༻ Capítulo 4: Atraído a la trampa ༺

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

A veces, sentía que Ling Ye era como una serpiente, particularmente, de las venenosas, esas que se camuflaban en la hierba, que hacían un pequeño ruido para atraer a su presa y, luego, cuando esta finalmente se acercaba, abrían sus enormes fauces y la engullían de un bocado.

A lo que más temía era a las serpientes.

De verdad, tenía que mantenerme alejado de él.

Sin embargo, en ocasiones, la razón pesaba apenas un par de onzas y, en cuanto soplaba la brisa marina, se esfumaba.

Me recosté tranquilamente en la tumbona y dejé que Ling Ye me mirara fijamente. De pronto, extendió la mano y me asustó, pero resultó que solo quería acomodarme el cabello, que el viento me había dejado como un nido de pájaros.

Pero para mí, ese gesto ya era demasiado sugerente.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté—. ¿Qué tienen que ver Zhang San, Li Si, Wang Wu y Zhao Liu conmigo?1

—Puede que tengan que ver o puede que no —contestó Ling Ye—. Los nombres de las personas no son más que etiquetas y cada uno de nosotros es solo un símbolo.

Se recostó de nuevo, cerró los ojos y se puso las manos detrás de la nuca.

Escuché en silencio sus sandeces.

—Puedes ser Chen Xing o puedes ser Ling Ye —dijo—. Puedes ser Zhang San o puedes ser Li Si. 

Fruncí levemente el ceño y noté que tenía el puente de la nariz muy alto.

—Puedes ser cualquiera o puedes no ser nadie.

Noté que el lunar en su cara, bajo la luz del sol, se volvía menos visible, pero aun así, me empeñaba en querer verlo con claridad.

—Tú y yo, ambos somos las personas más comunes y corrientes de este universo. Podemos buscar la perfección, buscar la excelencia; pero no es necesario que lo abandonemos todo por perseguir la fama o unas etiquetas sin importancia.

Solo cuando Ling Ye se giró de repente me di cuenta de golpe de que, sin saber cuándo, me había acercado a él.

Me acerqué mucho a él para observar con atención aquel lunar.

Él ladeó ligeramente la cabeza para mirarme y yo, agachado a su lado, me quedé paralizado al cruzar nuestras miradas.

Ser pillado in fraganti mientras espías era una sensación bastante emocionante.

Ling Ye me miró sin expresión y, luego, dijo: 

—¿Entiendes lo que quiero decir?

La verdad es que no había escuchado nada.

Hacía un momento, mientras él parloteaba sin parar, mi cabeza estaba llena de él. Me sentía inexplicablemente atraído por su cuerpo, con la sensación de que, si le abría la piel, podría descubrir un nuevo universo; era como si pudiera encontrar inspiración creativa en cada detalle de su anatomía.

Pero eso ni muerto se lo diría a Ling Ye.

Asentí y dije: 

—Por supuesto.

Él soltó una risa suave. 

—Entonces, repite lo que acabo de decir.

—… ¿Eres mi profesora de preparatoria?

Cuando estaba en la escuela, cada vez que me distraía en clase, la profesora me atrapaba y, seguidamente, aquella bonita maestra de literatura usaba el mismo truco para castigarme.

Él dijo: 

—Si no puedes repetirlo, te voy a castigar.

—Qué divertido —dije—. ¿Crees que le tengo miedo a tu castigo?

—¿De verdad no le tienes miedo?

Sonreí con desdén y solté con valentía: 

—Vamos, veamos quién le tiene miedo a quién.

Apenas terminé de hablar, su mano me rozó la nuca y, al segundo siguiente, me atrajo suavemente hacia él.

Bajo la brisa que soplaba trayendo el olor del mar, Ling Ye y yo nos besamos.

El sol me deslumbraba tanto que no podía abrir los ojos y el latido de mi corazón era tan fuerte que, seguramente, ya lo habían escuchado hasta del otro lado del horizonte.

Ling Ye me dio un beso. Después, me preguntó: 

—¿Ahora sí me tienes miedo?

Apreté los dientes y volví a decir: 

—¿Miedo de qué? 

Al instante siguiente, me tiró directamente en la tumbona.

La técnica de Ling Ye para besar superó mis expectativas. De repente, parecía entender por qué me regaló flores: era el cebo de una serpiente venenosa y esta mariposa terminó siendo atrapada por él. 

No era anticuado ni un tipo excesivamente conservador, pero siempre había pensado que, por muy abiertos que fuésemos, nadie besaba a otro así como así.

En los libros que había escrito en el pasado, le había dado un significado muy importante a los besos; era una forma de transmitir los sentimientos más profundos del corazón.

Había que amar para tener el deseo de besar.

Sin embargo, en ese momento, estaba siendo aplastado contra la tumbona, besado de forma inexplicable por un muchacho igual de inexplicable, y lo más increíble de todo era que me dejé llevar por completo.

Era como una mariposa torpe parada en la cabeza de una serpiente venenosa, siendo guiada por ella para ver un mundo de flores, deslumbrada al ver tantas de ellas, sin saber que, en el siguiente segundo, la lengua de la serpiente se engancharía para devorarla.

El beso de Ling Ye fue apasionado y persistente. Incluso, sin darme cuenta, me adentré en un nuevo mundo de fantasía donde él no era ese tipo insoportable de lengua afilada, sino todo lo contrario, era la persona que mejor sabía consolar mi corazón en este mundo.

No tenía ni idea de cuándo mis brazos rodearon su cuello.

Y tampoco sabía en qué momento empecé a corresponderle.

Solo estaba seguro de que no podía resistir la tentación… y él me tentó.

