༻ Capítulo 2: La fogata de una noche de verano ༺

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Suponía que nadie había disfrutado mucho de la comida del mediodía, pero yo era un experto en filtrar automáticamente las cosas desagradable. Así pues, sencillamente, había borrado de mi mente el hecho de que esta noche me tocaba volver a cocinar para ellos.

A decir verdad, en todos mis años de vida, rara vez me había sentido agobiado por algo y casi nunca guardaba rencor. Lo único que llevaba grabado a fuego eran a esos tipos de Internet que decían que lo que escribía era lectura de baño. A esos sí que les guardaba rencor.

—Ay, lo siento, he estado trabajando y me olvidé de bajar a cocinar.

Aunque no era cierto, siempre había que buscar una excusa por lo menos presentable.

Zhou Ying sonrió.

—¡Ya está todo listo! Solo tienes que bajar.

Me sorprendí un poco y pensé: «¿Alguien se tomó la libertad de cambiarme el turno? ¿O acaso lo de los “turnos” no era más que una broma pesada que me gastaron?»

Colgué el teléfono lleno de dudas, pensando que, si descubría que se estaban burlando de mí, definitivamente, les pediría explicaciones.

Bajé las escaleras con esas ideas en la cabeza y, en cuanto llegué, vi la comida servida sobre la mesa del patio.

Era comida de verdad, no la porquería de fideos instantáneos con los que los engañé al mediodía.

A esas alturas, ya habían servido todos los platos y la arrocera eléctrica estaba justo al lado.

Un hombre fumaba afuera, de espaldas a nosotros. Zhou Ying estaba agachada en la entrada jugando con un gato. El jefe Cheng se volvió para mirarme y preguntó: 

—Disculpa, ¿tú quién eres?

Vaya, de verdad borró casete por la borrachera. 

Zhou Ying le explicó que yo era Chen Xing, el nuevo huésped que había llegado hoy.

El jefe Cheng sacó una botella de licor del armario. Se acercó y me preguntó con una sonrisa: 

—¿Una copa?

—No, gracias.

Cuando mi vista volvió a escanear a la otra persona, el tal Ling Ye estaba sentado perezosamente en una silla junto a la mesa como un montón de lodo, con las malditas piernas cruzadas.

—Cruzar las piernas con tanta frecuencia puede causar trombosis.

Ling Ye giró la cabeza para mirarme. Yo arrastré una silla y me quedé pensando un buen rato dónde sentarme.

A su lado, no.

Frente a él, mucho menos.

No quería estar pegado a él ni tampoco tener que verlo.

—¿Ah, sí? —dijo Ling Ye—. Pensé que solo afectaba la formación de esperma.

Puse los ojos en blanco y le puse al joven la etiqueta de «vulgar».

Zhou Ying y los demás se acercaron y los cinco cenamos juntos.

Le pregunté a Zhou Ying: 

—¿Eso de los turnos es verdad o mentira?

—Es verdad —dijo Zhou Ying.

—Entonces, lo de esta noche…

—Ah. —Zhou Ying comprendió—. La cena de hoy la hizo Cheng-ge. Después de que se le pasara la borrachera dijo que, como acabas de llegar, descanses un poco, que él te cubría.

Miré al jefe Cheng con gratitud.

Este jefe, aunque parecía estar un tanto adormilado durante el día, debía de ser una buena persona.

Eso fue lo que pensé en aquel momento.

No obstante, mucho tiempo después, me enteré de que, en realidad, la cena la había hecho Ling Ye y que esa frase, «descansa un poco, yo te cubro», también la había dicho él.

Hacer el bien sin mirar a quién.

Qué chico tan bueno. 

Tenía prejuicios contra Ling Ye principalmente por dos razones.

Primero: la mala primera impresión. Aquella actitud apática de medio muerto que mostró cuando llegué era de veras irritante.

Segundo: sus constantes provocaciones, tanto con palabras como con acciones. Pese a que en mi vida diaria era de los que disfrutaban saliendo con amigos, era muy selectivo al hacer amistades. La conversación debía fluir y no podía ser de gustos vulgares. Por desgracia, Ling Ye era justo la clase de persona con la que no congeniaba y que parecía sumida en tales gustos.

Lo que yo catalogaba como «gustos vulgares» abarcaba varios niveles.

Ling Ye no llegaba al punto de acosar de forma asquerosa a nadie, fuera del sexo opuesto o del mismo sexo; pero esa boca suya era lo suficiente insolente y rastrera como para que no me gustara escucharlo hablar.

Como no tenía una buena impresión de aquel hombre, tampoco me apetecía tratar con él; en consecuencia, pasaba la mayor parte del tiempo escondido en mi habitación.

Escribir era cuestión de inspiración, así que, cuando ocasionalmente no lograba conectar con la historia, abría la ventana y me asomaba para observar a la especie humana.

Según mis observaciones, a los que vivían en La Isla les encantaba llamarse a sí mismos «isleños» y de entre este grupo, el que llevaba menos tiempo viviendo aquí era un tal Li Chong, que se autodenominaba un poeta errante.

No guardaba prejuicios contra los poetas, pero los poemas de Li Chong eran bastante desconcertantes.

Sin embargo, creía que, en definitiva, era un genio. Y lo decía con fundamento. Por lo general, si no conseguía entender un libro, no era que el libro fuese malo, sino que era demasiado profundo y mi superficialidad no me dejaba comprenderlo.

