Finales del siglo XXIX.
Los matorrales de cañas se extendían interminablemente, densos como un bosque profundo. Aunque ya se terminaba agosto, el viento helado soplaba disipando el calor; era un viento que llegaba del norte, desde la remota Siberia.
Esa contradicción de un viento invernal soplando en pleno verano parecía tanto un milagro como un augurio nefasto. Sin embargo, aquel helado viento siberiano era solo un fenómeno climático anómalo que ocurría en esta región en ciclos de siete años. Se decía que cuando el invierno helado irrumpía aquí en el verano, al mismo tiempo, cierto desierto de África se teñía con incontables flores. Habiendo soportado las lluvias torrenciales durante todo el invierno y guardando las semillas traídas por el viento en la primavera, brotaban para, finalmente, al llegar el verano, hacer florecer cientos de especies a la vez.
Bajo el viento de agosto, venido del norte, las hojas de caña revoloteaban al caer. El cielo nocturno estaba despejado, pero en lo más profundo del denso cañaveral, donde las cañas se apretaban unas contra otras, la oscuridad era tan absoluta como la de una gruta de estalactitas. En medio de esa densa penumbra, donde ni la luz de la luna lograba infiltrarse, varios hombres se abrían paso entre las cañas, avanzando en absoluto silencio.
A la cabeza de todos ellos, cierto hombre caminaba a paso lento y relajado. En realidad, aquel hombre poseía un terrible secreto. Sin embargo, no hay secreto perfecto en este mundo. Su verdad oculta ya era conocida por un número considerable de personas y, con el paso del tiempo, se propagaría de boca en boca aún más. A pesar de eso, no le importaba en absoluto. Conocía mejor que nadie la naturaleza frágil y efímera de los secretos: por más que se oculten con recelo, tarde o temprano terminan saliendo a la luz.
«Será más divertido si lo pregonas con tu propia boca antes de que otros lo divulguen.»
Pensó con completa indiferencia.
A cada paso, la tierra húmeda y fangosa se hundía bajo sus pies. La mayoría de los hombres avanzaba observando el entorno con cautela; solo él se movía con la desenvoltura de quien da un paseo. A diferencia de sus compañeros, no estaba dominado por el miedo.
De pronto, se detuvo. Los hombres que lo seguían congelaron sus movimientos al instante e intercambiaron miradas en la penumbra; supusieron que él había detectado alguna presencia y actuaba con prudencia, pero se equivocaban. Él solo se había distraído mirando la luna.
«Qué grande está la luna hoy.»
Esa noche, la luna se veía extraordinariamente gigante, como si se encontrará parado sobre la cumbre de una alta montaña. Lucía precaria, semejante a una joven solitaria al borde de un acantilado escarpado.
Decenas de águilas alzaron el vuelo, rasgando la luz de la luna con sus garras. Era la bandada que traían consigo los invasores. Esas feroces aves de presa descansaban de día sobre los puños de sus amos observando los alrededores, y de noche surcaban los cielos para velar por su seguridad. Llevaban casi una semana sin comer. Los invasores debieron de haber consolado a sus preciadas aves prometiéndoles que muy pronto se atiborrarían con cadáveres.
Poco después, él volvió a abrirse paso entre las cañas para continuar. Los hombres soltaron un suspiro de alivio antes de reanudar la marcha tras él. Dejó escapar una mueca burlesca en silencio. «Qué cobardes; si ya están así, ¿cómo piensan resistir lo que viene?».
Sin miramientos, apartó las cañas de un manotazo. Los hombres ahogaron un jadeo. A través del espacio abierto entre los tallos, destellaban incontables puntos de luz, tan numerosos que resultaba imposible contarlos.
Esa hilera interminable de luces parecía una descomunal serpiente de seda cuyos lomos relucían con deslumbrantes escamas. Como si a ese reptil le hubieran brotado plumas, un sinfín de estandartes flameaban con fuerza. En el cielo nocturno, las aves de presa contemplaban a la serpiente emplumada mientras lanzaban chillidos feroces.
Él contempló la marea de banderas rojas que ondeaban sin descanso y pensó: «Aquello es una mortaja. La mortaja con la que los invasores pretenden vestirnos».
