Capítulo 22

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Capítulo 22

El pequeño oso quisquilloso debía sentirse afortunado. Por suerte, los osos polares no tenían un sistema de ecolocalización como las orcas o los delfines; de lo contrario, cada uno de sus pensamientos — cada “no quiero comer grasa”— resonaría por todo el Ártico y entonces sí que sería famoso.

Qiao Qixi sabía muy bien lo beneficioso que era comer grasa. Por eso esperaba que Odys comiera más, que no dejara todo lo magro para él y que también, repusiera su propia energía.
Al fin y al cabo, el pilar de aquella familia seguía siendo Odys; así que la forma en que repartían la comida no tenía nada de malo.

Ay… una familia de osos no discute por tonterías, pensó el pequeño polar. Si son hermanos, ¡entonces trágate esta grasa! Y, decidido, tomó con el hocico el pedazo de grasa que menos le gustaba y se lo empujó a Odys directamente en la boca.

En este planeta, solo el corazón humano puede tener malas intenciones. Los osos polares del Ártico son tan puros como la nieve recién caída; jamás habrían pensado mal de un gesto así. Para Odys, la cosa era simple: el pequeño oso le estaba ofreciendo la mejor parte.

Tras insistir un poco, Odys acabó aceptando el trozo de grasa. El sabor, rico y untuoso, le resultó delicioso. Al terminar, se lamió los labios y lo miró con esos ojos oscuros y profundos, brillantes como un cielo lleno de estrellas, tan cautivadores que Qiao Qixi casi se derretía.

La belleza de Odys era indiscutible, y Qiao Qixi lo admiraba sinceramente. Entrecerró los ojos, sonrió y le devolvió la mirada con aire satisfecho. También tenía otra razón para estar feliz: ¡había logrado pasarle toda la grasa sin que se notara! Ahora solo quedaba la carne magra, su parte favorita.

Pero poco a poco, Odys pareció darse cuenta de la trampa. En medio de la sonrisa complacida del pequeño, había terminado comiéndose toda la grasa él solo. Qiao Qixi, que solo podía masticar un trozo de carne seca, se sintió un poco culpable y le dio un suave golpecito en la mejilla sana.

Masticando la carne, suspiró:
—Ay, Odys… eres un oso muy infantil. Comer contigo es como vivir tres mil escenas de cariño al día…

Mientras tanto, el pequeño oso afortunado comía satisfecho, pero en otras familias polares aún había crías esperando en la orilla a que sus madres volvieran de cazar.

El olor a sangre fresca flotaba en el aire, y una pequeña osa, hambrienta, se acercó con timidez, venciendo su miedo a Odys. Avanzó poco a poco, arrastrándose, sin poder evitar mirar con deseo.

Al verla, el corazón de Qiao Qixi se ablandó. Juraría que podía oír el sonido del estómago ajeno gruñendo. Era tan pequeña y tan delgada que, comparada con él, parecía una sombra. Solo sus ojos se mantenían grandes y luminosos: una criatura adorable.

¿Su cercanía molestará a Odys?, pensó con preocupación. En ese instante, su corazón dio un vuelco. Ya había decidido que, si Odys mostraba la menor intención de atacar, se interpondría sin dudarlo, aunque tuviera que sacrificarse para salvar a la cría.

Por suerte, Odys no reaccionó mal. Apenas levantó los párpados para echar una mirada, y nada más.

Qiao Qixi no se sorprendió; de hecho, lo había presentido. Si Odys detestara a los cachorros, jamás habrían viajado juntos. Con lo dominante y territorial que era, no habría permitido que otra familia de osos se acercara a su zona de caza. Así que, si esa osa y su cría se movían con libertad bajo su vigilancia, Qiao Qixi podía atreverse a creer que les tenía aprecio, o al menos, no pensaba hacerles daño.

Bueno… creía.
No, mejor dicho, esperaba.

Porque, siendo honestos, aquella madre parecía bastante fiera. Y no es que Qiao Qixi quisiera hablar mal de nadie, pero ese cachorro tenía una vida dura.

