Cap.18.- El Demonio y el Jinete

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Volumen III Como un azul profundo

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Capítulo 18 — El Demonio y el Jinete

Cuando la conciencia regresó a Leo, lo primero que oyó fue el gemido de Rob.
—¿Estás bien? —preguntó con dificultad.
—No… no mucho. —La voz del otro era apenas un hilo, áspera como piedras rascando arena—. Me han dado… Esa bala atravesó a McEnn y se quedó atrapada en mi omóplato. Tengo su… su sangre y carne por toda la cara… Esos hijos de puta… ¡Lo mataron! ¡Hace un segundo estaba hablando conmigo y ahora solo queda… dos tercios de su cabeza! ¡Malditos! ¡Basura que debería pudrirse en el infierno! ¡Les voy a volar los sesos! Oh, fuck… fuck…
La palabra se volvió un quebranto frenético.
—Rob, cálmate. ¡Cálmate! —Leo lo ordenó en voz baja pero firme, para él y para sí mismo.
Rechazó con toda su voluntad el pensamiento que amenazaba con desgarrarlo: McEnn murió por su culpa. Si él no hubiese pedido cambiar de asiento porque conducir tanto le tensaba la herida, McEnn seguiría vivo. Aquella bala estaba destinada a él. No al muchacho que había salido del barrio pobre con un sueño entre las manos.
Pero no podía pensar en eso ahora. Ni un segundo. No cuando cada segundo contaba.
—¿Puedes moverte?
—Mientras no sea el brazo y hombro izquierdo… sí. Pero la puerta no se abre.
Leo, mareado por el golpe, abrió la puerta trasera y salió. Cogió una barra de hierro del suelo y reventó la ventanilla delantera derecha. Luego tiró del cuerpo atrapado de Rob y lo sacó. La sangre le corría en chorro por el hombro; su torso estaba cubierto de restos que no eran suyos; la cara, marcada por cortes finos de fragmentos óseos.
—Llama pidiendo refuerzos. Este almacén debe tener una puerta trasera. Vete por ahí, escóndete y para la hemorragia —ordenó Leo, levantando su Glock 18 y usando el coche como cobertura.
La luz que entraba por el boquete que habían abierto al chocar se oscureció de pronto: una sombra se movió tras el muro.
—Vamos juntos —dijo Rob, apretando la herida de su frente.
Leo vio el arma en la mano de la silueta y disparó sin dudar. El enemigo respondió con una ráfaga sin piedad; las balas golpearon el Suburban con chasquidos metálicos, abollándolo como si fuera una lata. Leo se pegó al suelo y se escondió tras la parte trasera del vehículo.
—¡Te cubro! ¡Corre! —le gritó, esperando el siguiente cambio de cargador. Asomó medio rostro y devolvió el fuego; las chispas saltaron del muro, y la figura se replegó.
—¡Ve! —rugió Leo, al ver que Rob seguía dudando.
Rob apretó los dientes, sacó todos los cargadores de repuesto que llevaba encima y los dejó junto al pie de Leo. Luego, encorvado, desapareció entre las rendijas formadas por los contenedores apilados.
Un cargador se vació en un instante. Leo presionó con el pulgar el retenedor, cambió el cargador con la izquierda en un abrir y cerrar de ojos, y continuó disparando con la derecha sin la menor pausa. Al vaciar otro más, calculó que Rob debía de haber salido ya del almacén.
Entonces dejó de cubrirlo con fuego a ciegas, se escondió de nuevo detrás del coche para recargar, se guardó en la cintura los dos únicos cargadores que le quedaban y contuvo la respiración, atento a cualquier sonido a su alrededor.
El sudor empapaba su flequillo, corría por la espalda y calaba los vendajes. La herida ardía como carne rajada por un cuchillo, sin saber si por la sal del sudor o por haberse abierto otra vez al moverse. Leo, agachado con la espalda apoyada en el vehículo, respiraba sin hacer ruido, los nervios tensos mientras escuchaba el leve arrimarse de unos pasos… calculando al mismo tiempo dirección y distancia.
Diez segundos después, sacó del pequeño bolsillo de su uniforme táctico una mini granada. Era un modelo ofensivo, con un radio letal de apenas cinco metros y sin metralla metálica: dañaba sobre todo por la onda expansiva. Con la base del pulgar sujetó la palanca de seguridad, arrancó la anilla y, tras contar tres en silencio, la lanzó con fuerza.
