「 Capítulo 1 」

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Xie Yilu se despertó de golpe. Fue como si alguien le hubiera pisado con fuerza en la oscuridad o como si una bocanada de aire le hubiera oprimido el pecho sin dejarlo respirar bien. Acompañado por el ardor del licor en la garganta, al abrir los ojos vio el desorden de copas y platos. El tazón de fideos shuihua que había pedido antes de caer muerto borracho, al alargar la mano y tocarlo, ya estaba frío. Se tapó la boca y tuvo dos arcadas secas. “Crack”, a su derecha sonó un ruido crujiente. “Crack”, luego otro más. Era alguien partiendo semillas de melón con los dientes.

—Aiya, Señor Liu… —Desde el lado opuesto, en diagonal, llegaba la risa juguetona de un joven que afinaba la voz artificialmente; era melosa y lánguida, a veces tensa a veces lenta, con un dejo bastante libertino.

Xie Yilu lanzó una mirada a la derecha. En la luz grisácea del amanecer, bajo la luz de una vela a punto de consumirse, apareció un brazo como un segmento de raíz de loto, con un brazalete de oro. Un rostro empolvado del tamaño de una palma, el cabello recogido en un peinado floral, con una enorme peonía blanca que pesaba tanto que había torcido incluso el moño.

Él miraba a esa persona, y esa persona también se volvió para mirarlo a él. Unos ojos grandes como ondas de agua, cejas largas y finas como ramas de sauce; unos delgados labios cubiertos de carmín se movieron y esbozaron una sonrisa: —¿Despierto?

El tono no era muy respetuoso, más bien contenía cierta intimidad familiar. Xie Yilu movió la cabeza asintiendo: —¿Qué hora es?

—Va a ser wugeng1 pronto— dijo el joven vestido de mujer sin prisa, pero sin pausa, usando el dialecto de Nanjing que era mitad sureño mitad norteño. Mientras hablaba partía ruidosamente las semillas de melón con los dientes. —El señor ministro se retiró primero.

Xie Yilu siguió la dirección de su meñique ligeramente levantado y recorrió con la mirada el banquete. Unos inclinados, otros desplomados. Había uno o dos despiertos, pero también estaban abrazando a jóvenes de compañía en actitudes melosas, con los botones de la ropa desabrochados, acercando sus bocas a sus caras y llamándolos a cada instante “corazón mío”.

—¿Hay agua?— Xie Yilu apartó el rostro.

El muchacho abrió la mano y un puñado de semillas de melón negras cayó al borde de la mesa. —¡Oh! Salimos a divertirnos, hay vino no agua,—se enderezó y observó a Xie Yilu con curiosidad. —Dicen que te han degradado y enviado desde Beijing.

Xie Yilu desdeñó entablar conversación con él. 

—Con el vino está bien.

—¿Ofendiste a alguien?— El joven tomó la jarra de vino y sirvió dos copas con poco líquido, y las colocó algo lejos. —Juguemos una ronda, si ganas te daré de beber.

Xie Yilu se sintió algo irritado. Se levantó para tomar ese vino, pero el joven aprovechó para reclinarse en el hueco de su brazo, haciendo que todo su cuerpo se hundiera en el suyo. Esto era lo que el refrán llama deuda galante, pero Xie Yilu no podía permitírselo. Era un recién llegado y no quería causar problemas en el campo de los placeres. Así que preguntó con indiferencia: —¿Qué juego?

—El juego de beber de Nanjing, tú no lo sabes—, el joven percibió su disgusto, pero fingió no hacerlo, apoyándose contra él tan suave como si no tuviera huesos. Xie Yilu temió no poder sostenerlo, así que giró la mano. Al girar la mano, el otro descaradamente reclinó su cabeza en su palma, frotando una y otra vez el esponjoso cabello en sus sienes y sus suaves mejillas. —Pero el juego de beber de Beijing, yo no lo sé…

Lo miró con un par de ojos ardientes, mirándolo hasta que se sintió algo desconcertado: —Este Xie es solo un oficial de sexto rango, ¿por qué tienes que… enredarte conmigo?

El muchacho dijo en voz baja: —Me parece que eres guapo, ¿no está permitido?

El rostro de Xie Yilu se enrojeció al instante. En los círculos oficiales de Beijing también había entretenimiento, en los banquetes también se llamaba a jóvenes de compañía, pero en el Callejón Lianzi no había jóvenes de compañía tan atrevidos. Decir que era caprichoso era en realidad ser descarado; decir que era descarado, sin embargo, no resultaba desagradable: —¡Has traspasado los límites!

