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Sin Editar
—No quiero morir así.
Anoche Sisley confesó por fin sus sentimientos más profundos, que había reprimido por mucho tiempo.
—Hmm, ¿qué tal si intentamos hacer esto primero?
Seong-jin le dio una sugerencia. Fue una idea que ella jamás había considerado hasta ese momento.
—Antes de que ocurra lo que dice la crónica, renuncia tú misma a ser la Santa. Debes entregarle el título a Seo Yi-seo y retirarte con dignidad. ¿Por qué no te unes a los Caballeros Sagrados, como Logan?
—¿Qué? ¿Retirarme? ¿Ir con los caballeros sagrados?
¿Qué estaba diciendo?
Sisley parpadeó desconcertada.
Había pensado muchas veces en cómo contrarrestar las calumnias dirigidas hacia ella, pero nunca se le ocurrió renunciar voluntariamente al título de Santa.
Para empezar, una vez que alguien era proclamada Santa, ¿acaso era un puesto del que pudiera retirarse?
—Hermano, es precisamente porque el puesto de Santa está en peligro que me encuentro en esta situación. Si lo dejo primero, ¿no estaré acelerando mi muerte?
—¿Eh? ¿Por qué piensas eso? —Seong-jin ladeó la cabeza, intrigado—. A ver, analicémoslo paso a paso. Según la crónica, tu caída comenzó cuando apareció Seo Yi-seo, quien superó las pruebas de la Santa y recibió la bendición de Cadmus, ¿cierto? Eso debilitó tu posición.
—Sí, es cierto.
—Por eso intentaste ser reconocida como una Santa antes que ella y rendir homenaje al primer emperador. Pero entonces descubriste que recibir la bendición significaba perder tu cuerpo y desaparecer como alma.
—Sí… así fue. —respondió Sisley con tristeza.
—Entonces, ¿qué es exactamente lo que te preocupa? Si convertirse en una Santa que cumpla completamente esos requisitos es absolutamente imposible, ¿no es mejor abandonar el puesto antes de que tus enemigos encuentren una excusa para atacarte? Si nunca hubieras sido Santa desde el principio, ¿te habrían ocurrido todas esas tragedias?
—Hmm…
Al pensarlo, sonaba razonable.
Mientras Sisley se quedaba pasmada, Seong-jin la miró fijamente a los ojos y le preguntó:
—Aclaremos algo. ¿Por qué te convertiste en santa?
Para Seong-jin, que carecía por completo de fervor religioso, aquello era incomprensible.
Una Santa. No recibe ningún salario ni tiene poder real.
Solo la adoraban como figura sagrada, y debía dedicar toda su vida al servicio sin descanso. ¿Por qué apegarse tanto a un título honorífico?
—Los viejos de la Iglesia Ortodoxa usan tu juventud como excusa para no darte ninguna autoridad y cargarte con todo el trabajo. Entonces, ¿por qué te aferras tanto a ese puesto y deseas conservarlo?
—Bueno, tal vez…
Probablemente todo comenzó porque apareció la marca de la santa en su cuerpo.
Le gustaba que los sacerdotes del clero de alto rango la proclamaran como la reencarnación de Grazie. Tampoco le desagradó que los fieles la veneraran llamándola Santa.
Cuando el Santo Emperador se puso en contra de su nombramiento, eso la hizo enojar un poco y se volvió terca.
—Entonces, ¿te gustaba vivir como Santa?
—…
Nunca se lo había preguntado con sinceridad.
Siempre creyó, sin dudar, que ese era su camino.
Servir al pueblo era duro, pero reconfortante al ver sus rostros felices. Tras tener pesadillas con la crónica, se aferró al título como si fuera la garantía de su vida. Pero si no era la reencarnación de Santa Grazie. Si no estaba destinada a ser Santa desde el principio… ¿entonces qué?
—Aunque no fuera Santa… quizás no importaría demasiado…
Al escuchar su tímida respuesta, Seong-jin asintió.
—Ahora, debemos identificar claramente a tus enemigos. ¿Quién fue el primero en decir que no tenías derecho a ser Santa?
