Volúmen 1
Editado
La dignidad humana suele tener otro nombre: la ropa.
Nunca imaginé que el simple hecho de no llevar nada puesto me haría sentir tan inherentemente incorrecto.
Los sirvientes, con sus botones abrochados hasta el cuello, y los invitados que a veces me encontraba y que me sonreían socarronamente mientras me miraban de arriba abajo, vestían trajes tan formales y completos que el contraste hacía que la sensación fuera aún más intensa.
Por el contrario, los esclavos existentes, que solo llevaban arneses o joyas sobre sus cuerpos desnudos, parecían completamente despreocupados. Con cada paso que daban, sus genitales expuestos de varios colores se balanceaban.
Fue horroroso. Por mucho que digan que los humanos son seres adaptables, ¿cómo es posible adaptarse a algo así? ¿Acaso yo también terminaré así si permanezco aquí mucho tiempo? ¿Cuánto tiempo tomará?
Fallé en ahuyentar el miedo irracional. Mi autoestima cayó hasta el fondo. Cada vez que empezaba a olvidar, la vergüenza y la humillación golpeaban las paredes de mi estómago.
Durante los días posteriores a la ceremonia de bienvenida, que rayaba en la tortura, los secuestrados vivieron desnudos desde la mañana hasta la noche, recibiendo entrenamiento y educación.
El entrenamiento fue, como esperaba, actos sexuales. Pensé que los sirvientes sacarían sus propios miembros y los enterrarían en los esclavos, pero ellos no desabrocharon ni un solo botón. De principio a fin, solo usaron consoladores y varios instrumentos para atormentarnos.
Los pezones eran apretados y tirados. Cada vez que se sujetaba el genital y se introducía un consolador de forma extraña en el agujero trasero, un sonido que podía ser un grito o algo incongruente resonaba en el desolado espacio.
Yo… inesperadamente, lo consideré bastante moderado. Si se miraba puramente el acto en sí, separado de la situación y las circunstancias, así era. En parte porque estoy familiarizado con el sexo entre hombres, pero sobre todo porque el primer día había sido una sucesión de shocks bastante brutales.
Luego, me vino a la mente la imagen de los cinco cuerpos balanceándose suavemente con el movimiento de las olas y la inmensa presión del agua golpeando salvajemente sus genitales.
«…Control de intensidad».
Se podría comparar con la “zanahoria” y el “látigo”. Primero das un gran shock para doblegar y someter al otro y luego presentas un acto que parece relativamente más débil, logrando así lo que deseas con facilidad.
Es una táctica común que también usamos los investigadores. Después de unos días, la sangre comenzó a fluir de nuevo a mi cerebro, incluso mientras mis muslos temblaban y eyaculaba, recuperé poco a poco la conciencia.
* * *
La “educación” fue educación de verdad. En un lugar parecido a un aula universitaria, con escritorios, sillas y una gran pantalla con PPT desplegado, los sirvientes actuaban como instructores y llevaban a cabo las clases.
Los estudiantes, desnudos, nos sentábamos en sillas equipadas con horribles consoladores. Ya fuera por detección de peso o algo similar, en el momento en que las nalgas hacían contacto, el consolador, que hasta entonces había estado quieto, comenzaba a agitarse salvajemente dentro de las paredes internas.
—¡Uhmg!
—Ugh. Ohmg.
—Nhg.
Aquí y allá, estallaban gemidos que me ponían los nervios de punta. Todos, conteniendo el aliento, se desplomaron sobre sus escritorios. Ver esa escena me estaba provocando un choque cognitivo. Aun así, la formación educativa en sí misma era útil y contenía información valiosa.
«Ah, ¡maldita sea…!»
Si hubiera dicho algo como: “Si quieres tener éxito en la isla, tienes que sentirte bien contigo mismo”, simplemente lo habría aceptado, pero no pude hacerlo.
Soporté la dura estimulación que golpeaba mis paredes interiores y de algún modo logré contener toda la información en mi cabeza.
Lo que antes se creía una sola isla, en realidad estaba dividida en tres. La isla principal, hogar de una enorme mansión y diversas comodidades. La Isla Sur, una isla deshabitada utilizada como almacén. Y la Isla Este, una isla prisión utilizada para disciplinar a los esclavos que causaban problemas o cometían fechorías.
