El viejo gobernante mira hacia atrás.
El viento helado de Siberia sopla con fuerza. Bajo la marea de un sinfín de banderas rojas que ondean sin descanso, se encuentran cien mil asesinos.
El águila que sobrevolaba el cielo descendió batiendo las alas para posarse sobre la muñeca del viejo gobernante. Con una mano, él acarició con afecto la nuca del ave mientras esbozaba una sonrisa:
—Lo que quiero está en ese país.
Dijo el viejo gobernante, fijando su mirada al otro lado. Tras el estrecho río, un cañaveral se extendía de forma inmensa, semejante a una muralla.
El viejo gobernante añadió:
―Por lo tanto, a partir de este momento, ese país es nuestro enemigo.
Espiando la escena de aquella arrogante declaración, el Visionario pensó con absoluta firmeza: «Te haré pagar muy caro el habernos subestimado, anciano».
El Visionario atisbó el futuro.
Las serpientes le dicen al viejo gobernante al unísono:
―Debemos retirarnos.
―Desde tiempos antiguos se ha dicho que es sumamente difícil ganar una guerra contra religiosos, y más aún si son fanáticos. El Imperio Japonés, que desató la Guerra del Pacífico en el siglo XX, también era una nación de fanáticos que adoraba a su Rey como a un dios viviente, tal como la actual “Nación de Dios”.
―Los comandos Kamikaze del Imperio Japonés lanzaron ataques suicidas al grito de “¡Larga vida a Su Majestad el Emperador!” bajo el pretexto del okusai1; al final, Estados Unidos renunció a avanzar hacia el territorio principal y terminó la guerra arrojando bombas atómicas. Es decir, la mejor forma de obtener la victoria sobre la “Nación de Dios” en ese momento era lanzar bombas atómicas en sus ciudades estratégicas. Sin embargo, por desgracia, Majestad, hoy en día no poseemos bombas atómicas.
―No tenemos más alternativa que avanzar hacia su territorio. Sin embargo, la “Nación de Dios” es un país montañoso. Si los ciudadanos enemigos utilizan su propio terreno para librar una guerra de guerrillas, la situación podría tornarse desfavorable para nosotros, que estamos acostumbrados a la batalla a caballo en zonas de llanura. En el peor de los casos, podría resultar en algo similar a la Guerra de Vietnam en el siglo XX.
Ante las vehementes objeciones, la mirada de Muk-so, el viejo gobernante de la “Nación de las Serpientes Emplumadas”; la «serpiente con plumas», comenzó a vacilar. Fue en ese instante…
―Mi opinión es diferente.
Una voz pulcra resonó de pronto. Una joven serpiente, que aún no perdía del todo sus rasgos juveniles, dio un paso al frente.
―No caigan en la provocación del enemigo. Esto no es más que una táctica de incitación planeada por unas ratas acorraladas para nublar nuestro juicio.
―¿En qué te basas para afirmar eso de forma tan categórica? Convénceme.
Ante las palabras del viejo gobernante, la joven serpiente respondió sin vacilar:
―Desde “aquel entonces”, la península oriental solo ha librado unas cuantas guerras civiles bajo el pretexto de la unificación entre los países hermanos, «Dios» y «Ryun». E incluso eso terminó efectivamente hace más de 300 años. Desde entonces, las únicas invasiones extranjeras que ha sufrido la península oriental han sido meros saqueos menores por parte de los señores de la guerra autóctonos del continente occidental cerca de la frontera y de los piratas del archipiélago del Extremo Oriente. Se dice que el agua estancada se pisa y se pudre. El poder militar de la península oriental debe de ser desgarradoramente lamentable.
―¿Así que sus rituales sagrados no son más que un espectáculo para que nos asustemos y nos retiremos por nuestra cuenta?
―Así es. Ese ritual sagrado es la prueba de que los enemigos están desesperados. Si su ejército fuera fuerte, ¿qué necesidad tendrían de montar semejante espectáculo sucio?
―Ahora veo que eres sordo —se burló el viejo gobernante. —¿Acaso tus oídos no escucharon nada de lo que decían los oficiales hace un momento? ¿Quién aquí no sabe que las fuerzas del enemigo son débiles? Lo que nos preocupa es la resistencia fanática de sus ciudadanos. El ejército enemigo puede no llegar a cien mil, pero sus ciudadanos son veinte millones.