El joven soltó una risita: —Buen Gege—, se pegó subiendo a lo largo del rígido brazo de Xie Yilu. —Nanjing es un lugar donde se funde el oro, no hay razón ni reglas—. Se acercaba cada vez más, tan cerca que casi rozaba la comisura de los labios de Xie Yilu. —En este lugar solo circulan cuatro palabras—, hizo una pausa, con voz tenue, soplando aire caliente entre esos labios y dientes —Vino, lujuria, riqueza, furia…

Este rostro era delicado y astuto, no difería en lo más mínimo del de una bella doncella. Xie Yilu vaciló un momento, retiró su mano con brusquedad, se levantó tambaleándose, apartó la silla de un golpe y caminó hacia la puerta. La puerta tallada estaba firmemente cerrada. La alzó con la mano y la empujó, el viento frío y cortante del inicio de la primavera le azotó el rostro.

La media luna aún colgaba en el rincón del alero. Desde el árbol wutong llegaba el arrullo de un pájaro. Xie Yilu, con la mano hacia atrás, cerró de un empujón la hoja de la puerta a sus espaldas. Al girar la cabeza, vio en el corredor izquierdo una silueta solitaria sentada de perfil, delgada y erguida que reconoció: —¿Señor Qu?

La figura humana se levantó. Su gran túnica de cuello redondo se balanceó con la suave brisa: —Señor Xie.

Esa persona sostenía un abanico y salió lentamente desde la oscuridad del corredor. La luz de la luna iluminó primero una nueva y sencilla faja de plata ceñida a su cintura, luego el buzi bordado en su pecho con una garza real de sexto rango, y finalmente un rostro juvenil y heroico.

Qu Feng, de nombre de cortesía Simu, en esta ocasión había sido transferido junto con Xie Yilu al Ministerio de Guerra de Nanjing, también como oficial de sexto rango: —¿Acabas de despertar?

Los dos no eran cercanos; acababan de hablar por primera vez en el banquete de bienvenida. Qu Feng ahora, sin embargo, conversaba con él en un lenguaje coloquial. Xie Yilu se sintió algo sorprendido, pero no fue ceremonioso: —No aguanto bien el alcohol.

Qu Feng sonrió, radiante, mostrando dos pequeños colmillos a izquierda y derecha, que lo hacían parecer infantil: —Practica. Nanjing no es como Beijing, aquí la resistencia al alcohol es la primera carta de presentación.

Una ráfaga de viento del oeste sopló, empujando densas nubes que ocultaron la luna. Las ramas de pino crujieron. Probablemente por haber bebido, Xie Yilu actuó con familiaridad hasta rozar la imprudencia: —¿Por qué no estás sentado dentro?

Qu Feng, sin embargo, no se ofendió y frunció los labios con franqueza: —Allí dentro—, puso los ojos en blanco, —No se puede permanecer.

Parecían ser del mismo tipo de personas. Xie Yilu dio un paso al frente y se colocó a su lado: —Por tú acento, ¿eres local?

—Soy de la Prefectura de Yingtian. Originalmente estaba en el Ministerio de Ritos, como oficial principal de la Oficina de Sacrificios. Esta vez se considera un traslado lateral.

Él tenía un cierto aire que Xie Yilu captó en dos o tres palabras: el aire natural y despreocupado de un joven maestro: —Del Ministerio de Ritos al Ministerio de Guerra, se considera ascender un paso.

Los ojos de Qu Feng eran muy hermosos, largos y estrechos, con las puntas exteriores ligeramente levantadas. Con esos ojos, observó a Xie Yilu: —Del Censorado de Beijing al Ministerio de Guerra de Nanjing, hermano Xie, eso es descender un paso.

Xie Yilu guardó silencio.

—¿He oído que ofendiste a un eunuco poderoso (3)?

Xie Yilu extendió el dedo índice de su mano izquierda y señaló hacia el cielo: —Ofendí al Ancestro que sostiene el sello de la Dirección de Ritos.

Qu Feng, intrigado, abrió su abanico plegable con un shua en el frío aire de principios de primavera: —¿Qué pasó?

—Soy del grupo de examinados de la lista Jiashen. Esta lista de aprobados fue designada personalmente por él. Mientras todos los demás fueron a agradecer el favor, yo no fui.

Qu Feng levantó una ceja con gran admiración. Su mirada, al volverse hacia él, brillaba como estrellas: —Tienes agallas.

Xie Yilu se apresuró a negar con la mano: —No puedo compararme con ustedes los de Nanjing, dónde hasta los jóvenes de compañía que sirven el vino son totalmente desenfrenados.

—¿De los de aquí dentro?— Qu Feng, perplejo, señaló la puerta tallada con el mango del abanico. —¿Cuál?— Pensó un momento y de repente comprendió: —El que mencionas, ¿no será el que lleva la peonía, verdad?

Xie Yilu no esperaba que acertara de inmediato. Y Qu Feng, por su parte, dejando atrás su despreocupada franqueza de hace un momento, bajó la voz con cautela: —Ese no es ningún acompañante corriente. Detrás tiene a alguien de apellido Zheng que lo respalda.