—¿Enemigos?
—Sí. No te tomes la crónica al pie de la letra, Sisley. Todos tienen motivos ocultos. ¿De verdad crees que los sacerdotes te calumniaron sin razón, siendo tú una trabajadora obediente y útil para ellos?
El rostro de Seong-jin mostraba absoluta convicción.
Sisley lo miró, sus ojos temblorosos, y con dificultad recordó lo que decía la crónica.
—…Creo que fueron el cardenal Benitus del Tribunal de Herejía y el cardenal Cesare del Ministerio de Asuntos Exteriores quienes comenzaron.
El motivo de Benitus era simple.
Creía firmemente que perder la marca significaba que Dios la había abandonado.
Era un viejo testarudo, imposible de razonar.
Pero Cesare, era sociable y flexible. Solía hablar con ella y era muy amable. Que él iniciara esas acusaciones fue una sorpresa.
Normalmente, la única vez que mostraba hostilidad era cuando se trataba de asuntos relacionados con la arzobispa Wesker…
“Espera un momento…”
¿Y si lo hizo para mantener bajo control a la arzobispa Wesker?
Si la aparición de dos Santas aumentaba aún más el poder de la Iglesia Ortodoxa, quizá eso era precisamente lo que temía.
Tal vez consideró que Sisle era un objetivo más fácil que Seo Yi-seo, cuya legitimidad como Santa era evidente.
Cuando terminó de explicarlo, Seong-jin afirmó.
—Bien. A partir de ahora, esos dos son tus enemigos.
—¿Mis enemigos?
—Sí. Quizás haya más, pero primero debemos concentrarnos en esos dos. Antes de que te ataquen, haz todo lo posible por obtener poder y hacerlos caer.
—¿Obtener poder? ¿Y para qué? ¿No basta con renunciar al cargo de Santa?
Al escucharla, Seongjin chasqueó la lengua internamente.
Siempre pensaba lo mismo.
Su padre realmente había criado a sus hijos con demasiada delicadeza.
—Escucha bien, Sisley. ¿Crees que tus enemigos realmente se preocupan por la legitimidad o las normas religiosas? La verdadera razón por la que te atacaron en la crónica es porque no tenías poder. Porque parecías débil, te creyeron fácil de aplastar.
—¡…!
—Aunque esta vez logres evitarlo, tus enemigos seguirán existiendo. Mientras no tengas poder, algo parecido podrá repetirse en cualquier momento.
No es que hayas hecho algo para merecer ser blanco de ataques. Es solo porque no muerdes, tus enemigos se sienten seguros para desgarrarte.
Mientras sostenía su mirada, Seong-jin le dio una suave palmada en el hombro.
—Escucha, Sisley. Últimamente he llegado a una conclusión: en la vida, lo mejor es tener siempre el poder público de tu lado.
Y en el Imperio Sagrado, el mayor poder era sin duda la Orden de los Caballeros Sagrados.
—Poder público …
—Exacto. En lugar de ser juzgada, conviértete en quien juzga. Antes de que alguien te aplaste con su autoridad, entiérralo tú primero usando la tuya.
—Uh…
—Demostrar tu inocencia no resuelve nada. Solo le das tiempo a tus enemigos para inventar otra excusa. Si te acusan, ¡devuelveles la jugada con propaganda y falsificaciones! Si quieren aplastarte, ¡adelántate y rómpeles la cabeza! ¡Eso es el equilibrio del poder y el verdadero modo de luchar!
El Rey Demonio suspiró.
—[¡Te digo que así no! ¡Eres un demonio!].
Sisley tragó saliva. Las pesadillas de la crónica pasaron rápidamente por su mente.
«¡Es el castigo de Dios! ¡La santa ha caído y perdió su derecho! ¡Debe haber hecho un pacto con un demonio!»
Sí, eso es cierto.
Sisley lo dio todo.
Luchó por demostrar su inocencia, por demostrar que era digna. Pero al final, no sirvió de nada. Simplemente estaba usando el enfoque equivocado.
—¿Lo entiendes, Sisley? Si alguien dice que te has corrompido, acusa a ese individuo de herejía. Si alguien dice que pactaste con demonios, ¡grita que él es el adorador del diablo!
