Finalmente, Ling Ye habló:
—Cuando tenía cinco años, mi madre tuvo un brote de esquizofrenia.
Su voz parecía venir desde muy lejos, pero yo sabía perfectamente que estaba justo en el lugar más cercano a mí.
Él continuó:
—Fue muy repentino, como cuando en un día despejado de pronto empieza a llover.
Ling Ye me contaba su historia con suma tranquilidad.
—Sucedió de un momento a otro. Empezó a perder el control por completo y, diariamente, deambulaba por las calles cercanas, recogiendo basura del suelo para comer de manera descuidada.
Fruncí el ceño, incapaz de imaginar una escena así.
—En realidad, era una mujer muy hermosa —Ling Ye seguía mirando al cielo—, pero el único recuerdo que tengo de su belleza son las fotos viejas en casa.
Hizo una pausa y supuse que estaba recordando.
—En ese entonces, yo era demasiado pequeño y no me acuerdo de muchas cosas. Para cuando realmente empecé a tener memoria, ella ya era esa mujer loca, despeinada y sucia.
Bajé la cabeza, sin saber a dónde dirigir la mirada.
—Cuando era un niño, el mundo era muy reducido y todos a mi alrededor sabían que esa loca era mi mamá. —La voz de Ling Ye sonó como un suspiro—. Los niños de mi edad no jugaban conmigo. Decían que el hijo de una loca también era un loco.
»Le tiraban piedras, la insultaban; pero ella no se amedrentaba: les pagaba a esos tipos con la misma moneda —dijo Ling Ye—. De niño, lo que más hacía era seguirla y observarla. Desde muy pequeño supe que no podía cambiar nada, que el ser humano es tan insignificante como una hormiga y solo podía quedar a merced de que el destino lo moldee.
De súbito, Ling Ye se giró para mirarme.
—Las enfermedades mentales pueden ser hereditarias.
Por un momento, no reaccioné y él siguió de inmediato:
—¿Tienes miedo?
Lo miré atónito y, sorpresivamente, me sonrió, se acercó y me dio un abrazo.
Solo fue por un instante y, luego, me soltó, volviendo a recostarse boca arriba en la misma postura de antes.
Siguió mirando al cielo, como si en aquel telón azul estuviera proyectando su pasado.
—Mi mamá vivió muchos años en ese estado de locura. Mi padre nunca la llevó a tratarse y tampoco se ocupaba de ella —dijo Ling Ye—. Por lo general, cuando anochecía, mi mamá casi siempre volvía sola a casa, pero mi padre no la dejaba entrar. A veces, cuando la veía, la dejaba entrar a escondidas. Otras veces no podía esperarla y, a la mañana siguiente, al salir a la escuela, la encontraba durmiendo en la puerta de la casa, abrazada a un edredón roto.
Ling Ye guardó silencio y yo también, cada uno por razones diferentes.
No pude evitar hacer una pregunta muy tonta:
—Debe haber sido muy duro, ¿no?
Ling Ye pareció pensar seriamente mi pregunta y, después de un rato, respondió:
—No lo sé.
»Hubo unos años en los que me sentí muy avergonzado y también muy resentido. ¿Por qué las mamás de los demás estaban bien y yo tenía que tener una así? Pero después, al crecer, al madurar, entendí que la persona que menos debía rechazarla en este mundo era yo. Sin importar si estaba sana o no, si era elegante o no, ella era la persona a la que más debía atesorar. Ya no reconocía a nadie, salvo a mí. Incluso cuando estaba peleando por ahí en su locura, con solo verme sonreía y me llamaba por mi nombre porque, aunque estuviera loca, seguía amándome.
Mientras escuchaba las palabras de Ling Ye, yo también cerré los ojos.
En mi mente, comencé a dibujar esa imagen: una mujer hermosa a la que la enfermedad le había arrebatado la dignidad, cuyo mundo entero había sido redefinido, pero que conservaba intacto el amor por su hijo.
Quise suspirar, pero al final no lo hice.
Solo me acerqué a Ling Ye y me apoyé en él.
Había escrito muchas novelas con personajes de toda clase. Algunos de ellos también habían sufrido penurias que otros no serían capaces de imaginar, pero nunca pensé que llegaría el día en que realmente conocería a un hombre al que compadeciese más que a cualquiera de mis personajes.
Sabía que Ling Ye no me contó esto con la intención de que sintiera lástima, pero al pensar en cómo creció, sentía que el corazón se me apretaba.
—Sería a los doce años, cuando apenas entraba a la secundaria y mi madre seguía igual de loca, tan flaca que solo era huesos, que mi papá se fue con otra.
—¿Se fue? —Por poco me ahogué con la brisa marina.
—Mmn —respondió Ling Ye—. Mi madre enloqueció y mi padre abandonó a su esposa e hijo. La trama de una telenovela de las de las ocho se estaba viviendo realmente en mi casa.
Recordé a un personaje que había escrito antes.
Ese personaje tenía una experiencia parecida a la de Ling Ye y, al final, se suicidó.
Me puse tenso, empezando a sospechar si habría leído mi libro y eso le habría dado ideas de suicidarse.
Le sostuve la mano con fuerza y apreté los dientes.
Aunque me la pasaba todo el día diciendo que amaba la literatura y que lucharía por la causa literaria toda mi vida, en realidad, no era una persona con sentido de responsabilidad social. Nunca había tenido ideales elevados y solo me indignaba por las críticas en Internet porque me atacaban a mí personalmente, pero nunca me había puesto a pensar en qué inspiración u orientación le habrían dado mis libros a los demás.
En ese momento, sentí una culpa repentina.
—Pasé por un período difícil de mi vida —dijo Ling Ye—. Después mi mamá falleció. Murió afuera, en un basurero. La policía descartó que fuera homicidio, pero al final tampoco supe cómo murió exactamente.
Ling Ye hizo una pausa.
—Desde entonces, me quedé completamente huérfano, sin familia; pero tampoco fue tan malo. Esa vida no fue peor que la anterior y, con la ayuda de algunos parientes, apenas logré pasar el examen de ingreso a la universidad.
Esta vez, Ling Ye se abrió por completo ante mí. Todo lo que había detrás de su velo misterioso, en este instante, me lo entregó sin reservas.
Y yo, además de sentirme abrumado por la confianza, sentía sobre todo una profunda angustia. Ese Ling Ye adolescente me partía el corazón hasta dejarme sin aire.
Se giró para mirarme.
—¿Recuerdas cuándo publicaste tu primer libro?
—¡En 2016! ¡Claro que lo recuerdo!
—Sí, justo en esa época —mencionó Ling Ye—. Por casualidad, vi tu libro y había un personaje secundario que sentí que se parecía mucho a mí.
Fruncí el ceño, temiendo que me dijera que ese personaje que escribí le había dado la idea de suicidarse.
—Al final, eligió suicidarse quemando carbón.
Recordé a ese personaje. Desde su primera aparición, su vida fue tan amarga que cada paso era un obstáculo. Había sido abandonado por sus padres, rechazado por todos, sin amigos ni dinero. Su único pensamiento era sobrevivir, pero al final, lo único que quería era morir. Para algunas personas, la vida era más dolorosa que la muerte.
—Lo siento —dije de prisa—. Lo siento, yo hice que él…
—No tienes que disculparte con nadie —interrumpió Ling Ye—. Más tarde, lo pensé seriamente y, en realidad, mi situación no era exactamente igual a la suya. Yo no era como él: yo sí había sido amado de verdad, al menos, mi mamá me amó; es solo que su elección me dio una especie de revelación.
