Coquetear con Ling Ye era mi truco para jugar con él, ¡era mi brillante estrategia para lidiar con los haters!
No podía permitir que Ling Ye supiera que desarrollé una necesidad emocional hacia él.
Justo estaba pensando en eso cuando sonó el teléfono.
Contesté y dije:
—No tengo apetito, hoy no voy a comer.
Al otro lado de la línea se escuchó la voz de mi editora. Su actitud era sumamente buena y me preguntó con dulzura:
—Maestro Chen, ¿sigue queriéndose morir últimamente?
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué todos venían a discutir conmigo sobre si quería morir o vivir?
—¿Por qué querría morirme? —le pregunté.
—¿No fue usted quien lo dijo? —La editora imitó mi voz y, de una forma bastante ridícula y distorsionada, dijo—: «Como no puedo escribir, ahora solo quiero morir».
Esas no fueron mis palabras. Jamás admitiría que mi desánimo anterior fue porque no podía escribir.
Como era bien sabido, era imposible que nosotros, los escritores genios, no pudiésemos escribir.
—Renuncia a la imitación, no es lo tuyo —aconsejé.
La editora se rio.
—Maestro Chen, que todavía pueda bromear conmigo, ¿no significa que está de buen humor?
Sabía qué estaba tramando: todas estas eran tácticas para apurarme con el manuscrito.
Sonreí levemente y dije con presunción:
—No es necesario que uses ese truco. Ya terminé el manuscrito.
—¿Ya lo terminaste?
Mi editora estaba impactada y ese tono me molestó bastante, pues no me esperaba que mostrara tanta incredulidad ante el hecho de que yo pudiera entregar el manuscrito a tiempo.
¿Acaso lucía tan poco confiable?
—¿Qué pasa con esa actitud? —la regañé—. ¿No te dije que en un mes lo tendría listo?
La editora se rio de forma muy aduladora.
—¡Es que es una sorpresa, una sorpresa! Maestro Chen, entonces, ¿cuándo me enviará el manuscrito?
Ahora mismo no era muy conveniente.
Había venido aquí a escribir precisamente para buscar tranquilidad, para escapar de la sensación de atadura que me producía la tecnología moderna. Por ello, no traje celular ni computadora y aquí directamente no había Internet, por lo que todos mis borradores estaban a mano.
—Ahora no es conveniente —le expliqué—, no hay Internet.
La editora seguía riéndose.
—¿No hay Internet? Jajajaja, ¿entonces, volverá mañana?
Me quedé un momento atónito y, de paso, le eché un vistazo al calendario colgado en la pared.
En ese calendario había una fecha que yo mismo había rodeado con un bolígrafo rojo. La había marcado el primer día que llegué: era el día de mi partida.
Cuando recién llegué a la isla, sentía que el tiempo era demasiado largo, sobre todo en un lugar como este, donde parecía que a cada minuto lo hubieran puesto en cámara lenta y la duración de cada día se estiraba más del triple en comparación con días anteriores.
Pero no sabía por qué, en aquel momento, al mirar aquella fecha, pareció cegarme e impactarme, y sentí ganas de disolver ese círculo rojo con algún líquido.
—¿Maestro Chen?
—Ah —dije—, aún no es hora de volver.
»Acordamos un mes para entregar el manuscrito. Le garantizo que se lo entregaré en el plazo acordado —le aclaré a la editora.
»Los próximos días siguen siendo míos. Cuando regrese, me pondré en contacto con usted.
Dicho esto, colgué el teléfono.
De pronto, sentí un vacío por dentro, como si una ráfaga de viento hubiera barrido la pradera y arrancado toda la hierba de raíz.
No sabría explicar qué me pasaba; solo quería quedarme ahí parado suspirando.
Algo volvió a golpear mi ventana y recordé aquella canción de Tsai Chin: ¿Quién está golpeando mi ventana…?1
Mi primera reacción fue pensar en Ling Ye. Debía ser él quien estaba causando problemas de nuevo.
Y, efectivamente, cuando abrí la ventana, allí estaba de nuevo esa cometa tan familiar.
Esta vez, la cometa traía atada a mi ventana no solo una nota con las dos palabras «para ti», sino también una flor.
Una margarita blanca.
Desconocía el significado de la flor y suponía que Ling Ye tampoco lo sabía.
Pero eso no debería importarnos ni a él ni a mí.
Lo importante era que él tenía una flor para regalarme y yo la acepté.
Sostuve aquella flor destinada a marchitarse y miré de nuevo el calendario.
Quedaban cuatro días.
Faltaban solo cuatro días para irme de la isla Suxi.
El verano era largo, pero al final, las personas siempre terminaban por separarse.
Me quedé de pie junto a la ventana mirando a Ling Ye, pensando para mis adentros: «Por más trucos que tengas, dentro de cuatro días ya no podrás seguir burlándote de mí».
Una vez leí un dicho que decía que dos personas destinadas a enredarse mutuamente, de forma inevitable, caerían rendidas ante un determinado momento o frente a un suceso en particular y que, a partir de entonces, su forma de interactuar y su mentalidad experimentaría un cambio evidente.
En su momento, me pareció una conclusión demasiado precipitada. Alguien libre como el viento como yo, jamás cambiaría su mentalidad por nada del mundo.
Era muy frío.
Pero la realidad me dio una lección: el precipitado era yo.
Fue una imprudencia de mi parte juzgar a la ligera las conclusiones ajenas sin haberlas experimentado personalmente.
Terminé de escribir el final de la novela de un tirón y, mientras me quedaba de pie junto a la ventana observando a Ling Ye bajo la luz del amanecer, sentí una gran mezcla de emociones.
