1. Rey del Ajedrez – Rey Blanco III

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Hay una razón por la cual los lugares tienen bajas densidades de población.

…Debería haberlo notado antes.

—…

Aquel lugar era increíblemente espacioso y agradable, incluso para un jardín bien cuidado, pero casi no había sonidos o rastros de personas. Pensé que era extraño. Sin embargo, como había esperado tanto tiempo para finalmente tener una oportunidad de escapar, mi cerebro racionalizó la situación con todo tipo de persuasión engañosa.

Convencido por mí mismo, salí con paso arrogante abriéndome camino entre los arbustos y tan pronto como lo hice, me encontré con seis hombres uniformados. Seis pares de ojos fríos se clavaron en mí.

Giré frenéticamente la cabeza buscando una manera de resolver esta situación… Pero nada.

«Mierda…»

Un sudor frío me corrió por la nuca.

Aquéllos claramente eran la guardia real de ese tipo al que llaman “Rey” o lo que sea. Entonces, eso significaba que el apuesto Rey estaba cerca…

—¿Quién anda ahí?

Antes de que las palabras terminaran de resonar, los seis que estaban parados como una pared se apartaron a la izquierda y derecha como un solo cuerpo. Su movimiento incluso transmitía una especie de belleza contenida. Entre ellos, apareció la figura de un hombre.

Era el Rey, Udis.

El hombre, que originalmente parecía una obra de arte perfecta, brillaba como un diamante bajo la luz natural del sol.

Entre el cabello rubio platino que ondeaba como hilos de seda dorados, unos ojos azules, ligeramente interesados, me observaban. Ahora que los miraba con atención, sus ojos parecían joyas. No, era como si todo su cuerpo estuviera hecho de joyas.

Debido a su apariencia irreal, noté un poco tarde lo que se encontraba haciendo.

—…

Udis estaba metiendo la mano en el agujero de un hombre que convulsionaba. Por un momento, me sentí mareado. No era su cosa la que entraba, era su mano. No, maldito lunático. ¡¿Por qué metes eso ahí?!

—Uhm, u-ugh.

El hombre, que tenía una mano metida hasta la muñeca, temblaba violentamente por todo el cuerpo y jadeaba como si le faltara respiración. Solo con ver su espalda completamente rígida, se podía sentir que en ese momento estaba sufriendo horriblemente.

¿Debía intervenir? Mi yo como investigador y mi moralidad alzaron la cabeza. Al mismo tiempo, mi instinto de supervivencia me agarró del cabello, gritándome que no me involucrara y que, incluso ahora, debía darme la vuelta y huir a toda velocidad.

—Te dije que no hicieras ruido.

Levantó su mano libre en alto.

¡Golpe!

—¡Aah!

—Silencio.

¡Zas!

—¡…!

Fue una sacudida tan fuerte que la forma de sus nalgas llegó a deformarse al instante. Incluso comenzó a mover la mano que tenía dentro, retorciéndola sutilmente. Cada vez que la muñeca desaparecía por completo, la cabeza del hombre se sacudía con un quejido de agonía.

Uris giró la cabeza hacia mí, que me había quedado paralizado. Sus ojos azul gélido me traspasaron fijamente. Fue entonces cuando lo comprendí, al ver la cicatriz apenas visible en el rabillo de su ojo y sus pupilas donde se reflejaba la luz.

Sus dos ojos eran protésicos. Una persona común no lo habría notado ni aunque los mirara durante mucho tiempo, pero, como investigador, estaba familiarizado con las partes corporales artificiales. No había un solo agente de campo especializado que no llevara extremidades ortopédicas o prótesis.

Incluso siendo un investigador de oficina, por el mero hecho de ser colegas, me topaba y relacionaba con frecuencia con ellos, así que me era inevitable reconocerlas a simple vista.

—¿Te gustan mis ojos?

Sonrió levemente. Me quedé paralizado, incapaz de decir nada. Sus ojos penetrantes apenas se habían cerrado, pero su expresión había cambiado drásticamente. Ahora exudaba un aire lánguido, decadente y, a la vez, peligroso.

—Como eres nuevo, te dejaré salir del apuro esta vez. Pero de ahora en adelante, será mejor que respondas enseguida, sin hacerme preguntar dos veces. ¿Te gustan mis ojos?

—…Sí.

—¿Por qué?

¿Por qué? ¿Cómo qué “por qué”? Es que desde esa situación no podía responder “no”, así que dije “sí”. ¡Como si de verdad me gustaran tus ojos y los encontrara atractivos!… Aunque claro, la verdad es que sí son bonitos.

