Se-hyung era un estudiante universitario común.
Debido a que se encontraba justo en periodo de exámenes, llevaba varios días sin dormir; para cuando salió de la biblioteca y subió al último vagón del metro, su estado mental ya había llegado al límite.
En el vagón, entre el aroma intermitente a alcohol, destacaban algunos hombres de complexión robusta, pero Se-hyung, incapaz de luchar contra el sueño que lo invadía, parpadeó con pesadez y apoyó la cabeza contra una barandilla.
En ese momento, sintió que alguien se sentaba bruscamente a su lado.
Le inquietó que, habiendo tantos asientos vacíos, alguien decidiera sentarse junto a él, pero su cansancio era tal que intentó no darle importancia. Sin embargo, pronto sintió la respiración agitada del hombre rozando su oído, y una oleada de malestar lo invadió.
—Oiga, señor… aléjese un poco…
Se-hyung giró la cabeza bruscamente, dispuesto a reprenderlo con irritación. Pero sus palabras se dispersaron en el aire antes de que pudiera terminarlas.
Se-hyung abrió los ojos de par en par, incrédulo.
Lo que lo había alcanzado fueron los labios anchos y rudos de un extraño. En el instante en que quedó congelado por la sorpresa, una sensación caliente y húmeda invadió su boca. Una lengua roja y ardiente se enredó como una serpiente, envolviendo y sacudiendo con insistencia la lengua rosada de Se-hyung. La sensación densa, como si lo lamiera para deshacer cada rincón de su interior, hizo que Se-hyung sintiera que su boca se derretía al instante.
Su mente quedó en blanco.
Él había vivido toda su vida como miembro de grado diamante en el club de los solteros por nacimiento.
Nunca había tomado la mano de una mujer adecuadamente, ni siquiera había tenido momentos íntimos a solas; su vida era, literalmente, tan pura como una hoja en blanco. Mientras sus compañeros ya se entregaban a los placeres pegajosos y atrevidos del mundo adulto, Se-hyung se había comportado como un niño ingenuo.
Y ahora, los muros de esa sólida pureza estaban siendo pisoteados sin piedad.
Una lengua gruesa y viscosa tiraba y aplastaba sin clemencia la delicada raíz de la lengua de Se-hyung. Era una actitud verdaderamente desvergonzada, atrapando la lengua de Se-hyung, que no tenía escapatoria, para mezclar sus fluidos.
Al empezar a faltarle el aire en lo profundo de sus pulmones, los ojos de Se-hyung se humedecieron instantáneamente. Empujando con todas sus fuerzas a aquel señor pervertido que lo manoseaba por delante y por detrás, Se-hyung se lanzó desesperadamente hacia las puertas del metro.
Pero en el espacio reducido del vagón, huir era un lujo. Antes de poder dar unos pocos pasos, chocó, provocando un ruido seco, contra unos hombros anchos y firmes que bloqueaban el camino.
—¡Ah… agh…!
Jadeando y levantando la vista, Se-hyung gritó desesperadamente a su alrededor con voz temblorosa.
—¡Ayúdenme! ¡Hay… hay un pervertido aquí…!
El hombre frente a él era un gigante intimidante. Llevaba una máscara negra que cubría la mitad de su rostro y una gorra negra colocada a propósito hasta abajo, por lo que lo único visible era la mirada sombría del hombre. Como si hubiera estado esperando ese momento, aquél sujeto extendió su mano y agarró el hombro de Se-hyung con fuerza.
Se-hyung levantó la vista aturdido, sin entender nada. En ese instante, un presentimiento siniestro recorrió su columna, arañando el fondo de su corazón.
—¿Por qué huiste así de repente? Me diste un gran susto.
Desde atrás, se escuchó una voz baja, calmada y exasperantemente ligera. Fue justo cuando Se-hyung iba a abrir la boca para pedir ayuda, que la mano del hombre que lo sujetaba por el hombro se disparó hacia arriba y envolvió el cuello de Se-hyung sin piedad.
—¡Ugh…!
El cuerpo de Se-hyung empezó a temblar violentamente ante la presión que bloqueaba su respiración. Al cortarse el flujo de aire hacia sus pulmones, su cerebro comenzó a nublarse.
Se-hyung forcejeó desesperadamente, pero el agarre despiadado del hombre no mostraba señales de ceder. En esa situación infernal donde no podía moverse ni un centímetro, las pupilas de Se-hyung vibraron de terror.
Con un sonido agudo, el cinturón de cuero fue arrancado violentamente de la cintura del hombre. La palma tosca y grande del sujeto recorrió fríamente los glúteos de Se-hyung. Unos calzoncillos blancos masculinos envolvían firmemente sus nalgas, que se alzaban elásticas y compactas.
El hombre, pegado a su espalda, dejó escapar un bufido nasal grotesco. Acto seguido, un sonido seco y lacerante resonó por encima del ruido del metro.
