Cap. 5- Caso de intoxicación por fármacos V

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Cap. 5-Caso de intoxicación por fármacos (V)

Bu Huan fue a buscar el coche: una furgoneta pequeña de color negro, con capacidad para diez personas como máximo.

—Vamos en esta —dijo—. Así no hace falta usar dos vehículos.

El interior era amplio y cómodo. Todos eligieron sentarse ocupando una fila cada uno. Cuando el último en subir, Cheng Jin, se sentó junto a Yang Simi, varios se sorprendieron, aunque nadie lo manifestó abiertamente.

El coche entró directamente en la Universidad de Medicina. Nada más cruzar la entrada se abría una amplia plaza; en uno de sus lados se alzaba el edificio administrativo, como un biombo que ocultaba el resto del paisaje. Al rodearlo, se revelaba un campus de entorno excelente: los edificios docentes y las residencias estudiantiles se ocultaban entre la arboleda, junto a la cual incluso había un pequeño lago. Sobre el agua se extendía una pasarela con forma de corredor ajardinado, y en la orilla se levantaban varios pabellones de madera donde los estudiantes charlaban y reían.

Observando el paisaje por la ventanilla, Cheng Jin recordó su propia vida universitaria. Entonces preguntó a You Duo y a An Xiaoyan:

—¿Ustedes siguen estudiando?

—Yo ya me gradué —respondió You Duo—. Xiao An aún está en la universidad.

Xiao An sonrió.

—Estudio informática. He solicitado la exención de asistencia; solo tengo que ir a los exámenes finales.

Cheng Jin se mostró sorprendido.

—¿Cuántos años tienen? Cuando yo tenía su edad aún estaba en el instituto.

Bu Huan se rió.

—No te fíes de la cara de You Duo para pensar que es menor de edad.

—¿Ah, no?

—Tengo veintiún años —dijo You Duo, algo avergonzado.

—Vaya… desde luego no lo parece —sonrió Cheng Jin—. ¿Y tú, Xiao An? Tú sí que debes de ser menor.

—Me faltan unos meses para cumplir la mayoría de edad —respondió ella, antes de preguntar—. ¿Y tú cuántos años tienes?

—Simi y yo somos de la misma quinta, veintiséis —contestó Cheng Jin, sin incomodarse por hablar de temas personales; quería que el ambiente se relajara.

Xiao An parpadeó. Era la primera vez que oía a alguien llamar a Yang Simi de una forma tan cercana. En realidad, se sentía más distante de él incluso que de Han Bin. La curiosidad la llevó a preguntar:

—¿Se conocen desde hace mucho?

Cheng Jin miró a Yang Simi, sin saber si le importaría que los demás lo supieran.

—¿A qué edad nos conocimos? —preguntó.

Bu Huan, que conducía, también agudizó el oído.

—A los catorce —respondió Yang Simi, girando ligeramente la cabeza para mirarlo.

—Eso es —asintió Cheng Jin, recordando lo desastroso que fue todo en aquel entonces, y añadió con una sonrisa—. No lo saben, pero aunque Simi ya era bonito, como una muñeca extranjera, en aquella época ya sabía pelear muy bien.

Xiao An lanzó una mirada furtiva a Yang Simi. Ahora era un hombre muy atractivo; y al oír que lo llamaban “bonito” no parecía molestarse en absoluto. Pensó que quizá no era tan difícil de tratar como aparentaba.

—¿Se conocieron peleando? —preguntó You Duo. Él tampoco conocía bien a Yang Simi; solo había oído que era excepcional con las armas de fuego y el combate cuerpo a cuerpo, y que a menudo participaba en misiones especiales.

—Yo no quería pelear contigo… —frunció el ceño Yang Simi.

Cheng Jin lo interrumpió con una sonrisa:

—Es verdad, no querías pelear. Solo querías matar.

No pensaba permitir que Yang Simi dijera, con absoluta seriedad, que en aquel entonces realmente había querido matar a alguien.

Xiao An y You Duo rieron. En ese momento aún no se conocían bien, así que lo tomaron como una broma.

Desde el asiento trasero se oyó la voz de Han Bin:

—¿Adónde vamos primero?

—Nos dividiremos en dos grupos —dijo Cheng Jin—. Simi, tú ve con Bu Huan y Xiao An a la zona de las residencias estudiantiles. Miren si pueden averiguar algo.

Xiao An dudó:

—¿No se investigó ya? No salió nada relevante.

—En las investigaciones oficiales no —respondió Cheng Jin con cierta ambigüedad—. Por eso quiero que vuelvan a mirar. Fíjense en lo que comentan en privado y revisen qué tienen en sus ordenadores. Xiao An es chica; podrá entrar tanto en las residencias masculinas como en las femeninas con más facilidad.

—¿Y cómo vamos a saber de qué hablan en privado? —se quejó Bu Huan mientras aparcaba—. A menos que pongamos micrófonos…

Cheng Jin lo miró sonriendo.