—Porque… me gusta el color azul.

Era verdad. La mampara de mi escritorio estaba decorada enteramente en azul, y la foto que tenía ahí era una imagen del mar de un resort al que quería ir.

—Me alegra que te gusten.

Al decirlo sonriendo, el hombre desprendía un aura más propia de una bestia que de un ser humano. Mis manos se crisparon de nerviosismo.

El hecho de haber salido así, sin un plan concreto, se debía en parte a cierta confianza en mis propias capacidades.

Para convertirme en investigador, incluso los que eramos solo personal administrativo, debíamos cursar obligatoriamente clases de artes marciales. Y yo estaba entre los tres mejores de mi promoción.

Sería difícil enfrentarse a un mercenario veterano con un arma, pero confiaba en que podría derrotar sin problema a un invitado o a un sirviente desarmado.

«Pero con este maldito no puedo».

Entre los agentes especiales, había uno conocido como el As. Era un hombre de expresión fría, de pocas palabras y con una complexión física tan imponente como la de la persona que tenía frente a mí ahora. Una vez, al doblar una esquina en el pasillo, me lo encontré cara a cara y sentí exactamente la misma sensación que ahora.

Esa repugnante sensación de haber vivido dándote aires de soberbia entre los mediocres, para que, tarde o temprano, la realidad te obligue a recordar a la fuerza que solo eres una presa.

—¿En qué estás pensando ahora mismo?

—No estoy pensando en nada.

—Una cosa más. Odio repetir las cosas dos veces, pero odio aún más las mentiras.

Se me erizó la piel. ¿Cómo lo supo? ¿Qué clase de bestia es?… A juzgar por sus actos, quizás sí sea de verdad una bestia.

—Tú me agradas bastante. Por eso te daré una oportunidad más. ¿En qué estabas pensando hace un momento?

Mierda. No lo sé.

—Estaba calculando si podría pelear y huir… pero concluí que sería difícil.

Las expresiones de los guardias se endurecieron y sus cuerpos se tensaron, visiblemente a simple vista. Udis estalló en carcajadas, con el cuerpo temblando violentamente. Esto significaba que el hombre, al que aún le penetraban el trasero con la mano, estaba a punto de desmayarse.

Chup.

Uris retiró la mano lentamente. El hombre, que se había desplomado de lado, se convulsionó unas cuantas veces antes de quedar inmóvil. Parecía haber perdido el conocimiento.

Un líquido, del cual prefería no adivinar su naturaleza, brillaba de manera viscosa sobre su blanco brazo. Uno de los guardias se acercó con un trapo y lo limpió con familiaridad.

Aun en medio de todo eso, su deslumbrante azul no se apartaba de mí. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo. Era una mirada más lasciva y descarada que la primera vez. Apreté los músculos y me mantuve rígido, tratando de no cubrir mis partes íntimas de una manera patética.

—Tus pezones están bonitos, hinchados y erectos. 

Su primera frase después de escuchar: “Me preguntaba si podría noquear a todos tus guardias, incluyéndote a ti”, fue esa. Mi mente se quedó aún más en blanco que antes. Era como si solo pudiera comunicarme verbalmente con una criatura no humana. Estábamos hablando, pero sentía que en realidad no había comunicación.

«Pero tampoco es que sea algún tipo de forma de vida extraterrestre».

Él apartó a sus escoltas y se acercó a mí. Al verlo de cerca, la sensación de opresión que emanaba de su complexión física era abrumadora. Por muy poco medía más de 185 cm, superándome por al menos medio palmo.

Bajé la vista. Los músculos pectorales que su camisa no podía contener estaban justo frente a mí. 

—Señor, Udis —lo llamó  un guardia.

—Mientras no haya contactado directo no hay problema.

Levantó la tarjeta de plástico pegada a mi pezón. Gemí suavemente por el dolor punzante. ¡Maldición! ¡Solo ha pasado medio día desde que me la pusieron!

Fruncí el ceño y lo miré con enojo. Sonrió como si le pareciera divertido y sacudió la tarjeta ligeramente.

—Que tu placa de identificación sea blanca significa que eres un esclavo recién llegada. Si eres un invitado en su sano juicio, no te molestaré, así que, incluso si intentas huir, es mejor que la lleves puesta hasta que hayas abandonado completamente esta isla.

—…¿Me enviarán a la Isla Este?

—Escuchaste atentamente lo que dijo Mowrer. Excelente.

Evadiendo mi pregunta, se dedicó a farfullar sobre otra cosa mientras miraba la tarjeta.

