A veces, uno era golpeado de improviso por algo sin previo aviso y no lograba reponerse durante mucho tiempo. En tal estado me encontraba yo en ese momento.
—Maestro Chen —dijo mi editora—. Fue por esa razón que me sorprendió mucho saber que había ido a la isla de Suxi.
Alzó la vista y me sonrió.
—Menos mal que regresó.
—Voy al baño.
Me parecía que todo esto era muy extraño, ya fuera Liang Dao, el albergue o incluso las personas que vivían en él.
Mientras caminaba de la sala de reuniones al baño, no dejaba de recordarlos.
Cheng-ge, Zhou Ying, Xu He, Li Chong y también a Ling Ye.
Cada uno más extraño que el anterior. Ninguno parecía una persona que viviera en el mundo real.
Saqué el celular y empecé a buscar «Liang Dao».
La editora no me había engañado. Lo encontré con una búsqueda rápida.
Liang Dao, músico con depresión severa. Después de lanzar su última canción La Isla, programó la publicación de una carta escrita a mano en forma de imagen escaneada en Weibo.
Cuando esa carta escrita a mano se publicó, él ya había desaparecido. La única información que dejó tras de sí fue sobre isla Suxi.
La noticia más reciente era que un buen amigo suyo, para conmemorarlo y también para consolar a aquellos que, como Liang Dao, estaban sumidos en la desesperación, había abierto un hostal en la isla Suxi.
Al ver esto, por fin comprendí por qué Ling Ye no dejaba de decirme que viviera bien y también por fin entendí el significado de las palabras que Zhou Ying me había dicho antes de que me fuera.
Casi al mismo tiempo, sentí un escalofrío en la espalda. Le mandé un mensaje a la editora diciéndole que podían decidir ellos mismos el plan de edición del nuevo libro, que yo tenía una urgencia y me iba primero.
Salí corriendo del edificio de la editorial sin importarme nada y, al llegar a la acera, detuve un taxi al azar.
Le dije al taxista:
—Al aeropuerto, por favor. Gracias.
Acostumbraba a salir con mi documento de identidad encima y podía jurar que este era el más acertado de todos mis hábitos, y también me agradecía infinitamente a mí mismo por tenerlo, pues, de lo contrario, en este momento, estaría aún más angustiado.
En el taxi, estaba muerto de miedo y, al reservar el boleto de avión, me temblaban las manos.
El vuelo más cercano, el barco más próximo.
Quería volver a ese lugar lo más rápido posible, antes de que cayera la noche.
No sabía por qué, aunque ya llevaba muchos días fuera, sentía que esta vez, cuando cayera la noche, todo sería diferente.
Sabía que, seguramente, estaba pensando demasiado, pero no podía detener esas ideas pesimistas.
Creía que no sentía nada más aparte que pensamientos confusos acerca de Ling Ye; pero los seres humanos éramos animales difíciles de entender y el más difícil de comprender era uno mismo.
Con solo pensar que aquella «leyenda» que me contó la editora podría ser verdad, pensar en esos tipos que vivían en La Isla y que, a mis ojos, tenían personalidades y comportamientos tan extraños, pensar en Ling Ye diciéndome que viviera bien mientras desconocía cuántas veces estuvo al borde de la desesperación, el dolor y la muerte, sentía un sudor frío llenarme todo el cuerpo.
Había elegido la isla Suxi por accidente y, por accidente, me quedé en ese hostal y conocí a esas personas.
Durante el último mes, cuando me desanimaba por no poder escribir un final satisfactorio para mi novela, nunca quise morirme de verdad. Pero esas personas a mi alrededor: el jefe Cheng, que vivía sumergido en alcohol; Zhou Ying, la guitarrista de rock que siempre me recibía con una sonrisa; Li Chong, el poeta que escribía poemas que yo no entendía; Xu He, el mecánico que nunca vi reparar un auto; Shao Yuanwen, a quien nunca llegué a ver; y Ling Ye, que me molestaba y… Resultaba que, durante todo aquel tiempo, a menudo, pensaban en la muerte.
No era un santo ni creía tener la habilidad para salvarlos y que sintieran que la vida era hermosa y que valía la pena vivirla; pero lo que sí podía asegurar era que no quería que muriesen.
Nadie sabía en realidad cómo era el mundo después de la muerte, ¿y si, por casualidad, era peor que estar vivo?
No sentía que me hubiese hecho amigo de aquellas personas y creía que ellos compartían mi pensamiento. Sin embargo, nos habíamos conocido, y sus vidas entraron en la mía de forma tan real y vibrante que, fuera quien fuese, no quería ver a ninguno extinguirse.
En el camino al aeropuerto, empecé a llamar al albergue La Isla.
No recordaba el número del teléfono fijo de la habitación donde me había alojado, pero por suerte mi editora sí lo hacía.
Llamé durante todo el camino, pero nadie contestó.