¡Zas, zas!
El hombre comenzó a azotar sin descanso las carnosas nalgas de Se-hyung. La carne firme de sus glúteos oscilaba impotente, moviéndose arriba y abajo con cada impacto de la palma del hombre. El cuerpo de Se-hyung se estremeció ante la violencia de los golpes.
Para cuando los azotes continuaron hasta que sus nalgas quedaron rojas e hinchadas, Se-hyung ya estaba en un estado de semiinconsciencia por la falta de oxígeno. Jadeaba con la boca entreabierta y sus ojos, sin foco, temblaban como si estuviera a punto de perder la conciencia.
Solo entonces, la mano que lo asfixiaba aflojó la presión, casi como un acto de clemencia. El cuerpo de Se-hyung cayó sin fuerzas al suelo, desplomándose mientras temblaba. Pero no tuvo tiempo para sentir alivio. Cuando el hombre lo tomó bruscamente por el cuello de la camisa para levantarlo, a Se-hyung ya no le quedaba voluntad de resistir ni fuerzas para sostenerse.
Su cuerpo quedó apoyado impotente contra el pecho firme del hombre que lo había estrangulado. Fue entonces cuando la mano del sujeto se coló dentro de la ropa interior de Se-hyung. Los dedos, deslizándose por la tela, recorrieron con malicia desde la entrada del esfínter cerrado hasta alcanzar su zona íntima, húmeda y congestionada.
—…¿Qué es esto? Vaya, esto es una verdadera joya. ¿Eres intersexual?
El hombre chasqueó la lengua, murmurando con admiración. Aquella gran mano, llena de malicia, presionó y jugueteó cruelmente con los labios suaves y regordetes de su vagina. Era un lugar secreto que jamás había sido tocado por nadie, ni siquiera por él mismo. A pesar de que solo estimulaba la delicada carne exterior, el cuerpo de Se-hyung reaccionó con honestidad.
Con un sonido húmedo, el flujo obsceno de lubricante natural brotó de su vagina como una presa rota.
—¡Hng, agh…!
—Ja, mira a esta zorra… su cuerpo ya está así de caliente…
El hombre dejó escapar una risa cínica mientras movía sus gruesos dedos con destreza. Abrió bruscamente la hendidura de la vagina que había estado cerrada y comenzó a hurgar y machacar obsesivamente su indefenso clítoris.
—¡Ngh, hnn…! ¡Ah, ugh…!
En el interior, Se-hyung luchaba violentamente para resistir la oleada de placer, pero su cuerpo actuaba de forma independiente. Ante el placer desconocido que lo asaltó sin previo aviso, Se-hyung dejó escapar gemidos bajos y lastimeros, ajenos a su propia voluntad.
Al ver el tormento de Se-hyung, el hombre aumentó la presión con más malicia, tirando y manipulando la zona, ultrajando sin piedad el clítoris que ya se encontraba rojo e hinchado.
La carne húmeda de su vagina se contraía ante el placer, derramando fluidos obscenos que empapaban todo a su alrededor.
Su primera experiencia era excesivamente cruel. Su orificio virgen, extremadamente sensible, no pudo resistir el simple hecho de que jugaran con su clítoris. El placer vergonzoso que había estado reprimido en lo más profundo de sus entrañas brotó como una presa rota, y Se-hyung fue incapaz de controlar los temblores de su cuerpo.
—¡Ah, aaah…! ¡Ugh…!
Con un grito desgarrador mezclado con éxtasis, Se-hyung alcanzó el clímax en un instante mientras sus muslos vibraban violentamente.
El clítoris, de un rojo intenso, saltaba descontrolado debido a los repetidos golpes. Esa pequeña masa de carne, que no dejaba de temblar, se había hinchado hasta convertirse en una pequeña cuenta carmesí. Los labios vaginales, obscenos, ya no podían cerrarse y permanecían flojos, secretando su lubricación. El hombre, como si lo hubiera estado esperando, hundió dos gruesos dedos en la hendidura de la vagina.
—¡Aaaah…! ¡Haaah…! Por favor, deténgase… ¡ngh!
Se-hyung sacudía la cabeza sin fuerzas. El orificio empapado se contraía levemente, como si estuviera aterrado, intentando rechazar aquella obscenidad, mientras el hombre a su espalda se burló de sus insignificantes forcejeos.
Empujó sus dedos con brusquedad, revolviendo y machacando las sensibles paredes internas sin piedad. Su vagina, densamente húmeda, emitía sonidos viscosos y chapoteantes cada vez que los dedos entraban y salían, chocando contra la carne empapada.
—Tsk, tsk. Vaya puta. Mira toda el agua que has soltado. Me has ensuciado la mano.
El hombre levantó la mano empapada de los jugos viscosos y salados de Se-hyung. Luego, la llevó al rostro del joven y la frotó contra sus mejillas y labios, como si quisiera untarlo con su propia lujuria.