―Sin embargo, Majestad, yo he tenido bastante contacto con los refugiados de la “Nación de Dios” que han cruzado ocasionalmente al continente. Estaban muy lejos de ser fanáticos. Tampoco sabían absolutamente nada sobre rituales sangrientos. ¿No le parece sospechoso?
La joven serpiente añadió con un tono contundente:
―¿Quiénes son los que no desean que estalle una guerra? No somos nosotros, son ellos. Ellos solo están desesperados por retrasar la guerra aunque sea un instante. Si seguimos perdiendo el tiempo aquí deslumbrados por su ritual, sufriremos un gran revés debido al aumento astronómico de los gastos militares, las epidemias y la pérdida de moral…
―Estoy de acuerdo con la postura de mi padre.
Alguien interrumpió las palabras de la joven serpiente. Era Muk Cheong-yeong, el sexto hijo del viejo gobernante.
―El linaje de Lee Hwa, que gobierna la “Nación de Dios”, es infame por aplicar políticas de idolatría. En particular, he oído que el actual Lee Hwa, quien ascendió al trono hace 40 años, es considerado el peor tirano de la historia. Al envejecer y sentir inseguridad sobre mantener el poder, es muy posible que haya ideado recientemente un nuevo método de idolatría. Si el propósito es ajustar la disciplina de sus subordinados, el ritual sangriento queda perfectamente explicado.
―Así es, tú sí juzgas adecuadamente.
El viejo Rey asintió ante la adulación de su hijo y luego dirigió una mirada llena de reprimenda a la joven serpiente.
―Se dice que, una vez que la religión te lava el cerebro, no te das cuenta ni aunque caiga un rayo a tu lado. Si el paisaje cambia en tan solo 10 años, el corazón humano no es más que una caña; cinco años son más que suficientes para lavarle el cerebro a la gente y convertirla en fanática.
La joven serpiente guardó silencio y dio un paso atrás. De repente, un oficial entró apresuradamente.
—Disculpen la interrupción en medio de la reunión. Este es un folleto de propaganda que el enemigo acaba de esparcir en la frontera. Lo he traído porque su contenido es sumamente sospechoso.
—¿A qué viene tanto alboroto?
Al recibir el folleto, los ojos del viejo gobernante se contorsionaron de rabia.
Una semana atrás, las serpientes habían elaborado panfletos en los que prometían clemencia y el nombramiento como gobernadores si los líderes de la península oriental se rendían por su propia cuenta, y los esparcieron al otro lado de la frontera. Este folleto de propaganda era la respuesta a ello. En él figuraban las declaraciones de Lee Hwa, el rey que gobernaba el norte de la península oriental.
「…Y así, nuestro grandioso Dios reprendió a los ignorantes enemigos diciendo:
”El rey de las serpientes parece considerarme como a un ingenuo indio americano del siglo XVII. Aquellos nativos pensaban que la tierra era solo tierra y que no pertenecía a nadie, por lo que cayeron indefensos ante los invasores; pero yo soy diferente. Yo ya he previsto con mi visión lo que las serpientes harán en el instante en que pongan un pie en nuestra tierra. Como soy un anciano de cálculos rápidos, astuto y al que le quedan pocos días de vida, tendrán que esforzarse mucho más si pretenden reducirme a un traidor”.
Y continuó:
”¿Se atrevieron a proclamar que, si les entregamos esta tierra, pavimentarán caminos, construirán hospitales y nos prestarán su ayuda? Antes de preocuparse por los asuntos de una nación ajena, el Rey de las serpientes debería volver la mirada hacia sus propios ciudadanos”.
Nuestro grandioso Dios dejó escapar un profundo suspiro y añadió:
”Yo solo me preocupo por mi propia nación, e incluso así las horas del día me resultan insuficientes. El Rey de las serpientes, cuyo territorio es más extenso y cuya población es mucho mayor que la mía; lo que significa que debería disponer de mucho menos tiempo que yo, ¿por qué razón se preocupa por un país ajeno?”.
