4. Extraño

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Una luz tenue se filtró débilmente entre los párpados de Kang Hangyeol. Tras haber sido sometido con tanta crueldad, no tenía fuerzas ni para mover un dedo; sus párpados pesaban como plomo. Los agitó con un leve temblor y, finalmente, logró abrirlos. Al principio, todo era una mancha borrosa; tenía los ojos terriblemente hinchados de tanto llorar. Un dolor sordo y punzante recorría su cintura, sus nalgas y todo su abdomen.

​Su mente estaba embotada. El flujo de sus pensamientos era agónicamente lento.

«¿Dónde estoy? ¿Qué estaba haciendo?»

​A lo lejos, una luz roja que parpadeaba rítmicamente entró en su campo de visión, pero se limitó a mirarla, yaciendo inmóvil.

​—Luz… —murmuró. Sus labios estaban agrietados y su boca, seca y pegajosa, se sentía como si estuviera sellada. Tenía una sed abrasadora.

​Parpadeó lentamente y la luz pareció responderle, encendiéndose y apagándose en sincronía.

​—Es una luz…

​Sus pupilas, antes nubladas, recuperaron gradualmente el enfoque. Una luz. Era una luz. Los engranajes de su mente, oxidados por el trauma, comenzaron a girar más rápido. Una serie de recuerdos regresaron en procesión a su memoria.

​El desembarco en el muelle, el encuentro con los tres zombies, el laboratorio donde se ocultó y las enredaderas de moho, junto con el sapo que lo atormentó hasta lo insoportable. Al recordar los renacuajos que llenaron su vientre y brotaron de él como una explosión, Hangyeol sintió un escalofrío de repulsión. Peor aún, recordó cómo había eyaculado sin control mientras los expulsaba. Era un placer incomprensible y aterrador.

​«¿Es normal que alguien sienta placer al dar a luz renacuajos? ¿Acaso perdí el juicio? Debo de estar loco.»

​Con la vista ya clara, la luz roja que antes se refractaba sin orden apareció nítida ante él. Sus ojos se agrandaron. Si una luz parpadeaba, significaba que algo estaba funcionando.

​Apoyándose en sus codos, intentó incorporarse. No había un solo rincón de su cuerpo que no le doliera; no le quedaba ni un ápice de energía. Sin embargo, debía levantarse para identificar el origen de esa luz. Tenía que llegar hasta allí.

​Logró ponerse en pie con el cuerpo tembloroso y observó el entorno con cautela. El sapo parecía haber desaparecido por completo; la orilla del pantano estaba sumida en un silencio sepulcral. La luz roja parpadeaba entre la maleza distante.

​No sabía qué podría estar oculto tras los matorrales, pero Hangyeol decidió avanzar. Tras haber sufrido semejantes atrocidades, nació en él una chispa de terquedad: ya no le quedaba nada más a lo que temer.

​Arrastrando su cuerpo cubierto de fluidos viscosos, caminó con paso errante. Pisó con los pies descalzos el fango pegajoso y el musgo húmedo, avanzando con la mirada fija únicamente en esa luz.

​La luz brillaba en la pared del laboratorio, cubierta de enredaderas. Al arrancar las plantas con fuerza, el origen de la luz quedó al descubierto. Por fin había encontrado el transmisor interno que tanto había buscado.

​Hangyeol no lo sabía, pero cada laboratorio contaba con varios transmisores internos. Este laboratorio de cultivo de anfibios no era la excepción. Aunque oculto por la maleza, había uno instalado cerca de la entrada. Si lo hubiera sabido antes, no habría pasado por aquel calvario. Fue una comprensión amarga.

​Las lágrimas asomaron a sus ojos por la inmensa alegría del hallazgo. Su corazón dio un vuelco al descubrirlo, incluso en ese estado. Levantó su mano temblorosa y presionó el botón de comunicación. Se oyó el tono de llamada y, poco después, una breve señal indicó que la conexión se había establecido. Sin embargo, del otro lado no se oía nada.

​Hangyeol, incapaz de esperar una respuesta, habló primero.

​—¿Hay… alguien ahí?

​Su voz estaba rota, saliendo como un susurro áspero. De tanto llorar, gritar y gemir sin descanso, su garganta estaba destrozada. Ni siquiera parecía su propia voz. El interlocutor seguía sin responder. Pensó que el aparato podría estar averiado, pero dejó de lado la decepción y continuó hablando.

​—Soy Kang Hangyeol, piloto de la nave de  suministros enviado desde la nave nodriza. ¿No hay nadie ahí?

​Entonces, una respuesta urgente llegó desde el otro lado.

[¿Hangyeol? ¿Eres tú, Hangyeol?]

​Al escuchar esa voz, las lágrimas contenidas de Hangyeol estallaron como una presa rota. Era una voz profunda y grave, pero de un timbre dulce. Era la voz que tanto había anhelado: Seong Cheon-il.

​—Hic… Cheon-il… Cheon-il…

​[¡Hangyeol! ¡Kang Hangyeol! ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¡Dime dónde estás ahora mismo!]

​—Cheon-il… ugh, hic… Cheon-il… 

Hangyeol no podía responder adecuadamente; solo llamaba a Cheon-il entre sollozos convulsos. Sus piernas perdieron toda fuerza y terminó derrumbándose en el suelo.

​Por fin había contactado con él. Había intentado alejar el miedo de que Cheon-il hubiera muerto o se hubiera convertido en zombie, pero la preocupación siempre había estado ahí, agazapada en un rincón de su corazón. Ahora, al escuchar su voz, todas las dudas se disiparon y la tensión se quebró de golpe.

​[Hangyeol, ¿dónde estás ahora? ¿Pasó algo? ¡Hangyeol! ¡Responde!]

​Hangyeol se acurrucó junto al transmisor, secándose las lágrimas mientras respondía:

​—Cheon-il… hic… yo… quiero ir a donde estás tú. Por favor, ven a buscarme…

​[¿Dónde exactamente estás?]

​La voz de Seong Cheon-il, siempre calmada, estaba ahora teñida de una ansiedad y una preocupación imposibles de ocultar. Hangyeol miró la espesa jungla a su alrededor.

​—No sé dónde estoy. Salí del muelle y las luces del pasillo parpadeaban. Entonces me encontré con gente que había cambiado de forma… Parecían zombies.