Los invasores clavarían telas rojas como la sangre sobre el pecho de los cadáveres para marcar la conquista de esta tierra y reirían a carcajadas. Las aves de presa devorarían los cuerpos despedazándolos con sus afilados picos.
«Pero eso jamás ocurrirá».
Se dijo a sí mismo con absoluta firmeza. «Jamás ocurrirá que los invasores nos vistan con una mortaja. Mientras el Visionario proteja este lugar, mientras el Visionario exista aquí, semejante cosa jamás sucederá».
Las mortajas envejecerán en el olvido sin encontrar dueño. Las aves de presa, extenuadas por el hambre, terminarán por arrancarle los ojos a sus propios amos. Los invasores exhalarán su último aliento en el mismo sitio donde se encuentran ahora, y sus restos, desamparados como espinas de pescado, serán engullidos uno a uno por la tierra roja. Así, este lugar recuperará su estado original: un páramo desolado sobre el que solo vaga la soledad de la luna.
—¡Maldita sea! ¡¿Cuántos demonios son?! —gritó horrorizado el capitán Jo Yeong-hyeon.
—Cien mil —respondió él sin dudar.
—Cien mil… Por nuestro lado, la fuerza del ejército de tierra es de cincuenta mil. Y “Ryun” tiene cuarenta mil… Mmm. —El Comandante de División Yu Nan-o se sobó la barbilla mientras murmuraba para sí.
A continuación, habló la Capitana Ju Mi-yeong:
—El poder militar terrestre de la península oriental suma noventa mil, así que, si solo contamos las tropas, parece un combate igualado.
—¿Igualado? —se burló él. —Los invasores son una legión de caballería, la cual ganó fama por su fiereza en el continente occidental tras sobrevivir a una larga guerra civil. Saben lo que significa ser guerreros temibles, ¿verdad? Tipos considerados letales en el continente equivalen, según los estándares de nuestra península oriental, a hombres con el poder de combate de quinientos soldados.
Hizo una pausa y señaló con la barbilla más allá de las luces.
—Y lo más importante: detrás de ellos hay otro gran ejército de novecientos mil hombres. Aunque por un milagro masacremos a esta vanguardia de cien mil, en cuanto lleguen los novecientos mil refuerzos, se acabó el juego. Hay que hacer que renuncien y se retiren por cuenta propia; no debemos entablar una guerra a la ligera. De hecho, ni siquiera ellos desean llegar al conflicto armado. Buscan una conquista sin derramamiento de sangre; es decir, quieren que los gobernantes de la península oriental les entreguen esta tierra como colonia por su propia voluntad. Están esperando justo eso.
Un silencio sepulcral se apoderó del lugar.
—Observen bien.
Desenvainó su espada larga y comenzó a trazar la formación sobre el suelo. El filo dibujó con fluidez una formación compleja y detallada sobre la tierra roja antes de detenerse.
—Actualmente están desplegados en una formación de serpiente larga. El Comandante Yu Nan-o atacará por sorpresa este punto mañana a las tres de la madrugada.
Apuntó con la punta de la espada a un lugar exacto del mapa improvisado.
—Es la primera unidad de vanguardia del enemigo. En total son cuatrocientos hombres. Comandante Yu, mate a la mitad de los objetivos y capture a la otra mitad con vida para traerlos al campamento principal. Está a solo cinco kilómetros a la izquierda desde aquí.
Los hombres lo miraban desconcertados. A decir verdad, desde hacía un rato dudaban de su salud mental.
Como los invasores habían irrumpido de manera tan repentina, de este lado ni siquiera habían tenido tiempo de infiltrar espías en el campamento enemigo. En otras palabras, no contaban con ningún tipo de información sobre el ejército invasor. Sin embargo, aquel hombre no solo dibujaba con detalle la formación enemiga como si la hubiera inspeccionado en persona, sino que además señalaba con precisión quirúrgica la ubicación de la primera vanguardia.
Él sostuvo la mirada de los hombres. Eran 574 en total. Los sujetos más despiadados que lograron sobrevivir tras superar cinco años de una feroz competencia en la mejor academia de asesinos oficiales del país; además, eran sus propios compañeros de promoción. Trágicamente, ellos eran los únicos perros de pelea que esta tierra podía desplegar frente a los invasores.