Sabía que no debía preocuparme y también sabía que no tenía por qué ser así, pero no podía controlarme. Tenía un mal presentimiento.
Quería que el taxi fuera más rápido, que el avión fuera más rápido, que el ferry fuera más rápido, que mis pasos hacia La Isla fueran más rápidos.
Pero cuanto más ansiosa se hallaba una persona, más lento parecía moverse el mundo.
Fue la primera vez que experimenté con claridad el sabor del miedo.
Fui devorado por esa sensación llamada «miedo» y, durante todo el camino, estuve tan alterado que perdí toda razón.
Por suerte, el viaje fue bastante tranquilo; solo mi corazón sufría un verdadero tormento.
Los seres humanos éramos sumamente extraños. Pensé que cuanto más avanzase, más tranquilo me sentiría; pero no imaginé que cuanto más me acercaba a ese lugar, más miedo tenía. Yo, que siempre evité cualquier ejercicio intenso, de repente, corrí como si me fuera la vida en ello solo para llegar más rápido.
Cuando llegué a la puerta del hostal, ya era de noche. Podía escuchar claramente el soplido de la brisa marina y oler con nitidez el aroma salobre del mar.
Me quedé parado en la entrada, respirando con dificultad, con la mente completamente en blanco.
La puerta del patio estaba abierta y el mundo dentro de él estaba inusualmente silencioso.
Xu He se hallaba sentado en el umbral de la puerta del patio fumando. Li Chong se encontraba agachado frente a la pared a poca distancia. Zhou Ying estaba sentada en las escaleras que llevaban a las habitaciones con la guitarra en los brazos y, junto a sus pies, estaba ese gato tan gordo.
Con respecto a Ling Ye, estaba recostado boca arriba en una tumbona del patio, aún vestido con una camiseta negra y unos pantalones cortos floreados. Sus ojos miraban al cielo estrellado, como si estuviera en trance o, quizás, dormido.
Allí estaban todos.
Excepto el jefe Cheng, que se la pasaba borracho todo el día y ni siquiera recordaba bien mi nombre, llamándome siempre «Chen Zhen».
Fue Zhou Ying quien pronunció mi nombre primero, pero la primera persona que notó mi regreso no fue ella, sino Xu He.
Xu He me echó un vistazo y, sin expresión alguna, no soltó ninguna palabra. Al igual que antes, era insoportablemente arrogante.
Cuando Zhou Ying me vio, se mostró evidentemente sorprendida.
—¿Chen Xing?
Mi mirada estaba fija en Ling Ye y vi que al escuchar mi nombre sus dedos se movieron ligeramente y, luego, con la voz un poco ronca, preguntó:
—¿Por qué lo mencionas así de repente?
Zhou Ying dijo:
—Chen Xing ha vuelto.
Seguí parado afuera de la puerta del patio, viendo cómo Ling Ye, con vacilación, apartaba la mirada del cielo y la posaba en mí. Al siguiente instante, se levantó de golpe, se enderezó y me miró desde la distancia.
Xu He terminó su cigarrillo, apagó la colilla con un gesto distraído, se levantó y fue a sentarse junto a Li Chong.
El ambiente era muy extraño. No sabía qué había pasado.
Ling Ye caminó hacia mí y, cuando estaba a medio paso de distancia, me abrazó.
Me abrazó con tanta fuerza que casi no podía respirar.
Escuché que me preguntaba:
—¿Para qué volviste?
La sensación de mal presentimiento en mi mente se volvía cada vez más intensa y, mientras me abrazaba, busqué con la mirada y pregunté:
—¿Y el jefe Cheng?
Li Chong, que seguía agachado en una esquina, me miró por unos segundos; pero, entonces, Xu He alzó la mano y le cubrió los ojos.
Ling Ye no me respondió, solo me abrazó con más fuerza.
Zhou Ying se fue con su guitarra y entró en la misma habitación donde yo había hecho el registro de entrada.
El gato seguía allí echado. Bostezó y maulló perezosamente.
Sentí que tal vez ya había entendido algo y, con la garganta cerrada, le pregunté a Ling Ye:
—¿Cheng-ge va a volver?
—No va a volver —contestó Ling Ye—. Fue a buscar a quien quería ver.
Antes era demasiado arrogante, creyéndome un genio con la perspectiva de un dios; pero, en realidad, al llegar aquí, era yo quien no sabía nada en absoluto.
No sabía que cada una de las personas de aquí vivía en una dolorosa lucha consigo mismas y yo me burlaba en secreto de ellos por ser «anormales».
También comprendí por fin por qué en este lugar todos se turnaban para cocinar para los demás. Suponía que esa era la estrategia del jefe Cheng para retenerlos a todos: con un pequeño lazo al mundo, cuando uno estaba al borde, incluso la más mínima duda podía detenerlo.
Solo que nadie imaginó que el jefe Cheng, quien quería darles consuelo a todos, al final, se adelantó a ellos.