​[¿Te hicieron algo? ¿Estás herido?]

​La voz de Cheon-il sonaba apremiante. Hangyeol podía visualizar perfectamente su rostro lleno de angustia; no necesitaba verlo para dibujarlo en su mente. Estuvo a punto de responder, pero cerró la boca de inmediato. No tenía heridas graves, pero era cierto que “algo” le había pasado. ¿Podía contárselo a Cheon-il? De repente, se hundió en un mar de dudas.

​Los zombies lo habían forzado a actos sexuales. Jamás fue algo que él deseara; fue sometido. Sin embargo, era un hecho que había gemido, sentido y eyaculado, retorciéndose de placer.

​«¿Acaso he sido infiel? Me obligaron, fue en contra de mi voluntad… pero ¿sigue siendo un acto impuro? ¿Qué haré si Cheon-il se enfada al saber la verdad? ¿Y si me dice que soy un sucio, que le doy asco?»

​[Hangyeol, ¿sigues ahí? ¿Por qué no hablas? ¿Estás bien?]

​Cheon-il lo llamaba con voz desesperada. Hangyeol apoyó la nuca contra la pared, ausente, y finalmente abrió los labios con lentitud.

​—Cheon-il… los zombies me hicieron cosas horribles. Ellos… hic.

​Le resultaba difícil contener el torrente de emociones. Tragó saliva y continuó:

​—Esos zombies me hicieron cosas extrañas. Eyacularon en mi boca, eyacularon dentro de mi vientre… Decían que teníamos que aparearnos.

​Como en una confesión sagrada, Hangyeol desnudó todo lo ocurrido. No quería ocultarle nada a Seong Cheon-il; su amor por él siempre había sido genuino. Quería una relación basada en la verdad, sin rodeos ni mentiras. Además, si Cheon-il lo veía ahora, se daría cuenta de todo al instante. Solo un necio lo ignoraría. No tenía sentido esconderlo, ni tampoco quería hacerlo.

​—Luego, los zombies empezaron a pelear entre ellos y aproveché para huir. Entré en un lugar cualquiera y estaba lleno de enredaderas. Había un pantano. Cheon-il, este lugar es extraño… las plantas se mueven. Esa planta también me hizo cosas raras. Y después…

​[Hangyeol. Hangyeol.]

​Cheon-il llamó su nombre, pero Hangyeol siguió soltando palabras de forma atropellada.

​—¡Un sapo mató a la planta! Pensé que me estaba rescatando… Ese sapo era enorme, como un elefante. Creí que me salvaría, pero… hic… no fue así. El sapo también dijo que teníamos que aparearnos, igual que los zombies. Dijo que yo era una hembra… que por ser hembra, tenía que poner huevos…

​[Hangyeol. Hangyeol, escúchame.]

​—Cheon-il, por eso yo… los huevos del sapo en mi vientre… esos huevos…

​[Hangyeol, no hace falta que digas nada más. Está bien. No es culpa tuya.]

​Se había preparado para una reacción de asco, pero la respuesta fue inesperada. La voz de Cheon-il que salía del transmisor era más dulce que nunca, cargada de una compasión infinita. Hangyeol apretó sus labios trémulos.

​[¿Me estás escuchando? Kang Hangyeol, nada de eso fue tu culpa. Ha ocurrido una anomalía en la base. Tú no has hecho nada malo. Simplemente tuviste muy mala suerte.]

​—Cheon-il…

​[Lo siento. Lo siento mucho, Hangyeol.]

​Hangyeol miró el transmisor con anhelo, como si fuera el mismísimo rostro de su amante, y habló con el corazón destrozado:

​—¿Por qué te disculpas tú? No lo hagas, Cheon-il.

​[Sí, debo hacerlo. No pude protegerte. Mientras te pasaban esas cosas, yo… de verdad, lo siento.]

​Hangyeol negó con la cabeza frenéticamente. Estaba dispuesto a aceptar que le gritara o que lo señalara con asco, pero en su lugar, Cheon-il se lamentaba, sufría por él y le pedía perdón. ¿Acaso existía otra persona así en el mundo? El miedo se derritió como la nieve bajo el sol. Las traumáticas experiencias parecieron alejarse en la distancia. Solo quería verlo.

​[¿No estás herido? ¿Estás bien?]

​Ante la pregunta de Cheon-il, Hangyeol asintió.

​—No sangro ni tengo nada roto. Cheon-il… ven a buscarme, por favor.

​[Primero debo saber dónde estás. ¿Puedes identificar tu ubicación exacta?]

​—No lo sé. Simplemente entré en el primer laboratorio que vi. No parece un laboratorio, es como un bosque. Había un sapo.

​[No será un sapo común, debe ser una especie alienígena llamada Bufo Anura. Los criamos junto a plantas que comparten su entorno ecológico. Hay varios laboratorios así en la base. ¿No hay nada especial en las plantas? ¿Alguna característica, o algo que te pareciera extraño?]

​Hangyeol, al ser un profano en biotecnología, no conocía la clasificación botánica. Por eso, Cheon-il preguntaba de esa forma; los laboratorios de anfibios estaban divididos en diferentes ecosistemas según la flora.

​Hangyeol miró a su alrededor y describió lo que veía.

​—Hay hojas grandes con bordes dentados… y otras enrolladas como helechos.

​[Es demasiado general. Hay pteridofitas similares por todo el laboratorio. Necesito algo más distintivo.]

​—¿Algo distintivo? —Hangyeol rebuscó en su memoria—. La enredadera que me atacó antes era rara. Tenía una superficie resbaladiza y pegajosa. Estaba cubierta de algo parecido a moho amarillo y naranja.

​[Espera, ¿moho amarillo y naranja?]

​—Sí.

​[¿Y era resbaladizo?]

​—Sí. Pegajoso y resbaladizo.

​[Es un Mixomiceto deformado. Ya sé dónde estás. Es la Cámara de Cultivo número 8. Enviaré a alguien ahora mismo.]

​Hangyeol se sobresaltó. Había dado por hecho que sería el propio Cheon-il quien vendría por él.

​—¿No puedes venir tú? —preguntó con timidez. Estaba desnudo y en un estado lamentable; no quería que nadie más lo viera así.