El estruendo ensordecedor aún no había terminado de apagarse cuando Leo salió impulsado desde detrás del coche, avanzó agachado, zigzagueando a toda velocidad entre la maraña de trastos del almacén, y corrió hacia una puerta de hierro oxidado en un rincón sombrío.
Rob, tras romper la cadena que sujetaba el candado y el cerrojo, le había dejado una rendija abierta. Una línea de luz diáfana se filtraba desde el exterior, como una estrecha escalera que condujera a la seguridad y a la libertad. El corazón de Leo se aceleró sin remedio y estiró los dedos hacia la puerta…
Un golpe de viento cortante llegó por detrás. Leo se estremeció y giró el cuerpo al instante. Un estante metálico, empujado con violencia, cayó con estrépito y bloqueó de golpe la puerta por la que iba a escapar.
¡Emboscada! Ojalá Rob hubiera logrado huir antes… Ese pensamiento cruzó la mente de Leo como un rayo.
En el torbellino de polvo apareció una sombra humana. Una patada, feroz como un tigre lanzándose al cuello de su presa, apuntó directamente a su sien con fuerza suficiente para abrir un cráneo. Leo reaccionó de forma impecable, inclinando el cuerpo hacia atrás para esquivar, pero la herida se tensó. La punzada fue tan brutal que le quebró el movimiento durante una fracción mínima.
Ese pequeño lapso fue un regalo para el atacante. Giró sobre sí mismo y lanzó un latigazo de pierna que impactó de lleno en la herida abierta de la espalda de Leo.
Un grito ahogado y descompuesto escapó de su garganta. Tropezó hacia adelante, casi cayendo. El agresor no le dio ni un respiro: un puñetazo le alcanzó la mandíbula.
El dolor, como agujas de acero clavándose en la sangre, le nubló los sentidos. Escupió sangre y un diente roto al tiempo que oía, en el zumbido de sus oídos, el crujido de un hueso. Otro puñetazo le hundió el puño en la parte alta del abdomen. Sus músculos se contrajeron en un espasmo, como si el estómago se le desgarrara desde dentro. Su cuerpo entero, rígido como una estatua por un segundo, cayó con peso muerto al suelo.
La lluvia de golpes descendió sobre él sin piedad. Su pensamiento quedó sepultado en el dolor. Solo pudo encogerse, cubriéndose la cabeza con los brazos, protegiendo los puntos vitales, reduciendo al mínimo la superficie expuesta, luchando a puro instinto contra aquella violencia aplastante.
El atacante por fin se detuvo, jadeante. Sabía que el dolor ya había saturado cada nervio del agente federal: no podría levantarse ni contraatacar de inmediato. Levantó la bota y la plantó sobre la herida sangrante de la espalda de Leo. Presionó con saña, deleitándose en los espasmos, en la arcada que sacudió el cuerpo bajo su pie. Luego se arrancó el pasamontañas de un tirón y soltó una carcajada exaltada:
—Ja, ¿duele, eh? ¡Si duele, grita! ¿No que es muy duro? ¿No que me ibas a arrestar? ¡Aquí estoy! ¡Vamos, ponme las esposas, vamos!
—Joder, casi me deja sordo la explosión… ¡Malditos maderos! —refunfuñó otro hombre. Un negro corpulento, tambaleándose un poco, se acercó dándose palmadas en la oreja izquierda. La espalda y brazos estaban cubiertos de cortes. Daban miedo, pero en realidad no eran profundos. Durante la explosión había adoptado un ángulo casi perfecto para proteger cabeza y torso, pero los pedazos de hierro saltaron con la onda expansiva. Mucha metralla improvisada se le había incrustado en la piel; algunos fragmentos, incluso, habían penetrado tan hondo que ni una cirugía podría sacarlos todos.
Aquel hombre, de unos treinta años, grande y fornido, gruñó al estirar el brazo para alcanzar su espalda. Conteniendo un suspiro de dolor, arrancó un tornillo cubierto de sangre y carne, lo dejó caer al suelo y apoyó el cañón de su carabina M468 en la nuca del agente federal.