—Pero, hermano, eso sería mentir.
—¿Y qué? ¡Ellos lo hacen todo el tiempo! ¿Por qué tú no puedes?
Y entonces, como un rayo, una revelación atravesó la mente de Sisley.
“¡Cierto! ¿Por qué yo no podría hacerlo?”
Decían que ella era la reencarnación de Santa Grazie, ¡pero no era verdad!
Dijeron que se había hecho un pacto con un demonio, ¡pero eso tampoco fue cierto!
Los ancianos ortodoxos tergiversaron y condenaron a su antojo cada una de sus acciones, pero no había ni una sola afirmación suya que fuese cierta.
Aunque eran altos sacerdotes, en ninguna de sus acciones se podía ver la voluntad de Dios.
Entonces, ¿por qué tenía que demostrarles su inocencia?
¿Por qué debía responder siguiendo los preceptos del Dios Supremo ante personas que no los seguían?
—Los hechos nunca serán un arma. Lo único que tendrá poder será la propaganda y la falsificación.
—¡Propaganda y falsedad!
—Para derrotar al fanatismo, debes convertirte en alguien aún más fanático.
—¡Fanatismo!
Cuando Sisley apretó con fuerza los puños, Seong-jin añadió con una sonrisa:
—Y si eso no es suficiente, también puedes aprovechar el poder del escenario.
—¿Del escenario?
—Sí. Pongamos como ejemplo este banquete de cumpleaños. Si anuncias tu retiro delante de todos estos invitados extranjeros, los enemigos tendrán dificultades para oponerse abiertamente. El prestigio del Imperio está en juego.
—Tienes razón. —Sisley asintió—. Pero eso de anunciar mi retiro… no sé cómo decirlo.
—¿Eh? ¿No basta con empezar diciendo: ‘¡Qué noche tan hermosa!’ y luego pasarle el título a Seo Yi-seo con elegancia?
En las ceremonias, todos comienzan con ‘¡Qué noche tan hermosa!’ y el público responde por sí solo.
—En fin, después del banquete ya pensaremos mejor en ello. Deja de ser Santa cuanto antes y ve a aprender esgrima en la Orden de los Caballeros Sagrados.
—¿Esgrima?
—Claro. San Bastián está demasiado ligado a la iglesia… ¿Qué tal la orden de San Aurelio?
Así fue como Seong-jin lo propuso.
Sin embargo, hasta ese momento jamás imaginó que Sisley pondría aquella idea en práctica al día siguiente.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
Aunque su hermano mayor Morres, le había dicho que pasara el título de santa a otra, seguramente lo hacía sin conocer del todo las doctrinas ni las dinámicas de la Iglesia.
Pasar el cargo a Seo Yi-seo era como transferir el alma de santa Grazie y esa era una afirmación muy peligrosa. ¡Transferir un alma a otro cuerpo se consideraba un acto de brujería y culto demoníaco!
¿Acaso no fue por esa acusación que casi todo el clan Khornesheim fue exterminado años atrás?
Además, aunque negara ser la reencarnación de Grazie, no podía negar que la Iglesia la había proclamado Santa. Para eso, debía afirmar que era la reencarnación de otro santo venerable.
“Pero al menos mi hermano tenía razón en algo. La propaganda y la falsedad, en resumen, todo puede ser acomodado si se presenta bien”.
Sisley decidió inventar una nueva historia.
Pero para ello, todos los elementos debían parecer verosímiles dentro de las escrituras, o al menos tener respaldo en ellas. Así que pasó la noche entera revisando los textos sagrados buscando versículos útiles.
Para su sorpresa, Cadmus se divirtió enormemente ayudándola.
—También ocurrió algo así. Busca a ver si aparece en las escrituras.
Y así, encontraron varias historias.
Una en la que un santo del pasado recibió una profecía, y luces multicolores cubrieron el cielo.
Otra en donde San Bastián que protegió el alma de un niño asesinado por herejes y la entregó a sus padres.
«Mamá, papá… como ya los he visto, puedo ir en paz al seno de Dios».
