Shen Yu no dijo nada. Se quedó mirando fijamente, como si estuviera petrificado por el miedo.
La temperatura en la estancia era gélida, como si hubiera pasado una ráfaga de viento invernal. La persona arrodillada en el suelo mantenía la cabeza baja con desesperación, haciendo un esfuerzo supremo para no perder la compostura allí mismo.
Shang Junlin lo miró en silencio. La sombra en sus ojos se volvía cada vez más densa.
Una presión opresiva caía sobre su cuerpo, instándolo silenciosamente a acercarse. Shen Yu dio dos pasos hacia delante y se detuvo a pocos pasos del charco de sangre.
Podía sentir aquella mirada intensísima fija en él. En el estudio, la presión era tan baja que si Shen Yu hubiera tenido un poco menos de valor, probablemente se habría derrumbado en el acto.
—Mancharé mi ropa, Majestad. ¿Por qué no viene usted hacia mí?
El hombre que estaba a punto de estallar se quedó paralizado. La presión a su alrededor se congeló. Incluso el hombre arrodillado a un lado no pudo evitar levantar la cabeza.
Shang Junlin lanzó una mirada indiferente, y aquel, aterrorizado, bajó la cabeza al instante, sin osar seguir provocándolo.
—Ja —Shang Junlin soltó de repente una risa—. Vaya valor que tienes.
Una mirada casi tangible cayó sobre él. Shen Yu no se desvió, sino que se encontró con ella. Sus miradas se cruzaron. Shen Yu no lograba adivinar lo que Shang Junlin pensaba, pero percibió que su estado de ánimo parecía haber mejorado.
Arrojó el pañuelo con que se había limpiado las manos al charco de sangre; el blanco se tiñó de rojo al instante. Shang Junlin ni siquiera lo miró y se dirigió a grandes zancadas hacia Shen Yu.
Shen Yu se quedó quieto, viendo cómo el emperador de negro avanzaba hacia él. A cada paso que daba, la ferocidad de su semblante se disipaba un poco.
Cuando llegó frente a él, la imponente presencia del emperador de negro se había atenuado por completo.
Shen Yu alzó la cesta de comida que llevaba:
—Traje una sopa para su Majestad. ¿Desea tomarla?
Sin preguntar ni una sola palabra sobre por qué el estudio presentaba aquel aspecto.
—¿No tienes miedo? —preguntó Shang Junlin con interés.
No había el menor rastro de miedo en el rostro de Shen Yu. Era como si aquel suelo ensangrentado no existiera para él. Según lo que Shang Junlin sabía, Shen Yu jamás debería haber presenciado una escena así.
La mirada inquisitiva recayó en su rostro. Shen Yu no inmutó su expresión. Claro que no iba a tener miedo. En su vida anterior, las escenas sangrientas de las que él había sido responsable eran mucho más crueles que aquella.
Shen Yu desvió la mirada hacia la persona tendida en el charco de sangre y luego, lentamente, hacia la que seguía arrodillada. Finalmente, sus ojos volvieron al rostro del hombre que tenía delante.
El hombre era casi una cabeza más alto que Shen Yu. Estaban tan cerca que Shen Yu tenía que levantar la cabeza para ver su cara.
—Si ha ofendido a Su Majestad —dijo Shen Yu, mirando fijamente a los ojos de Shang Junlin, palabra por palabra—, cualquier castigo que reciba es su merecido.
Las pupilas de Shang Junlin se contrajeron imperceptiblemente. Alzó la mano y le sujetó la barbilla:
—Nunca imaginé que mi Noble Consorte me fuera tan leal.
La voz del hombre era tranquila, sin el menor atisbo de alegría. Shen Yu, que no había dejado de observar su rostro, no perdió ni un instante de cambio en su expresión.
—Majestad —Shen Yu alargó la mano y cogió la que le sujetaba la barbilla, con un deje significativo—, soy de Su Majestad. Es natural que todo lo que haga sea por lealtad a Su Majestad.
—Más te vale recordar siempre tus palabras —Shang Junlin soltó la mano y su expresión se volvió más afable—. ¿No decías que me habías traído sopa? Deja que este emperador pruebe las habilidades de mi Noble Consorte.
Shen Yu sintió que la cesta de comida se aligeraba en sus manos; Shang Junlin la había tomado. Un instante después, una mano cálida y fuerte sujetó la suya.
Shang Junlin lo condujo de la mano, rodeando el charco de sangre, y lo sentó frente a la mesa del trono.
Sin ordenar nada a los sirvientes, Shang Junlin abrió la cesta con sus propias manos. Al instante, el aroma de la comida se expandió, haciendolo salivar.
Solo que…
Ese aroma, mezclado con el inconfundible olor a sangre, resultaba extraño, indescriptible.
Shen Yu lanzó una mirada hacia abajo. Sin órdenes de Shang Junlin, nadie se atrevía a moverse. Al ver que Shang Junlin se disponía a beber la sopa directamente, Shen Yu tiró ligeramente de su manga.
—¿Qué? ¿Mi Noble Consorte siente miedo ahora, después de tanto?
