Capítulo 17 | Pétalos carmesíes vuelan sobre el columpio

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Fu Yan tenía una flauta de bambú púrpura que siempre llevaba consigo. La primera vez que Leng Yuehuan lo escuchó tocarla, pensó que esa era la despedida entre ellos.

Pero el mundo de los ríos y lagos consiste en reunirse y separarse, y luego separarse y volverse a reunir. El mundo era tan grande; si habían podido reencontrarse en una calle ordinaria y sin gracia, en el futuro seguramente volverían a cruzarse en algún otro lugar. Si no, siempre quedaría aquel árbol de osmanto eternamente joven, erguido en este mismo lugar, esperando el regreso de sus viejos amigos.

Cuando Fu Yan terminó de tocar la melodía, la danza de Leng Yuehuan aún no había concluido; él se dio la vuelta en silencio y se marchó.

Cuando Lie Chengchi regresó, Leng Yuehuan no estaba en casa. Como la señorita Leng solía ausentarse con frecuencia, no le dio muchas vueltas al asunto. No fue hasta medio mes después que Fu Yan le dijo que la señorita Leng se había ido a vagar por el mundo de los ríos y lagos con alguien más, y que no regresaría en tres o cinco años.

Lie Chengchi se sintió deprimido por un tiempo. Al recordar la talla de madera del zorro que la señorita Leng le había pedido ese día, se dio cuenta en retrospectiva de que, en realidad, había sido una despedida.

Por su parte, su padre seguía durmiendo hasta tarde en la habitación como de costumbre, holgazaneando sin hacer nada, pero afortunadamente no lo había abandonado también.

Sin embargo, la convivencia entre dos hombres grandes era mucho más tosca. Sin la señorita Leng, era el equivalente a no tener ropa nueva a principios de año y a no comer pastel de osmanto dulce en septiembre; el patio ya no estaba impecable, no había ramas de melocotón verde en la alcoba y al bosque de melocotoneros de tres millas en las afueras le faltaba ese destello de luz dorada danzante. Si no fuera porque Lie Chengchi siempre se encargaba de alimentar a los conejos, todos los que llenaban el patio habrían muerto de hambre.

Los dos simplemente se las arreglaban para sobrevivir, considerando como un mérito cada día que lograban pasar de esa forma.

Con el paso de los años, los rasgos de Lie Chengchi se volvieron cada vez más definidos. Su arco superciliar se pronunció, sus labios finos tenían un tono rojizo y poseía una postura y elegancia que parecían trascender lo terrenal. Aunque su madre biológica era de las Regiones Occidentales, su apariencia era más similar a la de los habitantes de las Llanuras Centrales; la única excepción era el puente de su nariz, que era excepcionalmente alto y recto, otorgándole un perfil increíblemente apuesto.

Esa noche, Lie Chengchi durmió al lado de Fu Yan como de costumbre. Por inercia, colocó el brazo sobre la cintura de Fu Yan; pareció murmurar algo en sueños y lo abrazó con cierta fuerza. Al despertar, Fu Yan se dio cuenta de repente de que Lie Chengchi había crecido muchísimo, hasta el punto de que incluso en esa gran cama empezaban a faltarles espacio y a chocar las extremidades.

A Fu Yan se le habían mezclado los días; su memoria aún estaba atrapada en la época en que Lie Chengchi no era más que un pequeño bulto, y en un abrir y cerrar de ojos, el niño ya había crecido. A diferencia del clan de los demonios, que debían esperar cien años solo para alcanzar la madurez, en ese mismo siglo la raza humana ya habría consumido toda una vida.

Bajó la cabeza y reflexionó. 

Al parecer, en la raza humana no había chicos de quince años que siguieran durmiendo con su padre adoptivo. En el fondo, todo era culpa de él, Fu Yan, por ser demasiado perezoso; siempre le había dado pereza preparar camas separadas.

Hace más de diez años, cuando recogió al cachorro, en absoluto estaba acostumbrado a tener una cosita en su misma cama. Pero aquel cachorro no servía para nada más que para llorar, haciéndolo con una habilidad muy superior a los demás; sus aullidos eran capaces de alarmar al cielo y hacer llorar a los fantasmas. Si lo ponía en cualquier otro lugar, comenzaba a chillar y patalear sin descanso.

A Fu Yan le dolía la cabeza y, al no tener otra salida, no tuvo más remedio que acompañarlo a dormir. Sin embargo, cuando la nodriza estaba presente, sin duda se lo endosaba a ella.

Más tarde, cuando la nodriza se fue, Fu Yan tuvo que encargarse del asunto personalmente, y con el paso del tiempo se acostumbró. Su clan de zorros solía ser muy cauteloso y alerta al dormir, pero cuando Fu Yan dormía abrazado con fuerza por el niño, curiosamente lograba un sueño bastante profundo y dulce.

Pero volviendo al tema, sin importar cuán dulce fuera el sueño, ya era hora de separar las camas. Un niño no es lo mismo que un hombre, y un cachorro no es lo mismo que una fiera. Cuando los dientes de leche de un cachorro muerden una mano, parece un juego, pero una fiera que ya está desarrollando colmillos, tarde o temprano, dominará la jungla.

Por lo tanto, Fu Yan decidió mudarse a dormir a la habitación de Leng Yuehuan.

Cuando Lie Chengchi se enteró, primero se quedó atónito y, por instinto, no estuvo de acuerdo. Pero luego de pensarlo, sintiendo que no había otra opción, terminó accediendo.

[…]

El tiempo pasó lentamente, y durante ese período, Leng Yuehuan les escribió un par de cartas.

En las cartas contaba que el mes pasado había regresado a la Secta Qingxiao con el sacerdote taoísta, y que últimamente se habían establecido en un pueblo cercano a la montaña Fenggu. Decía que el agua del manantial de la montaña Fenggu era cristalina y dulce, y que en la ladera crecían flores que nunca había visto, con forma de alas de mariposa; en grandes grupos, parecían enjambres de mariposas reales. Había probado dos de ellas, pero eran extremadamente ácidas y amargas. Creyendo que el sacerdote no estaba, había arrancado un manojo para llevarlas y ponerlas en su ventana, sin esperar que él sí se encontrara en la habitación, por lo que lo había interrumpido.

También dijo que extrañaba mucho sus días en la ciudad de Jinyou, recordando aquellos melocotoneros verdes que habían cultivado.

En la carta también preguntaba por la situación reciente de A-Chi, y Fu Yan le respondía contándole las novedades. Los dos se reían a carcajadas sin corazón ni pulmones a través de la correspondencia. Al final, ella prometió que cuando A-Chi alcanzara la edad de la coronación1, regresaría para entregarle su regalo de mayoría de edad.

Notas del Traductor

  1. En la antigua China, el rito de paso a la edad adulta para los hombres se celebraba a los 20 años y se conocía como la Ceremonia de la Coronación (Guan Li), donde se les otorgaba el derecho a llevar el cabello recogido con una corona o tocado de adulto.
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