Había otro, se llamaba Xu He y lo que más le gustaba hacer era pararse fuera del patio del hostal, de espaldas a la puerta, fumando. Haciendo un cálculo conservador, debía fumarse una cajetilla al día; no me sorprendería que se hubiese comprado todos los cigarrillos de los pocos mini markets que había en la isla Suxi.

A veces le aconsejaba: 

—Hermano, recuerda hacerte un chequeo médico al año.

Por supuesto, nunca me hacía caso.

Con respecto a los que llevaban más tiempo, aparte del jefe Cheng, estaba Ling Ye.

Cuando me enteré de que Ling Ye llevaba tres años viviendo en La Isla, llegué a sospechar si no estaría esperando a que el jefe Cheng, que vivía borracho, estirara la pata para heredar el hostal de forma natural.

Le pregunté a Zhou Ying, que era quien me estaba contando los chismes:

—¿Acaso cree que esta es su casa?

—Así es. 

Zhou Ying estaba sentada en las escaleras rasgueando su guitarra. En su momento, había sido guitarrista de una banda de rock bastante popular. Salió con el vocalista, pero el tipo desapareció y la banda se disolvió. Ella, empeñada en buscar una respuesta, terminó persiguiéndolo hasta aquí.

Era una chica bastante desenfadada; era la que más me agradaba de todos aquí.

—¿Parece que te interesa bastante Ye-ge, eh? —preguntó Zhou Ying. 

—Jiejie, siempre te consideré una cultivadora inmortal de oídos agudos y vista clara, ¡no me esperaba que tanto cultivo te hubiera nublado el juicio!

Zhou Ying se rio. 

—¡Qué cultivadora inmortal ni qué mierda!

—Enséñame a tocar la guitarra, anda —le dije.

A ciencia cierta, no era que lo hiciera a propósito para buscar problemas ni que intentara ganarme su favor; en verdad, quería aprender una habilidad para que, cuando volviera, pudiera presumir un poco. Ahora que a todo el mundo le gustaba crearse una imagen personal, yo quería crearme la de alguien que sabía hacer de todo.

Además, si Zhou Ying me enseñaba a tocar la guitarra, seguramente no me iba a cobrar. Una vez fuera de la isla, ¡dónde más iba a encontrar una profesora tan buena y, encima, gratis!

Ya ven, era así de superficial, así de vanidoso y así de calculador.

—Pídele a Ling Ye que te enseñe. Él también sabe —dijo Zhou Ying.

Justo mientras estábamos hablando, Ling Ye volvió a pasar frente a mí con su cometa destartalada.

—¿Él? —cuestioné—. ¡Ese lo que sabe es tocar algodón!1

—No lo subestimes —me advirtió Zhou Ying—. El tipo tiene lo suyo.

Miré hacia allá y vi a Ling Ye en el patio, tirando de su cometa como un idiota.

Era una cometa con forma de mariposa. Una que, apenas alzó vuelo, se quedó enganchada en un árbol torcido.

—¿Acaso tiene alguna obsesión con las cometas? —le pregunté a Zhou Ying—. ¿Por qué se la pasa todos los días intentando volar esa cometa de mierda?

—A eso no se le llama volar una cometa —me explicó Zhou Ying—. Él dice que se llama «atrapar mariposas» y que es una especie de arte performativo.

¿Eso era un arte performativo?

Yo creía que simplemente estaba mal de la cabeza.

—Ya verás: en menos de medio año, ese tipo terminará loco de remate —le dije a Zhou Ying.

Zhou Ying se rio, rasgueando las cuerdas de su guitarra y soltando una carcajada.

Ling Ye lanzó una mirada hacia aquí, mirando a Zhou Ying como si fuera una idiota.

Y para sembrar cizaña, dije: 

—Te está mirando como si fueras idiota.

Zhou Ying replicó: 

—Te está mirando a ti.

Ya me di cuenta de que en este lugar de verdad no hay ni una sola persona normal.

Me sacudí el trasero y me fui. Entonces, escuché a Ling Ye gritar a mis espaldas: 

—¡Zhang San! ¿Vienes a atrapar mariposas?

—¡Zhang San tu abuela! —le grité de vuelta—. ¡Eres un maldito forajido y, tarde o temprano, acabarás en un manicomio!

Para mi sorpresa, Ling Ye no se enfadó y, con un cigarrillo sin encender en los labios, siguió volando su destartalada cometa.

Esa cometa con forma de mariposa voló por encima de mi cabeza, haciendo un ruido de aleteo y yo, como si me hubiera contagiado de su locura, por un instante, llegué a creer que era una mariposa gigante de verdad, batiendo sus alas justo frente a mis ojos.

«¡Estoy loco!», me dije a mí mismo.

Caminé rápido hacia mi habitación, decidido a mantenerme lejos de esos locos.

A mis espaldas, el jefe Cheng volvió a gritar: 

—¡Chen Zhen! ¿Quieres beber?

¡Me llamo Chen Xing!

¡¿De verdad hay alguna persona normal en este lugar?!

A mi lista de razones por las que rechazaba a Ling Ye se sumó una más: odio que use la imagen de «atrapar mariposas».

Nabokov, un escritor que me gusta mucho, era un apasionado del estudio de las mariposas. Una de las fotos que guardaba con aprecio en mi teléfono era la de él sosteniendo alegremente un cazamariposas mientras atrapaba mariposas entre la hierba.