—¿No estarás hablando en serio? —exclamó Bu Huan—. ¡Eso va contra las normas!

—Yo solo quiero resultados —replicó Cheng Jin—. El proceso no hace falta que me lo cuenten.

Luego miró a Yang Simi.

—Han Bin, You Duo y yo iremos a hablar con los profesores. ¿Nos vemos luego?

—Nos vemos luego —respondió Yang Simi, sosteniendo la mirada—. ¿Qué te preocupa?

—Me preocupa que te aburras.

Cheng Jin observó cómo los otros tres entraban en el edificio de las residencias, y luego se dio la vuelta para dirigirse, junto a Han Bin y You Duo, al edificio de despachos del profesorado.

Aunque en realidad ya estaba aburrido, Yang Simi se recompuso enseguida. Ajustó su expresión y se transformó en un fiable psicólogo de sonrisa amable. Presentándose ante los estudiantes del dormitorio masculino, dijo:

—Hola a todos, soy el profesor Yang. Mi especialidad es la psicología. Debido a que recientemente ha ocurrido un accidente entre compañeros de su clase, el decano me ha pedido que venga a evaluar su estado emocional, para evitar que este suceso los afecte negativamente. Este es el doctor Bu, y esta joven es mi alumna.

Bu Huan no esperaba tener que asumir una identidad nueva de repente. Con mucho esfuerzo logró que su rostro no se deformara en una mueca y saludó a los chicos:

—Hola a todos.

Xiao An parpadeó con vivacidad.

—Hola, hermanos mayores. Pueden llamarme simplemente Xiao An.

Al ver a una pequeña y simpática compañera de facultad, los chicos se relajaron visiblemente. Algunos incluso, ruborizados, se apresuraron a esconder la ropa sucia y los calcetines malolientes dentro de los cubos del baño.

Era la hora de la siesta, así que casi todos los estudiantes se encontraban en sus habitaciones. Yang Simi entró en cada una de ellas, charlando con todos de forma cordial sobre asuntos cotidianos. Cuando alguno le planteaba preguntas más técnicas de psicología, él las respondía con paciencia y precisión.

Bu Huan, a un lado, sonreía hasta que se le empezaban a agarrotar las mejillas. Él no entendía nada de psicología, pero por suerte Yang Simi no lo dejó abandonado a su suerte y asumió todas las preguntas de aquellos futuros médicos.

Xiao An se sentó frente a una mesa donde había un ordenador y entabló conversación con el chico que estaba al lado.

—Hermano mayor, ¿este es tu ordenador?

—Sí —respondió él, sonriendo.

—Yo también me compré uno hace unos días, pero parece que tiene algún problema… últimamente no puedo conectarme a internet. ¿Cuando tengas tiempo podrías ayudarme a mirarlo?

—Claro, ningún problema. Luego lo revisamos.

—Hermano mayor, ¿desde aquí sí puedes conectarte? ¿Podría usar tu ordenador un momento para mirar mi correo? Llevo días sin internet y no sé si mis amigos me han escrito —preguntó con cierta timidez, y enseguida añadió—. Si no es conveniente, olvídalo, como si no hubiera dicho nada.

El chico sonrió.

—No pasa nada, úsalo. Aquí sí hay conexión.

Xiao An abrió su correo electrónico y revisó los mensajes.

—Ah, sí que hay correos… —suspiró enseguida—. Pero son solo anuncios. Mi amiga me dijo que me escribiría.

El chico dudó un poco antes de preguntarle:

—¿Estás esperando un correo de tu novio?

Xiao An se quedó un instante en blanco y luego sonrió.

—No, no es eso. Es mi antigua compañera de pupitre. Me iba a mandar fotos de ella y su novio. Tengo muchas ganas de verlas.

—Xiao An —la llamó Yang Simi al verla entretenida.

—Profesor, ya voy —respondió ella, levantándose con rapidez—. Hermano mayor, me voy. Nos vemos la próxima vez.

El chico la observó alejarse con cierta desilusión, aunque luego pensó que, siendo de psicología, siempre podía ir a buscarla a ese departamento… y además, aún le debía arreglar el ordenador.

Tras salir del dormitorio masculino, se dirigieron al femenino. Bu Huan descubrió que las chicas eran mucho más atrevidas: preguntaban sin ningún reparo lo que se les pasaba por la cabeza.

—Profesor, ¿tiene novia ahora mismo?
—Profesor, ¿qué tipo de chicas le gustan?

Yang Simi dejó a Bu Huan lidiando con aquel grupo de admiradoras entusiastas.

—Voy a hablar un momento con la estudiante Guo Lei. Si tienen alguna pregunta, pueden hacérsela al doctor Bu o a la estudiante Xiao An.

