༻ Capítulo 1: Atardecer en la isla ༺

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En el verano de 2018, llegué solo a la isla Suxi, un lugar tan difícil de hallar en el mapa nacional que haría falta una lupa para dar con él.

No es que estuviera huyendo de algo; solamente quería buscar un lugar tranquilo para poder terminar el último capítulo de mi nuevo libro.

Antes de partir, le dije a mi editora:

—Solo es un mes. Espera a que regrese.

En la isla, en pleno agosto, tanto el cielo como el mar eran de un azul intenso y translúcido.

Esta época se consideraba temporada alta de turismo, pero la isla Suxi no era un destino turístico y poca gente la conocía.

Encontré alojamiento con antelación, en el único albergue juvenil de la isla y, sin pensarlo dos veces, pagué directamente un mes completo.

El viaje en barco a la isla tenía paisajes hermosos, pero yo estaba algo mareado. No me gustaba esa sensación de flotar en el mar, esa sensación de estar a la deriva. Sentía que los bollos que había comido aquella mañana se me habían subido por la garganta.

El barquero era un hombre de unos cuarenta años, de piel morena y complexión robusta. Hablaba muy poco y, durante todo el trayecto no cruzamos ni una palabra, lo cual, a decir verdad, me hizo sentir a gusto.

El trayecto fue muy tranquilo y, después de varias ocasiones en las que sentí que me iba a caer al mar, logré llegar con vida a la legendaria isla Suxi.

Bajé del barco y caminé hacia arriba por un sendero de losas de piedra.

Según los datos que consulté, la isla tenía apenas unos pocos miles de habitantes —ni siquiera tantos como los estudiantes que tenía mi universidad cuando estudiaba— y la cantidad de residentes era casi la misma que la del conjunto residencial donde vivía actualmente, así que no era de extrañar que no apareciera en el mapa. En un lugar así, donde la población de por sí es escasa, la de forasteros lo era aún más. Calculaba que, con solo un vistazo, la gente se daría cuenta de que era una cara nueva.

Tenía que mantener un perfil bajo.

Era una persona discreta.

Antes de llegar a la isla, charlé un rato con el dueño del hostal, curioso por saber cómo se le había ocurrido abrir un albergue juvenil en un lugar así. Estimaba que, con el dinero que ganaba al año, no le debería alcanzar ni para comer.

El dueño me respondió:

—Porque es divertido.

Divertido.

Qué juegos más interesantes tenían los ricos.

Pero bueno, menos mal había un rico dispuesto a jugar así; de lo contrario, probablemente, al llegar no tendría ni dónde quedarme a dormir.

Caminé hacia arriba por una pendiente algo empinada y, de repente, sentí como si estuviera buscando el Paraíso de los Melocotoneros.1

Deambulé por un rato más, descansé otro. De vez en cuando, al mirar hacia atrás, podía ver el mar de un azul intenso.

Justo cuando una fina capa de sudor brotaba en mi frente, llegué por fin a la puerta del albergue juvenil llamado «Isla».

Fue allí donde conocí a Ling Ye.

Aquel día, había un sol radiante y en todo el camino no vi a nadie. En cambio, unos cuantos pájaros y algunos gatos me hicieron compañía durante toda la travesía.

La puerta principal del albergue estaba abierta de par en par y, desde fuera, pude ver a la persona en el patio.

El patio estaba diseñado con un estilo rústico y exquisito, tan grande que desde la puerta no se alcanzaba a distinguir sus límites.

En una tumbona de ratán, yacía una persona acostada. Llevaba una camiseta negra, unos shorts floreados del típico estilo tropical, iba descalzo y tenía el rostro cubierto por un libro abierto.

En ese instante, sentí que el tiempo en aquel lugar se había detenido. El Paraíso de los Melocotoneros realmente no me había engañado.

Como el entorno era demasiado tranquilo, ni siquiera me atrevía a hacer movimientos bruscos, por temor a molestar a alguien.

Entré sigilosamente y me quedé allí de pie escudriñando los alrededores, pero no logré entender dónde demonios estaba la recepción.

—Disculpe, lamento la interrupción. —Me acerqué a aquella persona, bajando la voz lo más que pude para no asustarlo—: Pero ¿en dónde se hace el registro de entrada?

Pese a que hablaba muy bajo, aun así, logré sobresaltar al hombre.

El libro que tenía sobre el rostro cayó y me miró con desagrado.

Aquel fue nuestro primer encuentro. Él no me recibió con buena cara y yo tampoco le tomé mucho aprecio.

El hombre frente a mí, de cabello un poco largo y desordenado, me lanzó una mirada penetrante y, como si le diera pereza responderme, señaló con un gesto lánguido y casual, indicándome que fuera por allá.

Noté que tenía un lunar en la cara y, en ese momento, mi pensamiento fue: «Odio a los hombres con lunares en la cara».

Tal como había averiguado antes de venir, a aquel lugar casi no venía nadie. Cuando seguí las indicaciones de aquel hombre y entré en una pequeña habitación, al fin logré divisar a quien parecía ser la jefa.

Una chica, vestida también con camiseta y shorts, estaba sentada despreocupadamente junto a la ventana, rasgueando una guitarra. Le pregunté:

—Hola, disculpa, ¿es aquí donde se hace el registro?

Su mirada se posó en mí unos segundos, y asintió con vacilación.

Suspiré aliviado, saqué mi documento de identidad y se lo entregué.

—Pagué un mes de alojamiento en línea. Hablamos de esto antes.

La chica sonrió levemente.

—Tienes que buscarlo a él. Él es el dueño.

Ella señaló con el dedo. Seguí su mirada y vi a un hombre que estaba borracho en pleno mediodía, tumbado boca arriba sobre la mesa como un muerto.2

—¡Cheng-ge! —gritó la chica—. ¡Arriba, que hay que trabajar!

Aquel «muerto» no reaccionó en absoluto.

