Capítulo 14: El Diario de crianza del Pequeño Demonio

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Volumen 1: Niño Blanco

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Bai y Blake regresaron arrastrando su presa.

Era un triceratops, cuyo tamaño triplicaba al de Bai en su forma original. Normalmente no sería una criatura a la que se atrevieran a atacar… pero, por casualidad, se encontraron con dos hembras de triceratops peleando ferozmente por un macho. En medio del forcejeo, sin querer, aplastaron al macho que disputaban. Bai y Blake aprovecharon el momento justo para agarrar el cadáver y salir corriendo con él.

—Las hembras de triceratops ya están peleando por los machos —comentó Blake, jadeando mientras llegaban al refugio, con tono reflexivo.

—¡Querida, yo también pelearía contra otro Kantas por ti! —exclamó Bai, declarando su lealtad de inmediato.

—¡Cállate! —le lanzó una mirada de fastidio Blake, y luego suspiró con cierta preocupación—. Esta zona…

—Toda esta área ya está prácticamente vacía de presas. Ya nos hemos comido casi todo lo que había. Ay, si la que hubiera muerto fuera una hembra… así al menos tendríamos un macho y una hembra, podrían tener más crías… —comentó Bai mientras arrancaba una tira completa de carne del cuerpo y se la pasaba a Blake.

Blake tomó el mortero de piedra que tenían a un lado (herencia de su padre) y empezó a triturar la carne para hacer puré.

Bai se sacudió con fuerza los cristales de hielo de encima. Cuando se aseguró de no tener más nieve acumulada sobre el cuerpo, se acercó a un bulto cubierto por pieles en una esquina. Con el hocico levantó la manta y, debajo, dos crías dormían profundamente, abrazadas entre sí.

—Bebé, Louis, ¡papá les trajo carne rica, rica~! —Bai, contento, pinchó suavemente los gorditos cuerpecitos de las crías. Poder traer suficiente comida para los pequeños era un motivo de orgullo para cualquier macho.

—¡Pío pío~! —Louis, despertado abruptamente, picoteó a Bai con

desconfianza. Al reconocerlo, solo emitió un par de chillidos y luego, cargando consigo a Meng Jiuzhao —que seguía colgado de su cuello—, corrió hacia Blake para pedirle carne.

—Louis sí que tiene buen apetito —comentó Blake al ver cómo Louis agarraba un trozo de carne con entusiasmo. Luego, con cuidado, bajó a Meng Jiuzhao, que aún colgaba de su cuello—. Ay… ya casi pasaron dos años, ¿y todavía no le crece el pelaje?

—No es que no le crezca del todo. Mira, ya tiene el pelo de la coronilla bien largo —respondió Bai.

—Tienes razón —dijo Blake, tocando la cabeza de Meng Jiuzhao. Acarició los largos mechones (su cabello) y asintió—. Vamos, bebé, come frutitas.

En su sueño, Meng Jiuzhao estaba debatiéndose entre comer filete asado o chuleta frita. Sintió algo acercarse a su boca y, por reflejo, dio un mordisco. Pero al instante, un jugo dulce y salado —demasiado familiar— le llenó la boca y lo hizo toser, despertándolo de golpe.

Frente a él, Blake lo miraba con sus grandes ojos redondos, rebosantes de ternura, acompañado del mechón despeinado en su cabeza. En ese instante, Meng Jiuzhao volvió de golpe a la realidad.

Una realidad que consistía en un sinfín de frutas… y, de vez en cuando, un poco de carne cruda triturada.

A pesar de su disgusto, Meng Jiuzhao se obligó a comer. Sabía bien lo difícil que era conseguir esa comida. Antes de eso, Bai y Blake llevaban una semana sin poder cazar nada. En esta tierra donde incluso el aire parecía congelarse, encontrar frutas era casi imposible. Aun así, ellos guardaban la escasa comida para él y Louis. Aquellas dos aves, que antes eran regordetas, ahora se habían adelgazado visiblemente, y ambos adultos comenzaban a mostrar signos de caída de plumas.

Meng Jiuzhao sabía que eso era peligroso. En ese frío extremo, si perdían el abrigo de sus plumas, podrían enfermar y morir congelados.

Mientras comía, observó a los tres Kantas devorar la carne con avidez, como lobos hambrientos.

Louis, por su parte, parecía haber crecido aún más.

Del enorme triceratops macho que habían traído, solo comieron un tercio. El resto fue enterrado bajo la nieve por Bai para conservarlo. Así, aunque no encontraran más presas en la próxima semana, no morirían de hambre.

Después de comer, Bai y Blake se turnaron para limpiar las plumas de Louis. Una vez terminado, empezaron a limpiarse entre ellos, asegurándose de quitar completamente los cristales de hielo escondidos en las raíces de las plumas. Solo así podrían evitar las congelaciones.

Últimamente, casi nunca volvían a su forma humana, ya que su forma original les permitía conservar mejor el calor, tanto para ellos como para las crías.

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