—Será mejor que no tomen a la ligera el ser enviados a la Isla Este —advirtió el empleado encargado del entrenamiento. —Es diez veces más duro allí que aquí, —volvió a advertir, con un tono insensible. A su alrededor, los hombros pálidos de los esclavos se crisparon.
—Los esclavos tienen rangos. Todos los recién llegados son ‘Comunes’, pero originalmente se dividen en varios rangos durante la inspección de condición. Los rangos indican la calidad del esclavo, pero también son una clasificación según sus características. El grado más alto es ‘As’. Es el rango donde se reúnen las obras más excepcionales de la isla. Probablemente reconocerán a este grupo inmediatamente al verlo. Le siguen los ‘Boggart’. El nombre fue tomado de los duendes que cambian su apariencia a voluntad; este rango se refiere a esclavos que han sufrido modificaciones corporales por encima de un cierto nivel. Y finalmente, está el rango ‘Común’, que constituye el 70% de los esclavos en la isla.
Señaló la silueta de una persona que parecía un extraterrestre, con la letra B flotando sobre su cabeza.
—Para su información, las modificaciones corporales de Boggart también se llevan a cabo en la Isla Este. Seguro que pueden imaginarse lo arduo e inhumano que es el proceso, así que no entraré en detalles.
Tuk.
El sirviente manipuló el control remoto que sostenía. Los movimientos del consolador se ralentizaron ligeramente. Por una expresión de su rostro supuse que lo que iba a decir era importante. Me obligué a ignorar el dolor punzante en mi ano y me preparé mentalmente.
—Lo siguiente es acerca del Rey.
Recordé a la brillante joya humana.
Cuanto más intenso es el brillo de algo más tiempo dura la imagen en tu mente; así, aunque ya habían pasado varios días, aquél vibrante cabello rubio platino permanecía vívido en mi memoria.
—En primer lugar, el dueño de esta isla se contenta con poseerla y observarla. Nunca ha violado a un esclavo, ni ha sido violado por uno. No tiene intención de revelar su presencia ahora ni en el futuro y continuará permaneciendo detrás del velo. Es el único principio al que se ha atado a sí mismo.
Se suponía que era sobre el Rey, pero de repente apareció el tema del dueño de la isla. Aún así, era algo por lo que tenía bastante interés, así que presté atención. Sin embargo, su descripción terminó ahí.
—Y la única excepción a esa regla es el Rey. —Prosiguieron explicaciones que no lograba comprender. —Él, estrictamente hablando, es un esclavo propiedad del dueño de la isla. Sin embargo, jamás debe ser considerado un esclavo común. A diferencia de ustedes, que solo tienen obligaciones, lo único que él posee es poder ilimitado. Sus derechos y estatus tienen prioridad sobre los invitados e incluso estos últimos actúan con cautela en su presencia y halagan sus caprichos. Con esto, deberían poder hacerse una idea de su posición.
Mientras escuchaba, me sentí absolutamente exasperado.
«Con ese nivel de poder, básicamente es como si fuera el dueño de la isla».
La pantalla cambió. La parte superior del cuerpo de un hombre de pie en un jardín, con una chaqueta de traje ajustada, llenó la pantalla. Su sonrisa segura no podría haber sido más apropiada.
Las estatuas que había visto de camino a la mansión no eran nada en comparación. No fui el único que lo sintió; los quejidos de los demás se apagaron momentáneamente, quedando atónitos. Sus expresiones eran de enamoramiento o, al menos, de atracción instintiva.
«Espera, imposible…»
Pensándolo bien, aunque daba miedo, nadie se sentía particularmente incómodo con el acto de recibir algo por detrás. También podría ser por el pánico que produjo el shock, pero tengo la fuerte sensación de que era su tendencia natural.
Sentí un escalofrío de nuevo, pensando que probablemente encontraría más coincidencias si cavaba más profundo.
Entonces, ¿no fue casualidad que conociera a Kybus el día que me secuestraron? ¿Tal vez algo relacionado a él? Giré la cabeza. Estaba gimiendo en la última fila, con el rostro enrojecido.
—…….
Decidí posponer mi juicio por ahora.