Nacieron los minutos en los que más me había perdido en mi vida y, con los ojos fuertemente cerrados, lo seguí, sintiendo los altibajos de un mundo ficticio que Ling Ye había creado para mí.

Tenía muy claro que la persona que me estaba besando era Ling Ye, aquel joven que había odiado desde el primer momento en que lo vi.

Pero este hombre, con su técnica para besar tan magistral, me encendió por completo. ¿Cómo podría yo, que no poseía ningún autocontrol, escapar?

No me cansaba de besarlo.

Pensaba que, esta vez, debería haber aprendido a escribir escenas románticas, ¿no? Solo con que Ling Ye me diera un poco más, me dejara experimentar un poco más, podría comprender todas esas emociones y reacciones que no entendía del todo bien.

No obstante, a este tipo, Ling Ye, no le importaban mis sentimientos en absoluto y se detuvo.

Me miró con una sonrisa y preguntó:

—¿Qué tal se siente?

No podía hablar. Temía que cualquier cosa que dijera le diera motivo para burlarse de mí.

Mientras divagaba, de improviso, Ling Ye frotó con fuerza la comisura de mis labios con el dedo y dijo:

—Te los he dejado rojos de tanto besarte.

Voy a morir.

Lo empujé de golpe, queriendo levantarme, pero él me mantuvo firmemente presionado allí, sin dejar que me moviera.

—¿Qué haces? —le pregunté.

En realidad, no era eso lo que quería preguntarle.

Quería preguntarle por qué me había besado y por qué parecía que aún quería que pasara algo más entre nosotros.

—Quédate acostado —dijo Ling Ye. 

Se puso de pie y me miró desde arriba:

—No te molesto más.

Dicho esto, realmente, bajó las escaleras.

Miré la espalda de aquel chico con incredulidad, pensando que el mundo era demasiado desconcertante.

Él, una serpiente venenosa con malas intenciones, sacó su lengua bífida para burlarse de mí por un rato, pero no me devoró.

Me dejó solo en la azotea mirando el cielo y sintiendo la brisa marina. Me dejó solo, repitiendo una y otra vez los momentos de hace un rato, aún saboreando aquel beso.

Todo sucedió de una manera tan increíble que no sabía cómo definirlo. Yo, que me jactaba de ser un joven literato, no encontraba las palabras exactas para describirlo.

Aparté la mirada de la dirección en la que se había ido y volví a mirar el cielo azul.

El azul intenso del cielo de la isla Suxi estaba lleno de mis interrogantes sobre la vida.

Recordé aquel poema de Borges:

¿Con qué puedo retenerte?

Te ofrezco magras calles, ocasos desesperados, la luna de los corroídos suburbios.

Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente a la luna solitaria. 

Me quedé mucho tiempo en la azotea y, luego, estuve inquieto todo el día.

Por primera vez en mi vida, un hombre me quitó el sueño.

Por ese beso de Ling Ye, no volví a salir de mi habitación después de bajar de la azotea; ni siquiera cené y, cuando a las nueve de la noche hicieron una parrillada en el patio, tampoco bajé.

Me quedé acostado en la cama, recordando…

Bueno, lo admitía: saboreándolo.

Saboreando aquel beso.

Me di cuenta de que, en verdad, no lograba descifrar a Ling Ye. No tenía forma de adivinar ni de predecir qué estaba pensando o qué pretendía hacer.

Aunque se había aprovechado de mí, no me apetecía pedirle explicaciones, no tenía caso; solo quería entender qué lo motivaba a actuar así.

¿Acaso yo era demasiado sexy?

Me levanté de la cama y fui al baño a mirarme al espejo.

Tenía bastante confianza en mi apariencia, pero no me creía que un hombre como Ling Ye se comportara como un sinvergüenza solo porque encontraba a alguien guapo.

Claro, esto era simplemente lo que yo pensaba. A lo mejor, ese hombre en realidad es un pervertido.

Mientras daba vueltas en la cama por culpa de Ling Ye, de pronto, lo escuché riéndose y bromeando con alguien más en el patio. Me dio tanta rabia que entreabrí la ventana —solo un poco— para espiar lo que pasaba afuera.

En el patio, el jefe Cheng se había vuelto a emborrachar hasta quedar hecho mierda y estaba tirado allí como una momia.

Li Chong y Xu He estaban discutiendo sobre algo y Xu He agarró a Li Chong directamente por el cuello de la camisa y lo arrastró hacia afuera.

Ling Ye se reía de esos dos.

Y, mientras se reía, de repente, se giró y miró en mi dirección.

Me asusté y cerré la ventana de inmediato.

Después de eso, no pude conciliar el sueño en toda la noche.

Afuera, el ruido también fue cesando poco a poco y todos fueron a descansar.

Ling Ye no vino a buscarme ni me dirigió una sola palabra.

En plena madrugada, abrí la ventana para que me diera la brisa y, en un momento de ensoñación, me pareció ver una cometa con forma de mariposa balanceándose frente a mis ojos.

Con el rabillo del ojo, alcancé a ver el ramo de flores sobre la mesa, cuyos pétalos se mecían de un lado a otro con la brisa nocturna.

Inesperadamente, me parecieron adorables, así que les silbé, como un pequeño rufián aburrido en la esquina de una calle.

Pronto, vi que la ventana opuesta en diagonal también se abría. Llevaba medio mes viviendo aquí y no fue hasta ese momento que supe dónde estaba la habitación de Ling Ye.

El viento vagaba entre nosotros, entregando a escondidas a las manos de Ling Ye el mensaje que yo había ocultado.

Lo vi de pie junto a la ventana, mirándome con una sonrisa.

Iba a cerrar la ventana, pero lo escuché llamarme:

—Oye.

Lo miré.