La chica me tranquilizó:

—No pasa nada, mira.

Dejó la guitarra. Se puso las chanclas, se acercó y le dio un manotazo en la frente al «muerto».

—¡Arriba!

El «muerto» finalmente reaccionó. Se incorporó tambaleándose, apenas pudiendo abrir los ojos.

Le expliqué:

—Hola, jefe. Ayer me puse en contacto con usted.

El «muerto» borrachín reaccionaba muy lento, tan lento que pensé que se había vuelto a dormir así como estaba.

Era evidente que el jefe no tenía la cabeza lo suficientemente despejada ni la coordinación física para sostenerse y encargarse de mi registro; por lo tanto, empecé a dudar de si pagar un mes por adelantado había sido realmente la decisión correcta.

Esperé pacientemente. Entonces, observé a aquel hombre hecho mierda dejar caer la cabeza y, agitando un brazo, decir:

—Busca a Ling Ye.

Ya había sido suficiente. Pensé que debería hacer que me devolviera el dinero y largarme de allí cuanto antes.

Pero justo en ese momento, desde la entrada llegó el sonido de unas chanclas arrastrándose por el suelo, un sonido que delataba la renuencia de su dueño.

Me giré para mirar. El hombre con cara de pocos amigos, que estaba en el patio hace un momento, entró bostezando sin parar y, luego, se colocó frente a la computadora de la barra, luciendo extremadamente impaciente.

Era evidente que él era el «Ling Ye» del que hablaba el jefe.

Y también era evidente que sabía que en ese momento el jefe no estaba en condiciones de moverse, así que, ¿por qué demonios no me siguió directamente adentro hace un rato?

—Nombre.

—Chen Xing.

—Sexo.

—¿No se nota?

Alzó la vista para mirarme, extendió la mano y dijo:

—Documento de identidad.

Si de todos modos me iba a pedir el documento de identidad, ¿para qué preguntar tantas tonterías?

Arrojé el documento a la mesa de mala gana. Él me lanzó una mirada de reojo, lo recogió a regañadientes y completó el trámite de registro.

—Al final del pasillo del tercer piso.

—¿Podría…?

En los hoteles no te solían asignar la habitación del fondo y en los hostales era igual.3

—No puedo. —Sin siquiera esperar a que terminara mi petición, se negó rotundamente.

El tipo tenía en la cara escrito «si te gusta, quédate; si no, vete». Por consiguiente, con el orgullo tocado, recuperé mi identificación y las llaves y subí directamente.

En mi primer día de estancia, la isla fue preciosa, pero la gente muy detestable.

En aquel instante, pensé: «Aléjate de ellos, disfruta del paisaje en paz y escribe tu libro con tranquilidad».

Pero lo que no sabía era que la «paz» y la «tranquilidad» que esperaba se habían desvanecido como burbujas desde el primer día que comencé a vivir aquí.

Aquí no había nadie que fuese fácil de tratar.

Mi impresión de este albergue juvenil era pésima y no necesariamente por su entorno.

A decir verdad, lo que había visto coincidía por completo con su publicidad e incluso se podría decir que no existía ni la más mínima diferencia. Hasta la postura en la que dormía el gato perezoso echado sobre los escalones de madera era exactamente igual a la foto de la página web.

La razón por la que lo odié desde que me alojé aquí fue simplemente por esas pocas personas de abajo. Si el entorno humano no era bueno, por muy hermoso que fuera el entorno natural, te terminaba hartando.

Subí a regañadientes las escaleras con las llaves en la mano y, al pisar los escalones, estos rechinaron con un cric, crac que me hizo empezar a sospechar en si el dueño era tan tacaño como para no arreglar la escalera y hacerla un poco más sólida.

Tomé la firme decisión de reducir al mínimo las veces que bajaría las escaleras durante el próximo mes.

Al llegar al tercer piso, miré desde el rellano de la escalera. El pasillo no era muy largo; en total, no había muchas habitaciones.

Anduve por el pasillo hacia adentro. A la derecha, estaban las habitaciones y, a la izquierda, las ventanas.

Al girar la cabeza para examinar desde aquí, el mar azul turquesa parecía estar justo en la puerta de la casa.

El entorno era bueno, tan bueno que me pareció que en el mundo había pocos lugares que pudieran compararse con él.

Bueno, me rindo, es perfecto.

Las montañas claras y las aguas cristalinas eran propicias para crear. Solo tenía que evitar el contacto con esa gente y todo estaría bien.

Después de vivir tanto tiempo en una ciudad bulliciosa, aquel lugar se había convertido, en verdad, en un nuevo universo para escapar del mundo banal.

Pensándolo bien, incluso si este «nuevo universo» contaba con algunas personas terribles, sus defectos no opacaban sus virtudes.

Permanecí un rato en el pasillo admirando el paisaje y, más tarde, seguí caminando hacia adentro. Al final del pasillo estaba la habitación donde viviría durante el próximo mes.

Definitivamente, no quería alojarme en la habitación al final del pasillo. Después de todo, en los últimos veinte años, innumerables personas habían difundido el rumor de que las habitaciones al final de los pasillos de los hoteles estaban embrujadas.

Era un materialista convencido, pero…

Le tenía miedo a los fantasmas.

No había remedio. Nada más podía consolarme con el pensamiento de que aquello era un hostal, no un hotel y, por lo tanto, no era lo mismo. Además, el hombre de abajo que me hizo el registro de entrada claramente no era fácil de lidiar, por lo que decidí esperar a que al dueño se le pasara la borrachera para ir y pedirle que me cambiara de habitación. Él parecía mucho más accesible.

Llegué frente a la puerta. En la puerta de la habitación colgaba un letrero de madera que decía: «Pagado».

Claro que estaba pagado. Si no hubiera leído al pagar que no se hacían devoluciones, les habría hecho devolverme mi dinero y me habría ido.