Ling Ye se quedó allí recostado mirando al cielo y soltó un largo suspiro.
—Si ese día no hubiera visto aquel libro, quizás habría sido la conmemoración de mi muerte.
Me quedé atónito, sintiendo que el sudor frío casi me empapaba la ropa.
—He planeado mi suicidio desde los doce años, pero siempre sentía que no era el momento adecuado. En realidad, solo no tenía el valor para hacerlo, así que fui posponiéndolo hasta ese día. —Mientras Ling Ye hablaba, sus ojos tenían sorprendentemente una sonrisa, pero aquella sonrisa me inquietaba, pues daba la sensación de que en cualquier momento lo perdería—. Ese día, tras terminar de leer aquel libro, me di cuenta de que ya había anochecido y que había pasado la hora en la que planeaba suicidarme. Al volver, seguí pensando en ese libro, en lo que les sucedió a los personajes. Tu primera obra tenía un estilo muy oscuro; nadie tuvo un buen final. Pensé en que este autor debía de ser alguien muy sombrío y sentí curiosidad.
Tenía razón. Mi primer libro fue el más trágico que había escrito en todos estos años. Ningún personaje tuvo un buen final, ni siquiera los buenos. En esa época, estaba en mi etapa de adolescente dramático y creía que, cuanto más cruel fuera, más real sería.
—Busqué información sobre ti en Internet como si estuviera buscando a alguien de mi especie y encontré tu Weibo. —De repente, Ling Ye soltó una risa—. No me imaginé que fueras un tipo que se la pasaba todo el día riendo como tonto y peleando de vez en cuando con otros internautas.
Al escuchar eso, me molesté.
—Ellos decían que escribía mal y yo creía que escribía bien, así que nos peleábamos.
Ling Ye me miró con una sonrisa que me hizo sentir un poco culpable.
En aquel entonces, no quería admitir que escribía mal. Me tenía en muy alta estima, pensando que era un escritor genio. Sin embargo, ahora, al mirar hacia atrás, muchos de los problemas que señalaban en realidad eran ciertos, solo que en ese momento no me daba cuenta.
—Yo también creo que escribías bien —aseveró Ling Ye—. Y, aunque te parezca increíble, fue gracias a ti que sentí que debía vivir un día más.
Al escuchar eso, me quedé tan impactado que no pude decir nada.
Ling Ye me contó que, en aquella época, pensaba en morir todo el tiempo, puesto que no sabía realmente para qué vivía. Sentía que, ya que se había convertido en un cadáver ambulante, lo mejor era regresar cuanto antes al polvo. Para él, la vida no era tan insoportable, pero tampoco tenía importancia: era insípida, así que lo mejor era desecharla. Pero justo en ese momento aparecí yo. Aunque estábamos muy lejos, él me veía todos los días en Internet «farfullando como una ametralladora» y sentía que la vida cobraba un poquito más de color. Le gustaba verme decir disparates, le gustaba verme pelear con internautas desconocidos. Dijo que, a veces, al leer lo que publicaba, incluso podía imaginar mi voz. Dijo que durante ese periodo ya no deseaba morir tanto y todo porque quería vivir un día más solo para ver qué otras tonterías podía llegar a soltar.
—Por un momento, no supe si me estabas halagando o insultando —le dije—; pero según lo que dices, también soy tu salvador.
Ling Ye asintió y vi cómo tragaba saliva con fuerza, mirándome con seriedad.
—No todo el mundo tiene la misma suerte que yo —expuso Ling Ye—. Hay personas que pasan toda la vida esperando a su salvador y nunca llega.
En aquel instante, comprendí que, aunque nunca pensé que mis palabras pudieran cambiar a otros o al mundo —aquello nunca había sido mi propósito al escribir—, una vez que las escribí, una vez que empecé a crear esos personajes e historias, el mundo de algunas personas ya había sido cambiado por mí.
No sabía decir si eso era algo de lo que debía sentir orgullo, no sabía si debería sentirme realizado, pero al menos en lo que respecta a Ling Ye, me sentía muy afortunado de que en el pasado nos hayamos encontrado de esta manera.
Entrelacé mis dedos con los suyos, nervioso, temiendo que dijera algo más que me asustara, y le dije:
—Pero tú sí lo encontraste.
Ling Ye se echó a reír y dijo:
—Sí, en esta vida no he salido perdiendo.
—Yo tampoco quiero salir perdiendo —dije—. En un par de días, vente conmigo. No me hagas perder.
Tal como dijo Ling Ye, no éramos más que el Zhang San y el Li Si más comunes de este mundo, incapaces de cambiarlo con nuestras propias fuerzas.
Me gustaría mucho que todos los que estaban aquí entendieran que también pueden ser amados, que podían vivir felices; pero también tenía muy en claro que no era ningún salvador y que no tenía las fuerzas suficientes para levantar a tanta gente.
Cuando le pedí a Ling Ye que se viniera conmigo, ya estaba preparado para que me rechazara, pero no importaba. De todas formas, me lo iba a llevar.
Tenía que hacerle saber que viviría bien en el futuro.
Tal como él me dijo antes: «Vive bien y deja que te ame».
Pero al mismo tiempo, también me sentía un poco egoísta, un poco impotente.
Solo tenía la confianza para llevarme a Ling Ye. No sabía qué podía hacer con los demás.
Le dije a Ling Ye:
—Puedes rechazarme ahora, pero como la mariposa que he atrapado con mis manos, tarde o temprano, tendrás que venir conmigo.
Anteriormente, pensaba que era la torpe mariposa que Ling Ye había capturado, pero ahora parecía que nuestras posiciones se habían invertido.
Iba a capturarlo, iba a atraparlo en mi red, sin dejarle lugar donde esconderse.
Ling Ye guardó silencio un buen rato y sospeché que estaba buscando las palabras para rechazarme.
Pero no serviría de nada. Yo era inmune a todo, con una sordera selectiva, incapaz de escuchar sus negativas.
—Dame una razón válida —pidió Ling Ye.
—¿Y para qué necesitas una razón para venir conmigo? —pregunté—. Soy tu salvador y a tu salvador tienes que obedecerlo ciegamente.
Ling Ye se rio y no supe si se reía de mí o de sí mismo.
—Llevo más de tres años aquí —dijo Ling Ye—. ¿Sabes qué he hecho en todo este tiempo?
—Volar cometas —respondí— y ser un donjuán.
Ling Ye soltó una carcajada, riéndose tanto que por poco se caía de su tumbona, y el gato gordo, que estaba durmiendo a un lado, nos miró con reproche y se fue.
—¿A tus ojos soy un donjuán?
—Es solo una broma —aclaré—. No te interrumpo más. Cuéntame, ¿qué hiciste durante estos tres años que no estuve?
Ling Ye dijo:
—Solo vivir.
La vida, en ciertos momentos, parecía reducirse a esto, algo que se podía resumir simplemente con una palabra: «vivir»; pero en realidad, el sufrimiento que contenía aquella palabra era imposible de describir por completo.
Imaginé a Ling Ye durante estos tres años pasados, vistiendo día tras día la misma camiseta negra y shorts floreados, sentándose en la tumbona del patio después de levantarse cada mañana solo para quedarse absorto.
Así era: solo vivir.
Pensé que, aunque había sido «engañado» para venir a esta isla, si pudiera viajar en el tiempo, me gustaría haber llegado antes.
Si hubiera llegado un poco antes, quizás habría tenido más oportunidades de cambiar algo.
Pero la vida no tenía un botón de reinicio. No existía la opción de «si hubiera».
Todos seguíamos avanzando y solo podíamos seguir avanzando.