Yo mismo usé esa metáfora en uno de mis libros. Citando aquella frase de Nabokov en Lolita: «Si Lolita era la luz de la vida de Humbert, el estudio de las mariposas era la luz de la vida de Nabokov».

Ahora sentía que el comportamiento de Ling Ye me era ofensivo.

Por supuesto, sabía que no podía culparlo por esto y que era yo quien era demasiado dramático. Después de todo, era imposible que sea el único en el mundo al que le gustaba Nabokov ni el único obsesionado con «las mariposas de Nabokov».

Pero hablando en serio, no pensaba que Ling Ye fuese el tipo de persona que leía; me temía que ni siquiera sabía quién era Nabokov.

Escribí esa frase en mi diario aquel día.

Empecé a usar este diario después de llegar a la isla Suxi a fin de registrar todas mis experiencias aquí, lo que, naturalmente, incluía a las personas que conocía.

Evidentemente, Ling Ye ocupó un espacio considerable en este diario. Si los diarios también tuvieran un protagonista, entonces, él, sin duda, sería un secundario importante.

Porque el único protagonista era yo.

Pero más tarde, mucho tiempo después, cuando ya no estaba en la isla y volvía a leerlo porque echaba de menos todo lo de aquí, me di cuenta de que este diario también podría llamarse «El manual de las bofetadas de Chen Xing».

En fin, en ese entonces pensaba que Ling Ye era un ignorante insoportable.

A veces era muy mezquino y, como sentí que había ofendido a mi ídolo literario, al día siguiente, llevé el libro de Nabokov al patio para presumir e intenté burlarme de él con eso.

Me senté en la tumbona que Ling Ye solía usar, usurpando su lugar, tomando el sol y leyendo al mismo tiempo.

La última edición de «Habla, memoria», la autobiografía de Nabokov, tenía en la portada la imagen de un niño hojeando un álbum de especímenes de mariposas y en la portadilla estaba escrito «Para Vera», es decir, su esposa.

Llevé este libro a propósito, ya que, en él, Nabokov contaba cómo surgió su interés por las mariposas y cómo llegó a obsesionarse con ellas. Intenté con esto insinuarle a Ling Ye que dejara de aprovecharse del tema.

Cuando Ling Ye se me acercó de pronto, se me cayó el libro al suelo por accidente.

—… ¿Qué haces? 

Qué susto.

Se había cambiado de ropa. Ahora llevaba una camiseta negra y unos shorts floreados.

Seguía sosteniendo su cometa de mariposa y me miraba con esa misma expresión de medio muerto.

—Pensé que te habías quedado dormido —dijo Ling Ye.

De hecho, estuve a punto de hacerlo.

No porque el libro fuera aburrido, sino porque el sol estaba demasiado agradable y era difícil no dormirse.

En aquel instante, entendía perfectamente por qué a los gatos perezosos les gustaba tanto dormir al sol. Ahora mismo, era un gran gato perezoso.

Ling Ye se agachó, recogió el libro y me lo volvió a entregar.

Al devolvérmelo, dijo con mucha afectación: 

—En euskera, mariposa es misericoletea.

Me quedé atónito y Ling Ye, después de soltar aquella frase, continuó volando su estúpida cometa en el patio.

Unos segundos después, hojeé el libro frenéticamente y me di cuenta de que esa frase provenía precisamente del libro que estaba leyendo. Además, Ling Ye había pronunciado esa palabra que yo no entendía y que no sabía si se la estaba inventando.

—¿Lees a Nabokov? —le dije.

—¿Na qué? —preguntó.

Inmediatamente, puso cara de haber comprendido de repente: 

—¡Oh! ¡Ouyang Nana! ¡La conozco! ¡Lu Xiaokui, levántate!2

—… —En ese momento, mi lengua materna pasó del chino al mutismo.

Tomé el libro y me levanté dispuesto a irme, convencido de que nunca podría tener una conversación normal con Ling Ye.

No esperaba que este tipo fuera tan bueno en tomarle el pelo a la gente.

Mientras me alejaba con el libro en la mano, lo escuché decir en voz alta: 

Estás hecha enteramente de diminutos movimientos en forma de flecha; amo cada uno de ellos.3

Me quedé paralizado de repente, sorprendido de que él me hubiera robado esa frase.

Por supuesto, esa frase no la escribí yo, la escribió Nabokov para su esposa Vera.

Sin embargo, cuando leí su colección de cartas, me aseguré de memorizar esa frase e incluso publiqué un post diciendo: «El día que me declare a la persona que amo, diré esto».

Giré la cabeza para mirar a Ling Ye y, de pronto, me di cuenta de que quizá no era tan ignorante como me imaginaba.

—¿Qué acabas de decir? —le dije.

Él señaló su cometa, que no volaba demasiado alto, y dijo: 

—Estoy charlando con esta cosa.

Maldito loco.

No debí haberle hecho caso.

Subí las escaleras con rabia y volví a escucharlo decir: 

¡Luz de mi vida, fuego de mis entrañas!4

Puse los ojos en blanco y me tapé los oídos con las manos.

Pero aun así escuché la risa de Ling Ye, a plena luz del día, ¡daba escalofríos!

Estaba lleno de prejuicios contra Ling Ye. Durante mi primera semana viviendo en La Isla, consideraba al joven un insolente insoportable.

Cada palabra que decía me resultaba incómoda y cada mirada que me lanzaba me parecía una flecha oculta impregnada de un veneno letal.