Abrí la puerta con la llave. La habitación estaba totalmente limpia y reluciente.

Seguía siendo un estilo de decoración rústico y antiguo, pero todo parecía nuevo.

Dejé la maleta y fui a abrir la ventana para ventilar. Ni bien la abrí, descubrí al tipo de la camiseta negra de pie en el patio, jugando con un cometa que, a simple vista, no parecía que fuera a volar muy alto.

Bajé la vista a fin de inspeccionarlo y, él, justo en aquel momento, levantó la cabeza.

Tenía un amigo escritor de novelas policíacas que, en una ocasión, me estuvo hablando durante tres días seguidos sobre psicología criminal.

Cada oficio disponía de sus propios secretos, y la psicología criminal tampoco era algo que me interesara demasiado. Mientras él hablaba, sus palabras me entraban por un oído y me salían por el otro. Sin embargo, cada vez que cruzaba la mirada con ese tipo, sentía que lleva cuchillos en los ojos y una escopeta escondida en el corazón.4

Si los asesinos natos tuvieran un modelo estándar para la apariencia, creía que, sin dudas, serían como él.

No era que fuese feo o que tuviese un aspecto particularmente feroz. De hecho, muchos psicópatas solían tener una apariencia bastante atractiva. Era solo que todos ellos desprendían cierta sensación de extrañeza; eran arrogantes, engreídos y desconfiados por naturaleza.

Juzgar a las personas por su apariencia no estaba bien, pero yo no era un abanderado de la moralidad. Así que sí, iba a juzgarlo por su apariencia.

Lo odio.

Estaba muy seguro de ello.

No quería tener más contacto visual con él. Era como si, en el siguiente segundo, la cometa en sus manos fuera a disparar una flecha envenenada.

Sabía que estaba pensando demasiado, pero era innegable que la sensación que me daba era siniestra, como si estuviera tramando algo malo. ¿Acaso en esta isla vivía tan poca gente porque todos los demás habían sido cazados por él? Pensándolo así, quizá debería dedicarme a escribir novelas policíacas.

Para evitar problemas innecesarios, cerré la ventana, corté el contacto visual y empecé a acomodar mi equipaje.

Ante la vida de «reclusión» que estaba a punto de comenzar, de repente, me sentí un poco inquieto.

Entonces, sonó el teléfono fijo de la habitación, asustándome.

Aquí, la señal del móvil era pésima. Antes de venir, el dueño ya me había advertido que cada habitación disponía de un teléfono fijo, pero que las llamadas se cobraban por separado.

Acababa de llegar. Todavía ni siquiera sabía cuál era el número de este teléfono, así que ¿quién podría estar llamando?

El teléfono sonó tres veces y, al final, terminé contestando. No por curiosidad, sino porque sentí que era demasiado ruidoso.

—Hoy te toca cocinar a ti —dijo la persona al otro lado de la línea—. Tienes suerte: al mediodía, solo somos cuatro.

Me quedé completamente desconcertado:

—¿De qué estás hablando?

Además, ¿quién era esta persona?

Aquella persona bostezó perezosamente y añadió:

—Es la regla de la isla. Los huéspedes cocinan por turnos, uno por día. Hoy te toca a ti.

—Pero acabo de llegar hoy.

—¿No es perfecto, en ese caso?

Reconocí que esa voz pertenecía a la del tipo de camiseta negra y, pensando que solo me estaba jugando una broma, colgué el teléfono de mal humor.

Después de un rato, alguien llamó a la puerta.

Quien vino a buscarme fue la chica que había conocido abajo y que, con una cálida sonrisa, me dijo:

—¿Qué vamos comer al mediodía?

—¿Estás segura de que esto no es una broma?

¿Qué sentido tiene que, por alojarse en un hostal, uno tenga que cocinar para todos? ¡Cuando reservé la habitación, no especificaban que incluía este servicio! ¡Esto cuenta como fraude comercial, ¿no?!

No obstante, la chica parecía mucho más simpática que ese tipo o, al menos, aparentaba ser amable y cercana y, además, tenía una voz muy bonita.

—¿No lo has visto?

—¿Ver qué?

—En la pizarra de abajo está escrita la tabla de turnos.5

La última vez que escuché las palabras «tabla de turnos» fue durante la época de  preparatoria, hace ya más de diez años.

—No, no lo he visto.

Cuando entré, a ciencia cierta, vi una pizarra en el patio, pero ¿a quién le importaba lo que había escrito en ella? No era el tablón de anuncios de la escuela ni había fotos de nadie que me gustara pegadas en ella.

—No pasa nada si no lo has visto —dijo ella—. Ahora te lo estoy diciendo yo.

No había dejado de sonreír con dulzura en ningún momento. Sospechaba que conocía bien el dicho de «no se golpea a una cara sonriente»6 y que lo hacía a propósito.

Mientras yo seguía completamente desconcertado, ella me dio unas palmaditas.

—Baja rápido. Ya es mediodía y todos están muriéndose de hambre.

Dicho esto, no me dio oportunidad de seguir cuestionando y bajó las escaleras un paso antes que yo.

Me quedé de pie en el pasillo un buen rato cuando, de repente, escuché que algo golpeaba mi ventana. Me acerqué a abrirla y descubrí que la cometa de ese chico de camiseta negra estaba enganchada en mi ventana.

¿Este tipo tiene algún problema?

La chica ya había bajado y estaba de pie junto a él, llamándome.

Sin otra opción, decidí bajar a ver qué diablos estaba pasando.

Mientras bajaba, volví a ver al mismo gato perezoso durmiendo en los escalones. Ese gato ni siquiera me dedicó una mirada; al parecer, no tenía hambre.

Cuando llegué abajo, vi que efectivamente habían puesto una pizarra en el patio, con varios nombres escritos en ella.

Cheng Fang, Ling Ye, Shaoyuan Wen, Xu He, Zhou Ying, Li Chong, el recién llegado.

