trajo a un puñado de gente, ¿y todavía tienes la cara para actuar así… no te da vergüenza?
Aunque sus palabras iban dirigidas a Zhang Cai, quien se sintió humillado fue Tu Yue; no había nada que pudiera hacerle perder más la cara que eso. Con el rostro lívido, retrocedió, y apenas se hubo fundido entre la multitud, alguien más atrás gritó con arrogancia: —¡Los de adelante, apártense!
Al girar la cabeza, vio a una fila de eunucos vestidos de blanco que subían en fila india sosteniendo bandejas de bronce con incrustaciones de oro, sobre cada bandeja había torres de ofrendas apiladas con lingotes de plata fina de diez taels cada uno. Quien encabezaba la fila era Jin Tang. Al pasar rozando junto a Tu Yue, inclinó la cabeza; sus ojos de fénix, brillantes y vivaces contenían un ligero matiz de burla: —Señor Tu —dijo, mirando sus dos manos vacías. —¿Usted también viene a hacer ofrendas?
El rostro de Tu Yue enrojeció al instante. No había traído gran cosa, solo cinco pagarés de plata de cien taels cada uno. El dinero del incienso anual de Zheng Xian lo ofrecía él como tributo, y quinientos taels ya era mostrar su máxima sinceridad.
—Weina10— dijo Jin Tang, dirigiéndose respetuosamente al monje a cargo. —Por favor, lleve al señor Tu a mi salón de meditación habitual, busque a unos cuantos jóvenes educados que lo acompañen y sírvanle una taza de té caliente.
Eran palabras corteses, pero sin buenas intenciones. El rostro de Tu Yue palideció y se puso lívido por turnos. Apretó los dientes, sacudió las mangas y se marchó. En ese momento, alguien entre los peregrinos gritó imprudentemente: —¡Lo que llevan en esas bandejas no es plata, son los perales enanos de la gente común!
Tu Yue se detuvo de repente, y las personas presentes, al igual que él, quedaron boquiabiertas. Tu Yue se dio la vuelta para mirar. La multitud desvió la mirada para fijarla en un joven, alto y de rostro refinado. Era Xie Yilu, venido de Beijing.
La expresión de Xie Yilu era serena, pero Qu Feng, a su lado, estaba aterrorizado, hasta el punto de no atreverse a extender la mano para tirar de él. En lo alto de los escalones de piedra, Ruan Dian, con la boca abierta de par en par, se puso de pie lentamente. Justo cuando estaba a punto de soltar unas palabras duras, desde el interior de la puerta surgió una voz tan delicada que rozaba lo etéreo, diciendo con frialdad: —Abran la puerta.
El canto de los sutras se detuvo. Una de las puertas del templo, de color bermellón y con celosía de hojas de sauce, se abrió. La luz del sol se proyectó en el oscuro Salón del Gran Héroe, iluminando un pequeño espacio frente al Buda. Allí, arrodillado con el cuerpo inclinado, había una persona con una túnica blanca de mangas estrechas, que volvía la cabeza para mirar hacia el exterior del salón. Sobre su cabeza brillaban las lámparas doradas y el humo del incienso, junto al rostro compasivo, inmóvil e inquebrantable del Buda Shakyamuni.
Xie Yilu se quedó momentáneamente sin palabras. Aquella persona emanaba un aura que no tenía nada que ver con el Ejército Puro, que se mostraba agresivo en los escalones de piedra, ni con la pila de plata apilada en lo alto dentro de la bandeja de cobre. No era la arrogancia de quien ostenta un alto cargo y gran poder, sino una compostura asentada hasta los huesos.
¿Era este Liao Jixiang? Xie Yilu estaba asombrado; era demasiado diferente de Zheng Xian. Zheng Xian exudaba por todos sus poros el lujo y la ostentación de la vida mundana, mientras que este era frío y distante. Si no era un fantasma, debía ser un inmortal.
Un hombre alto se inclinó para sostener la mano de Liao Jixiang. Xie Yilu lo reconoció como Yishiha. Con sumo cuidado, ayudó a levantarse del cojín de oración al hombre de apellido Liao. Este gran eunuco era realmente delgado. Su porte erguido y reservado debería haber sido el de un tallo de bambú o una lanza, pero al dar un simple paso, decepcionó: caminaba cojeando, con un paso desigual. Era un cojo.
—¡Dugong! —Todos los eunucos vestidos de blanco se arrodillaron, inclinándose muy bajo y de manera uniforme. Aquel paso entrenado y disciplinado no era el que deberían tener los eunucos de la Oficina de Manufacturas de Tejidos, superaba e incluso excedía, al de las tropas de la guarnición.