​[Ahora mismo me es imposible moverme de mi puesto. Como ya sabes, las cosas han salido mal… En fin, espera un poco. No salgas por nada del mundo hasta que llegue alguien. Es peligroso.]

​—¿Qué ha pasado en la base? ¿Se ha propagado un virus o algo parecido?

​[Te lo explicaré todo cuando nos veamos.]

​—Está bien. Y… necesito algo de ropa para cubrirme —añadió Hangyeol dudando. Su rostro se encendió de rojo. Admitir que necesitaba ropa era confesar implícitamente lo que le habían hecho. Sentía una vergüenza renovada al mencionarlo.

​Sin embargo, Cheon-il respondió con naturalidad, con una voz rebosante de ternura.

​[Enviaré ropa y agua. Y por nada del mundo bebas el agua del pantano; aunque tengas sed, te sentará mal. ¿Entendido?]

​El corazón de Hangyeol se relajó por completo. Un suspiro de alivio escapó de sus labios.

​—Sí.

​[Espera solo un poco más.]

​Con esas palabras, la comunicación se cortó. Hangyeol deseaba seguir conectado a Cheon-il hasta que llegaran por él, pero sabía que, si había ocurrido una anomalía, Cheon-il, como jefe de investigación, debía estar desbordado. No podía entorpecer su trabajo.

​Hangyeol se puso en pie y empezó a avanzar con cautela, guiado por la tenue iluminación en busca de la salida. El lugar era tan vasto que tardó un buen rato en alcanzar la puerta. Al llegar, se percató de que aún no había llegado nadie. Se quedó allí, pegado a la entrada, esperando. Sin reloj, era imposible saber cuánto tiempo había pasado.

​—Que lleguen pronto… por favor…

​Pasó un tiempo considerable, pero no había señales de nadie. Del otro lado de la puerta no se oía el menor ruido. Empezó a preocuparse de que a la persona enviada le hubiera ocurrido algo, cuando, de repente, un sonido familiar resonó a sus espaldas, a lo lejos.

​Gua-ak, gua-ak, gurr.

​Se le puso la piel de gallina. El croar del sapo. Aunque el sonido venía de lejos, era inconfundible. Significaba que, aunque distante, la criatura seguía dentro de su rango auditivo. El terror de que el sapo pudiera abalanzarse sobre él de nuevo lo invadió al instante.

​—No…

​Sin pensarlo dos veces, presionó el botón verde de apertura con tal fuerza que casi lo rompe. La puerta se abrió de par en par y Hangyeol salió disparado del laboratorio sin mirar atrás.

​El pasillo, de un blanco inmaculado pero con luces fundidas en varios tramos, estaba sumido en sombras siniestras. Ya fuera, Hangyeol observó ambos lados del corredor. Encogió los hombros y aguzó el oído, temiendo encontrarse con algún zombie. Por suerte, el pasillo estaba desierto y sumido en un silencio sepulcral.

​Dudó hacia dónde dirigirse, pero finalmente eligió una dirección y empezó a caminar. Sabía que lo correcto era esperar allí, pero sentía la necesidad de ubicarse. Hangyeol conocía vagamente la estructura de la base; si encontraba algún punto de referencia, dejaría de sentirse como un niño perdido. Pensó que, mientras no se alejara demasiado, podía explorar un poco.

​Al llegar al final del pasillo, el camino se bifurcaba en dos nuevas direcciones. Era una intersección en T. Mientras decidía si ir a la derecha o a la izquierda, una sombra se movió al final del pasillo derecho. Sobresaltado, Hangyeol retrocedió de inmediato, con el corazón martilleándole el pecho.

​«¿Un zombie?»

​Pegado a la pared del pasillo para ocultarse, asomó apenas los ojos para vigilar el otro lado. Bajo la luz intermitente de las lámparas, la persona que se acercaba con paso apresurado tenía un caminar firme y recto.

​El hombre vestía un uniforme azul oscuro que a Hangyeol le resultaba familiar: era el atuendo de los investigadores del Departamento de Ingeniería Botánica donde trabajaba Seong Cheon-il. Sin duda, era la persona que Cheon-il había enviado.

​Embargado por la alegría, Hangyeol olvidó por un momento que estaba completamente desnudo. Salió disparado de su escondite y corrió hacia el investigador. Al verlo, el hombre se sobresaltó y se detuvo en seco, con los ojos como platos.

​Hangyeol llegó jadeando frente a él.

​—Le estaba esperando. Tardaba tanto que empecé a preocuparme por si le había pasado algo.

​El hombre, con los ojos desorbitados, escaneó el rostro de Hangyeol antes de bajar la mirada hacia su cuerpo desnudo. Parecía estar en un estado de confusión absoluta.

​Al sentir la mirada del desconocido clavada en su piel, Hangyeol encogió los hombros. Sin saber qué hacer, terminó dándose la vuelta para ocultar sus nalgas con ambas manos. Era una estampa ridícula, pero sentía que debía cubrirse de alguna forma y, en ese instante, eso fue lo mejor que se le ocurrió.

​El hombre, que lo observaba con estupefacción, se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de Hangyeol. Como el investigador era más alto y robusto, la prenda alcanzaba a cubrirle hasta por debajo de las nalgas.

​Hangyeol cerró la chaqueta por delante y se giró para darle la cara, bajando la cabeza con el rostro encendido de vergüenza.

​—Gracias —murmuró.

​—No es nada, no se preocupe —respondió el hombre con una voz extrañamente vivaz.

​Cheon-il había dicho que enviaría ropa, pero el hombre venía con las manos vacías. Hangyeol bajó la vista hacia la placa de identificación bordada en la chaqueta: Lee Wonseon.

​—¿Señor… Wonseon?

​—Ah, sí. Soy yo. Lee Wonseon.

​El hombre mostró una amplia sonrisa y luego guardó silencio. Ambos se quedaron allí parados, en un silencio incómodo, durante unos segundos. Al ver que el investigador no tomaba la iniciativa, Hangyeol habló primero con cautela.

​—¿A dónde debemos ir ahora?

​—¿Eh? —replicó Lee Wonseon.

​Hangyeol frunció levemente el ceño. Este hombre parecía un poco atolondrado, lo que le generaba cierta desconfianza.