Quería mirarlo, pero, al mismo tiempo, no quería hacerlo.
Una voz en mi cabeza me decía: «Chen Xing, retira tu mirada noble y altiva».
Sin embargo, mi cuerpo no le hacía caso a mi cerebro y mis ojos no dejaban de contemplarlo.
Cuando Ling Ye miró en mi dirección, no estaba seguro de si me había sonreído o no, ya que, en ese preciso instante, el sol me lastimó la vista y fruncí el ceño, entrecerrando los ojos.
Casi al mismo tiempo, olí el aroma del mar. Llegó hasta mí arrastrado por el viento, de la misma manera en que el destino trajo a Ling Ye frente a mis ojos.
Al pensar en ello, sabía que me estaba poniendo un tanto sentimental; pero todo escritor que finalizaba una obra a la que le daba mucha importancia debería tener el derecho de permitirse un poco de dramatismo, salvo que, esta vez, aproveché la oportunidad para reflexionar sobre mi relación con Ling Ye.
De repente, quise saber qué significaban las margaritas, pero, en un lugar como este, solo la computadora del jefe Cheng, que estaba abajo, tenía acceso a Internet y ni siquiera había traído mi celular.
No quería preguntarle a Zhou Ying, pues sospechaba que ella y Ling Ye estaban confabulados. Si se lo preguntaba, seguramente, le pasaría el chisme a Ling Ye en cuanto pudiera. Y Ling Ye, por supuesto, vendría a burlarse de mí.
Giré la cabeza para mirar el teléfono fijo de la habitación y pensé que podía llamar a mi editora. Aunque no lo supiera, podría buscarlo en Internet en ese mismo instante.
Pero no tenía su número.
No podía recordar esa larga cadena de números y tampoco me apetecía mucho hacerlo. Después de todo, gente como yo apenas contaba con tiempo suficiente para esconderse de su editora. ¿Quién querría contactarla por iniciativa propia en su sano juicio?
Claro que era consciente de que bien podría simplemente apretar el botón de «devolver llamada», pero, después de dudarlo, lo descarté.
Que se quedase como un secreto que me atormentara por ahora.
Al igual que Ling Ye, que siguiera atormentándome durante los próximos cuatro días, dándole a esta etapa de mi vida un final misterioso, conflictivo, pero también digno de recordar.
Fue como si, con esos pocos minutos parado frente a la ventana, me hubiera convencido a mí mismo, no solo de no indagar en muchas cosas, sino también de disfrutar del momento.
Por ende, con la flor en la mano, bajé las escaleras con un trote ligero.
Los otros en La Isla aún no se habían levantado y, cuando llegué al patio, solo estaba Ling Ye.
—¿Es tan divertido volar cometas? —le pregunté.
—¿Por qué no lo intentas? —dijo Ling Ye.
Lo intentaría, entonces.
Me acerqué, le quité el carrete de las manos con mucho cuidado y cierta torpeza.
—Hagamos una apuesta —sugerí.
—¿Qué apostamos?
—Si puedo hacer que la cometa vuele más alto, me la regalas.
Como resultado, apenas terminé de hablar, la cometa con forma de mariposa fue arrastrada por el viento, dando vueltas hasta estrellarse en el patio.
Ling Ye soltó una carcajada y yo me sentí muy avergonzado.
Cuando terminó de reírse, me dijo:
—Perdiste.
—Pues, perdí y ya; no es la primera vez que pierdo.
Tenía mucha experiencia en eso de perder.
Luego, Ling Ye dijo:
—Entonces, ¿no deberías cumplir también una condición mía?
Lo miré, sintiendo que debía tener segundas intenciones conmigo.
—No estarás tramando algo turbio, ¿verdad? —pregunté.
Sabía que llevaba tiempo codiciando mi sexy y ardiente cuerpo. Los haters se volvían locos cuando no podían conseguir lo que aman.
Inesperadamente, dijo:
—Por supuesto que no.
—¿«Por supuesto que no»?
Me enojé. ¿Cómo es que este tipo no sabía aprovechar el momento?
Ling Ye primero fue a recoger su cometa; luego, se acercó a mí y me quitó el carrete de las manos.
Se paró muy cerca de mí, bajo el mismo rayo de sol que nos iluminaba a ambos.
Mientras enrollaba el hilo, dijo en voz baja:
—Quiero que me prometas que, de ahora en adelante, vivirás bien.
¿Qué clase de condición era esa? Siempre había vivido bastante bien.
Probablemente, al verme guardar silencio por un buen rato, Ling Ye me miró muy seriamente.
Su semblante serio era un poco aterrador. Su mirada era penetrante, como si un cuchillo invisible estuviera apoyado en mi cuello y, si no hacía lo que él quería, me cortaría la carótida sin piedad.
¿No sería este tipo parte de la mafia?
Le dije:
—Deja de intimidarme con la mirada.
—No lo hago.
—Sí lo haces —repliqué—. Por supuesto que voy a vivir bien. Cuando regrese, será fiesta tras fiesta, rodeado de chicas por todos lados, así que puedes quedarte tranquilo.
Ling Ye escuchó, guardó silencio unos segundos y, luego, dijo:
—Más te vale.
—Claro que sí.
Lo vi darse la vuelta para irse y, sin pensarlo dos veces, lo seguí.
Le dije:
—Allá afuera hay mariposas de todo tipo, a diferencia de esta isla, donde solo hay un tipo raro como tú volando cometas y pasando su día oponiéndose a mí.
Ling Ye soltó una risa.
—¿Un tipo raro que vuela cometas?