Por último, nuestro grandioso Dios sentenció:
”Dado que me has hecho enfurecer, Rey de las serpientes, pagarás el precio. Durante el próximo año, cuatro grandes terremotos sacudirán la tierra de las serpientes, provocando 240.000 víctimas entre muertos y heridos. Si el Rey de las serpientes es sabio, inclinará la espalda con humildad ahora mismo para pedir la sabiduría de este anciano. Inmediatamente después de que el Rey de las serpientes lea estas palabras escritas, la ‘Tierra del Sol y la Luna’ invadirá la tierra de las serpientes…”.」
―¡Qué insolente!
El viejo gobernante arrugó el folleto hasta hacerlo una bola. Mientras tanto, los oficiales se turnaban la hoja entre murmullos.
―¡¿Es que no pueden arrojar ese pedazo de papel de una buena vez?!
En el preciso instante en que el viejo gobernante estaba por lanzar un grito furioso, llegó un informe de extrema urgencia: Wang Hui, al mando de la “Tierra del Sol y la Luna”, había cruzado las fronteras de la “Nación de las Serpientes Emplumadas”. El contenido plasmado en el folleto se había convertido en realidad. Un pesado silencio descendió sobre la sala de reuniones.
El viejo gobernante se mordió los labios y se puso de pie.
―¡A qué viene tanto escándalo! No me digan que hasta ustedes creen que ese farsante de pacotilla tiene el poder de la precognición. Iré en persona a darle su merecido a Wang Hui. Volveré muy pronto, así que aguarden aquí un momento.
Tres horas después, el Rey de las serpientes abandonó la frontera acompañado por sus veintisiete hijos. Detrás de los oficiales de la guarnición, que cuchicheaban presa de la ansiedad, la joven serpiente permanecía de pie en absoluto silencio, con los labios apretados.
Mucho después, la joven serpiente sacudió la cabeza y echó a andar. El suelo estaba encharcado por los excrementos y la orina que la tropa y los caballos de guerra habían dejado por doquier. El viento helado de Siberia, que había comenzado a soplar apenas unos días atrás al iniciar septiembre, se había detenido de golpe. El sol de finales de verano ardía a sofocante temperatura. Una humedad densa cubría la piel de los soldados como si fuera moho, y de los lomos de los caballos emergían densas columnas de vapor caliente.
En sentido contrario a la joven serpiente, avanzaba un grupo de soldados. En sus rostros brotaban erupciones rojizas, síntoma inequívoco de la peste. Pocos eran los que se dedicaban a limpiar sus armas; la mayoría se agrupaba en pequeños bandos, entregados al mahjong o escudriñando el panfleto de propaganda.
―¿Cuatro terremotos en un año y doscientas cuarenta mil víctimas…? ¿Será verdad el rumor de que Lee Hwa es un Visionario?
―Dicen que es real. Incluso adivina el futuro de aquí a mil años. Si Lee Hwa realiza un ritual de maldición, hasta la gente del continente africano muere vomitando sangre. Muk-so también huyó despavorido por temor a su maldición.
―Si ya estamos en estas, ¿por qué no cancelan la campaña de liberación de una vez? Hace un calor infernal.
―Si cancelan la campaña de liberación, ¿no se burlaría la gente de Muk-so diciendo que le tuvo miedo a Lee Hwa? Para Muk-so es más cómodo arrojar a cien mil soldados como ofrenda al altar de Lee Hwa antes que ver manchado su orgullo.
―El continente es vasto y sobra la gente. Que mueran cien mil personas ni siquiera provoca una fisura. Maldita sea, dicen que las provisiones que quedan aquí solo alcanzarán para un mes. ¿Crees que la base central nos seguirá mandando raciones?
De pronto, un chirrido estruendoso desgarró el aire. Ante el alarido emitido por cientos de amplificadores, los soldados hicieron una mueca de dolor y se cubrieron los oídos. En la frontera, a lo largo de docenas de pantallas gigantescas dispuestas en hilera, se encendió una luz blanca en secuencia para dar paso al «Ritual de Sangre».
