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Cuando me llamó mi editora, todavía estaba sufriendo el impacto de esas fotos. Mi alma ya había abandonado mi cuerpo y había viajado miles de kilómetros de distancia.
La editora me preguntó:
—Maestro Chen, ¿cómo va el manuscrito?
Últimamente, mi trabajo no había avanzado prácticamente nada; me la había pasado perdiendo el tiempo en tonterías. Lógicamente, no debería haber contestado la llamada, pero no me fijé y contesté sin querer. Si la cortaba ahora, sería demasiado deliberado y ese no era mi estilo. Sin embargo, en ese momento, no tenía ni ganas de vivir, así que ¿cómo iba a tener ánimos para hablar de trabajo con ella?
—Ya no quiero vivir —le dije.
Al escuchar esto, mi editora se asustó:
—No pasa nada, Maestro Chen. Por favor, no se presione. Escriba despacio, ¡no se presione!
Aunque ya debía de haber visto miles de excusas de autores para retrasar sus manuscritos y, seguramente, habría escuchado este tipo de tonterías antes. Tal vez mi tono sonó demasiado sincero y la asustó.
—Está bien, terminaré de escribir y luego moriré —aclaré.
Mira, qué considerado que era yo.
—¡No! —dijo mi editora, nerviosa—. ¡Tampoco puedes morirte después de terminar! ¡Ya firmaste los derechos de autor del próximo libro con nosotros!
Vaya.
No podía morir ni aunque quisiera.
Colgué el teléfono. Me dolía la cabeza insoportablemente y, en mi mente, volvió a aparecer la odiosa cara de Ling Ye.
Seguro que ahora estaba muy satisfecho de sí mismo.
De repente, volvieron a golpear mi ventana.
Sin pensarlo dos veces, supe que la maldita cometa de Ling Ye se había vuelto a enganchar en mi ventana. Esto ya había pasado más de una o dos veces.
Al principio, no quería abrirla, pero no esperaba que el tipo llamara directamente a la habitación.
—Abre la ventana.
—No quiero.
—Date prisa.
¡Y todavía se atrevía a darme órdenes!
—Tengo algo para ti —dijo.
De verdad, no codiciaba sus baratijas. Simplemente, tenía curiosidad.
Por tanto, abrí la ventana.
En realidad, ya debería haberlo sabido: Ling Ye no podía tener nada decente que darme.
Cuando abrí la ventana, vi que su cometa con forma de mariposa estaba colgada justo al lado, mientras él permanecía abajo tirando del hilo.
—¿Dónde está? —pregunté.
Señaló la cometa:
—Búscalo.
Miré bien y, vaya, era un pedazo de papel.
Tomé el papelito y vi que decía: Voy a la playa, ¿vienes?
¿En qué época vivíamos? ¿Cómo era que todavía había gente que invitaba a salir de esta manera? Era tan anticuado que era hasta raro de ver.
¿No podía llamar por teléfono? ¿O acaso temía hacer el ridículo si lo rechazaba?
Le eché un vistazo.
—¿Qué quieres?
¿Acaso quería asesinarme en la playa? ¿Solo porque le besé el dedo? ¡Qué tacaño era este tipo!
Él levantó la cabeza para mirarme y, aunque nos separaba cierta distancia, pude distinguir claramente su nuez de Adán.
Muy sexy.
Consideraba que las dos partes más sexis de un hombre eran los ojos rasgados y una nuez de Adán bien marcada.
Por desgracia, él tenía ambas.
No obstante, como él tenía ese lunar en la cara que aborrecía, en mi mundo, no era sexy, sino insoportable.
Ling Ye no respondió a mi pregunta y, naturalmente, yo tampoco pensaba darle ninguna consideración.
Cerré la ventana sin piedad y no acepté su invitación.
Por la tarde, salí de mi habitación a regañadientes y, con la conciencia intranquila, le devolví la tarjeta de memoria de la cámara a Zhou Ying.
—¿Y bien?
—Ya no quiero vivir.
—No —se rio Zhou Ying—. Te pregunto qué te pareció mi técnica fotográfica.
La miré con vergüenza y, haciéndome el fuerte, dije:
—También me quitó las ganas de vivir.
Ella abrazó la guitarra y soltó una carcajada, punteando las cuerdas. Parecía estar de muy buen humor.
Di una vuelta por ahí y descubrí que el jefe Cheng estaba otra vez mareado por el alcohol. Li Chong se había peleado con Xu He en el patio y los demás… Bueno, como decía, Ling Ye tampoco parecía estar por allí.
Le pregunté a Zhou Ying:
—¿Salimos a dar un paseo?
—¿A dónde?
—… A la playa, supongo.
Zhou Ying ladeó la cabeza para mirarme. La luz del sol la hacía lucir especialmente hermosa.
Zhou Ying era bastante bonita, pero quizá por pasar tanto tiempo con aquellos tipos rudos, se había dejado llevar por ellos. Iba todos los días en camiseta y chanclas, sin maquillaje y completamente despreocupada. Pero precisamente, ese tipo de chicas resultaban muy atractivas.
Aunque estaba en el mismo bando que Ling Ye, la verdad era que me caía muy bien.
—¿Estás buscando una excusa para ir a la playa a ver a Ling Ye? —dijo ella.
—¡Estás loca! —Salté de inmediato—. ¿Acaso crees que estoy demente como para ir a buscarlo?
Zhou Ying se moría de risa mientras silbaba y seguía tocando la guitarra.