—¿Me equivoqué?
Le eché un vistazo a su cometa y noté que, en las alas de la mariposa, parecían haber escritas unas letras pequeñas, pero no lograba verlas bien.
—No te equivocaste. —Ling Ye se detuvo y me miró fijamente—. Pero ¿no crees que esto que tenemos es bastante interesante?
No tenía respuesta.
De verdad, me parecía interesante, pero no quería admitirlo.
No quería admitir que había metido a Ling Ye en mi corazón.
Siempre había sido así de contradictorio; no era de extrañar que, a la hora de escribir novelas, nunca me salieran bien las tramas románticas.
Ling Ye no obtuvo mi respuesta, pero no se enojó. Soltó una risita y, de repente, me puso la mano en la nuca, obligándome a besarlo.
Cuando me soltó, vi a Zhou Ying —que acababa de levantarse, comiendo semillas de girasol de pie— y al jefe Cheng, que estaba borracho y exclamaba:
—¿Con quién se está besando Ling Ye?
Zhou Ying dijo con una sonrisa:
—Con nadie. Bebiste de más, viste mal. Vete a dormir.
Ling Ye no dijo nada, agarró su cometa y se fue.
Me quedé ahí parado, sintiendo la boca llena de un fresco sabor a menta.
Probablemente, Ling Ye acababa de comer un caramelo de menta antes de besarme.
Más tarde, me marché de la isla Suxi y, durante un tiempo después de irme, comía mentas todos los días y, cada vez que lo hacía, era como si estuviera besando a Ling Ye.
Sospechaba que esta también era una de sus artimañas.
Quería aprovecharse de esto para que yo no pudiera olvidarlo.
Antes, mi impresión del verano era la siguiente: calor sofocante, bochorno, canto de cigarras, inquietud y sudor apestoso.
Aunque siempre decía a los cuatro vientos que me gustaban las cuatro estaciones del año, en realidad, si tuviera que calificarlas, el verano probablemente quedaría en último lugar.
Siempre había sentido que el verano en la ciudad te ponía nervioso e inquieto, imposibilitando tanto escribir como leer e incluso pensar con normalidad.
Pero desde que llegué a la isla Suxi, todo había cambiado.
Mi visión de la vida se dejó subvertir con facilidad; por ejemplo: ahora sentía que, de las cuatro estaciones, mi favorita era el verano y que la playa en esta estación era el lugar al que podía rememorar infinidad de veces en mi vida.
Sin embargo, si lo analizaba en profundidad, sabía muy bien que lo que rememoraba no era solo la playa.
Cuando llegué, me parecía que un mes era una eternidad y que el final estaba muy lejos; pero sin darme cuenta, mi trabajo ya estaba terminado y la fecha de mi partida se acercaba.
Lo más increíble era que, cuando llegué, ni en mis sueños más locos habría imaginado que aquí acabaría coqueteando con un hombre que no me conocía de nada y del cual no tuve una muy buena primera impresión. Por supuesto, la experiencia seguía siendo muy placentera e incluso un poco adictiva.
Era como cuando de niño tomaba refrescos y esperaba a que, al destapar la botella, apareciera escrito «Otra más».
Por lo tanto, cuando me senté en la tumbona del patio echándole miradas furtivas a Ling Ye, me moría de ganas por saber qué pensaba él de todo esto.
Lamentablemente, de forma muy extraña, desde aquella noche, la actitud de Ling Ye hacia mí se había vuelto evasiva.
Como escritor, siempre me había jactado de ser un «observador de la naturaleza humana». Siempre había sentido que era mejor que los demás para ver y deducir, pero desde que llegué aquí había sufrido un fracaso tras otro. No existía nadie en esta isla a quien pudiera descifrar.
Tampoco lograba descifrar a Ling Ye, a pesar de estar tan cerca de él.
De improviso, Ling Ye se había vuelto distante conmigo.
En realidad, no solo conmigo. Durante los días siguientes, era difícil para cualquiera verlo.
Rara vez lo veía aparecer con su cometa y, antes de que pudiera decirle una sola palabra, ya se había esfumado y yo solo podía conversar con su versión imaginaria en mis sueños de medianoche hasta el amanecer.
Al comportamiento de Ling Ye, yo lo calificaría como el de un verdadero canalla, que debería ser metido en una jaula de cerdos y sumergido en el río.2
Sin embargo, de vez en cuando, tenía la sensación de que alguien me observaba, como si tuviera una espina clavada en la espalda.
Sospechaba que era Ling Ye quien me espiaba, pero no entendía por qué no me miraba abiertamente.
Empecé a sentirme ansioso, pues el tiempo que me quedaba aquí ya se contaba en horas y él se había puesto a jugar al misterio conmigo.
No era de los que podían mantener la calma, por lo que, la noche en la que faltaban veinticuatro horas para mi partida, fui a tocar a su puerta.
Al principio, Ling Ye no me abrió, pero sabía que estaba adentro porque escuché su guitarra.
Ahora ya podía distinguir con total precisión su estilo al tocar del de Zhou Ying. Estaba seguro de que era él tocando la guitarra en su habitación.
Como no abría, le dije con tono amenazante:
—¡Maldito perro! ¡Abre la puerta!
No era una persona grosera, pero en ese momento estaba realmente furioso.
Probablemente, notó que de verdad estaba enojado y, temiendo que destrozara la puerta, Ling Ye finalmente vino a abrirme con calma.
Su habitación daba a las montañas del oeste y la luz del sol, de un cálido tono anaranjado, inundaba la habitación sin reparos.
Esa luz le daba un toque romántico a la escena, evocando cierta melancolía por la despedida.
