Capítulo 14 El guardián de la montaña 3

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Capítulo 14 -El guardián de la montaña 3

 

—Hemos ido conduciendo todo el tiempo en dirección suroeste y no hemos visto ningún todoterreno negro. ¿Y ustedes? —Dijo Bu Huan.

Se lo preguntaba a los dos policías con los que se habían encontrado más tarde en la carretera.

—Nosotros tampoco hemos visto nada.

Ninguno de los dos grupos había visto ese vehículo. Además, aquella carretera era un tramo con alta incidencia de accidentes, así que You Duo comentó:

—¿Habrá tenido un accidente? ¿Se habrá despeñado por el barranco?

Ye Lai planteó otra posibilidad:

—También puede ser que supieran que el tío Ma había avisado a la policía y que su coche sería interceptado en el camino, así que abandonaron el vehículo y huyeron.

El comisario Guan intervino:

—Si se metieron en la montaña, encontrarlos será complicado.

—Pase lo que pase con la gente, el coche seguro que está en algún punto del tramo entre la casa del tío Ma y aquí —dijo Cheng Jin, mirando al comisario Guan—. Aunque fuera el tiempo es malo, tendremos que molestarlos para que echen un vistazo.

El comisario Guan soltó una carcajada franca:

—No es problema. Con este tiempo ya hemos salido varias veces a buscar gente en la montaña. Esta vez solo hay que mirar por la carretera, ¡pan comido!

Cheng Jin hizo que Han Bin y Ye Lai se quedaran, y él salió con los demás junto al comisario Guan y su gente.

El comisario Guan añadió:

—Jefe Cheng, ustedes no están familiarizados con el terreno de aquí y, con este clima, salir tampoco es muy seguro. Si se fía de nosotros, déjenos este asunto: en cuanto encontremos el coche o a las personas, se lo comunicaré de inmediato.

Cheng Jin sonrió:

—Agradecemos su buena intención, solo que nos sabe mal hacerles pasar tantas penurias fuera.

Intercambiaron un par de frases de cortesía más. El comisario Guan se llevó a todos los policías para ponerse a trabajar, y el tío Ma se fue a quedarse en casa de unos amigos. En la habitación solo quedaron Xiao An, tumbada en la cama, y ellos.

Cheng Jin se sentó de nuevo en la silla con impaciencia:

—Bu Huan, a partir de ahora este tipo de comunicaciones con el comisario Guan y los suyos encárgate tú. Seguro que te manejas con soltura.

Bu Huan empezó a protestar exageradamente:

—¿Ah? ¡No, no! Yo no tengo nada de soltura…

Cheng Jin lo miró fijamente:

—Hoy has tomado el camino equivocado a propósito para acabar en esta carretera, ¿verdad?

El elocuente Bu Huan se quedó descolocado:

—¿Eso? ¿Cómo va a ser…? Hasta el tigre se echa una siesta. Yo solo me despisté un momento…

—Lo que más me molesta es la gente que no corrige sus errores —dijo Cheng Jin con calma—. Así que, a partir de ahora, las relaciones públicas del Grupo de Casos Especiales serán cosa tuya.

Desde que Xie Ming mencionó que quería comprobar si Xiao An realmente había perdido la memoria, Cheng Jin ya sabía que todos ellos conocían su situación y que estaban investigando a sus propios compañeros.

Bu Huan miró a los demás: ninguno salió en su defensa, ni siquiera alguien le dirigió la mirada. Se molestó:

—¡No fui el único! Ellos también sabían que el coche iba por el camino equivocado.

—Vender a tus propios compañeros es aún menos aceptable —replicó Cheng Jin, recostado en la silla mientras lo observaba.

Bu Huan, sofocado de rabia, abrió mucho sus ojos almendrados y miró fijamente a Cheng Jin. Este le sostuvo la mirada con total serenidad. Al final, Bu Huan, con expresión de agravio, fue a sentarse en la silla del rincón más alejado.

Cheng Jin llamó a You Duo:

—You Duo, ve a sacar unas fotos de la chica y envíalas a la comisaría. A ver si pueden averiguar quién es.

You Duo preguntó:

—¿Aquí hay un ordenador?

—No lo sé, pero supongo que tú sabrás arreglártelas —respondió Cheng Jin, mirándolo.

Cheng Jin solía mantener siempre una sonrisa afable, dando la impresión de tener muy buen carácter. Solo cuando dejó de sonreír, You Duo se dio cuenta de que aquella faceta le daba un poco de miedo. Por reflejo condicionado, contestó:

—Me encargaré.