Después del primer día, no me había reunido ni hablado por separado con Kybus. Es una extensión de mi evaluación de que no hay nada bueno en que se sepa que nos conocemos. Aunque ocasionalmente me lanza miradas intensas, por ahora me mantengo firme ignorándolo. Así como ahora, evité que nuestras miradas se encontraran girando la cabeza justo a tiempo.
A diferencia de su impactante inicio de explicación, el sirviente solo soltó una retahíla de comentarios completamente inútiles: Su altura es tal, su peso es cual… Se aloja en el ala simbolizada por un águila blanca, y los guardias a su cargo son llamados ‘Caballeros’, quienes también actúan como sirvientes personales del Rey…
Entre el flujo interminable de información, una cosa parecía útil: es alguien que había conocido al dueño de la isla, a quien nunca nadie antes había visto.
Aquella información la puse en la parte superior de lo que ya había recopilado de la isla.
* * *
Lo más aterrador, sorprendentemente, fue la comida.
El desayuno y la cena se servían en bandejas a través de un agujero en la puerta de mi habitación, pero el almuerzo lo comían todos los esclavos reunidos en el comedor. Sin embargo, había una regla.
—No pueden levantarse hasta que terminen de comer.
El sirviente que dijo eso nos hizo meter la cabeza a través de unos barrotes horizontales, como los que se ven en los corrales de ganado. Era algo que solo era posible arrastrándose como un perro. Incluso el material y la forma de los barrotes eran idénticos a los de un maldito perchero. Podía sentir el terror de la persona a mi lado a través de nuestra piel en contacto.
Una vez que los cinco estuvimos acomodados en fila, los barrotes, que estaban ampliamente separados, se movieron verticalmente y se fijaron en su lugar. Me moví por reflejo, pero mi cabeza había quedado atrapada.
Mi ritmo cardíaco se aceleró. En este estado, no podía resistirme sin importar lo que me hicieran. La presión que emanaba de ese hecho era abrumadora. Al parecer no era el único, pues por todas partes se oían respiraciones entrecortadas. El sirviente, por su parte, realizaba su tarea con total naturalidad.
Un comedero grande y alto de acero inoxidable, similar al comedero de un granero, se encontraba al frente. Detrás, se instaló una máquina perforadora a modo de mostrador.
—Hah.
—Ugh.
El sirviente le aplicó gel al consolador de la máquina, la colocó firmemente contra mis nalgas, la insertó, penetrándome con ella y, luego, presionó un botón. Sabía lo que iba a pasar por tantas referencias visuales que había visto, pero estos cabrones subieron la velocidad al tope desde el principio.
—¡Mnhaaah!
—¡Aah! Ugh. ¡Ah!
—¡…!
Incliné la cabeza profundamente. Ojalá no lo hubiera hecho. Entre mis pezones balanceándose, podía ver claramente mi vientre abultándose sutilmente con la vibración y mi pene, que se endurecía gradualmente cada vez que la máquina golpeaba.
—No puedes levantarte hasta que termines de comer.
El maldito sirviente repitió exactamente las mismas palabras: “Si no comen, no podrán salir. Si comen, podrán salir”. Los cinco, actuando como un solo conjunto, inclinamos la cabeza.
La comida era una pasta repleta de carne y verduras. Ni siquiera pude pensar en el alivio de que no fuera comida para animales de verdad. Pero mientras me la metía a la boca a la fuerza, mis tobillos se humedecieron.
No sé cómo me salpicó, pero el semen de la persona a mi lado me cayó en los talones y los tobillos. Sentí ganas de vomitar. Apreté los dientes y aguanté. Parecía que no era el único que se sentía así, pues oí algunas arcadas a mi lado.
No vomites. Si lo haces, te matarán.
Parecía que las intervenciones asesinas que nos lanzaban habían surtido efecto, ya que los cinco de mi grupo, con rostros pálidos, logramos contener el vómito.
Ugh.
Sin embargo, en algún set de la fila de atrás (no quería usar la palabra ‘equipo’), finalmente ocurrió un accidente.
«¿No me digas que lo harán comer eso?»