Yo era el recién llegado.

—Con tu llegada somos exactamente siete. —La chica se acercó, señaló el nombre «Zhou Ying» y dijo—: Esta soy yo.

Luego señaló el primer nombre:

—El jefe, Cheng-ge.

Asentí, pero, en realidad, no me importaba mucho.

—¡Y este!

Su dedo se posó sobre las dos palabras «Ling Ye» y, justo cuando mi mirada se desplazó hacia allí, aquella cometa destartalada me cayó en la cabeza.

La chica se rio a carcajadas y me dijo:

—El chico guapo que está jugando con la cometa es Ling Ye. Todos somos residentes habituales aquí.

¿El chico guapo?

Reprimí mi ira, pensando que tarde o temprano le daría una paliza para desahogarme.

Aquel día realmente les preparé el almuerzo. Rechinando los dientes, cociné una olla enorme de fideos instantáneos sin añadir los sobres de condimento.

Estaba enfadado. Antes de venir nadie me dijo que tendría que cocinar yo mismo. Aparte, en este lugar no se podía pedir comida a domicilio.

Además, incluso si tenían esta regla, ¿por qué no me pudieron dar unos días de margen? Tenían que obligarme a cocinar justo cuando aún no se me había pasado el mareo del viaje. ¿Acaso abusaban de la gente inocente?

Pero tampoco era que lo hiciera mal a propósito. En toda mi vida, no había cocinado nada aparte de fideos instantáneos, y, ese día, me distraje un poco mientras cocinaba y tiré los sobres de condimento junto con la basura.

Llevé una olla enorme de fideos instantáneos en caldo claro y la puse sobre la mesa en el patio:

—Coman.

La chica llamada Zhou Ying le echó un vistazo, se levantó y dijo:

—Amigo, ¿acaso piensas ponerle el condimento cuando ya estés comiendo?

—No, tiré los sobres de condimento por accidente —contesté.

Escuché al tal Ling Ye riéndose a un lado, de una manera especialmente descarada. Dijo con un tono sarcástico:

—Cocinas fideos y, aun así, tramas a escondidas. De verdad, eres único.

No tenía ganas de discutir con él, así que añadí:

—Come si quieres; si no, no.

—No pasa nada, se puede comer. Recuerdo que todavía queda salsa picante de la que preparó Cheng-ge en el refrigerador.

Ella entró a la casa a buscar la salsa picante, mientras yo me quedé sentado a un lado. Ling Ye, por fin, soltó la cometa, se lavó directamente las manos en el lavabo del patio y se acercó, sacudiéndose el agua.

Este tipo es un insoportable, lo tenía claro ahora.

Sacudió el agua intencionalmente hacia mí y las gotas salpicaron directamente mi cara.

—Si tienes algún problema conmigo, dilo de una vez. A partir de ahora, podemos simplemente evitarnos el uno del otro.

Él tenía problemas conmigo y yo tampoco lo soportaba.

Había personas así. No necesitaban que ocurriera nada entre ellas: bastaba con cruzar una mirada para entender que no eran de la misma clase, e incluso en la muerte, no podrían acompañarse en el camino al inframundo.

Ling Ye no respondió. Tomó su cuenco y empezó a sacar fideos de la olla para comer.

La comida terminó sabiéndome bastante bien, sobre todo porque la salsa picante del jefe estaba realmente buena.

Mientras comía los fideos no dejaba de pensar en que tal vez podría pagar un poco más y contratar al jefe Cheng para que cocinara cada vez que me tocara el turno; así, yo descansaría y todos estaríamos contentos.

Lo pensé, pero en ese momento no dije nada, no porque no quisiera, sino porque al jefe Cheng aún no se le había pasado la borrachera.

¿Cómo podía alguien emborracharse hasta quedar tirado como un perro a plena luz del día? ¿No había nadie que lo controlara?

En mi primer día en la isla Suxi, después de almorzar, pensando en que ojos que no ven, corazón que no siente, me colgué la mochila al hombro, agarré la cámara y salí.

Había poca gente aquí. Estaba tranquilo y se podía encontrar paz en cualquier rincón. Caminando cuesta abajo hacia la costa, aún a cierta distancia del mar ya podía escuchar el sonido de las olas rompiendo.

Para alguien como yo, que creció en el interior y vio más montañas que agua, la isla Suxi era un mundo nuevo y, al llegar a la orilla del mar, sentí incluso que mi corazón se ensanchaba.

En mis viajes anteriores, las playas siempre estaban abarrotadas de gente y, si además había niños pequeños que venían de vacaciones con sus padres, aquello era, básicamente, un desastre; pero este lugar era bueno: aparte de mí, no había ni una sola persona.

Me quité los zapatos y pisé la suave arena de la playa.

Caminé unos pasos hacia adelante. Miré hacia atrás para detallar mis huellas y observé cómo el agua que avanzaba lentamente las borraba.

Me di la vuelta y decidí caminar hacia atrás, viendo cómo aparecían y desaparecían mis huellas. Este «juego» me resultaba nuevo y divertido y, mientras caminaba así, pensaba en cómo debería ser el cierre del protagonista de mi libro.

Llevaba varios años escribiendo novelas y, aunque no me atrevería a decir que mis obras publicadas hubiesen sido superventas, las firmas de libros nunca fueron un fracaso. Los libros de esos años eran casi todos sobre el mismo tema y podría decirse que era vino nuevo en botellas viejas. Los lectores leían una y otra vez las mismas historias.

Pero nadie puede quedarse para siempre en su zona de confort, aquello era propio de los mediocres. Por ende, esta vez decidí dar un nuevo salto.

Era la primera vez que intentaba una narración con dos líneas temporales que avanzaban en paralelo y terminaban entrelazándose. Puede que, en el fondo, hubiera un poco de exhibicionismo técnico por mi parte, ya que, a ciencia cierta, quería darles una buena bofetada a quienes decían que mis novelas no eran más que lectura para el baño.