La joven serpiente se detuvo y clavó la mirada en la imagen proyectada. Un sacerdote cubierto con una capucha negra y envuelto en una larga túnica alzó ambos brazos lentamente, evocando la figura de un malvado rey demonio desplegando sus enormes alas de murciélago. El sacerdote habló con voz suave y persuasiva:
[Alaben al grandioso Dios, Lee Hwa. Alaben al Rey del norte, el sagrado Visionario, Lee Hwa.]
Ante la incitación del sacerdote, los fanáticos rugieron enardecidos mientras elevaban sus plegarias.
¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
La Nación de Dios.
Tras el fin de “aquel entonces”, el continente occidental se sumergió en una nueva era de los Reinos Combatientes. Debido a las incesantes luchas entre los señores de la guerra durante quinientos años, la población del continente occidental se redujo drásticamente de mil trescientos millones a tan solo trescientos millones. Posteriormente, tras fragmentarse en repetidas ocasiones, el continente logró unificarse hace unos cien años bajo cuatro grandes reinos: la «Tierra del Sol y la Luna», la «Nación de las Serpientes Emplumadas», la «Nación del Árbol de la Vida» y la «Nación de la Torre Suspendida».
Por el contrario, la península oriental quedó dividida en norte y sur inmediatamente después de “aquel entonces”, manteniendo ese estado de estancamiento hasta la actualidad. Al norte, colindando con el continente occidental, se erigía la «Nación de Dios». Al sur, frente al archipiélago del Extremo Oriente con el mar del Este de por medio, se encontraba la «Nación de Ryun».
En el ranking mundial por superficie territorial, el continente occidental ocupaba el noveno lugar, mientras que la península oriental se situaba en el puesto cuarenta y dos. Sin embargo, si se le preguntaba a la gente del mundo occidental al otro lado del globo si conocían algún país del Extremo Oriente, nueve de cada diez responderían la «Nación de Dios». No podía ser de otra manera: la «Nación de Dios» gozaba de una siniestra reputación debido a su peculiar sistema político.
Era una nación teocrática y sectaria sin precedentes que adoraba a un hombre vivo como Dios y Rey. Su monarca recibía de generación en generación el nombre de «Lee Hwa»; sobre el Lee Hwa actual, aparte de que era un anciano de más de sesenta años, no se sabía casi nada.
La joven serpiente escupió al suelo con desprecio.
―¿Dios? Qué dios ni qué nada. No es más que un burdo ídolo.
Poco después, dejó caer los hombros con desánimo y caminó hacia su tienda. Una densa penumbra cubrió la silueta de su espalda.
El Visionario lo presenciaba todo.
El gobernante de las serpientes no regresó durante más de un mes. El único comunicado que llegó a la guarnición fronteriza tres meses después fue un aviso unilateral que anunciaba la reducción de las raciones de alimento en un 30%. Como los salarios también comenzaron a retrasarse, las deserción de soldados se volvió moneda corriente día y noche.
La joven serpiente sugirió a sus superiores arar las tierras baldías cercanas al campamento militar:
―En lugar de dejar a los soldados con las manos cruzadas, ¿qué tal si aramos el terreno para cultivar y cosechar nuestro propio alimento? Aquí llueve con frecuencia, por lo que podemos construir embalses para almacenar agua y usarla para el riego.
―¿Tienes idea de cuánto tiempo toma limpiar y preparar la tierra? ¿Con qué dinero compraremos las herramientas agrícolas? Si ya se están muriendo de hambre, imponerles trabajo pesado solo aumentará los desertores.
―Este imbécil no sabe nada de tierras. ¿Crees que la calidad del suelo aquí es tan fácil como para que los cultivos broten solo con arrojar un poco de fertilizante?
Los superiores ignoraron la propuesta de la joven serpiente, entregados de lleno al mahjong. Sin embargo, la joven serpiente no cedió fácilmente:
―Denme dos mil soldados y un año de tiempo.
Tras dos semanas de súplicas insistentes, la joven serpiente obtuvo quinientos soldados y medio año. A partir de ese momento, cada mañana tomaba la iniciativa encabezando a sus subordinados para recoger el estiércol humano y de caballo disperso por el campamento para procesarlo como fertilizante. Una parte de ese abono fue vendida a comerciantes a bajo precio para comprar herramientas agrícolas y proceder con la preparación de la tierra.