Xie Yilu se acercó más a él: —¿Qué persona de apellido Zheng?

Qu Feng agarró su mano de golpe; cinco dedos fríos como si el hielo le calara hasta la más profundo del pecho: —En todo el mundo, los lugares con más eunucos son Beijing y Nanjing. De Beijing no hablemos, pero en Nanjing…— mientras decía esto, tiró de Xie Yilu hacia un lugar más apartado, —Hay dos grandes eunucos. Uno es el eunuco Supervisor de la Manufactura de Tejidos, Liao Jixiang, de cuarto rango superior. El otro es la coronilla de Nanjing, el eunuco Comandante de la Guarnición, Zheng Xian.

Xie Yilu no podía explicar el motivo, pero de repente le brotó una capa de sudor frío en la espalda.

—Ese acompañante del que hablas, se apellida Guo, nombre Xiaozhuo, y es de este Zheng Xian…— Qu Feng sacó la mano de la manga, levantando solo un segmento del meñique, y lo agitó con intención. —¡Lo tiene muy consentido!

Que los eunucos se diviertan con jóvenes de compañía no era inexistente en Beijing, pero a los pies del Hijo del Cielo, pocos personajes importantes se arriesgaban así. Xie Yilu no lo entendía: —Si lo tiene tan consentido un gran eunuco, ¿cómo es que todavía sale…

Aunque claramente era de noche, Qu Feng aún miraba alrededor con inquietud: —Toma lo que digo como palabras de borracho—, se acercó más, apoyándose en la base de la oreja de Xie Yilu, —¡Guo Xiaozhuo es el espía de Zheng Xian, especializado en escuchar en los banquetes oficiales!

Qu Feng estaba perfumado con incienso de benjuí, que incluso después de una noche seguía siendo dulce y empalagoso. Xie Yilu, al tenerlo tan cerca, se sintió algo incómodo: —Con razón…

Recordó esa frase de Guo Xiaozhuo, “esta gente del Ministerio de Guerra”, que claramente no tenía en estima a los funcionarios. Entonces, ¿esa efusiva y casi descarada expresión de afecto? Xie Yilu pensó, ¿era realmente porque le parecía “guapo”?

Qu Feng aún iba a hablar cuando de repente hubo un ruido en la pequeña puerta lateral no muy lejos al frente. El cerrojo se movió de izquierda a derecha dos veces, y con un “crujido”, se abrió de adentro hacia afuera. Primero salió un monje vestido con hábito kasaya, luego un grupo de personas vestidas con ropas oficiales. Al frente, un par portaba linternas blancas con un gran carácter “Zhī2 escrito en ellas.

Xie Yilu lo vio de un vistazo: esas personas eran eunucos. El que caminaba en medio vestía un yisa azul verdoso, sin buzi bordado, y en la cintura colgaba una larga espada ya desgastada por el uso.

Esas personas también los vieron a ellos, mirando frecuentemente hacia este lado. El de yisa azul se despidió del monje con mucha reverencia, luego condujo a sus hombres por el camino principal hacia afuera. Mientras caminaba, hacía sonar las placas de jade de su cinturón dorado con un tintineo.

—¿Quiénes son? —preguntó Xie Yilu en voz baja.

—De la Oficina de Manufactura de Tejidos —dijo Qu Feng, volviéndose medio de lado con una actitud de no querer confrontar. —El que va al frente se llama Zhang Cai.

Al acercarse más, Xie Yilu pudo ver claramente que ese Zhang Cai de yisa azul verdoso era evidentemente todavía un niño. Ojos de fénix, boca pequeña, más o menos de la misma edad que Guo Xiaozhuo, su barbilla aún redonda, un poco regordete y adorable.

Bajo la luz de la luna, podía verse que la tela de su yisa era seda tejida con hilos de oro. Alzaba la cabeza con bastante arrogancia, pasando ante ellos sin mirar a los lados como un verdadero funcionario imperial nombrado por la corte. El tintineo de las placas de jade se alejó lentamente junto con las llamas doradas y rojizas de las velas.

—Es gente de Liao Jixiang —dijo Qu Feng, cerrando su abanico plegable, con intención de regresar. —Vienen de Gaoli.

En Beijing había muchos eunucos presentados como tributo por Chaoxian, así que a Xie Yilu no le resultó extraño. En cambio, sintió gran curiosidad por aquel monje: —¿Cómo apareció un monje en este lugar?

—Este es el patio del Templo Lingfu. La parte delantera se ha arreglado como jardín para recibir banquetes y visitas. Pasada esa puerta— Qu Feng señaló la puerta lateral por donde había salido Zhang Cai, —detrás están las celdas de meditación.

