Cap. 51: Quiero volverme loco hasta el final

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Capítulo 51: Quiero volverme loco hasta el final

Zhou Ling, naturalmente, no se movió ni un milímetro.

El de la camisa floreada frunció el ceño, molesto.

—¿Qué pasa? ¿Traes a alguien que ni siquiera puedes mandar?

Song Mingqi sonrió levemente.

—La verdad es que no puedo. No me hace caso.

El de la camisa floreada curvó los labios con desdén.

—Entonces tendré que ayudar yo a “darle órdenes”.

Song Mingqi percibió cómo la respiración de Zhou Ling, a su espalda, se volvía cada vez más pesada. Pensó que quién iba a mandar a quién todavía estaba por verse.

El hombre hizo un gesto con la mano, indicando a sus subordinados que apartaran a Zhou Ling. Luego se levantó, se pasó los dedos por el cabello engominado y avanzó hacia Song Mingqi. Zhou Ling no opuso demasiada resistencia mientras varios se le echaban encima, le torcían los brazos a la espalda y lo obligaban a retroceder un par de pasos. El más entusiasta era, sin duda, el hermano Yuan, que esta vez, muy prevenido, se adelantó para sacar la daga del bolsillo de Zhou Ling.

El de la camisa floreada pareció relajarse. Levantó la mano y, con gesto frívolo, la apoyó en la nuca de Song Mingqi.

—Ven, acompáñame a beber un…

La palabra “trago” ni siquiera llegó a salir.

¡Bang!

Su rostro se echó violentamente hacia atrás y, acto seguido, sonó un crujido seco. El brazo que tenía apoyado en el cuello de Song Mingqi fue arrancado de un tirón y doblado hacia atrás en un ángulo antinatural.

Todo ocurrió tan rápido que, cuando Zhou Ling gritó –¡corre!–, Song Mingqi todavía estaba pensando en girarse para mirar el brazo del de la camisa floreada.

Pero enseguida dejó de tener tiempo para pensar. Una ráfaga de viento le golpeó de frente, robándole el aliento. Zhou Ling lo agarró del brazo y lo arrastró hacia la salida. Por el rabillo del ojo, Song Mingqi vio a varias personas caer de espaldas como fichas de dominó. Zhou Ling se movía con una eficacia limpia y precisa; sus ojos, negros y brillantes, parecían los de un guepardo abriéndose paso a la fuerza mientras lo sacaba del cerco.

Ambos salieron disparados por la puerta. Detrás de ellos resonaban los gritos de los guardias de seguridad y una avalancha de pasos, junto al estrépito de tubos de acero, taburetes y botellas de cerveza golpeando el suelo y las paredes.

Por suerte, antes no habían encontrado aparcamiento y habían dejado el coche justo en la entrada: una desgracia convertida en bendición. Song Mingqi y Zhou Ling corrieron hacia el vehículo, cada uno por un lado. El abrigo de Song Mingqi se infló con el viento mientras, a toda velocidad, pulsaba el botón de apertura.

—¡Al coche!

Antes de que terminara de hablar, oyó a Zhou Ling soltar una maldición. Lo vio impulsarse con ambos brazos sobre el techo del vehículo y caer del otro lado, lanzando una patada que mandó volando a un hombre que lo seguía con una botella en alto.

Aún no había podido abrir la puerta cuando todo se oscureció de repente. Zhou Ling se interpuso delante de él, le cubrió la cabeza con el cuerpo y lo abrazó. De su garganta escapó un gemido sordo.

A Song Mingqi se le llenaron los ojos de calor. Sin tiempo para preguntar nada, agarró a Zhou Ling y se metieron juntos en el coche. Introdujo la llave y arrancó. Desde la parte trasera llegaron los golpes sordos de tubos de acero contra la carrocería. Cuando pisó el acelerador a fondo, el motor rugió y el sonido fue quedando atrás, cada vez más lejano.

El maltrecho Land Rover negro avanzaba a toda velocidad por la carretera costera nocturna. Las olas chocaban contra los acantilados y las rocas con un estruendo ensordecedor, como si interpretaran una grandiosa sinfonía para esta huida apocalíptica.

—¿Hay algún coche siguiéndonos? —preguntó Song Mingqi.

Zhou Ling volvió a mirar atrás para asegurarse.

—No.

—¿Cómo tienes la espalda?