—Tu pene es más grande de lo que parece. Probablemente tus pezones crecerán más en el futuro. Tu cintura… es demasiado delgada. Con una cintura que parece a punto de romperse, te costaría mucho sobrevivir en una isla.

Esto es una locura.

Me ardían las orejas y se me enrojecieron las mejillas. La calma con la que hablaba lo hacía aún más erótico. Intentar reprimir mi excitación fue en vano, pero mis genitales, antes flácidos, finalmente se erectaron.

Ahora dirá algo como: “¿Te emocionas por eso? Eres más sensible de lo que pensaba”, ¿verdad? Sin embargo, contrariamente a mis expectativas, me preguntó mi nombre.

—…¿Mi nombre?

—Parece que debo añadir que tu capacidad de entendimiento es deficiente.

—¡Ahg!

Tiró de la tarjeta bruscamente. Mi cuerpo se tambaleó y luego caí hacia adelante. La hierba suave evitó cualquier lesión, pero el dolor en mi pezón era tan intenso que no pude distinguir si había caído sobre hierba o arena. Un leve hilillo de sangre comenzó a correr por la blanca tarjeta.

—Tu nombre.

Una voz tranquila llegó a mis oídos. Ahora lo entiendo. Esa voz podía ser tan cariñosa como fría según él lo quisiera.

—Han… Soy Han Yoon-seo.

—Bien. Han Yoon-seo. Ya que este es tu primer día en la isla, sería genial darte una experiencia inolvidable.

Una experiencia así es suficiente para terminar lavando los derechos de humanos que han sido aniquilados.

—Camina conmigo un rato, —dijo, vacilante.

—Estoy bien.

—Probablemente aún no lo sepas, así que tendré consideración. Detesto que alguien contradiga o rechace lo que digo.

Simplemente di que no te gusta nada, pequeña mierda.

No me atreví a decirlo en voz alta, así que solo refunfuñé por dentro. Él se rio entre dientes como si supiera que lo pensé y me dio un golpecito en la mejilla con las yemas de los dedos.

—Muy bien, ¿qué era lo que detesto?

—…Tener que repetir las cosas dos veces y que le mientan. También que contradigan o rechacen lo que dice.

—Bien. No eres tan tonto, —habló con energía, luego se dio la vuelta y echó a andar. Lo seguí con el rostro sombrío y sin vida.

Dijeron que eras un Rey, ¿pero no serás más un dictador? Esto va a ser una locura.

…No. Quizás para el Rey de una isla como esta, eso sea lo normal. Observé en silencio a Udis, que chasqueaba los dedos hacia sus guardias.

Una estatura que supera los 190 cm. Una complexión enorme y músculos que gritan su propia fuerza. Y hasta una belleza deslumbrante que opaca todo lo anterior.

Era un macho alfa reconocible incluso desde 100 metros de distancia. Alguien superior a los demás, para quien estar por encima de los otros es natural.

Si tuviera que seleccionar los genes superiores que deberían transmitirse a las generaciones futuras, esta sería la persona que estaría a la vanguardia.

Pero incluso un hombre así tiene un amo. No solo un hombre común, sino el gobernante absoluto de la isla, el dueño de todo.

Si imagino lo que ese ser, cuyo rostro aún desconozco, puede hacer en esta isla, no sería exagerado llamarlo, sin falta de respeto, una divinidad.

«…Una divinidad».

Al llegar a ese pensamiento, sentí una curiosidad genuina por el dueño de la isla.

* * *

El paseo fue horrible.

La escolta levantó al hombre del suelo y trajo a dos nuevos esclavos de algún lugar. Uno era musculoso y el otro delgado, con orejas de conejo y de gato respectivamente. Ambos eran hermosos y su maquillaje les quedaba sorprendentemente bien. Era como ver a un conejo y a un gato humanos.

También se sorprendieron muchísimo al verme, aunque su sorpresa fue distinta a la mía. Sus pupilas temblorosas, incapaces de despegarse de mi placa blanca, finalmente recobraron el sentido ante la orden de Udis.

—Prepárenlos.

En cuanto esas palabras salieron de su boca, sus escoltas se arrodillaron ante los dos hombres. Comenzaron a juguetear con los genitales de los esclavos y les pusieron extrañas restricciones.

Los rostros del Conejo y del Gato se sonrojaron ligeramente. Eso fue todo. Solo se estremecieron un poco o se movieron inquietos, pero no rechazaron el contacto ni empujaron a los guardias.