—En realidad, no soy una persona decidida, si no, no llevaría tres años aquí sin poder avanzar —dijo Ling Ye.
—¿Sabes qué significa eso? —le dije—. Significa que, en el fondo, todavía amas este mundo.
Porque aún tenía expectativas de este mundo, todavía se apegaba a él; por eso, dudaba y no avanzaba.
Agradecía a este Ling Ye tan indeciso. De lo contrario, nunca nos habríamos encontrado.
—Acéptalo, el destino mismo te puso aquí para esperarme —dije.
Enganché su dedo con el mío.
—Queda decidido entonces: te vienes conmigo y tienes prohibido volver a escribir tu nombre en la pizarra.
Le dije completamente serio:
—Cada vez que lo escribas, yo lo borraré. De todos modos, no me cuesta nada.
—¿Sabes cuál es la cosa más decidida que he hecho en mi vida?
—¿Cuál?
—Seducirte. —Cuando Ling Ye terminó de decirlo, se echó a reír.
Puse los ojos en blanco; luego, volví la cabeza y también me reí.
No estaba mal. Con que hubiese hecho una cosa tan decidida en su vida, era suficiente.
—Al principio, no sabía que tú eras el Chen Xing al que seguía.
—¿Y cómo lo descubriste? —pregunté—. ¿Mi carisma te hizo despertar?
—… Porque noté que tu forma de hablar se parecía mucho a la de esa persona en Internet —contestó Ling Ye—. Y, además, eres muy guapo.
¡¿Cómo no iba a reírme con eso?!
Tosí ligeramente.
—Con que codiciabas mi belleza.
Ling Ye se rio en voz baja.
—Realmente tienes mucha confianza en ti mismo.
Le lancé una mirada fulminante para que supiera que debía tener más cuidado con lo que decía.
Ling Ye dijo:
—Al principio, no sabía cómo tratar contigo y también me sorprendió mucho que una persona con tanta energía como tú viniera a un lugar como este.
—¡Me lo recomendaron los fans! —exclamé—. Alguien me lo recomendó, diciendo que este lugar era bueno.
Ling Ye me observó fijamente durante un rato y, luego, dijo:
—No sé si la persona que te recomendó venir aquí conocía la leyenda de este lugar ni tampoco estoy seguro de con qué intención te lo recomendó, pero por suerte, no querías suicidarte de verdad.
Al escuchar las palabras de Ling Ye, en el fondo, me sentía muy mal.
No sabía con qué sentimientos pasaron los días y las noches aquí Ling Ye, Cheng-ge y los demás.
Quería adentrarme en su mundo interior. Quería que todos estuvieran bien.
No.
Cheng-ge ya se había ido.
Al pensarlo, también me sentí un poco deprimido.
—Te seduje en ese entonces porque, de cualquier modo, todos íbamos a morir y, antes de morir, debería satisfacer mis deseos egoístas —dijo Ling Ye—. ¿Te parece muy despreciable que diga esto?
—De verdad eres un canalla —lo insulté—. Me sedujiste a propósito y lograste que me volviera adicto a ti. ¿Y el resultado? Cuando me fui, no solo no te viniste conmigo, sino que ni siquiera te dignaste en despedirme.
—En realidad, ese día siempre estuve aquí —dijo Ling Ye—. Estuve todo el tiempo en la playa, justo al lado de esa piedra. Si hubieras volteado, me habrías visto, pero no volteaste.
De pronto, comprendí que el despiadado siempre había sido yo.
A Li Si no era que realmente no le importara Zhang San; al contrario, lo vio partir y fue Zhang San quien se fue con decisión sin mirar atrás.
Escuché a Ling Ye decir:
—Es mejor que no hayas volteado. En ese momento, tenía mucho miedo de que lo hicieras. No deberías sentir apego por este lugar. Deberías ir hacia un futuro mejor.
Pensaba en Ling Ye, parado solo en la playa, viéndome partir sin mirar a atrás. ¿En qué estaría pensando?
Despidiéndose de mí en silencio, observándome en silencio mientras regresaba a mi vida de siempre.
Bendiciéndome en silencio, deseándome que fuera hacia un mundo hermoso.
¿Y él? Siguió aquí solo, pensando en mí cuando mirara al mar.
No pude contenerme, me acerqué y lo abracé.
—No es que no haya pensado en irme contigo, pero irme contigo, al igual que arrojarme al mar, son decisiones que no puedo tomar a la ligera —dijo en voz baja—. Necesito tiempo.
—Lo entiendo —le respondí—. Te daré tiempo. Te esperaré pacientemente.
Pareció soltar un suspiro de alivio y me devolvió el abrazo.
El gato gordo, que se había ido molesto porque lo despertamos, regresó perezosamente a nuestro lado.
El gato gordo se echó a nuestros pies y bostezó.
El viento soplaba suavemente junto a nuestros oídos.
Todo estaba tranquilo y seguro. Todo solo podía ir hacia un lugar mejor.
En ese momento, volví a pensar en Cheng-ge. Seguramente, él también estaría feliz por nosotros.
Mientras que Ling Ye estuviera dispuesto, tomaría su mano sin vacilar y, juntos, iríamos hacia un futuro mejor.
A veces, sentía que el destino de algunas personas ya estaba escrito desde el principio.
Como si en mi destino ya estuviera escrito el capítulo de Ling Ye y con mucho peso; por lo tanto, llegué a la isla Suxi, me alojé en este albergue, conocí a estas personas tan extrañas y fui atrapado por Ling Ye como una torpe mariposa.
Pero pensándolo bien, también sentía que era el intruso destinado en la vida de Ling Ye. En realidad, no se podía decir con certeza quién de los dos era la mariposa y quién era la red.
Había prometido tener paciencia y esperar a Ling Ye, así que no tenía prisa por irme.
Por suerte, esta vez traje el celular conmigo, así que si la editora necesitaba algo, era fácil contactarme.
Seguía viviendo en la misma habitación de antes y, de vez en cuando miraba hacia abajo, pero ya nunca más vería al borracho jefe Cheng.
Cualquiera se sentiría melancólico si alguien que antes era muy familiar desapareciera de pronto de su vida.
Ling Ye tampoco me seducía todo el día como antes, sino que ahora se quedaba absorto en sus pensamientos, en la tumbona del patio o en la arena de la playa.
Yo tampoco lo molestaba. Solo esperaba en silencio, lo acompañaba en silencio.
En momentos así, solo necesitaba estar a su lado y esperarlo. Él era inteligente. Siempre encontraba la forma de ordenar sus pensamientos y salir del apuro.
Confiaba en él.
Seguí pasando los días en la isla, atendiendo a la editora de vez en cuando y quejándome un poco en Weibo.
Como sabía que Ling Ye leía mi Weibo, escribí a propósito: «Últimamente estoy muy ocupado, ocupado esperando a alguien».
Los lectores que me seguían desde hace años discutían acaloradamente en los comentarios y algunos que siempre habían sido sarcásticos conmigo decían: «Parece que por fin aprendiste a escribir escenas románticas».
Cuando me aburría, seguía peleando con esa gente y me divertía muchísimo.
Pero la mayor parte del tiempo, me quedaba mirando a Ling Ye en silencio, viéndolo caminar despacio por los senderos vacíos, viéndolo comprarle un gran ramo de margaritas a la señora que cultivaba flores y luego regalármelo.
Mientras lo esperaba, el mundo se volvió lento. Con mi carácter de antes, ya estaría muerto de ansiedad. Pero esta vez no. Esta vez, me sumergí en ello; me enamoré de esta pantomima.
