「 Capítulo 8 」

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

La puerta del patio sonó, era Datian quien regresaba. Xie Yilu se incorporó con esfuerzo desde debajo de las mantas, apoyándose de lado contra el cabecero de la cama.

Era el décimo día desde que había resultado herido y ya podía levantarse de la cama y caminar. El médico había ido a verlo y a pesar de que había perdido mucha sangre, dijo que eran heridas superficiales. De hecho, de una docena de cortes, ninguna había dado en un punto vital, el golpe en el cuello parecía más una broma y ahora, a simple vista, no era más que una tenue cicatriz rosada.

Durante los dos primeros días había estado sumido en un sueño profundo. La gente del ministerio acudía a visitarlo por turnos, junto con muchos miembros de la nobleza local y plebeyos de Nanjing, quienes lo consideraban un héroe que había intercedido por la vida del pueblo. El nombre de Xie Yilu se había vuelto de repente muy sonado.

Datian empujó la puerta y entró, afuera llovía y tenía medio hombro mojado. Se sacudió la túnica y sacó un papel del pecho de su ropa: —Señor, lo he recuperado, pero aquí no hay nada escrito.

Xie Yilu lo tomó para mirarlo. Efectivamente, era una hoja de papel en blanco, completamente limpia, sin una sola palabra.

Ay… suspiró. Él había sido quien incumplió la cita, así que era lógico que la otra persona le enviara un papel en blanco como burla. —El pincel— dijo extendiendo la mano hacia Datian. —El que tiene el mango de bambú moteado.

Datian fue a su estudio y como no reconocía qué era un mango de bambú moteado, trajo el portalápices y la piedra de tinta juntos. Xie Yilu vertió un poco del agua con azúcar del cabecero de la cama en ella y aprovechando un poco de tinta residual, escribió en caligrafía cursiva dos palabras: “Muy enfermo”.

Datian preguntó: —Señor, esto… ¿tengo que llevarlo de vuelta?

—Por favor— dijo Xie Yilu con el rostro sonrojado. Abanicó un poco la carta para secarla, la dobló y se la entregó.

Datian no parecía muy contento: —Está bien, iré y volveré rápido—. Ayudó a Xie Yilu a recostarse. —No tiene idea, ahí afuera hay un gran desorden, lleno de soldados. Han arrestado a unas cuantas personas, el pueblo no está conforme, me temo que haya disturbios.

Los nervios de Xie Yilu se tensaron: —¿Han arrestado gente? ¿Por qué?

—Es por los perales enanos —dijo Datian mientras salía. —Ahora los que talan los árboles ya no son de la Oficina de Manufacturas de Tejidos, sino soldados de Zhejiang—. Se detuvo bajo el alero para abrir un paraguas y mientras caminaba hacia la puerta del patio, añadió: —¡A los soldados no les importa en absoluto cómo vivas, si te atreves a mirarlos con desprecio te arrestaran!

Su voz se perdió en el sonido de la lluvia, y Xie Yilu sintió una vaga preocupación. Al poco rato, esa voz regresó: —Sí… cuidado con el agua…—. Al llegar a la puerta de la habitación, Datian gritó: —¡Señor, ha llegado el señor Qu!

Xie Yilu esbozó una sonrisa radiante y con esfuerzo, se incorporó: —¡¿Por qué vienes todos los días?!

La puerta se abrió y dejaron entrar a Qu Feng. Llevaba puesta una túnica de seda roja brillante bordada en oro, muy llamativa; se había puesto polvos en el rostro y el incienso que desprendía era extremadamente fuerte, lo que hacía que su rostro luciera radiante. —Te eché tanto de menos que no podía quedarme quieto, ¿estás bien? —dijo. Al caminar, mostraba un aire elegante y desenvuelto, y se sentó con calma al borde de la cama. —Hoy, durante la reunión de los departamentos, el Señor Ministro dijo que el ministerio cubrirá los gastos de tu medicina.

Datian ayudó a Xie Yilu a sentarse y luego salió a entregar la carta, dejando la habitación solo con ellos dos. Xie Yilu preguntó con cierta vergüenza: —¿Fuiste tú quien los presiono por mí, verdad?

—Qué presión ni que nada, —dijo Qu Feng, dándole unas palmaditas reconfortantes en su mano delgada. —Si no te dieran este dinero a ti, de todos modos, se lo habrían gastado en comer y beber.

Xie Yilu, agradecido, sin querer puso su mano sobre la de él. Los dos hombres adultos se miraron y ambos se sintieron un poco incómodos. Xie Yilu cambió de tema: —Con un atuendo tan ostentoso, ¿a dónde vas?

—¿A dónde podría ir yo?—, Qu Feng esbozó una leve sonrisa y retiró discretamente la mano con naturalidad. —Acompañé a mi esposa a visitar a su familia de origen. Su padre celebra su cumpleaños hoy, y hemos estado en medio del bullicio toda la mañana.

—Por cierto —preguntó Xie Yilu, —¿El ejército de Zhejiang ha hecho arrestos?— Se inclinó hacia adelante. —¿El ministerio no dijo nada al respecto?

Qu Feng también se inclinó hacia él: —Hablando de eso, es realmente extraño—. Acomodó la almohada para que Xie Yilu estuviera más cómodo al recostarse. —Zhejiang movió tropas a Nanjing por su cuenta, y sin embargo, el Ministerio de Guerra no ha pronunciado una palabra.

