Capítulo 14 | Pétalos carmesíes vuelan sobre el columpio

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Leng Yuehuan desapareció y no regresó durante varios meses. Ese columpio vacío permaneció siempre sin nadie que lo ocupara, hasta que la fragancia de las flores de osmanto en todo el patio se disipó y las hojas marchitas y amarillentas cayeron. Solo entonces, ella volvió a aparecer en este lugar, abrazando una espada larga contra su pecho.

—¿A dónde fuiste? ¿De quién es esa espada?

En ese momento era plena noche. Fu Yan estaba sentado en el tejado de su casa, sosteniendo un tazón color azul cielo. Sus largas mangas ondeaban al viento mientras bebía solo, con la mirada puesta en la luna menguante del horizonte.

Separado apenas por una capa de tejas de color negro azulado, Lie Chengchi dormía profundamente en la habitación de abajo, con un cielo lleno de estrellas colándose en sus sueños. Ignoraba por completo que su padre adoptivo se había subido de nuevo al tejado para beber a escondidas, fingiendo ser libre y no tener ataduras frente a la luna solitaria suspendida en el cielo.

—Es su espada.

Leng Yuehuan abrazó con más fuerza la espada en sus manos, y con dos o tres pasos ligeros, saltó hacia el tejado. De pie frente a Fu Yan, la espada contra su pecho destellaba con un resplandor frío que se fundía con la luz de la luna.

—En la Villa Zhu, al sur de la ciudad de Jinyou, conocí a un sacerdote taoísta. —Se sentó, pero no soltó la espada que sostenía—. Ese sacerdote tiene un temperamento solitario y excéntrico; es tan frío como la cima cubierta de nieve de la montaña Ximei, donde la nieve no se derrite en mil años y ni las aves ni las bestias se atreven a acercarse.

—Eso no suena nada bien.

Leng Yuehuan lo fulminó con la mirada y añadió:

—Pero es realmente muy apuesto.

—No olvides que tú eres un demonio y él es un taoísta; ustedes no pueden compartir el mismo cielo.

—Sus cejas son claras y sus pupilas de un color tinta frío. Cuando está de pie y quieto parece una montaña distante, y cuando se acerca es como la llegada del viento. Dime, ¿cómo podría ser un mortal? Seguramente es un inmortal desterrado. —Leng Yuehuan, sin embargo, hizo oídos sordos a sus palabras y solo se preocupó por hablar de su joven amo, curvando las comisuras de sus labios de forma aún más exagerada que antes.

—¿Y qué si solo es apuesto? Chica tonta, muerdes el anzuelo con demasiada facilidad. —Fu Yan sacudió la cabeza y bebió otro trago de alcohol.

—Los hombres que he conocido no son mil, pero sí al menos ochocientos. ¿Cómo voy a morder el anzuelo tan fácilmente? La primera vez que lo vi, pasó frente a mí cargando una caja de espadas en la espalda; su expresión era fría y severa, y entre sus cejas se fruncía un leve fastidio, como si ya hubiera visto suficiente de las turbulentas olas de este polvo rojo. —Apoyó la barbilla en las manos y miró hacia la luna menguante en el horizonte, hablando palabra tras palabra como si enumerara los tesoros de su propia familia.

—En ese momento pensé: este sacerdote definitivamente no tiene ataduras ni preocupaciones. ¿Quién en este mundo terrenal tendría la capacidad de hacer que se preocupe por algo?

—Estás a punto de romperme el corazón, hasta ahora ni siquiera has visto el columpio que te hice. —Fu Yan fingió estar desconsolado, se sirvió otra copa de vino y señaló hacia abajo, en dirección al árbol de osmanto en el patio.

—¡Ay, estaba tan oscuro que no me di cuenta! —Leng Yuehuan bajó del tejado, sin olvidar llevar la espada consigo en todo momento. Se sentó en el columpio con gran curiosidad y le gritó a Fu Yan—: ¡Zorro de fuego, ven a empujarme!

Fu Yan, sediento por la bebida, se tragó toda una jarra de vino antes de saltar tambaleándose desde el tejado. Se paró frente a Leng Yuehuan, sosteniendo el columpio con ambas manos, como si la estuviera encerrando en un abrazo. Leng Yuehuan, con una sonrisa radiante, jugueteó con el dedo bajo su barbilla, acariciando y rascando; sus ojos se curvaron como su propio nombre.

—Esta noche tú también te ves muy apuesto, solo que has bebido hasta quedar con la ropa y la postura desaliñadas, lo que me hace pensar en un modismo.