Ling Ye llamó a mi puerta un día de lluvia.
En la isla Suxi solo había una estación al año y era el verano. Además, rara vez llovía. Casi siempre estaba soleado.
En esa rara ocasión de lluvia, estaba recostado en la ventana viendo cómo el agua golpeaba las hojas de plátano.
Cuando escuché los golpes en la puerta, corrí sin siquiera ponerme las chanclas.
Ling Ye estaba empapado. Yo había estado todo el tiempo en la ventana y ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había salido y regresado.
Me apresuré a buscarle una toalla seca, pero él me detuvo.
La mano de Ling Ye estaba helada, y en la otra, todavía sostenía su cometa.
La cometa de papel con forma de mariposa también estaba mojada y me preocupaba que se rompiera si la tocaba.
Le pregunté:
—¿Por qué te mojaste con la lluvia?
Él me respondió:
—Ya lo he pensado bien.
Solo esas pocas palabras bastaron para subirme el corazón a la garganta.
Lo único que pasaba por mi cabeza era: «Ling Ye no será tan ingrato como para negarse a venir conmigo, ¿verdad?».
Me miraba algo desaliñado y con una expresión lastimera, como si el lobo salvaje de antes se hubiera transformado de repente en un gran perro doméstico.
No podía dejar que Ling Ye supiera de esta comparación debido a que, seguramente, se burlaría de mí.
—Dilo sin problemas.
Fingí calma, pero ya había decidido que, si se atrevía a rechazarme, yo me atrevería a quedarme pegado a él.
Por suerte, Ling Ye todavía conservaba un poco de humanidad.
—¿Quieres salir conmigo? —preguntó.
Me quedé completamente atónito.
Ling Ye me dijo con mucha seriedad y calma:
—En realidad, ya lo había pensado antes, justo cuando te ibas.
Siguió hablando:
—Gracias a ti, empecé a desear poder volver a tener una vida normal. En aquel momento, pensé que, cuando lograra convencerme, iría a buscarte, a conquistarte y tendría una relación seria contigo.
Sentía que tal vez estaba alucinando. ¿Cómo era posible que Ling Ye dijera algo así?
De pronto, se agachó y recogió del suelo junto a mi puerta un ramo de flores.
No me había dado cuenta de que traía un ramo y, otra vez, eran margaritas.
Ling Ye me entregó las flores con gotas de agua aún colgando de los pétalos.
—En realidad, todavía necesito un poco de tiempo para ajustarme; pero tú regresaste, ya sea por mí o por cualquier otro motivo, no puedo permitirme dejarte ir solo otra vez.
No quería llorar porque así me vería completamente patético.
Pero frente a un Ling Ye así, no creía que nadie pudiera contener las lágrimas.
Al menos, definitivamente yo no puedo.
—¿De verdad quieres salir conmigo? —le pregunté.
—Sí. —Ling Ye respondió con firmeza.
Abracé a Ling Ye y escuché el sonido de las olas rompiendo en la costa.
Volví a recordar los fragmentos de mi vida aquí.
Recordé a Zhou Ying, a Xu He y a Li Chong.
Recordé al jefe Cheng, atrapado todo el día en el alcohol, y a Liang Dao, a quien nunca conocí.
Ling Ye no puede convertirse en un segundo Cheng-ge. No podía salvar a los demás, pero al menos a él sí podía llevármelo.
La vida no podía ser planificada con total claridad. Todos los planes tenían la posibilidad de romperse.
—Originalmente, planeaba casarme con un millonario —le confesé a Ling Ye.
Ling Ye, que tocaba las cuerdas de su guitarra, se burló de mí:
—¿Y ahora tu sueño se resquebrajó?
—Se ha hecho añicos.
Afuera, la tormenta ya había cesado, así que Ling Ye y yo corrimos a la azotea. Él llevaba la guitarra, pero no la tocaba bien, solo la rasgueaba descuidadamente.
En una noche así, con la luna brillante sobre nuestras cabezas y el ser amado a mi lado, parecía que incluso tocar mal la guitarra podía ser perdonado.
—Tocaré algo para ti. —Me ofrecí de repente.
Ling Ye se burló:
—¿Sabes tocar?
—¿No fuiste tú quien me enseñó? —Lo miré con enojo, molestándolo.
Recordé aquella noche en que me enseñó a tocar la guitarra, en su habitación, con la ambigüedad llenando cada rincón.
Pero en realidad, ese día no aprendí nada. Mi mente estaba llena solo de Ling Ye.
Le quité la guitarra de las manos. Mi técnica seguía siendo torpe e inexperta, pero en actitud no podía perder.
—Escucha, te dedico una canción —le dije.
A decir verdad, me habría gustado tocar aquella melodía que Ling Ye me había compuesto antes, pero no me sabía la partitura y, además, mis habilidades eran limitadas.
Pero durante el tiempo que estuve lejos de la isla Suxi, aunque andaba todo el día como alma en pena, al menos, aprendí una cosa: a tocar esa canción con la guitarra.
Rasgueé un poco las cuerdas, fingiendo actitud y haciendo poses.
Ling Ye se rio.
—No está mal, hasta parece que sabes lo que haces. Claramente, te enseñé bien.
—No me enseñaste nada —reclamé—. ¡Ni siquiera me enseñaste Dos tigritos!1
Mientras recordaba, tocaba torpemente aquella canción tan significativa para nosotros: La canción de Zhang San.
Tocaba de forma entrecortada, afectando gravemente la belleza de la canción, pero Ling Ye me escuchaba atentamente, mirándome siempre con una sonrisa.
Déjame llevarte a un lugar muy lejano, recorreremos el mundo entero y pasaremos nuestros días allí.
No habrá tristeza ni dolor. La libertad será nuestra y estaremos bien.
Quería dedicarle esta canción a Ling Ye y también cantarla para cada uno de los que vivían aquí.
Para ellos, yo no era la persona capaz de cambiar su destino, pero esperaba que todos pudieran recuperar la fuerza y el valor para encontrarse con aquella persona que encendiera de nuevo su fe en la vida.
Todos éramos el Zhang San más común del mundo, tan insignificantes como hormigas, pero cada Zhang San se encontrará con su propio Li Si, y los dos, de la mano, volarán a lugares lejanos para contemplar la luz de este mundo.
Cuando terminé de cantar, Ling Ye me abrazó.
No dijo nada, pero estoy seguro de que recibió por completo todo lo que quería transmitirle.
No todas las noches estaban llenas de frialdad; al menos en esta, nosotros estábamos ardiendo.
Ling Ye decidió irse conmigo y, desde entonces, su nombre no volvió a escribirse en la pizarra del hostal La Isla.
Fuimos a ver el mar temprano en la mañana. Yo lo seguía sin dejar observarlo.
Los seres humanos éramos muy extraños. Antes, cuando Ling Ye no me caía bien, no quería mirarlo ni un segundo más, pero ahora, me gustaría pegar mis ojos en él.
No me cansaba de mirarlo y tampoco me atrevía a dejar de hacerlo.
Empecé a sentir que, una vez despojado de su aura de misterio, Ling Ye se había vuelto especialmente frágil y que debía tener aún más cuidado para que pudiera sentir el mundo sin dañarse.
Hacía nada, cuando nos confesamos nuestros sentimientos, Ling Ye me dijo:
—Estar con alguien como yo es muy complicado. ¿Estás seguro de que quieres empezar?
Le dije:
—¡Claro que estoy seguro! Si dejo pasar esta oportunidad, no habrá otra. Lo más problemático sería que este Zhang San no encuentre a su próximo Li Si en toda la vida.