Giré desesperadamente la cabeza, que apenas podía mover. Este también era un movimiento posible gracias al borde del dispositivo de restricción. Afortunadamente, el sirviente retiró lo que había estado comiendo y le sirvió un nuevo plato.
La cantidad de comida parecía la misma que antes, pero todos en el grupo parecían increíblemente aliviados y agradecidos por no tener que comer lo mismo que habían vomitado.
Niños estúpidos. Es cuestión de velocidad. Por favor, presten atención. Me reí para mis adentros, sintiéndome patético y luego hice una pausa.
…¿Acabo de pensar que lucían “agradecidos”?
Se me erizó la piel. Ya no podía reírme de aquellos que daban las gracias. Mi propia adaptación había comenzado sin mi consentimiento.
* * *
La isla garantizaba libertad fuera del horario de entrenamiento, educación y comidas. Sin embargo, no se nos permitía permanecer en las habitaciones.
Parecía tener la intención de que nos familiarizáramos con el ambiente de la isla mientras paseábamos, y no podía estar más agradecido por ello. Literalmente pasé todo el día recorriendo cada rincón de la mansión.
…Por supuesto, pronto me arrepentí. Si no fuera por el objetivo de tener que escapar, hubiera preferido encerrarme en mi habitación.
En un pasillo, unas nalgas gruesas y blancas sobresalían de la pared a intervalos regulares. Su jadeo, claramente audible incluso al otro lado de la pared y los chorros de semen, que brotaban y gorgoteaban de sus agujeros, eran horrorosos.
Incluso al final del pasillo, un invitado ordenó a un esclavo atado con una correa que se la metiera al hoyo y él, con su complexión robusta, se aferró a las nalgas incrustadas en la pared como alguien que hubiera pasado hambre durante meses y sacudió su cintura como un loco.
¡O-oh!
Mngh.
La carne crujía sin cesar. En algún momento, los gemidos cesaron. En su lugar, un sonido metálico resonó por el pasillo, estimulando con fuerza mi médula espinal.
El hombre semiformal que me había estado observando desde que aparecí al final del pasillo me miró fijamente y blandió el látigo de montar que sostenía.
¡Plaf!
—¡Aah!
El látigo golpeó los testículos del hombre que había estado perforando el agujero del esclavo en la pared como una bestia en celo. Ver los dos bultos colgando me provocó una oleada simultánea de asco y un dolor sordo en la boca del estómago.
Huí del lugar, corriendo. Situaciones como esa se repitieron varias veces. Así fue como me enteré de que la fama de la isla, de la que tanto se hablaba en la ciudad, estaba enormemente subestimada. Los esclavos estaban incrustados como decoración en casi todos los rincones del edificio.
Pasillos, estatuas, columnas, relojes de pared y candelabros.
Podía hasta entender el reloj de pared del que, cada hora en punto, salía un pájaro con forma de consolador a hurgar en el agujero de un esclavo colgado. Pero, ¿qué demonios se suponía que era el candelabro?
Por su propia naturaleza, los candelabros suelen instalarse en lugares con techos muy altos, por lo que cuelgan a una altura tremenda. Aunque los esclavos están sujetos por medidas de seguridad, ¿no da miedo?
Al verlos temblar y retroceder una y otra vez, parecía que ni siquiera tenían la presencia mental para percibir algo así. Posiblemente para evitar que el semen cayera como excremento de pájaro sobre la cabeza de los transeúntes, todos los esclavos incrustados en el candelabro tenían la parte delantera obstruida.
Otros estaban sorprendentemente tranquilos, charlando entre ellos o nadando en la piscina. Otros hacían tareas junto a los invitados o eran violados de forma escandalosa.
Cada día presenciaba al menos una escena de sexo impactante y hoy fueron tres hombres musculosos atados a un poste.
Incluso desde la distancia, pude ver a tres esclavos con cuerpos excepcionalmente en forma. Colgaban de postes altos, tenían las manos atadas a la espalda y luchaban por sostener sus cuerpos resbaladizos solo con los pies.
«¿Por qué lo hacen?», pensé y entonces vi los penes falsos, rojos y oscuros, justo debajo de sus nalgas y comprendí la situación.
Si se sostienen con todas tus fuerzas, entonces la enorme arma sexual solo penetrará una pequeña parte con la punta.