​—Con Cheon-il… ¿No se supone que debo ir con el director Seong Cheon-il?

​—Ah, ¿es así? Sí, supongo que sí —dijo Lee Wonseon rascándose la nuca.

​Hangyeol ladeó la cabeza, lleno de dudas. No esperaba encontrar a alguien tan poco espabilado en una base donde, supuestamente, solo trabajaba la élite científica.

​Lee Wonseon se dio la vuelta y comenzó a desandar el camino por el pasillo del que había venido. Siguiéndolo de cerca, Hangyeol preguntó:

​—¿Por qué la base está en este estado? No hay nadie por ningún lado.

​—Ah, es un asunto bastante complicado. La base está en estado de emergencia ahora mismo.

​—¿Estado de emergencia?

​Ante la pregunta, Lee Wonseon lo miró de reojo por encima del hombro y asintió con la cabeza.

​—Todavía estamos identificando la causa exacta, pero parece que un agente patógeno mutado se ha propagado. Por eso la base está bajo protocolo de emergencia y no se ve a nadie —explicó Lee Wonseon.

​—Ya veo —asintió Hangyeol, y de repente, recordó algo—. Disculpe, ¿por casualidad tiene algo de agua?

​Tenía la garganta reseca desde hacía rato. Seong Cheon-il le había asegurado que enviaría ropa y agua. Ante la pregunta, Lee Wonseon se detuvo en seco y se giró. Miró a Hangyeol fijamente desde su altura y respondió:

​—¿Agua? No tengo agua.

​—¿Eh? ¿No la trajo con usted?

​—No, no he traído nada —contestó con una franqueza que rayaba en la desvergüenza.

​Hangyeol se quedó atónito. «¿Qué clase de persona es esta?». Venía a rescatar a alguien y llegaba con las manos vacías, sin ropa y sin agua. Al notar la expresión de duda de Hangyeol, Lee Wonseon se rascó la cabeza y añadió con torpeza:

​—Ahora mismo el agua escasea en la base. El suministro de agua potable es insuficiente porque la máquina de procesamiento se averió.

​—¿No es eso un problema grave? Si nos quedamos sin agua potable…

​—Bueno, de alguna forma se solucionará —dijo él, restándole importancia. Luego, clavó sus ojos en Hangyeol—. ¿Tiene mucha sed? En mi habitación tengo agua.

​—No, está bien. Puedo aguantar.

​—No diga eso, pasemos por allí primero. Está cerca de aquí.

​—No, de verdad, no hace falta…

​Pero Lee Wonseon no escuchó. Agarró la muñeca de Hangyeol con brusquedad y empezó a arrastrarlo sin previo aviso. Caminaba rápido y la fuerza con la que lo sujetaba era excesiva; le apretaba la muñeca con una firmeza desmedida. En el estado en que se encontraba Hangyeol, aquel trato no era de ninguna ayuda.

​—Está bien, no necesito beber nada —insistió Hangyeol, pero el hombre era implacable. Se vio obligado a mover las piernas con torpeza para seguirle el ritmo. —Me duele, señor Wonseon. ¿Podría soltarme y dejarme caminar solo?

​Lee Wonseon se detuvo de golpe y se giró. Con los ojos muy abiertos, miró a Hangyeol y preguntó:

​—¿Le duele algo?

​—No, no es eso… Me refiero a que me duele la muñeca.

​Hangyeol sacudió la mano atrapada. Lee Wonseon levantó la muñeca de Hangyeol a la altura de sus ojos y la examinó con detenimiento.

​—Ah, ¿la muñeca? Lo siento. Debo haber apretado demasiado.

​Aflojó un poco la presión, pero siguió caminando a grandes zancadas. Hangyeol ya no quería el agua, solo deseaba llegar junto a Cheon-il, pero era imposible razonar con aquel hombre.

​Tal como había dicho, pronto llegaron al sector de los alojamientos. No era el bloque de los administradores donde residía Cheon-il, sino el de los investigadores comunes.

​—Es aquí.

​Lee Wonseon se detuvo frente a una de las unidades alineadas y pegó su rostro al monitor de la entrada. El escáner ocular se activó, pero de inmediato sonó un pitido de advertencia: ¡Beep! El iris no coincidía.

​—¿Eh? ¿Por qué no funciona? Qué extraño —murmuró ladeando la cabeza.

​Entonces, con la mano que tenía libre, empezó a frotarse el ojo con una violencia inaudita. Lo hacía tan fuerte que se oía un chirrido seco, un sonido de fricción orgánica.

​Volvió a acercar el rostro al monitor. Esta vez, una señal acústica alegre indicó que el iris era correcto y la puerta se abrió de par en par.

​—Venga, entremos.

​Lee Wonseon arrastró a Hangyeol al interior. La habitación era mucho más pequeña que la de los administradores, pero acogedora. Estaba decorada como un hogar normal: cocina, comedor, una pequeña sala, un baño, un dormitorio y un estudio. Tenía el tamaño ideal para un solo investigador.

​Soltó la muñeca de Hangyeol y entró en la cocina, empezando a abrir los armarios uno por uno con estrépito. Buscaba el agua dando portazos. Hangyeol, de pie en la entrada, preguntó con cautela:

​—Disculpe… ¿Dónde está el director Seong Cheon-il ahora mismo?

​Lee Wonseon cerró un armario de un golpe, se giró con una botella de agua en la mano y miró a Hangyeol.

​—¿El director Seong Cheon-il? Está en el centro de control. Como dije, la base está en emergencia, así que él se encuentra allí supervisando todo.

​—Ah…

​Mientras Hangyeol respondía con vacilación, Lee Wonseon se acercó a él, le puso la botella en las manos y volvió a tirar de su muñeca.

​—Siéntese y beba. Póngase cómodo.

​—No, prefiero llevarme esto y que nos vayamos ya. ¿Podemos ir al centro de control, verdad?

​—No diga eso, recupere el aliento antes de irse. Vamos, siéntese aquí.

​A pesar de sus quejas, Lee Wonseon tiró de su muñeca sin contemplaciones y obligó a Hangyeol a sentarse en el sofá de la sala. Al hundirse en el asiento, la chaqueta que cubría sus nalgas se subió, dejando sus muslos blancos totalmente al descubierto. La mirada de Lee Wonseon se clavó en ellos de inmediato.