Frente a Ling Ye, me di cuenta de que yo también sabía decir cosas románticas.
Ling Ye quería enumerarme una por una las cosas malas que podría traerme, pero yo no quise escucharlo. Para mí, esas cosas no eran importantes en absoluto. Lo importante era que yo quería tener una relación con él.
Cuando le pedí a Ling Ye que me buscara una piedra bonita como prenda de amor, me sentí muy poderoso. Poder atrapar a Ling Ye me daba más satisfacción que haber ganado un gran premio literario.
Antes, sentía que Ling Ye era un misterio sin resolver, que siempre me tenía en suspenso, volviéndome loco de ansiedad.
Ahora, él era mi cometa, mi mariposa y el hilo de su vida estaba en mis manos.
Probablemente, me había dejado llevar por el orgullo y casi terminé mostrando esa expresión de hombre mezquino que consiguió lo que quería.
Tenía que calmarme y hacerle creer a Ling Ye que era una persona sensata.
Aquel capricho que mencioné de pasada, Ling Ye de verdad se lo tomó en serio. Y, efectivamente, me trajo una piedrita, de color blanco lechoso, con un toque de rojo.
—Es realmente bonita —comenté.
—El lunar de cinabrio en mi corazón.2
—… Ay, qué cursi. —Aunque mi boca lo criticaba por ser tan meloso, por dentro estaba feliz.
Guardé bien la piedra y, tomándolo de la mano, regresamos.
—Tú de verdad eres… —Cuando nos alejamos de la playa, Ling Ye dijo—: ¿Cómo es que me tomas de la mano sin pedirme permiso?
¡Y encima se hacía el difícil!
No solo lo tomé de la mano, sino que le besé el dorso de ella.
—¿Qué pasa? ¿Acaso quieres resistirte?
Ling Ye me miró y se echó a reír a carcajadas y, sin entender bien el porqué, en sus ojos sonrientes me pareció ver algo brillante.
Quizás eran lágrimas.
No le pregunté nada ni le presté demasiada atención. Fuera cual fuera la razón por la que quería llorar en ese instante, necesitaba una salida para sus emociones y yo solo tenía que quedarme silenciosamente a su lado.
Regresé con Ling Ye a La Isla y Xu He seguía sentado en el umbral de la puerta, fumando.
Li Chong estaba recostado a un lado, mirando al cielo.
Esos dos eran los que tenían el comportamiento más extraño de todos. Cuando los miraba, pensaba que desconocía bajo qué circunstancia, en el futuro, darían ese paso decisivo.
Ya sea hacia adelante o hacia atrás.
No estaba seguro.
Ling Ye y yo los vimos, pero no dijimos mucho. Los rodeamos y entramos al patio.
La guitarra de Zhou Ying estaba sobre la tumbona y ella estaba colgando algo en un árbol.
—¡Ying-jie!
Era la primera vez que la llamaba jie con tanto respeto y formalidad.
Zhou Ying volteó al oír mi voz y echó un vistazo a nuestras manos entrelazadas.
Sonrió.
—¿Listos para irse?
Estaba bastante sorprendió.
—¿Tan rápido te enteraste?
¿Acaso Ling Ye ya había ido con el chisme?
—Lo presentí desde el día que regresaste.
Zhou Ying todavía tenía los ojos un poco hinchados y enrojecidos. Supuse que había vuelto a llorar, pero cuando nos hablaba, su rostro tenía una sonrisa.
Igual que el día que me fui, cuando me devolvió el depósito metido en un sobre rojo.
—Como era de esperar de Ying-jie, nada se te escapa —dije—. Pero no nos eches todavía, déjanos quedarnos un par de días más.
En realidad, durante este regreso ya llevaba mucho tiempo quedándome. Había dejado todo lo relacionado con mi nuevo libro a la editora responsable, como un jefe que se lavaba las manos, lo cual no era bueno.
Pero me costaba irme y el «no querer irme» de esta vez era diferente al anterior.
Tenía mucho miedo que, después de esta partida, ya no tuviera otra oportunidad de verlos.
—Este lugar no tiene nada que justifique quedarse más tiempo —dijo Zhou Ying—. Cheng-ge ya no está. Todo lo que había que hacerse ya se hizo. Todos hemos vuelto a la normalidad. Si no hay nada más, váyanse.
Estaba muy inquieto por dentro, seguía preocupado por ellos.
Ling Ye, a mi lado, levantó silenciosamente al gato gordo, y dije:
—Ni siquiera sé cómo se llama este gato. ¿Tiene nombre?
Durante todo este tiempo, lo llamaba «Gordito», lo cual no era muy respetuoso.
—Liang Dao —dijo Ling Ye.
—¿Eh?
Ling Ye rascó el mentón del gato gordo que tenía en brazos y dijo:
—Este gato se llama Liang Dao.
Con solo decir eso, sentí otra punzada en el corazón.
Cheng-ge sabía demasiado bien cómo torturarse a sí mismo.
Sin embargo, Cheng-ge también me mostró cuán profundo y puro puede ser el sentimiento de una persona. No todos los adultos estaban cegados por la codicia. Todavía había sentimientos verdaderos en este mundo.
Zhou Ying también se acercó y acarició la cabeza del gato, diciendo:
—Tranquilo. Al menos, por ahora, los tres estaremos bien.
Vi que había colgado una campanita en el árbol y, junto a ella, había una pequeña tarjeta.
No fui a mirar lo que había escrito. Supuse que era una bendición para Cheng-ge.
—Esos dos tampoco deberían querer morir fácilmente ahora.
Zhou Ying miró hacia la puerta del patio. Li Chong ya se había levantado del suelo y estaba agachado frente a Xu He, escribiéndole algo en la palma de la mano.
—Jie, ¿y tú…? —No pude evitar preguntar.
Todos aparecieron tan vívidamente en mi vida, ya fuera Ling Ye, a quien al principio encontraba detestable y, luego, terminé amando sin querer; Xu He y Li Chong, con sus comportamientos extraños e incomprensibles; o Cheng-ge y Ying-jie. Todos fueron un trazo intenso y vibrante en mi vida ordinaria.
Probablemente, no los olvidaré en toda mi vida.
—En cuanto a mí, también puedes quedarte tranquilo —dijo Zhou Ying—. Cheng-ge se fue, pero alguien tiene que seguir cuidando este lugar.
Ella dijo:
—Ustedes van y vienen y, en el futuro, este lugar también verá a otros ir y venir. Tengo que quedarme aquí para que, cuando alguien llegue, pueda encontrar la forma de hacerlos regresar pronto.
Lo comprendí.
Cheng-ge se había ido y Zhou Ying había decidido continuar con su legado, manteniendo abierto este albergue.
Sabía que, en el futuro, todavía vendrían personas con pensamientos oscuros a este lugar, planeando quedarse un tiempo antes de regresar al mar o al polvo. Ella tomaría el relevo de Cheng-ge como amortiguador para esas personas y, si podía salvar a una, al menos ya sería una.
Me acerqué a abrazarla y, de repente, no pude contenerme más y me eché a llorar.
Fue en ese momento cuando comprendí aún más lo que la existencia de Cheng-ge significaba realmente para Ling Ye y los demás.
Aunque al final Cheng-ge eligió irse, seguía siendo el héroe de todos.
Ahora, Ying-jie continuaría siendo esa heroína.
Ying-jie organizó una cena alrededor de una fogata, igual a la que Cheng-ge había preparado en su momento.
Usábamos esta forma para decirle adiós a Cheng-ge y ellos también usaban esta forma para despedirnos a Ling Ye y a mí.