Ling Ye fue el primero en llegar. Llevaba tres años viendo al jefe Cheng ahogarse en alcohol. Se había acostumbrado a verlo todos los días borracho y sin claridad y dijo que hasta había olvidado la razón fundamental por la que ese hombre bebía.
Al decir esto, era evidente que Ling Ye apretaba los dientes con fuerza.
Esa noche, Ling Ye y yo estábamos sentados en el patio. Zhou Ying regresó a su habitación. Xu He arrastró a Li Chong de vuelta a la suya y, más tarde, hasta el gato perezoso se fue.
En el patio, solo quedábamos nosotros dos. Él me apretaba la mano con fuerza, como si temiera que, al aflojarla un poco, yo me iría.
O, tal vez, temía ser él mismo quien se fuera.
No sabía cómo romper el silencio. Cuando miraba a Ling Ye, su rostro inexpresivo me hacía sentir muy mal.
Cuanto más sereno e indiferente parecía por fuera, más amargura hervía en su interior.
Creía que, en ciertos aspectos, probablemente lo conocía bastante bien.
—¿Recuerdas el día que llegaste?
Ling Ye rompió el silencio primero, haciendo que aquella noche fuera un poco menos difícil de soportar.
—Mmm.
—El día que llegaste, una persona que vivía aquí acababa de morir ahogada.
Me quedé atónito, recordando a Shao Yuanwen, a quien nunca conocí durante toda mi estancia.
—Esa persona siempre era silenciosa. A menudo, hacía que los demás ignorasen su existencia. Pero quién iba a pensar que realmente desaparecería sin hacer el menor ruido.
Fruncí el ceño. Cuando Ling Ye me miró, levantó la mano y me tocó el entrecejo con el dedo, deshaciendo la fuerza aplicada en mi ceño fruncido.
—En ese momento, hasta lo envidiaba, pensando que, al menos, en ese aspecto era más decidido que yo —dijo Ling Ye—. De lo contrario, no llevaría tres años aquí sin poder ir a ningún lado.
—No, no puedes.
Lo agarré con ambas manos, como un niño tonto que temía que a su caramelo le salieran piernas y escapara.
Ling Ye me miró y sonrió. Su sonrisa también era amarga y, al verla, mi corazón se llenó de esa misma amargura.
—¿Tanto miedo tienes de que me vaya? —preguntó.
Tragué saliva y, por fin, fui honesto con él.
Asentí con fuerza, demostrando mi lealtad.
—Sí, tengo muchísimo miedo. De no ser así, no habría vuelto de inmediato después de saber qué clase de lugar era este.
Simplemente, temía que le pasara algo. Temía que, en cuanto yo me fuera, Ling Ye se marchase para siempre.
Pero jamás imaginé que, al volver aquí, Ling Ye seguiría intacto y fuese el jefe Cheng el ausente.
No. Ling Ye tampoco estaba intacto. La partida del jefe Cheng se había llevado una parte de él. Podía sentirlo.
Le conté a Ling Ye cómo había llegado aquí sin entender muy bien cómo era todo y añadí:
—Hoy por fin comprendí por qué no dejabas de decirme que viviera bien.
Ling Ye me observaba con vehemencia y, de pronto, se me acercó. Pensé que iba a besarme, por lo que cerré los ojos.
Sin embargo, esperé un buen rato y el beso no llegó. Cuando volví a abrir los ojos, él seguía mirándome fijamente a una muy corta distancia.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—Verte bien —contestó Ling Ye.
Él me miraba y yo lo miraba a él. Estábamos sentados bajo la luz de la luna, mirándonos el uno al otro como dos idiotas.
Esa noche, Ling Ye siguió sin hablar mucho sobre sí mismo. De dónde venía, por qué había llegado, a qué se dedicaba antes; nada de eso me lo contó.
Yo tampoco pregunté, ya que sentí que esas cosas no eran lo más importante de esa noche.
Esta noche la dedicaríamos a Cheng-ge Usaríamos toda la noche para recordarlo y bendecirlo.
Pasadas las cuatro de la madrugada, seguí a Ling Ye a su habitación y dormí un rato; esta vez, para dormir de verdad, sin que ninguno de los dos tuviera ánimo para hacer otra cosa.
Pero en realidad, ninguno de los dos pudo dormir.
Hacía las seis o siete, cuando ya había amanecido por completo, Zhou Ying llamó a todos para comer como de costumbre.
Cuando fuimos al patio, descubrimos que la antigua tabla de turnos en la pizarra había sido borrada y escrita de nuevo.
Ya no estaban Shao Yuanwen ni Chen Xing ni tampoco Cheng Fang.
Al ver las palabras «Ling Ye» en la pizarra, me parecieron cegadoras y, sin pensarlo, tomé el borrador y las borré.
Zhou Ying me miró sin decir nada. En cambio, Ling Ye se acercó y volvió a tomar la tiza.