​Era una mirada incómoda, invasiva. Hangyeol tiró de la chaqueta desesperadamente para cubrirse.

​—Disculpe… ¿Tendrá algo de ropa? Con unos pantalones me basta.

​—¿Ropa? ¿Pantalones?

​—Sí, algo para la parte de abajo. Siento ser tan molesto pidiéndole cosas.

​Aunque el que había ignorado las órdenes de Cheon-il era el otro, Hangyeol pidió el favor con la mayor cortesía posible. Lee Wonseon giró sobre sus talones, observando alternadamente el dormitorio, el estudio y el vestidor, y finalmente echó a andar.

​—Algo para la parte de abajo, ¿verdad?

​Abrió la puerta del dormitorio y murmuró para sí mismo: «Ah, aquí no es». Tras dudar unos instantes, se adentró en el vestidor. Mientras tanto, Hangyeol abrió la botella de agua y bebió un sorbo. Era tan dulce que parecía agua bendita. Lo que empezó como un simple trago para humedecer la garganta terminó con Hangyeol vaciando la botella entera de un tirón.

​Tras ser acosado por todo tipo de monstruos, su cuerpo había perdido cada gota de fluido. La sed era abrasadora y la necesidad de reponer líquidos, absoluta. Terminó la botella en un segundo y quiso más. Lee Wonseon seguía haciendo ruidos extraños dentro del vestidor.

​—¿Puedo beber más agua? —preguntó Hangyeol alzando la voz.

​—¡Debe de haber en la cocina! —respondió Lee Wonseon desde el fondo.

​Hangyeol se levantó y entró en la cocina. El lugar era un caos. Aunque las comidas se servían en el comedor general, muchos investigadores cocinaban por su cuenta, pero esto era excesivo. El fregadero estaba lleno de platos sucios y restos de comida en descomposición, cubiertos de moho. Aquel hombre no solo parecía atolondrado, sino también extremadamente perezoso.

​Hangyeol empezó a abrir los armarios buscando agua. Encontró diversos ingredientes, incluso algunos alimentos terrestres que él mismo había traído en suministros anteriores.

​—Vaya, todavía tiene de estos…

​Recordaba esos productos porque eran de una edición limitada de hacía más de un año. «Si los guarda así, se pudrirán dentro del paquete», pensó. Eran ingredientes con una fecha de caducidad corta. Al abrir uno para comprobarlo, sus sospechas se confirmaron: el moho no solo había florecido, sino que el contenido estaba negro y podrido. Frunciendo el ceño, lo devolvió a su lugar. ¿Por qué pediría suministros que ni siquiera pensaba tocar?

​Finalmente encontró el armario con las botellas de agua. Al tomar una, sintió una punzada de asco. ¿Estaría también caducada? El agua que bebió antes le supo a gloria, pero tras ver el estado de la comida, ya no estaba tan seguro de su frescura.

​Al girarse para volver a la sala, soltó un grito de puro terror.

​—¡Ah!

​La botella se le resbaló de las manos y rodó por el suelo. Lee Wonseon estaba allí mismo, justo detrás de él, observándolo fijamente sin haber emitido el más mínimo sonido.

​—¿Se ha asustado? —preguntó él como si nada.

​—Uff, sí… No sabía que estaba ahí… —respondió Hangyeol tratando de calmar los latidos de su corazón.

​—Aquí tiene lo que pidió para abajo.

​Lee Wonseon le tendió unos pantalones. Hangyeol los aceptó; habría preferido una camiseta también, pero el hombre solo traía eso. Aun así, le dio las gracias.

​—Gracias. ¿Puedo cambiarme allí dentro?

​—Adelante.

​Esquivó con cuidado a Lee Wonseon, que bloqueaba la entrada de la cocina, y entró en el vestidor. Al cerrar la puerta y ver el interior, se quedó helado. El vestidor parecía haber sido el epicentro de una explosión: los armarios estaban abiertos de par en par, los cajones fuera de su sitio y la ropa desordenada yacía por el suelo como si fueran cadáveres amontonados.

​«¿Qué le pasa a este tipo?». Lleno de ansiedad, se puso los pantalones. Le quedaban enormes, así que dobló la cintura varias veces para que se sostuvieran en sus caderas. Una vez arreglado el bajo, se sintió algo más aliviado.

​Antes de salir, su mirada se posó en un reloj de pared. La pantalla digital estaba agrietada desde el centro, con fisuras que se extendían como telarañas. Tenía energía, pero el reloj parecía haberse detenido en el tiempo: mostraba una fecha de hacía más de un año.

​Lee Wonseon había dejado un reloj roto colgado durante más de un año. Una inquietud viscosa empezó a reptar por la mente de Hangyeol. Lee Wonseon era extraño. No comprendía bien lo que se le decía y su comportamiento no era el de un ser humano normal. Le costaba creer que Seong Cheon-il hubiera enviado a alguien así para rescatarlo.

​«Tengo que salir de aquí cuanto antes.»

Hangyeol sabía perfectamente dónde estaba el centro de control. Solo tenía que tomar el ascensor desde el bloque de alojamientos del personal, subir y dirigirse al sector este. Aunque el ascensor no funcionara debido a los fallos eléctricos, no le importaba subir mil escalones con tal de ver a Seong Cheon-il.

​Sin embargo, al abrir la puerta del vestidor, su corazón dio un vuelco una vez más. Lee Wonseon estaba allí mismo, de pie frente a él, mirándolo desde arriba. Estaba inmóvil, como una estatua.

​Presionando su pecho con una mano por el susto, Hangyeol habló:

​—Ya terminé de vestirme. Señor Wonseon, conozco el camino al centro de control. Puedo ir solo, así que me marcho ya. Gracias por el agua y por la ropa.

​Hangyeol intentó sugerir que se separaran de forma indirecta. Pero Lee Wonseon, sin siquiera parpadear, replicó:

​—¿Ya se va? Quédese un poco más. Beba agua.

​Le tendió bruscamente la botella que Hangyeol había dejado caer en la cocina. Hangyeol encogió los hombros y negó con la cabeza.

​—No, está bien. No necesito beber más.