—Por tu culpa, ¡no podré subirme a un avión comercial en lo que me queda de vida! Como compensación, te regalo una bala de 6.8×43 mm. —sonrió—. No hace falta que me lo agradezcas.
—¡Así lo matas demasiado rápido! —Erlan le apartó el arma de un golpe—. Además, ahora es mi turno. Esa bala de antes… no diste en el blanco, ¿o sí, “Jinete”?
—¡Lo alcancé! ¿Cómo iba a saber que habían cambiado de asiento? —El negro corpulento rugió.
—Aun así, no confirmaste el objetivo —replicó Erlan—. No es mi problema. Y ya sabes las reglas: si fallas, le toca a otro.
El “Jinete” rechinó los dientes, furioso, y escupió al suelo. Finalmente retiró el arma.
—Está bien. Te lo cedo, “Rey Demonio”. A ver qué haces. No vayas a matarlo de dos golpes… aunque eso sea lo tuyo.
Erlan levantó un poco la bota y la dejó caer con fuerza sobre la espalda herida del agente, riendo como un loco.
—No te preocupes. Esta vez se me ocurrirá algo muy, muy divertido. Algo a la altura de un trofeo tan fiero como este. Pero ahora nos largamos. ¿Oyes las sirenas a unas cuadras? No pienso quedarme aquí esperando a que el equipo de asalto del FBI nos rodee.
—Llévatelo. —El jinete descargó la culata del fusil en la nuca de Leo.
Erlan se agachó, agarró al agente de cabello negro que ya había perdido el conocimiento y lo cargó al hombro con la misma facilidad con que se levanta un saco de harina. Ambos salieron por el enorme boquete que la Chevrolet había abierto en la pared, abandonando el espacio sombrío todavía cargado de humo, polvo y olor a sangre.
Casi veinte minutos después, doce patrullas irrumpieron con sirenas desgarradoras. Los agentes de asalto del FBI uniformados con equipos urbanos de combate, chalecos antibalas y subfusiles en mano descendieron de los vehículos y rodearon el silencioso y abandonado almacén como si se prepararan para una guerra.
Fuera del área acordonada, un Ford negro avanzó despacio y se detuvo junto a un edificio viejo, a unos cien metros de distancia. El hombre en el asiento del conductor llevaba una sudadera con capucha gris oscuro; la capucha, amplia de más, le cubría la cabeza y la mitad superior del rostro, sumiendo sus facciones en una sombra impenetrable.
Sacó el móvil y marcó un número. Después de ocho tonos, alguien respondió. Él bajó aún más la voz.
—Araña Estrella Azul, mi viejo amigo al que nunca he visto… Tienes trabajo otra vez. Necesito la localización exacta de una persona. Sur de Chicago, distrito de Englewood, un viejo almacén con un letrero que dice: “Planta de reciclaje de acero desechado Reano”. Debería haber sido secuestrado por dos hombres. Puede que vayan en un Range Rover Evoque color mercurio. La hora: hace unos veinte minutos… Oh, ¡no empieces con eso! Sé que, cuando ayudaste al *DHS a actualizar la “Red de Seguridad Nacional” hace dos años, manipu­laste el sistema. Millones de cámaras públicas en las grandes ciudades están dentro de tu telaraña, ¿no es así?… No me digas que lo destruiste. ¿Quieres que crea que uno de los tres mejores hackers del mundo no dejó una puerta trasera en un programa que pasó por sus manos? Esto es urgente. Muy urgente. Aplaza todos tus otros encargos; me da igual de dónde provengan. Primero va este… Bien, pon el precio. Lo que pidas… Hecho. Te llegará el dinero antes de mañana. Pero quiero tu máxima velocidad. Espero tu respuesta.
*NT:- DHS: significa Department of Homeland Security, es decir, el Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos.
Colgó, dejó el teléfono al alcance de la mano y apretó el volante, aguardando con una mezcla de impaciencia y fría contención.
Cinco o seis minutos después, el móvil volvió a sonar. En el instante en que escuchó la secuencia de direcciones, encendió el motor y desapareció al momento entre las calles decadentes y el gentío agitado. El objetivo se estaba moviendo, pero no importaba: en los espacios públicos bajo la maquinaria del Estado, los ojos que vigilan lo ven todo.