Sabía lo que iba a hacer, anticipé su acción; por lo tanto, con decisión, le arrebaté la tiza de la mano y la tiré a un lado, alejándolo rápidamente de la pizarra.
—No escribas —exigí—. Retira esas manos pecaminosas.
Llevé a Ling Ye a sentarse a la mesa, pero la comida fue muy opresiva. Nadie tenía apetito.
Después de comer, fui con Ling Ye a lavar los platos y, entonces, escuché a Zhou Ying decir:
—Chen Xing, ya que estás aquí, ¿quieres ir a verlo?
Cheng-ge se había ido el día que yo partí o, quizás, incluso antes. Recordé que ese día ni siquiera lo vi.
Al tercer día de su desaparición, Zhou Ying y los demás encontraron una carta en la caja fuerte del jefe Cheng, que nunca cerraba con llave.
Era idéntica a la carta escrita a mano que Liang Dao había dejado en su momento.
La caja fuerte del jefe Cheng estaba repleta de cosas relacionadas con Liang Dao. Ninguna era una joya de gran valor, pero cada una era para él un tesoro invaluable.
Su carta estaba entre todas esas cosas, guardada en un sobre rojo.
En ella, el jefe Cheng escribía que, cuando Liang Dao vino aquí, él también llegó a la isla Suxi; pero nunca lograron encontrarse y, al final, esa persona desapareció de este mundo. Cheng-ge siempre había sido alguien sin ataduras, y, en este mundo, aparte de Liang Dao, no había nada que lo retuviera. Cuando Liang Dao se fue, pensó en terminar aquí sus días; pero aquella vez que se arrojó al mar, las olas lo devolvieron a la playa, como si unas manos en el agua lo hubieran empujado con ternura de vuelta a este mundo. Sentía que esas manos eran las de Liang Dao. Sentía que, en aquel momento, Liang Dao no quería que muriera. Así que esperó, esperando el día en que Liang Dao estuviera dispuesto a verlo.
En la carta, el jefe Cheng se despedía de todos y les prohibía entristecerse por su partida. Como ese era un camino que quería recorrer desde hace mucho, había seguido las señales que Liang Dao dejó para cumplir su cita con él.
Sin embargo, mientras leía la carta, noté que tenía manchas de lágrimas. Tal vez de Zhou Ying, tal vez de Ling Ye, tal vez de Li Chong o Xu He, o quizás del propio Cheng-ge.
Aunque no quería que nos entristeciéramos por él, no podía evitar que nuestros corazones se desgarraran por su causa.
No podía impedir que lo extrañáramos.
Seguí a Ling Ye hasta la orilla del mar. Subimos a un bote y sentimos la brisa marina.
Ling Ye dijo:
—Quizás el viento que pasa es él o quizá no.
Extendí la mano, queriendo atrapar un soplo de viento, queriendo presentarme bien ante Cheng-ge, queriendo decirle que no me llamaba Chen Zhen, sino Chen Xing.
Pero no podía atrapar nada. No podía retener nada.
Solo un recuerdo ligero de él.
La partida de Cheng-ge fue un duro golpe para todos.
Podía notar que, aunque los que se quedaban aquí parecían siempre hacer lo que les daba la gana, con esa actitud reservada como si el mundo no les importara, en el fondo, eran más sentimentales y leales que nadie.
Desde que llegué aquí, el jefe Cheng vivía entre copas y ensoñaciones todo el día. Ni siquiera llegamos a tener una conversación decente y su historia solo la supe por boca de Ling Ye después de que se fuera.
Al segundo día de regresar a la isla Suxi, estaba sentado en la orilla dejando que la brisa me soplara, con el corazón pesado y oprimido como si hubiera absorbido una tonelada de agua de mar.
Ling Ye vino a buscarme con algo de beber y se sentó a mi lado.
—¿Qué haces aquí? —Lo miré—. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
Ling Ye seguía igual que siempre, sonriendo con esa actitud descarada.
—¿Acaso es difícil encontrarte? No hay tantos lugares a los que ir y venir.
Puse los ojos en blanco, abracé mis rodillas y seguí dejando que la brisa marina me soplara.
Ling Ye me pasó una bebida. Dudé un momento, pero la acepté.
—Es la cerveza que dejó Cheng Fang. Todavía quedan tres cajas.
Al escuchar el nombre de Cheng-ge, sentí otra punzada de melancolía.
Chocamos suavemente las latas de cerveza y el aluminio produjo un sonido nítido.
Después de beber un trago, Ling Ye dijo:
—No sé dónde estará ahora; si es que ya se ha reunido con la persona que quería ver.
Me escuché con la nariz agarrotada y, de repente, comprendí que a veces la desaparición de una vida era más trágica que lo trágico y más desgarradora que lo desgarrador.
Pero para Cheng-ge, quizá fue una partida decidida y luminosa.