Como era bien sabido, los escritores éramos bastante orgullosos.

El comienzo de esta nueva obra fluyó sorprendentemente bien. Mi editora, mis amigos más cercanos e incluso los grandes nombres del mundo editorial que conozco coincidieron, después de leerlo, en que probablemente sería mi obra más exitosa.

Quizá fue precisamente porque todos —incluyéndome a mí— teníamos las expectativas demasiado altas para este libro, lo que provocó que, al acercarse al final, me angustiase hasta bloquearme. Sabía que esto no estaba bien. Si seguía así, acabaría eliminando todo, incluso lo que había escrito al principio.

En consecuencia, antes de arruinar por completo el proyecto, le dije a mi editora que iba a desaparecer y aislarme sin reservas.

Muchas veces, cuanto más tenso se sentía el espíritu de una persona, más difícil le resultaba materializar sus expectativas. En cambio, cuando conseguía relajarse un poco, solía obtener el doble de resultados con la mitad del esfuerzo.

Tenía la sensación de que la isla Suxi podía darme la inspiración que necesitaba.

Pensaba en ello mientras caminaba hacia atrás, paso a paso, cuando, de pronto, choqué con alguien.

El verano en la isla no era tan sofocante como en la ciudad. El calor allí venía lleno de ternura.

Al chocar con aquella persona, lo único que percibí fue el húmedo aroma de las olas que emanaba de su cuerpo. En un instante, todos los poros de mi cuerpo se abrieron de golpe: ¡Ya sabía cómo debería morir el protagonista!

Justo cuando estaba a punto de girarme, ya sea para agradecer o para disculparme, escuché una voz ligeramente familiar decir:

Tsk, me pisaste.

¡Cielos! ¡Era él!

¿Por qué no lo pisé hasta matarlo?

Los enemigos estaban destinados a encontrarse en caminos estrechos.

Antes, nunca hablaría así; pero, desde que conocí a este tipo, conseguía sacarme de quicio sin el menor esfuerzo.

—Lo siento, no te vi —dije.

Dicho esto, me giré, lo rodeé y me alejé sin desviar la mirada.

Pensé que, si actuaba como si no existiera, todo estaría bien, pero no esperaba que el hombre dijera:

—Lo de no ponerle condimento a los fideos al mediodía fue a propósito, ¿verdad?

Hice como que si no lo hubiera oído y seguí caminando hacia adelante a grandes zancadas.

Pero, claro, intentar caminar sobre una playa de arena tan fina y blanda solo conseguía que pareciera un completo idiota.

Él me siguió con las manos metidas en los bolsillos de sus shorts floreados. Ni siquiera hacía falta mirarlo para imaginar la sonrisa insolente que debía de llevar en la cara.

—Disculpé, joven, ¿quién es usted? —dije.

Estaba harto. Originalmente, quería ir a la playa a buscar inspiración, pero terminé encontrándome con esta plaga. Mejor me hubiera quedado durmiendo.

Él inclinó la cabeza y me miró entrecerrando los ojos. La brisa marina le revolvía el cabello desordenadamente.

Ese tipo siempre daba la impresión de no haberse despertado del todo o, mejor dicho, parecía un idiota con la cabeza embotada después de haberse bebido dos botellas de Erguotou.7

Me sostuvo la mirada durante unos segundos y sonrió.

—¿No me reconoces?

Estaba fingiendo.

Simplemente, no quería hacerle caso.

Yo había imaginado que la isla estaría llena de lugareños sencillos y amables. No esperaba que, nada más llegar, me encontraría con un tipo tan entrometido.

—¿Me conoces? —pregunté.

Soltó una risa burlona, aún más irritante, de esas que te dan ganas de darle un puñetazo.

—Sí, de hecho, te conozco bastante bien —dijo—. Hace un rato fuiste tú quien me pisó el pie.

La verdad no tenía ni idea de qué hacía allí. ¿Me había seguido a propósito? ¿O solo era una coincidencia? En cualquier caso, daba igual. Lo único importante era que no quería seguir involucrándome con él, así que le solté un despreocupado «entonces, disculpa» y me alejé a toda prisa.

No le tenía miedo. Simplemente, me fastidiaba.

Me fui hasta el otro extremo de la playa, lo más lejos posible de él.

Poco a poco, su figura dejó de ser una persona para convertirse en una silueta borrosa.

Era mejor así. Incluso si se pusiera a correr completamente desnudo por la playa, desde esa distancia no podría alcanzar a distinguirlo con claridad.

Y, sinceramente, tampoco tenía el menor interés en hacerlo.

Por fin, paz. Me senté, cerré los ojos y dejé que la brisa marina me acariciara.

En mi cabeza, continuaba dándole vueltas a la trama de mi libro y el rumbo que tomaría la vida del protagonista comenzó a cobrar forma con nitidez.

Estaba tan absorto en mis pensamientos, tan inmerso en ellos, que, sin darme cuenta, terminé recostándome en la arena.

La arena era tan suave y cálida que daba la ilusión de envolverme en ella; era tan cómoda que acabé quedándome dormido sin darme cuenta.

Las olas siguieron llegando y la brisa marina, soplando.

El sol seguía cayendo sin piedad sobre mi cabeza.

No sabía por cuánto tiempo dormí, mas cuando desperté sobresaltado, sentí unas gotas de agua salpicándome la cara.

—Realmente, no le tienes miedo a la muerte.

Al oír la voz, giré la cabeza y miré.

Ese tal Ling Ye era como un fantasma y yo era, simplemente, el pobre diablo que se topaba con él incluso de día.

—¿Todavía sigues aquí? —pregunté.

Nada más despertarme, me sentí mareado. Todo mi cuerpo estaba ardiendo.

Sin embargo, más que preocuparme por mi estado, lo que realmente me desconcertaba era el porqué seguía merodeando a mi alrededor.