Xie Yilu sabía que fue Mei Acha quien había tramado esto. Esa misma noche, él había ido precisamente a avisar al Señor Ministro: —¿Cómo va la tala de los árboles?

—Casi terminada. Antes de que finalice este mes, no quedará ni un solo árbol.

La expresión de Xie Yilu se volvió grave. Qu Feng, sabiendo que le daba tantas vueltas en la cabeza, decidió tomarle el pelo intencionalmente: —No lograste verte con ella, ¿verdad?—. Sacó su dedo meñique de la manga y le dio un toque en el pecho a Xie Yilu. —En la colina Liumanpo, en el Manantial del Pequeño Anciano”.

Xie Yilu sonrió con mucha timidez y negó con la cabeza.

—Es mejor que no la hayas visto —dijo Qu Feng, examinando su rostro hinchado y cubierto de moretones violáceos. —Ese tipo de mujeres, solo traen problemas.

Xie Yilu miró la llovizna que caía fuera de la ventana y no dijo nada.

Al día siguiente, Xie Yilu recibió la respuesta: “Por ti mi corazón se inquieta”.

Al ver esas seis palabras, permaneció un buen rato sin poder pronunciar nada, como si la brisa cálida del verano le trajera la fragancia de las gardenias, y a la vez como si una corriente de sangre ardiente e indómita le brotara hacia el corazón. De inmediato, respondió: “Dentro de tres días, en el Manantial del Pequeño Anciano, a las afueras de la colina Liumanpo”.

Pensándolo bien, añadió otra frase: “Estaré allí hasta que nos veamos”.

Fue Datian quien llevó la carta nuevamente, y la otra parte aceptó con rapidez.

Llegado el día de la cita, Xie Yilu se llevó especialmente el abanico con la inscripción “Tú eres mi barco y mi remo”, y vistió una túnica recta de gasa negra arrugada. Datian le había conseguido un carruaje y mientras lo ayudaba a subir, no pudo evitar refunfuñar: —Tu cuerpo aún no se ha recuperado por completo y ya piensas en salir, ese lugar está en medio de la nada, y si te pasa algo…

Xie Yilu, sin saber si reír o llorar: —¡¿Por qué no puedes desearme algo bueno!

Datian le ordenó al cochero que avanzara. Al sonar el látigo, se colocó fuera de la cortina del carruaje y susurró hacia el interior: —Mira cómo tienes la cara de hinchada, ¿qué mujer podría fijarse en ti?

El caballo comenzó a andar y Xie Yilu apartó la cortina del carruaje: —¡¿Quién ha dicho que voy a ver a una mujer!

Datian regresó a la casa murmurando, y su pequeña figura se fue alejando poco a poco. Xie Yilu se sintió molesto, pero también impotente. Al bajar la cortina de tela, de repente sintió cierta vergüenza. Aunque intentó con todas sus fuerzas mantener el rostro serio, no pudo evitar sonreír.

El camino no era corto. Partió desde el este de la ciudad, atravesando todo Nanjing hasta el oeste, y la colina Liumanpo aún quedaba más al oeste. Durante el trayecto, el cochero apenas dijo palabra, así que Xie Yilu se quedó apoyado en la ventanilla del carruaje, inquieto. Tras viajar por aproximadamente menos de una hora, el cochero golpeó el varal del carruaje: —Señor, hemos llegado al lugar, le ruego que baje y camine un trecho por su cuenta.

El Manantial del Pequeño Anciano se encontraba en lo más profundo de un bosque de sauces, inaccesible para los carruajes, y aunque lo fuera, el cochero no le permitiría el paso. Xie Yilu paseaba despacio, si caminaba más rápido, le dolería el cuerpo. Siguió el curso del agua río arriba. Los motes de luz que se filtraban por las copas de los árboles y el murmullo del manantial resultaban placenteros. De repente, se detuvo; al pie de una ladera cubierta de hierba, delante de él, había una persona de pie.

Era un hombre. Xie Yilu no supo decir si sintió alivio o decepción, y no se atrevió a saludarlo precipitadamente. Aquella persona vestía una sencilla túnica lanshan blanca. No llevaba tocado en la cabeza y su largo cabello estaba recogido descuidadamente por una cinta roja, muy de moda en el momento, que caía suavemente sobre su nuca.

Era él, debía de ser él. Xie Yilu miró a su alrededor, no había nadie más en aquel lugar. Pensó en bajar la ladera para acercarse, pero apenas dio un paso, la persona se volvió hacia él. Un rostro blanco como la nieve, unos ojos delicados con finos párpados dobles, y unos labios como los que suelen verse en las estatuas de los Bodhisattvas; no se podía calificar de hermoso, pero ciertamente eran carnosos. Al levantarse una brisa, trajo consigo una fragancia a sándalo.

Xie Yilu se quedó paralizado en su sitio, con los puños apretados e inmóvil, mientras un zumbido incesante resonaba en su cabeza e incluso su respiración se detuvo. La última vez, en el Templo Zhebo, había sido él quien lo miraba desde el pie de las escaleras; esta vez, los papeles se habían invertido y le tocaba a él estar en una posición superior. Liao Jixiang, al igual que él, lo miró hacia arriba con asombro, observando esa tenue marca rosada en su cuello y los horribles moretones y hematomas que le cubrían el rostro… todo ello, precisamente, por orden suya.

Durante un largo rato, ninguno de los dos pronunció palabra.

De repente, Xie Yilu se dio la vuelta con indignación y soportando el dolor, se alejó rápidamente por el camino por el que había venido.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x