¿Acaso era consciente de lo que estaba diciendo?
Salí corriendo, rojo de furia y vergüenza, sintiendo que este mundo ya no tenía remedio.
Abandoné La Isla, pero no fui a la playa. En cambio, deambulé por la isla Suxi sin rumbo fijo.
Llevaba ya dos semanas en este lugar y apenas había recorrido sus calles y callejones. Sería una verdadera lástima no explorar bien un sitio tan bonito.
Hacía un día precioso y todo aquello que alcanzaba la vista parecía retocado con el filtro de una aplicación de fotos. Lo único malo era que no había llevado el celular; de lo contrario, habría tomado un montón de fotos para subirlas a Weibo. En ese momento olvidé que, en realidad, tenía una cámara en la mochila de mi habitación. Pero aunque lo hubiera recordado, me habría dado pereza volver a buscarla: hacerme caminar unos pasos más era prácticamente condenarme a muerte.
Caminé en dirección opuesta a la playa y me encontré con una casa llena de flores. La dueña era una señora de rostro especialmente alegre y simpático. Como estaba aburrido y con ganas de conversar, me acerqué a charlar un rato con ella. En cuanto le dije que era escritor, su cara se iluminó y me preguntó si podía incluirla en alguno de mis libros.
Ese tipo de peticiones las había escuchado demasiadas veces, y, cada vez que alguien me la hacía, sonreía con incomodidad. Pero esta señora era tan encantadora y mi humor en la isla Suxi era tan bueno, que, por un momento, no pude contenerme y realmente le dije que sí.
Se puso tan contenta que parecía estar a punto de salir con tambores y platillos a contárselo a todo el mundo, como si fuera a salir en la televisión.
Su alegría terminó contagiándome. Me quedé allí, de pie entre las flores, mirándola, y sin darme cuenta también empecé a sonreír.
Charlamos un rato más y, al despedirme, inesperadamente, me regaló un gran ramo de flores.
Eran flores pequeñas, blancas y de un amarillo pálido. No reconocí la variedad, pero estoy seguro de que no eran rosas ni rosales chinos, que eran las únicas flores que conocía.
La señora me dijo:
—Son margaritas.
¿Cuál era el significado de las margaritas?
No se lo pregunté. Le di las gracias y me marché.
Sostenía el ramo de flores de muy buen humor. Poco a poco empecé a olvidar todas las cosas vergonzosas que había hecho, sintiendo que todavía podía seguir viviendo un tiempo más en este planeta. Pero no imaginé que, mientras regresaba por la cuesta, de pronto, vería a alguien aparecer al final del camino.
Esa persona llevaba una camiseta negra de manga corta y unos pantalones cortos floreados y, en la mano, sostenía una cometa destartalada que ya me resultaba demasiado familiar.
Nos miramos a la distancia. Una ráfaga de viento sopló entre nosotros y la cometa que llevaba en la mano aleteó un par de veces.
En ese momento, quise morirme.
Ling Ye me miró.
Pensé para mis adentros: «¿Acaso quiere cobrarme peaje para pasar?»
Pero una persona no debía temer al poder. Además, ¿qué poder poseía él? Si llegáramos a pelearnos, todavía estaría por verse quién ganaría o perdería; a lo mejor, terminaría siendo yo quien cobre el peaje. Con ese pensamiento, caminé hacia él mientras él hacía lo mismo en mi dirección.
El aroma salado de la brisa marina era maravilloso y, de alguna manera, levantaba el ánimo. Quizá fue esa sensación la que alivió un poco la incomodidad que me producía encontrarme con Ling Ye. Como decía el refrán: «Quien no tiene vergüenza es invencible».
Seguí caminando sin desviar la mirada y, por un momento, sentí que aquella escena parecía sacada de un anime.
Por supuesto, habría sido mejor si la persona que venía en dirección contraria no hubiera sido Ling Ye.
Pasé a su lado, actuando como si no lo conociera.
Pensé que, cuando estuviéramos cerca, soltaría alguna de esas provocaciones suyas, un par de esos comentarios irritantes que daban ganas de darle un puñetazo y que me harían enfurecer de vergüenza hasta el punto de señalarlo e insultarlo. Sin embargo, para mi sorpresa, al igual que yo, pasó de largo sin mirarme.
Pero Ling Ye definitivamente no me dejaría ir así como así y, al pasar rozando mi hombro, su mano extrajo rápidamente una flor del ramo que yo sostenía.
Giré la cabeza por reflejo y el cálido resplandor anaranjado del atardecer me deslumbró.
Envuelto en esa luz, Ling Ye soltó una risa suave y se colocó la flor detrás de la oreja.
Sentía que fue precisamente desde aquel día, cuando me quitó una flor en medio del camino, que quedó escrito que este tipo terminaría dejando una huella imborrable en mi mundo.
Más tarde, regresé a La Isla con las flores entre las manos, sin saber por qué mi cabeza estaba llena de la imagen de Ling Ye alejándose con aquella flor prendida en la oreja.
El resplandor del sol poniente se derramaba sobre él y yo solo alcanzaba a ver cómo el viento levantaba el borde de su camiseta.
El mundo a mi alrededor estaba en absoluto silencio; solo podía escuchar mi propia respiración.
Si no tomara en cuenta lo insoportable que era la personalidad del joven, habría sido una escena muy hermosa.
Una y otra vez.