​Hangyeol intentó esquivarlo para salir. Normalmente, cuando alguien hace un gesto de querer marcharse, lo natural es ceder el paso, pero Lee Wonseon se plantó frente a él, bloqueando la salida sin intención de moverse.

​—Disculpe, ¿podría apartarse?

​—¿A dónde va?

​—¿Cómo que a dónde? Al centro de control. El director Seong Cheon-il le pidió que me llevara allí, ¿no?

​—El director Seong Cheon-il está en el centro de control ahora mismo. Estamos en estado de emergencia.

​Fue en ese momento cuando Hangyeol tuvo la certeza: Lee Wonseon era un hombre extraño. Llevaba rato repitiendo las mismas frases como un disco rayado: beba agua, descanse, el director está en el centro de control, estamos en emergencia. Parecía que no estaba en su sano juicio.

​Sintió un resentimiento inevitable hacia Seong Cheon-il. Sabía que su intención era ayudarlo, pero no podía evitar culparlo por enviarle a alguien así.

​—Ya me ha dicho eso antes. Apártese. Si no lo hace, pasaré por la fuerza —amenazó Hangyeol con un tono hostil.

​Sin embargo, la expresión de Lee Wonseon no cambió ni un ápice. Simplemente volvió a acercar la botella de agua a la cara de Hangyeol.

​—Beba agua. Siéntese allí y beba con calma.

​—¡He dicho que no!

​Consumido por la ansiedad y la irritación ante la falta de comunicación, Hangyeol le dio un manotazo a la botella. Esta salió volando, golpeó la pared con un ruido seco y rodó por el suelo.

​Lee Wonseon observó la botella rodar con la mirada vacía, luego volvió la cabeza hacia Hangyeol y abrió la boca:

​—¿Por qué no bebe? ¿No tiene sed? Hay mucha agua en la habitación. Hay mucha en el armario; beba cuanto quiera. Yo me encargaré de la cópula… de la comunicación con el centro de control.

​Hangyeol no podía creer lo que acababa de oír. Dudó de sus propios oídos.

​—¿Qué… qué acaba de decir?

​—He dicho que beba agua. Hay mucha en la habitación. Un ser humano no puede vivir sin agua, ¿verdad? Ahora mismo escasea el agua potable en la base. Así que beba mucho. Yo avisaré por radio que llegará un poco tarde.

​—No, esa palabra no. Acaba de decir algo distinto…

​Lee Wonseon miró a Hangyeol con el rostro rígido y movió los labios:

​—¿Qué he dicho? He dicho que beba mucha agua.

​Solo en ese instante, Hangyeol pudo observar de cerca el rostro de Lee Wonseon. Su cara al hablar era espantosa. Sus músculos faciales no se movían, como si llevara puesta una máscara inerte.

​—Apár… apártese. Me voy de aquí.

​—No haga eso, siéntese en el sofá y beba agua con calma. ¿Tiene hambre? En el armario hay mucha comida fresca. Coma todo lo que quiera.

​Hangyeol, consumido por el pavor, tartamudeó:

​—Hace un momento vi que… que toda la comida estaba podrida.

​Lee Wonseon abrió los ojos de par en par. Su rostro se sentía abismalmente extraño; no parecía humano. La palabra correcta sería decir que estaba imitando a un ser humano de forma torpe.

​¿Por qué no se había dado cuenta desde el principio? Era imposible que Seong Cheon-il enviara a alguien así. ¿Por qué se dejó arrastrar sin verificar nada? Aquella conversación que chirriaba desde el primer segundo… debió saberlo entonces.

​El cuerpo de Hangyeol empezó a temblar como una hoja. Mientras retrocedía vacilante, Lee Wonseon acortaba la distancia con zancadas firmes.

​—El director Seong Cheon-il está en el centro de control. Es una emergencia. Yo te llevaré. Iremos juntos al experimento de cópula. K-42.

​A Hangyeol le castañeteaban los dientes por el pánico. Mientras hablaba, el rostro de Lee Wonseon se volvía cada vez más grotesco. Su piel se retorcía. Podía ver algo moviéndose bajo la dermis; con cada movimiento, la superficie de la cara se abultaba y se deformaba.

​—Aléjate… ¡Aléjate!

​—Experimento de cópula K-42. ¿Empezamos?

​Lee Wonseon extendió una mano hacia él. Hangyeol esquivó el gesto y trató de escabullirse por un costado con agilidad. Sin embargo, Lee Wonseon retorció su brazo de forma antinatural y lo atrapó violentamente por el cabello.

​—¡Aaaaaagh!

​Era una fuerza descomunal. Hangyeol, que intentaba huir, sintió cómo su cabeza era sacudida hacia atrás con tal violencia que pensó que le arrancarían el cuero cabelludo. Soltó un grito desgarrador.

​El brazo de Lee Wonseon, que lo sujetaba firmemente, estaba en un ángulo imposible. Sus articulaciones se habían doblado de una forma que ningún ser humano podría soportar. Pero no era solo el brazo; Lee Wonseon giró su cabeza 180 grados, seguido de sus hombros y, finalmente, el resto de su cuerpo. Movía sus articulaciones con una libertad espeluznante.

​—¡Suéltame! ¡Suéltame, por favor!

​Hangyeol aferró la mano que lo atenazaba por el pelo y comenzó a arañarla con desesperación. Bajo sus dedos, sintió que la piel de Lee Wonseon bullía. Algo se retorcía bajo esa superficie: no era músculo, ni eran huesos. Se sentía como si otra criatura estuviera usando la piel de aquel hombre como un disfraz. No podía ni imaginar de qué clase de ser se trataba.

​—¿A dónde vas? Tenemos que copular.

​—¡No! ¡No! ¡Auxilio! ¡No quiero! —gritó con todas sus fuerzas, pero le era imposible resistirse con eficacia. Nunca imaginó que alguien pudiera volverse tan vulnerable solo con ser sujetado del cabello.

​—Vamos a copular.

​Lee Wonseon empezó a arrastrarlo por el suelo, tirando de su pelo sin la menor consideración. Hangyeol pataleaba y se resistía en vano, buscando algo donde apoyar los pies para frenar el arrastre, pero no había nada. Fue arrastrado de esa forma hasta el dormitorio.