Me dijo:

—Buenas noches, duérmete ya.

Sospechaba que Ling Ye tramaba algo: o quería hacerme daño o se enamoró de mí.

Por supuesto, aunque me consideraba una persona segura de sí misma, no llegaba a ser tan narcisista; así que, tras un análisis minucioso, llegué a la siguiente conclusión: quería hacerme daño.

Quería que me enamorara perdidamente de él para luego abandonarme sin piedad.

Sometiéndome a una doble tortura, tanto mental como física.

Los haters eran así de despiadados.

Sentí que no podía rendirme tan fácilmente, así que, tras pensarlo mucho, se me ocurrió un plan.

Después de vivir más de veinte años, ¿quién no ha leído un par de libros de estrategia militar? Ya estaba preparado para contrarrestar cada uno de sus movimientos. Mejor que Ling Ye se preparase, porque iba a ver. 

Cuando salió el sol al día siguiente, abrí la puerta bostezando, pero lleno de expectativas.

Tras asearme e incluso ponerme perfume, fingí estar dando un paseo relajado, caminando de un lado a otro frente a la puerta de la habitación de Ling Ye.

Sin embargo, el tipo en cuestión no salía.

Después de caminar de un lado a otro durante casi media hora, Xu He, que vivía al lado, abrió la puerta de golpe y, con cara de pocos amigos, me espetó:

—¿Qué diablos es lo quieres?

Mientras me hablaba, se plantó en la puerta con mala cara, dándome un susto. De un vistazo, alcancé a ver la cama deshecha en el interior y supuse que el hombre acababa de levantarse.

Le dije: 

—No tienes que levantarte de tan mal humor, solo estoy dando una vuelta.

—Vete a dar una vuelta a otro lado. —Xu He realmente tenía mal genio—. Me estás molestando.

Sospechaba que anoche volvió a pelearse con Li Chong.

Justo cuando Xu He me estaba regañando, Ling Ye por fin abrió la puerta y salió.

Me miró a mí y, luego, le echó un vistazo a Xu He.

—Ya me lo llevo. —Ling Ye dirigió aquella frase a Xu He.

Xu He cerró la puerta de un portazo. Parecía muy resentido. Definitivamente, no era alguien a quien convenía provocar.

Xu He nos dejó a Ling Ye y a mí mirándonos y la atmósfera se volvió un poco sutil. Ling Ye me miró de reojo, arqueó una ceja y, estirándose, salió de la habitación.

Caminó unos pasos, miró hacia atrás y me llamó: 

—¿No vienes?

Lo seguí inconscientemente unos pasos, pero, de repente, me di cuenta de que algo no estaba bien. 

—¿Y por qué debería ir contigo?

Dicho esto, me di la vuelta y seguí «paseando» por el pasillo.

Ling Ye tampoco se molestó. Simplemente, se apoyó en la ventana del pasillo y me miró sonriendo. Con la mente en blanco, empecé a caminar de un lado a otro y, entonces, Xu He volvió a enfurecerse. Abrió la puerta y me gritó: 

—¡¿Qué es lo que te pasa a estas horas de la mañana?! ¡Si sigues haciendo ruido, te romperé las piernas!

Vivíamos en una sociedad regida por la ley, por tanto, no me creía que realmente se atreviera a hacer eso; pero a veces, con un hombre que se levantaba de mal humor, uno nunca sabía qué locuras era capaz de cometer al segundo siguiente. En consecuencia, para poder entregar mi manuscrito a tiempo, salí corriendo.

Mientras bajaba las escaleras, escuché a Ling Ye reírse a carcajadas a mis espaldas. Su risa era especialmente estridente, lo que me hizo convencerme aún más de que estaba allí para hacerme daño. Además, su risa también era muy molesta para los vecinos, ¿por qué Xu He no lo regañaba a él?

Al llegar abajo, me escondí a un lado para jugar con el gato. Ling Ye, que había bajado detrás de mí, fue tambaleándose hasta el vestíbulo y, cuando volvió a salir, traía dos botellas de cerveza.

—¿Quieres beber? 

Me ofreció una botella.

La botella de cerveza helada tocó mi brazo y, al instante, se me puso la piel de gallina.

—¿Por qué no aprendes algo bueno del jefe Cheng? —le dije. 

Él se rio. 

—¿Acaso ya no soy lo suficientemente bueno?

Nunca había conocido a alguien así. Tenía la cara demasiado dura.

Aunque lo critiqué, igual acepté la cerveza.

No era un bebedor habitual, pero una vez, cuando estaba escribiendo un borrador y no tenía ideas, me levanté en medio de la noche a tomar. Cuando estuve un poco mareado, de forma repentina, me llegó la inspiración y terminé de escribir un capítulo de un tirón.

Ling Ye dio un trago a su cerveza y se sentó en la tumbona del patio.

La luz mañanera era muy nítida y, al bañar el patio, te hacía sentir especialmente relajado.

Me quedé de pie a poca distancia, dando pequeños sorbos a la cerveza y mirándolo fijamente. Mi mirada recorría sus pantorrillas descubiertas hacia arriba, totalmente fuera de mi control, subiendo y bajando por su cuerpo.

—¿Te gustan? —preguntó Ling Ye.

Fue como si me hubieran dado un porrazo en la cabeza. Aparté la mirada y dije: 

—¿Qué me gusta?

—Mis piernas, ¿te gustan? —El tono de Ling Ye era burlón y muy irritante.

—Si no tienes nada mejor que hacer, aféitate el vello de las piernas.

Dejé de mirarlo y fui a sentarme al lado del gato perezoso.

Sin embargo, el maldito gato no cooperó. En cuanto me acerqué, se levantó y se fue a buscar a Ling Ye.