—Cheng… ¿Fue por Liang Dao? —pregunté con vacilación, queriendo indagar, pero sin saber si mi comportamiento resultaría algo irrespetuoso.
Ling Ye bebió un gran trago de su cerveza mientras yo observaba cómo su nuez de Adán se movía de arriba abajo.
Luego, dijo:
—Se conocieron cuando tenían poco más de diez años.
Recordé que, cuando busqué información sobre Liang Dao, escuché una de sus canciones, cuya letra estaba escrita por él mismo y la música, compuesta por Cheng Fang.
Probablemente, eran, de verdad, esos amigos del alma tan difíciles de encontrar en el mundo. Eran los Yu Boya y Zhong Ziqi1 de su pequeño universo. Se admiraban mutuamente, se comprendían mutuamente y se valoraban mutuamente.
También podía entender, más o menos, por qué Cheng-ge, después de que Liang Dao se fuera, eligió vivir entre copas y ensoñaciones en lugar de permanecer sobrio en soledad.
Cuando el amigo del alma ya no estaba a su lado, ni siquiera romper las cuerdas del qin lograba aliviar la amargura del corazón.
Al pensarlo, torcí la boca y sentí ganas de llorar.
—Desde aquella época, la situación de Liang Dao no era muy buena —dijo Ling Ye—. Y, durante todos esos años, Cheng-ge estuvo siempre a su lado.
—¿A qué te refieres con que su situación no era muy buena? —le pregunté—. ¿Ya tenía depresión en ese entonces?
—Tal vez, pero en ese entonces no se tenía conciencia de eso. —Ling Ye bebió y, luego, dijo—: Liang Dao lo pasó muy mal. Cuando eligió este camino, Cheng-ge ya lo presentía, pero aun así creyó que podría retenerlo.
Apretó con fuerza la lata y la cerveza casi se derramó.
En ese momento, no quise seguir preguntando. Cuanto más sabía, más me dolía la herida que me habían abierto con un cuchillo en el corazón. Yo era el más cobarde del mundo. Al saber que algo me iba a doler, prefería huir.
Guardé silencio durante un buen rato, sintiendo que la brisa marina casi me había secado como a un pez convertido en pescado salado.
Ling Ye dijo:
—¿En qué piensas?
—Cheng-ge —le respondí sin pensarlo—. Lo de Cheng-ge me tomó por sorpresa y aún no logro asimilarlo.
Ling Ye asintió. Entreabrió los labios como si quisiera decir algo, pero al final lo dejó pasar.
Estábamos sentados en la playa, bebiendo el alcohol de Cheng-ge, pensando que quizás al otro lado del mar Cheng-ge ya se había encontrado con Liang Dao y los dos, como antes, escribían canciones y componían música, como dos inmortales sin preocupaciones.
—¿Puedo preguntarte algo sobre ti?
Ahora, incluso frente a Ling Ye, me había vuelto cauteloso.
Ling Ye mordía el borde de la lata de cerveza y me miraba con una sonrisa.
—Pregunta.
—¿Hace mucho que conoces a Cheng-ge?
Sentía una curiosidad infinita por Ling Ye, pero él siempre se guardaba las cosas. De preguntar, pregunté; pero realmente no esperaba que me respondiera con sinceridad.
Este tipo nunca había sido sincero.
Sin embargo, para mi sorpresa, después de beber un trago de cerveza, respondió a mi pregunta con seriedad. Supuse que su cambio tenía que ver con la partida de Cheng-ge.
—Cheng-ge fue mi senior. Estábamos en la misma escuela desde la secundaria —dijo Ling Ye—. Liang Dao era mi compañero de clase y nos llevábamos bastante bien.
No imaginé que tuvieran ese tipo de vínculo. No era de extrañar que Ling Ye hubiese vivido aquí tanto tiempo.
Lo miré fijamente. No negaba mi curiosidad por la historia entre Cheng-ge y Liang Dao, pero ahora, lo que más me importaba era él.
—Quiero saber, ¿por qué viniste aquí? —le pregunté—. ¿Para acompañar a Cheng-ge? ¿O tú…?
¿Había sufrido por amor? ¿Lo habían traicionado? ¿O qué otra razón lo había traído también a este lugar?
De súbito, se me vino una idea a la cabeza: ¿no será que él y Cheng-ge tenían algún secreto inconfesable y, por eso, lo siguió hasta aquí?
Pensar en estas cosas en un momento como este era muy inoportuno; pero yo era así, con un cerebro propenso a calambres mentales.
Ling Ye me miraba con la botella en la mano. Su mirada profunda me parecía tanto sexy como misteriosa.
—¿Y tú? —dijo Ling Ye—. ¿Qué te pasó a ti?
Me molestó bastante que, en lugar de responder a mi pregunta, me la devolviera.
Pero aun así, le respondí. Era así de débil.
Ahora, Ling Ye me parecía tan frágil como una porcelana ultrafina. Tenía que cuidarlo bien o quién sabría en qué segundo se ahogaría para suicidarse.