Durante el viaje, lo había visto con sus propios ojos: esa madre no era ni la mitad de cariñosa que Odys y eso que él era un macho. Si tuviera que darle una nota, le daría… un tres sobre diez. En resumen: el pequeño le daba lástima.

Pensó largo rato y, al final, no pudo resistirlo. Con el corazón blando, tomó su pequeño balde amarillo, recogió los restos de carne y piel que habían sobrado, y se los llevó a la cría vecina.

El pequeño oso, astuto, lo vio acercarse y se escondió. Solo cuando Qiao Qixi se alejó, se animó a salir y comer. El modo en que devoraba la carne, sin pausa ni respiro, demostraba que llevaba días sin probar bocado.

Mientras tanto, Qiao Qixi, aunque satisfecho con su buena acción, no podía evitar preocuparse:
— ¿Y si Odys se enfada?

Así que, disimuladamente, se colocó frente a él, usando su enorme y majestuoso cuerpo como escudo. Si Odys mostraba señales de enojo… bueno, entonces improvisaría un poco de ternura. Al fin y al cabo, el pequeño seguía siendo un cachorro, una flor del futuro ártico. Además, salvar una vida siempre era una buena obra; quizá, en la próxima reencarnación, eso le traería suerte.

Apoyado contra Odys, que lamía con calma sus garras limpias, Qiao Qixi se abrazó a su pata, dispuesto a servir de obstáculo viviente con sus cientos de kilos de ternura.

Y sí, lo pensó de veras: En mi próxima vida, no quiero ser un oso polar. Prefiero ser un árbol al borde del camino… o algún animalito tranquilo del zoológico. Aunque eso sí, uno del matadero no, por favor. Y tampoco humano.

Se acurrucó contra Odys, somnoliento tras la comida, y murmuró en su interior:
— Querido Odys, si alguna vez puedes elegir, no seas humano. Es demasiado cansado.
Desde los tres años en el jardín de niños, luego más de diez estudiando, los exámenes, el trabajo, comprar coche, casa, casarse… ¡Ni un error permitido! Ser humano es mucho más agotador que ser oso.

Pensando y pensando, Qiao Qixi se quedó dormido, ladeando la cabeza. Su cuerpo esponjoso resbaló poco a poco hasta que Odys, con un movimiento natural, lo sostuvo con el brazo, lo atrajo hacia sí y lo abrazó. Luego, le lamió la mejilla izquierda con calma, completando el ritual con la precisión de la costumbre.

En ese mismo instante, río arriba, la madre osa también tuvo suerte en la caza. Arrastró su presa hasta la orilla, encontró a su cría y la vio comiendo los restos que aquel bondadoso oso le había compartido. La escena, poco común, la dejó un tanto perpleja, aunque no pensó demasiado en ello. Todavía guardaba en su memoria el rostro de Odys.

Compartir comida… era algo reservado a padres e hijos.

Así que la madre osa no terminaba de entender por qué aquel macho solitario parecía haber dado a luz a un pequeño oso. Y, sin embargo, lo aceptó.

Agachó la cabeza y comenzó a desgarrar la presa. Como toda osa, fue directa a la grasa; era instinto puro. Necesitaba mantener su energía: si ella no sobrevivía, su cría tampoco lo haría.

Qiao Qixi tenía razón: las madres osas no malcriaban a sus hijos. Cuando los cachorros cumplían un año, ya debían aprender a morder, cazar y pelear solos. El amor materno, en el Ártico, tenía fecha de caducidad. Estaba grabado en sus genes.

Con el estómago lleno, la madre osa levantó la vista hacia la sombra de un árbol cercano. Allí descansaba uno de sus hijos mayores, ahora convertido en un robusto adulto. No era eso lo que le llamaba la atención, sino el pequeño que dormía en sus brazos, de unos dos años, que —según las reglas naturales— ya debía haber dejado el nido. Con expresión confusa, la madre parecía preguntarse: ¿Cómo puede seguir tan pegajoso? Y, sin quererlo, se preguntó también: —¿Cuándo pensará Odys en echarlo?