Cheng-ge había dejado mucha cerveza y Xu He y Li Chong se encargaron de ir a comprar víveres.
Ling Ye se puso a cocinar y Ying-jie y yo escribimos el menú.
Cada uno tenía una tarea clara, como si en La Isla siempre hubiera reinado la calma, como si nadie se hubiera ido jamás.
Le dije a Ying-jie:
—A veces creo bastante en el destino.
Ella se rio.
—¿Te refieres a ti y a Ling Ye?
—¡Ey! —Puse cara de disgusto a propósito—. Me refiero a este lugar.
Antes era alguien que no creía mucho en el destino. Siempre pensaba que, pasara lo que pasara, todo dependía del esfuerzo propio. Aunque todo el día anduviera diciendo que era un escritor genio, también sabía perfectamente cuánto esfuerzo había invertido.
Pero desde que llegué aquí, había descubierto que algunas cosas realmente están determinadas por fuerzas misteriosas del destino.
El destino me trajo aquí para encontrarme con Ling Ye y con los demás y eso, al menos, tenía que aprender a agradecerlo.
Zhou Ying dijo:
—No digas eso. Tener destino con este lugar no es algo bueno.
Entendía lo que Zhou Ying quería decir, pero yo no lo veía así.
La isla Suxi es un lugar muy hermoso y venir aquí no me había costado nada en absoluto.
—Ying-jie —dudé mucho tiempo, pero al final, lo dije—: Si algún día te sientes agotada, avísanos sin falta.
Zhou Ying se quedó atónita por un momento y apretó con fuerza la mano que sostenía el bolígrafo.
Pude sentir su reacción y dije:
—Los héroes también pueden descansar. Hasta las heroínas necesitan vacaciones.
Zhou Ying bajó la cabeza y se rio suavemente y, entonces, en algo poco común, vi caer una lágrima sobre el papel.
Ling Ye, Xu He y Li Chong habían encontrado cada uno su propio camino para desahogar las cargas de la vida. Siempre había alguien que los atrapaba cuando caían, y Cheng-ge, por fin, había encontrado su dirección. Solo Zhou Ying, la única mujer entre todos ellos, permanecía siempre como una espectadora observando a los demás, viendo cómo reían, maldecían y se enfadaban, para luego salir en el momento justo y traerlos de vuelta a la realidad.
En realidad, ella siempre había sido la protectora de todos, pero nadie la cuidaba a ella.
—Si algún día tú también quieres irte, llámanos y vendremos a buscarte de inmediato.
Zhou Ying me sonrió y asintió.
Levanté la vista hacia Ling Ye y descubrí que estaba recostado en el alféizar de la ventana, mirándonos.
Le dije:
—¿No trabajas y te pones a espiarnos?
—Ustedes ni siquiera han terminado el menú y esos dos todavía no han vuelto con las compras —dijo Ling Ye—. ¿En qué voy a trabajar?
El escritor genio de lengua afilada, en ese momento, se quedó sin palabras.
Lo ignoré y seguí discutiendo con Zhou Ying sobre qué íbamos a cenar.
Xu He y Li Chong volvieron con las compras y Ling Ye los regañó duramente. Los tres casi se agarran a golpes.
Zhou Ying dijo:
—¡Son uno más insoportable que el otro!
A Ling Ye no le importaba en absoluto lo que habíamos escrito en el menú. Él ya tenía muy claro qué platos iba a cocinar.
En cuanto a Xu He y Li Chong, cuando fueron a comprar no preguntaron qué necesitábamos, ni mucho menos qué iba a cocinar Ling Ye. Al llegar al mercado, compraron de todo descuidadamente, gastaron mucho dinero y trajeron un montón de cosas, pero de lo que Ling Ye quería cocinar, casi nada.
Yo estaba agachado a un lado, disfrutando del espectáculo con entusiasmo, deseando tocar tambores y gongs para que se pelearan rápido.
Zhou Ying me dijo:
—De verdad disfrutas ver el mundo arder.
Pues sí, total, a mí no me iba a pegar.
Y me gustaba así, porque cuando ellos gritaban y peleaban, toda La Isla se veía con más vida.
Así es como debe ser, así de vivos deberían estar siempre.
Al final, Zhou Ying les ordenó a Xu He y Li Chong que fueran a lavar las verduras y le advirtió severamente a Ling Ye que no se pusiera a pelear.
Me reí tanto que estuve a punto de caerme. Sentí que este lugar se había convertido en un jardín de niños.
De repente, pensé: si Cheng-ge viera el hostal La Isla así, ¿querría quedarse un tiempo más con todos? Pero la vida nunca tiene un «si» y Cheng-ge se fue a buscar a Liang Dao.
Ling Ye no tuvo más remedio que hacer lo que pudo con lo que había. Estaba tan enfadado que ni siquiera me dirigió la palabra.
Yo tampoco le hice caso. Me fui a volar la cometa un rato y, luego, a jugar con el gato.
Al atardecer, salí corriendo a buscar a la señora que cultivaba flores. Como siempre, estaba en el patio cuidando sus hermosas flores.
Le dije que me iba a ir de aquí y que quería regalarle un ramo de flores a cada uno de mis amigos en la isla.
La señora me tenía cariño, así que me dejó elegir lo que quisiera. Pero en realidad, la señora solo cultivaba unos cuantos tipos de flores. Para Ling Ye, elegí margaritas otra vez; para Zhou Ying, elegí lirios; y para Xu He y Li Chong, arranqué un manojo de campanillas del camino. No se trataba de un trato diferenciado; era solo que temía que Ling Ye sintiera celos si le regalaba otras flores. ¡Ahora era una persona que tenía que considerar los sentimientos de su novio!
Regresé por este sendero que ya había recorrido tantas veces. La luna ya estaba sobre mi cabeza y la brisa suave me acariciaba el rostro. Esta partida era distinta a la anterior. Ya no me sentía abatido, pero seguía habiendo preocupación.
Regresé a La Isla con las flores en los brazos. Ling Ye ya había preparado varios platos.
Subí trotando por las escaleras y dejé las flores en la puerta de cada habitación.
Cuando hacía el bien, nunca dejaba mi nombre.
Pero las flores de Ling Ye sí las puse en su mesita de noche. No se podía entrar así como así al dormitorio de los demás; pero ahora, lo suyo era mío. Él era todo mío. Por ende, entrar a un dormitorio a dejar un ramo de flores no era la gran cosa.
Después de dejar las flores que les regalé, bajé las escaleras tranquilamente.
Zhou Ying me vio y me llamó:
—Ya casi cenamos, no andes correteando por ahí.
La seguí y ayudé a apilar la leña seca que Li Chong había traído, preparándonos para encender la fogata en la noche.
Zhou Ying dijo:
—Todavía me quedan algunos fuegos artificiales.
Fui con ella a buscarlos. Eran unas varitas largas de fuegos artificiales, que en mi tierra llamábamos «chispitas mariposas».3
Zhou Ying dijo:
—Cheng Fang los trajo durante el Año Nuevo del año pasado, pero después se emborrachó y los fuegos artificiales le chamuscaron el pelo, así que se los confisqué todos.
Imaginé a Cheng-ge con el pelo encendido por los fuegos artificiales, en esa situación tan vergonzosa, y no pude evitar reírme, pero después de reír, sentí otra punzada de melancolía.
Sentí que Zhou Ying era como yo, puesto que, después de decir esas palabras, se quedó mirando los fuegos artificiales, perdida en sus pensamientos.
No había nada más doloroso que cuando las cosas permanecían, pero las personas no.
