Capitulo 21

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Capítulo 21

Por suerte, el cubo de plástico era bastante grueso y su material lo suficientemente flexible como para no haberse dañado con la rudeza de Odys . Qiao Qixi, que lo sostenía entre las patas, soltó un suspiro de alivio.

Pero aquella calma duró poco: el corazón se le volvió a encoger en el pecho al notar cómo la tensión entre Odys  y la osa madre aumentaba de manera alarmante.

Qiao Qixi no entendía nada. ¿Por qué de repente el ambiente se había vuelto tan hostil? ¿Sería por aquel rugido que la madre osa había lanzado un momento antes?

—De verdad… —suspiró—. Ambos son osos adultos, ¡y además padres! ¿Podrían comportarse con un poco más de madurez? Solo pregunto: ¿podrían madurar un poco?

Como al fin y al cabo él era el detonante del conflicto, Qiao Qixi corrió hacia ellos… Bueno, primero dejó a su pequeño Huang (su adorado cubo amarillo) fuera del campo de batalla, y solo entonces se acercó.

Odys  y la madre osa alzaban las cabezas con orgullo. Sus miradas se cruzaban mientras de sus gargantas surgían rugidos de distinta frecuencia. Sonaban como una discusión, pero en realidad era una forma de comunicación: Odys  defendía su autoridad, advirtiendo a la osa que no repitiera aquel gesto, o de lo contrario no sería tan tolerante.

La madre osa, quizá comprendiendo la advertencia, respondió sin mostrar debilidad: también ella protegería su territorio, sin ceder un ápice.

Era, sin duda, un desafío.

Odys , tan fuerte como era, ya habría atacado si la hembra frente a él no fuese su madre. El vínculo de sangre era lo único que lo mantenía a raya; salvo por los rugidos intimidantes, no tenía intención de ir más allá.

Aun así, aquellos truenos guturales bastaban para hacer vibrar los oídos de cualquiera. Dos osos polares rugiendo al unísono eran como dos enormes altavoces puestos al máximo volumen.

Qiao Qixi tembló mientras miraba al osezno, que, escondido tras su madre, se mantenía sereno, como si aquella escena le resultara habitual.

—Si ese pequeño, que es más joven que yo, puede mantenerse tan tranquilo, ¿cómo voy yo a temblar así? —se reprochó.

Redefinió su papel, se acercó a Odys  y, tras rozarle el costado, dejó escapar un par de sonidos suaves —tiernos, incluso melosos— para calmarlo: que ya bastaba, que lo dejara estar, que no valía la pena discutir con una madre soltera.

El efecto fue inmediato. El chillido del pequeño atrajo la atención de Odys , que interrumpió su enfrentamiento y bajó la cabeza hacia el pequeño que había sido regañado. Su voz, antes amenazante, se volvió suave y profunda, tan repentina la transformación que dejó a la madre osa y a su cría perplejas.

Qiao Qixi ya estaba acostumbrado. Que Odys  lo regañara, eso sí que sería un milagro.
“No pasa nada” pensó mientras lamía la mejilla de Odys , aquel rostro imponente y hermoso.

—Mmm… —gruñó suavemente, porque al hacerlo sintió el pinchazo del dolor. Su cara, hinchada por la picadura de abeja, dolía al menor contacto. Y claro, al quejarse, Odys  se preocupó; al preocuparse, se olvidó por completo de la madre osa y su hija.

Sin quererlo, Qiao Qixi había conseguido lo que pretendía: poner fin al conflicto. Una estrategia tan efectiva como casual.

La madre osa y su cría se quedaron mirando con desconcierto cómo aquel imponente macho, que un momento antes rugía con furia, ahora lamía con ternura al pequeño oso a su lado, hablándole con una dulzura contenida.

Era difícil de creer.

El aire hostil se disipó, sustituido por una escena cálida y entrañable.

Odys  cuidó de la mejilla inflamada del pequeño con una delicadeza infinita, hasta que el osezno dejó de quejarse. Solo entonces volvió a concentrarse en lo suyo, la caza y lo guió.