El fluido viscoso se adhirió a la piel blanca de Se-hyung.
Sobre el rostro del casto estudiante se extendía un rubor ardiente, y sus ojos se llenaron de lágrimas nacidas de la humillación y el placer. A pesar de todo, su parte inferior era sumamente obscena. Con el pene erguido y la vagina secretando fluidos sin parar, parecía una puta depravada de una película porno. Con ese rostro puro y lastimero, no era más que una zorra vulgar que incitaba el deseo de cualquier hombre y ofrecía su cuerpo.
El tejido interno de la vagina, suave, atraía al invasor hacia su interior, temblando levemente como si suplicara que profanaran y pisotearan su virginidad. Estaba tan descompuesto y entregado que era como si hubiera perdido la razón y su propia esencia.
El hombre, sin darle respiro, hundió tres dedos de golpe hasta lo más profundo, hurgando su interior con violencia. La vagina, empapada, soltaba chorros de lubricante natural ante el placer de cada movimiento, y los sonidos húmedos y obscenos llenaron el vagón del metro.
Se-hyung parecía haber perdido la conciencia; su cuerpo se sentía flácido.
Debido al agarre en su cuello, solo podía emitir gemidos roncos, similares a los de un animal, mientras sus nalgas se sacudían lascivamente, invitando a ser penetradas.
Cuando los dedos fueron retirados, el cuerpo de Se-hyung se desplomó hacia el suelo como un torrente de agua fluyendo. Pero el hombre no tenía intención de dejarlo ir. El orificio de aquel puto joven, empapado en placer, se abría y cerraba, esperando ansiosamente la gruesa verga que terminaría de romperlo.
Finalmente, la ropa interior, pegajosa y empapada, fue arrojada al suelo. El hombre que estaba frente a él, bajó el cierre de sus pantalones con brusquedad. Un pene descomunal, de un color rojo oscuro y aspecto grotesco, saltó hacia afuera y golpeó la carne de la vagina de Se-hyung. Ante el impacto, la lubricación acumulada en el interior brotó nuevamente en un chorro.
El hombre frotó la cabeza de su miembro contra la hendidura de la vagina una y otra vez, con malicia. Deslizando el glande, ya lubricado y resbaladizo, contra la entrada, el hombre no lo penetró de inmediato, sino que jugueteó alrededor del orificio para torturarlo.
Al introducir y retirar el glande repetidamente, la vagina lujuriosa, empapada de humedad, se contraía como la boca de una bestia hambrienta, succionando el miembro con insistencia.
¿Era el cuerpo de un intersexual así de obsceno por naturaleza? Una vez que el camino se había abierto, su instinto lubricado estalló de golpe. Mientras el glande presionaba y forzaba la entrada, Se-hyung solo podía jadear, sacudiendo la cabeza sin fuerzas.
—Ugh… ¡ngh!
Los labios vaginales, que parecían anhelar ser penetrados, frotaban el glande sin cesar, derramando más fluidos. Un hormigueo insoportable ascendía desde lo más profundo de su vagina, haciendo que Se-hyung perdiera la razón. Sus labios temblaban, deseando suplicar que aquel objeto grotesco lo atravesara, y lo destrozara por completo.
—Este puto… ¿todavía pretendes ser inocente?
El hombre sonrió cínicamente y presionó la vulva de Se-hyung con su enorme verga. El tronco grueso, con las venas marcadas, recorrió y aplastó el clítoris hinchado. Ante aquel estímulo eléctrico, las paredes internas de Se-hyung se volvieron blandas, como si se derritieran. En el momento en que el hombre forzó la punta del glande en la hendidura, la vagina hambrienta lo apretó con fuerza, tragándose la verga con avidez.
El hombre dejó escapar una risa fría. Sin intención de seguir jugando, hundió la cadera con violencia.
¡Pam!
Aquel miembro grueso y duro se hundió sin vacilar hasta la raíz en la estrecha y húmeda vagina de Se-hyung.
El interior quedó lleno al instante. Sin darle tiempo a adaptarse a esa sensación desconocida y descomunal, el hombre retiró la cadera y comenzó a embestir con ferocidad. El pesado miembro ultrajaba y machacaba la vagina virgen de Se-hyung sin piedad
—¡Ugh, mmmm…!
El grito fue sofocado bruscamente por la mano del hombre antes de que pudiera salir. Su verga no tenía piedad. Mientras el miembro perforaba el orificio virgen, que se sentía a punto de desgarrarse, los fluidos vaginales se mezclaban con el rastro rojo de la rotura del himen, deslizándose viscosamente por sus muslos.
Se-hyung temblaba, sintiendo que perdía la conciencia ante la mezcla de dolor extremo y placer.