—¿Qué modismo?

—Jade embriagado y montaña derrumbada1.

—La señorita Leng ha leído a innumerables personas, ella sí sabe reconocer la buena mercancía. —Fu Yan sonrió satisfecho, balanceando el columpio a medias entre la embriaguez y la sobriedad, meciéndola lentamente bajo la luz de la luna.

—Por supuesto. —Leng Yuehuan balanceó los tobillos, sin soltar todavía la pesada espada que llevaba en sus brazos.

La empuñadura de esa espada era muy larga; al balancearse hacia adelante, golpeó el estómago de Fu Yan. Él bajó la cabeza lentamente para mirarla, empujó la empuñadura de vuelta de forma bastante infantil y le advirtió:

—Protégete bien, no dejes que ningún bastardo te engañe cuando salgas de casa.

—Puedes estar tranquilo, hasta ahora no he conocido a ningún bastardo peor que tú.

—Si… —Fu Yan había bebido demasiado y sus palabras arrastraban un poco—. Si algún día alguien te hace daño, ven a buscar este árbol. No importa si pasan cien o mil años, siempre estará aquí. Espérame bajo este árbol hasta que vuelva para desahogar tu ira por ti.

—Por lo que suena, ¿tienes unas habilidades increíbles?

—Aún no son tan grandes, pero cuando me cultive y me convierta en un Inmortal Superior, en un Zorro Celestial, entonces sí serán grandes, muy grandes.

—Esta señorita no tiene la más mínima intención de cultivar la inmortalidad. Tú dedícate a cultivar bien; con que nuestro clan de zorros produzca a un Zorro Celestial como tú, es más que suficiente.

Él resopló suavemente, tomándolo como un acuerdo.

—Oye, ¿por qué está encendida la lámpara? ¿A-Chi aún no se ha dormido?

Fu Yan se apoyó contra el árbol, miró con dificultad y se lamió los labios, como si aún no hubiera bebido suficiente:

—No lo sé, hace un momento estaba apagada.

—Tú sigue bebiendo lo tuyo, yo iré a verlo.

Leng Yuehuan sabía que él aún quería seguir bebiendo, así que dejó que este borracho continuará y se dirigió directamente hacia la habitación. Fu Yan, por su parte, verdaderamente no la siguió.

Entró en la habitación en completo silencio. Lie Chengchi no se percató de nada en absoluto; estaba acurrucado bajo las mantas haciendo quién sabe qué, empujando el edredón de algodón hacia arriba como si fuera una pequeña montaña. Leng Yuehuan sonrió y retiró las sábanas de un tirón, dándole tal susto al niño que estaba dentro que su rostro se puso pálido.

—A-Chi, ¿qué estás haciendo?

—Na… nada.

—¿Dejarías que tu hermana le eche un vistazo a eso que escondes bajo la barriga?

—No hay nada…

Leng Yuehuan, con una sonrisa maliciosa, lanzó un ataque sorpresa hacia su estómago y le arrebató aquel bulto duro que tenía envuelto entre su ropa interior. Antes de que él pudiera reaccionar, lo examinó por todos lados.

—¿Qué es esto? —Un trozo de madera irregular. Leng Yuehuan estaba llena de curiosidad, dándole vueltas y vueltas sin poder descifrar qué era.

—Hermana Leng, esto es… es un zorro. No se parece, ¿verdad? No soy muy bueno usando el cuchillo de trinchar. —El rostro de Lie Chengchi estaba rojo por el calor de las mantas y también por la vergüenza; su voz era tan pequeña como el zumbido de un mosquito.

—Hmm… ¿Lo estás tallando para tu papá?

—¿Cómo lo sabes?

—Tu papá es simplemente un… —Leng Yuehuan se interrumpió a sí misma y observó la expresión de Lie Chengchi. Solo después de un largo rato añadió—: Cuando sonríe, se ve igualito a un zorro.

—No le digas a mi papá. Si se entera de que le robé la madera y el cuchillo, me regañará. —Lie Chengchi recuperó la talla de madera y la metió junto con el cuchillo dentro de una pequeña caja.

—¿Cómo iba a hacer eso por un par de trozos de madera? Pero puedes estar tranquilo, mantendremos esto como nuestro pequeño secreto, él no se enterará.

Notas del Traductor

  1. Un proverbio muy elegante derivado de antiguos textos clásicos, utilizado específicamente para describir a un hombre de apariencia excepcionalmente hermosa que, al estar ebrio, se tambalea o se reclina de una manera lánguida y encantadora, sin perder su gracia natural.
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