Esa imagen se repetía una y otra vez en mi cabeza, como un disco rayado, mientras mi corazón latía cada vez más rápido.
Cuando el cielo estaba a punto de oscurecerse por completo, llegué a la playa con el ramo de flores todavía en las manos.
La playa al atardecer es distinta a la del día. La temperatura había bajado bastante y la inmensidad del mar producía cierta inquietud.
Con una mano sostenía las flores y con la otra llevaba los zapatos, caminando descalzo sobre la arena mientras dejaba que la brisa marina me acariciara tranquilamente.
Para sacarme a Ling Ye de la cabeza, me obligué a pensar en la trama de mi novela.
Tenía por costumbre llevar siempre una grabadora de voz conmigo para registrar mi inspiración en cualquier momento.
Mientras estaba sentado en la playa, vi cómo la brisa dispersaba los pétalos de una de las flores y, de repente, tuve una idea. Saqué la grabadora y dije:
—Cuando él muera, pétalos de margaritas amarillo pálido flotarán sobre la superficie del mar.
Apenas terminé de pronunciar esa frase, volví a pensar en Ling Ye.
La flor que me había quitado parecía ser justamente una margarita de color amarillo pálido.
Estaba jodido.
Me acosté sobre la arena, sintiendo que otro día se había perdido.
Abrí los ojos y observé el cielo que se oscurecía gradualmente mientras mis pensamientos volaban cada vez más lejos, tan lejos que ni siquiera me di cuenta de cuándo empezó a subir la marea.
Cuando reaccioné, el agua ya me había salpicado la cara. Me sobresalté y me incorporé de un salto.
Ya había oscurecido y el mar no era tan manso como de costumbre.
Cuando el mar me golpeó de frente, fue como aquellos exámenes de matemáticas que suspendía cuando iba a la escuela: sin la menor compasión.
Instintivamente, miré las flores a mi lado. Vaya, parecía que realmente era un profeta. Las flores, destrozadas por el mar, estaban esparcidas a mi alrededor. Cualquiera que las viera pensaría que estaban preparándome un entierro en el océano.
Forcejeé para levantarme, pero resbalé y volví a caer.
Justo cuando estaba a punto de soltar una sarta de insultos, otra ola me golpeó de lleno, así que pensé: «Ya insultaré después. Primero tengo que salvar mi vida». Me sentí afortunado de no haberme quedado dormido antes porque, si hubiera permanecido allí unos minutos más, probablemente, ya no habría podido regresar y, entonces, ya no se trataría de buscar una aguja en un pajar, sino que sería el equipo de rescate buscándome a mí en medio del mar.
Qué vergüenza.
Con mucho esfuerzo, conseguí levantarme. Había tragado agua y me sentía horrible. Aquello fue casi como si me hubieran obligado a beberme una botella entera de Erguotou tapándome la boca. En cualquier caso, las dos cosas me dejaron igual de aturdido.
Pensé que, de ahora en adelante, no volvería a venir a la playa a estas horas. Si me hubiera quedado dormido por accidente, posiblemente, mis lectores tendrían que venir hasta aquí a rendirme homenaje.
Justo cuando estaba pensando eso, de repente, escuché a alguien detrás de mí soltando una grosería.
Qué poca educación. Justo cuando iba a girarme, alguien me agarró.
Esa persona tenía mucha fuerza. Me abrazó directamente por detrás y empezó a arrastrarme hacia atrás con brusquedad, como si estuviera arrastrando a un cerdo. Ni siquiera había reaccionado cuando otra ola me golpeó. Quedé completamente empapado.
Mientras me arrastraba hacia atrás, las huellas que iba dejando sobre la arena desaparecían enseguida bajo la marea. Con él apretándome así, terminé escupiendo toda el agua de mar que había tragado, incluso llegué a sospechar que, si seguía vomitando, en cualquier momento, terminaría escupiendo un pececito.
—¡Espera! ¡Espera un momento! —dije.
Pero esa persona claramente no tenía la menor intención de hacerme caso.
No me soltó hasta que me hubo arrastrado lo suficientemente lejos como para que, durante al menos diez minutos, el mar ya no pudiera cubrirme la cabeza.
Estaba hecho un desastre, desplomado en la playa, cuando esa persona por fin apareció frente a mí.
Ling Ye.
Mi némesis.
Se acuclilló allí, frunciendo el ceño mientras me observaba.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Eh?
Tal vez tragué demasiada agua de mar, ya que solté un eructo.
—¿De verdad te lo tomaste tan a pecho?
—¿Qué?
—¡Solo porque te llamaron basura literaria!
—¿Mm?
—¿Solo por eso quieres suicidarte?
—¿Ja?
¿Cuándo intente suicidarme?
Más adelante, entendí que, cuando Ling Ye regresó y vio que yo no estaba, Zhou Ying le dijo que había venido hacia acá, así que me siguió. Lo que no esperaba era que, al verme, pensó que me estaba lanzando al mar cuando la marea subía.
—¡Yo no me lancé! —Caminaba detrás de él, empapado y descalzo. Miré hacia atrás, pero ya no había ni rastro de mis chanclas. El mar se las había llevado quién sabe adónde. Le expliqué con tristeza—: ¡Fue un accidente! ¡La ola me arrastró!
Ling Ye me lanzó una mirada de reojo y, cuando llegamos al sendero, me arrojó uno de sus zapatos.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—Te presto uno.
—¿Solo uno? —Ambos zapatos se los había llevado el mar—. ¿Quieres que vuelva saltando en un pie?