De sus pezones, que eran el doble de grandes que los míos, colgaban y se balanceaban tarjetas de plástico doradas.

Al terminar la tarea, los guardias presentaron respetuosamente con ambas manos al Rey las agarraderas de las largas cadenas de hierro que se extendían desde los testículos de los hombres. Los esclavos, naturalmente, cayeron a cuatro patas.

Udis tiró suavemente de la cadena y luego presionó el talón contra las nalgas y testículos levantados de los hombres varias veces. Era como si estuviera comprobando el estado de la mercancía.

—Ugh.

—Uhmn.

Cada vez, meneaban las caderas y contraían la cintura, pero el Conejo y el Gato no mostraban ningún desagrado. Más bien, estaban llenos de expectación por lo que sucedería a continuación.

Udis, con satisfacción, sonrió y encendió el control remoto que le habían dado junto con el mango.

¡Brrrrrr!

La cola corta del Conejo y la larga cola del Gato se movieron simultáneamente, silbando y vibrando. Quizás porque el entorno estaba silencioso, el sonido de la vibración se escuchaba especialmente alto.

—¡Ohg! ¡Uhm!

—¡Aah!.. ¡Mngh! Me encanta… Señor Udis… Me encanta.

Los dos hombres jadeaban, boquiabiertos. No mostraban ningún signo de vergüenza. Lo que realmente me estaba volviendo loco era la parte inferior de mi cuerpo, que claramente comenzaban a reaccionar ante la visión.

Me mordí el labio. Esto era inevitable. Siempre he sido así.

Él se acercó a mí mientras yo estaba inquieto.

—Junta tus manos y extiéndelas.

Medio resignado, hice lo que me ordenó. Algo cayó sobre mis manos. Algo ligeramente frío, blanco y rectangular de plástico. Era el control remoto del consolador que estaba escarbando con entusiasmo en los orificios del Conejo y el Gato.

—Las reglas son sencillas. Puedes subir el interruptor, pero no bajarlo. Cuando quieras terminar tu caminata, simplemente sube el interruptor por completo.

Estaba a punto de avanzar seis pasos a la vez cuando él me susurró al oído como si supiera lo que estaba pensando.

—Me gustaría caminar durante unos 30 minutos para cambiar mi estado de ánimo.

¿Y qué se supone que haga con esto?

Dudé mientras me respondía a mí mismo. Mi big data interno, entrenado tras años de sufrir jefes de mierda, interpretó las palabras de Udis: “El paseo es de 30 minutos. Si subes esto al máximo ahora, el Conejo y el Gato tendrán que recorrer el jardín durante media hora con el consolador a máxima potencia”. …Mierda.

—Bueno, ¿nos vamos?

La punta de su zapato golpeó ligeramente los testículos del Conejo.

—¡Ngh!

Por supuesto, los golpes no se detuvieron ahí.

¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!

—Aah. Uhmg. ¡Aaah!

Las primeras veces lo resistieron bien, pero al final inevitablemente se les escaparon gritos. Aun así, nunca se derrumbaron ni usaron sus manos libres para cubrirse y proteger sus genitales. Por el contrario, en medio del dolor, se esforzaron por mantener la postura de estar a cuatro patas

¿Por qué? ¿Por qué carajos haces eso?

No lo entendía. Sentía un nudo en el estómago por el rechazo. La tensión y el estrés que había reprimido con la razón se acumulaban en mi cabeza, listos para explotar en cualquier momento. Estaba al límite.

—Ufff —dijo Udis, dejando escapar un suspiro de alivio. —Azotar es divertido, pero hacerlo tú mismo tampoco es tan malo. ¿Te animas a intentarlo?

—¿Qué me hará si me niego?

—No te haré nada.

¿De verdad quiere que me lo crea? Lo miré con enojo y él se encogió de hombros, con las comisuras de sus labios curvadas en una sonrisa encantadora.

—Hablo en serio. “Los nuevos esclavos en la isla no deben ser tocados durante una semana después de su entrenamiento y educación. Sin excepciones”. Es una de las pocas reglas establecidas por el dueño de la isla. No hay excepciones. Ni siquiera el Rey puede romperla.

Información valiosa apareció de un rincón inesperado.

—Entonces yo….

—Si no quieres acabar postrado a mi lado, mejor empecemos. Estoy empezando a aburrirme.

Intenté preguntar algo, pero Udis, con expresión de fastidio, me cortó. No sé si era que no quería hablar más del tema o si simplemente odiaba estar aburrido. En cualquier caso, lo que yo debía hacer estaba claro.