Me aterraba mucho la idea de que muriera; eso lo descubrí en el camino hacia aquí.
Y la razón por la que temía que muriera no era otra que el hecho de que me había enamorado de él.
Así de simple.
—No podía escribir mi manuscrito —le dije.
—¿Y por eso querías morir?
—… Si te dijera que vine aquí completamente por accidente, que nunca pensé en morir y que tampoco sabía que todos los demás vinieron aquí precisamente porque querían suicidarse, ¿me considerarías tonto?
Ling Ye me miró en silencio y, después de unos segundos, me dijo:
—Imposible. Te la pasas todo el día viendo cosas en Internet. Es imposible que no conocieras este lugar.
—De verdad, no lo sabía —refuté—. Dije que no podía escribir, que quería buscar un lugar tranquilo para aislarme un tiempo y, entonces, alguien me escribió por mensaje privado y me recomendó este sitio.
Ling Ye frunció el ceño.
—¿Quién te recomendó este lugar?
—Lo olvidé —respondí—. Pero eso no importa. Lo importante es por qué viniste tú aquí.
Este chico siempre me cambiaba de tema.
Ling Ye no me contestó, y, de la rabia, me puse a remover la arena con las manos, jugando a solas a un costado.
De repente, me di cuenta de que algo no encajaba.
—¿Cómo sabes que me la paso todo el día metido en Internet?
Ling Ye se terminó el último trago de la lata con una sonrisa; luego, sacó su celular y me lo lanzó.
—… ¿Porque tienes un celular?
—Todos aquí tenemos celular.
Vaya, resulta que solo yo estuve realmente aislado del mundo durante todo este mes.
—Míralo por ti mismo —dijo Ling Ye.
Su celular no tenía contraseña, así que lo abrí de inmediato.
El teléfono estaba muy limpio; ni siquiera tenía muchas aplicaciones.
No tenía WeChat2 ni QQ3, ni ninguna de esas aplicaciones para conocer gente, fuesen sofisticadas o no.
Solo vi Weibo y entré.
Su nombre de usuario en Weibo era «L147258» y la única persona a la que seguía era yo.
—De verdad, eres mi hater.
Ling Ye sonrió y se recostó en la arena con los ojos cerrados.
Me senté a su lado y empecé a revisar su Weibo.
Se había registrado en Weibo desde 2016, pero casi no había publicado nada. Curiosamente, su carpeta de borradores estaba llena de pensamientos dispersos.
Cuando yo subí una foto comiendo fideos instantáneos, en sus borradores había una sin publicar de fideos de carne.
Cuando dije que era una basura literaria, en sus borradores había un simple «ajá».
Al ver todo esto, no sabía si reír o llorar. No lograba distinguir si era mi hater o qué demonios.
—¿Por qué eres tan molesto?
—¿Quién dice que no? —aclaró Ling Ye.
Seguí revisando su Weibo, como si hubiera descubierto a un Ling Ye completamente desconocido para mí.
Durante el mes pasado, este Ling Ye con el que me encontraba a diario era insoportablemente arrogante, como un misterioso visitante de otro mundo. Nunca podía descifrar lo que pensaba, pero aun así, siempre terminaba dejándome llevar por él.
Era profundamente calculador, astuto y sin escrúpulos.
Pero en su celular se escondía otro él.
Un él silencioso, presumido y solitario.
Y lo increíble era que ese él solo se mostraba para mí.
—¿Por qué está todo en borradores? —pregunté—. Publícalo de una vez.
¡Si no hacía ninguna publicación, ¿cómo iba a saberlo?!
Si hubiera publicado este contenido antes, tal vez me hubiera acordado de él… o tal vez ya lo hubiese bloqueado.
Él solo me miró y sonrió, sin decir nada.
Revisé durante mucho tiempo y, por fin, llegué al final de la carpeta de borradores.
—De verdad que te escondes muy bien —dije.
»El que me recomendó venir a la isla fuiste tú, ¿verdad? —seguí hablando—. ¡Lo que querías era aprovecharte para emboscarme! ¡Maldito hater!
Ling Ye estaba recostado en la arena riéndose y se reía tanto que me ardían las orejas. Le tapé la boca con la mano para que se callara.
De pronto, me tomó de la mano y dijo:
—Leo tus libros y tu Weibo todos los días. Me sé de memoria cada frase de tus libros y recuerdo mejor que tú cada publicación que has hecho en Weibo.
Me sorprendí y lo miré.
Abrió los ojos y nuestras miradas se encontraron.
—¿Sabes por qué? —me preguntó Ling Ye.
Sentí que se me cerraba la garganta y me ardía el pecho.
Le pregunté:
—¿Por qué?
Sonrió, se levantó y miró hacia el mar.
Mi mano descansaba sobre la arena y la palma de la suya se posó sobre el dorso de la mía.