Después de la tensión del momento, Qiao Qixi decidió llevar el cubo él mismo, aunque fuera con la boca; la cara le dolía demasiado como para sostenerlo con las patas. 

Antes de seguir el paso de Odys , se giró para mirar a la madre osa y su cachorro. Qué lástima —pensó—, si pudiera hablar con ellos, los invitaría a viajar juntos.

Y, llevado por ese impulso, emitió un par de sonidos guturales en dirección a las dos osas, un intento torpe de “idioma oso”, antes de salir corriendo tras Odys .

Aunque no lo hubiera hecho, el resultado habría sido el mismo. La madre osa seguía el mismo rumbo: ambos grupos buscaban un lugar de caza. Era el destino común de todos los osos polares, aunque cada uno eligiera su propio camino.

Qiao Qixi se alegró al ver que los seguían. Si podían convivir pacíficamente con Odys , la compañía de la madre osa reduciría mucho los peligros del viaje.

Así, los cuatro —dos adultos y dos crías— continuaron juntos su travesía.

Desde el aire, los drones captaban aquella extraña alianza. Dos osos adultos, macho y hembra, caminando uno junto al otro: la escena despertaba la curiosidad de quienes los observaban. 

[—¿Por qué Odys  aceptaba viajar con esa hembra? ¿Sería acaso otro Alexander?]
[—No, imposible].

Analizando con cuidado, se notaba que hacia la madre osa, Odys  mostraba una indiferencia absoluta, sin rechazo pero tampoco con afecto. Nada que ver con su actitud hacia Alexander.

La única explicación plausible era la de un lazo familiar. Quizá madre e hijo.

El lugar de caza al que se dirigían estaba aún a dos días de distancia. El hambre empezaba a hacer mella, sobre todo en la madre y su pequeña, que se veían agotadas. Por suerte, dos días más eran soportables.

—Casi…— murmuró Qiao Qixi.
—Cierra el pico— le gruñeron miles de osos invisibles en su mente.

Durante esos dos días, los cuatro avanzaron como una pequeña familia, en dos parejas que mantenían cierta distancia prudente. Cada adulto cuidaba de su cría, sin interferir con el otro.

Para la madre osa y su hija, quizá aquel viaje conjunto no era más que una coincidencia natural. Para Qiao Qixi, en cambio, ya era una amistad revolucionaria.
—En un par de días —pensaba emocionado—, las dos crías podrán jugar juntas…

La osita polar, echada sobre el lomo de su madre, dormía con las patitas colgando. Era tan adorable, como una nube en el cielo o un algodón de azúcar.

—Ah, si pudiera tocarla, abrazarla… y, ya puestos, darle un beso.

Cada vez que la veía, Qiao Qixi pensaba lo mismo, aunque sabía que no debía.

Esa noche, asomó la cabeza desde el pecho de Odys  y observó a la madre osa y su cría. Entonces le vino una idea perturbadora: todas esas cosas que él solo soñaba con hacer —acariciar, besar, abrazar—, Odys  las hacía a diario con él. ¡Todo! Incluso las patitas y… otras zonas que prefería no mencionar.

Cuanto más lo pensaba, más se enfadaba, y en un arrebato, mordió la espalda de Odys .

Odys  dormitaba, pero siempre mantenía un oído atento. La mordida lo tomó por sorpresa; aun así, no se enfadó. En su simple lógica, pensó que el pequeño tenía hambre. 

Al momento, levantó una de sus enormes patas, lo apartó suavemente y lo atrajo contra su pecho, rodeándolo con fuerza y sujetándolo bajo la barbilla. Solo el hocico y un trozo de mejilla quedaban al descubierto.

—¡…! —bufó Qiao Qixi, atónito.

Desde que llegó el verano, Odys  no se había dormido así, aplastado bajo su peso, como un enorme calefactor viviente.

Pero la presencia de la madre osa lo mantenía en guardia; prefería asegurarse de que el pequeño no se escapara mientras dormía.