Ling Ye seguía igual que siempre y, con esa expresión de medio muerto, me preguntó:
—Qué visita tan rara, ¿pasa algo?
No sabría decir si en ese momento perdí el control de mis emociones o si algún espíritu me poseyó, pero el caso es que le agarré del cuello de la camiseta, lo empujé hacia adentro y lo acorralé contra la pared.
En ese momento, de verdad fui increíble.
Le dije:
—Mañana a esta hora ya me habré ido.
La nuez de Adán de Ling Ye se movió y su mirada se tornó un poco esquiva.
Definitivamente, ocultaba algo.
—¿Qué te pasa? —le reclamé.
—¿Qué pasa?
Parecía haber recuperado la compostura. Cuando me devolvió la pregunta, ya podía mirarme directamente a los ojos con tranquilidad y en su mirada había incluso un leve rastro de diversión.
No me gustaba mucho esa actitud suya; pero, en ese momento, interpreté que el origen de mi resentimiento era su falta de respeto hacia mí.
Sentía que, después de haberme seducido con éxito, se había vuelto frío conmigo, lo cual era una forma de insinuar que yo era un tipo aburrido y me despreciaba.
Pensé que estaba enojado por eso.
Así que le dije:
—¿Acaso no eres un hombre?
Lo arrastré hasta el borde de la cama y luego le di un empujón. Lo hice caer en la silla, pero al mismo tiempo, él me arrastró hacia adelante y terminé siendo abrazado por él.
Me preguntó:
—¿Qué planes tienes cuando regreses?
—Trabajar duro y hacer dinero.
Mientras hablaba, me tenía estrechamente entre sus brazos y podía sentir los fuertes latidos de su corazón.
Luego, añadí:
—Cuando regrese, buscaré a un hombre más directo, no como tú, que eres un completo canalla.
Ling Ye tenía el rostro enterrado en mi cuello. Escuché que se reía en voz baja y, luego, dijo:
—¿Ya no quieres morirte?
—… ¿Cuándo quise morirme?
No pude evitar girarme para quedar frente a él, cara a cara.
Ling Ye me abrazó con fuerza y luego, mordisqueando suavemente la oreja, dijo:
—Qué bueno, entonces. Buen viaje mañana y no vuelvas nunca más.
Hace un tiempo, leí un libro donde la escena de ruptura de una joven pareja era de lo más trágica. En aquel entonces, me pareció que esos dos de veras que dejaban a la gente sin palabras. Si ya no quedaban sentimientos, si iban a separarse, ¿para qué seguían dando tantas vueltas al asunto con tonterías sin sentido?
Pero ahora que pensaba en ello, no haber entendido en su momento ese comportamiento de despedida interminable en el libro tal vez fuese también una de las razones por las que nunca me salían bien las tramas románticas. Antes de conocer a Ling Ye, a menudo, me parecían un sinsentido muchas de las emociones del mundo.
Pero en realidad, el que no entendía nada era yo; yo era el verdadero tonto.
Cuando Ling Ye me aprisionó con fuerza en sus brazos y me dijo que no volviera, también pude percibir ese tinte trágico en el aire; era algo exclusivo de las habitaciones de la isla al atardecer, algo que solo nosotros podíamos sentir.
Como era bien sabido, los escritores éramos muy sensibles.
Éramos sensibles a las emociones de los demás, tan sensibles que incluso llegué a sospechar si Ling Ye se rehusaba a dejarme ir o si se había enamorado de mí sin darse cuenta.
Pero mi mente estaba en blanco y en mis ojos solo podía verlo a él.
Era como si él fuera una red para cazar mariposas y yo una mariposa torpe atrapada en ella.
Ling Ye me miró y sonrió mientras su mano acariciaba suavemente mi rostro.
Así eran los hombres: aunque no te amaran, podían demostrarte un profundo afecto.
Por ello, no podía dejarme confundir por Ling Ye de esta manera.
Así que cerré los ojos.
En mi mente, comenzaron a pasar como fragmentos de una película todos los sucesos desde el día en que llegué hasta ahora y, en cada escena, aparecía Ling Ye.
Al principio, odiaba ese lunar en su mejilla. Odiaba su mirada de indiferencia hacia todo. Odiaba la forma en que me trataba. Odiaba a este tipo.
Pero en estas últimas veinticuatro horas antes de irme, de pronto, me di cuenta de que nada de todo aquello me disgustaba tanto como creía.
Era la primera vez en mi vida que me topaba con alguien así: frío como el hielo, pero también ardiente como el fuego.
Esto no era una contradicción; solo que yo era capaz de entenderlo.
—¡Si no vuelvo, no vuelvo! ¿¡A quién le importa!? —grité.
Ling Ye estaba allí mirándome y su mirada pasó de tener una sonrisa a un atisbo de soledad.
Me sentía deprimido.
Esto rara vez había pasado en mi vida. Aunque todo el mundo decía que los escritores éramos sensibles y sentimentales y muchos se hundían tanto en sus historias que no podían salir de ellas, mi característica innata más sobresaliente era ser optimista y positivo e, incluso cuando no tenía inspiración y no podía escribir, sentía que el futuro debía estar lleno de esperanza.
En ese sentido, era muy hábil para autoconvencerme.
Pero esta vez, mi sistema falló.
Al principio, mi «complicidad» con Ling Ye era solo para darle un duro golpe a mi hater; pero después de pensarlo bien, en realidad, terminé metiéndome yo mismo en este lío.
Ya le había permitido penetrar sin reservas su esencia en mi piel.
