Volumen 1: Niño Blanco
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Quien apareció frente a Bai fue Blake, el compañero que creía perdido para siempre.
Estaba en forma humana, con las alas prácticamente calvas, el cuerpo lleno de moretones azulados y violáceos… pero estaba vivo.
Sin dudar ni un segundo, Bai lo jaló hacia él de inmediato.
Los cuatro se abrazaron y rompieron en llanto. Aquel acantilado frío y desolado estalló con sus sollozos, llenándose de vida y ruido.
Los dientes rotos, las plumas caídas, todo eso ya no importaba. Lo único que necesitaban era estar juntos. Mientras pudieran estar todos en familia, incluso la muerte no daba miedo. Lo aterrador de verdad era estar separados.
—¿Tú… cómo perdiste tantas plumas? Y mira a los bebés, están todos sucios. ¿Cómo no los limpiaste? —Blake fue el primero en secarse las lágrimas y hablar, frunciendo la nariz mientras miraba a Bai con desaprobación—. Además, límpiate la cara, estás todo lleno de mocos y lágrimas, qué asco.
—¡Ohhh! —Bai se pasó la mano por los ojos con fuerza, refunfuñando.
—Chiu~ chiu chiu~~ —Louis se quedó observando detenidamente a Blake, que acababa de volver, y se acercó a olfatearlo con cuidado. Una vez confirmado que era él, batió sus alitas y saltó a su cuello, comenzando a chillar con entusiasmo.
Pero no creas que eso era una expresión de cariño o de cuánto lo había extrañado. No, no. Louis solo tenía una cosa en mente: tenía hambre.
Cuando un bebé se siente a salvo, no tarda en comunicar con sinceridad cómo se siente su cuerpo.
Durante todos esos días había estado asustado y, como buen niño responsable, cedía la comida a papá y a Meng Jiuzhao. Pero eso significaba que nunca comía lo suficiente.
Así que, apenas los dos papás terminaron su emotiva reunión, ya tenían que cargar con sus dos crías e ir a buscar comida. Y buscar comida significaba abandonar esa zona.
Blake se detuvo en seco, girando la cabeza para mirar al otro lado del abismo.
Allí estaba su nido. Ese barranco, que había aparecido de repente, se interponía ahora entre ellos y su hogar.
—Cuando crezcamos, podremos volar hasta allá. Podremos volver a casa —
Dijo Bai, captando enseguida lo que Blake estaba pensando.
—¡Sí! —respondió Blake, sin volverse más. Dio media vuelta y echó a correr con decisión.
La nieve comenzaba a derretirse.
—¡Mira, mira! ¡Este hielo es negro! —exclamó Bai un día, sorprendido, llamando a Blake para mostrarle su increíble hallazgo. Para ellos, que se habían criado en una planicie helada, la tierra era algo exótico, un misterio que rara vez veían. Y el color negro… aún más. Por eso a Blake le fascinaba tanto el color del cabello de Meng Jiuzhao.
—… —A diferencia de Bai, Blake no solía ser tan curioso. Pero al fin y al cabo seguía siendo un niño, y frente a algo realmente nuevo, no podía evitar interesarse. Se agachó junto a Bai, apoyando su frente contra la suya, y juntos empezaron a rascar la fina capa de hielo bajo sus pies con las garras.
—Creo que esto es eso que papá llamaba “tierra” —dijo Blake, maravillado por la sensación suave del suelo—. ¡Es tan blandita!
—¿Y esto qué es? —preguntó Bai, que había cavado un poco más profundo y acababa de encontrar una criatura alargada entre la tierra.
La cosa no se movía. Blake la miró con atención durante un buen rato y, al final, dijo con duda:
—¿Será eso que papá llama… un gusano?
¡Ay, la ignorancia es peligrosa! ¡Eso era una serpiente, querido! Meng Jiuzhao, asustado, se mantuvo bien lejos del pobre reptil que, en pleno letargo invernal, acababa de ser desalojado de su hogar.
Y así fue como, al mediodía, comieron carne de “gusano”.