Volúmen 1
Editado
Los chips biométricos fueron parte de las políticas de control poblacional que surgieron junto con el establecimiento de las ciudades-estado.
Después de la Cuarta Guerra Mundial, desatada por la escasez de alimentos y el agotamiento de recursos, las personas que enfrentaron la amenaza de extinción sobrevivieron construyendo ciudades-estado cerradas, descentralizadas y para no repetir los errores de las generaciones anteriores, controlaron estrictamente el número de habitantes.
En tales ciudades-estado, un ‘niño’ era el producto de una planificación meticulosa, nacido mediante fertilización artificial.
Desde el género hasta la personalidad y el talento, los niños nacían con gran parte de su vida diseñada (sin embargo, lo curioso es que la mayoría de estos diseños quedan oscurecidos por factores ambientales y posnatales). En cuanto se les extrae el cordón umbilical, se les inserta un chip del tamaño de un grano de arroz en algún lugar del cuerpo.
En la ciudad-estado de Koranest, donde nací, el lugar de inserción cambiaba periódicamente por las directivas gubernamentales, por lo que era posible estimar la edad de una persona según la ubicación del chip.
Para la generación de mis padres, fue en el dorso de la mano, para la generación anterior, era en la nuca y para la gente de mi edad, era en la clavícula.
Y hacerse un tatuaje en el lugar donde se insertó el chip se volvió algo popular desde la generación anterior.
Los expertos analizaron la situación y todo esto se convirtió en un problema social, ya que los equipos de rescate que acudían a la escena de un accidente primero escaneaban el chip con un dispositivo y como la ubicación del grabado variaba según la generación, se perdía mucho tiempo buscando la información.
La tendencia se extendió rápidamente y el número de personas con tatuajes en la nuca y la clavícula superó con creces a las que no los tenían.
«Pero aunque eso sea cierto…»
¿Cuál era la probabilidad de que más de treinta personas tuvieran exactamente el mismo tatuaje? Si se considera la población total de Koranest o la proporción de veinteañeros dentro de ella, era aún más absurdo.
Ante esto, habían dos posibilidades: o el dueño de la isla ordenó secuestrar y reunir específicamente a hombres veinteañeros con este tatuaje o el maldito tatuador tenía alguna conexión con el dueño de la isla.
Me incliné por lo segundo. Entonces, la invitación humana que me fue enviada por una persona a la que ni siquiera conocía, cobró sentido.
«¿Esa invitación fue solo para mí? ¿Habrá más personas aquí que también la recibieron?… O quizás simplemente no lo han mencionado, pero tal vez todos tuvieron una experiencia similar».
Esos pensamientos no duraron mucho.
Siguiendo las instrucciones del personal armado, nos alineamos y abandonamos el muelle. Todos los secuestrados teníamos una estatura y complexión similares y la apariencia de todos era igualmente atractiva. Era como si hubieran reunido específicamente a personas así.
Era obvio que el maldito tatuador era un secuaz del dueño de la isla.
No sé si él mismo seleccionaba personalmente a las personas que creía que le agradarían al dueño de la isla y las marcaba con tinta o si el dueño de la isla había especificado características concretas.
«Puede que haya recomendado activamente el tatuaje designado para que se lo hicieran y durante el procedimiento le hizo algo al chip. Por ahora, esa idea era la más plausible».
Un cliente no experto probablemente pensaría que el tatuador solo está trabajando, sin importar cuánto se mueva alrededor de la clavícula.
«Idiota, ¿cómo es que no lo notaste?»
…Estaba claro quien era el idiota.
Me rechinaban los dientes, pero en ese momento no podía hacer nada. Me sentía frustrado y exasperado.
Los hombres armados nos sacaron de la playa. Tras caminar un rato, temblando de ansiedad, apuntados por sus armas, llegamos a una carretera bien asfaltada.
Nos metieron en un camión contenedor estacionado bajo una palmera y pusieron el vehículo en marcha.
Solo entonces la tensión disminuyó y la gente se dejó caer en sus lugares. Los que tenían más espacio se arrastraron hasta las paredes y se acurrucaron ahí.
Los llantos ahogados se mezclaban débilmente con el ruido del motor. Nadie hablaba.