Sin embargo, con frecuencia, toparse con alguien cuya vibra no coincidía con la tuya podía despertar inspiraciones que normalmente no tendrías, así que lo anoté en mi cuaderno, decidido a que, una vez terminado el primer borrador, añadiría un personaje a toda la trama: un villano malicioso, astuto e incluso con un toque de psicopatía.

Incluso ya tenía pensado añadirle a este personaje algunos rasgos físicos de Ling Ye.

Como el lunar en su cara.

Pero hablando en serio, la voluntad subjetiva del ser humano podía cambiarlo todo.

En ese momento, me parecía que ese lunar insignificante lo hacía ver torpe y feo, pero no pasó mucho tiempo antes de que, para mi sorpresa, ese mismo lunar me pareciera extraordinariamente sexy.

Mi relación con Ling Ye comenzó a cambiar durante la segunda semana.

Ese día le tocaba el turno a Ling Ye.

Era imposible que las personas escaparan de sus rasgos personales. Como dice el dicho: «La naturaleza es difícil de cambiar». Esos hábitos profundamente grabados en cada uno se han convertido en marcas imborrables, al igual que el estilo de escritura y los hábitos de elección de palabras de un autor; si no se cambiaban a propósito, en realidad, era muy fácil reconocerlos de un vistazo.

Así que, ese día, muy pronto descubrí el engaño.

Llevaba una semana en La Isla y, básicamente, ya había probado las habilidades culinarias de todos. El jefe Cheng era impresionante; se podría decir que era un dios de la cocina entre los isleños. Por supuesto, siempre y cuando estuviera sobrio cuando nos cocinaba.

A ese tal Shao Yuanwen no lo había visto desde que llegué. El día que le tocaba el turno, el jefe Cheng cocinó en su lugar.

Y, luego, se hallaba el poeta genio Li Chong. Cuando los ingredientes caían en sus manos, daba hasta lástima decirlo. Las habilidades culinarias de ese hombre eran peores que las mías, un completo desperdicio de ingredientes. Las cosas que hacía eran imposibles de tragar.

En cuanto a lo que cocinaban los demás, era pasable; se podía comer.

Pero como cuando llegué ya había pasado el día del turno de Ling Ye, nunca había probado su comida; así que de verdad me creí lo que dijo Zhou Ying, pensando que el jefe Cheng era quien me había cubierto aquel día en la cocina.

Más tarde, lo pensé bien: con el jefe Cheng tan borracho como estaba, si le pasaras comida para gatos, él la tiraría directamente al sartén. Por consiguiente, era imposible que hubiera preparado toda esa mesa de comida.

La cocina de Ling Ye tenía sus particularidades. No sabría describir en qué se diferenciaba de la de los demás, pero en cuanto la degustaba, lo notaba.

Después de todo, aunque yo no fuese la gran cosa en la cocina, tenía un paladar muy exigente.

Así que aquella comida me hizo sentir tan culpable que, llevado por el remordimiento, me comí tres tazones de arroz de un tirón.

Con el estómago lleno, empecé a pensar en cómo investigar este asunto hasta el fondo. No quería quedar en deuda con él sin saber exactamente qué estaba pasando.

Me quedé abajo pensando en una estrategia mientras jugaba con el gato, pero no se me ocurrió nada; al contrario, me dio sueño.

Me disponía a subir a dormir, pero justo en aquel momento, vislumbré a Ling Ye apoyado en la ventana del pasillo con un cigarrillo en la boca.

Iba con la misma ropa de siempre.

Empezaba a sospechar que, en su armario, tenía veinte camisetas negras del mismo modelo y otros veinte shorts con distintos estampados.

La ventana del pasillo estaba abierta. El viento con olor a mar entraba lentamente y le alborotaba el pelo que, aunque cuidado, estaba un poco largo.

Apoyaba ambos codos sobre el marco de la ventana y miraba hacia el interior. Al verme, me lanzó una mirada distraída.

La luz del sol le daba en el perfil y, en ese momento, pensé: «Pronto, el sol va a partirle la cara en dos».

Me acerqué, pensando en ignorarlo; pero para mi sorpresa, cuando pasé frente a él, repentinamente, extendió sus largas piernas y me bloqueó el paso.

El pasillo era muy estrecho, normalmente, apenas cabían dos personas. Tan pronto levantó la pierna, ya no había por dónde pasar.

Tsk —dije—, ¿qué te pasa ahora?

Sonrió con el cigarrillo aún entre los labios. Era una sonrisa que le entrecerraba los ojos y que, a simple vista, no auguraba nada bueno.

—Tienes el cuello un poco adelantado —dijo él.5

Lo fulminé con la mirada.

—¡El que tiene el cuello adelantado eres tú!

Mientras lo decía, me enderecé de inmediato para demostrarle lo que era un maestro de la postura.

Ling Ye me miraba con una sonrisa radiante como la primavera, que resultaba sumamente irritante.

De improviso, se acercó, posó los dedos sobre mi cuello y presionó con fuerza una de las articulaciones.

Tsk, qué duro —dijo—. Te sugiero que hacer un poco más de ejercicio.

En el instante en que sus dedos me tocaron, sentí que todos los poros de mi cuerpo se abrían de golpe.

La brisa marina pareció colarse directamente por ellos y recorrerme el cuerpo entero, haciendo que la sangre me hirviera de la impresión.