El rostro del hombre quedaba oculto tras el vapor humeante, difícil de distinguir.
—No es eso —dijo Shen Yu, tras una breve pausa—. ¿No le parece a Su Majestad que comer en un entorno así da bastante asco?
En ciertos aspectos, Shen Yu tenía una obsesión muy extraña. Por ejemplo, al comer, no soportaba que hubiera nada desagradable a la vista.
En cuanto a las personas arrodilladas y la que yacía en el charco de sangre, Shen Yu no sentía curiosidad por saber cómo habían ofendido a Shang Junlin.
El Shang Junlin de aquel entonces no era aún el tirano sanguinario de años después, que mataba a inocentes. Sus actos tenían una razón, y Shen Yu no pensaba entrometerse en los asuntos de la corte.
Shang Junlin, que había notado el fugaz gesto de repugnancia en el rostro de Shen Yu, detuvo su movimiento un instante, dejó el cuenco sobre la mesa y dijo con tono indiferente:
—Meng Chang.
La puerta del estudio se abrió con un chirrido, y la cálida luz del exterior entró. El eunuco Meng entró acompañado por varios hombres vestidos con uniformes negros.
Todos esos hombres llevaban máscaras que les cubrían el rostro, dejando solo los ojos al descubierto. Shen Yu nunca había visto a nadie ataviado así, y los observó con curiosidad.
Eran ágiles y rápidos, pasaban casi desapercibidos. En menos de un cuarto de hora, el estudio había recuperado su aspecto habitual. Incluso a la persona arrodillada la sacaron con la boca tapada, sin que hiciera el menor ruido. Por lo diestros que eran, no era la primera vez que hacían algo así.
—Estos son los Guardias del Dragón Oculto.
La voz que sonó de repente trajo a Shen Yu de vuelta a la realidad. Al reaccionar, descubrió que el emperador de negro lo observaba con una expresión que no lograba descifrar.
Los Guardias del Dragón Oculto. Shen Yu había oído hablar en su vida anterior de la existencia de ese cuerpo de guardias secretos. Era la espada más afilada en manos de la familia real, y también la facción más leal. Nadie excepto el emperador en curso podía darles órdenes.
Shen Yu había tratado con ellos en su vida anterior y conocía bien el terror que infundían. Eran sin duda un enemigo temible.
Shang Junyue había sufrido no sé cuántas pérdidas a manos de ellos.
En esta vida, no debería enfrentarse a ellos…
—Ya está limpio. ¿Ahora podemos comer?
Sin esperar a que Shen Yu dijera nada, Shang Junlin ya había apartado la mirada, tomó el cuenco y dio un sorbo. En un lugar donde nadie miraba, asomó en sus labios una leve sonrisa.
Shen Yu acompañó a Shang Junlin a terminar la comida y, una vez que hubo dejado clara su presencia, se retiró.
Durante toda la tarde, Shang Junlin estuvo visiblemente más alegre.
Poco después, llegaron las recompensas del emperador: toda clase de tesoros a raudales que entraban en el Palacio Yuzhang. Y la noticia, con el consentimiento de Shang Junlin, se difundió al exterior.
Tal como Shen Yu había previsto, al cabo de una tarde, la noticia de su gran favor se había extendido de nuevo. Lo que realmente había ocurrido en el estudio imperial, en cambio, a casi nadie le importaba. En palacio moría gente cada cierto tiempo, y ya lo habían asumido: al principio temblaban, pero ahora lo veían como algo habitual.
El poder y el dinero eran, sin duda, emocionantes. Con Shen Yu como ejemplo tan brillante, quienes albergaban segundas intenciones ya no podían contenerse. Si lograban su propósito, se abriría ante ellos un camino directo al cielo.
En la mansión del duque de Zhao.
El duque de Zhao reunió a sus hijos y a sus hombres de confianza en el estudio para deliberar.
—Padre, esta es una oportunidad —dijo el segundo hijo del duque—. Ahora mismo en el harén solo hay una persona, y encima es un hombre que no puede tener hijos. Si una muchacha de nuestra familia entra al palacio y da a luz un hijo o una hija, quién sabe si en el futuro… —señaló hacia el cielo, y lo que no dijo quedó implícito en su gesto.
—El segundo joven tiene toda la razón —secundó uno de los hombres de confianza—. Hay que hacerlo cuanto antes, mejor si nos adelantamos a los demás.
—Hay que planearlo al detalle —opinó el duque de Zhao—. No podemos enfadar a Su Majestad con esto, o sería contraproducente.
Diálogos similares se repetían en muchas mansiones de altos funcionarios y nobles. Antes de Shen Yu, Shang Junlin jamás había dado su brazo a torcer en lo relativo al harén. Quienes quisieran enviar a sus muchachas al palacio no habían tenido oportunidad. Pero ahora era diferente. Una vez probado el fruto, seguro que Su Majestad ya no rechazaría la entrada de nuevas bellezas en el harén.
Con tal de ganarse el favor del emperador cuanto antes, algunas familias incluso preparaban a jóvenes apuestos. Si Su Majestad se había interesado por el Noble Consorte Shen, tal vez también se interesaría por otros hombres.