¡Qué demonios!

Ling Ye se rio. 

—Creo que tener vello en las piernas es bastante sexy.

—… Creo que eres bastante narcisista.

—Es verdad —admitió Ling Ye con seriedad.

Ahí iba otra vez.

¡Otra vez venía a provocarme!

Sin embargo, no lo dije. En ese preciso momento, tenía una táctica.

Me giré para mirarlo y le lancé una sonrisa sugerente.

Muy bien, muchacho, sedúceme.

Ya había descubierto todas sus pequeñas artimañas y, como el escritor calculador que era, tenía mucha curiosidad por ver cómo iba a escribir este libro.

Así que le seguí el juego y le dije: 

—¿De verdad piensas eso?

Ling Ye me sostuvo la mirada durante un buen rato y, en medio, tomó un sorbo de cerveza.

Su mirada siempre me dejaba inquieto; bastaba con que me mirara así para que me costara respirar.

No me quedaba más que admitir que este chico sabía muy bien cómo provocar a la gente. Parecía ser un seductor nato. Seguramente, antes de venir a la isla Suxi ya era todo un donjuán.

—Estoy bromeando —sonrió.

Lo maldije en mi mente. Luego, me levanté y me acerqué a él.

Ling Ye estaba sentado en la tumbona, alzando la vista para mirarme.

—Creo que mis piernas también son bastante sexis —le dije mirándolo desde arriba. Aunque por dentro me latía el corazón con fuerza, por fuera, me mostré sereno.

No debería ser escritor, debería haberme convertido en actor.

Para interpretar a una mariposa seductora que, con solo un batir de alas, deslumbraba a cualquiera.

Me incliné ligeramente y le pregunté con malicia: 

—¿Quieres tocarlas?

Realmente era lo máximo.

¡No tendría sentido que en la próxima edición de los Óscar no me dieran la estatuilla!

La mirada que Ling Ye me dirigió no era normal.

Desde pequeño siempre fui travieso o, como diría mi madre, «un buscapleitos».

Me gustaba burlarme de la gente, pero a menudo terminaba metiendo la pata.

Por ende, cuando extendí mis largas piernas para tentar a Ling Ye, de pronto, tuve un mal presentimiento.

Como era de esperar, dijo: 

—¿De verdad no tienes miedo?

Sí tenía miedo. 

Al principio, no lo tenía, pero al cruzar mi mirada con la suya, de repente, tuve miedo.

Ling Ye era realmente peligroso. A simple vista, parecía un tipo despiadado.

Pero definitivamente, no podía decir que me estaba muriendo de miedo por dentro: por lo tanto, debía aparentar calma.

—¿Quién de los dos debería tener miedo, eh? —le pregunté. 

Apenas terminé de hablar, de súbito, la mano de Ling Ye me rodeó la cintura.

Me quedé aturdido por el susto y, antes de que pudiera reaccionar, ya me había atraído hacia él.

Yo poseía otro defecto: no tenía buen equilibrio. Era de esos que hasta caminando se tropezaban solos.

Ling Ye me jaló hacia él y, sin querer, caí en su tumbona.

Se rio de mí, claramente, en una burla descarada.

Aún no me salía el insulto de la boca, cuando, de repente, se inclinó y pegó la punta de su nariz a mi pierna.

Este tipo de verdad no tenía vergüenza y, encima, era un atrevido. En un lugar público, solo le dije que tocara un poco, ¡y el muy descarado quiso besarme!

—¿Qué haces? —pregunté.

Mientras lo decía, me apresuré a rodar fuera de la tumbona, aliviado de que solo hubiese pegado la nariz y no los labios.

Ling Ye se levantó burlón y me miró. 

―¿Ahora sí te dio miedo?

Le dije: 

—Simplemente, me parece que atenta contra el decoro.

—¿Atenta contra el decoro?

―Sí —me defendí―. Estamos en el patio, todos nos están viendo.

Ling Ye no paraba de reír. 

—No hay ni un alma por aquí, ¿quién nos va a ver?

Me quedé en silencio casi dos minutos, en un punto muerto con Ling Ye.

Finalmente, dos minutos después, apareció mi salvadora, Zhou Ying jiejie. La señalé y le dije a Ling Ye: 

—¡Ella!

Zhou Ying, con cara de no entender nada, preguntó:

—¿Qué están haciendo?

Le hice señas a Ling Ye con la mirada para que no dijera tonterías.

Pero entonces, el muy desquiciado le dijo a Zhou Ying: 

—Este tipo me pidió que le tocara las piernas.

No tenía cara para volver a ver a nadie.

Zhou Ying se rio a carcajadas.

—¡Vaya, Chen Xing! ¡No sabía que eras tan atrevido!

No aguantaba más a esta gente. Si seguía así, o morían ellos o me moría yo. Por consiguiente, para evitar que hubiese un cadáver, escapé a toda velocidad hacia la playa.

Por culpa de Ling Ye, había ido perdiendo poco a poco el amor que le tenía a la isla Suxi.

Pero cada vez que venía a la orilla del mar, sentía que mi amor por este lugar aún podía salvarse.

Aquel lugar era demasiado hermoso y reconfortante.

Me senté en la arena con el vaivén de las olas.

Me gustaba ese sitio. Era tranquilo, cómodo y nadie me apuraba con el plazo del manuscrito. Si mi editora escuchara esto, seguramente, la pobrecita se pondría a llorar por un buen rato. No es que quisiera hablar mal de ella, era solo que era un vago y no quería escribir.

Me acosté, cerré los ojos y, escuchando el sonido de las olas, vacié mi mente 

Ya había pasado más de la mitad de mi mes de «retiro». Había prometido entregar el borrador a finales de mes, pero solo había escrito poco más de mil palabras.