Pero si otra persona hubiera manipulado el alma de alguien ajeno, seguramente habría sido acusada de herejía por desafiar el orden natural.
Tras prepararlo todo durante la noche, Sisle llegó a aquel lugar con la determinación completamente firme.
De pronto vio a su hermano Morres observándola con los ojos muy abiertos.
“¡Oye! ¿Qué demonios estás intentando hacer? ¿Eh?”
Sisley sonrió al ver su mirada de sospecha.
“No te preocupes, hermano. Lo haré bien. Tal como dijiste, lo falsificaré perfectamente”.
Y entonces, Sisley declaró con firmeza al público.
—Es una dicha poder revelar la verdad ante todos ustedes en un día como hoy. En realidad… yo no soy la reencarnación de la Santa Grazie.
—Lady Sisley, ¡¿qué está diciendo?!
La arzobispa Wesker pálida, se levantó de golpe, pero pronto quedó sin palabras al ver la luz radiante que emanaba de la joven.
Una enorme energía divina brotó desde su cuerpo, y en todo el salón comenzaron a aparecer brillos multicolores.
Fue una ilusión cortesía de Cadmus, encantado con el espectáculo.
—Hasta ahora solo protegía el alma de la santa Grazie del mal. —La voz de Sisley tenía una resonancia sagrada.
Era el resultado inconsciente del aura que acompañaba sus palabras, aunque la mayoría no lo percibió y simplemente quedó cautivada por aquella voz.
—Afortunadamente, he encontrado al verdadero dueño del alma. Así que mi misión ha terminado. ¡Por lo tanto, devolveré el alma de Grazie a la Santa!
¿Había custodiado un alma?
¿Y ahora iba a devolverla?
Una afirmación perfecta para ser acusada de herejía, pero nadie parecía notar el riesgo.
La luz que envolvía a la joven era tan sublime que nadie podía pensar con claridad.
Y cuando Sisley tomó la mano de Seo Yi-seo… Ante los ojos de todos, apareció una marca en el dorso de su mano ¡La marca de Santa Grazie! Por supuesto, también era un truco de Cadmus.
Pero el impactante anuncio, no terminaba ahí.
—Yo, Sisley… ¡Soy la reencarnación de Santa Marcia!
—¡¿…?!
—¡¿…?!
—Y ahora, por mandato de Dios, revelo mi verdadera identidad. ¡Él me ha ordenado liderar el Tribunal de la Santa Inquisición y luchar contra la herejía! Por eso, ingresaré en la Orden de los Caballeros Sagrados.
Era, sin lugar a dudas, el emblema de la Orden de Caballeros de San Marcias.
Un emblema inconfundible. El salón entero quedó paralizado.
Los altos sacerdotes estaban estupefactos, y al cardenal Benitus parecía que sus ojos estaban a punto de salirsele.
Con calma, Sisley observó a todos y declaró con una voz tranquila:
—¡Una mano para las Escrituras! ¡Y la otra para el martillo de hierro! Así continuaré luchando por el Reino de Dios contra la herejía.
Y entonces sonrió.
Era una sonrisa pura y transparente, pero al mismo tiempo inquietante.
“Ahora, en esta mano tengo el poder para liderar a los inquisidores.
Y con él, me enfrentaré hasta el final… incluso a ustedes.
Cardenal Benitus. Cardenal Cesare.”
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
Esa noche.
A altas horas, Nate acababa de salir de la sala de oración cuando escuchó la sorprendente noticia.
—¿Sisley…? ¿San Marcia?
… ¿Qué?
Por un momento, se tambaleó y no fue solo por el cansancio.
Sisley había renunciado al puesto de Santa. Eso, por sí solo, era una buena noticia.
Nate había involucrado a Seo Yi-seo no solo para controlar a Cadmus, sino sobre todo para aliviar el peso de su hija, para que ella pudiera llevar una vida más libre, para sí misma.
Pero…
—¿Por qué ahora quiere unirse a los Caballeros Sagrados?
Por unos segundos se quedó mirando al vacío, luego se llevó lentamente una mano a la frente.