El hombre localizó el cuello uterino, la parte más sensible de su interior, y lo presionó con insistencia. Cada vez que lo tocaba, una sensación de entumecimiento eléctrico recorría todo su cuerpo, dejando la mente de Se-hyung en blanco.
Rindiéndose al placer, la delgada cintura de Se-hyung se balanceaba impotente al ritmo de las brutales embestidas. La entrada de la vagina, roja e hinchada, se contraía obscenamente mientras tragaba y escupía la verga desde la raíz.
Se-hyung pensaba que odiaba este acto con su alma, pero su cuerpo lo traicionaba.
Esta unión terrible parecía extraer un placer aún más intenso desde lo más profundo de su ser. Su parte inferior, empapada, ya se había acostumbrado al goce de recibir la verga del hombre. La blanca y fina cintura de Se-hyung se mecía lúbricamente, como una serpiente de agua, siguiendo el ritmo del follar agresivo.
—¡Deténgase, aaah…!
La verga gruesa y oscura seguía perforando y azotando el estrecho orificio de Se-hyung sin clemencia. Los labios vaginales, que se abrían y cerraban por placer, no tenían fuerzas para detener la intrusión, ni voluntad para rechazar aquella penetración bestial.
Su interior, sometido a las constantes estocadas, alcanzó el clímax repetidamente.
—¡Ah, aaah! ¡Hng, ugh, ugh!
Se-hyung echó la cabeza hacia atrás, temblando violentamente. En el instante en que Se-hyung colgaba peligrosamente del precipicio del orgasmo, el hombre, incapaz de contenerse más, hundió su pesada masa de carne una última vez con toda su fuerza.
—¡Puta asquerosa, trágatelo todo hasta la última gota!
El grueso miembro del hombre se agrandó, presionando la entrada del útero como si quisiera perforarla. De repente, semen caliente brotó como una presa rota, inundando las profundidades de las paredes internas de Se-hyung.
—¡Ah, aaah! ¡Haa, hnnng…!
Mientras sentía que su interior se llenaba de un calor abrasador, Se-hyung, ajeno a su propia voluntad, puso el cuerpo rígido y volvió a sufrir una serie de convulsiones violentas. El semen se desbordó por las estrechas paredes internas.
—Vaya, ¿qué están haciendo allí?
Debido a los movimientos tan explícitos, las miradas del resto de personas en el vagón finalmente se concentraron en ellos. Los pasajeros los observaban con expresiones de absoluto horror.
—¿Pero qué demonios hace? De verdad que no tiene pudor.
—Qué repugnante. ¿No les da vergüenza hacerlo así, con tanta gente delante?
—Pero, ¿por qué ese chico tiene vagina? Tiene cara de hombre… rápido, graba esto. Vamos a subirlo a las redes sociales más tarde…
—Es una verdadera zorra. Mira cómo tiene la cara por el placer, ¿será que le gusta que lo violen?
Entre el sonido de los obturadores de las cámaras de los celulares, empezaron a llover todo tipo de insultos obscenos e indescriptibles.
Se-hyung cerró los ojos con desesperación. Sin embargo, el placer que ascendía desde su parte baja no se detenía. La sensación, que llegaba como una locura, comenzó en su bajo vientre y se extendió por cada rincón de su cuerpo, como un incendio voraz que consumía la hierba seca de un campo.
Las personas que lo rodeaban escupían con miradas de asco, susurrando y criticando la apariencia depravada de Se-hyung mientras era ultrajado por el hombre.
—Por favor… por favor, deténgase… hng, ugh…
Las súplicas de Se-hyung se dispersaron, ahogadas por sus propios jadeos cargados de placer.
El hombre, que movía la cadera frente a él, parecía haberse excitado aún más; con la verga hinchada y las venas marcadas, llenó y presionó la vagina de Se-hyung. Agarró bruscamente una de sus piernas y la colgó sobre su propia cintura. A través de los pantalones ya desgarrados y hechos jirones, las blancas nalgas de Se-hyung quedaron expuestas, vulnerables ante las miradas lascivas de los espectadores.
—Miren todos la vagina de esta puta. Está tan acostumbrado al sabor de una verga que me suplicaba que no parara. A un degenerado que no conoce la vergüenza hay que darle una lección, o nunca sabrá lo patético que es estar así de caliente en un lugar público.
El hombre gritó para que todos escucharan y retiró bruscamente su pene del interior de Se-hyung. Luego, giró al joven para exponerlo completamente ante la multitud. Se-hyung, aterrorizado, intentó huir, pero el hombre lo sometió fácilmente con fuerza bruta. Pasando sus brazos bajo los muslos de Se-hyung, lo levantó en el aire.
El rostro de Se-hyung se puso pálido por el terror. Todas las miradas de las personas en el vagón del metro se clavaron en él.