—Nada grave—. Zhou Ling levantó el brazo derecho y movió los músculos de la espalda—. No es peor que cualquier golpe que me llevo en el ring de boxeo.

Luego añadió:

—Ese… ¿Li algo…?

—Li Jiamin.

—Ajá. ¿Cómo quedó él?

Song Mingqi miró el móvil.

—Dice que se fue solo al hospital—. Tras una breve pausa, añadió—. Si su madre aún estuviera viva, no habría acabado así.

—¿Incluso estas cosas, te ocupas de ellas?

El énfasis estaba en el “todo”.

—Eso no se puede abarcar todo —respondió Song Mingqi sin pensarlo—. Sonrió, negó con la cabeza y volvió la vista a la carretera; de pronto chasqueó la lengua. 

—Pero cuando lo veo… no puedo evitar meterme.

Zhou Ling miró el pequeño mechón de pelo ligeramente desordenado en la parte posterior de su cabeza.

—Es demasiado peligroso.

—La mayoría de las veces no soy así—. Song Mingqi se acomodó las gafas—. Ah, y esa gente no va precisamente por el camino legal, así que no deberían llamar a la policía. No te preocupes.

Zhou Ling frunció el ceño.

—Estoy preocupado por ti.

Song Mingqi sonrió.

—¿No estás tú aquí?

La última vez que había dicho algo parecido fue de camino al hospital, cuando llevaba a Zhou Ling. Entonces no había sido más que un cumplido vacío, una manera de reconocer su buena constitución física. En aquel momento, Song Mingqi jamás habría imaginado que un día llegaría a poner su seguridad, por completo, en manos de Zhou Ling: que él se convertiría en su arma, en el filo de su cuchillo.

Y precisamente por eso, Zhou Ling no quiso refutarlo.

Ambos guardaron silencio durante un par de segundos. De pronto, Zhou Ling preguntó:

—¿Quieres?

—¿Qué cosa?

—Un caramelo de menta.

Song Mingqi sintió que desde atrás le lanzaban algo pequeño y brillante. Alzó la mano por reflejo y lo atrapó.

—¿De dónde ha salido?

—Cuando huíamos…, lo cogí gratis del platillo de frutos secos del mostrador.

—…

Song Mingqi soltó una carcajada. En una situación de vida o muerte, y aún tenía tiempo para eso.

Zhou Ling también se rió.

—¿De qué te ríes? Estaba ahí a mano… pensé que quizá te gustaría.

Dentro del coche se hizo un breve silencio. Entonces Song Mingqi ya no pudo aguantar más y estalló en carcajadas. Los dos empezaron a reír a pleno pulmón.

—Oye, no te voy a mentir… ser un macarra tiene su punto.

Zhou Ling torció los labios.

—Song Mingqi, tú, que eres profesor, ahora estás viviendo como un maldito gamberro.

Song Mingqi bajó la ventanilla y dejó que el aire helado le golpeara el rostro. Su cabello negro ondeaba salvaje hacia atrás.

—¿Así te sientes un poco mejor? ¿Viendo que en realidad yo tampoco soy buena persona? —gritó de pronto contra el viento—. ¡Macarra con técnico de mantenimiento, qué combinación tan perfecta! ¡Eso es estar hechos el uno para el otro!

Zhou Ling giró la cabeza, dispuesto a cuestionarlo.

—¿En qué sentido es estar he…

—¡Hoy es mi cumpleaños, quiero volverme loco hasta el final! —Song Mingqi lo interrumpió en cantonés, y enseguida cambió al mandarín que Zhou Ling podía entender—. Repítelo conmigo: macarra con técnico de mantenimiento…

—¡Hechos! ¡El uno! ¡Para! ¡El otro!

Zhou Ling también gritó hacia fuera de la ventanilla. Las olas, embravecidas, respondieron con un estruendo ensordecedor. Se rió con ganas; aquella noche estaba riendo más que nunca. Sus ojos brillaban de excitación, como si una llama ardiera en su interior.

Vivir era jodidamente bueno.

La libertad era jodidamente buena.

Amar a alguien era jodidamente bueno.

Los próximos diez, treinta, cincuenta años parecían plegarse todos en ese único instante. Como si haber vivido ese momento bastara para toda una vida.

Zhou Ling sabía que jamás olvidaría la sensación de ese momento.