Un millón contra 574. Era un juego desesperado. Sin embargo, ser el más fuerte no garantiza ganar la batalla. Nadie sabe el resultado hasta que todo termina. Lo mejor es no luchar en absoluto, pero una vez que empiezas, debes ganar a toda costa. Esa es la ley del combate.
Llegados a este punto, él finalmente tomó una decisión inhumana. La mejor defensa es un buen ataque; por lo tanto, a partir de este momento, de este lado responderían a los invasores sin reparar en medios.
—Todos tienen familia, ¿verdad? —dijo, sosteniendo la mirada a los hombres. —Yo también tengo familia. Un hermano lactante recién nacido y mis padres. El Comandante de División Yu tiene a su anciano padre. El Capitán Jo tiene a su madre viuda y a su hermana casada, ¿no es así? Aprovecho para dejárselos bien claro: si el enemigo nos invade, todos morirán. Sus padres serán decapitados y sus hermanas, violadas. Toda esta tragedia es algo que ocurrirá en cuestión de días.
Un denso silencio se apoderó del lugar.
—¿Quieren protegerlos, verdad? —Su voz era tan suave como una bufanda de seda. —Quieren proteger a sus familias, ¿cierto? Pero les carcome la locura al saber que es algo imposible de lograr, ¿no? Aun así, ¿quieren proteger a los suyos cueste lo que cueste?
La bufanda, que había volado en ondas para envolverse con suavidad alrededor de los cuellos de los hombres, se transformó en cuestión de un instante en una soga. La cuerda apretó sus gargantas con la fuerza firme de una serpiente que se enrosca en su presa para estrangularla hasta dejarla sin aliento.
—Todos lo saben: nadie vendrá a proteger a sus familias por ustedes. Los únicos que pueden proteger a sus familias son ustedes mismos. ¿Tienen miedo? Si tienen miedo, márchense de aquí de inmediato. En este lugar solo deben quedarse aquellos que estén dispuestos a renunciar a su condición humana.
Impregnó su voz con una fuerza despiadada. La cuerda que estrangulaba a los hombres apretó con una presión aún más feroz.
—Así es. En situaciones tan desesperadas como esta, la gente suele esperar un milagro. Pero, lamentablemente, los milagros son una fantasía estúpida que solo aparecen en novelas o películas. Los invasores son muchos y nosotros somos pocos. Esta es la realidad y solo hay una forma en que la minoría venza a la mayoría: que una sola persona mate a la mayor cantidad posible de enemigos. En pocas palabras, debemos masacrarlos.
La voz que soltaba esta declaración extremadamente desalmada sonaba sumamente serena y apacible.
—Para expulsarlos, tenemos que convertirnos en carniceros. Debemos transformarnos en verdugos humanos que no vean a los invasores como personas, sino como cerdos y perros. Para un verdugo, las emociones humanas son innecesarias. Como es natural, un ser humano que ha desechado sus emociones no se diferencia en nada de un muerto. Si no quieren convertirse en muertos, márchense mientras cuento hasta diez. A los que se queden, los consideraré muertos. Uno, dos, tres.
Nadie se movió.
—Cuatro, cinco, seis.
Seguía sin haber una sola persona que se fuera. Y es que todos se estaban muriendo. Bajo la soga que había tomado la forma de su voz, sofocados por esa fuerza que les cortaba la respiración, los quinientos setenta y cuatro hombres se iban convirtiendo gradualmente en cadáveres. Ese era, precisamente, el resultado que él deseaba.
—Siete, ocho, nueve.
Su primera masacre concluyó con éxito. Hasta el final, no hubo ni una sola persona que se marchara. Todos eligieron, tal como él quería, convertirse en muertos.
—De ahora en adelante, somos hermanos. A partir de hoy, caminaremos juntos por un sendero arduo, pero glorioso.
Sonrió frente a los muertos.