Tenía el rostro bañado en lágrimas y saliva escurriendo por la comisura de los labios; su pene erecto estaba cubierto de todo tipo de fluidos obscenos. Por debajo, el semen que el hombre había eyaculado se mezclaba con la lubricación vaginal, goteando sin cesar entre sus piernas.
—Es una verdadera zorra, ¿verdad que es un pervertido? —soltó un transeúnte con ojos llenos de desprecio.
—No… no es así. Yo… me están obligando —negó Se-hyung con voz rota y ronca.
Lloró y suplicó que no era un pervertido, pero su aspecto destrozado hacía que cualquier excusa fuera inútil.
—¿De qué mierda hablas? Tienes el pene así de duro y estás chorreando a mares.
Apenas terminó de hablar, la palma de otro hombre cayó violentamente sobre la vagina de Se-hyung. El clítoris, sensible e hinchado, fue aplastado con un sonido seco.
—¡Ngh… ugh, ugh!
Solo con ese breve impacto, Se-hyung arqueó la espalda, alcanzando el clímax una vez más. Al verlo eyacular y temblar con tanta facilidad, ¿qué otra cosa podía ser sino un pervertido que disfrutaba de aquello?
La gente chasqueó la lengua al verlo.
—Qué depravado. Parece que la carne va a salirse de ese agujero.
—¿Qué hace esto en un lugar público? ¡Alguien que cierre ese sucio agujero! El suelo está todo manchado por esa inmundicia.
El hombre que había golpeado su vagina sonrió maliciosamente, disfrutando de la reacción del entorno.
Sin esperar, hundió sus dedos en la vagina de Se-hyung. Con el pulgar aplastaba el clítoris hinchado, mientras que los otros cuatro dedos, unidos como un punzón, hurgaban y perforaban bruscamente el estrecho orificio.
Como una verga descomunal ya había destrozado el interior, sus dedos penetraron sin resistencia, dejando rastros humillantes.
¡Puush, puush, chlop!
Ante la inserción de los cuatro dedos entre los labios tensos, las paredes internas de Se-hyung se contrajeron como la mandíbula de una bestia. Ante aquella manipulación violenta que parecía querer desgarrarlo todo, el cuello de Se-hyung se dobló hacia atrás, conteniendo un grito.
Mientras el pulgar del hombre frotaba el clítoris en círculos, los muslos de Se-hyung temblaban y el placer incontenible fluía por su parte inferior como un río.
—¡Aaaaah, deténganse…! ¡Ugh, aaah…! ¡No quiero… duele demasiado…!
Los gritos de Se-hyung resonaron agudamente en el vagón.
Su vagina, que acababa de perder la virginidad y aún no había sanado, no podía soportar aquel estímulo tan pesado y bruto. Cada vez que la mano entraba y salía, los tejidos internos se volcaban hacia afuera, y la piel blanca de Se-hyung era machacada por la manipulación del hombre.
—Por… favor, basta… es demasiado extraño… ayúdenme… ¡aaah!
Se-hyung se retorcía de dolor, suplicando ayuda, pero aquello solo alimentaba la excitación sádica del hombre.
—¿Detenerme? Si parece que te estás volviendo loco de placer, viendo cómo derramas tantos jugos —respondió el hombre con una risa gélida, aplicando más fuerza.
Hundió la palma de la mano aún más profundo en la vagina. La masa de carne fue entrando hasta que la palma entera fue tragada por el orificio. A pesar de que la profundidad llegaba casi hasta la muñeca, no se detuvo; comenzó a bombear la mano lentamente hacia adelante y hacia atrás, empujando hacia el cuello uterino.
Se-hyung sudaba frío, consumido por el dolor y el terror. Cuanto más profundo penetraba la mano, más agudamente estimulaban las puntas de los dedos la entrada del útero.
El hombre habló para que todos los presentes lo escucharan:
—A esta zorra… ¿no sería mejor si la rompemos hasta no poder más?
El antebrazo grueso y venoso del hombre se abrió paso sin vacilar hacia lo más profundo de la vagina. En el momento en que la mano tocó el cuello uterino, un grito animal estalló de la garganta de Se-hyung.
—¡Aaahg!
Antes de que la súplica de auxilio pudiera salir de sus labios, el puño cerrado del hombre se hundió bruscamente en su vagina, como si fuera la verga de una bestia hambrienta. Debido a esto, el bajo vientre blanco y suave de Se-hyung se abultó siguiendo la forma de la mano, creando una silueta grotesca y deformada.
El puño, que había invadido hasta lo más profundo de sus entrañas, golpeaba sin piedad las paredes uterinas. El contorno del puño, resaltando bajo la piel del abdomen, se agitaba violentamente de izquierda a derecha y de arriba abajo, revolviendo el vientre de Se-hyung.
Sus vísceras eran desplazadas hacia aquel lado y aquel otro según los movimientos de la mano, y cada vez que el cuello uterino era aplastado, Se-hyung soltaba un grito desgarrador. Aquella mezcla de placer y dolor resonó en el vagón como si lo estuviera desgarrando, mientras las paredes internas de Se-hyung sufrían convulsiones incesantes al recibir el puño del hombre.