Pensé que todos los seres humanos éramos fríos por naturaleza y que podría sacudirme las mangas y marcharme con elegancia, sin inmutarme, aunque él llorara, armará un escándalo y amenazara con colgarse.
Pero jamás imaginé que fuera tan bondadoso y, simplemente, no pudiera ser frío.
En cambio él, ese canalla llamado Ling Ye era una completa basura.
Cargando mi equipaje, hice el registro de salida y me quedé allí de pie con el corazón apesadumbrado.
El día que llegué fue Ling Ye quien me hizo el registro de entrada, pero hoy que debía irme, no estaba por ningún lado.
Zhou Ying dijo:
—Qué bien.
—¿Qué está bien? —le pregunté.
Mientras me hacía el registro de salida, dijo:
—Es raro que alguien que venga aquí pueda irse.
Esa frase me dejó con sentimientos contradictorios.
—Tienes razón. Este lugar es como el Paraíso de los Melocotoneros. Si no fuera porque tengo mis seis sentidos demasiado atados al mundo, de verdad no querría irme.
Zhou Ying soltó una carcajada.
—¡Ya déjate de eso! ¿Qué paraíso ni qué nada? No es más que un refugio que han buscado un montón de personas sin rumbo para encontrarse a sí mismas.
Me miró y me devolvió el depósito que había dejado aquí cuando llegué, guardado en un sobre rojo.
—Qué detallistas, incluso me devuelven el depósito en un sobre rojo —dije en tono de broma.
—Claro —respondió Zhou Ying—. Después de todo, es una feliz ocasión.
Hice un tsk y me quejé:
—¡¿Cómo puedes decir eso, jiejie?! Nos hemos llevado muy bien este último mes, pero ¡parece que sigues esperando que me vaya!
Zhou Ying sacó un cigarrillo del bolsillo y lo encendió con destreza.
Hasta ese momento no sabía que fumaba.
—Por supuesto que quiero que te vayas. —Zhou Ying exhaló una bocanada de humo que casi me hace toser—. Cuanto antes te vayas, mejor. Aquellos que se quedan aquí negándose a partir, me temo que nunca podrán marcharse.
Cuanto más la escuchaba, más me confundía. Guardé el sobre rojo y murmuré:
—¡Cualquiera diría que todos están aquí cultivando la inmortalidad!
Zhou Ying solo sonrió y, al igual que Ling Ye, me deseó buen viaje sin acompañarme a la salida.
Cuando salí del hostal La Isla, Li Chong estaba agachado junto a la pared de afuera, murmurando algo de cara al muro, mientras Xu He, sentado en el umbral, fumaba observándolo.
No me hicieron caso y yo tampoco dije nada, aunque estuve mirando un buen rato hacia atrás y no vi al jefe Cheng por ningún lado. Supuse que se escondió en algún rincón a vivir ebrio y morir soñando.
En cuanto a Ling Ye…
No lo vi y lo mejor era no pensar en ello.
Caminé, solo, con mi mochila cuesta abajo. Era el mismo camino por el que llegué y, ahora, regresaba por él.
Solo que el sentimiento al recorrer este camino en ambas ocasiones fue muy diferente y, ahora que ya había terminado el último capítulo de mi nuevo libro, no me sentía aliviado en absoluto.
Seguí con las ganas de voltear para ver si había alguien mirándome desde donde salía el sol poniente.
Pero me contuve. Si ni siquiera se dignó a venir a despedirme abiertamente, ¿para qué iba a seguir pensando en él?
Me fui acercando cada vez más a la costa, sabiendo que allí había un bote esperándome.
Me llevaría meciéndome a la deriva por el mar para, más tarde, devolverme a tierra firme.
Al llegar a la otra orilla, tomé un avión y regresé a mi ciudad.
Realmente, no me llevé ni una sola nube de ese lugar ni una sola mirada de añoranza de ninguna persona.
Mantuve todo el tiempo la espalda vuelta hacia la isla, con la mirada fija en el lugar al que debía volver.
Uno no debería mirar hacia atrás. Si al voltear ves lo que quieres ver, te costará irte y, si no lo ves, te sentirás desilusionado.
No iba a buscarme disgustos, así que solo canté a todo pulmón en el bote.
Canté La canción de Zhang San, muy alegre, pero mi expresión era como la de alguien en un funeral. Si mi mamá me viera, seguramente, querría pegarme.
Mientras el bote que me llevaba se alejaba cada vez más de aquella isla, volví a recordar lo que Ling Ye había dicho antes.
Dijo que yo era Zhang San y él era Li Si.
En aquel momento, no entendí lo que quería decir y, ahora, quizá tampoco lo entendía bien, pero creía que, probablemente, quiso decir que los dos éramos las personas más comunes y corrientes de este mundo, que llevábamos las vidas más ordinarias; sin embargo, cuando Zhang San se encontró con Li Si, esos dos nombres genéricos se convirtieron en un modismo del diccionario, se volvieron el «alguien especial» del otro y, desde entonces, todo en el mundo dejó de ser ordinario.
Me tomé la libertad de interpretar así las palabras de Ling Ye y, aunque sabía que no era correcto, decidí que, de ahora en adelante, siempre las entendería de esta manera.
Cuando regresé a An Cheng, la ciudad en la que vivía, la bulliciosa multitud me dejó un poco desconcertado.
Busqué uno por uno entre la multitud y me di cuenta de que Zhang San se quedó en su lugar, sin encontrar jamás al siguiente Li Si.
La vida en la ciudad era tan insípida.
Cuando le dije esa frase a mi editora, ella se echó a reír mientras sostenía el manuscrito impreso de mi nuevo libro.