​A Lee Wonseon no le importaban los gritos ni las súplicas; solo repetía su obsesivo discurso:

​—Hay que copular. Meteré mi miembro en tu orificio de hembra y nos aparearemos placenteramente.

​—¡No! Hic… hic… ¡Yo no soy una hembra!

​Pero el monstruo era sordo a sus palabras. Subiéndose a la cama, tiró del brazo que tenía el ángulo quebrado hacia adelante con un golpe seco. Hangyeol, incapaz de oponerse a semejante fuerza, fue izado sobre el colchón.

​—No… por favor… no quiero copular…

​Fue inmovilizado a la fuerza contra la cama. En un último acto de rebeldía, Hangyeol lanzó puñetazos y patadas, pero Lee Wonseon atrapó su puño con una facilidad pasmosa. En un parpadeo, sus muñecas fueron apresadas y aplastadas contra el colchón.

​Intentó usar sus piernas como último recurso, pero Lee Wonseon se montó sobre su cuerpo, frustrando cualquier movimiento. El peso de aquel hombre era anormalmente denso; por su complexión, era imposible que pesara tanto. Era como si un bloque de metal gigante se hubiera sentado sobre él. Hangyeol sintió una presión aterradora que casi le impedía respirar.

​—La hembra sigue resistiéndose a la cópula. Tendré que inmovilizarla.

​Hangyeol, con el rostro pálido y desencajado, suplicó con desesperación:

​—No lo hagas. No me ates. No quiero… Odio eso.

​Si lo ataba, cualquier esperanza de escapar se esfumaría. Aunque ahora estaba bajo el control total de Lee Wonseon, al menos le quedaba una mínima posibilidad de huir si surgía un descuido. Pero atado, estaría a merced de lo que fuera a suceder. Sacudió la cabeza frenéticamente, rogándole al monstruo en un tono que a él mismo le resultaba patético.

​—No me ate. Me quedaré quieto. Por favor, no me ate. Seré dócil.

​Lee Wonseon lo observó fijamente. Bajo su rostro inexpresivo, algo bullía. Si en una persona normal se aprecian los capilares bajo la piel, en Lee Wonseon se veía algo retorciéndose debajo de su epidermis. Algo bultoso.

​—Seré dócil. Aceptaré la cópula. No me ate, ¿sí?

​Decir con sus propios labios que aceptaría aparearse no era fácil; sentía una humillación desgarradora. Pero no tenía opción. Para sobrevivir a esta crisis, debía ceder. Esperó con el alma en vilo que Lee Wonseon aceptara su trato. Cuando el hombre abrió la boca para hablar, Hangyeol sintió una chispa de esperanza. Esperaba un “está bien” o un “de acuerdo”.

​Sin embargo, de la boca de Lee Wonseon no salió una respuesta humana, sino un sonido extraño y metálico.

​Tac, tac, clac, clic, tac-tac. Ca-da-dac.

​Hangyeol escuchó aquel sonido, estupefacto, y tartamudeó:

​—¿Qué… qué está diciendo?

​Su voz temblaba. Aquellos chasquidos que no podía comprender lo sumieron en una ansiedad insoportable. Lee Wonseon seguía mirándolo fijamente mientras emitía esos sonidos alienígenas, imposibles de producir para una garganta humana.

​Y de inmediato, como respondiendo a esos chasquidos, otros sonidos similares, aunque más tenues, empezaron a escucharse desde fuera del dormitorio.

​Con las muñecas inmovilizadas y aplastadas contra el colchón, Hangyeol giró la cabeza con urgencia hacia la puerta. Algo venía reptando desde la sala. Eran incontables larvas que, sin saber desde cuándo estaban allí, avanzaban ahora hacia la habitación.

​—¿Qué…? ¿Qué es eso…?

​Eran muchísimas larvas de color blanco grisáceo. Sus cuerpos, que se retorcían con rapidez, brillaban húmedos por una mucosidad viscosa. Abrían sus bocas circulares y chasqueaban las mandíbulas con frenesí.

​—¡Hic!

​Hangyeol quedó horrorizado. Conocía una criatura similar en apariencia: cuerpos alargados y regordetes, con pequeñas patas brotando de cada segmento. Parecían gusanos de seda. Pero a diferencia de los gusanos de seda terrestres, cuyos espiráculos son simples orificios respiratorios, estas especies alienígenas tenían largas lenguas rojas que brotaban de cada agujero, retorciéndose como tentáculos.

​Y su tamaño era incomparable. Eran tan gruesas y largas como la mano de un adulto. Verlas mover sus patas cortas y acercarse en masa era una visión surrealista. Deseó con todas sus fuerzas que fuera una pesadilla. El rostro de Hangyeol, ya pálido, se tiñó de un horror absoluto.

​—Ugh… uugh…

​Su mente se quedó en blanco; solo pudo emitir un llanto ahogado. El suelo bajo la cama pronto se llenó de un hervidero de larvas alienígenas. Hangyeol deseó desmayarse. O mejor aún, deseó morir. Pensó que, si pudiera negar esa realidad, entregaría su vida en ese mismo instante.

​—No… no quiero…

​Las lágrimas inundaron sus ojos. Lee Wonseon, observándolo desde arriba, habló:

​—Te ataré para que te quedes quieto.

​—No… no lo haga. Por favor.

​En un parpadeo, las larvas treparon por la cama y se amontonaron alrededor de Kang Hangyeol. Tres o cuatro de ellas se deslizaron sobre sus manos, que estaban aplastadas contra el colchón. Tenían la textura de una masa densa y pesada, y unos órganos de succión que se adherían con una fuerza brutal.

​Sus patas cortas estaban erizadas de ventosas diminutas y compactas. En cuanto Lee Wonseon soltó las muñecas de Hangyeol, las larvas aprovecharon su poderosa capacidad de succión para reemplazarlo, aferrándose a su piel.

​Enroscaron sus cuerpos alrededor de sus muñecas y se fijaron a la cama con un chasquido viscoso. Las lenguas que brotaban de sus espiráculos comenzaron a lamer y envolver las manos y los brazos de Hangyeol sin tregua.