—Póntelo o no, como quieras.
Con cara de pocos amigos, Ling Ye siguió caminando.
Bajo la luz de la luna, de pronto, vi que le sangraba la pantorrilla.
No sabía cómo había resultado herido. Tal vez se raspó al rascarse una picadura de mosquito. Sabía perfectamente que no era el caso, pero me negaba a admitir que se lastimó mientras me «rescataba».
Caminó un par de metros y volvió a detenerse.
Yo iba dando saltitos con un solo zapato puesto, sosteniendo el otro pie en el aire. Reconocía que me veía ridículo, puesto que, cuando me miró por encima del hombro, soltó una sonrisa que indignaría tanto a dioses como a mortales.
Ling Ye se agachó y me lanzó también el otro zapato que llevaba puesto.
—Camina bien —dijo Ling Ye—. Devuélvemelos cuando los limpies.
Quise rechazarlo, pero él no me hizo caso.
Dejó caer el zapato, soltó esas palabras, se dio la vuelta y siguió caminando con paso despreocupado.
El sendero en pendiente de la isla Suxi estaba limpio y aún conservaba el calor del día. Las farolas parecían poco más que un adorno y la única luz que realmente caía sobre él era la de la luna.
De espaldas a mi mirada, avanzaba hacia la luz de la luna.
Yo estaba hecho un desastre, pero él tampoco tenía mucho mejor aspecto. Llevaba los shorts floreados completamente empapados, la pantorrilla ensangrentada y, aun así, seguía igual que siempre, con la cabeza en alto, las manos en los bolsillos y caminando a grandes zancadas, como si fuera el dueño de todo el lugar.
Lo seguía desde atrás, observando su sombra borrosa cuando, de repente, una ráfaga de viento arrastró varios pétalos y los hizo caer sobre su silueta.
La noche era silenciosa como un enigma y él mismo también lo parecía.
Admitía que, en ocasiones, reaccionaba un poquito lento ante ciertas cosas.
Como esa noche cuando lo seguí hasta la entrada del albergue y, solo entonces, caí en cuenta de que había algo que no cuadraba.
—Espera un momento —le dije—. ¿Cómo sabes que soy escritor?
Ling Ye, que caminaba despreocupadamente adelante, se detuvo un instante y, sin voltear, respondió:
—¿Cómo lo sé?
—Exacto, ¿cómo lo sabes?
¿Este tipo me estuvo investigando?
Se giró para mirarme.
Uno estaba dentro de la puerta y el otro, fuera; pero ambos seguíamos compartiendo la misma luz de luna que caía sobre nosotros.
Con una expresión serena, dijo:
—No lo sé.
—¿Entonces con qué derecho me llamas basura literaria?
Aquellas palabras realmente dolieron, pero en ese momento no me di cuenta.
A los veinte años, publiqué mi primera novela y fue muy exitosa. Aceptaba que había tenido mucha suerte y que, si en la actualidad podía permitirme vivir una vida tan relajada, en gran parte, se lo debía precisamente a esa buena fortuna.
Pero también debía admitir que ahora ni siquiera quería mencionar esa novela, pues, desde mi perspectiva actual, realmente estaba muy mal escrita. La trama era simple; la escritura, inmadura, y no tenía ninguna profundidad, así que no valía la pena hablar de ella.
Pero lo extraño era que, desde entonces, todos decían que «mi debut fue mi punto más alto». Sentía que cada libro que escribía era mejor que el anterior, pero parecía que la mayoría de la gente no opinaba lo mismo.
Ahora, ya había quedado encasillado por completo como un «escritor de superventas sin cerebro» e, inclusive, había un grupito de gente especialmente dedicada a llamarme «basura literaria».
Justo en el momento en que crucé miradas con Ling Ye, una idea me atravesó la cabeza: ¡no sería que él era uno de los que me insultaban!
¡Aquella posibilidad no era descartable!
Después de todo, aunque era una persona discreta y amable, la verdad es que era bastante popular.
Al pensar en esto, la rabia me subió de golpe. Di un paso hacia el patio y le exigí:
—¿Me estás ocultando algún secreto?
Entrecerré los ojos, actuando como si lo hubiera descubierto todo.
Ling Ye seguía con esa expresión de medio muerto, sin mostrar emoción alguna, con la mirada fría.
—¿Qué secreto podría ocultarte? —dijo—. ¿Acaso somos tan cercanos?
Aquella frase me dejó tan descolocado que estuve a punto de desmayarme.
—Eres uno de mis haters, ¿verdad?
Ling Ye soltó una risa burlona, dijo: «Estás loco» y se dio la vuelta para irse.
Creía que se debía a que tenía algo que ocultar. No cabía duda: era mi hater.
No era una persona rencorosa. En Internet, por mucho que me insulten, jamás había respondido. Me decía a mí mismo que, como escritor, ganar una discusión no tiene ningún mérito. Escribir buenas obras y hacer que se callen por sí solos, eso sí que era verdadero talento.
Pero jamás imaginé que un día acabaría encontrándome cara a cara con uno de mis haters.
Cuando volví a la habitación, tiré la ropa mojada y sucia en el suelo sin más y fue entonces cuando recordé que había regresado usando los zapatos de Ling Ye.
Considerando que me prestó sus zapatos, decidí que, aunque de verdad fuera mi hater, por ahora, no iba a guardarle rencor.