Estaba bastante estresado, pero no me dolía la cabeza. ¿Qué demonios me hicieron? Me mordí el labio, intentando recuperar la compostura. El interior estaba oscuro, pero había suficiente luz para distinguir lo que me rodeaba. Esto era gracias a un pequeño orificio de ventilación perforado en la parte superior del contenedor.
Entrecerré los ojos y conté a la gente. Eran treinta en total. Cinco personas habían muerto en la conmoción anterior, lo que significaba que ese maldito tatuador había vendido a treinta y cinco personas.
Golpeé mi cerebro en huelga y lo forcé a recordar cómo era el tatuador.
Es cierto que elegí este tatuaje porque me parecía bonito. Pero fue el tatuador quien me lo recomendó.
Golpeé la pared con mi puño. Los que estaban cerca se sobresaltaron y me miraron, pero pronto volvieron a inclinar la cabeza sin vida, como peces muertos.
Estaba refunfuñando, sin poder contener la ira, cuando alguien me tocó el hombro. Giré la cabeza y vi la tenue silueta de una cara familiar. Me quedé boquiabierto sin querer.
—¡Kybus!
—¡Vaya, pensé que había visto mal!
Debió dudar en tocarme, pero estaba tan conmovido que me agarró la mano. Nos conocimos hace apenas una noche. Aunque solo habíamos tenido una charla trivial en un contexto de buscar una pareja para pasar la noche, ver un rostro conocido en un lugar como este me alivió tanto que no podía creerlo.
Los hombres, cada uno con su propia expresión de desesperación, también reaccionaron. ¿Qué probabilidades había de encontrarse con alguien conocido en un lugar donde todos habían sido secuestrados? Tranquilicé mi voz temblorosa y pregunté lo más importante.
—¿Sabes qué pasó?
—Eso es lo que yo quería preguntarte. Recuerdo claramente que eres un investi…
Levanté la mano y tapé bruscamente la boca de Kybus. Desde que comenzó a hablar, tuve un mal presentimiento y fue bueno que estuviera alerta. Él también, con una expresión que decía “ups”, solo movió los ojos.
Exacto. No hay nada bueno en revelar que soy un investigador en un lugar como este. Si se propaga esa información aquí, de alguna manera llegará a los oídos del personal armado afuera. ¿Acaso esos tipos, que armados con fusiles matan a alguien solo por resistirse un poco, dejarían vivo a un elemento peligroso como un investigador del gobierno?
Kybus, quien había recibido bien mi advertencia, se sintió mortificado. Cuando lo solté, me miró con expresión hosca y luego volvió a hablar.
—No lo sé. Me golpearon en la nuca y me desmayé y cuando desperté, estaba en ese barco de antes. Pero, curiosamente, el lugar donde me golpearon no me duele. Tampoco hay sangrado. Así que pensé que solo había tenido una pesadilla, pero…
Al final, él tampoco sabía nada. —¿Adónde hemos llegado? ¿A dónde irá este vehículo? —Las preguntas de Kybus hicieron que mi corazón se estremeciera.
Y como si mi cerebro hiciera sonar una alarma, vertí toda la información que había reunido durante los últimos días.
Un lugar donde se realizan desde modificaciones corporales ilegales hasta todo tipo de actos sexuales crueles.
Una isla donde meter manos y brazos en agujeros es algo común y donde se empuja la mente y el cuerpo humano al límite para convertirlos en pedazos de carne obsesionados con el sexo.
«No, no. No entremos en pánico».
¿Los rumores no suelen exagerarse? Solo… incluso en el peor de los casos, seríamos violados en grupo, ¿verdad? ¿Está bien usar “o” para referirse a una violación en grupo? No lo sé. Maldición. ¡Maldición! Tomé la mano de Kybus, que temblaba fuertemente, con mi mano que temblaba un poco menos. La ansiedad me estaba carcomiendo el corazón.
* * *
¿Qué sucede cuando una persona experimenta placer y dolor más allá de los límites normales? La respuesta está, justo ahora, ante mis ojos.
—Ahg.
—Mngh.
—Hah. Ugh. ¡Aaah!
Estatuas de dioses masculinos, sólidas y esculpidas de manera sensual, sostenían en sus brazos un trozo de carne viviente cada una. Las esculturas no se movían, pero los enormes y grotescos genitales en sus partes inferiores se movían sin cesar, penetrando y removiendo el interior de las personas restringidas.