​—Ugh… lárguense… váyanse de aquí…

​Intentó sacudir las muñecas, pero no se movieron ni un milímetro. Se sentía como si estuviera encadenado, no por seres vivos, sino por grilletes de acero. La única diferencia era que, mientras el acero es frío y duro, estas larvas eran tibias y pegajosas.

​La succión de esas ventosas no era algo que se pudiera romper simplemente tirando. Si intentaba arrancarlas por la fuerza, su propia piel se desgarraría; tendría que rebanarse la carne para liberarse. La desesperación inundó los ojos de Hangyeol, que se llenaron de lágrimas.

​—Cheon-il… Cheon-il, sálvame, por favor…

​—¿Eh? ¿El director Seong Cheon-il? Él está en el centro de control. Es una emergencia —respondió Lee Wonseon con indiferencia.

​—Hic… Cheon-il…

​Llamó a su amado con una voz rota por el llanto. Lamentablemente, sus gritos nunca llegarían a oídos de Seong Cheon-il. Se sentía patético, reducido a una figura impotente que solo podía implorar ser rescatado.

​«¿Por qué soy tan miedoso? ¿Por qué no puedo ser valiente? ¿Por qué soy tan cobarde que ni siquiera puedo escapar como es debido?»

​Escuchar la voz de Cheon-il a través del transmisor le había dado una paz absoluta. Creyó que el calvario había terminado, que por fin recibiría consuelo para su cuerpo y mente agotados. Descubrir que la pesadilla continuaba era devastador.

​—Ugh, uuuuh…

​La desesperación de Hangyeol no figuraba en los cálculos de Lee Wonseon. Sin inmutarse, el hombre empezó a rasgar la chaqueta de Hangyeol con una fuerza bruta. Los tirones eran tan violentos que el cuerpo del joven se sacudía sobre el colchón.

​—Cuando copulamos, la hembra se siente muy bien.

​—Ah… ugh…

​—Para que la hembra disfrute durante la cópula, hay que succionar su cuerpo —recitó el monstruo, como si leyera un manual de instrucciones—. Y también hay que hurgar en su orificio.

​Tras destrozar la chaqueta, Lee Wonseon procedió a arrancar los pantalones. La hebilla salió disparada y las costuras estallaron con un crujido seco. En un instante, Hangyeol quedó desnudo de nuevo. Su piel, antes inmaculada, estaba marcada por manchas rojizas tras el acoso de los zombies, las enredaderas y el sapo; un aspecto que solo servía para incitar un sádico instinto de agresión.

​Lee Wonseon sujetó las piernas largas y esbeltas de Hangyeol y las flexionó hacia arriba con un movimiento seco y violento.

​—¡Ah…!

​Un breve gemido escapó de los labios de Kang Hangyeol. Su zona más íntima quedó expuesta, revelando una piel que, habitualmente rosada, ahora lucía roja y notablemente inflamada. Lee Wonseon observó aquel orificio con fijeza antes de volver a clavar su mirada en el rostro de Hangyeol.

​—¿Ya has copulado?

​—Ugh… uugh…

​—Este orificio ya ha conocido la cópula. ¿Con quién lo hiciste? ¿Has puesto huevos?

​—Hic… uaaaah… —Hangyeol solo podía sollozar, incapaz de articular palabra.

​—No importa. Puedo hurgar de nuevo. Hurgaré en el orificio de la hembra… Pero veo que tienes orificios aquí y allá. —Lee Wonseon alternaba su mirada entre la entrepierna y el rostro de Hangyeol—. Las hembras tienen muchos orificios. Los hurgaré todos. Será una cópula placentera.

​Dicho esto, su rostro inexpresivo se deformó en una mueca grotesca: una sonrisa. Era como si no supiera cómo sonreír y se limitara a estirar las comisuras de sus labios hasta el límite, creyendo que esa era la forma correcta de hacerlo.

​El rostro de Hangyeol pasó del azul pálido al blanco cadavérico. Ver a Lee Wonseon sonreír de oreja a oreja mientras decía que hurgaría en cada cavidad de su cuerpo era una visión de puro terror. Su cuerpo temblaba sin control y sus dientes castañeteaban ruidosamente.

​Mientras tanto, las larvas ya habían trepado por completo a la cama. Con sus lenguas asomando por los espiráculos, empezaron a reptar sobre el cuerpo de Hangyeol. Movían sus patas cortas, erizadas de ventosas, en un movimiento ondulante, adhiriéndose firmemente a su piel desnuda.

​—No… no, por favor…

​Se retorció con todas sus fuerzas para resistirse, pero fue en vano. Aquellas criaturas no mostraban la menor intención de soltarse. Las larvas que apresaban sus muñecas alzaron la cabeza y emitieron un chasquido metálico; de inmediato, las que reptaban sobre su torso respondieron al unísono, como un coro macabro.

​Clac, tac-tac, claca-dac.

​Dentro de sus bocas circulares, las larvas escondían hileras de dientes afilados y compactos. Allí, arrojado a la merced de esos seres que chasqueaban sus mandíbulas, Hangyeol suplicaba con el alma destrozada.

​—No lo hagan. Lárguense… ¡Por favor, alguien sálveme!

​Sacudió su cuerpo frenéticamente para intentar quitárselas de encima. En medio de ese forcejeo, una larva que subía por su abdomen irguió repentinamente la cabeza y el tórax. Observó al inquieto Hangyeol por un instante y, de pronto, abrió su boca circular de par en par, revelando sus dientes como los de una sierra.

​¡Zas!

​—¡Aaaaaagh!

​Hangyeol soltó un alarido y su cuerpo se arqueó violentamente. Los afilados dientes habían perforado la fina piel de su abdomen. De la marca circular brotaron de inmediato gotas de sangre. El dolor era punzante, insoportable.

​—Ugh, hic…

​Si esas larvas decidieran despedazarlo… Si un solo mordisco ya le había causado una herida sangrante, ¿qué pasaría si cientos de ellas lo atacaran a la vez? Quedaría reducido a jirones de carne, como un trapo viejo. Solo imaginarlo le causaba un pavor indescriptible.

​Temblando de terror, Hangyeol cesó todo movimiento. Tenía miedo de ser mordido de nuevo, de que su carne fuera arrancada pedazo a pedazo si se atrevía a resistirse. En ese silencio sepulcral, las larvas terminaron de cubrir su cuerpo por completo.

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