En aquella ocasión, se había quitado la camiseta negra. Tenía el torso desnudo y sus shorts floreados estaban completamente empapados por el agua.

Se tumbó a poca distancia de mí, con los brazos extendidos y las piernas cruzadas.

—Menos mal que estoy aquí; si no, hoy te habrías secado al sol y convertido en un pescado salado —dijo.

Señaló al cielo.

—Este sol es realmente traicionero.

Detestaba que me llamaran pescado salado. ¡Era muy ambicioso!

No quise hacerle caso. Puse los ojos en blanco y seguí mirando el cielo. Aunque, hablando en serio, en mi estado de aturdimiento podía haber empezado a mostrar signos de un golpe de calor, tan solo que todavía no eran demasiado evidentes.

El cielo de la isla era de un azul tan limpio que no había nada más en él. Intenté buscar siquiera un pájaro, pero fue inútil.

Permanecí tumbado un rato más. Extendí la mano hacia mi mochila para sacar los auriculares y escuchar algo de música. En cuanto los saqué, escuché a alguien tarareando a mi lado.

Ling Ye estaba cantando La canción de Zhang San.8

Aunque detestaba a este tipo, tenía que admitir que las pocas frases que tarareaba al azar sonaban bastante bien.

Apretaba los auriculares entre las manos mientras aguzaba el oído. Sin embargo, después de cantar unas cuantas frases, se detuvo.

Giré la cabeza para mirarlo y descubrí que me observaba con una expresión astuta.

Por alguna razón, en ese instante, me sentí como un ladrón sorprendido por el dueño justo después de cometer un robo. Una culpa absolutamente inexplicable apareció de la nada.

Me puse los auriculares rápidamente y tomé el teléfono para buscar una canción.

Cuando la música empezó a sonar, Ling Ye se levantó y vino a sentarse a mi lado.

Estaba sudoroso, con una fina capa de sudor que parecía brillar bajo la luz del sol.

Se acuclilló a mi lado, mirándome desde arriba.

Al mismo tiempo que preguntaba «¿Qué estás escuchando?», el joven, con una actitud completamente insolente, me quitó uno de los auriculares.

En aquel momento, tuve la absoluta certeza de que moría de la vergüenza.

Justo medio minuto antes, había buscado expresamente La canción de Zhang San para escucharla.

No obstante, esta vez, Ling Ye no dijo nada para burlarse de mí o avergonzarme, sino que se sentó a mi lado y escuchó la música en silencio.

Oh, volemos hacia un lugar lejano, encontremos una tierra que no sea fría, oscura ni gris…

El timbre de voz de Chyi Chin era muy distinto al de Ling Ye. Chyi Chin, desde que abría la boca, transmitía una sensación etérea y cristalina, con una técnica vocal muy depurada; por otro lado, Ling Ye, con una tesitura más grave, cantaba de forma muy despreocupada, sin importarle en absoluto lo que sintiera el oyente.

Pero, sin saber la razón, mientras escuchaba a Chyi Chin cantar esta canción, terminé echando de menos aquellas pocas frases que Ling Ye había tarareado a su manera hacía un momento.

Apagué la música, recuperé el auricular y recogí mis cosas con intención de volver a dormir.

—¿Quieres escuchar la versión de Tsai Chin?

—¿Y a ti qué te importa?

En serio, no dejaba de decir tonterías. Me puse de pie y, enseguida, sentí un fuerte mareo.

—Tú eres Zhang San —dijo de repente Ling Ye—. Yo soy Li Si.9

—… ¿Estás enfermo?

Le eché un vistazo por encima del hombro, sintiendo que aquel hombre era realmente inexplicable.

Ling Ye se echó a reír a carcajadas en mitad de la playa y yo seguía sin lograr entender qué demonios le hacía tanta gracia.

En el camino de vuelta al hostal me di cuenta de que, efectivamente, había sufrido un golpe de calor.

Era de los que apenas salían de casa. En invierno, vivía abrazado al radiador y en verano, al aire acondicionado. Durante los veranos en los que me veía obligado a salir, deseaba poder llevar un ventilador a cuestas.

Pero desde que llegué a la isla Suxi, en realidad, había comenzado a disfrutar de esta estación y su temperatura.

Por supuesto, hubiera sido mejor si no hubiera sufrido un golpe de calor.

Regresé tambaleándome a «Isla», sintiendo la cabeza pesada y los pies ligeros, empapado en sudor y con náuseas.

Zhou Ying me vio y preguntó:

—¿Te sientes mal?

—Es por mirar tanto a Ling Ye —le dije— que me mareé.

Era lo mismo que marearse en un barco o en un auto: bastaba con verlo para sentirme mal y empezar a marearme.

Zhou Ying se rio.

—Qué gracioso eres.

No sabía si era gracioso o no, pero lo que sí era cierto era que me sentía fatal.

Regresé a mi habitación sujetándome de la barandilla de las escaleras sin fuerzas, arrastrándome como un zombi. Esta vez, realmente no podría escribir ni una sola palabra.

Como estaba empapado en sudor y me sentía pegajoso, al principio, pensé en darme una ducha, pero, apenas me dejé caer sobre la cama, me quedé dormido.

No sabía por cuánto tiempo había dormido, cuando, de improviso, escuché unos golpes en la puerta.

Desperté con un insoportable dolor de cabeza y, antes de siquiera llegar a la puerta, salí corriendo al baño para vomitar.

Mientras vomitaba, pensaba: «Todo es culpa de Ling Ye».

Sabía perfectamente que esa lógica carecía de sentido. Si Ling Ye no me hubiera despertado cuando me quedé dormido en la playa, probablemente, el sol me habría secado de verdad. Sin embargo, cuando uno estaba enfermo dejaba de querer razonar y necesitaba encontrar algo para desahogarse.

Después de vomitar, me sentí un poco mejor y los golpes en la puerta también se detuvieron.