Udis agitó el mango una vez de arriba abajo y la cadena, que colgaba flojamente, tiró y sacudió los genitales conectados a ella

Los dos empezaron a caminar a gatas. Udis me habló con la tensión de quien pasea a un perro.

Al principio, respondía muy tenso y nervioso, pero no pasó mucho tiempo antes de que me relajara. Resultó que, como era una orden del dueño de la isla, él realmente no podía hacerme nada más que conversar conmigo.

—¿Te gustan más los conejos o los gatos? 

—Me gustan todos los animales por igual. Pero, ¿de verdad se refería a gatos y conejos reales con su pregunta anterior?

—Sí. ¿Entonces qué pensabas que quería decir? 

—…¿De verdad tiene que preguntar para saberlo?

Después de dar una gran vuelta por el jardín, me di cuenta de que la tensión en mis hombros había desaparecido y tanto mi cuerpo como mi mente se sentían un poco más tranquilos.

El simple hecho de tener una conversación informal me alivió un poco el estrés. Me permitió recuperar la sensación de realidad.

Claro, había un tipo a mi lado, pateándole los testículos a otros hombres, arrastrándolos encadenados como animales y guardias uniformados siguiéndolo. Aun así, era cierto que sentí cierto alivio.

Entonces, aproximadamente 30 minutos después de iniciar la caminata…

Así que, durante todo el paseo, cuando el control, que Udis había estado manipulando para subir de intensidad, alcanzó el nivel más alto, él chasqueó los dedos ligeramente, pisoteando a los dos hombres que ya habían eyaculado repetidamente, yacían exhaustos y se retorcían en espasmos.

Entonces, dos de los uniformados que habían estado siguiéndonos en silencio todo el tiempo se adelantaron y se pararon a cada lado de mí.

—Ve con ellos, te guiarán a tu habitación. Todavía estás en un período de adaptación, así que esta es la única vez que haré la vista gorda ante tu intento de escape.

Regresé a la habitación siguiendo a los uniformados, mientras escuchaba la advertencia de “no intentar nada”. Después de que se fueron, intenté abrir la puerta de nuevo. Esta vez no se abrió. Mientras estaba sentado absorto en la cama, una pequeña ranura bajo la puerta se abrió y entró un plato de comida con comida.

Comí, volví a recostarme y luego entré al baño a lavarme. Noté tardíamente que las plantas de mis pies estaban sucias y manchadas de polvo y hierba.

Me sequé con una toalla que olía a suavizante, luego saqué el secador del cajón del baño y me sequé el cabello. Sin pensarlo, me dejé caer hacia adelante en la cama, con mis pezones perforados apretándose y gemí. Gemí y solté un torrente de maldiciones.

Miré el techo, que parecía de yeso. Lo primero que me vino a la mente durante ese momento de tranquila reflexión no fue una forma de escapar de la isla ni una idea de cómo encontrar a su dueño, sino un hermoso Rey de 190 cm de altura.

—…Estoy loco.

No, claro, sé que me fijo mucho en las caras, me gusta lo bonito y aunque no sea amor, suelo sentir atracción rápidamente… ¡Pero esto no está bien!

Discutí un rato conmigo mismo, frustrado por mi propio patetismo.

[Es hora de dormir.]

Casi salto disparado de la cama por la voz repentina. Miré a mi alrededor y descubrí un altavoz instalado en la esquina del techo. De él fluía música clásica. No tenía idea del compositor o el nombre de la pieza, pero me sonaba tremendamente familiar.

Ding-dong. Ding-dong. Una vez que pasaba la introducción, era tan pegadiza que podía tararearla… bueno, más o menos.

«¿Por qué diablos están poniendo esto?»

Nervioso, miré alrededor de la habitación. Listo para reaccionar ante cualquier cosa que pudiera ocurrir. Pero la música clásica continuó durante unos cinco minutos y luego cesó, sin que pasara nada.

—¿Qué diablos? Se supone que debo dormir escuchando es-

¡Sshhhh!

—…Pues sí, parece que me voy a dormir a la fuerza.

¿No era una canción de cuna sinó una alarma de gas? Maldita isla de locos.

Tapé mi boca apresuradamente con el dorso de la mano, pero fue inútil. La ventana. Tengo que abrir la ventana. Pensando eso, extendí la mano y luego caí pesadamente al suelo.

Aunque caí al suelo, no me dolió. Probablemente me despertaría por la mañana para descubrir dónde estaban los moretones y cuánto me dolían. Si iba a terminar así, debería haberme quedado quieto en la cama, alerta. Cerré los ojos con arrepentimiento.

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