Ling Ye me apretó la mano y, así, nos quedamos sentados en la playa.
Si no hablara, sería bastante romántico.
Pero no podía evitarlo: era el rey supremo en arruinar el ambiente.
—Definitivamente, eres mi hater —comenté.
Ling Ye se rio.
—¿En qué te basas?
—Sospecho que todas esas malas críticas que hay sobre mí en Internet las esparciste tú. Pensabas que escribía mal, que era una basura literaria; pero resulta que sigo publicando libros y ganando plata. Mi fama y fortuna te llenaron de celos, envidia y odio, ¡así que decidiste usar algunos trucos para destruirme!
Ling Ye me miró como si fuera un idiota.
Ignorando su mirada, continué:
—Entonces, me atrajiste a esta isla, me sedujiste haciendo que me enamorara de ti y, cuando ya me tuvieras en tus manos, me abandonarías sin piedad, ¡queriendo destruir mi corazón de cristal!
Cuando Ling Ye terminó de escuchar mis palabras, me regaló una carcajada sincera.
Sabía que la partida de Cheng-ge había sido un golpe fuerte para Ling Ye. Estaba emocionalmente tenso, agotado, y sufriendo.
Quería hacerlo reír, aunque fuera solo por unos segundos.
—¿Quién dijo que eres una basura literaria? ¿Acaso no se te da bastante bien inventar historias? —Después de decir eso, Ling Ye me miró fijamente y, unos segundos después, preguntó—: ¿Lo que dijiste antes era en serio?
—¿Eh?
Guardó silencio durante un buen rato. Solo podía escuchar el sonido de las olas.
—Lo tomaré como una declaración de amor —soltó.
Sus palabras también me dejaron atónito.
—¿Cuándo te declaré mi amor?
—Justo ahora. —Ling Ye apartó la vista de mí y volvió a mirar hacia el mar a lo lejos—. Dijiste que te habías enamorado de mí.
El corazón me latía muy rápido, tratando de recordar si de verdad había dicho algo así hace un momento.
Pero incluso si lo dije, yo…
Por instinto quise contradecirlo, pero cuando vi el perfil de Ling Ye, su mirada algo profunda y su lunar en el rostro, decidí no rebatir.
—Pero tú no me amas —aseguré.
—«Estás hecha enteramente de diminutos movimientos en forma de flecha; amo cada uno de ellos».
—¿Por qué de repente te pones a recitar frases de Nabokov?
—Nunca he visto a alguien tan tonto como tú —repuso Ling Ye.
—Nunca he visto a alguien tan malo para conversar.
Si no fuera porque poseía un buen carácter, en definitiva, hoy me hubiese peleado con él.
Ling Ye dijo:
—Te declaré mi amor hace mucho tiempo.
Me quedé atónito.
—Antes ni siquiera me escuchabas con atención.
No, sí lo escuchaba con atención, pero no era un narcisista, ¿cómo podría pensar en eso? Además, quien me decía eso era Ling Ye, ¡y nosotros dos éramos como el agua y el aceite!
—¿O sea que tú también te enamoraste de mí? —intenté confirmar—. ¿Tú, mi hater, atraído por mi carisma, te enamoraste de mí sin poder evitarlo?
Ling Ye soltó una risa burlona y dijo de mala gana:
—Si insistes en pensar así, entonces, así es, pero no soy tu hater.
—¿Fan verdadero? ¿Fan novio? —dije—. Los escritores no seguimos esas dinámicas de fandom.
Me miró como si fuera un tonto, se terminó la bebida y se fue sin decir ni una palabra.
En la playa desierta, solo quedaba yo y la silueta de Ling Ye alejándose.
El viento agitaba violentamente el borde de su ropa, dejándome algo hechizado.
Grité en la dirección en que se iba:
—¡¿De qué te crees tan importante?!
Tenía boca, pero no sabía usarla para hablar bien. ¡Le hacía falta mi amorosa educación!
No sabía si Ling Ye me escuchó y no quiso hacerme caso o si de plano no me oyó. El caso era que ese tipo desapareció al otro lado de la playa sin voltear siquiera.
Me quedé solo en la playa y me terminé el alcohol que Ling Ye había traído.
Recordé que, por la mañana, el nombre de Ling Ye seguiría apareciendo en la pizarra del patio y me moleste.
Tomé la firme decisión de llevármelo de aquí.
Deambulé un rato por la isla Suxi y, al final, terminé de vuelta en La Isla.
Durante todo ese proceso, no dejaba de darle vueltas a una pregunta: ¿Qué significaba yo para Ling Ye?
Nunca me había preocupado tanto por algo que no fuera escribir libros y era la primera vez que me daba cuenta de que estar atrapado por el amor era de verdad muy molesto.
Estaba acostumbrado a decir las cosas de frente, pero resultaba que Ling Ye era de esos que tenían la boca de adorno.