Cuando su conciencia empezó a recomponerse, Leo sintió como si lo hubieran arrancado de un bloque de cemento endurecido. El vértigo y las náuseas le atenazaban el cráneo, y el dolor punzante de cada herida le recordaba con claridad su actual condición de prisionero.
Descubrió que yacía de costado sobre el frío suelo de cemento, atado de pies a cabeza con cuerda paracaidista al estilo militar: desde hombros, brazos y pecho hasta las caderas, todo estaba anudado con firmeza. Las manos, unidas en la espalda, ni siquiera podían tocarse entre sí; era imposible soltarse por medios propios. Las cuerdas, ásperas, le pasaban incluso por la entrepierna, marcándole los glúteos en un arco tenso. Bastaba moverse un poco para que la cuerda rozara sus partes más sensibles con una quemadura dolorosa.
¡Maldita técnica de captura!, Leo masculló en silencio, manteniendo la inmovilidad del supuesto desmayo, y levantó apenas los párpados para observar a los dos corpulentos hombres frente a él.
El Jinete estaba sentado en una silla sin respaldo, cortando la manga de su camiseta con una navaja táctica *MOD de tres puntas. Bajo la tela rasgada se revelaba un torso musculoso y curtido, plagado de heridas. Con los dientes apretados, usaba la punta del cuchillo para sacar los restos de metal incrustados en la carne. Cada pequeño fragmento salía con un sonido seco al caer al suelo. No emitía un solo gemido; solo respiraba de manera entrecortado, tragando el dolor.
*NT: MOD se refiere a Masters of Defense, una marca estadounidense conocida por fabricar cuchillos y navajas tácticas de alta gama, diseñados para uso militar, policial y de operaciones especiales.
Desde su posición elevada, Leo veía claramente los tatuajes en sus brazos. En el izquierdo: una espada con dos alas cuyas puntas se alzaban para sostener un cráneo sin mandíbula; bajo la punta de la espada, un escudo cruzado por un rayo. En el derecho: una banda ondeante con una frase escrita en sangre: *“Rangers Lead The Way”.
*NT: “Rangers Lead the Way” es el lema oficial de los U.S. Army Rangers, una unidad de élite del Ejército de Estados Unidos. La frase significa literalmente:«Los Rangers abren el camino»

Al parecer este tipo es un Ranger retirado… pensó Leo con amargura. No es de extrañar que tenga una puntería tan letal. Caí de lleno esta vez; no puedo ni quejarme.
—Pareces un trozo de queso suizo lleno de agujeros —se burló Erlan, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
El Jinete terminó de limpiar las heridas alcanzables. Con un giro de muñeca, lanzó la navaja: la hoja dentada silbó en el aire y se clavó en la pared, rozando la cara de Erlan.
—Si tienes tiempo para soltar tonterías, mejor ayúdame con esto.
Erlan, imperturbable, desenterró la navaja y se colocó detrás de él. Con la punta afilada, empezó a extraer uno a uno los fragmentos más profundos.
Esta vez el Jinete dejó de contenerse y lanzó una retahíla de insultos.
—¡¿Quieres apuntar bien de una maldita vez?! Joder… ¿Crees que soy un bloque de queso? ¡Lo haces a propósito! ¿Te estás vengando de que te rompiera ese hueso torcido para ponértelo como debe? ¡Ah…! Fuck you, demonio…
—Si insultar te alivia el dolor, no me importa que gastes saliva —respondió Erlan, disfrutando abiertamente de su miseria.
—¡Bastardo! ¡Voy a meterte el cañón del ligero cincuenta por el culo! —gruñó el Jinete, aunque mantenía el cuerpo absolutamente quieto bajo el filo.
Erlan replicó sin piedad:
—Mejor úsalo para masturbarte con tu adorado Barrett M82A1. No olvides ponerle condón al cañón, fanático de las armas.
(Nota Autor: “Ligero cincuenta” es el apodo militar del fusil de francotirador Barrett M82.)
El Jinete respondió con improperios aún más burdos.
Tras unos diez minutos, los fragmentos visibles de metal habían sido retirados. Los más profundos o demasiado pequeños permanecerán allí para siempre. Tal como él mismo había dicho, cada vez que pasara por un arco de seguridad en un aeropuerto, aquello pitaría como un demonio. Aunque se excusara con su condición de veterano, lo revisarían una y otra vez. Para un hombre con antecedentes como él, eso equivalía a decir adiós para siempre a los vuelos comerciales.