Sus costillas se sacudían y sus pechos se expandían. Los pezones de un rojo brillante, erectos en las puntas, se balanceaban de un lado a otro junto con las joyas que perforaban la carne. La carne rosada, que debería haber sido solo un vestigio de órgano masculino, era anormalmente gruesa, lo suficiente como para balancearse.
Cada vez que se movían, las ataduras en sus tobillos y manos, conectadas a algún lugar de la estatua, hacían un ruido incesante.
La postura de las personas colgadas cambiaba según la pose de las estatuas. Algunas eran empaladas simultáneamente por la boca y el ano entre dos estatuas. Cada vez que su garganta se abultaba, podía verse cómo su respiración se entrecortaba.
Luego, sus ojos comenzaban a voltearse hacia atrás y sus cuerpos robustos convulsionaban, derramando un líquido blanco. Aunque los genitales eran tres, solo uno eyaculaba.
Las estatuas que violaban a los humanos se alineaban infinitamente a ambos lados del camino hacia la mansión.
Los nuevos esclavos, que habían visto de primera mano su destino, se tambaleaban y avanzaban con inercia, impulsados por las armas que les apuntaban.
En cuanto a mí, sentí que iba a vomitar. Quizás era porque mi corazón se había quedado en el fondo del contenedor en el que nos transportaban, pero el asco superó al miedo y sobre ese asco, la ira.
Kybus se pegó aún más a mí. Discretamente liberé mi mano de la suya y negué con la cabeza sin que se notara.
Aunque no tanto como el hecho de que yo era un investigador, que se supiera que nos conocíamos no traería nada bueno. Afortunadamente, él pareció entenderlo, aunque con mirada ansiosa, también discretamente se distanció un poco. Eso fue suficiente.
Contemplé con la mirada vacía, la interacción entre los humanos y las estatuas. Incluso yo, un profano en la materia, pude ver que la forma y el acabado de las estatuas eran excelentes. De no ser por la pálida roca y los ojos sin pupilas, parecían tan reales que podrían pasar por personas vivas.
Parece que incluso en esta época existía un Pigmalión con una clara visión en su mente y la habilidad manual para realizarla.
Los dildos en las estatuas revolvían las entrañas humanas con una fuerza y un ritmo que ningún humano podría lograr. De hecho, más que revolver, eran movimientos cercanos a destrozar.
No soy un experto en esculturas, pero sé bien sobre el sexo entre hombres. Con ese nivel, ya no sería extraño que la parte inferior estuviera empapada en sangre y el extremo del recto se sobresaliera.
Aun así, el rostro de los hombres, con los ojos en blanco y babeando, estaban llenos solo de un profundo placer.
La magnitud de la modificación corporal me impactó aún más que cuando me di cuenta de que me faltaban los anteojos. El camino liso y terminado parecía un pantano y me arrastraba por él.
Cuando recobré el sentido, me habían empujado hasta el final de la fila, con la punta de un arma clavándose en mi espalda.
—Camina más rápido.
—…
No sentía ese miedo vago ni tan distantemente aterrador como cuando estaba en el muelle.
Me imaginé brevemente arrebatándole el arma al hombre. Pero sin importar cómo hiciera la simulación mental, el resultado siempre era mi muerte.
Incluso si lograba desarmarlo y mataba a los otros tipos uno por uno, moriría alcanzado por las balas de los que no lograba someter. Me imaginé contemplando mi propio cadáver desnudo tendido en el suelo y calmé mi ira.
Frente a la mansión, un grupo de personas nos esperaba. Los guardias armados que nos guiaron hablaron con un hombre al frente, asintieron con la cabeza y desaparecieron.
Aunque todos los hombres con rifles habían desaparecido, ni una sola persona intentó correr o moverse.
Un hombre joven y fornido, con un traje elegante, aquel que habló con el líder de los hombres armados, se presentó como “Mayordomo Mowrer”. Tenía el pelo negro y fino y ojos aún más oscuros.
Hablaba educadamente, pero sus ojos parecían estar mirando cosas.
Quienes estaban detrás de él, vestidos con atuendos similares, eran sirvientes. En pocas palabras, eran el personal que administraba la isla y velaba por la comodidad de los huéspedes.
Isla.