La noche cayó por completo y Ling Ye por fin terminó de preparar una cena abundante.
Se sentó en la silla con cara seria y abrió directamente una lata de cerveza.
—Sonríe un poco. —Le pellizqué el muslo.
Ling Ye estaba abriendo la lata y, cuando lo pellizqué, le dolió tanto que le tembló la mano y derramó su cerveza por todo el pantalón.
Lo miré y me reí a carcajadas y él me observó con resignación.
—Ponte alegre, ponte alegre —le dije—. En el peor de los casos, cuando estés lleno, peléate con esos dos.
Xu He me regañó:
—Tú solo estás aburrido.
Me recargué en Ling Ye, riéndome sin parar.
—Ni lo menciones, realmente estoy muy aburrido.
¡Acababa de terminar el nuevo libro y estaba aburrido y solo!
Ahora ya estaba acostumbrado al tono brusco de Xu He. Sabía que no tenía mala intención, solo que nunca sabe hablar bien. Si esto hubiera sido antes, cuando alguien me hablara así, seguramente, se habría roto mi corazón de cristal en un instante y sentiría que el mundo entero era gris.
Dicho así, haber vivido aquí en la isla Suxi también fue para mí una prueba, un crecimiento indispensable en mi vida. De ahora en adelante, cuando alguien me insultase en Internet, no solo podría pelear de vuelta, sino que tampoco me afectaría fácilmente.
¡Chen Xing, eres genial!
Ling Ye no me ayudó a regañar a Xu He ni siguió la conversación. Solo me frotó la cabeza con fuerza, alborotándome todo el cabello.
Esta era nuestra última cena en la isla Suxi. Zhou Ying abrió una lata de cerveza y dijo:
—Brindemos todos para despedir a Chen Xing y a Ling Ye.
Li Chong murmuró:
—Siempre he sentido que la palabra «despedida» es de mala suerte.
Yo avivé el fuego.
—¿No escriben poemas ustedes los poetas cuando despiden a sus amigos? Escríbenos uno.
Li Chong me miró sin expresión y, después de un buen rato, por fin abrió su boca ilustre:
—Despedida.
Asentí.
—Lárguense ya.
Después de decir esas dos palabras, estuve esperando a que continuara, pero tras esperar un buen rato, no dijo nada más.
—¿Ya no hay más?
—No hay más.
Vaya, realmente era cierto aquello de «cerca del rojo te tiñes de rojo, cerca de la tinta te tiñes de negro»4. Li Chong, este poeta, después de tanto tiempo con Xu He, también se había vuelto igual de difícil.
Ling Ye dijo:
—No le hagas caso.
Me encogí de hombros, dando a entender que guardaría ese poema como un tesoro.
—Volveremos a visitarlos —les dije, alzando mi cerveza
Zhou Ying dijo:
—No pasa nada. Vivan bien y, si no vuelven, tampoco importa si nos olvidan.
—Eso no puede ser —dije en voz baja al chocar las latas—. No los olvidaré en toda mi vida.
No olvidaré a las personas de aquí ni tampoco olvidaré este lugar.
Mi Paraíso de Melocotoneros, al que llegué por accidente, me mostró el otro lado de una vida llena de vanidades. No olvidaré ninguna de las escenas que ocurrieron aquí durante ese mes, incluso cuando tenga el cabello canoso y se lo cuente a otros, lo recordaré como si fuera ayer. Porque fue la época más valiosa de mi vida y, en ella, conocí a unas personas extrañas pero muy especiales.
Esa noche, volví a beber de más y me aferré a la tumbona de Ling Ye, negándome a irme. Le dije con terquedad que me quería llevar también esa tumbona y Ling Ye dijo:
—Si no te molesta, entonces, mañana la cargarás tú mismo.
No me molestaba, así que esa noche me dormí abrazado a la tumbona.
En un estado de semi-consciencia, sabía que la fogata seguía ardiendo, sabía que todos seguían brindando y bebiendo.
Sabía que levantaban las cervezas en alto y, luego, las derramaban juntas en el suelo. Sabía que estaban brindando con Cheng-ge.
Sabía que todo era real.
El día que Ling Ye y yo nos fuimos, al levantarme temprano, descubrí que el clima seguía siendo bueno. Habría sido perfecto si no fuera porque la resaca de la noche anterior me tenía con un dolor de cabeza insoportable. Pero bueno, hablando de eso, en la isla Suxi parecía que nunca había hecho mal tiempo.
Fue en ese momento cuando realmente comencé a sentir que este lugar era adecuado para que las personas con traumas emprendieran una curación lenta.
Me costaba mucho dejar a Zhou Ying y también me preocupaba por ella y por esos dos tipos tan extraños que ya no sabría cómo definir, pero Ling Ye dijo:
—Hay esfuerzos que solo ellos pueden hacer.
Entendía lo que quería decir. Yo no era un salvador e incluso desde mi posición no podía acercarme a ellos de la misma forma en que me había acercado al mundo de Ling Ye.
No tenía tantos lazos con ellos y no necesariamente podía detenerlos con mis propias fuerzas, pero al menos ahora tenían su propio sostén espiritual, así que todo parecía estar lleno de esperanza.
Acompañé a Ling Ye a hacer las maletas mientras en la habitación sonaba desde el celular La canción de Zhang San de Tsai Chin. Lo vi poner el ramo de margaritas que había traído ayer en un florero y colocarlo sobre la mesa.
—¿Quién te las regaló? —le pregunté a propósito.
Ling Ye también se hizo el tonto.
—No sé.
—Entonces, debe ser algún admirador secreto.
Me miró con una sonrisa significativa, alzó una ceja y dijo:
—O quizá sea mi hater.
—¡… Imitador!
Se recargó en la mesa riéndose sin parar. Yo tenía planeado fingir que estaba enojado con él, pero terminé riéndome con él como un idiota.
Ling Ye ya no era esa persona envuelta en la niebla, ya no era misterioso, ya no era indescifrable para mí; pero su atractivo para mí no había disminuido en lo más mínimo. Al contrario, cuando lo miraba, sentía que el cielo me había tratado muy bien.
Sin embargo, el cielo también lo había tratado muy bien a él, con un genio como yo de novio, ¡qué más podía pedir!
—¡Deja de reírte como tonto y ponte a empacar! —lo apuré—. Si sigues perdiendo el tiempo, vamos a perder el barco.
Pensaba que, después de vivir aquí más de tres años, seguro tendría un montón de cosas cuando se fuera. Incluso ya tenía pensado cómo burlarme de él, diciéndole que hacer el registro de salida del hostal parecía una mudanza.
Sin embargo, me equivoqué.
Todo el equipaje de Ling Ye eran solo unas cuantas ropas, algunos libros y esa cometa con forma de mariposa que había usado para seducirme.
—¿Tan poquitas cosas? —lo cuestioné.
—No es poco —dijo Ling Ye—. Para alguien que quiere morir, todo es una carga.
Solo esa frase me hizo doler el corazón. Este tipo sabía demasiado bien cómo tocar mis fibras más sensibles.
Mientras metía su ropa en la mochila, le dije, desafiante:
—Ya verás, cuando regresemos, te llevaré de compras al centro comercial y compraremos todo lo que veamos.
Ling Ye se burló de mí:
—Aigo, el maestro Chen es realmente rico y generoso.
Es verdad que no me faltaba dinero, aunque tampoco era exageradamente rico. Solo quería que experimentara más y mejor la vida social, que supiera que todo lo relacionado con él no era una carga.
Mi Ling Ye merecía que la vida lo tratara con cariño.