Transcurridos dos meses, los oficiales superiores cambiaron de actitud. Al eliminarse de forma impecable el estiércol que representaba una pesadilla higiénica para el campamento, las epidemias disminuyeron drásticamente. Los oficiales le asignaron dos mil soldados más a la joven serpiente y promovieron activamente el proyecto agrícola. Mientras la joven serpiente se dedicaba de lleno a la roturación, tal como lo había profetizado Lee Hwa, cuatro terremotos sacudieron la Nación de las Serpientes Emplumadas, dejando un saldo trágico de casi doscientas cuarenta mil víctimas.
Un año después, el viejo gobernante estuvo de vuelta. Al recibir los elogios del Rey por el proyecto agrícola, los oficiales se apresuraron a atribuirse el mérito ante su monarca. Ni un solo oficial mencionó que la persona que había propuesto y dirigido la obra había sido la joven serpiente. Esta vez, la joven serpiente volvió a guardar silencio.
El viejo gobernante proclamó:
―¡He regresado, por lo que el sufrimiento ha terminado! ¡Esta vez le pondremos fin a todo!
A diferencia de las grandilocuentes palabras del Rey, las serpientes no pudieron ponerle fin a nada y el tiempo continuó transcurriendo en vano. Cada vez que intentaban avanzar hacia la península oriental, surgía un acontecimiento que frenaba su marcha. Mientras la situación continuaba estancada sin pena ni gloria, el enfrentamiento en la frontera entre la «Nación de Dios» y la «Nación de las Serpientes Emplumadas» alcanzó su séptimo año.
―¡No aguanto más!
El viejo gobernante descargó un puñetazo sobre la mesa.
―¡Por más extraordinaria que sea la precognición de Lee Hwa, jamás podrá detener a un ejército de un millón! ¡Los aplastaremos con una táctica de ola humana!
Por orden del Rey, novecientos mil jinetes se concentraron ante la frontera. Un millón de invasores cruzaron el límite de un solo golpe para avanzar sobre la «Nación de Dios». La Nación de Dios se derrumbó con una facilidad pasmosa. Aunque la resistencia de las unidades de vanguardia en la línea del frente fue encarnizada y dio lugar a una feroz batalla, no supusieron rival para un ejército de un millón. Los integrantes de la vanguardia hallaron la muerte sin excepción.
―¡Jajaja! ¡¿Acaso esto era todo?! ¡Maldito farsante de pacotilla! ¡Te burlaste de mí con tu labia durante siete años! ¡Mátenlos a todos! ¡Aquel que muestre la más mínima piedad hacia los ciudadanos enemigos será considerado un traidor!
Bajo las espadas de las serpientes, la gente fue masacrada de forma despiadada, sin distinción de hombres o mujeres. La tierra ardió y el agua de los ríos se desbordó teñida de sangre.
El Visionario lo presenciaba todo. Incluso su propia muerte.
―En esta campaña de liberación, el mérito principal se debe a la Legión Negra, que soportó sufrimientos en la frontera durante siete años.
Habiendo conquistado toda la península oriental de un solo golpe, el viejo gobernante quedó enormemente satisfecho y otorgó cargos a los oficiales de la Legión Negra uno a uno. De entre todos ellos, solo la joven serpiente no recibió absolutamente nada. Resultaba absurdo, pero la joven serpiente no solo no había acumulado méritos durante toda la conquista de la península oriental, sino que jamás se le concedió la menor oportunidad de salir a combate. La razón era que los oficiales superiores de la Legión Negra, habiendo advertido su brillante inteligencia durante el proyecto de roturación agrícola, lo mantuvieron al margen y lo marginaron de forma despiadada. Detrás de los altos mandos que regresaban al continente occidental, él se limitó a seguir el grupo a caballo con la boca firmemente cerrada.
De eso, transcurrió un año.
―¡¿Por qué me haces esto?! ¡Jamás imaginé que fueras un tipo tan despiadado!
En una sucia habitación de hostal, la joven serpiente gritaba descontrolada. La misma joven serpiente que siempre guardaba silencio y se retiraba en penumbras, vio cómo ante el amor, su rostro se contorsionaba y su voz se desgarraba en un tono estridente. Se desolaba al enfrentar el instante en que el primer amor de su vida se corrompía despidiendo un hedor nauseabundo.