Sabía que estaba feliz porque entregué el manuscrito a tiempo, pero no dejaba de sentir que esa risa era una burla hacia lo que acababa de decir.
Durante los tres días posteriores a mi regreso de la isla Suxi, no tuve energía ni un solo día.
Pasé el manuscrito a formato digital, comí dos veces y me bañé cinco.
Dormí como si el mundo se acabara y, en mis sueños, solo aparecían las personas y los sucesos de la isla.
No imaginé que, con solo haber vivido allí un mes, me involucraría tanto emocionalmente.
Mi editora dijo:
—Maestro Chen, ya terminé de leer todo el manuscrito y el final es muy distinto a lo que había dicho al principio.
Sí, al principio tenía pensado hacer morir al protagonista.
—¿No estás satisfecha? —le respondí de mala gana, sentado en su escritorio tomando café.
No era que me estuviera haciendo la diva, era que no había dormido bien.
Como era bien sabido, cuando los escritores no dormíamos bien, nuestras bellas virtudes se esfumaban.
—¡Por supuesto que no! —Ahora estaba tan eufórica que ignoró por completo mi mala cara—. Creo que superaste tus propios límites.
Aunque no estaba seguro de si me estaba halagando, decidí tomarlo como cierto. Después de todo, ese final lo escribí con la «asistencia» de Ling Ye y, de cualquier manera, tenía un significado extraordinario y merecía ser recordado.
Volví a pensar en Ling Ye sin poder evitarlo, ese hombre que seguía persiguiéndome día y noche aun después de que me fuera de la isla.
¿Qué poder tenía para ponerme así?
No lo sabía.
Pero lo logró.
Deambulé un rato por la editorial y, luego, pasé por el escritorio del editor en jefe para tomar dos paquetes de granos de café.
—Maestro Chen, ¿dónde se ha escondido este mes para encontrar tanta paz? —La editora me siguió preguntando—. Un lugar que pueda despertar así su inspiración tiene que ser bueno. ¿Ha considerado escribir una colección de ensayos sobre esta experiencia?
Me di cuenta de que estaba dispuesta a exprimir hasta la última gota de mi valor residual.
—No hace falta la colección de ensayos, pero sin duda es un lugar bastante bueno.
Para evitar que siguiera sacando ideas extrañas para engañarme y que escribiera más libros, me escapé rápidamente.
—Revisa el manuscrito primero y, si hay algún problema, nos ponemos en contacto.
Con los granos de café que tomé del editor en jefe, salí del edificio de la editorial.
Todo aquí me resultaba familiar; no obstante, sin saber el porqué, desde que fui a la isla Suxi y volví, sentía que ya no encajaba en este mundo.
Qué fastidio.
No quería ponerme tan sentimental.
Pero había cosas de las que realmente no se podía escapar.
Sospechaba que Ling Ye me traía mala suerte y había hecho que mis días tranquilos se volvieran un desastre hasta el punto de hacerme subir al bus equivocado.
Yo, que originalmente iba al Tercer Anillo Sur, terminé en el Cuarto Anillo Norte en el bus de la dirección contraria, y lo peor es que yo, como un ciego y retardado, me di cuenta solo cuando llegué a la terminal.
Al bajarme del bus, me regañé a mí mismo:
—Impresionante, Chen Xing. ¿De verdad vale la pena hacer todo esto por un canalla que ni siquiera se despidió de ti cuando te fuiste?
No, definitivamente, no valía la pena.
Me senté en la parada del autobús, tomando el sol mientras abrazaba los granos de café. Aunque ya era septiembre, seguía haciendo tanto calor que estaba empapado en sudor.
Mirando a la gente que iba y venía, recordé las palabras de mi editora. ¿Escribir una colección de ensayos?
Saqué el celular y publiqué un post en Weibo: «¡No hay nada como estar en casa!».
No sabía muy bien qué me pasaba por la cabeza, pero deliberadamente hacía lo contrario de lo que realmente sentía.
En ese preciso instante, lo entendí: a fin de cuentas, yo era una mariposa torpe, atrapada firmemente por Ling Ye.
Antes, me caracterizaba por ser una persona muy despreocupada, y el único obstáculo que no podía superar era el resentimiento de que otros me llamaran «basura literaria» y que dijeran que no sabía escribir tramas románticas. Esto demostraba que poseía ambición profesional.
Pero no me permitía enamorarme perdidamente3 ni debía permitir que un canalla donjuán afectara mi vida normal.
Siendo así, al llegar a casa, comencé a borrar deliberadamente todos los recuerdos sobre la isla Suxi.
Borrando un poco cada día, eventualmente, desaparecería todo.
Sin embargo, por alguna razón extraña, me compré una guitarra y la llevé a casa, aunque no sabía tocar ni una nota. Ling Ye no me enseñó nada aquella noche.
En la segunda semana después de regresar de la isla Suxi, me desperté de golpe en plena madrugada debido a una pesadilla.
En el sueño, Ling Ye era arrastrado por el mar, dejando atrás su cometa de mariposa, sola y desamparada, tendida en la orilla.
Al despertar, estaba empapado en sudor frío. Aunque sabía que era solo un sueño, mi corazón seguía acelerado.
En la oscuridad de la noche, ya no podía dormir, así que encendí el equipo de sonido y puse una y otra vez las canciones de Tsai Chin.
La canción de Zhang San.
El embarcadero.
Recordé la forma en que Ling Ye cantaba.
Recordé el mar de la isla Suxi.
Recordé cómo me miraba Ling Ye.
Recordé las pequeñas margaritas de la isla Suxi.
