Volumen 1: Niño Blanco
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Bai y Blake eran crías de Kantas. Si se calculaba su edad con el calendario terrestre, aún no cumplían los 18 años, lo cual los convertía, dentro de su especie, en menores de edad en toda regla.
Pero a diferencia de otras crías de Kantas que seguían dependiendo de sus padres, ellos ya se mantenían por sí mismos. Aproximadamente ocho años atrás, cuando aún vivían con su padre, la vida era simple y despreocupada: jugaban entre ellos, peleaban por diversión, nunca se preocupaban por la comida o por su seguridad. Su padre era un Kantas adulto, de once metros de largo, con un cráneo enorme, mandíbulas firmes, dientes afilados y colosales alas. Era él quien defendía el territorio y protegía a sus dos hijos. Bai y Blake vivían sin preocupaciones, comiendo lo que querían, cuando querían.
Pero un día, ocurrió lo inesperado.
Como siempre, su padre les había dejado parte de la caza antes de salir a buscar más para almacenarla. Apenas se fue, un estruendo estremeció la tierra, seguido de un temblor aterrador…
Cuando todo paró, Bai y Blake seguían dentro del mismo nido, pero el mundo a su alrededor había cambiado por completo. Las llanuras se convirtieron en montañas y las montañas colapsaron en mares.
Su padre había desaparecido.
Solo se tenían el uno al otro. Y gracias a eso, sobrevivieron.
Durante esos ocho años, jamás se alejaron demasiado de donde estaba su primer nido. En el fondo, guardaban la esperanza de que su padre estuviera vivo y pudiera encontrarlos. Hace cinco años, cuando sus formas humanas ya se parecían bastante a las del resto de la tribu, fueron a la zona de reproducción. Parte de ellos quería encontrarlo allí… aunque también temían lo que podrían descubrir.
Al final del día, Bai y Blake no eran más que crías que aún no llegaban a los dieciocho.
Si uno lo analizaba desde un punto de vista científico, lo que les pasó fue simplemente un movimiento tectónico de gran escala que partió la vasta llanura helada en varias secciones. Incluso si su padre sobrevivió, probablemente ahora estuviera en otro continente.
Esa era la cruda verdad que ellos no conocían. Y, si la supieran, solo dolería más.
A lo mejor, el hecho de haberse quedado en el mismo lugar por miedo a perderse de su padre fue lo que los salvó. El olor de un Kantas adulto aún impregnaba su antiguo nido (Blake incluso solía coleccionar las plumas que su padre mudaba), y ese aroma bastó para ahuyentar a cualquier enemigo, dándoles a esas dos pequeñas crías la oportunidad de sobrevivir los años más difíciles. Con el cambio geográfico, el clima se volvió más frío, las plantas dejaron de crecer, los dinosaurios herbívoros migraron o murieron, y los carnívoros se movieron a otras zonas. Solo quedaron animales pequeños. Y entre ellos, reinaba la feroz cría Bai. Así, entre peleas y travesuras, los dos lograron seguir vivos.
—Bebé, esta es una pluma de tu abuelo. Si ves a alguien con plumas parecidas, tienes que llamarlo abuelo, ¿sí~? —Blake dijo con voz suave mientras regresaban al nido donde había vivido durante dieciocho años. Con mucho cuidado, sacó una pluma de lo más profundo del nido y se la puso a Meng Jiuzhao para que la oliera.
—¡Achú! —Meng Jiuzhao estornudó con todas sus fuerzas, sin disimulo.
¿¡En serio!? ¿Cómo voy a reconocer a un pájaro solo por una pluma?
—Y esta es una muela que cambió el abuelo. ¡Tus dientes también crecerán así de grandes en el futuro! —Blake presentó una enorme muela con orgullo.
Meng Jiuzhao lo miró fijamente.
…Ni aunque reencarnara tres veces me saldrían dientes de medio metro.
—Y esto de aquí es caca del abuelo, una vez que—
—¡Aaaaaahhhhh! —Meng Jiuzhao no pudo más. Rompió a llorar desesperado.
El nido era una estructura gigantesca en forma de bola, construido con piedras, ramas y pieles de animales que nadie supo identificar. Pese a su aspecto rudimentario, lograba cortar el viento helado que entraba con la nieve. Meng Jiuzhao lo entendió al instante: ese lugar sería su hogar. El hogar suyo y de Louis.
Sí. Hogar.
El regalo más valioso que le había dado esta nueva vida. Un hogar con familia.