Con toda mi magnanimidad, me fui a bañar, aunque no sé por qué mi cabeza seguía llena de la imagen de Ling Ye caminando de regreso descalzo.
A decir verdad, era un tipo bastante misterioso.
De aquellos que residían en La Isla, ahora conocía claramente el origen de cada uno, excepto el suyo. Aparte del jefe Cheng, era quien llevaba más tiempo aquí, pero nadie sabe por qué vino ni a qué se dedicaba antes.
¡Sabía esconder muy bien sus secretos!
Justo cuando estaba pensando en eso, alguien llamó a la puerta.
Ya era bastante tarde. Al principio, no pensaba abrir, pero quienquiera que fuera resultó tener mucha paciencia y no paraba de tocar.
Me apresuré a enjuagarme la espuma del cabello. Me sequé el cuerpo a toda prisa, me envolví con la toalla y salí.
—¿Quién es? —pregunté.
Al mismo tiempo que hablaba, abrí la puerta.
Ling Ye estaba del otro lado. Ya se había cambiado de ropa y parecía que también acababa de bañarse; aún tenía el cabello mojado.
A decir verdad, si no me hubiera tratado con esa cara de pocos amigos ni me hubiera molestado, podría decir con total objetividad que Ling Ye era de esa clase de hombre de aspecto frío y distante, pero que aun así resultaba muy sexy.
Mi gusto por los hombres era muy específico: me gustaban los que tenían aquel aire inalcanzable y reservado, pero no podían tener lunares en la cara.
—¿Qué quieres?
¿Venía a pelear conmigo? ¿O se preparaba para insultarme, llamándome basura literaria en mi propia cara?
Ya lo tenía todo planeado: si se atrevía a decírmelo en la cara, de verdad iba a pelear con él o lo demandaría por difamación; me dijeron que esas demandas siempre se ganaban. Sin embargo, rápidamente, me di cuenta de que me estaba examinando.
La mirada de Ling Ye era un tanto penetrante; eso lo noté desde el primer día que llegué aquí y lo vi por primera vez. Noté que me observaba con esa mirada invasiva, de arriba abajo, y, luego, volvía a mirarme a los ojos.
La sensación fue sutil. Instintivamente, di medio paso hacia atrás y ese medio paso casi provocó que se me cayera la toalla.
—¿Cómo te hiciste eso en el hombro? —me preguntó.
Si no me lo hubiera dicho, ni siquiera me habría dado cuenta: tenía un gran moretón en el hombro izquierdo.
¿Cómo me lo había hecho? Supongo que me había golpeado cuando me arrastró. La realidad era que, aunque me salvó, siempre me dio la impresión de que, de paso, también quería matarme.
—No lo sé.
Levanté la mano y lo apreté un poco. Sí que dolía.
—¿A qué vienes? —le pregunté.
Ling Ye se quedó mirando mi hombro un buen rato sin decir nada y vi cómo su nuez de Adán se movió de arriba abajo dos veces.
A decir verdad, era algo sexy.
—Devuélveme los zapatos.
Por fin, me soltó esa respuesta —como si volviera en sí— seca y dura, muy desalentadora.
Me agaché y recogí sus chanclas.
—Esto…, espera un momento.
Llevé las chanclas al baño con la intención de enjuagarlas bien antes de devolvérselas.
Mientras enjuagaba las chanclas, con el rabillo del ojo alcancé a ver el espejo del baño y, desde ese ángulo, podía ver perfectamente a la persona en la puerta.
Tenía la regadera en la mano. El agua caía sobre las chanclas, pero mis ojos estaban fijos en Ling Ye a través del espejo.
Estaba allí de pie, apoyado en el marco de la puerta, con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera pensativo.
De improviso, alzó la vista y me miró. Sin preparación alguna, nos encontrábamos mirándonos a través del espejo.
El espejo, ligeramente empañado, hizo que la atmósfera se volviera aún más tensa. Aparté rápidamente la vista y, entonces, lo escuché decir:
—Oye, se te cayó la toalla.
Si pudiera, desearía mudarme a otro planeta en mi próxima vida y, si fuera posible, lo haría de inmediato.
No sabía en qué momento se me cayó la toalla, pero lo que sí sabía era que él lo había visto todo.
Muchas veces, pensaba que la vida era algo maravilloso por el hecho de que nunca sabías qué cosas podrían provocarte ganas de morir.
De un tirón, cerré la puerta del baño, dejando afuera aquella media sonrisa en la mirada del joven.
La vida era corta. Quizá debía morirme de una vez.
Pero luego, pensé: «No puedo morir». Si realmente muriera así, me temía que el apodo «basura literaria» quedase grabado en mi lápida, y, cada año, en el Festival Qingming, cuando fuesen a limpiar mi tumba, dirían: «Basura literaria, descansa en paz».
Cómo lo odiaba.
Me puse el pijama con rabia y volví a salir con las chanclas ya enjuagadas.
Por la vergüenza, no me atrevía a mirar a Ling Ye a los ojos. Por suerte, aunque el tipo carecía de clase, al menos, no era un pervertido que acosara sexualmente a la gente.
Tomó sus chanclas empapadas de mis manos y, antes de irse, únicamente me dijo:
—No pasa nada, no te preocupes demasiado. Relájate. Puedes hacer como que no vi nada.
Muchas gracias, de verdad.
Qué bueno era consolando a la gente… o, quizás, no lo dijo eso para consolarme, ¡sino para humillarme!