Con los ojos cerrados, lo que apareció en mi mente fue nada menos que Ling Ye, con su camiseta negra y sus shorts floreados, paseando despreocupadamente frente a mí.

No quería incluirlo en mi obra, pero no sé por qué, de forma confusa, empecé a imaginar a Ling Ye caminando hacia el mar.

Al atardecer, de cara al sol poniente.

Con la misma ropa de siempre, dejando al mundo únicamente su solitaria espalda.

Una ola de más de un metro de alto lo golpeó y tragó al instante y el ramo de margaritas que llevaba en la mano fue destrozado por la fuerza del agua, dispersando los pétalos por todas partes, como si lo acompañaran en su entierro.

Al llegar a ese pensamiento, abrí los ojos de golpe, como si me hubiera despertado de una pesadilla.

Me recuperé del susto y descubrí que llevaba más de media hora acostado aquí. Finalmente, entendí cómo se me iba el tiempo en todos estos días en los que retrasaba mis entregas.

Sentí que no podía seguir así. No era Ling Ye, no podía esconderme aquí para siempre.

Tenía que terminar mi trabajo cuanto antes y volver a mi vida normal. Por muy hermoso que fuese este paraíso, al final, no era mi hogar.

Suspiré y me dispuse a levantarme.

En ese momento, vi que a mi lado había un ramo de flores.

Podría jurar que cuando llegué no había ningún ramo de flores aquí.

La brisa marina hacía que los pétalos temblaran, como si se rieran de forma extraña. Lo tomé y descubrí que entre el ramo había una nota escondida.

La nota decía:

Podría desvanecerse y marchitarse, no me importaba. Todavía me enloquecía con ternura la mera vista de su rostro.2

Era una frase de uno de los libros de Nabokov.

El viento hacía temblar una esquina del papel y cada movimiento parecía golpear mi alma.

Me quedé mirando esa nota un buen rato, tanto que casi empecé a derretirme bajo el sol.

Creía saber de quién eran las flores y quién escribió la nota; pero, al mismo tiempo, sentía que debería fingir que no saberlo.

Una corriente de calor subía desde la arena y se colaba en mi cuerpo, haciéndome sudar profusamente.

Levanté la vista y miré a mi alrededor, intentando descubrir al responsable de esta «broma». No permitiría que nadie fuera más bromista que yo.

Sin embargo, después de mirar por un largo rato, no encontré ni a una sola persona.

Pero vi una cometa.

Volaba en el cielo, muy lejos de mí.

Era una cometa con forma de mariposa, sostenida por un hilo fino.

Alcé la cabeza para mirarla, como si estuviera mirando a mi propio yo, mareado por el viento.

Tomé el ramo y guardé la nota en mi bolsillo.

De improviso, recordé aquella época de estudiante en la que nos pasábamos notas a escondidas en clase. No era nada importante, solo planes para ir juntos al supermercado después de clase o salir a jugar después de la escuela.

Pero a menudo, cuanto más insignificantes eran estas cosas, más se extrañaban con el paso del tiempo y más valiosas se volvían.

Por esta razón, sentí que el bolsillo de mi pantalón ardía.

Caminé lentamente por la playa, avanzando sin prisas en la dirección de donde provenía esa cometa con forma de mariposa. No podía ver el hilo que la sostenía, pero sabía con seguridad que estaba allí.

En aquel instante, me di cuenta de que, para Ling Ye, yo probablemente no era muy distinto de esa cometa de mariposa. Él era un tipo astuto y retorcido, que calculaba cada paso mientras me tendía una trampa tras otra.

Y yo, en cambio, era puro, inocente y bondadoso, tan sincero, bueno y bello que me dejé llevar por él sin poner la más mínima resistencia.

Qué canalla. 

No había caminado mucho cuando vislumbré a Ling Ye.

Estaba sentado en la playa, volando la cometa, contemplando a esa falsa mariposa, sin mirarme a mí.

Me acerqué, dejando una hilera de marcadas huellas en la arena.

Ling Ye seguramente sabía que había llegado, pero fingió no darse cuenta.

Llegué a su lado, me detuve y, con las flores en la mano, me quedé mirándolo fijamente durante un buen rato.

Cuando Ling Ye no hablaba ni provocaba a la gente, en realidad, era bastante encantador. Era ese tipo de persona que llevaba escrita en la cara la palabra «abstinencia», pero que, en cuanto le dabas la espalda, probablemente, era más salvaje que nadie.

Una persona así tenía, por naturaleza, un atractivo fatal.

Por supuesto, esto era solo una suposición mía.

Y mis suposiciones, naturalmente, no tenían ningún fundamento; eran meras fantasías mías.

Sacudí la cabeza para despejar mi mente de esos pensamientos irrelevantes. En aquel momento, si mi enemigo no se movía, yo tampoco lo haría.

Nos quedamos así, en un punto muerto.

De súbito, una fuerte ráfaga de viento marino sopló, la cometa se tambaleó de un lado a otro y, para mi sorpresa, se desplomó en picada.

La cometa cayó dando tumbos, de cabeza a lo lejos. Al ver esto, tuve ganas de aplaudir y celebrar.

Realmente era malvado. 

La indiferencia de Ling Ye me sorprendió un poco. Sin embargo, después de un rato, fui yo quién se compadeció y camino un largo trecho para ayudarlo a recuperar la cometa.

Mientras caminaba hacia Ling Ye con las flores en una mano y la cometa en la otra, lo vi aún sentado allí, mirándome con esa sonrisa a medias.

Me acerqué cada vez más, sin ninguna intención de detenerme, hasta que llegué frente a él.