Ante el alarido de la joven serpiente, su amante dejó escapar una risa burlona:
―Sólo escucharé tus tonterías si son razonables. Mi esposa está embarazada. ¿Acaso estás en tu sano juicio pidiéndome que me divorcie de una mujer embarazada para empezar de nuevo contigo?
―¿Y tú estás en tu sano juicio abrazando a tu esposa de noche y corriendo hacia mí de día? ¡Termina con esto ahora mismo! ¡Aclara las cosas con alguna de las dos partes de una vez!
―¿Por qué me echas la culpa solo a mí? Con que no vinieras al lugar de encuentro bastaría, ¿no? En realidad, ¿el verdadero problema no eres tú? Yo puedo vivir sin ti, pero tú no. Lo sé perfectamente: tú no puedes vivir sin mí.
En las pupilas de la joven serpiente surgió por primera vez un instinto asesino. Solo entonces su amante pareció comprender el error y guardó silencio con expresión desconcertada. El puño de la joven serpiente se estrelló de lleno en la boca del estómago de su amante.
―¡Maldito bastardo! —gritó la joven serpiente. —¿Que no puedo vivir sin ti? ¡No te equivoques, maldito hijo de perra!
Por más que su amante le pidió perdón, fue en vano. Tras propinarle un insulto por primera y última vez, la joven serpiente echó a correr fuera del hostal.
Pasó un mes.
La joven serpiente estaba sentada en la banca de una esquina de un parque donde se disipaba la luz del sol matutino. El entorno hervía de vitalidad con ancianos paseando, jóvenes charlando reunidos en grupos y niños corriendo con cometas. Solo la joven serpiente lucía un rostro sombrío. Sus enormes ojos parecían a punto de derramar lágrimas en cualquier momento.
Tras un largo rato, se puso de pie. Al caminar por el sendero del parque, sus movimientos tambaleaban como si fuera a desplomarse en cualquier instante. Mientras avanzaba de forma precaria, cual insecto al que le han arrancado las antenas, a su lado caminaba una pareja de ancianos conversando mientras llevaban una jaula de pájaros.
De pronto, la joven serpiente se detuvo. A cierta distancia al frente, un anciano se entregaba con devoción a la caligrafía sobre el suelo. De la punta de una vara empapada en agua limpia brotaban caracteres uno a uno. Al terminar su obra, el anciano contempló en silencio el suelo con actitud reflexiva. La joven serpiente también clavó la mirada en el suelo como poseído. El poema escrito con trazos fluidos era Beber solo bajo la luna de Li Bai. La joven serpiente recitó los versos con voz tenue:
―Entre las flores, una jarra de vino; bebo solo, sin amigos que me acompañen. Alzo mi copa e invito a la brillante luna, y con mi sombra ya somos tres…
Una sonrisa fugaz cruzó la comisura de sus labios. De inmediato, dio media vuelta y desapareció a paso presuroso.
Pasaron ocho años.
―Traíganlos a todos —ordenó el rebelde con una voz impregnada de un deleite puro.
Tras la sangrienta batalla de toda la noche, el gran salón lucía desolado como un bosque donde acaba de concluir una cacería. Por doquier yacían cadáveres tirados como restos de animales.
La joven serpiente que siempre guardaba silencio y se retiraba en penumbras se había convertido, a sus 38 años, en un rebelde despiadado que desafió al viejo gobernante. Habiendo alzado la bandera de la rebelión, el desafiante derrotó al viejo Rey en una sola noche y se erigió en la cumbre. Había cambiado. En él ya no quedaba el menor rastro de la figura del pasado que retrocedía en silencio. Muy pronto se convertiría en Rey.
En un extremo del gran salón, el aceite y el agua hervían a borbotones en veinte enormes calderos. Los soldados arrastraron al viejo gobernante y a sus veintisiete príncipes para arrojarlos a los pies del rebelde.
―¿Qué se siente, Muk-so? ¿Qué se siente hincar las rodillas a los pies de alguien por primera vez en tu vida?