Como ya no insistían, tampoco me apresuré a abrir. Me lavé la cara para despejarme y, solo entonces, salí del baño.

Abrí la puerta y una agradable brisa me golpeó de frente, obligándome a entrecerrar los ojos.

Bajé la vista. En la puerta había dos cajas de medicina y, encima de ellas, había pegada una nota adhesiva.

Una era un frasco líquido de Huoxiang Zhengqi10 y la otra, una caja de ibuprofeno. En la nota, escrita con una caligrafía vigorosa y energética, decía: «No están vencidos, tómatelos».

No tenía firma, pero, por instinto, sabía que había sido traída por Ling Ye.

¡Seguro quiere envenenarme!

Dudé un momento, recogí las medicinas y regresé a la habitación.

Siempre había sido una persona muy apegada a la vida y temerosa de la muerte. Desde pequeño, me enseñaron que nunca debía tomar medicamentos que me dieran otras personas, especialmente si provenían de personas que llevaban malas intenciones escritas en la cara.

Pero ahora me sentía genuinamente enfermo. Además, sospechaba que en una isla como Suxi tampoco había hospitales decentes y, si mi estado empeoraba, las cosas solo se iban a complicar más.

Así pues, haciendo honor a mi inteligencia, agarré el teléfono y llamé a recepción.

Después de tres intentos, por fin alguien contestó.

—Habla.

Sin necesidad de preguntar y, solo por el tono de voz, supe que era Ling Ye.

—Busco a Zhou Ying.

—Dime qué necesitas.

—Lo que necesito es que busques a Zhou Ying.

Con tipos como Ling Ye, había que ser firme, ¡no podías dejar que te controlara!

Ling Ye soltó una risa burlona antes de llamar a Zhou Ying.

Después de esperar un buen rato, Zhou Ying finalmente contestó el teléfono.

A decir verdad, de todos los huéspedes del albergue, era la única persona de fiar.

Cuando necesitabas pedir un favor, había que saber llamar «jie».

—Ying-jie, quería preguntarte algo.

La actitud de Zhou Ying era impecable, en marcado contraste con la de Ling Ye.

—Claro, dime.

—¿Tienes medicamentos? Para la insolación —aclaré—. ¿O hay alguna farmacia cerca?

La verdad era que, cuando salí a dar una vuelta, no me fijé si había alguna.

Zhou Ying dejó escapar un pequeño sonido de sorpresa y, luego, dijo:

—¿Ling Ye no te llevó la medicina?

Perfecto, ese tipo se delató solo. Efectivamente, había sido él.

—Tenía miedo de que quisiera hacerme daño —me justifiqué.

Al otro lado de la línea, Zhou Ying se echó a reír con tantas ganas que sentí que su risa clara y sonora iba a romperme los tímpanos.

—No te preocupes —dijo ella—, puedes tomártelas con confianza. Esas dos cajas las sacó del botiquín de aquí.

¿Lo notaban? Ya decía yo que la única persona realmente confiable en este sitio era Zhou Ying. ¡Hasta el botiquín estaba bajo su cuidado! ¡Y todavía me criticaba por quejarme! Le di las gracias a Zhou Ying y, por fin tranquilo, me preparé para tomar la medicina.

Todo el mundo sabía lo horrible que era el Huoxiang Zhengqi líquido, así que preparé un vaso de agua con antelación y hasta rebusqué en la mochila un caramelo que había llevado para el viaje. Con todo listo, me tapé la nariz y me lo bebí de un solo trago.

Eso casi me costaba la vida.

No tenía termómetro ni sabía con certeza si tenía fiebre o no, pero no me atrevía a ducharme a la ligera. Por esta razón, me volví a meter en la cama y me quedé dormido como un tronco.

Dormí hasta casi el anochecer y, entonces, escuché vagamente algo golpeando mi ventana.

Me desperté. Todavía un tanto adormilado, me levanté y caminé tambaleándome hacia ella.

Abrí la ventana y lo que apareció ante mis ojos fue un atardecer tan hermoso que parecía sacado del País de las Maravillas.

El cielo era de un tono rosa anaranjado e incluso las nubes estaban teñidas.

Como era bien sabido, los escritores éramos de naturaleza sensible y romántica. Por consiguiente, me dejé llevar y me embelesé en el paisaje.

Lo contemplé durante mucho tiempo, hasta que el sol se ocultó tras las montañas occidentales y el rosa anaranjado fue reemplazado por un azul de tonos fríos. Solo entonces, volví en mí. Al bajar la mirada, Ling Ye estaba parado en el patio, mirándome con una sonrisa. Me preguntó:

—¿Es bonito?

¡Por supuesto que era bonito!

Solo ese breve instante del atardecer bastó para hacerme sentir que el viaje había valido la pena, pero eso no pensaba decírselo.

Resoplé, cerré la ventana y seguí saboreando la belleza de hace un momento.

Tal vez por haber tomado la medicina y haber dormido bien, al caer la noche, sentí que ya estaba casi recuperado de mi enfermedad.

Había que admitir que el Huoxiang Zhengqi líquido realmente tenía su mérito.

Me di una ducha rápida y, al salir, me quedé un rato absorto en la habitación que se oscurecía gradualmente. A continuación, encendí la luz. Abrí mi mochila y saqué un cuaderno y una pluma estilográfica.

Normalmente, escribía directamente en la computadora. Cuando mis dedos y mi cerebro avanzaban en la misma línea, las palabras salían disparadas y era increíblemente eficiente; pero también había veces en que ninguno de los dos estaba en línea y esta última era la situación más común.

El último capítulo, con un estimado de diez mil palabras, le daría un cierre perfecto al protagonista: su perfección era la muerte.

En esta historia, la muerte era el desenlace más perfecto para el protagonista, el golpe definitivo contra una vida manchada. Por tanto, su muerte debía ser impactante y llena de significado.

Me senté frente al escritorio y, muy pronto, la imagen del protagonista se delineó ante mis ojos.