Aquellos tumultos, dentro y fuera del palacio, no afectaban a Shen Yu. Pero después de dormir, supo lo que realmente había ocurrido aquel día en el estudio.
Alguien había metido las manos en el palacio, queriendo aprovechar la información que obtenía para su propio beneficio. Shang Junlin, harto de andar con rodeos, ordenó matarlo directamente.
Shang Junlin actuó con rapidez fulminante, sin dar oportunidad a nadie. Siguió las pistas hasta dar con los implicados y, sin mediar palabra, los mandó encarcelar.
Salvo unos pocos que atisbaron la verdad, la mayoría ignoraba lo ocurrido. Al ver que Shang Junlin arremetía de repente contra una familia de buena reputación, sintieron pavor y también un escalofrío de desazón.
Quienes tenían amistad con esa familia suplicaron clemencia durante la audiencia matutina. El joven emperador los observaba con frialdad, sin pronunciar una sola palabra.
—Majestad —dijo uno—, el censor Zhang (*) siempre ha sido recto e intachable. Suplicamos a Su Majestad que le conceda una oportunidad.
(*) Nota: Censor Zhang: En la antigua China, un censor (yushi) era un funcionario gubernamental de alto rango encargado de supervisar a la burocracia, investigar la corrupción y criticar los errores morales o políticos de otros funcionarios e incluso del propio emperador.
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—Suplicamos a Su Majestad que le conceda una oportunidad.
—Si todos opinan que el censor Zhang no tiene culpa, ¿acaso creen que el culpable soy yo?
—¡Jamás, Majestad!
—Yo creo que son muy capaces. Quien vuelva a interceder, irá a la cárcel a hacerle compañía al censor Zhang. Seguro que él agradecerá su solidaridad entre colegas.
Tan pronto como pronunció estas palabras, el salón se sumió en un silencio sepulcral. Algunos de los que habían suplicado comenzaron a echarse atrás. Los ministros sabían bien que el emperador no bromeaba al decir aquello. Si alguien seguía suplicando, acabaría directamente en la cárcel. No era la primera ni la segunda vez que ocurría.
Unos cuantos intercambiaron miradas, dieron un paso al frente y se dispusieron a no retroceder.
Shen Yu se enteró de todo al día siguiente. Debido al mal humor del emperador, en el palacio reinaba el miedo; cada cual temía por su suerte. En el Palacio Yuzhang, el ambiente también estaba algo apagado.
—Joven maestro… —Mu Xi mostraba preocupación en su rostro. Ella estaba muy cerca de su señor y conocía mejor que los sirvientes algunos pormenores. Fuera decían que Shen Yu era muy favorecido, pero ella sabía que no era exactamente así.
—¿De verdad encarcelaron a esos tres señores por interceder? —preguntó Shen Yu mientras jugaba con un collar de cuentas.
—Sí. Antes de que terminara la audiencia matutina, Su Majestad ordenó que los sacaran a rastras.
Shen Yu guardó silencio. Lo del censor Zhang ya había ocurrido en su vida anterior, aunque entonces fue más tarde.
El censor Zhang, pese a su aparente honestidad, hacía en secreto muchas cosas: vendía cargos oficiales, usurpaba tierras de cultivo, consentía que su hijo cometiera atropellos… Pero como sabía ocultarse bien y limpiaba sus huellas, casi nadie lo sabía.
Shang Junlin había apresado a ese hombre, pero no hizo públicos sus crímenes, dejando que los demás pensaran lo que quisieran. ¿Acaso realmente lo ignoraba, o…?
Shen Yu tomó un calentador de agua entre sus manos y se levantó:
—Vamos a dar un paseo.
Mu Xi le colocó la capa sobre los hombros. Salieron del Palacio Yuzhang con unos pocos sirvientes.
—¿Tú también quieres subir a la rama y volverte fénix? ¡Mírate, a ver qué pinta tienes!
—Ay, ay, vistiéndote así, ¿a quién pretendes seducir?
—Mucho pavonearte, pero a tu señor ya lo han metido en la cárcel, ¿de qué te vanaglorias?
Provenían gritos no muy lejanos. Un sirviente quiso acercarse a reprenderlos, pero Shen Yu lo detuvo.
El lugar donde se hallaba Shen Yu era un recodo, y desde allí podía ver perfectamente la escena.
Varios sirvientes rodeaban a una muchacha vestida con ropas finas, a quien pateaban, golpeaban e insultaban con saña. La muchacha, con la cabeza baja y el rostro oculto por los cabellos, mantenía las manos apretadas a los costados, soportando en silencio la maldad que la rodeaba.
Shen Yu hizo un pequeño ruido a propósito. Al instante, él y su séquito fueron descubiertos. Los sirvientes se arrodillaron rápidamente para saludarlo. Cuando Shen Yu se acercó, una ráfaga de viento apartó los cabellos de la muchacha, dejando su rostro al descubierto. Shen Yu se detuvo.
Los rasgos de aquella muchacha se parecían en tres décimas a los suyos.
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