Rieron un rato más. La velocidad del coche fue disminuyendo y avanzaron despacio hacia la casa de alquiler junto al mar de Zhou Ling. El viento marino que entraba por la ventanilla se volvió suave, envolvente. Fue entonces cuando Zhou Ling se dio cuenta de la caja del pastel en el asiento trasero: entre los constantes cambios de acelerador y freno, la enorme inercia la había lanzado contra un rincón.

Zhou Ling la tomó y la examinó con cuidado.

—El pastel se ha estropeado.

Su tono era estable, casi plano. Song Mingqi lo observó a través del retrovisor y lo vio inclinar la cabeza: la caja del pastel, adornada con una delicada cinta, reposaba sobre sus rodillas, y sin saber por qué daba una impresión de desolación y arrepentimiento.

Song Mingqi aparcó el coche y se giró hacia él.

—¿Aún se puede comer?

Zhou Ling desató la cinta y levantó por completo la tapa. Song Mingqi vio que la crema se había derretido en una masa informe; una pequeña plaquita de chocolate se había venido abajo junto con el bizcocho, y sobre ella, escrita con glaseado blanco, se leía: “Feliz cumpleaños”.

Zhou Ling se adelantó a despreciarlo por él, como si le diera mala espina, y volvió a cerrar la caja.

—Mejor no lo comas.

Song Mingqi lo miró un momento. Al cabo de un instante, se inclinó y se levantó del asiento delantero; se coló por el hueco entre el volante y el copiloto hasta el asiento trasero. Zhou Ling abrió los brazos de forma natural. Song Mingqi se metió en su abrazo, ocupó el lugar del pastel y se sentó sobre sus piernas, pensando de paso que el coche había sido una compra excelente: era sorprendentemente espacioso.

Le acarició la mejilla.

—Compraré otro.

Bajó la mirada al reloj de pulsera y vio que ya pasaban de las diez. Seguramente todas las pastelerías estarían cerradas, así que cambió de idea.

—El mes que viene celebraré otra vez mi cumpleaños según el calendario solar, entonces podré comer pastel otra vez. O no comerlo tampoco importa; los cumpleaños llegan todos los años.

—No es lo mismo.

—¿En qué no es lo mismo?

Los ojos de Zhou Ling eran negros y profundos. Besó los labios de Song Mingqi; en la boca de ambos se mezclaba el mismo aroma a menta.

—Song Mingqi, tú vivirás cien años y tendrás muchos cumpleaños. Pero yo solo puedo acompañarte en este.

El corazón de Song Mingqi se quedó suspendido un latido en el aire.

Así era como se suponía que actuaban dos amigos que se gustaban.

Podían besarse, podían hacer cosas íntimas. Pero no podían ir más allá; podían hablar durante un mes, tres meses, pero no hablar del futuro.

En las dos horas que quedaban de esa noche, Song Mingqi sentía que estaba celebrando su avance hacia delante, mientras Zhou Ling se quedaba atrás. El mar podía arrastrar la arena, pero no podía llevarse un iceberg. Zhou Ling se negaba obstinadamente a seguirlo, y él no tenía forma de obligarlo.

En el silencio, Zhou Ling preguntó de repente:

—Por cierto, ¿qué querías hacer conmigo esta noche cuando me llamaste?

—En principio, cocinar juntos y cenar —respondió Song Mingqi.

—¿Solo eso?

—Solo eso—. Song Mingqi no veía nada extraño en ello; lo pensó con detenimiento—. Antes, en la universidad, comía con Huo Fan; cuando mi padre vuelve al país, cocinamos juntos; si no vuelve, como solo.

Zhou Ling no lo entendía.

—¿Y eso en qué se diferencia de lo habitual?

Song Mingqi, mientras lo pensaba, empezó a sonreír.

—No lo sé. Supongo que comer es importante… y con quién comes también lo es.

Dentro del coche volvió a hacerse el silencio. Al poco, Zhou Ling dijo:

—Vamos.

—¿Adónde?

—Tengo otro regalo para ti.

Song Mingqi caminaba sobre la arena; de noche no se distinguía bien el terreno y siempre se le colaban granos de arena por el talón. Le resultaba algo incómodo andar, pero se esforzaba por seguir el paso de Zhou Ling. Caminaron hasta la playa que quedaba detrás de la casita. Aquella zona del mar era un poco salvaje; Song Mingqi nunca se había acercado antes. En ese momento se veía tranquila y privada. Junto a la arena se alzaban varios arrecifes enormes y desiguales.