Estaba harto, pero no podía simplemente largarme; después de todo, todavía tenía en mente llevármelo de aquí.
En cuanto entré al patio, vi a Ling Ye otra vez jugando con su cometa de mariposa. Por suerte, no había vuelto a escribir su nombre en la pizarra.
—Oye —Me acerqué—, todavía no has respondido a mi pregunta.
Si hubiera sido antes, definitivamente, lo habría ignorado, pero ahora no tenía opción. Ya tenía muy en claro lo importante que era Ling Ye para mí.
Los planes de este tipo realmente funcionaron: esta mariposa que soy yo había sido capturada por completo.
—¿Qué? —Se giró para mirarme, con el rostro inexpresivo.
—Dijiste que no eres mi hater —lo presioné—, ¿entonces, qué eres para mí?
Esperaba con ansias su respuesta, al menos para que mi corazón en suspenso encontrase un lugar donde posarse.
Ling Ye me miraba fijamente. Parecía muy indeciso.
—Tengo derecho a saberlo.
—¿Ah?
—¡Ah, un cuerno!
Entonces se divirtió conmigo.
—No te rías —le advertí—. Ponte serio.
Ling Ye dejó de reírse y bajó la cabeza para seguir arreglando su cometa.
Yo tampoco dije nada, pero tampoco me fui. Estaba decidido a esperar una respuesta suya.
Probablemente, me quedé parado demasiado tiempo y también se sintió incómodo y, al darse la vuelta para empezar a volar la cometa, me dijo una palabra:
—Creyente.
Al principio no reaccioné, pero después comprendí lo que estaba diciendo.
Lo alcancé.
—¿Eh?
—¡Eh, un cuerno! —dijo imitando mi voz.
—¿Qué dijiste que eras para mí hace un momento? —pregunté.
Ling Ye soltó la cometa con total destreza y, pronto, esta comenzó a volar.
Lo seguía a todas partes, insistiendo.
—Creyente. —Ling Ye por fin me lo repitió.
—¿Tan exagerado?
Nunca imaginé que llegaría el día en que alguien dijera que era mi creyente. Era una palabra demasiado fuerte; simplemente, no estaba a la altura.
Asintió con mucha calma y, luego, su mirada siguió persiguiendo a su cometa.
—Cuéntame —le pedí—. Expresa francamente esos sentimientos que tienes por mí.
Ling Ye me miró y sonrió.
Este tipo era realmente muy extraño. Al principio, ni siquiera podía verlo; pero ahora, cuanto más lo miraba, más atractivo me parecía.
—Ya no puedes escapar. Hoy tienes que dejarlo todo claro.
—¿Y si me niego?
—Entonces, te seguiré a todas partes.
Ling Ye soltó una risita. La cometa se había enganchado en una rama.
Negó con la cabeza, suspiró y, sin intención de ir por la cometa, se sentó en la tumbona del patio.
Volteé a verlo, ya un poco enojado.
—Chen Xing.
—Habla.
—A continuación, vas a escuchar un largo lamento sin causa —me dijo Ling Ye—. ¿Estás seguro que quieres oírlo?
Por supuesto que quería oírlo.
Había estado esperando por este momento.
Ling Ye era un hombre envuelto en una espesa niebla. Durante todo este tiempo, no logré verlo con claridad y, ahora que tenía la oportunidad, ¿cómo iba a dejarla pasar?
Aunque nunca pregunté de más por iniciativa propia ni intenté espiar su privacidad observando su cotidianidad, lo cierto era que sentía curiosidad por él. Para mí, era como si hubiera salido de la niebla, con la silueta de toda su persona borrosa, por no mencionar el mundo que tenía detrás.
Me enamoré de su apariencia, pero también quería conocer a ese otro él que quizás, detrás de las apariencias, no coincidía con mis juicios previos.
No estaba seguro de qué sentimientos seguiría teniendo por él después de conocerlo a fondo, pero sabía que debía disipar la niebla que lo rodeaba. De lo contrario, él tampoco iba a estar bien.
—No le he contado esto a nadie, ni siquiera a Cheng-ge. —Se recostó y miró al cielo—. No quiero hablar de ello, porque mientras no lo mencione, puedo fingir que nunca pasó.
Lo miré desde arriba, con el presentimiento de que no se trataba de un recuerdo alegre ni ligero.
Arrastré una silla, me acerqué y me senté a su lado.
El viento soplaba a nuestro alrededor. El cabello de Ling Ye había crecido un poco y estaba despeinado, pero de un modo sexy.
Esperé en silencio a que hablara, pero guardó silencio un buen rato, como si se hubiera arrepentido o como si estuviera eligiendo las palabras.
El patio estaba muy silencioso. Los demás habían desaparecido quién sabía a dónde y aquel gato gordo seguía durmiendo.
Y ahí estábamos los dos. Yo mirándolo a él, él mirando al cielo. Yo esperándolo a él y él sin saber qué esperaba.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.