Aquella carne obscena, suave, húmeda y ya saturada de semen, envolvió el grueso antebrazo con la precisión de una serpiente.
La opresión extrema de las paredes internas brindó al agresor un sentimiento de conquista y un placer indescriptibles.
Un orificio que acababa de perder la virginidad solía ser así de estrecho y elástico. Cuando un antebrazo, varias veces más grueso que cualquier verga habitual, forzó la apertura de esa estrecha hendidura para penetrar, el orificio temblaba como si estuviera a punto de desgarrarse y romperse, pero aun así se aferraba tenazmente al brazo.
El hombre empujó y retiró su brazo con una crueldad que parecía destinada a pulverizar aquel lugar. En ese violento vaivén, la vagina de Se-hyung quedó roja y lacerada, pero seguía contrayéndose elásticamente mientras recibía el objeto masivo que la invadía sin descanso.
Aunque se retorcía por el dolor, cada vez que el antebrazo entraba y salía, la carne interna, embriagada de placer, emitía sonidos chapoteantes y obscenos, apretándose vulgarmente.
El hombre soltó un suspiro en voz baja, admirando aquella vagina tan bien domada. Era una puta nata. Un cuerpo que siendo hombre era también mujer, una anatomía deforme pero sumamente lasciva. El sujeto rasgó por completo la ropa de Se-hyung, dejándolo desnudo, y con una sonrisa cínica, lo empujó bruscamente hacia la multitud.
—Miren esto. Vean cuánta hambre tiene ese agujero que suplica por placer incluso estando quieto. Vengan, hagan fila todos los que están aquí y prueben la vagina de esta zorra; está desesperada por sentir el sabor de sus vergas.
Con una risa maliciosa, retiró el puño con brusquedad. La sensación de plenitud que llenaba el interior de Se-hyung desapareció en un instante, arañando las paredes internas al salir.
Con un sonido de fricción explícito; ¡Chlop, sssllp!, la carne que había sido incrustada salió disparada.
—¡Ugh, aaah…!
En el momento en que un grito desgarrador brotó de la boca de Se-hyung, sus genitales, excitados por el estímulo excesivo, se tensaron al máximo. El placer, incapaz de contenerse, superó el punto crítico, y un chorro de semen blanco y caliente brotó de la punta de su pene como una fuente hacia el aire.
Acto seguido, Se-hyung fue arrojado desnudo en medio del metro, bajo la mirada de decenas de extraños.
Cada vez que aquellas miradas desconocidas se clavaban en su desnudez, la piel de Se-hyung ardía, no por la vergüenza, sino por un placer aún más intenso.
Su vagina, que se abría y cerraba, hecha un desastre por el éxtasis, palpitaba obscenamente, como si quisiera tragarse los penes de los espectadores.
El hombre agarró cruelmente el cabello revuelto de Se-hyung y forzó su rostro, encendido por la humillación, hacia el público.
Cada vez que los hombres se acercaban tragando saliva, Se-hyung, con los ojos nublados por el placer, alzaba sus apetecibles nalgas blancas hacia aquellos que venían a pisotear su cuerpo.
Al sentir su vagina, que había estado llena hasta el límite, ahora vacía, sintió un vacío en todo su cuerpo que lo hacía sentir que se volvía loco.
Los delgados dedos de Se-hyung temblaron mientras abrían a la fuerza sus labios vaginales, rojos e hinchados. Moviendo la entrada húmeda de su vagina con lascivia, se aferró a la entrepierna de los hombres. Ante la presencia pesada de las vergas percibidas a través de la tela, las paredes internas de Se-hyung se contrajeron aún más violentamente.
—Hnn… ah, aaahg…
Sentía que el cerebro se le derretía con cada estímulo contra la tela. Cada vez que su carne húmeda se frotaba, los pantalones de los hombres quedaban pegajosos por la lubricación de Se-hyung, y él, embriagado por aquel placer inmundo, ponía los ojos en blanco mientras frotaba su vagina con más fuerza.
¿Cómo podía existir alguien tan vulgar?
Los hombres parecían haber llegado a un acuerdo tácito: era necesario disciplinar a aquella descarada bestia. La palma gruesa de uno de ellos cortó el aire.
¡Zas!
El sonido de la carne siendo golpeada llenó el vagón. La carne de las nalgas, hinchada y de un tono blanco rosáceo, vibró violentamente por el dolor.
—¡Haagh, ugh…!
Se-hyung gritó de dolor, pero aquello no era más que una lección. Lo que realmente debía probar el castigo era la fuente del placer: su vagina empapada.
El hombre abrió la palma de la mano y azotó sin piedad los labios vaginales hinchados.