Ante la burla del vencedor, el vencido guardó silencio. El rebelde le propinó bofetadas al anciano que alguna vez fue rey de forma pausada, muy pausada, alternando las manos. Las palmadas, leves al principio, cobraron fuerza poco después hasta resonar con rotundidad en el amplio salón. Transcurrida una hora de propinarle bofetadas, el vencedor retiró la mano. Las mejillas de Muk-so, el «Rey Asesino» que durante 55 años había sembrado el terror en todo el Extremo Oriente, estaban desgarradas como un trapo viejo, chorreando sangre a mares. El rebelde se burló:
―¿Acaso no parece que tienes la boca llena de caramelos?
―Insolente… —el viejo vencido temblaba de pies a cabeza.
La bota militar del rebelde impactó de lleno en el rostro del vencido. La nariz del anciano quedó aplastada, echando un chorro de sangre.
―¡¿A quién llamas insolente?! ¿Es que aún no has vuelto a tus cabales, viejo miserable?
Tras pisotear una y otra vez el rostro del vencido con su bota, el rebelde erguió la espalda con satisfacción.
―Si piensas consolarte creyendo que te vencí por suerte tras un descuido, olvídalo. Tu derrota no es más que el resultado de mi largo desafío. Mi desafío comenzó hace diecisiete años. De forma tan sigilosa y silenciosa que ni tú mismo pudiste notarlo. Jamás lo imaginaste, ¿verdad?, que dentro del pecho de aquel a quien despreciabas con burlas se ocultaba una espada. Solo hoy has sido testigo de esa espada con tus propios ojos.
El rebelde contempló al vencido con mirada dominante.
―A continuación te diré cuál será tu castigo. Está de más decirte que no habrá piedad.
Sin dar tiempo a que el rostro del vencido palideciera de espanto, el rebelde añadió rápidamente:
―Muk-so, a ti te mataré vertiéndote aceite hirviendo en las orejas, siguiendo el método de venganza tradicional. A todos tus hijos legítimos los cocinaré vivos en agua hirviendo sin dejar a uno solo. Su carne y su caldo serán arrojados como alimento para los perros. Y con sus huesos pienso fabricar copas de vino para compartirlas con mis subordinados.
Lo dijo en un tono abarrotado de puro placer. El vencido, atónito y devastado, no pudo mover ni la punta de los dedos.
―Exagera, Gran Príncipe. Ordéneles que se quiten la vida.
Una persona dio un paso al frente ante el rebelde. Era Seung Yeol-saeng, su oficial de más confianza. Las cejas del rebelde, que lo fulminaba con la mirada, se alzaron levemente.
―¿Me pides que le otorgue a un tipo así la oportunidad de morir con honor solo porque alguna vez fue rey?
―No es por eso. Es por la relación entre el viejo tirano y el Gran Príncipe. Todo el mundo sabe muy bien qué vínculo existe entre el tirano y usted. Si el Gran Príncipe les concede una muerte atroz al tirano y a sus hijos legítimos, el pueblo le tendrá un temor extremo y lo evitará. Viéndolo a gran escala, esto no es beneficioso para usted…
―¡Cállate!
Gritó el rebelde con brusquedad.
―¡Ese viejo tirano y yo no tenemos relación alguna! ¡Ese viejo tirano me negó rotundamente! ¡¿Qué saben ustedes para meterse?! ¡¿Qué esperan para verter el aceite hirviendo en los oídos de ese tirano?!
Nadie dio un paso al frente. Y es que todos los presentes sabían perfectamente qué relación unía al viejo vencido y al joven rebelde. Si en un futuro lejano el joven rebelde llegaba a arrepentirse de lo ocurrido hoy, la primera flecha de venganza injusta volaría directamente hacia los subordinados que ejecutaran al viejo vencido.
―¡Apresúrense a ejecutar la pena!
Gritó el rebelde una vez más. Sin embargo, por mucho que alzara la voz, ni una sola persona dio un paso al frente. La comisura de los labios del rebelde se contorsionó.
―No queda más remedio.
Esbozando una sonrisa torcida, el rebelde caminó hacia el caldero sin el menor atisbo de duda.
―¡Gran Príncipe! —gritó Seung Yeol-saeng.