Xie Yilu no sabía si reír o llorar: —Este templo sí que sabe hacer negocios.

—Ese vino que bebimos, los platos que pedimos, todos fueron preparados por gente contratada por los monjes—, Qu Feng río con franqueza, tomándolo afectuosamente de la manga. —Vamos, regresemos a seguir bebiendo.

Con solo mencionar beber, a Xie Yilu le empezó a doler la cabeza: —Yo ya no puedo—, esquivó la mano de Qu Feng, giró el cuerpo y se apartó varios pasos como si huyera. —Yo me voy primero, tú solo diles que me desplomé borracho.

—¿Trajiste palanquín?— Qu Feng lo encontraba gracioso; al reír, mostró un par de pequeños colmillos, bastante pícaros. —¡Toma el mío! Al salir por la puerta principal, a la izquierda, ¡es el que tiene la cortina suave azul!

Xie Yilu retrocedió mientras le hacía un saludo con las manos entrelazadas: —No es necesario, ¡dejaré que el viento disipe el vino!

La noche era perfecta, la luna también lo era y este era además un jardín refinado. A lo largo del camino había rocas extrañas, ventanas caladas y estanques. Al calmar el corazón, los oídos se llenaban por completo con el viento entre los pinos. En su primer día de asignación en Nanjing, acompañado por la embriaguez, Qu Feng, Guo Xiaozhuo y Zhang Cai parecían todos personajes de un sueño.

Al salir se encontró con una calle larga. En la esquina ya había vendedores madrugadores instalando puestos de wonton. Miró hacia atrás, y efectivamente, frente a la puerta del jardín se alzaba una vieja estela de piedra con tres caracteres borrosos tallados que decían “Templo Lingfu”. Un pequeño templo así, situado en un bullicioso mercado, tampoco era de extrañar que se dedicara a algunos negocios seculares.

Caminaba despreocupado, siguiendo el muro del jardín cubierto de musgo. Al girar la cabeza sin intención, en la estrecha entrada de un callejón que giraba pegado al pie del muro, vio una linterna de piedra abandonada. En el hueco de la linterna había algo que se movía con el viento, levemente, y además reflejaba una luz blanca.

Se acercó a mirar. Parecía papel, completamente atiborrado allí. Tomó una hoja al azar. En principio fue solo una mirada casual, pero quedó paralizado como si lo hubiera golpeado un rayo. Una escritura extremadamente hermosa: los giros de ángulo eran vigorosos y robustos como viejos pinos escarpados; los trazos de izquierda y derecha conectaban como hilos cual grullas salvajes entre las nubes; al ocultar la punta del pincel era poderosamente pausada y abrupta; donde dejaba ver la punta, el trazo fluía como humo y nubes; desaliñada, descalza, con trazos de hierro y ganchos de plata.

Xie Yilu quedó aturdido. De un tirón sacó todos esos papeles, y los desplegó uno por uno para mirarlos. La mayoría eran versos del tipo “El ciruelo como huésped que perfuma la tierra, el pino como compañero junto al asiento” o “Las nubes y el viento en el cielo realmente son como un sueño, los años y meses entre los hombres fluyen como una corriente”. Solo una hoja comenzaba con tristeza e indignación, escrita con trazos ásperos y abruptos, dónde llevaba escritos únicamente dos grandes caracteres: Nan Ming.4 en cursiva.

Dejó el pincel, dobló cuidadosamente el escrito, lo guardó en su ropa y salió corriendo de nuevo.

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Notas del autor:

  1. (Dāng): Originalmente se refería al adorno en el lóbulo de la oreja de las mujeres antiguas. Posteriormente, debido a que los gorros oficiales de los eunucos con funciones militares de la dinastía Han usaban adornos de “dāng” dorado y cola de marta, se tomó prestado para referirse a los eunucos.

Notas del Traductor

  1. Wugeng: Entre las 3:00 y 5:00 a.m.
  2. Zhī: Tejido.

¡Nan Ming! Una delgada hoja de papel, pero que contenía la amargura de un erudito. Los ojos de Xie Yilu se calentaron, las lágrimas estuvieron a punto de caer. Una repentina comprensión le tocó el corazón, y así, sin más, se conmovió.

Abrazando ese montón de papeles, dio vueltas en el mismo lugar como un tonto. Girando y girando, dio una patada en el suelo y corrió hacia su casa con la cabeza gacha. Su hogar estaba en el Callejón San Tiao de la Puerta Xi’an; solo había contratado a un sirviente permanente. Al entrar ni siquiera llamó para que lo atendieran, fue directo al estudio, extendió papel, preparó la tinta, y escribió una tras otra más de diez, incluso veinte hojas. Finalmente hubo una que le satisfizo: eran los dos caracteres “Di Ting3 谛听(Di Ting): Escucha Atentamente/Profundamente.

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