Y, aunque la vida no lo tratase con cariño, yo sí lo haré.
—Siento como si fueras a mantenerme.
—Si a ti te parece bien, para mí no hay problema. —Aunque todavía no había terminado de pagar la hipoteca, solté una frase digna de un CEO de novela.
La verdad es que me estaba inflando un poco.
Me golpeé el pecho y prometí:
—Si vienes conmigo, de aquí en adelante, solo vendrán días buenos.
Ling Ye estaba sentado al borde de la cama, riéndose sin parar mientras su mano acariciaba suavemente el colchón, como si se estuviera despidiendo de sus últimos tres años.
La habitación se quedó en silencio. Él miró a su alrededor y, al final, contempló todo el lugar.
Y yo lo miraba a él.
Le pregunté a Ling Ye:
—¿Qué sientes ahora?
Quería saber si, todavía en este momento, tenía la idea de querer morir en su cabeza.
—Siento que todo es irreal —dijo Ling Ye—. Para mí, la muerte era lo más real y era lo que había estado esperando todo este tiempo. Tú fuiste una sorpresa.
Por supuesto que fui una sorpresa y la más hermosa de todas.
Cuando a otros les ocurría un accidente, perdían la vida; pero en el mundo de Ling Ye, un accidente le devolvió la suya.
Le dije:
—Es que soy demasiado increíble.
Sobre este punto, absolutamente nadie podría contradecirme.
Ling Ye me miró y sonrió. Se levantó y caminó hacia mí.
El atardecer volvió a llegar. La luz cálida de color naranja se derramaba por la ventana y Ling Ye me besó bajo el sol poniente.
De improviso, recordé aquel atardecer de la última vez que me fui, imaginando a Ling Ye parado bajo el sol poniente, mirándome alejarme. Ese día debía haber viento, el mismo viento que me alejaba más y más de él.
En ese instante, vino a mi mente un poema, «¿Con qué puedo retenerte?» de Borges.
Te ofrezco magras calles,
ocasos desesperados, la luna de los corroídos suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre
que ha mirado largamente a la luna solitaria.
Te ofrezco mis antepasados,
mis hombres muertos, los fantasmas que hombres vivientes han honrado en mármol.
[…]
Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla
vista en el ocaso, años antes de que hubieras nacido.
Te ofrezco explicaciones de ti mismo,
teorías sobre ti mismo,
auténticas y sorprendentes noticias de ti mismo.
Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón.
Trato de sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.
Antes no entendía este poema; no podía comprender los sentimientos del poeta. Sabía que expresaba toda la soledad y tristeza del poeta, sabía que contenía un afecto infinito; pero aun sabiendo todo esto, en el pasado, no podía experimentarlo en carne propia.
Yo era torpe. No entendía en absoluto qué eran los sentimientos.
Pero ahora, al fin, lo entendía. Cada verso era el Ling Ye de aquel entonces.
La brisa marina no podía disipar su soledad y melancolía. Él miraba desde la distancia, pensando con qué podría retenerme.
O quizá no quedarse, sino irse lejos.
Al pensarlo, lo amé aún más.
—Ah, por cierto —me preguntó—. ¿No descubriste nada al regresar?
—¿Descubrir qué?
—… —Parecía un poco resignado—. De verdad creo que en toda tu vida no vas a saber escribir escenas románticas.
Al escuchar eso, sentí que algo no encajaba.
—Espera —le dije—. ¿No serás tú quien ha estado todo este tiempo diciendo en Internet que no sé escribir escenas románticas?
Él sonrió sin decir nada y yo lo perseguí para pegarle.
Resultó que no me había equivocado: ¡Ling Ye sí era mi hater!
Los dos estábamos empacando, pero entre juegos y golpes, terminamos corriendo hasta el patio.
Xu He nos vio a los dos y, con el cigarro en la boca, nos soltó:
—Qué parejita tan empalagosa.
Li Chong estaba a su lado. Nos echó un vistazo y se acercó directamente a Xu He, encendiendo su cigarro con el de él.
Le contesté a Xu He:
—Ustedes lo son.
Li Chong dijo:
—Soy poeta.
—Poeta de mierda.
Xu He nunca había tenido la boca limpia con nadie y se la pasaba todo el día maldiciendo y nunca sonreía.
Li Chong dio una calada.
—Poeta tu papá.
—Lárgate.
—Y yo soy tu padre.
Jalé a Ling Ye para sentarnos a un lado, tomando el trago que Zhou Ying nos había preparado, viendo cómo esos dos pasaron de pelear con palabras a pelear a golpes y, luego, desaparecieron por la puerta del hostal La Isla, a quién sabía dónde.
Qué pareja tan extraña. Uno no sabía con certeza si eran amigos del alma o enemigos.
Zhou Ying preguntó:
—¿A qué hora sale el barco?
—Faltan dos horas —contesté—. Todavía podemos comer juntos.
Zhou Ying sonrió.
—Está bien. Que cocine Ling Ye, entonces. De ahora en adelante, solo tú podrás disfrutar de su buena cocina, qué lástima.
Ling Ye, al escucharlo, se levantó de inmediato y se fue a la cocina.
Mi mirada lo seguía y, tomando un trago, dije con nostalgia:
—¿Cómo es que incluso estando en una relación sigue siendo tan arrogante?
—Chen Xing. —Zhou Ying me llamó de repente.
Volteé a mirarla, ella me sonrió y me dijo:
—Gracias.
No sabía cuánta profundidad contenía ese «gracias» suyo ni le pregunté más. Muchas veces, para muchas personas, no hacía falta explicar demasiado, cada quién tenía su propia comprensión.
—Gracias a ti también —respondí.
Nos miramos y sonreímos. En el patio bañado por el atardecer, había la tristeza por la partida de Cheng-ge, pero también la sencilla expectativa de todos por la vida que vendría.
Cuando cayera la noche, Ling Ye y yo nos iríamos, pero La Isla permanecería por siempre.
Éramos las cometas de mariposa que habían volado desde aquí y el extremo del hilo estaba atado a ese árbol en el patio de aquel hostal.
—Ya lo decidí —le dije—. Este escritor genio, para demostrar que sabe escribir tramas románticas, ha decidido escribir una novela de amor tomándote a ti como modelo.
—¿La historia de cómo un escritor genio salva a un joven descarriado?
—¡Por supuesto que no! —le dije—. Voy a escribir una novela puramente de amor. ¿No dicen que no sé escribir escenas románticas? ¡Tengo que reivindicarme! Voy a escribir sobre cómo un hombre lleno de trucos y muy calculador pescó, como quien pesca peces, a un escritor genio de talento excepcional.
La risa de Ling Ye se derramaba por el sendero nocturno de la isla Suxi. Caminábamos riendo, rumbo al barco en la orilla del mar.
—Ah, por cierto, antes me preguntaste si al regresar había descubierto algo —le dije a Ling Ye—. ¿Qué debería haber descubierto?
Guardó silencio unos segundos y, cuando ya creía que no me respondería, por fin habló:
—El día que te fuiste, puse secretamente un ramo de margaritas en tu mochila.
Me sorprendí un poco y mi primera reacción fue pensar: «Cuando regresemos, esas margaritas probablemente ya habrán muerto».
Sin embargo, le dije:
—Ahora ya sé cuál es el significado de las margaritas.
Él me preguntó:
—¿Cuál es?
No se lo dije a propósito. Era consciente de que él también lo sabía.
El significado de las margaritas era la belleza pura y un amor profundamente escondido en el corazón.
・⋆༺𓆩FIN𓆪༻⋆・
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