Me quedé rígido, incapaz de moverme por un momento.

Tenía mucha fuerza en las manos y, siendo sincero, aquel masaje me sentó sorprendentemente bien.

Pero, evidentemente, mis frágiles nervios no me permitieron seguir allí ni un segundo más. Al instante siguiente, me aparté torpemente para esquivar su contacto.

—Tengo un masajista de confianza, doscientos la hora, y es un profesional, así que no hace falta que te preocupes —dije.

Dicho esto, me pegué a la pared del otro lado del pasillo y caminé a toda prisa hacia mi habitación, como si estuviera huyendo de un fantasma. Al empujar la puerta para entrar, escuché la risa de Ling Ye y, entonces, me di cuenta de que había caminado moviendo el brazo y la pierna del mismo lado al mismo tiempo.

Lo reconocía: fui yo el que se dejó llevar.

Pero no conseguía comprender: ¿por qué reaccioné de una forma tan exagerada?

¿Incluso Ling Ye era capaz de despertar mi interés romántico?

Cerré la puerta con llave y me dejé caer en la cama.

Ni bien cerré los ojos, la imagen despreocupada y medio muerta de Ling Ye apareció frente a mí, con un cigarrillo apagado en la boca, dándome un golpecito en la cabeza.

De repente, alguien llamó a la puerta.

Ling Ye dijo desde afuera: 

—Los calzoncillos que colgaste en la ventana se cayeron al piso de abajo.

—…

Miré hacia la ventana y, efectivamente, mis calzoncillos de Pikachu habían desaparecido.

La caída de mis calzoncillos de Pikachu podía considerarse el gran detonante del cambio en mi relación con Ling Ye.

Siempre había sido alguien muy preocupado por guardar las apariencias. En este mundo, aparte de mí, nadie sabía que, bajo mi fachada de escritor genial y despreocupado, escondía un corazón que coleccionaba ropa interior con dibujos animados. Era un secreto que absolutamente nadie podía descubrir. Si alguien llegara a enterarse, o lo mataba para silenciarlo o sufría de un colapso mental.

Como era bien sabido, vivíamos en una sociedad regida por la ley y, a pesar de que la isla Suxi fuese un lugar difícil de localizar en el mapa, seguía habiendo una comisaría local. Por ende, por más veces que Ling Ye me llamase «Zhang San», no iba a convertirme en un forajido de verdad.

Como no podía matarlo para silenciarlo, pues, simplemente, sufrí un colapso mental.

Cuando salí corriendo a recoger mi ropa interior, descubrí que estaba enganchada en la cometa de Ling Ye.

—¿Lo hiciste a propósito? —le pregunté a Ling Ye.

—¿Estás mal de la cabeza? —Ling Ye replicó.

Está bien, tal vez lo acusé injustamente, pero él también me insultó, así que quedamos en paz.

Suponía que, en ese momento, debía de estar tan avergonzado y furioso que tenía la cara ardiendo. Recuperé rápidamente la ropa interior y me la metí de un tirón en el bolsillo del pantalón.

Me di la vuelta para volver de regreso, pero Ling Ye dijo: 

—¿No vas a darme las gracias?

—Quiero matarte.

—Se cayó sola, no es que la haya robado. —Ling Ye se rio a mis espaldas—. Aunque, la verdad, es bastante linda.

Si publicara esto en internet, seguramente, miles de personas lincharían por mí a este maldito hombre de boca sucia.

Giré la cabeza y dije: 

—¿Sabes qué esto ya cuenta como acoso sexual?

Ling Ye, con la cometa en la mano, estaba apoyado contra un árbol.

Él sonrió y dijo: 

—Lo siento.

Como se había disculpado y su actitud era más o menos aceptable, yo, que era una persona magnánima, estaba dispuesto a perdonarlo en ese mismo momento.

Pero para mi sorpresa, cuando me di la vuelta para irme, volvió a hablar:

—Puedes acosarme también.

—… Disculpa, no me interesa.

Puse los ojos en blanco y regresé.

Después de aquel acontecimiento, de la vergüenza que sentía, no salí de mi habitación durante tres días.

Por supuesto, tampoco escribí nada, me pasé los días tumbado en la cama, mirando el techo y pensando: «No debí haber venido».

Durante esos tres días, Ling Ye actuó como un repartidor de comida, trayendo cada comida puntualmente a mi puerta.

Tocaba a la puerta:

—A comer.

—No voy a comer.

—Pues, muérete de hambre.

Pero en cuanto se iba, yo igualmente metía la comida a escondidas y, después de comer, volvía a dejar los platos vacíos en la puerta.

Lo aceptaba: mi comportamiento era bastante despreciable, pero era así de miserable. ¿Qué se iba a hacer al respecto?

En mi segunda semana en La Isla, pensé que seguiría sobreviviendo como pudiera y que, para cuando terminara el mes, mi editor me mataría a latigazos por no entregar el manuscrito.

No era algo imposible.

Pero la vida nunca me dejaba predecir su rumbo, quizá porque «la vida» era tan orgullosa como yo y le daría demasiada vergüenza que alguien pudiera anticiparse a ella.

En fin, la noche del jueves de la segunda semana ocurrió algo que nos dejó profundamente conmocionados tanto a Ling Ye como a mí.

Ese día era el cumpleaños del jefe Cheng.

Tratándose del cumpleaños de un alcohólico, era fácil imaginar hasta qué punto acabaría descontrolándose todo.