Esa noche, me quedé sentado en la cama abrazando una almohada, contemplando el paisaje por la ventana.
A medianoche, la ciudad seguía llena de luces parpadeantes, con sus rascacielos alzándose por doquier, pero no había rastro del olor del mar.
Por más que me negara a admitirlo, ya no servía de nada: seguía pensando en Ling Ye sin poder evitarlo. Aquel hombre misterioso, como salido de un cuento de hadas oscuro, estaba profundamente grabado en mi mente y cada poro de mi cuerpo recordaba su aliento.
Ahora sí debería poder escribir bien las escenas románticas, ya que había amado de verdad.
Mi editora me llamó para decirme que había algunos asuntos sobre el nuevo libro y que esperaba que fuera a discutirlos con el equipo.
A raíz del mal de amores, anduve por la casa como un zombie. Pensé que salir a ver gente estaría bien, que quizás al ver a otros seres vivos podría salir de este estado de medio muerto.
—No hay problema —le dije—. Voy ahora mismo.
Probablemente, como nunca antes había sido tan entusiasta, mi editora se asustó.
—Maestro Chen, ¿se encuentra bien?
—Estoy bien, ¡mejor que nunca!
Ella sonrió con cierta incomodidad y dijo con preocupación:
—No se ponga nervioso. A todos nos encantó su nuevo libro. Hoy no lo llamamos para corregir el manuscrito, sino para que usted decida entre varias propuestas de edición.
En serio, se preocupaba de más; yo no estaba para nada nervioso.
Tenía mucha confianza en este libro, sobre todo en el final. Creía que, en el futuro, tal vez nunca volvería a escribir una historia tan vívida y con tanto impacto.
Al pensar en ello, Ling Ye volvió a aparecer en lo más profundo de mi mente, reclamando el mérito.
Qué fastidio.
Colgué el teléfono, me di una ducha y noté que mi cabello había crecido: estaba alborotado y el flequillo casi qué me tapaba los ojos.
Me dio pereza arreglármelo, así que me cambié de ropa y salí.
Para evitar que volviera a pasarme lo de subirme al bus equivocado, esta vez tomé un taxi.
Sentado en el taxi, miraba el familiar paisaje urbano por la ventanilla, pero mi mente no funcionaba muy bien
Lo cual se manifestaba principalmente en…
Al pasar por ese local donde sirven un delicioso malatang, pensé: «Debería traer a Ling Ye a probarlo».
Al pasar por la tienda de té con leche donde pedía uno para llevar todos los días, pensé: «Ling Ye no parece de lo que les gusta el té con leche».
Al pasar por la librería que suelo frecuentar, pensé: «Aquí tienen varios de mis libros expuestos, lo que demuestra perfectamente mi prestigio como escritor genio. Debería traer a Ling Ye para que lo vea».
Al pasar por cada lugar que me gustaba, quería compartirlo con ese muchacho de nombre Ling Ye.
Cuando me di cuenta de esto, comprendí que de verdad estaba perdido.
El amor era dañino y yo era la víctima más desgraciada. Necesitaba urgentemente asesoría legal.
Así que planeé que, a continuación, escribiría una novela romántica donde mataría al protagonista canalla, para vengarme.
Absorto en mis pensamientos, llegué a la editorial.
Había dormido demasiado estos días, así que tenía cara de tonto. Al entrar, la editora me preguntó:
—Maestro Chen, ¿se encuentra bien?
Me di cuenta de que, últimamente, su saludo más frecuente hacia mí era «¿Se encuentra bien?».
Tampoco podía decirle que algo andaba mal, que su querido maestro Chen estaba sufriendo por amor.
No podía decirlo. Sería demasiado vergonzoso.
Forcé una sonrisa.
—Estoy bien, solo he dormido demasiado.
Ella asintió varias veces.
—Entiendo, entiendo. Acaba de terminar un libro, debe estar muy cansado. Debería descansar bien.
No me extrañaba que fuese la editora con la que he trabajado durante años, ¡era tan comprensiva!
Me sirvió una taza de café y me pidió que me sentara un rato. El editor en jefe todavía estaba en una reunión, pero vendría enseguida.
Mientras tomaba el café, la escuché explicarme brevemente algunas propuestas.
Mi nuevo libro era un proyecto clave para su editorial este año y todos se estaban devanando los sesos y trabajando duro para mí, lo que me hacía sentir un poco avergonzado.
El editor en jefe estuvo mucho tiempo en la reunión, pero no salió, por lo que terminé tomando varias tazas de café.
Estaba sentado en la pequeña sala de reuniones revisando Weibo, cuando escuché que la editora me preguntaba:
—Maestro Chen, ¿dónde se escondió este mes? Ni siquiera se llevó el celular. Realmente, es increíble.
Sabía que, seguramente, quería volver a engañarme para escribir la colección de ensayos.
—No te lo diré —le respondí—. Y definitivamente no voy a escribir una colección de ensayos.
Muy firme, muy frío.
Así era yo: un escritor despiadado.
La editora se rio.
—¡Qué tacaño! Solo pensaba que un lugar que le inspire tanto debe ser muy especial. Cuando me case, iré allí para pasar mi luna de miel.
Dicho así, la isla Suxi realmente parecía muy adecuada para que los recién casados pasen su luna de miel.
Tranquila y pacífica.
Como si contuviera el romanticismo y la ternura más secretos de este mundo.
Sentí compasión. Dado que era un viaje de luna de miel y, por el bien de bendecir a los recién casados, decidí hacer el sacrificio de compartir el secreto.
—Es una isla llamada Suxi. Es bastante pequeña. Búscala —le dije—. No es un destino turístico popular. Mucha gente no ha oído hablar de ella.