Parecía que las columnas estaban hechas de un material que no resbalaba fácilmente y si lograba aguantar bien, parecía posible que todo terminaría sin tener que ser penetrados.
Sin embargo, los dueños de los esclavos pasaban el tiempo disfrutando tranquilamente de refrigerios y bebidas a la sombra de los árboles cerca del pilar.
A pesar de su robusta complexión, los esclavos resistieron al principio sin dificultad. Su fuerza fue menguando gradualmente. Les temblaban las pantorrillas y los músculos de los muslos empezaron a fallar.
Fue entonces cuando me di cuenta de que el material de los pilares era intencional. La inserción se hizo de una sola vez.
Swip.
¡Thum!
—¡Kugh!
El pene falso, suspendido del pilar, parecía una silla de las aulas donde nos educaban. En cuanto el peso se posó sobre su soporte, las varillas rugosas y carmesí vibraron violentamente, sacudiendo las lisas paredes internas.
—¡Mngh!
—¡Ahhh! ¡Ah! ¡Ngh!
—¡Aaah!
Cada vez que las voces bajas y profundas de los esclavos, incapaces de resistir el placer, se elevaban, los invitados reían y aplaudían.
Y después disfrutaban tranquilamente de una hora de té, admirando los cuerpos musculosos que se contraían y se sacudían salvajemente como si fueran una obra de arte.
…Sorprendentemente, todo esto no era más que el tráiler.
La primera vez que vi al esclavo caminando tambaleándose, pensé que estaba transportando un enorme saco de color carne. «¿Acaso también hacen trabajar a los esclavos?», pensé sin mucha reflexión. Me acerqué y, en el momento en que descubrí la verdadera naturaleza de lo que había creído que era un saco, no pude mover ni un solo paso más desde donde estaba.
Qué, ¿qué es eso?
Un hombre de unos 170 cm de altura cargaba algo torpemente. Eran dos testículos, más grandes que pelotas de playa. Los bultos eran anormalmente grandes. ¿Acaso se les puede llamar testículos a esas cosas? ¿De verdad están adheridos a la parte inferior de su cuerpo?
A pesar de mi palidez, creo que entendí por qué lo sostenía con sus brazos. Era obvio que si los soltaba, caería al suelo como un saco de papas. Aún con ese tamaño, conservaba la elasticidad y textura característica de un saco de piel lleno de semillas, lo que me erizó aún más la piel.
El hombre caminaba con paso vacilante. No había luz en sus ojos. Incluso ahora que podía ver sin anteojos, no veía muy bien, pero las letras de su placa plateada eran claramente legibles.
B-13
El significado de “Boggart”, que no había resonado particularmente cuando lo escuché, se grabó en mi mente como una quemadura.
El invitado que iba detrás se concentró más en su tableta que en el esclavo frente a él… ¿Cómo es posible que haga eso? Tan impactado estaba que los observé, perdido en mis pensamientos, mientras realizaban su peculiar procesión. El invitado, sintiendo mi mirada, alzó la vista.
El hombre alto y guapo de unos 30 años me miró a la cara e inmediatamente revisó mi placa de identificación.
Después de confirmar que era blanco, sonrió con picardía y le dio una patada en el trasero a su Boggart mientras este se tambaleaba y se alejaba.
El hombre que había caído de frente se extendió como una rana, con los testículos tan grandes que su estómago flotaba ligeramente. Parecía como si hubiera caído sobre una gran bolsa de agua.
—¡Umgh!
Ay Dios. El hombre gritaba y se retorcía, parecía que sus nervios y el dolor estaban intactos. Palidecí y retrocedí, luego me di la vuelta y salí corriendo.
—¡Oye! ¿A dónde vas? ¡A ti también te modificaron el cuerpo cuando llegaste! ¡Esta solo es una pequeña mejora! —gritó el invitado desde atrás.
Su risa se me pegó en los oídos y no se me quitaba. Ese día, me agaché frente a la puerta hasta la noche y entré de un salto en cuanto oí que se abría.
Sin siquiera lavarme, me metí en la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. Ese día, solo esperé a que saliera el gas somnífero.
«Escuché que el gas fue introducido a partir de este trimestre. No sé si es buena o mala suerte..».