Llevaba poco más de una semana allí y, salvo a Shao Yuanwen, ya había conocido a todos, pero no era cercano a nadie.

Hablando de Shao Yuanwen, me di cuenta de que su nombre ya había sido borrado de la pizarra del patio, así que supuse que ya se había ido.

Aunque eso no me importaba mucho, después de todo, no había venido aquí a hacer amigos.

Además, todos los que vivían aquí eran un poco peculiares o, mejor dicho, un poco extraños. Aparte de Zhou Ying, sentía que era incapaz de mantener una conversación normal de más de tres frases con cualquiera de ellos.

Esa noche, el jefe Cheng insistió en hacer una fogata en el patio para la fiesta. Todos nos sentamos alrededor del fuego, bebiendo cerveza.

Mi tolerancia al alcohol era normal, aunque este «normal» dependía de con quién se me comparase.

En ese momento, estaba sentado entre Zhou Ying y Li Chong con Ling Ye en diagonal frente a mí.

El fuego nos teñía a todos de rojo, como si estuviéramos ardiendo. En esa noche de verano, sudaba a mares y me sentía bastante insatisfecho con la situación, pero no me atrevía a protestar por estar «bajo el techo de otro».

El jefe Cheng sacó dos cajas de cerveza helada y colocó tres botellas junto a cada uno. De verdad, me preocupaba el día en que acabase sufriendo una intoxicación etílica.

Le pregunté a Zhou Ying: 

—¿Cheng-ge está sobrio alguna vez?

—Casi nunca —respondió Zhou Ying—, pero eso no importa. Mira lo feliz que es.

De repente, me acordé de «vivir ebrio y morir soñando»6 y de aquella jarra de vino de Ashes of Time.7

Inventé una historia profundamente conmovedora para el señor Cheng y, si la escribiera, seguramente, habría gente en internet que me criticaría por ser tan cursi.

—¿En qué piensas? —me preguntó Zhou Ying.

Sostenía una cerveza en la mano, una botella entera.

—Brindemos —propuso ella. 

—¿Vas a beber directamente de la botella? —le dije.

Ella se rio.

—¿Y si no cómo? ¡Vamos!

Este grupo de «isleños» bebía con gran ímpetu. No sabía si realmente eran como dioses del vino, capaces de beber mil copas sin emborracharse.

No, seguro que no, solo había que ver al jefe Cheng. Llevaba aquí mucho tiempo y jamás lo había visto sobrio.

Mientras otros brindaban con copas, nosotros brindábamos con botellas.

Bebí un trago con Zhou Ying y me di cuenta de que ella era de veras impresionante. Se tomaba media botella de un solo trago. Llamarla una heroína entre las mujeres no era exagerar.

No sabía por qué, pero mi espíritu competitivo siempre se encendía con las cosas más absurdas.

Si ella se bebía media botella de un trago, ¡yo tampoco podía quedarme atrás!

Así pues, en el tiempo que siguió, me puse a beber a sorbos, traguito tras traguito, hasta que me sentí mareado, con la cabeza pesada y los pies ligeros, yendo una y otra vez al baño.

No sabía desde cuándo, pero Zhou Ying, que estaba sentada a mi lado, se convirtió en Ling Ye. En cuanto vi esa cara y esos ojos, me quedé confundido por un instante y, medio adormilado, extendí la mano y le di una bofetada en la cara.

—Zhou Ying, ¿por qué te pusiste una máscara tan fea? —le dije.

Me atrapó la mano y la apretó con mucha fuerza.

Lo escuché decir: 

—Tocarme la cara sin permiso, ¿eso no es acoso sexual?

Escuché su voz y lo miré fijamente durante un buen rato.

El resplandor del fuego se alzaba hasta el cielo, iluminando a Ling Ye y haciendo que él también pareciera envuelto en una bola de fuego.

La segunda botella de cerveza que tenía en la mano ya estaba vacía. Ese era el límite de mi tolerancia al alcohol. Por lo general, con terminarme una ya caigo y eso, dentro de mi círculo de amigos, se consideraba una tolerancia promedio, no baja.

Sentía el estómago hinchado, la cabeza muy mareada y mis pensamientos cada vez más lentos. Me preocupaba que, con solo abrir la boca, fuera a vomitar.

Miré a Ling Ye, reprimiendo las náuseas, y le dije: 

—Acércate un poco más.

Ling Ye se acercó a mí.

Casi nos tocábamos la punta de la nariz. Estaba tan cerca que podía sentir su aliento en la cara.

Rara vez tenía un contacto tan cercano con alguien. Me sentí extraño, pero también maravillado. Se me tensó la garganta. Me ardía la cabeza y el corazón me latía con fuerza.

De repente, levanté la otra mano e hice algo que siempre había querido hacer, pero que jamás me había atrevido a hacer estando sobrio.

Con los dedos, le raspé con fuerza la marca en la cara. Y, entonces, Ling Ye me dio un golpe en la cabeza.

Ling Ye tenía bastante fuerza en la mano y el golpe me dejó aturdido.

—¿Por qué eres tan buscapleitos? —dijo él.

No lo entendía. ¿Cómo se atrevía a decirme eso? Pero en ese momento, estaba tan borracho que tenía la lengua entumecida; no me quedaban fuerzas para discutir con él e incluso tartamudeaba un poco, así que acabé derrotado en cuestión de segundos.