El pequeño dormilón, mimado, sintió de pronto un escalofrío en la cabeza. Movió el hocico y se acurrucó aún más en el pecho de Odys, buscando calor.

Tras días de hambre y cansancio, ambos necesitaban un largo descanso para reponerse. En buenas condiciones, los osos polares, igual que los humanos, duermen entre siete y ocho horas diarias. Ahora, con el estómago lleno y un entorno tranquilo, por fin podían entregarse a un sueño profundo.

Mientras tanto, las redes hervían.

Los foros se llenaban de publicaciones sobre las duras condiciones del verano ártico; cada nueva foto resultaba desgarradora. Aunque las organizaciones de protección trabajaban sin descanso, los accidentes seguían ocurriendo.

 La población de osos polares continuaba disminuyendo de forma alarmante.  Y, aunque todos decían “hacemos lo que podemos”, en el fondo sabían que no era suficiente.

La conciencia ambiental del ser humano seguía siendo demasiado débil.  Convencer a siete mil millones de personas de cuidar la Tierra era, aún, una tarea titánica.

#La familia de Odys y los nuevos vecinos#

El usuario que solía publicar fotos de Odys y Alexander subió una nueva imagen encantadora:
cuatro osos polares dormían en parejas, manteniendo entre sí una distancia prudente, tranquilos y en paz, como auténticos vecinos del Ártico.

La teoría de que eran familia se fortaleció de inmediato.

[—Nada mal. Por fin encontraron un buen lugar de caza; podrán descansar y engordar tranquilos].
[—¡Odys al fin tiene hogar! Alexander se estaba quedando en los huesos, jaja].
[—¡Nuevos vecinos! Eso demuestra que Odys y Alexander son realmente amistosos; ni siquiera les importa compartir su territorio].

[—Eh, no especulen tanto. El autor dijo que probablemente son familia. Además… ¿acaso Odys no era gay?]
[—Odys: “No creo rumores ni los difundo”].
[—Solo es un raro caso de padre soltero, ¿por qué inventan tanto?]
[—Quiero saber: con ese calor, ¿no se asa abrazando a su “pequeño hornito”?]
[—Y yo quiero saber: ¿no le da vergüenza a Alexander seguir durmiendo en brazos a esa edad?]

[—Por favor, ¡dejen de desvariar! ¿Solo yo estoy feliz de que Alexander tenga un compañero?]
[—Sueña, dos crías de distintas madres jamás jugarán juntas].
[—Yo tengo otra duda: si esa osa es la madre de Odys… ¿el pequeño debería llamarla tía o abuela?]

[—A ver, ¡otra vez con eso! Alexander no es su hijo, es su hermano adoptivo, ¿vale?]
[—Exacto, sin lazos de sangre. Mientras respete un poco a Odys, puede ignorar a todos los demás osos del Ártico].
[ —El mejor chiste del año: “Alexander respeta a Odys”. ¡Ese diablillo no respeta ni su sombra!]

[—A mí me da que Alexander tiene un magnetismo especial. Nadie podría dejarlo morir de hambre; incluso si no fuera Odys, habría otro grandullón que lo cuidara].
[—Cuidado con lo que dices; Odys podría perseguirte. ¡Alexander solo le pertenece a él!]
[—Y si alguien intenta robarlo, que le pregunte primero a Odys… aunque quizá pierda la cabeza en el intento].

Los internautas tenían razón: aquellas cuatro afortunadas criaturas se habían asentado junto al mar, dispuestas a pasar el verano en paz. 

Un golfo con belugas, sombra bajo los árboles y comida abundante… el paraíso polar. Allí, la madre osa enseñaría a su cría a cazar belugas: una habilidad urgente e indispensable. Porque el tiempo no espera a ningún oso, y cada madre ansiaba que sus pequeños crecieran rápido, fuertes y vivos.

Incluso los estudios humanos lo confirmaban: en todo el Ártico, no existía ningún progenitor tan indulgente como Odys.

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