Su rostro era nítido y difuso al mismo tiempo. Al crear este personaje, sabía exactamente cómo eran sus cejas y sus ojos, cuánto medía, cuánto pesaba e incluso cuántas cicatrices tenía en la espalda; pero jamás lo asociaría con una persona real. Si lo hiciera, sería incapaz de seguir escribiendo.

Mi protagonista era simplemente formidable, un héroe que jamás podría existir en la vida real.

Escribí un párrafo de unas doscientas palabras y me dolió la mano.

Cómo puede desgastarse uno con los años. En mi época de escuela, podía escribir un ensayo de ochocientas palabras para un examen y, con solo sacudir un poco la mano, era suficiente; pero ahora me había vuelto tan delicado que, después de apenas unas doscientas palabras, ya estaba agotado.

Releí varias veces esas doscientas palabras. Me parecieron bastante satisfactorias. El trabajo de hoy había terminado.

Si mi editora supiera que en un día solo había escrito doscientas palabras, probablemente, pensaría en arrastrarme a la tumba con ella. Por este motivo, esto, definitivamente, no podía saberlo.

Eran casi las seis y media cuando sonó el teléfono de la habitación y, en cuanto contesté, escuché la voz de Zhou Ying.

—¡Baja a comer! —gritó.

Fue entonces cuando recordé que hoy me tocaba cumplir con mi «turno».

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Deja atrás tus preocupaciones

Traducción al español a partir de la versión al inglés por Nina Cheng en su sitio web Nina’s Song Translations. 张三的歌/Zhang San’s Song | Nina’s Song Translations 

Cantante: Chyi Chin.
Letra en chino: Zishi Zhang.

Déjame llevarte a un lugar muy lejano
Recorreremos el mundo entero y pasaremos nuestros días allí.
No habrá tristeza ni dolor.
La libertad será nuestra y estaremos bien.

Deja atrás tus penas y tu aflicción.
Podemos emprender el viaje si vienes conmigo.
Aunque no tengamos riquezas ni joyas,
Tenemos una esperanza que nadie más puede ver.

Oh, volemos hacia un lugar lejano.
Encontremos una tierra que no sea fría, oscura ni gris.
Oh, volemos hacia ese lugar lejano.
Creo que este mundo aún sigue brillando con una gracia fiel.

Déjame llevarte a un lugar muy lejano.
Recorreremos el mundo entero y pasaremos nuestros días allí.
No habrá tristeza ni dolor.
La libertad será nuestra y estaremos bien.

Deja atrás tus penas y tu aflicción.
Podemos emprender el viaje si vienes conmigo.
Aunque no tengamos riquezas ni joyas,
Tenemos una esperanza que nadie más puede ver.

Oh, volemos hacia un lugar lejano.
Encontremos una tierra que no sea fría, oscura ni gris.
Oh, volemos hacia ese lugar lejano.
Creo que este mundo aún sigue brillando con una gracia fiel.

Oh, volemos hacia un lugar lejano.
Encontremos una tierra que no sea fría, oscura ni gris.
Oh, volemos hacia ese lugar lejano.
Creo que este mundo aún sigue brillando con una gracia fiel.

Notas del Traductor

  1.  桃花源 (táohuāyuán) / 世外桃源 (shìwàitáoyuán): Literalmente “El Paraíso de los Melocotoneros”. Es una referencia cultural clásica a un cuento de Tao Yuanming sobre un utopía idílica y aislada del mundo exterior, un refugio de paz y perfección.
  2.  弔死鬼 (diàosǐguǐ): Literalmente «fantasma ahorcado». En el contexto chino coloquial, se usa para describir a alguien que está extremadamente borracho, dormido o con una cara pálida/desmejorada. Se tradujo a «muerto» por la implicación de la expresión.
  3. Es una superstición muy común en Asia. La última habitación del pasillo se considera de mal feng shui, más propensa a estar vacía, a ser fría, a tener actividad paranormal o simplemente a ser la más alejada y solitaria. Nadie quiere dormir en ella.
  4. 眼里有刀子心上有杆枪 (Tiene cuchillos en los ojos y una escopeta en el corazón): Metáfora que describe a alguien con una mirada penetrante, peligrosa y con intenciones ocultas o maliciosas.
  5.  值日表” (zhírìbiǎo) literalmente significa “tabla de los días de turno” o “cuadro de responsabilidades diarias”. Es un concepto muy común en las escuelas o dormitorios compartidos en Asia, donde los residentes se turnan para limpiar o cocinar.
  6. “伸手不打笑脸人” – Literalmente “la mano no golpea a la cara sonriente”. Es un modismo chino que significa que es difícil enfadarse o atacar a alguien que te recibe con una sonrisa amable.
  7.  二锅头 (Èrguōtóu): Licor blanco chino (baijiu) extremadamente fuerte y económico, conocido por su alto contenido alcohólico y su sabor intenso.
  8. 张三 (Zhāng Sān) en sí es el nombre genérico utilizado en chino (equivalente a «Fulano», «Mengano» o «Juan Pérez» en español) y suele usarse para referirse a una persona anónima o genérica en ejemplos o historias; pero «La canción de Zhang San» 《張三的歌》es una canción muy conocida, que habla sobre viajar y buscar un lugar donde pertenecer. https://youtu.be/l8vJuVxhWOw?si=pY6v1y8w_0OPUHoe
  9. 你是張三 & 我是李四: «Zhang San» y «Li Si» son los equivalentes en chino a «Fulano» y «Mengano» en español, nombres genéricos utilizados para referirse a personas indeterminadas.
  10. 藿香正氣水 (Huoxiang Zhengqi): Medicamento líquido de la medicina tradicional china, extremadamente popular y conocido por su sabor fuerte y distintivo (a base de hierbas como el huoxiang). Se usa principalmente para golpes de calor, insolación y malestar estomacal.
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