Vi que la mitad de la cara de Ling Ye estaba teñida de rojo por el reflejo de la fogata y sentí que la mía también ardía.

—Hace demasiado calor —me quejé.

¿En qué estaban pensando al encender una fogata en el patio en pleno verano?

Me tambaleé al levantarme, pero el destino insistía en que hiciera el ridículo: me desplomé en los brazos de Ling Ye.

Más tarde, Zhou Ying me lo describió así: 

—Los dos se levantaron al mismo tiempo. Ling Ye no te tocó, lo vi clarísimo, no te tocó ni con un dedo, fuiste tú quien se le lanzó encima y se le pegó al pecho.

En la foto, Ling Ye, con su camiseta negra, tenía las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones cortos estampados. Estaba de pie, completamente erguido, mientras que yo estaba pegado a su pecho como un montón de lodo. Si ampliabas la foto, incluso podías ver a Ling Ye sonriendo con aire de suficiencia.

Esa fue la primera vez, en el verdadero sentido de la palabra, que tuve un «contacto íntimo» con Ling Ye. Pese a que no recordaba la sensación de su cuerpo, sí recordaba que después me pasó un brazo por el cuello y me arrastró hasta la tumbona de al lado como si estuviera arrastrando a un cerdo torpe.

Ese día, todos bebimos hasta perder la noción del tiempo.

Mientras permanecía tumbado allí, medio mareado, vi que Li Chong, el poeta genio, ¡estaba abrazando a Xu He, el genio mecánico que siempre le había caído mal!

Le di un codazo a la persona que estaba a mi lado y le dije: 

—¡Oye! ¿Qué estarán tramando esos dos?

Recién al terminar de hablar me di cuenta, con una lentitud desesperante, de que quien estaba sentado a mi lado, bebiendo directamente de la botella, era Ling Ye.

No sabía cuánto había bebido Ling Ye, pero en ese momento él tampoco debía de estar muy sobrio porque lo escuché decirme: 

—¿Qué pasa? ¿Te interesó alguno?

No recordaba cómo le respondí, la verdad era que había bebido demasiado. Pero aquella noche, hice una estupidez que me hizo desear morirme: ¡besé a Ling Ye!

Para mí, la gravedad de esto era comparable a descubrir que, después de diez años de una relación por Internet, que la persona con la que ibas a encontrarte en persona era tu enemigo jurado.

Al pensarlo más tarde, me dieron ganas de arrastrar a Ling Ye a la tumba conmigo.

No era ningún ángel inocente. A los diecisiete años, me obsesioné tanto con el físico del protagonista de una película, que pasé media noche pensando en él y babeando la almohada. Pero jamás habría imaginado besar a alguien que detestaba en un lugar como este. Para mí, fue una completa catástrofe que me hizo sentir que la vida no tenía sentido y que sería mejor morir.

Aun así, había cosas que escapaban de mi control.

Cuando Ling Ye me besó, estaba tan mareado que sentí sus labios calientes y un poco secos, e incluso llegué a pensar que debería recomendarle que se pusiera un bálsamo labial antes de dormir. Hasta podía recomendarle algunas marcas buenas.

Además, recordaba perfectamente que saqué la lengua y, luego, que se me entumeció todo el cuerpo.

Pero al día siguiente, Ling Ye dijo que no me había besado, que todo había sido producto de mi imaginación.

De las diez cosas que salían de la boca de Ling Ye, que dos fuesen verdad ya era demasiado.

Obviamente, no le creí que no me hubiera besado. La sensación de aquel beso era demasiado real.

Recordaba con absoluta claridad que estaba desplomado en la tumbona. Fue él quien se inclinó primero. Nos miramos a muy corta distancia, y, justo cuando sentí que entrelazábamos miradas, cerré los ojos y él me besó.

Maldito perro. Ahora quería hacerse el desentendido.

No era que iba a exigirle que se hiciera por un beso. Asimismo, incluso si él estuviera dispuesto, yo no lo querría.

Pero que yo no lo quisiera era una cosa y que él se negara a admitirlo era otra.

Fui a buscar a Zhou Ying y le pregunté: 

—¿Tomaste alguna otra foto?

Zhou Ying, que estaba rasgueaba las cuerdas de su guitarra como de costumbre, me preguntó: 

—¿Te refieres a la foto en la que seduces a Ling Ye?

Sentí que tampoco podía seguir siendo amigo de Zhou Ying. Ella estaba claramente confabulada con Ling Ye.

—No puedes decir eso, ¿cuándo lo seduje yo? Claramente, fue él quien me besó a la fuerza.

No sabía por qué insistía tanto en aclarar qué había pasado exactamente con el beso de aquella noche cuando, en realidad, no tenía ninguna importancia; pero solo de pensar que Ling Ye me había besado y, encima, no lo admitía, me hacía sentir agitado y deprimido.

Por esto, volví a ponerle la etiqueta de «canalla».

Pero muy pronto, Zhou Ying sacó las pruebas de que había sido yo quien sedujo a Ling Ye.

Me lanzó la cámara directamente y me dijo:

 —Después de verlas, ni se te ocurra borrar nada y acuérdate de devolvérmela intacta.

—Ya veremos.

Tomé la cámara, impaciente por abrirla y buscar las pruebas. En esos breves segundos, incluso llegué a imaginar cómo iba a burlarme de Ling Ye.