De inmediato, aclaró su voz y comenzó a pronunciar un elocuente discurso. Hasta hacía apenas dos meses, en la academia de asesinos más prestigiosa del país donde se había formado, instructores y compañeros por igual lo reconocían como el mejor orador. Esta vez tampoco dudó en desplegar su talento, dejando fluir sus palabras persuasivas. Su voz, dotada de una capacidad de convicción única, resplandeció más que nunca. Palabras como patria, nación y patriotismo brotaban de su boca a intervalos de pocos segundos.
No pasó mucho tiempo antes de que se escucharan leves sollozos por doquier. Incluso hubo quienes, incapaces de contener las abrumadoras emociones que surgían desde lo más profundo de su pecho, comenzaron a derramar lágrimas a mares. Ante la apasionada reacción de sus compañeros, a él lo asaltó de pronto un pensamiento descabellado: «Siento que me he convertido en el peor villano sobre la faz de la tierra».
A lo largo de la historia de la humanidad, ¡cuántos villanos habrán invocado conceptos como patria, nación y patriotismo como herramientas de agitación para embaucar y controlar a las masas! Adolf Hitler, Joseph Stalin, Nicolae Ceaușescu.
Sin embargo, todo es un arma de doble filo. En situaciones extremadamente desfavorables donde hay que arremeter como un huevo contra una roca, incontables precedentes de la historia humana demuestran que la patria, la nación y el patriotismo funcionan como las herramientas más efectivas para unificar a los individuos en una sola organización. La situación a la que se enfrentaban él y sus compañeros pertenecía con certeza a esta última categoría; sin embargo, en ese preciso instante, lo que cruzó de manera insólita por su mente fue la historia de aventuras de cierto muñeco de madera mentiroso: la historia de Pinocho, quien tras un accidentado viaje terminó convirtiéndose en un niño de verdad.
«Que un monstruo como yo se atreva a pronunciar la palabra patriotismo es algo sumamente peligroso. El muñeco de madera mentiroso tuvo un final feliz al convertirse en persona, pero ¿acaso ocurrirá un milagro similar para un monstruo de nacimiento como yo? ¿O no terminaré más bien transformándome en un monstruo irremediable que camina directo hacia lo peor?»
Mientras esos complejos pensamientos cruzaban por su cabeza, su boca continuó pronunciando el discurso sin un solo tropiezo.
—¡Patriotismo! ¡Patria! ¡Nación! ¡Esas son nuestras únicas convicciones! ¡Somos seres efímeros! ¡Somos muertos vivientes! ¡Somos verdugos carniceros! Sí, entiendo perfectamente lo que sienten. Les parecerá una injusticia haber nacido como perros de pelea precisamente en medio de este caos. ¡Pero no hay opción! Los invasores ya nos han definido como un país enemigo. Para hacer frente a esos invasores abrumadoramente poderosos, debemos unificarnos como nación. ¡El patriotismo es nuestra armadura y nuestras espadas!
Exclamó con voz ferviente.
—¡Sin dar más rodeos, hagamos de entrañas nuestros corazones y seamos patriotas con fervor al menos hasta que expulsemos a los invasores! No se preocupen, ¡podemos derrotar a esas serpientes! ¡No duden, confíen! ¡Este es nuestro destino! ¡No existen los milagros, pero sí existe el destino! ¡Un destino mucho más sorprendente que cualquier milagro! ¡Un destino inimaginable y asombroso los está esperando! ¿No les da curiosidad saber cómo es que yo conozco este destino tan sorprendente?
Ante aquel repentino sermón sobre el destino, los sollozos se acallaron como si nada hubiera pasado. Los compañeros miraron a su líder con rostros desconcertados. Aunque la atmósfera se enfrió bruscamente como si les hubieran arrojado un balde de agua helada, él no se inmutó en lo absoluto.
—Hace un momento, todos ustedes debieron haber dado por sentado en su interior lo siguiente: “Nos quedan pocos días de vida. Pronto moriremos masacrados luchando contra el enemigo en la batalla de la frontera. Nos trajiste hasta aquí para usarnos como carne de cañón”. ¿Me equivoco? Pero sus suposiciones son erróneas. Ustedes no van a morir. Ese es su verdadero destino.
Su tono de voz, mezclado con una risilla, era tan afectuoso como el murmullo de un enamorado.