—Han Bin —dijo Cheng Jin, volviéndose hacia él—, come primero. Puede que esté frío; si es así, pide otra ración.

Han Bin había estado todo el tiempo en la sala médica. Ya casi eran las nueve y, efectivamente, tenía hambre. Abrió el plato frío y empezó a comer:

—No pasa nada, comeré cualquier cosa.

Cheng Jin no dijo nada más. Ye Lai, al ver que la estaba mirando, se apresuró a decir:

—Jefe, de verdad que no sé nada.

No entendía en absoluto por qué Cheng Jin se había enfadado solo porque Bu Huan se había equivocado de camino.

Cheng Jin suspiró:

—Yezi, lo que quiero decir es que cuides bien de Xiao An.

—Ah… vale, lo entiendo —respondió ella con docilidad.

Por último, Cheng Jin miró a Yang Simi, que estaba sentado a su lado. Vio que tenía las largas pestañas caídas y un aspecto somnoliento, y no pudo evitar reírse. Recordó que, cuando estaban en casa, si Yang Simi permanecía sentado en silencio, bastaba con mirarlo para darse cuenta de que estaba medio adormilado.

—Simi, ve a dormir a la cama.

En la habitación había dos camas: Xiao An ocupaba una y la otra estaba libre.

Bu Huan le susurró a Ye Lai:

—Ya lo sabía, es con Xiao Yang con quien mejor se porta. A él ni le dice nada.

Cheng Jin lo oyó. Mientras ayudaba a Yang Simi a quitarse la ropa de abrigo y lo acomodaba en la cama, dijo:

—No creo que Simi se meta en sus historias.

Bu Huan se quedó sin palabras. En efecto, Yang Simi no se interesaba por nadie ni por nada; el asunto de Xiao An tampoco le habría importado. Bu Huan no lograba entender cómo podía llevarse tan bien con Cheng Jin y, además, estar dispuesto a unirse al Grupo de Casos Especiales.

Cheng Jin les dijo a Bu Huan y a los demás:

—Ustedes también, vayan a descansar. Yo me quedaré vigilando aquí con Xiao An.

Ye Lai preguntó:

—Jefe, llevo un rato queriendo preguntártelo… ¿por qué vamos a intervenir en un caso local?

Según ella, Cheng Jin normalmente no se entrometía en asuntos ajenos.

—Que Han Bin se lo explique a ustedes —dijo Cheng Jin—. Bien, ahora salgan todos y busquen un sitio para descansar. Mañana seguro que habrá mucho trabajo.

Luego añadió, dirigiéndose a Ye Lai:

—Averigua cómo fue que el tío Ma salvó a Xiao An en su momento. La gente de aquí debería saberlo. Puede que Xiao An ya hubiera estado antes en esta clínica.

Ye Lai aceptó el encargo. Después de salir, el médico les buscó una habitación vacía. Han Bin les explicó lo ocurrido con la niña y, al escucharlo, a todos se les puso muy mala cara.

—Esto es inhumano. ¡Dan ganas de matar a ese cabrón! —exclamó Bu Huan, que ya estaba de mal humor y ahora se sentía aún peor.

Han Bin les advirtió:

—Con que lo sepan ustedes es suficiente. No vuelvan a mencionar este asunto. Que lo sepa demasiada gente afectará negativamente la vida futura de la chica.

You Duo preguntó a Ye Lai:

—Antes, cuando estabas en el equipo de Cheng Jin, ¿cómo era? ¿También se enfadaba?

—No, para nada. El jefe tiene muy buen carácter. Y cuando se enfada, es por los hechos, no contra las personas.

Bu Huan protestó, indignado:

—Pues hoy me ha tomado a mí como objetivo.

Han Bin preguntó:

—Entonces, ¿cuál es su línea roja con vosotros?

—¿Te refieres a lo que no hay que hacer para no enfadarlo? —Ye Lai sonrió—. No hay una como tal. Aunque no seamos tan listos como él, todos le hacemos caso. No tiene mucho de qué enfadarse.

Bu Huan resopló con desprecio:

—¿Entonces ahora resulta que somos demasiado listos y desobedientes?

—A él no le da miedo que sean demasiado listos —respondió Ye Lai, lanzándole una mirada despectiva—. Ah, por cierto, antes sí nos exigía dos cosas: lealtad y confianza entre compañeros, y seriedad y responsabilidad en el trabajo. Decía que, al fin y al cabo, el trabajo de policía criminal es bastante peligroso, y esos dos puntos son fundamentales.