Liao Jixiang cojeaba de la pierna izquierda; parecía que su rodilla estaba dañada y no podía soportar peso. Yishiha lo protegía con firmeza, como si protegiera a una delicada señorita. Xie Yilu se sorprendió por su complexión. Aquella cintura tan fina que parecía poder abarcarse con una sola mano, y que una sola mano también podría quebrar. Llevaba un buzi con un qilin bordado, y su rostro estrecho era blanco como un copo de nieve, con facciones extremadamente sutiles y pálidas.
Antes de que la persona llegara frente a él, Xie Yilu ya había percibido un tenue hilo de aroma a sándalo, casi imperceptible, acarreado por la brisa primaveral y mezclado con el olor de las hojas de hierba; si se prestaba mucha atención, también había un dulce aroma a leche.
Yishiha, apresurando el paso, lo ayudó a bajar. Al estar de pie en los escalones, Liao Jixiang lo miraba desde las alturas. Sus ojos eran delicados, con párpados dobles muy finos, y sus labios eran de los que suelen verse en las estatuas de los Bodhisattvas; no podían calificarse como hermosos, pero eran ciertamente carnosos. Lo observó con calma y preguntó: —¿Cuál es tu nombre?
Xie Yilu nunca antes había sostenido la mirada de un dignatario a tan corta distancia, y no pudo evitar quedarse mirándolo absorto.
—Te está preguntando cómo te llamas— instó Yishiha. Las mejillas de Xie Yilu enrojecieron y tartamudeó al decir su nombre. En el rostro pálido e inexpresivo de Liao Jixiang no había ninguna emoción. Jin Tang, Ruan Dian, Zhang Cai y A-Liu lo observaban todos sin parpadear, esperando sus órdenes.
—Ruan Dian— finalmente, Liao Jixiang ladeó la cabeza, señalando al annamita. —¿Lo has recordado?
¿Cómo podría describirse la expresión de Ruan Dian? Era como la de un perro feroz acostumbrado a pelear en el exterior, que al llegar ante su amo muestra el vientre y mueve la cola con exuberante alegría: —¡Lo he recordado!
Liao Jixiang carraspeó y sujetó la mano de Yishiha. A-Liu, al verlo al instante, bajó de inmediato para abrirle el camino. La gente común se apartó como si estuviera evitando a un dios de la peste. Yishiha se agachó en los escalones de piedra y cargó a Liao Jixiang a sus espaldas con la misma delicadeza con la que se sostiene una pluma.
La gente de la Oficina de Manufacturas de Tejidos se retiró por grupos. Los peregrinos que pasaban por la pequeña puerta de la montaña charlaban y murmuraban, y en medio de aquel coro de insultos, Xie Yilu escuchó a Qu Feng decir: —No salgas de casa en estos dos días.
—No llegará a tanto, ¿verdad?— forzó una sonrisa, intentando aparentar despreocupación. —A lo sumo, volverán a degradarme a Liaodong.11
Qu Feng lo agarró del brazo, y con unos hermosos ojos en forma de flor de durazno, lo miró con enojo: —¡Él llamó a Ruan Dian!
Xie Yilu no entendió. Qu Feng guardó silencio al principio, y luego soltó un suspiro: —Si hubiera llamado a Jin Tang, todavía conservarías tu vida…
Xie Yilu lo entendió. Si no lo entendía ahora, sería un necio. Guardó silencio un momento y luego dijo: —Adelante, estaré esperando.
Qu Feng no respondió a esas palabras.
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De regreso a la ciudad desde el Templo Zhebo, Xie Yilu y Qu Feng se separaron. Él se dirigió apresuradamente al Templo Lingfu, buscando en la lámpara de piedra una y otra vez, pero aún así no encontró nada. Esa persona no quería verlo. Con las manos vacías, se sentó con abatimiento entre la hierba recién brotada. Con soledad, y quizás con un atisbo de resentimiento, inclinó pesadamente la cabeza sobre su pecho.
Regresó a casa con el trasero cubierto de barro, se precipitó en su estudio, extendió el papel y molió la tinta. Arremangándose las mangas, intentó poner el pincel sobre el papel varias veces, pero se detenía en seco. De repente, una lágrima cayó sobre el papel, se la limpió con fuerza y escribió apresuradamente:
La vida y la muerte, el honor y la deshonra, pueden cambiar en un parpadeo;
Pero solo este pensamiento persiste, envolviendo mi alma y mis sueños.
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Personajes
⭒ Liao Jixiang/Liao Yangchun ⭒
廖吉祥 (Liào Jíxiáng) / 廖养春 (Liào Yǎngchūn)
廖 (Liào): Vasto, vacío, silencioso, solitario.
吉 (Jí): Auspicioso, buena suerte, propicio.
祥 (Xiáng): Augurio favorable, bendición, señal del cielo.
养春 (Yǎngchūn): Nutrir la primavera / cultivar la juventud.
Significado del nombre: “Buena Fortuna” o “Afortunado”.