Después de que Ling Ye se fue, volví al baño para terminar de bañarme. Como estaba de mal humor, no tuve piedad conmigo y froté mi delicada piel hasta dejarla completamente roja.
No dormí bien en toda la noche. Estuve dando vueltas en la cama más de dos horas sin nada de sueño.
Al final, no pude soportarlo más, así que me levanté, me preparé una taza de café y abrí mi computadora portátil.
Llevaba aquí medio mes y apenas había avanzado en el último capítulo de mi nuevo libro, lo que era verdaderamente indignante.
Me senté frente a la mesa con la lámpara encendida y abrí la ventana. La brisa fresca de la noche de verano me acarició el rostro, relajándome por completo.
Me quedé absorto un momento hasta que, de repente, me llegó la inspiración y empecé a escribir frenéticamente.
Escribí así hasta que amaneció.
Mi protagonista era alguien que, desde que nació, había sido constantemente rechazado por quienes lo rodeaban. Sus padres le dijeron innumerables veces que no debió haber nacido. Creció a trompicones: sus compañeros lo acosaban, sus profesores no lo querían y su único amigo murió en el verano de su graduación. Al ver el cadáver de su amigo, en un estado de trance, escuchó su grito, no un grito de dolor, sino un cuestionamiento estremecedor sobre la vida. De repente, se dio cuenta de que también quería darle un buen puñetazo a la vida.
Se podría decir que, desde su primera aparición, el final de este personaje estaba escrito: tenía que morir y su muerte debía tener una belleza violenta. Este era también mi ataque contra quienes me menospreciaban.
A decir verdad, era muy rencoroso.
Durante todos estos días había estado atormentado por su muerte. Por primera vez en mi vida, me sentía un poco vacío, incapaz de pensar en una forma digna de morir.
No fue hasta ese día en la playa que capté un destello de inspiración y, luego, esa noche, dediqué varias horas a escribir de un tirón la escena de su muerte.
Cuando murió, su cuerpo no tenía heridas y, sin embargo, el mar a su alrededor se tiñó de rojo. Nadie sabía de dónde venía esa sangre; era como las flores del equinoccio que florecían en el camino al inframundo, guiándolo hacia otro mundo.
Cuando solté el bolígrafo, todavía estaba sumido en esa profunda congoja de la que no podía escapar. Al levantar la vista y toparme con la luz deslumbrante del sol, fui devuelto de inmediato al mundo real.
Tardé unos segundos en volver en mí. Noté que ya había gente moviéndose por el patio.
Zhou Ying estaba borrando la tabla de turnos de la pizarra y volviéndola a escribir.
Li Chong estaba agachado en el suelo, de cara a la pared, recitando poemas.
Xu He se acercó y le dio una patada en el trasero a Li Chong.
El jefe Cheng salió de su habitación bostezando, se estiró y se acostó al lado del gato.
No vi a Ling Ye. Supuse que todavía estaba dormido.
En aquel instante, sentí como si me hubieran activado la perspectiva de un dios, observando desde las alturas, como un espectador externo, aquel mundo que avanzaba lentamente. En ese momento, todo lo que estaba dormido iba despertando poco a poco y el nuevo día comenzaba oficialmente. Me gustaban estas mañanas: hacían que todo pareciese lleno de esperanza.
Era una sensación maravillosa que me hacía sentir relajado.
Unos minutos después, vi a Ling Ye regresar de afuera. Seguía vistiendo su camiseta negra y sus pantalones cortos floreados, con un ramo de flores en los brazos.
Escuché a Zhou Ying preguntarle:
—¿Adónde fuiste tan temprano?
Ling Ye no respondió de inmediato. Primero, miró hacia mi lado, dejándome completamente desconcertado.
Y, en mi dirección, dijo:
—No podía dormir, así que salí a caminar.
Zhou Ying se burló de él:
—¿Caminaste toda la noche?
Él me miró y arqueó una ceja.
Ante ese gesto, sentí que el corazón me daba un vuelco.
Fue como cuando los dedos de Zhou Ying punteaban las cuerdas de su guitarra. Sentí un poco de sed. Aparté la mirada, me levanté y me serví un vaso de agua.
Después de bebérmelo, fui a lavarme.
Una vez que estuve listo, tenía hambre, así que me preparé para bajar a comer algo.
Abrí la puerta y lo primero que me recibió fue, como siempre, la brisa marina. El viento de la mañana se sentía muy distinto al de la noche: limpio, transparente y con un aroma a sol y a flores.
Pero cuando di un paso fuera de la habitación y bajé la vista hacia la entrada, fue entonces que descubrí de dónde venía el aroma a flores.
Frente a mi puerta, había un ramo de ellas.
Esas flores me resultaban muy conocidas, pues hacía apenas unos minutos acababa de ver a Ling Ye trayéndolas en sus brazos.
No hacía falta pensar mucho para saber que seguramente había sido Ling Ye quien las dejó ahí, pero no lograba entender qué estaba haciendo.
Si no le encontraba sentido a algo, dejaba de pensarlo. Era de los que menos les gustaba usar el cerebro, excepto cuando escribía. Si podía dejar que descanse, lo dejaba descansar en paz.
Hice como que no veía las flores, cerré la puerta y me fui.
Pero justo cuando puse el pie en el primer escalón para bajar, me arrepentí. Me di la vuelta, corrí de regreso y llevé las flores a mi habitación.
No cabía duda de que Ling Ye tramaba algo.