El rebelde ignoró el llamado y se puso los guantes. Acto seguido, llenó un embudo con aceite hirviendo y se dirigió hacia el vencido. Cada vez que una gota de aceite hirviendo caía desde el estrecho tubo del embudo, un humo blanco brotaba del suelo con un chirrido abrasador.
El vencido dijo con voz serena:
―Me quitaré la vida por mi cuenta.
―Cállate.
El rebelde lo rechazó de manera tajante.
―Tú no tienes derecho a morir con honor. Eres un perro, Muk-so. Así que muere como el perro que eres.
Sin dudarlo, el rebelde agarró con fuerza la cabellera canosa del vencido. Al instante, un alarido desgarrador se mezcló con el humo blanco que ascendía. Huuuk, aagh, haaak… Un tono destrozado, como si un compositor drogado hubiera garabateado a su antojo sobre un pentagrama, salía sin cesar de la boca del vencido. Los capilares de su rostro reventaron por completo dejándolo enrojecido, y su lengua cayó larga hasta la barbilla. Sangre brotaba a chorros de sus ojos, nariz y oídos. De las cavidades de sus orejas emergía una columna ininterrumpida de humo blanco. Antes de que el embudo se vaciara a la mitad, el viejo vencido exhaló su último aliento. El rebelde continuó vertiendo el aceite hirviendo en el oído del cadáver mientras murmuraba con tono apesadumbrado:
―¿Qué? ¿Ya te moriste?
Solo después de sacudir el embudo con fuerza hasta no dejar ni una sola gota, soltó la cabeza del cadáver. El cuerpo cayó de golpe como un fósforo usado. Mirando al cadáver como quien contempla una obra de arte, el rebelde soltó una carcajada incontenible con una expresión de burla absoluta:
―¡Jajaja! ¡¿Esto era todo?! ¡Pensar que el Rey Asesino que cobró la vida de diez millones de personas durante 55 años perece por una simple taza de aceite! ¡Por una miserable taza de aceite!
El rebelde rio y rio sin parar. Las antorchas colgadas en la pared proyectaban su sombra sobre el muro. Una sombra grotescamente enorme y densa, distorsionada por la llama, oscilaba en la pared. Ante esa gigante silueta que mostaba los dientes entre carcajadas, la gente se estremeció de pies a cabeza, como si presenciaran la aparición de un monstruo.
El Visionario, que presenciaba aquella escena, también fue presa de un presagio escalofriante: «Aquello es la aparición… no, el nacimiento de un monstruo. El nacimiento de un monstruo».
―¡¿Qué esperan?! ¡No podemos permitir que el Gran Príncipe mate con sus propias manos incluso a los hijos del tirano! ¡Si no ejecutan la pena de inmediato, seré yo quien los mate a ustedes! —gritó Seung Yeol-saeng desenfundando su espada.
Solo entonces los subordinados se movieron atolondrados y arrojaron por la fuerza a los príncipes a los calderos. Pedazos de carne flotaban en el agua hirviendo y la sangre se filtraba a borbotones. Aullidos desgarradores y un denso hedor a sangre cubrieron el gran salón. Era una estampa del mismo infierno.
El rebelde presenció la muerte de los príncipes mientras pisoteaba el cadáver del viejo vencido con un pie. Contemplando aquel infierno mientras dejaba escapar risillas de tanto en tanto, se volvió hacia Seung Yeol-saeng:
―Oye, sírveme una copa de vino. De tanto reír se me ha secado la garganta.
El rebelde sonreía abiertamente. La mirada de Seung Yeol-saeng se petrificó por completo.
El Visionario presenció muchísimas cosas.
La lucha encarnizada de los verdugos humanos por la hegemonía del continente occidental. Las cientos de masacres unilaterales provocadas por el viejo gobernante bajo el pretexto de la guerra. La joven serpiente que alguna vez limpió estiércol humano y de caballo con sus propias manos para cultivar la tierra baldía. La evolución a lo largo de 17 años de aquel joven oficial que siempre se retiraba en silencio hasta convertirse en un rebelde despiadado que ascendió al trono. Y el hombre que ayudó a la joven serpiente sumándose a la rebelión. Los tiempos teñidos de sangre que ellos mismos forjaron. Dominio y desafío. Conspiración y rebelión. Traición.
El Visionario presenció la totalidad de ese futuro.
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