—A continuación les explicaré cómo es que conozco su destino. A decir verdad… tengo un terrible secreto. Yo soy el representante de Dios. Dios me ha nombrado Su representante en este mundo. En otras palabras, lo que les dije hace un momento son palabras que escuché directamente de nuestro grandioso Dios. Dios me ha enviado una revelación: que mediante ustedes expulsará a las serpientes.
—¿Dios…? Eso no puede ser…
—Es imposible. ¿Cómo podría Dios…?
Los compañeros murmuraron entre sí incapaces de ocultar su asombro. La única persona serena era el Comandante de División Yu Nan-o, quien ya conocía su secreto. Él sonrió.
—Así es. Dios me lo dijo directamente a mí. Me reveló con detalle las formaciones enemigas y me dictó los planes operativos. Me dijo que me ha tomado como Su representante para dirigirlos a ustedes de aquí en adelante.
Un silencio sepulcral descendió de nuevo. Absolutamente todos los compañeros que lo miraban tenían rostros de quienes han perdido el habla.
Dios.
El gobernante que durante más de 40 años había teñido esa tierra de sangre, oculto en un enorme palacio. Un anciano despiadado que masacraba sin piedad a rivales políticos y rebeldes, e incluso llegaba a degollar a sus propios parientes. Un tirano. Un demente.
Se habían extendido multitud de siniestros rumores sobre aquel “Dios” recientemente. Los hombres presentes en este lugar también conocían esos rumores. Si lo que decían los rumores era cierto, su líder era, sin lugar a dudas, un loco desquiciado.
—Nosotros expulsaremos a las serpientes y protegeremos a nuestras familias. Ese es el destino que Dios nos ha prometido. Por lo tanto, de aquí en adelante deberán seguir mis órdenes incondicionalmente. Porque yo soy quien habla directamente con Dios y les transmite Su revelación.
Ante aquellas palabras, la gran mayoría de sus compañeros quedó envuelta en una duda todavía más profunda. «¿Acaso nuestro líder habrá enloquecido, consumido por el terror? De no ser así, ¿cómo demonios podría decir semejante locura?».
Él volvió a hablar con absoluta serenidad:
—Por lo tanto, júrenme su obediencia.
Los hombres continuaban petrificados, con expresiones de desconcierto. Al recorrerlos con la mirada, una sonrisa de imperiosa arrogancia afloró de pronto en sus rasgados y despiadados ojos:
—Si lo juran, les enseñaré la forma de seguir con vida.
A finales del siglo XXIX, reinaba un monarca en Extremo Oriente. Tal como rezaba aquel antiguo dicho de que la política es el terreno de los malvados y que ser político es una profesión para el ruin, él también era un villano. En esa era donde los países del mundo; que alguna vez llegaron a ser doscientos treinta y siete, se habían reducido a noventa y ocho, y la región de Extremo Oriente agonizaba por el agotamiento de recursos y el clima anómalo, toda clase de carniceros humanos provocaban tempestades de sangre codiciando el trono del supremo soberano, autoproclamándose reyes y rebeldes, dictadores y revolucionarios, amos y desafiantes. Sin embargo, entre ese sinfín de malvados, él destacaba como una figura excepcionalmente única. Por un lado, lo veneraban como a un Dios; por el otro, lo despreciaban tachándolo de líder sectario; mientras que otros tantos lo denigraban calificándolo de estafador.
Aunque las evaluaciones sobre su persona brotaban por doquier, nadie cuestionaba el hecho de que era una existencia fuera de lo común. No se debía a que sus atrocidades superaran con creces las de sus competidores del mismo gremio; por supuesto, él tampoco dudó en asesinar a su propio padre, así como en cometer violaciones, homicidios y toda clase de actos perversos siempre que la necesidad lo exigía. Sin embargo, esa no era la razón por la que sobresalía de forma tan singular entre la multitud de villanos.
Poseía una capacidad sobrehumana. Una facultad tan sobresaliente que reducía instantáneamente a los villanos que compartían su era a la categoría de vulgares mortales: la precognición.
Él era un Visionario. Un hombre capaz de vislumbrar el futuro y moldear el destino a su antojo. Su nombre era Lee Hwa.
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