Cuando dejé las flores en su lugar y volví a bajar, de inmediato, vi a Ling Ye sentado en el patio.
Estaba igual que el día que llegué, recostado perezosamente en la tumbona, con un libro abierto cubriéndole la cara, y no sabía si estaba dormido o no. Esta vez, me acerqué con cautela y le eché un vistazo al libro que estaba leyendo.
Me sorprendió mucho que estuviera leyendo «Las mariposas de Nabokov».
Poco antes de venir a la isla Suxi, acababa de terminar de leer ese libro e incluso subí una «queja» a Weibo.
No me quejaba porque estuviera mal escrito; me quejaba de mí mismo por comprarlo sin informarme bien.
Al principio, al ver el título, pensé que, además de tratar sobre el estudio de las mariposas por Nabokov, seguro incluiría discusiones sobre sus obras literarias; pero no me imaginé que el autor fuera tan directo y se centrara exclusivamente sobre Nabokov y las mariposas.
Si no recordaba mal, a los dos días de publicar ese post en Weibo, llegué aquí y, desde entonces, no había vuelto a actualizar mi cuenta.
Aunque siempre había sentido cierta aversión hacia Ling Ye y, al conocerlo, lo catalogué como un ignorante arrogante, la última vez soltó de la nada algunas frases de las novelas de Nabokov, y el hecho de que ahora estuviese leyendo este libro que yo acababa de terminar, me obligaba a pensar más en ello.
Era una persona fascinante y yo, como escritor, había creado varias versiones de su historia.
Me daba curiosidad saber cuál de esas versiones estaba más cerca de la verdad e incluso en un par de ocasiones fantaseé con convertirme en detective e investigar las pistas una por una.
Me quedé parado a su lado mirándolo un buen rato. El sol atravesaba las nubes y caía de lleno, abriendo rápidamente cada poro de nuestros cuerpos.
En esos momentos, los nervios de uno también se volvían especialmente sensibles.
Mientras observaba cómo la luz del sol caía sobre su cabello, de repente, sentí que olía a flores, ese aroma que venía flotando desde muy lejos, ya muy tenue, pero que aun así logré percibir.
De repente, me di cuenta de que seguramente era una mariposa que lo traía al agitar sus alas.
Pero ahora, a nuestro alrededor, no había ninguna mariposa.
—¿Qué están haciendo? ¡A comer!
Zhou Ying, que no sabía de dónde sacó un gong viejo, últimamente lo tocaba cada vez que era hora de comer.
Con ese golpe, me despertó a mí y asustó a Ling Ye.
El libro que tenía Ling Ye en la cara cayó al suelo, igual que me pasó a mí hace unos días.
El libro cayó y él me vio.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, ambos nos quedamos paralizados por un momento.
Pero después, yo no dije mucho y él tampoco se burló de mí. Solo que, cuando pasé a su lado mientras él se agachaba a recoger el libro, la esquina del libro rozó mi tobillo desnudo.
Por alguna razón, en esa comida estuve un poco distraído.
Era el turno de Li Chong y la comida que preparó parecía comida para cerdos.
—¿Hoy no le tocaba a Cheng-ge? —preguntó Xu He.
—Está borracho —respondió Zhou Ying—. Cambió de turno con Li Chong.
Xu He puso cara de asco y Li Chong se puso de pie, dispuesto a golpearlo.
Estos dos se la pasaban así todo el día. Desde la última vez que se juntaron en la fogata del patio para quién sabe qué, su relación se volvió muy extraña. A veces, desde arriba, los veo haciendo cosas en el patio: se veían muy íntimos, cabeza con cabeza, como si estuvieran tramando algo, pero la mayoría de las veces, eran como el agua y el fuego, peleando por lo mínimo.
Masticaba un rábano crudo mientras reflexionaba sobre la relación de estos dos.
Era muy interesante. Me encantaba ver este tipo de dramas.
Cuando la gente veía un espectáculo, tendía a relajarse mucho. Me senté con piernas las piernas cruzadas y empecé a balancearlas. De tanto balancearlas, de pronto, choqué con alguien. Miré hacia abajo y vi las largas piernas de Ling Ye estiradas y, como cada vez que me balanceaba, lo tocaba.
Estaba sentado frente a mí, mirándome fijamente.
La mirada de Ling Ye siempre tenía un aire feroz. Desconocía quién lo habría provocado, pero cuando me miraba era como un lobo hambriento a punto de devorar a su presa.
Me sentí incómodo. Bajé las piernas, agaché la cabeza, comí unos bocados y salí corriendo.
No sabría explicar por qué me sentía culpable; en teoría, no había razón para ello.
Subí trotando las escaleras para tomar un poco de aire en la azotea.
Si me preguntaban cuál era mi lugar favorito en La Isla, básicamente, era la azotea de la pequeña casa donde vivíamos.
Se decía que el jefe Cheng remodeló este lugar especialmente para reunirse a beber. El suelo estaba limpio y bonito, con muchas flores y plantas, pero luego se dio cuenta de que todos los días bebía hasta quedar hecho un desastre y no podía subir.
Subí solo a buscar tranquilidad, me dejé caer en la tumbona y contemplé al cielo de un azul intenso.
El cielo de la isla Suxi era el más hermoso que había visto en mi vida, tan azul que parecía el País de las Maravillas.
Miré fijamente al cielo, intentando vaciar mi mente lo más posible, pero muy pronto subió otra persona.
Ling Ye se acercó y se sentó en la tumbona a mi lado.