Lo absurdo fue que la cámara de esta chica se había quedado sin batería. Saqué la tarjeta de memoria y regresé a toda prisa a mi habitación.

De camino, me topé otra vez con Ling Ye, que vagaba por ahí con un cigarrillo apagado en la boca. En cuanto lo vi, lo fulminé con la mirada, y, a mis espaldas, lo dijo a Zhou Ying: 

—¿Cómo es que le ha dolido tanto que no lo haya besado?  

Pero ¿qué demonios estaba diciendo? ¿De verdad no entendía por qué estaba enojado?

Aquel día, con una resaca que parecía partirme la cabeza, me transformé en el gran detective Chen «Conan» Xing y abrí la carpeta de la tarjeta de memoria de la cámara de Zhou Ying. Esa noche había tomado varios cientos de fotos, la gran mayoría, desenfocadas, lo que demostraba que ella también había bebido bastante.

En las fotos vi a todos convertidos en una legión de demonios, bailando como locos por todo el patio. No tenía ni idea de qué diablos estaban haciendo, pero era evidente que ninguno estaba haciendo nada bueno.

Pero no tenía ningún interés en hurgar en las vergüenzas ajenas; solo quería encontrar las pruebas del beso entre Ling Ye y yo.

Pasé foto tras foto hasta que finalmente la encontré: la prueba de que yo había seducido a Ling Ye.

Eran más de diez fotos consecutivas, todas de mí aferrándome a Ling Ye, usando manos y pies para que no se fuera, como un cerdo empeñado en que lo sacrifiquen.

Y mi supuesto «beso», en realidad, ni siquiera fue un beso. Ling Ye simplemente había apoyado sus dedos sobre mis labios en tanto que tenía los labios junto a mi oído. En la foto, se veía claramente que yo estaba besando sus dedos, con una expresión de absoluta satisfacción.

En ese momento, comprendí realmente lo que significa ser alcanzado por un rayo.

Si pudiera, desearía que, cuando la Pagoda Leifeng se derrumbe, me aplastase hasta matarme para no seguir viviendo en este mundo haciendo el ridículo.

Notas del Traductor

  1. 弹棉花 (tán miánhua): Literalmente «tocar algodón». En China, los cardadores de algodón tradicionales usaban herramientas que hacían un sonido de tan, tan, tan al golpear las cuerdas para cardar el algodón. Se usa como burla hacia alguien que toca mal un instrumento musical, insinuando que, en realidad, está cardando algodón.
  2. La frase “鹿小葵站起来” (¡Lu Xiaokui, levántate!) proviene de la serie de televisión china de 2016 ¡Sí, Sr. Shang! (是!尚先生), donde la actriz Ouyang Nana interpreta a la protagonista, una joven ingenua y excesivamente optimista llamada Lu Xiaokui. En la trama, su personaje tiene la costumbre de animarse a sí misma de manera muy dramática y cursi con frases como «¡Vamos, Lu Xiaokui!» o «¡Lu Xiaokui, levántate!», cada vez que comete un error o enfrenta una dificultad en su trabajo. Sin embargo, debido a que la actuación y los diálogos de la serie fueron ampliamente criticados por el público por ser exagerados, artificiales y propios del estereotipo de la «chica tonta pero dulce» (傻白甜), la frase se convirtió en un popular meme en internet. Actualmente, los cibernautas chinos usan esta expresión de forma irónica o sarcástica para burlarse de situaciones vergonzosas, para imitar una motivación patética o para referirse a momentos en la vida real o en otras obras que causan mucho cringe. https://www.bilibili.com/video/BV1ds411e7oc/?share_source=copy_web
  3. Fragmento de una carta de amor que Vladimir Nabokov le escribió a Vera en 1923, durante su cortejo. Estas cartas están recopiladas en el libro Cartas a Vera.
  4. Así empieza una de las novelas más famosas de la literatura universal, escrita por Vladimir Nabokov: LolitaLolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
    Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.
  5. El síndrome del cuello adelantado: Es una alteración postural cada vez más común, donde la cabeza se proyecta hacia delante respecto al eje vertical del cuerpo. En lugar de estar alineada con los hombros y el tronco, la cabeza se adelanta, generando una tensión excesiva en la musculatura cervical, dorsal y hasta mandibular.
  6. “醉生梦死” (zuì shēng mèng sǐ) es un modismo chino clásico que significa literalmente «vivir como en un estado de embriaguez y sueño». Describe a alguien que vive de manera inconsciente, confundida y sin propósito, como si estuviera siempre ebrio o soñando. Proviene de la dinastía Song, específicamente del texto “小学” (Estudios Elementales) de Zhu Xi, citando a Cheng Yi: “虽高才明智,胶于见闻,醉生梦死,不自觉也” (Aunque se tenga gran talento y sabiduría, si uno se queda atrapado en lo que ve y oye, vive como ebrio y soñando sin darse cuenta)
  7. En《东邪西毒》 (Ashes of Time, 1994) del director Wong Kar-wai, aparece una 酒 (botella de vino) llamada “醉生梦死” que tiene el poder mágico de hacer olvidar el pasado. En la película, Huang Yaoshi lleva esta botella a Ouyang Feng, diciéndole: “人最大的烦恼就是记性太好” (El mayor problema del ser humano es tener tan buena memoria). El vino representa el deseo humano de olvidar los recuerdos dolorosos y el pasado, siendo un elemento central que atraviesa toda la trama.
Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x