Bu Huan chasqueó la lengua y dejó de hablar. You Duo se levantó y dijo:

—Voy a hacerle unas fotos a la niña. Si mañana se despierta, y voy después, seguro que la asustare.

Ye Lai también se puso en pie:

—Iré contigo. Aprovecharé para hablar con el médico y ver si puedo averiguar algo sobre Xiao An.

Cuando You Duo y Ye Lai se marcharon, Bu Huan le dijo a Han Bin:

—Pensé que tú también irías a trabajar.

—Aquí hay dos camas, ¿por qué iba a salir? —respondió Han Bin, quitándose la ropa de abrigo y tumbándose a descansar.

—¡Joder! —murmuró Bu Huan entre dientes.

También se acostó, pero no consiguió dormirse. Estuvo escuchando todo el tiempo los ruidos del exterior, sin ver regresar a Ye Lai ni a You Duo. Hacia las cinco de la madrugada oyó voces fuera: eran policías locales, seguramente venían a informarles de que había noticias del coche fugitivo.

Bu Huan se levantó de inmediato. Han Bin también reaccionó con rapidez, se puso la ropa y los zapatos y salió incluso antes que él.

La información que el comisario Guan había mandado traer era que el coche había sido encontrado: estaba volcado al pie del barranco. Dentro solo había una persona fallecida; no se hallaron rastros de una segunda.

Cheng Jin preguntó a los locales y supo que cerca había un pequeño pueblo y tres aldeas. Entonces pidió a uno de los agentes enviados por el comisario Guan que ayudará a comprobar si había heridos en esos lugares, y ordenó a Bu Huan y a Han Bin que fueran también a echar una mano.

Ye Lai y You Duo se quedaron en la clínica. Cheng Jin y Yang Simi siguieron a uno de los agentes del comisario Guan para ir a ver el coche del sospechoso.

Cuando Cheng Jin llegó al lugar, ya pasaban de las seis. El cielo empezaba a clarear y la lluvia casi había cesado, convertida en una llovizna fina que cubría el monte Mingjing con velos superpuestos. El todoterreno estaba destrozado; Cheng Jin se alegró, en silencio, de que el nivel de conducción de los miembros de su equipo fuera mucho mejor.

El jefe Guan le dijo que ya había enviado agentes a registrar los alrededores para ver si podían encontrar a la otra persona que iba en el vehículo.

Cheng Jin preguntó a Yang Simi:

—Si el coche cayera desde la carretera de arriba, ¿qué gravedad tendrían las heridas de la persona que iba dentro?

Yang Simi observó el terreno. La carretera quedaba en lo alto; abajo había un pequeño valle, no completamente perpendicular al trazado de la vía. El vehículo, que circulaba a gran velocidad, se había salido de la carretera, se había precipitado por el barranco, había chocado contra los árboles y había volcado. La causa de la muerte del ocupante fue que una rama, del grosor del brazo de un niño, se le había incrustado en el pecho, provocándole una hemorragia masiva.

—Si tuvo suerte —dijo Yang Simi—, podría haber salido solo con algunas abrasiones.

—Entonces esperemos que no haya tenido tanta suerte —respondió Cheng Jin.

Mientras inspeccionaba el lugar, señaló un pequeño hundimiento irregular en la carrocería.

—¿Qué crees que causó esto?

Yang Simi se inclinó para observar con atención, y luego siguió la trayectoria por la que había caído el coche. Tras un rato, regresó y le tendió a Cheng Jin una pequeña bolita metálica.

—Es un perdigón.

Cheng Jin recordó que el tío Ma tenía una escopeta de caza, pero él nunca les había dicho que hubiera disparado. Además, el arma seguía en su casa; cuando se marcharon al pueblo, el anciano no se la había llevado.

Cheng Jin le dijo al jefe Guan:

—Comisario, cuando trasladen el cadáver, por favor entréguenlo a mi compañero Han Bin para que se encargue de él.

—Aunque este lugar sea pequeño, contamos con un forense profesional —respondió el jefe Guan con tacto.

Cheng Jin no esperaba que en un pueblo así hubiera un forense, pero al pensarlo mejor, dada la peligrosidad del terreno del monte Mingjing y la frecuencia de accidentes, tenía sentido.

—Entonces que colabore con Han Bin —aceptó.

El jefe Guan se quedó coordinando el traslado del cadáver y la recuperación del vehículo.

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