Mi mayor habilidad era imitar, calcar punto por punto todo lo que veía. Así pues, cuando Ling Ye me provocaba sin ninguna vergüenza, naturalmente, yo también tenía que provocarlo sin ninguna vergüenza.

Caminé hasta quedar frente a él, tan cerca que, con solo levantar la pierna, podría darle una patada en la cara.

Él alzó la vista para mirarme y yo lo observaba desde lo alto. Era como si estuviéramos en medio de una «batalla psicológica», pero yo estaba un poco nervioso, con la extraña sensación de que definitivamente no podría ganarle.

Después de todo, él era todo un «donjuán».

—Gracias —dijo.

A quién le importa su «gracias».

Tiré su cometa a un lado, me agaché y quedé a la altura de sus ojos.

En ese momento, Ling Ye se movió de repente. Desconocía si fue a propósito o sin querer, pero su pierna rozó mi pantorrilla.

El verano en la isla Suxi era muy caluroso. La gente aquí vestía principalmente con ropa fresca y ligera y yo no era la excepción. Desde que llegué a la isla de Suxi, casi todos los días he llevado camisetas, pantalones cortos y chanclas, viéndome constantemente desaliñado.

En aquel instante, mi pierna tocó la de Ling Ye. En medio de esa humedad y calor sofocante, mi piel se calentó tanto que llegué a sospechar que el sol abrasador me había quemado.

Rara vez me pasaba esto. Me refería a tener un contacto piel a piel con otra persona.

Antes, siempre me resistía a este tipo de cosas, especialmente con personas que no conocía. Si alguien me rozaba, aunque fuera por encima de la ropa, me incomodaba durante mucho tiempo.

Era así de quisquilloso.

Pero en aquel momento, con la pierna de Ling Ye pegada a la mía, no estaba pensando en si se había bañado esta mañana, sino en lo increíble que se sentía.

Una vez, alguien terminó de leer mi libro y me dejó una sola estrella, con el siguiente comentario: «La puntuación máxima es de cinco, pero lamento no poder dar media estrella. Tiene una buena técnica de escritura, pero le falta emoción, así que realmente no puede considerarse una buena obra».

En ese momento, indignado, me registré con una cuenta secundaria para discutir y le exigí a esa persona que me explicara qué diablos quería decir con eso de «le falta de emoción».

La otra persona respondió: «El autor claramente no entiende nada sobre el amor y el deseo; además, es evidente que nunca ha estado en una relación. No obstante, se empeñó en escribir una trama romántica para complacer al mercado y terminó resultando en un desastre».

Cuanto más hablaba, más me enojaba y lo único que pensaba era: «¡Qué estupideces dices! ¡Soy escritor, ¿cómo podría no entender el amor y el deseo?! He leído tantos libros desde que era niño, ¿qué es lo que no entiendo?»

Por supuesto, a día de hoy, ya me había relajado un poco y podía admitir que lo que realmente me molestó fue esa frase de «evidentemente, nunca ha estado en una relación».

Desde entonces, he estado investigando el llamado «amor y deseo» e incluso, para escribir bien las escenas románticas, intentaba escribir todos los días un pequeño cuento de amor antes de ir a dormir. Esos cuentos hacían reír a carcajadas a mi editora y eso me dolía mucho. Lo que yo escribía era claramente una novela romántica urbana, pero su reacción me hacía sentir que estaba escribiendo «El rey de los chistes».

Siempre pensé que eran ellos los que no me entendían, pero ahora, mientras las chispas saltaban entre Ling Ye y yo, lo había comprendido. Por fin, estaba a punto de entenderlo.

Si era amor o no, no lo sabía; mas, poco a poco, había empezado a sentir de qué iba esa sensación que siempre había reprimido en mi naturaleza humana.

Si decíamos que una persona era una hoja de papel, entonces, el deseo era la luz del sol enfocada sobre el papel a través de una lupa; en el momento del impacto, solo se sentía un calor abrasador, pero muy pronto, el papel entero ardería en llamas.

También por fin había entendido por qué los maestros dicen que se necesitaba «experimentar la vida», que había que «sumergirse de verdad en la vida»; solo así, se podían escribir obras verdaderamente buenas.

Por ende, todos mis próximos movimientos serían solo para «experimentar la vida», para que las emociones en mi obra fuesen más complejas y reales.

—De nada —le dije a Ling Ye—. Yo también te lo agradezco.

Levanté las flores que tenía en la mano y las puse entre nosotros.

Ling Ye no miró las flores, sino que me miró fijamente.

Parpadeó ligeramente y sus pestañas temblaron un poco.

Fue como si la punta de mi corazón hubiese sido rozada por el ala de una mariposa y, al segundo siguiente, sin poder evitarlo, me mareé.

Mi atención fue atraída una vez más por la nuez de Adán de Ling Ye y, mientras me sentía mareado por su culpa, su nuez se movió de arriba abajo. Había dicho antes que siempre me había parecido muy sexy una nuez de Adán bien marcada en un hombre y, en aquel momento, mi cabeza solo repetía sin parar la voz de Ling Ye: Fuego de mis entrañas, fuego de mis entrañas, fuego de mis entrañas…

Me negaba rotundamente a ser alguien cegado por el deseo, pero tampoco podía negar que Ling Ye me hizo ver algunas verdades que antes me habían costado comprender. 

En pocas palabras, cuando me miraba sin pudor, yo era como ese papel sobre el que se enfocaba la luz del sol a través de una lupa y, al instante, me convertí en una llamarada ardiente.

Cuando recobré la consciencia, Ling Ye ya tenía una mano sosteniendo mi nuca y la otra rodeando mi cintura.

Me estaba besando.