Erlan le dio una palmada en el hombro al Jinete, una palmada tan fuerte que le arrancó un gruñido.
—Sube al último piso. Te pondré un poco de polvo hemostático, te coseré las heridas grandes y, de paso, te pondré una inyección de TIG —inmunoglobulina antitetánica humana—.
—¿Y qué hacemos con este poli? —preguntó el Jinete, señalando con un gesto de la barbilla al cuerpo de Leo tendido en el suelo.
Erlan soltó una risa helada.
—Con la paliza que le di, si fuera una persona normal ya habría estirado la pata. Está entrenado, así que solo tiene media vida. Déjalo ahí, no pasa nada.
La prudencia curtida en el campo de batalla hizo que el Jinete se incorporara y, con más cuerda de paracaidista, diera varias vueltas alrededor de las piernas de Leo. Le dobló los tobillos hacia atrás, atándolos a unos treinta centímetros de las muñecas. Luego recogió del suelo una bolsa en la que contenía el equipo y las armas requisadas a Leo; los dispositivos de comunicación ya habían sido destrozados y se marchó con Erlan.
La puerta se cerró con un golpe pesado.
Entonces Leo abrió los ojos.
Era una oportunidad única: tenía que liberarse antes de que aquellos dos regresaran y huir del edificio.
Con movimientos torpes y dolorosos, trató de alcanzar la pernera del pantalón. El Jinete le había quitado las botas tácticas Warrior para evitar que escondiera armas en los talones. Por suerte, desde el ataque ya no llevaba traje, sino un conjunto de combate CQB negro de Blackhawk, mucho menos restrictivo. En el borde interior de la pernera, había cosido una lámina de obsidiana pulida: diez veces más afilada que el acero y, además, indetectable para cualquier dispositivo metálico.
Los dedos se le acercaban poco a poco a la tela. La herida de la espalda ardía como un trapo viejo y pisoteado que alguien retorciera con saña. Le palpitaban los huesos rotos. Tenía fracturas en la cara, le dolía horriblemente el costado izquierdo, quizás una o dos costillas rotas… ojalá no hubieran perforado nada por dentro. Si alguna había salido hacia afuera y roto la pleura, la pérdida de presión podría colapsarle un pulmón y desplazarle los órganos. En ese instante se sintió como un muñeco descosido y vuelto a coser con hilo basto: cualquier movimiento brusco podía hacerlo pedazos.
Pero no podía quedarse allí esperando la muerte.
Aunque el esfuerzo lo matara, jamás permitiría que lo remataran humillado a sus pies.
—Aguanta, Leo… tú puedes… —sé susurró.
Forzando el arco de su espalda, enganchó los dedos en el borde del pantalón y tiró con un latigazo, atrapando por fin la filosa pieza de obsidiana.
Su cuerpo, tenso como un cable, se aflojó de golpe. Jadeó con violencia, dejando un charco de sudor en el suelo que dibujaba con exactitud la silueta de su cuerpo.
El corte de obsidiana empezó a desgastar la dura cuerda de nueve hilos. Los ojos azul oscuro de Leo, apagados por el dolor, dejaron asomar en lo más profundo una luz obstinada, imposible de extinguir.
De pronto, la presión en su espalda cedió un poco: una cuerda había cedido. Reuniendo la poca fuerza que le quedaba, comenzó a cortar la siguiente.
Veinte minutos de tortura después, consiguió liberarse por completo. Estaba tan exhausto que ni las puntas de los dedos querían moverse. Su cuerpo exigía descanso a gritos, pero su voluntad se negó a concederlo. Respiró hondo sin parar, como un boxeador derribado que pelea contra el conteo final, y antes de que el imaginario “diez” lo alcanzara, apoyó las manos en el suelo y se incorporó lentamente.
Se palpó el costado izquierdo: la fractura no era tan grave. Exhaló con alivio. Recogió sus botas en un rincón, se las puso y avanzó tambaleante hacia la puerta. Abrió la pesada hoja de madera y salió del cuarto desnudo y mal iluminado.

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