No tenía muchas ganas de enfrentarlo. La sola idea de que estuviera ahí me ponía nervioso.
¿Le temía?
¿Qué iba a hacer? ¿Pegarme?
¿O es que realmente iba a tratarme como a una mariposa, atraparme y convertirme en un espécimen?
—¿Por qué huyes?
De pronto, la voz de Ling Ye interrumpió mis pensamientos caóticos.
—¿Yo hui?
—Huiste.
Ling Ye hablaba con una sonrisa en la voz, pero me pareció una sonrisa maliciosa.
—Zhou Ying quería atraparte para que lavaras los platos —dijo Ling Ye—, pero te escabulliste demasiado rápido.
Me defendí:
—¿Y por qué no me lo dijo antes? No soy de los que evaden el trabajo.
Ling Ye torció los labios, mostrando que no me creía.
Si no me creía, ni modo. No tenía ganas de seguir discutiendo con él.
Después de un rato, Ling Ye volvió a hablar:
—¿Me tienes miedo?
—¿Por qué te tendría miedo?
¡Era completamente absurdo!
—Entonces, ¿por qué no me miras?
Para demostrarle que no le temía en absoluto, al segundo siguiente, me incorporé y lo miré fijamente sin parpadear.
Estaba sentado allí, de frente a mí, con un cigarrillo apagado entre los labios, mirándome con una sonrisa a medias.
El rostro de Ling Ye era frío por naturaleza y, cuando sonreía, daba la sensación de que se acercaba el peligro.
Por supuesto, pensaba que tal vez se debía a que yo mismo le había atribuido demasiadas connotaciones subjetivas. Quizá no era una persona peligrosa y no quería matarme, sino que simplemente era molesto.
—Ya te estoy mirando, ¿qué más quieres? —le dije.
Él sonrió con el cigarrillo en la boca y, de repente, ladeó ligeramente el rostro para que le diera la luz del sol.
En ese instante, el mundo volvió a sufrir un cambio sutil. En su rostro, que a mis ojos era frío, apareció, de golpe, una pequeña grieta, como si un iceberg empezara a derretirse, pillándome por sorpresa y dejándome aturdido por un momento.
Extendió la mano, se quitó el cigarrillo de la boca y, antes de que pudiera reaccionar, me besó. Me besó en la mejilla y, al instante, ese calor se extendió por todo mi cuerpo.
En ese momento, la brisa marina sopló, alborotándole el cabello y nublando su mirada.
Lo miré fijamente, atónito, y percibí en él una sensación de misterio y soledad que nunca antes había visto. No era una actitud que él creara a propósito y no sé si, aparte de mí, alguien más lo había notado alguna vez.
—Las flores que te regalé, ¿te gustan? —me preguntó Ling Ye.
Pensé en las flores que había vuelto a dejar en la habitación. Al principio, quise seguir haciéndome el desentendido, pero al mirarlo a los ojos, respondí sin poder evitarlo:
—La verdad es que… me gustan bastante.
Tenía la cabeza llena de aquel beso, tan ligero como una libélula rozando el agua, pero que cayó sobre mi rostro como un asteroide impactando contra la Tierra.
Le pregunté a Ling Ye:
—¿Por qué me regalaste flores?
En realidad, lo que quería preguntar era por qué me besó, pero me daba vergüenza decirlo.
Se colocó el cigarrillo apagado detrás de la oreja y se recostó en la tumbona de al lado.
En ese momento, noté que el cabello de Ling Ye estaba un poco más largo. Entrecerraba los ojos mirando a lo lejos y el viento le alborotaba el flequillo.
No podía ver la expresión de sus ojos.
Fingiendo misterio, dijo:
—Quería regalártelas, así que lo hice.
¿Qué clase de razón era esa?
Preferiría que quisieras regalarme algo de dinero.
No dije nada más y me recosté para disfrutar del sol y la brisa.
No me dio ninguna explicación de por qué me besó. Aquel gesto sin sentido parecía haberse convertido en un secreto que no podíamos mencionar entre nosotros.
De repente, me preguntó:
—¿Sabes por qué dije que tú eres Zhang San y yo soy Li Si?
Lo miré de reojo.
—¡Quién sabe lo que estás pensando!
Ling Ye soltó una risa burlona y, justo en ese momento, apareció volando una mariposa.
La mariposa daba vueltas a su alrededor. Él extendió la mano y la detuvo en el aire y la mariposa, sorprendentemente, intentó posarse en la punta de sus dedos.
Pensé para mis adentros: «Esta pequeña realmente no le tiene miedo a la muerte. ¿Acaso no sabe que este tipo es un atrapa mariposas profesional?»
Como era de esperar, la mariposa valoró su vida y, tras dar una vuelta alrededor de sus dedos, escapó.
Se giró para mirarme:
—¿Y si lo adivinas?
—… Dilo si quieres o no, no tengo tiempo para jugar a las adivinanzas.
Para mi sorpresa, Ling Ye no se enojó; simplemente, se volvió hacia mí y me miró, lo que me hizo sentir un hormigueo en la piel.
Me di cuenta de que no podía sostener con seguridad la mirada de Ling Ye.
Definitivamente, no era un problema mío, sino que su mirada era demasiado… desnuda.
Aunque sabía que seguramente estaba pensando demasiado, en verdad, sentía que la mirada de Ling Ye siempre parecía estar dándome señales a propósito.
Me estaba seduciendo.