Si el gas, que se rocía puntualmente cada día, se hubiera demorado aunque fuera un poco, quizás habría golpeado mi cabeza contra la esquina del escritorio.
Un cuerpo deformado que está más allá de la comprensión humana…
Y la posibilidad de que yo pudiera convertirme en ese sujeto era un miedo más allá de lo imaginable.
Mientras mi conciencia se apagaba abruptamente, por otro lado, sentí alivio. Incluso si, contra todo pronóstico, no lograra escapar de este infierno en tres años, al menos sería imposible que yo me adaptara perfectamente a este Vivarium.
* * *
…Si volverse insensible se puede llamar adaptación, entonces sí, me he adaptado.
Ahora, incluso al ver a alguien balanceando un pene del tamaño de un antebrazo, o a alguien con testículos del tamaño de un pomelo, podía aceptarlo como algo normal.
«¿Siempre tuve una capacidad de adaptación tan alta?»
Al mirar atrás, todo era solo palabrería: “Qué miedo”, “No podré adaptarme”. Pero, ¿no me estoy adaptando mejor de lo que pensaba?
«¿Será que recibí alguna bonificación por gustarme demasiado lo pervertido?»
Si ese fuera el caso, Han Yoon-seo como ser humano… Has vivido en vano. Debería tirarme a un estanque de inmediato, sumergir la nariz y morir.
A pesar de la frustración, también obtuve cierta información.
El tamaño del terreno de la mansión era mucho mayor de lo que imaginaba. Al llegar al final del jardín, me encontré con un muro de aproximadamente 12 metros de altura (solté una risa incrédula; los muros de la prisión de Koranest miden 10 metros), armado con cámaras no tripuladas y mini torretas con ametralladoras (no daba crédito a mis ojos).
No había restricciones particulares sobre cómo podía moverme dentro de las instalaciones, pero si alguien se acercaba a una pared, a una habitación custodiada por guardias o a un edificio blanco que, presumo, era el anexo de Udis, los guardias o escoltas lo detendrían inmediatamente.
«Esos deben ser los Caballeros».
Miré hacia arriba al hombre que estaba de pie con las manos a la espalda, en silencio. Al observarlo con calma, pude entender por qué los llamaban “Caballeros”. En el pecho de su elegante uniforme blanco, lucía un distintivo de lujo con la cabeza de un caballo. Parecían representar a los caballeros del ajedrez. Naturalmente, esto me permitió deducir más información sobre Udis.
«Es el Rey del Ajedrez».
El Rey del tablero bajo el control del dueño de la isla. Ese era Udis.
Di un paso adelante. El Caballero no retrocedió y me acerqué tanto que mi rostro casi rozaba su clavícula. Incluso en esa posición, al mirarlo hacia arriba, su expresión era impasible, sin el más mínimo rastro de emoción.
Ahora entendía que a los esclavos novatos en período de entrenamiento no se les molesta ni castiga a la ligera. La semana de gracia, que era el período de adaptación, terminaba hoy.
Poco a poco, el impacto por las muertes del primer día se estaba desvaneciendo. ¿No debería intentar, mientras mi placa de identificación sigue siendo blanca, ignorar al Caballero y tratar de entrar?
Lo consideré por un momento, pero pronto me alejé del lugar y regresé al edificio principal. Era imposible escapar de aquí en un par de días y ni siquiera podía estar segura de que, si no actuaba, no me marcarían como una persona de interés.
Tal vez, incluso ahora, aunque no me estuvieran interfiriendo, todos mis movimientos estaban siendo registrados. Me froté la clavícula expuesta con la mano. En la yema de los dedos, sentí como si pudiera percibir un tatuaje que no podía discernir.
Los nuevos esclavos, adaptándose poco a poco a su nuevo entorno, deambulaban en grupos de tres o cuatro por el edificio principal. Sus cuerpos desnudos aún les resultaban extraños, pero ya no estaban tan rígidos como al principio.
Me pareció bastante reconfortante saber que había bastante gente caminando desnuda.
«Creo que ya va siendo hora de intentar contactar de nuevo con Kybus».
A partir de ese momento, estuve yendo y viniendo entre el edificio principal y el jardín buscándolo, pero hasta que se puso el sol no logré encontrarlo.