—Guo Lei, ¿te viene bien que hablemos un momento ahora? —preguntó Yang Simi con una sonrisa, mirando a la chica que estaba de pie junto al balcón.

Ella asintió con cautela.

—Ayer ocurrió algo desagradable —comenzó Yang Simi con seriedad—. Pero antes que nada debes saber que en la vida de una persona no todo pueden ser cosas buenas. Siempre habrá sucesos negativos, y eso es algo que no podemos evitar.

—No… no es así —la chica perdió la calma que tanto había intentado sostener y, con la voz quebrada, dijo—. Ustedes no lo entienden…

—Puedes contarlo —la animó Yang Simi.

Según los datos que tenían, Guo Lei era la novia de Song Qiyuan. Su relación siempre había sido buena.

—Él iba a irse al extranjero hace dos semanas… ya lo teníamos todo hablado. Yo también pensaba irme con él, pero en mi casa no querían que saliera del país. La salud de mi madre no ha sido buena estos años, no podía soportar separarse de mí… Así que le pregunté si podía quedarse, si podía no irse al extranjero… —su voz se rompió—. Y aceptó… Si no hubiera aceptado, habría sido mejor…

Guo Lei rompió a llorar desconsoladamente.

Yang Simi dejó de sonreír y la miró con seriedad.

—Hay personas a las que Dios ama especialmente, por eso se las lleva tan pronto —dijo con calma—. Eso fue lo que me dijo mi médico cuando yo era pequeño, cuando murieron mis padres.

Guo Lei, con lágrimas resbalando por el rostro, miró fijamente a aquel psicólogo que ya no sonreía.

—Pero no puedo olvidarlo.

—No hace falta que lo olvides —respondió Yang Simi—. Cuando pienses en él, sonríe al cielo. Él estará allí, mirándote.

Guo Lei levantó la vista y esbozó una sonrisa hacia el cielo, aunque las lágrimas seguían cayendo sin control. Afuera brillaba el sol, y de pronto empezó a caer una llovizna bajo el cielo despejado. Guo Lei reía y lloraba al mismo tiempo, extendiendo la mano para atrapar las gotas de lluvia…

Mientras tanto, Cheng Jin, Han Bin y You Duo se dirigieron a los despachos de los profesores. El primero al que visitaron fue el profesor Zhao Zi, también médico especialista del Hospital Huiren. Tenía el cabello completamente blanco, pero se le veía lleno de energía.

Han Bin lo saludó con gran respeto:

—Profesor Zhao, buenos días.

Cheng Jin había llamado a Han Bin porque este había dicho que antes había sido médico, pero no esperaba que conociera personalmente al profesor Zhao Zi.

—¿Doctor Han? ¿Qué haces aquí? ¿En qué hospital trabajas ahora? Hace tiempo que no te veía —dijo Zhao Zi con sorpresa, sujetándolo del brazo.

Habían coincidido en congresos académicos y se llevaban muy bien; Zhao Zi siempre lo había tratado como a un amigo joven.

—Ya no trabajo en un hospital. Ahora colaboro con departamentos del gobierno como asesor médico —respondió Han Bin.

El profesor Zhao suspiró con cierta lástima, aunque no añadió nada más. Al fin y al cabo, cada uno elige su propio camino.

—Profesor —intervino Han Bin—, este es el capitán Cheng Jin, de la brigada criminal. Quiere hacerle unas consultas.

—¿Ah, sí? Pero la policía ya estuvo aquí —respondió Zhao Zi.

Cheng Jin sonrió.

—Profesor Zhao, queremos consultarle algunas cuestiones técnicas. ¿El veneno que ingirió Song Qiyuan podría ser preparado por una sola persona?

Zhao Zi miró a Han Bin.

—Eso el doctor Han podría responder perfectamente.

Han Bin explicó:

—Profesor, él quiere saber si con el equipamiento de los laboratorios de la universidad es posible purificar este tipo de toxina.

Zhao Zi los llevó a los laboratorios para que los vieran.

—Es posible —admitió—. Aquí tenemos equipamiento de primer nivel. Pero los estudiantes de tercero y cuarto utilizan estas instalaciones a diario para sus prácticas. Si sospechan que alguien usó este laboratorio para purificar el veneno, será muy difícil determinar quién fue exactamente.

—Profesor, el uso de estos laboratorios está registrado, ¿verdad? —preguntó Cheng Jin.

—Sí, lo está.

Zhao Zi los condujo a la sala de guardia y les mostró los registros. Cheng Jin y los demás empaquetaron varios cuadernos gruesos y se los llevaron.

Cheng Jin volvió a preguntar:

—Profesor, cuando los docentes vienen a utilizar el laboratorio, ¿también deben registrarse?

Zhao Zi fue muy franco:

—En teoría sí, pero no es un requisito estricto.

Han Bin le agradeció su ayuda y se despidió del profesor Zhao antes de marcharse.

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