Este no era nuestro primer beso y sospechaba que tampoco el segundo.

Pero esta vez, la sensación era muy distinta a las anteriores.

El sol era abrasador; el calor, sofocante. En un ambiente así, la mente de las personas se tornaba inquieta y ansiosa.

Pensé que Ling Ye actuaría como leña seca, prestándose para avivar más mi fuego.

Pero no lo hizo.

Era aún más impredecible de lo que me imaginaba.

Este beso fue tierno y lento, lleno de un profundo y dulce afecto.

Era como un mar vasto y misterioso, que, con paciencia y ternura, sostenía a mi pequeña barca.

Sin embargo, una pequeña barca navegando sola en el mar se volcaba con el más leve oleaje.

De modo que me volqué, lo cual era bastante lógico.

Estaba en las nubes, sin capacidad ni intención de resistirme. Deseaba tener más de ese mar embravecido para poder nadar a mi antojo. Sin embargo, justo en ese momento, el joven se detuvo. Al igual que la última vez, parecía que solo yo había probado la miel del placer.

Ling Ye sonrió con sorna y me preguntó:

—¿Te gustó?

Estaba tan avergonzado que clavé los dedos de mis pies en la arena y, al segundo siguiente, estaba listo para salir corriendo.

No obstante, yo seguía siendo demasiado ingenuo. Él me agarró de la muñeca y me derribó sobre la arena.

La arena era blanda y cálida. Me recosté boca arriba sobre ella, con los ojos entrecerrados porque el resplandor del sol me cegaba.

—Si te gusta, dilo. Sé honesto.

Apoyé la palma de mi mano en su hombro para evitar que se acercara demasiado y, al mismo tiempo, incliné ligeramente la cabeza para que me hiciera sombra del sol deslumbrante.

Miré a Ling Ye y fingiendo tranquilidad, le dije: 

—¿Y tú por qué no eres más honesto?

Él pareció sorprenderse por un momento. Luego, sonrió y arqueó una ceja: 

—¿Cómo que no soy honesto?

—¿Qué significa volar esa cometa? —pregunté—. No me creo que no tuvieras una intención oculta.

Como era bien sabido, los escritores éramos, en realidad, muy sensibles. No había ninguna pequeña intención oculta que se escape de nuestros ojos y mente aguda.

De repente, Ling Ye se inclinó y pegó su nariz a la mía.

Con una sonrisa en la comisura de los labios y los ojos cerrados, no respondió a mi pregunta.

Pensé para mis adentros que, si hoy no me aclaraba sus trampas y maquinaciones, nadie se iba a ir de aquí.

Pero pronto, como un gato mimoso, rozó mi nariz con la suya y me dio otro beso.

Ling Ye no era un gato doméstico glotón y dormilón; era un gato salvaje astuto y ágil, con un toque de rebeldía y ferocidad.

Mi lucidez y la calma que fingía pronto fueron pulverizadas por él, convertidas en la arena de la playa, misma que con el solo soplar de la brisa marina, no dejaba nada, salvo mi alegría que ya no podía ocultar. Ling Ye me tenía en la palma de su mano.

Qué traicionero era el corazón humano.

Ya lo había visto.

Pero en aquella ocasión, sentí que no salí perdiendo.

Tenía buen cuerpo, no se veía nada mal y me había brindado un placer sin precedentes, completando el fruto agridulce que nunca había probado en mi vida.

En cierto sentido, podría considerarse mi maestro de iniciación.

Dicho así, era absolutamente cierto que salí ganando.

Al pensar en esto, repentinamente, se me escapó una risa.

—¿Qué pasa? ¿Tan feliz estás?

En realidad, sí estaba un poco feliz, pero de ninguna manera iba a admitirlo.

Le pregunté a Ling Ye: 

—¿Qué quieres decir? Eres demasiado extraño. ¿Acaso crees que soy de esas personas fáciles?

Ling Ye me miró fijamente y aquella mirada me puso nervioso.

Él dijo: 

—No.

—Tonterías.

Me enojé un poco y, más tarde, al recordar lo sucedido ese día en la playa, me di cuenta de que mi enojo se debía completamente a que él había descubierto mis verdaderas intenciones y, avergonzado, reaccioné con furia.

Como era bien sabido, los escritores teníamos una cara muy delgada.

—No creas que no sé qué estás tramando. Ten cuidado, no vayas a levantar una piedra y que te caiga en el pie —le advertí.

Lo que quería decir era que él pretendía burlarse de mí con este método tan torpe, pero como yo era demasiado encantador, al final, podría ser él quien saliera perdiendo.

Resultó que me sonrió y me dijo: 

—Dime, ¿qué es lo que estoy tramando?

Seguíamos sentados en la suave arena de la playa y Ling Ye, iluminado por el sol, parecía aún más sexy.

¿Qué buenas intenciones podría tener él?

Al igual que yo tampoco tenía buenas intenciones hacia él.

De repente, lo empujé y lo tiré a un lado. Él no se resistió, se quedó simplemente acostado boca arriba mirándome, con la arena mezclándose en su cabello.

—Vete de una vez —le dije. 

Soltó una carcajada.

—¿Qué pasa? ¿De verdad te enojaste?

—Si alguien siguiera provocándote una y otra vez, apuesto a que no te sentirías contento. —Lo miré de reojo—. Antes de que me den ganas de matarte, vete a hacer lo que tengas que hacer.

—¿Qué pasa? ¿Acaso vas a matarme?

—Eso está por verse. —Lo fulminé con la mirada—. A donde fueres, haz lo que vieres. En un lugar donde se amontonan los locos, a lo mejor yo también deje de comportarme como una persona cuerda.