Pronto se dio cuenta de que había algo atado a las rocas.

—¡Una lancha! —apresuró el paso para verlo mejor, incrédulo—. ¿De verdad la arreglaste?

¡Clic!

Las luces de la embarcación se encendieron.

Zhou Ling alzó la mano y limpió la pantalla de la lámpara. No sabía si era por la emoción o por el viento del mar, pero la voz le temblaba un poco.

—En realidad quería enseñártelo de día, pero dijiste que tenías trabajo. Pensé dejarlo para mañana… pero esta noche no hubo pastel y aun así quería enseñarte esto.

A la luz amarillenta se distinguía claramente cómo la vieja lancha había renacido. El casco había sido repintado; el interior, antes oxidado y desnudo, había sido reparado por completo; el motor fuera borda tenía todas las piezas nuevas, y tanto los asientos como el cuerpo del barco estaban limpios, pulidos con esmero.

Temiendo que a Song Mingqi no le gustara aquel regalo improvisado y fuera de plan, Zhou Ling lo miró con un punto de nerviosismo.

—¿Te subes?

—¡Gracias al jefe Zhou por invitarme! —aceptó Song Mingqi sin dudarlo. Sonrió, atrapó el chaleco salvavidas que Zhou Ling le lanzó y, apoyándose en las rocas, subió a la lancha—. ¡Hoy salgo a dar una vuelta con el jefe Zhou!

Cuando estuvo bien sentado, Zhou Ling soltó la amarra y tiró de la cuerda de arranque.

El primer intento terminó en calado.

El ambiente se volvió un poco incómodo. Song Mingqi no tenía demasiadas esperanzas; al fin y al cabo, ninguno de los intentos anteriores había salido bien.

Estaba a punto de decir algo para aliviar la situación cuando, en el segundo tirón, el motor rugió con un zumbido potente. El acelerador respondió por fin, y la lancha salió disparada como una flecha. El agua saltó en todas direcciones; el cabello de Song Mingqi voló hacia atrás, y la orilla quedó atrás en un abrir y cerrar de ojos.

Esa fuerza centrífuga imposible de controlar le encendió las mejillas de excitación. Como dos fugitivos sin destino, el mar se convirtió en su refugio, abriéndoles los brazos.

Durante un buen rato, Song Mingqi no dijo ni una palabra. Justo cuando Zhou Ling pensaba que quizá la velocidad lo había asustado, Song Mingqi inhaló de pronto una bocanada violenta de aire y gritó a pleno pulmón:

—¡Zhou Ling! ¡Esto va demasiado lento! ¡Jajaja… ! ¡dale más rápido!

Apenas cayó la frase, Zhou Ling subió una marcha con decisión.

El rugido del motor perforó la negrura espesa de la noche como si la quemara.

De pronto, bajo el faro a lo lejos, estalló un destello. Un fuego artificial se elevó en línea recta desde el horizonte del mar, rasgando la noche hasta alcanzar el cielo con un estruendo seco, y luego se abrió en miles de pétalos luminosos que descendieron lentamente. En medio de todo aquello, Song Mingqi sintió un cosquilleo que le recorrió el cuero cabelludo. Se puso de pie de un salto, dejando que cuerpo y alma subieran y bajaran al compás de las olas.

—¡Zhou Ling! ¡Así que estos días de martillazos eran para llegar a este momento!

El casero le había prometido que, si la arreglaba, podría usarla una vez. No tenía dinero, pero podía ganárselo de forma limpia y honrada.

Zhou Ling gritó contra el viento marino:

—¿Te gusta?

El rostro de Song Mingqi brillaba en la noche.

—¡Me encanta! ¡No podría gustarme más!

—Me alegro—. Zhou Ling soltó un largo suspiro de alivio—. Sé que todo esto sigue siendo muy sencillo… pero, profesor Song, esto es lo más caro que puedo darte ahora mismo.

Song Mingqi bajó la mirada del cielo y la posó en su rostro. Luego señaló su pecho.

—¿Cómo es que todavía no lo entiendes? —rió con franqueza—. Lo más caro, muchas veces, no cuesta dinero.

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