¡Chlop, chlop! Con el sonido de la lubricación saltando en el aire, la vagina de Se-hyung se deshizo rápidamente como los pétalos de una rosa roja.
Sin embargo, era imposible domar a ese instinto lujurioso con un castigo tan leve.
Al contrario, cada vez que el impacto del golpe tocaba los nervios sensibles del interior, Se-hyung ponía los ojos en blanco y derramaba fluidos blancos desde su pene.
—Miren esto, cuanto más lo golpeamos, más se moja. ¿No es una verdadera zorra?
Llovieron burlas y mofas. Golpear con la palma no era suficiente para saciar esa sed. Aquel agujero desgastado que ya se había venido varias veces mientras era usado por turnos en el suelo del metro no podía corregirse con simples azotes; su actitud de balancear las nalgas para seducir estaba más allá de cualquier disciplina superficial.
Para un juego más sádico, el hombre desabrochó su cinturón y le propinó una patada brusca en la barbilla a Se-hyung.
—Que los azotes te resulten caricias… qué gustos tan baratos tienes. Tendré que machacar ese agujero sucio por dentro para que no vuelvas a mover el culo a la ligera.
La mirada del hombre recorrió como una serpiente la húmeda entrepierna de Se-hyung. Había llegado la hora de pagar el precio por mostrarse así de caliente en un lugar público.
Con una sonrisa cínica, el hombre desató el cinturón de cuero de su cintura. Lo dobló varias veces sobre sí mismo, convirtiéndolo en una especie de maza sólida y pesada que cabía en una mano. La hebilla metálica brillaba con una intención asesina entre las tiras de cuero superpuestas.
Al hombre no le importaba en absoluto el rostro pálido de terror de Se-hyung.
—Venga, observen todos. Veamos cuánto aguanta esta vagina desgastada.
Los azotes fueron despiadados. El pesado cinturón golpeó de lleno el clítoris extremadamente sensible de Se-hyung.
—¡Aaaah! ¡Hnnng, ugh!
Un grito agudo estalló mientras el delgado cuerpo de Se-hyung temblaba como una bestia atada a un potro de tortura. El látigo se hundía entre la carne de la vagina, que lucía como una rosa lacerada, golpeando sin piedad el clítoris convulso y los tejidos lastimeros que lo rodeaban.
Con sonidos secos, la carne estallaba y la roja sangre se mezclaba con la lubricación, deslizándose por sus muslos.
Los azotes alcanzaron incluso el orificio posterior, que temblaba de miedo. El hombre estaba decidido a que esta bestia lujuriosa no volviera a balancear sus nalgas ni a emitir gemidos seductores por voluntad propia.
—¿Cien veces? No, deberías recibir mil. Hasta que este agujero mojado quede hecho una masa de sangre y nunca más vuelvas a soñar con hacer algo así.
Con cada golpe, de la boca de Se-hyung brotaban gritos que mezclaban el placer y el dolor. Tendido en el suelo, jadeando y cubierto de sangre y fluidos, la apariencia de Se-hyung era la de una perra caída en lo más bajo. El hombre se burló de su estado y, poniendo más fuerza en su mano, machacó sin piedad los labios abiertos de la vagina de Se-hyung.
Finalmente, el hombre tocó con la punta de su zapato la entrepierna destrozada de Se-hyung y esbozó una sonrisa fría, sintiéndose ahora, por fin, satisfecho.
Mientras Se-hyung yacía desplomado y temblando, fue rodeado por hombres que respiraban como bestias. Como si hubieran estado esperando el momento, hundieron sus vergas erectas en su estrecho orificio sin la menor vacilación. En ese instante, el cuerpo de Se-hyung dejó de pertenecer a un ser humano para convertirse en una simple letrina humana, un recipiente obsceno nacido únicamente para recibir el semen de una multitud de desconocidos.
¡Chlop, pam, chlap!
El sonido explícito de la carne chocando contra la carne llenó el vagón del metro. Los hombres, impulsados por sus deseos más retorcidos, vertieron sin reservas su semen caliente en las profundidades de la vagina de Se-hyung.
El orificio, ya ultrajado hasta el límite y rojo e hinchado, no podía ni siquiera expulsar el semen espeso que se desbordaba; solo palpitaba aturdido, abriéndose y cerrándose en un trance de placer.
En ese momento, un hombre gigante se acercó por detrás de Se-hyung, quien aún sufría convulsiones. Agarró bruscamente sus delgadas piernas y las levantó, abriéndolas de par en par hacia los lados.
Entre sus muslos tensos, su sexo; ya destrozado por el semen y la lujuria de tantos hombres, quedó expuesto de una manera tan cruda que resultaba humillante.
El hombre introdujo su mano gruesa entre aquellas piernas abiertas. Como si quisiera desgarrar la carne, utilizó sus dedos fuertes para hurgar y separar los labios vaginales, que estaban tan rojos e hinchados que parecían a punto de estallar.