Yo mismo nunca había oído hablar sobre ella.
Originalmente pensé que, al escuchar esto, ella se entusiasmaría y lo buscaría de inmediato, pero para mi sorpresa, me preguntó con cara de confusión:
—¿La Isla Suxi?
—¿Has oído hablar de ella? —Yo también me sorprendí—. El lugar es realmente bueno: hay poca gente, paisajes hermosos; aunque en el hostal donde me quedé, tenía que cocinar uno mismo, lo que fue un poco complicado.
Con un toque de egoísmo, le dije:
—Cuando vayan, recuerden evitar los problemas.
Cuando terminé de hablar, vi que la editora me miraba con una expresión extraña.
—Explícame, ¿qué es esa mirada?
—Maestro Chen, de ahora en adelante, no lo apuraré con los borradores. Puede entregarlos cuando quiera.
Pensé para mis adentros: «Qué bien, pero ¿por qué de repente me dice esto?».
—¿Hay alguna conspiración? —le pregunté.
—No, no, no, no hay ninguna conspiración, solo estoy preocupada por usted.
—¿Preocupada por mí? ¿Temes que se me acaben las ideas?
Desde que escribí mi primer libro, había gente que predecía que el día de mañana se me acabaría la inspiración; pero había pasado mañana tras mañana, y, hasta ahora, todavía me brotaba el talento a borbotones. Creía que no tendría problema para seguir escribiendo hasta los cincuenta.
Pero ella me dijo:
—Temo que esté pensando en algo desesperado.
Al escuchar esto, de verdad sentí que algo andaba mal. ¿Por qué todo el mundo pensaba que quiero morirme? ¿Acaso mi apariencia se prestaba tanto para malentendidos? ¡Yo era bastante alegre!
—Vamos, cuéntame tu proceso mental —le dije—. ¿Qué es exactamente lo que te hace pensar que estoy en ese estado? Cuando te dije antes que no quería vivir, solo estaba bromeando.
Lo podía jurar. Aunque había dicho infinidad de mentiras, cuando le dije que no quería vivir fue una mentira y eso era absolutamente cierto.
Obviamente, no me creyó mucho.
Me miró con un rostro lleno de amargura y culpa:
—Es mi culpa.
—¿Cómo que es tu culpa?
—No debí apurarlo tanto —dijo—. Incluso si entregabas el manuscrito un poco tarde, no te íbamos a demandar por incumplimiento de contrato
Lo sabía; no era la primera vez que hacía algo así.
La editora me dijo, llena de preocupación:
—Menos mal que regresaste.
Espera un segundo, ¡esa frase me sonaba muy familiar!
—¿No estarás malinterpretando algo?
—Maestro Chen, sé que quiere ocultarlo, pero sé lo de la isla Suxi. —Ella seguía hablando sola—. Fui demasiado insensible. Cuando usted dijo que quería morirse, pensé que bromeaba; después de todo, los escritores dicen cualquier barbaridad para retrasar la entrega, pero de verdad no imaginé que iría a la isla Suxi.
En su rostro, estaban escritas en letras grandes las palabras «Toda la culpa es mía; lo orillé a la locura».
Simplemente, no lo entendía:
—¿Qué pasa con la isla Suxi?
¡Parecía que era una isla con historia! ¿Acaso había entrado por accidente al Paraíso de los Melocotoneros?
Esta vez fue el turno de la editora de sentirse desconcertada:
—¿De verdad no sabe o está fingiendo?
¿Qué era lo que no sabía?
Solo sabía que ahora vivía allí un donjuán que jugó con mis sentimientos.
—Cuéntame. —Dejé la taza de café sobre la mesa.
Probablemente, notó mi seriedad y corrigió su actitud:
—Esta isla es bastante famosa en ciertos círculos cerrados.
—¿Círculos cerrados?
¿Qué círculos? ¿Qué tan cerrados?
—Hace unos años, un cantante desconocido, después de lanzar su última canción, dejó una carta de suicidio y se fue a esa isla —dijo la editora—. Era un cantante que me gustaba mucho, muy de nicho, pero con mucho talento. Es una pena que, en vida, casi nadie escuchara sus canciones.
Fruncí el ceño mientras la escuchaba.
Cuando la editora mencionó a ese cantante, su expresión era de profunda tristeza. Estaba seguro de que no bromeaba.
—Después, su carta de suicidio se hizo viral y fue compartida decenas de miles de veces, pero él ya no podía volver —dijo—. Nadie pudo encontrarlo jamás.
No sabía absolutamente nada de esto. Aunque siempre estaba murmurando en Internet, en realidad, rara vez prestaba atención a ese tipo de cosas.
—Por este suceso, la isla Suxi también se volvió popular —dijo la editora—. Algunos dicen que en realidad no murió, sino que se escondió en esa isla, viviendo una vida tranquila. Otros dicen que fue enterrado allí, fundiéndose con el mar.
—Pero… —dije— ¿es realmente tan popular? ¡Si en la isla hay muy poca gente!
Nunca había oído hablar de esa persona allí y nadie mencionó jamás este asunto.
—Es como una regla no escrita. Cuando la gente lo conmemoraba, acordaron no molestar a los residentes de la isla ni perturbarlo a él tampoco —continuó—. Más tarde, supe que un buen amigo suyo abrió un albergue juvenil en esa isla y, en su memoria, el albergue lleva su nombre.
Cuanto más escuchaba, más sentía que algo no encajaba, así que pregunté:
—¿Cómo se llamaba ese cantante?
—Liang Dao —respondió mi editora—. Dao como en «isla».4
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