Qiao Qixi suspiró resignado. Sus sueños de acariciar a la otra cría quedaban, una vez más, aplastados por la realidad… y por Odys.

En fin, entre el valor de huir con dignidad y la indecisión de seguir llorando en casa, Qiao Qixi elegiría, sin duda, la tristeza de quedarse.

Durante el sol eterno del verano, los osos polares aún dormían al menos cinco horas seguidas, costumbre necesaria para reponer energías. También las heridas sanaban mejor así.

El primer día, la cara de Qiao Qixi estaba algo hinchada. El segundo, muchísimo más. Pero al tercero -justo cuando llegaron al lugar de caza-, la inflamación empezó a bajar.

¡Por fin! No soportaba más aquella cara de oso-cerdito. Además de molesta, arruinaba sus planes de coquetear con la cría vecina.

El lugar de caza era una amplia ensenada, una corriente afluente de aguas poco profundas. Bajo el sol, el mar tomaba un tono azul claro y resultaba cálido comparado con las aguas profundas.

Las belugas, sobre todo las madres con crías, se reunían allí en grandes grupos.

Desde el aire, su número era tan inmenso que las fotografías provocaban escalofríos a quien padeciera tripofobia (NT: aversión o miedo a un patrón de agujeros o formas repetitivas agrupadas).

Aun así, la abundancia no significaba facilidad.

Tras días de hambre, cazar una beluga requería más que fuerza: suerte.

La madre osa, con experiencia, se mostró paciente. Sabía que la impaciencia no servía de nada: la caza exigía calma y precisión.

Se acomodó sobre una roca junto al mar, inmóvil, esperando. Su pequeña, de apenas un año, aguardaba en la orilla, nerviosa ante la presencia de Odys , cuyo imponente porte la hacía temblar.

Odys , atento, avanzó con Qiao Qixi hasta una zona más profunda, eligiendo su propio punto de caza. El agua le llegaba al pecho cuando se detuvo sobre las rocas sumergidas. Durante más de veinte minutos, permaneció completamente quieto, olfateando de vez en cuando el aire.

Su método de caza lo había aprendido de la madre osa, aunque su fuerza y agilidad naturales lo hacían aún más eficaz. No tardó en capturar una presa. El olor metálico de la sangre se extendió sobre el mar, provocando un revuelo entre los animales cercanos.

Qiao Qixi, que observó todo de cerca, apenas podía creerlo.
—¡Una beluga entera! —pensó, maravillado—. ¡Y de un solo mordisco!

Odys  llevó la presa a la orilla y la compartió con las crías. Antes de desgarrarla, sacudió el cuerpo para desprender el agua y exhaló una nube blanca por la nariz. Aun empapado, conservaba una elegancia salvaje.

Qiao Qixi lo miró con orgullo y ternura.
—En unos meses —pensó divertido—, este oso fuerte y apuesto será el sueño de alguna afortunada hembra.

Mientras lo admiraba, Odys  bajó la cabeza y lo miró fijamente. Luego, sin previo aviso, se inclinó y comenzó a lamerle el rostro.

—¡Ah! —protestó en silencio Qiao Qixi—. ¡No, del lado izquierdo, ahí duele!

Giró la cara, solo para recibir otra tanda de lamidos. No entendía nada. ¿Por qué lo lamía si ni siquiera estaba mojado?

—¡Odys , detente! —gruñó en su idioma de oso, pero Odys  no parecía entender.

Qiao Qixi se quedó quieto, intentando no perder el equilibrio. Solo cuando el otro se cansó y volvió a su presa, pudo respirar aliviado.

Odys  desgarró la beluga en pedazos con facilidad, y, fiel a su costumbre, le dejó a Qiao Qixi la parte más tierna del vientre.

Dominante, salvaje y encima generoso —pensó mientras comía—. Odys , cuando tengas pareja, usa ese mismo truco con ella. ¡Te juro que todas las osas del Ártico caerán rendidas a tus patas!

Hizo una pausa, suspirando.
Pero conmigo no, por favor. No soy una osita que adore el tocino… —masculló, resignado, mientras seguía masticando la carne grasa.

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