—¡Quiero probar la vagina de esta perra con mis manos!
Al tiempo que soltaba aquella voz fétida, sus dedos se hundieron violentamente en el interior de Se-hyung. Se-hyung gritó y sacudió la cabeza mientras sentía que aquellos dedos removían sus paredes internas con la crueldad de alguien labrando la tierra.
Cada vez que los dedos entraban y salían, la vagina se abría con un sonido húmedo, incapaz de resistirse. El hombre machacó la mucosa sensible con sus nudillos callosos, empujando su mano hasta lo más profundo del cuello uterino.
—¡Ah, aaah! ¡Ugh, aaah!
La voz de Se-hyung ya estaba rota y ronca, desgarrada por los fragmentos de placer; sus pupilas perdieron el foco y sus ojos se pusieron en blanco.
El hombre, con una risa burlona, comenzó a hundir la muñeca con más velocidad. Se-hyung observaba aturdido cómo su propia vagina era ultrajada y manipulada por la mano del sujeto, temblando ante un placer extremo que era proporcional a su humillación. Cada vez que la ola de éxtasis lo golpeaba, su pequeña boca emitía gemidos agudos y desesperados, mientras las paredes internas sufrían espasmos violentos, corriendo hacia un orgasmo inevitable.
A partir de ahora, no importaba cuán gruesa fuera la verga que lo penetrara; nada podría satisfacer esa vagina que había sido expandida de manera irreal.
Es más, en el futuro, cualquiera que viera ese agujero deforme que ya no podía cerrarse; la marca de haber sido profanado sin piedad por tantos hombres, perdería el interés al instante y apartaría la mirada.
Un orificio donde se podía ver claramente el tejido rojo, lacerado y destrozado en su interior… ¿Qué hombre cuerdo desearía seriamente poseer un cuerpo tan sórdidamente arruinado?
Aquella abertura, grotescamente dilatada, era como un estigma que probaba ante el mundo que Se-hyung no era más que una perra vulgar que se había arrastrado hasta el fondo por el hambre de penes.
El antebrazo del hombre estaba cubierto de un vello grueso que, cada vez que retiraba el brazo, arañaba violentamente las paredes internas de Se-hyung. La piel del brazo brillaba, empapada con la lubricación aceitosa y viscosa que acababa de extraer de las entrañas del joven.
—Puta, ¿en dónde aprendiste a ser tan lujuriosa? ¡Vamos, trágate mi brazo entero sin dejar nada fuera! ¡Abre más ese agujero, zorra! ¿Para quién guardas todo este fluido obsceno que chorrea así? ¡Muerde mi brazo con esa obscena vagina tuya! ¡Te voy a follar hasta que tu agujero se rompa, hasta que quede pulverizado; lo haré toda la noche!
Sin darle tiempo a que sus paredes internas se acostumbraran, el hombre hundió su puño cerrado con fuerza en el orificio estrecho y caliente. Fue un golpe brutal, como si hubiera puesto todo su peso en el impacto. El puño se abrió paso entre la carne, sometiendo los tejidos y golpeando directamente la entrada del útero.
—¡Aaaaaaaah! ¡Hng, hnnng!
Al sentir que el cuello uterino era aplastado y machacado, Se-hyung finalmente rompió a llorar miserablemente.
Su pequeño cuerpo se retorció violentamente como una rama delgada, sufriendo convulsiones incontrolables.
Cuando el hombre retiró el puño con crueldad, lo que se desbordó de las paredes internas fue un torrente de lubricación hirviente y el semen de todos los hombres que habían pasado por allí. Como un río desbordado, la mezcla fluyó por los muslos de Se-hyung, empapando el suelo.
Pero nadie sintió lástima por su cuerpo destrozado. Para los espectadores, el hecho de que la vagina de Se-hyung estuviera desgarrada y arruinada era simplemente un ingrediente más para un juego excitante.
Lo que alguna vez fue una vagina apetecible ahora era un bulto rojo e hinchado. De aquel lugar, que ya había perdido su función, el fluido viscoso de semen y lubricación brotaba sin cesar, como si una presa hubiera colapsado.
Chlop, chlap. Esos líquidos inmundos y obscenos que emanaban de su lugar más íntimo mancharon la pulcritud del suelo del metro. Los hombres que lo rodeaban, temiendo perderse el espectáculo, no dejaban de accionar los obturadores de sus cámaras.
Click, click. Numerosos flashes iluminaron crudamente la zona íntima de Se-hyung. Incluso en el momento en que todo su ser era exhibido ante el mundo y rodaba por el suelo en la posición más humillante, Se-hyung seguía temblando, aplastado por ondas de placer que no se detenían. Ahora, su cuerpo no era más que un conducto de excreción erótica fuera de su control, rodando impotente sobre los rastros de su propia depravación.
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