Estos más de quince días viviendo en La Isla me había hecho darme cuenta de que aquí de verdad no había gente normal. Cada uno está más trastornado que el anterior y yo también estaba a punto de ser asimilado.

Ling Ye me miró sonriendo sin decir nada.

En realidad, estaba un poco inseguro y soltarle todo aquello con tanta afectación fue puramente a propósito.

Quería escucharlo decir algo con sus propias palabras…, algo que me importaba, información importante.

Como era de esperar, Ling Ye levantó la mano, me sujetó la barbilla y dijo:

—¿Cómo sabes que solo te estoy provocando a ti?

¿Qué? ¿Acaso está coqueteando con otros al mismo tiempo?

Empecé a buscar frenéticamente en mi cabeza a los posibles candidatos, mientras maldecía en silencio a Ling Ye por ser inhumano.

—¿Quién más? —le pregunté—. ¿Zhou Ying? ¿Xu He? ¿O Li Chong? ¿No me digas que es el jefe Cheng?

Ling Ye soltó una carcajada desenfrenada y su risa me hizo parecer aún más idiota.

—De verdad, haces honor a ser escritor —dijo Ling Ye.

No entendía qué quería decir, solo sentía un fuego en mi interior.

Yo mismo sabía muy bien por qué ardía ese fuego.

Algo que podría aclararse con unas pocas palabras, él se empeñaba en hablarlo en acertijos conmigo. Un tipo así en verdad me sacaba de quicio.

Ese Ling Ye… Pensé que solo estaba coqueteando conmigo, pero nunca imaginé que tuviera tantos trucos sucios a mis espaldas.

Lo confronté: 

—Entonces, ¿quién más hay?

Ling Ye se rio hasta revolcarse en la arena y su pelo y ropa quedaron llenos de granos de arena.

—De verdad que eres muy gracioso —dijo.

—Y tú eres insoportable —respondí.

—¿Quién crees que podría ser? —preguntó.

—La señora que planta flores, supongo —contesté.

Mientras decía esto, me disculpé mentalmente con la señora. Era una mujer estupenda. Ling Ye no estaba a su altura.

Él estaba recostado de lado en la arena, apoyando la barbilla en una mano y mirándome.

—¿Qué miras?

—Quiero ver qué cosas tan extrañas tienes metidas en la cabeza.

La mirada de Ling Ye me resultaba muy extraña, de esa clase de extrañeza que ni siquiera sabría cómo buscar en un motor de búsqueda para encontrar las palabras justas que la describieran.

Era como si, en medio de esa mirada llena de ternura, se escondiera una intención asesina.

A decir verdad, antes de conocer a Ling Ye, no sentía mucho deseo por la especie humana.

Una persona no me atraía tanto como un gato adorable.

Sin embargo, como cada cosa tenía su contraparte, mi frialdad fue curada por completo ante las provocaciones de Ling Ye.

Sorprendentemente, levantó la mano y me rozó el entrecejo con el dedo.

Cuando ocurrió esto, hasta mi alma, tan seria y comedida, empezó a temblar.

Como era bien sabido, los escritores éramos muy buenos usando las palabras para expresar emociones y sentimientos. Aunque en estos años mis obras siempre habían sido objetos de crítica, nadie que las hubiese leído había puesto en duda la precisión de mi prosa.

No obstante, en aquel momento, había perdido esa capacidad.

Solo era capaz de sentir el impacto sin precedentes que Ling Ye me está provocando. Me sentía como una pequeña barca volcada, hundiéndome tambaleante en un mar insondable.

No pude evitarlo y le toqué la oreja.

La oreja de Ling Ye estaba ardiente y, en seguida, tomó mi mano.

Lo miré y él también alzó la vista para mirarme. Su mirada, habitualmente penetrante, se había vuelto suave en este momento. No sabía cómo me veía él, pero él tenía el cabello alborotado por la brisa marina y el ánimo despertado por mis provocaciones. Eso podía verlo.

Le dije: 

—Esto es demasiado extraño.

Ling Ye sonrió y eso me hizo sentir que simplemente no podía ganarle en su propio juego.

Solo podía dejar que se divirtiera conmigo, como una serpiente venenosa que jugaba con la mariposa que tarde o temprano se iba a comer.

No puede ser.

De pronto, me di cuenta de que, incluso en esta situación, tenía que recuperar la iniciativa.

Por ello, en el siguiente instante, reaccioné bruscamente y aparté su mano de un golpe. Aunque sin mucha confianza, dije con firmeza: 

—¡Retira esas manos pecaminosas! Una persona tan noble como yo no es alguien que cualquiera pueda tocar.

Siempre había vivido de manera muy convencional, a pesar de dedicarme a una profesión que parecía llena de una imaginación ilimitada.

En realidad, era una persona muy normal, que nunca se atrevía a excederse al tratar con los demás. Pero en este momento, «coqueteando» aquí con Ling Ye, me sentía como una persona extraña para mí misma.

Nunca había sido tan loco en toda mi vida. Lo más rebelde que recordaba haber hecho fue no ir a casa después de clases en la secundaria y correr a la calle de comida rápida detrás de la escuela para gastarme todo el dinero de una semana.

No sabía si, en lo más profundo del corazón de cada persona que parece tranquila, se escondía una semilla de inquietud; pero Ling Ye parecía haber activado un interruptor desconocido en mi mundo interior. Y, de repente, sentí muchas ganas de competir con él: ver quién no podía contenerse y confesaba sus sentimientos primero.

Notas del Traductor

  1. Son todos nombres genéricos y anónimos cuyas contraparte en español son Fulano, Mengano, Zutano y Perengano, incluso también pueden ser Juan Pérez, Pedro, Diego y Luis Gómez.
  2. Otra cita de Lolita.
Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x