Esa palabra pronunciada con indiferencia golpeó mi corazón como el veredicto de un juez.
Mowrer dijo que, tal como había visto en el camino, nos convertiríamos en esclavos de esta isla, proporcionando comodidades para el placer de los invitados y que para ello recibiríamos una semana de entrenamiento y educación básica.
También añadió una advertencia: si causábamos problemas, como desobedecer órdenes o intentar escapar, recibiríamos un castigo acorde a la gravedad. El rostro de las personas palideció. Entonces, como si hubiera estado esperando esa reacción, Mowrer sacó a colación la “zanahoria” de compensación.
—Su tiempo en la isla como esclavos durará tres años. Después de tres años, los enviaremos de regreso a su lugar de origen.
—¡¿…?!
—En ese momento, todos los recuerdos de este lugar serán borrados y cada persona recibirá 300.000 créditos.
—¡Trescientos…!
La gente estaba impactada. Al parecer, la noticia de los 300.000 créditos fue más impactante que la de su regreso. Lo entendía. Yo también sentía lo mismo.
Era una cantidad que no podía comprender del todo. ¿Cuánto costaba una casa en el lugar más adinerado del Distrito 1? Estoy casi seguro de que rondaba los 30.000 créditos. ¿De verdad nos darían diez veces más que eso?
—Pero por ciertos motivos, no podemos aceptar las solicitudes de ser liberados ahora, incluso si renuncian al dinero. Les ruego que lo comprendan. Sin embargo, si durante este período siguen fielmente las instrucciones de la isla, les prometo que recibirán protección y su compensación. Como la existencia de la isla debe permanecer oculta, los canales de pago varían, pero todos recibirán su compensación correctamente —enfatizó Mowrer.
El hecho de que estaba desnudo y sin nada puesto, los estimulantes sonidos del camino que acababa de recorrer y el hecho de que estaría en una situación similar a la de ellos durante los próximos tres años se desvanecieron por un momento.
Mowrer, que había estado observando a la multitud, chasqueó los dedos. Los sirvientes, moviéndose con mínimo derroche, nos rodearon en intervalos regulares. En poco tiempo, quedaron posicionados como lo estaban antes los hombres armados.
Morr giró su cuerpo con movimientos contenidos y elegantes.
—Ahora síganme por favor.
Mientras guiaba al grupo, fue soltando información que los nuevos esclavos debían saber.
—El personal residente de la isla se clasifica en tres categorías principales. Aunque hay una excepción… Les explicaré sobre ello gradualmente. Lo que deben saber ahora son los residentes generales: primero, los guardias. Se encargan de la seguridad y el orden. Son quienes los trajeron hasta aquí. Están compuestos por mercenarios veteranos en su mayoría. Segundo, los sirvientes, incluido yo. Somos los administradores de la isla, podrían considerarnos empleados. Manejamos todo tipo de asuntos diversos que ocurren aquí y también nos encargamos de la comodidad de los invitados y de ustedes. Por último, están los esclavos como ustedes.
Mientras escuchaba, me pregunté si realmente debía revelar algunas cosas. Por ejemplo, el hecho de que la mayoría de los guardias eran mercenarios…
«Bueno, aunque lo sepa, no puedo hacer nada al respecto».
Como investigador, trataría diligentemente de recordar las características y debilidades de los mercenarios (puntos débiles, facilidad para sobornar, etc.), pero desde la perspectiva de una persona común, es más fácil darse por vencido. Y por mucho que lo intentara una persona común y corriente, no podría derrotar a un mercenario entrenado.
Más tarde me di cuenta de que tal vez Mowrer había filtrado intencionalmente información adicional.
—Ahora se dirigen a la sala de reconocimiento físico. Allí examinaremos sus cuerpos, determinaremos su grado y los clasificaremos. Entonces, comenzará su verdadero entrenamiento y educación.
Mowrer mantuvo una actitud tranquila y profesional durante todo el proceso. Aunque algunos parecían encontrar cierto consuelo en ello, a mí me pareció bastante repulsivo. En esta isla de locos, ¿de verdad existía alguien con una actitud tan sensata? Algo que he aprendido como investigador es que cuanto más cuerdo parece alguien, más demente está.
Lamentablemente, mi convicción pronto se reveló como realidad.
Amo cómo dice “ser violados en grupo” como si fuera de lo más normal.